¿ De dónde salen las películas ? La lógica dice que de la cabeza de los guionistas. La práctica, no obstante, demuestra que salen principalmente de la literatura. Las historias de películas, en una mayoría apabullante, siguen emergiendo de la creatividad de escritores y dramaturgos y no de guionistas. Una mirada sesgada a las candidaturas de los Oscar este año lo corrobora. El rastreo por los títulos en todas las categorías va dejando una larga lista de inspiraciones que podrían llenar una biblioteca, aun cuando existe una categoría específica para el mejor guion adaptado, que este año se lo disputan cuatro adaptaciones de novelas y una de teatro. Son ellas Los descendientes, del realizador Alexander Payne, a partir del libro del hawaiano Kaui Hart Hemmings ; La invención de Hugo (con otras diez selecciones más), dirigida por Martin Scorsese a partir del libro escrito e ilustrado por Brian Selznik, en 2007 ; Moneyball : rompiendo las reglas, una historia del mundo del béisbol dirigida por Bennett Miller y protagonizada por Brad Pitt, que se inspira en el éxito literario de Michael Lewis, publicado en 2003, y El topo, de Tomas Alfredson, que recrea la compleja novela de John Le Carré, escritor de historias de espionaje que atesora una larga lista de libros convertidos en película. Finalmente, se cuela Los idus de marzo, de Georges Clooney, basada en un fenómeno teatral estadounidense de hace cuatro años. Cabría preguntarse también si el mejor guion adaptado no debería premiar más bien a un filme que sea capaz de superar al original literario pero, desde luego, tendría serias limitaciones, porque son contados los casos en que eso sucede. No obstante, este año tenemos Drive, de Nicolas Winding Refn, que convierte una pequeña y rutinaria novela negra de James Sallis en un intenso y desconcertante filme que, todo hay que decir, se toma numerosas licencias que le alejan del original. Contradictoriamente, el filme tiene una única y absurda nominación a la mejor edición de sonido.


