17/02/11 – El perro más impertinente del cómic

Portada de Él, ¿quien si no?

Era una distracción inocua, « algo rápido de dibujar para tener enganchados a los seguidores del blog », pero en algún momento cambiaron las tornas y Óscar Martín se vio acorralado por su propia criatura, un perro impertinente que responde (si quiere) al nombre de « Él ». « Quería investigar en una forma ágil de trabajar, que cada página no me llevara más de una tarde. Así nació este impresentable, con la voluntad de colgar una historieta semanal en el blog », explica Martín. Las primeras tiras del can se publicaron en marzo de 2010, todavía sin pretensión de continuidad: « Conectó rápido con la gente y gustó mucho la cuestión gráfica. Fue entonces cuando me planteé la posibilidad de hacer un tebeo largo », recuerda el dibujante sobre los orígenes de su última obra, Él, ¿quién si no? (Ominiky). Borde y desagradecido, el chucho no cesa de increpar a su progenitor: « Es un recurso muy divertido para que no deje de hablar. Puede meterse conmigo o decir cosas muy concretas de mi trabajo, como las dudas que me asaltan cuando dibujo, mis defectos como autor… », señala Martín. La trama, una parodia del cómic de serie negra, se presta a diálogos estrambóticos y situaciones hilarantes. « Hay que meter tópicos, elementos reconocibles por el gran público. Es lo que hace falta para llegar a la gente que no lee tebeos de forma habitual », asegura el ilustrador.

Noticia completa (El Mundo)


Ilustración extraída del mismo artículo.

22/12/10 – El libro, un regalo anticrisis

Santa Claus, según la imaginería popular

Libreros y editoriales acaban el año temblando, con descensos de ventas que pueden rozar el 10%. En estos tiempos de vacas flacas, ¿el libro de regalo es un lujo del que se prescindirá? Según libreros y editores, no. Han surgido versiones más económicas y se ha contenido la oferta, pero casi todos coinciden en que ha sufrido más el consumo habitual de libros durante el año que la compra de los volúmenes que ofrecen algo especial para estas fechas. Y además del libro de regalo, el libro, sin más, como regalo, puede ser incluso una alternativa a obsequios más caros. « Con los 20 o 30 euros de un libro te ahorras un regalo de 40 y quedas bien. Y con los niños aún más, nadie discutirá que necesitan leer », comenta, práctico, Guillem Terribas, de la Llibreria 22 de Girona. Coincide con él su colega Marta Ramoneda, de la Central, quien apunta que el libro de precio más alto sigue teniendo un momento dulce durante el año, precisamente este. « Navidad es la época, la gente está dispuesta a estirar más », confirma Enric Viladot, de la editorial Viena. El ajuste del cinturón no es tan drástico como se podría pensar, aunque existe: « Un libro que podríamos vender a 35 euros lo dejamos en 29, y un tiraje de 3.000 puede quedarse en 2.000 ».

Noticia completa (El Periódico).

Ilustración : Wikimedia Commons.

10/09/10 – El hospedador de provincia

Un cuento de Ángel de Saavedra (1839)
Fuente e ilustración :
Wikisource

¿Quién podrá imaginar que el hombre acomodado que vive en una ciudad de provincia, o en un pueblo de alguna consideración y que se complace en alojar y obsequiar en su casa a los transeúntes que le van recomendados, o con quienes tiene relación, es un tipo de la sociedad española y un tipo que apenas ha padecido la más ligera alteración en el trastorno general, que no ha dejado títere con cabeza? Pues sí, pío lector; ese benévolo personaje que se ejercita en practicar la recomendable virtud de la hospitalidad, y a quien llamaremos el Hospedador de provincia, es una planta indígena de nuestro suelo, que se conserva inalterable, y que vamos a procurar describir con la ayuda de Dios.

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09/09/10 – Vida loca

Un cuento de Domingo Arena
Fuente: Wikisource. Ilustración : Wikimedia
commons

Fermín había sido siempre de carácter raro. Se le veía en silencio vagar largas horas por el campo, solo y sin objeto, de día o de noche, lo mismo a pie que a caballo. Si lo detenía alguien para preguntarle qué hacía, lo miraba sorprendido como si despertara de repente sin haber oído, y después de repetírsele la pregunta, contestaba invariablemente:

—Nada; tomo el fresquito.

Y a veces hacía un sol que achicharraba.

Una tarde de un día de esquila, varios peones dormían la siesta debajo de un galpón, y entre ellos estaba Fermín, tendido sobre una carona, recibiendo todo el sol que le caía a plomo, haciéndolo sudar a mares como si lo derritiera. Enfrente del galpón estaba la casa: un rancho inclinado que parecía quererse echar a la sombra de los álamos, cuyas ramas se doblaban agobiadas por el calor, y un poco más allá, se veía el ancho y bajo corral lleno de ovejas, que, ansiosas de sombra, se apiñaban en grupos jadeantes y embrutecidas.
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08/09/10 – Un gaucho

Un cuento de Juan José Morosoli (1934)
Fuente : Wikisource. Ilustración: Wikipedia

 

Montes llegó a la pulpería de Anchorena en su propia carreta.
Tendría poco más de veinte años. Era fuerte, buen mozo, callado y guapo.
Se acercó a la reja y le dijo al pulpero:
-Sé que murió su carrero viejo y vengo por si me precisa.
Anchorena, con su gran franqueza de vasco, le preguntó:
-¿De dónde sos?
-De Puntas de Pan de Azúcar.
-¿Y en tu pago no tenían trabajo?
-Mi pago es donde yo ando -le contestó Montes.

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07/09/10 – El emparedado

Un cuento de Juana Manuela Gorriti
Fuente e ilustración : Wikisource

Éramos diez. Habíanos reunido la casualidad y nos retenía en un salón, en torno a una estufa improvisada, el más fuerte aguacero del pasado invierno.

En aquel heterogéneo círculo doblemente alumbrado por el gas y las brasas del hogar, el tiempo estaba representado en su más lata acción. La antigüedad, la edad media, el presente, y aun las promesas de un riente porvenir, en los bellos ojos de cuatro jóvenes graciosas y turbulentas, que se impacientaban, fastidiadas con la monotonía de la velada.

El piano estaba, en verdad, abierto, y el pupitre sostenía una linda partitura y valses a discreción; pero hallábanse entre nosotros dos hombres de iglesia; y su presencia intimidaba a las chicas, y las impedía entregarse a los compases de Straus y las melodías de Verdi. Ni aun osaban apelar al supremo recurso de los aburridos: pasearse cogidas del brazo, a lo largo del salón; y cuchicheaban entre ellas ahogando prolongados bostezos.

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06/09/10 – Los amigos de los amigos

Un cuento de Henry James (1896).
Fuente :
Wikisource. Ilustración : Wikimedia Commons.

I

Sé perfectamente, por supuesto, que yo me lo busqué; pero eso ni quita ni pone. Yo fui la primera persona que le habló de ella: ni tan siquiera la había oído nombrar. Aunque yo no hubiera hablado, alguien lo habría hecho por mí; después traté de consolarme con esa reflexión. Pero el consuelo que dan las reflexiones es poco: el único consuelo que cuenta en la vida es no haber hecho el tonto. Ésa es una bienaventuranza de la que yo, desde luego, nunca gozaré. «Pues deberías conocerla y comentarlo con ella», fue lo que le dije inmediatamente. «Sois almas gemelas.» Le conté quién era, y le expliqué que eran almas gemelas porque, si él había tenido en su juventud una aventura extraña, ella había tenido la suya más o menos por la misma época. Era cosa bien sabida de sus amistades –cada dos por tres se le pedía que relatara el incidente–. Era encantadora, inteligente, guapa, desgraciada; pero, con todo eso, era a aquello a lo que en un principio había debido su celebridad.
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03/09/10 – Sortilegio de otoño

Un cuento de Joseph von Eichendorff (1808-1809).
Fuente :
Wikisource. Ilustración : Wikipedia.

El caballero Ubaldo, una tranquila tarde de otoño mientras cazaba, se encontró alejado de los suyos, y cabalgaba por los montes desiertos y boscosos cuando vio venir hacia él a un hombre vestido con ropas extrañas. El desconocido no advirtió la presencia del caballero hasta que estuvo delante de él. Ubaldo vio con estupor que vestía un jubón magnífico y muy adornado pero descolorido y pasado de moda. Su rostro era hermoso, aunque pálido, y estaba cubierto pur una barba tupida y descuidada.

Los dos se saludaron sorprendidos y Ubaldo explicó que, por desgracia, se encontraba perdido. El sol se había ocultado detrás de los montes y aquel lugar se encontraba lejos de cualquier sitio habitado. El desconocido ofreció entonces al caballero pasar la noche en su compañía. Al día, añadió, le indicaría la única manera de salir de aquellos bosques. Ubaldo aceptó y le siguió a través de los desiertos desfiladeros.
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02/09/10 – El guardavía

Un cuento de Charles Dickens (1866).
Fuente :
Wikisource. Ilustración : Wikimedia Commons.

Cuando oyó una voz llamándolo de esta manera, se encontraba junto a la puerta de la caseta, con un banderín enrollado sobre un palo corto que tenía en la mano. Se podría pensar, teniendo en cuenta la naturaleza del terreno, que no podía caberle la menor duda sobre de dónde procedía la voz; pero en lugar de mirar hacia arriba, donde yo me encontraba, en lo alto de un precipicio cortado a pico justo encima de su cabeza, se volvió y miró hacia las vías. Hubo algo especial en su manera de hacerlo, aunque no sabría definir exactamente qué. Pero sí sé que fue lo bastante extraño como para atraer mi atención, aun tratándose de una figura de espaldas y en la sombra en el fondo del profundo despeñadero, en tanto que yo estaba mucho más arriba, bañado por una brillante puesta de sol que me había obligado a darme sombra en los ojos con la mano antes de poder verle del todo.
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01/09/10 – Los constructores de puentes

Un cuento de Rudyard Kipling (1898).
Fuente : Wikisource. Ilustración : Wikimedia Commons.

Lo mínimo que esperaba Findlayson, del Departamento de Obras Públicas, era una C. I. E.; él soñaba con una C. S. I. En realidad, sus amigos le decían que se merecía más. Durante tres años había aguantado calor y frío, decepciones, incomodidades, peligros y enfermedades, con una responsabilidad casi excesiva para un solo par de hombros; y día a día, durante todo ese tiempo, el gran Puente de Kashi sobre el Ganges había ido creciendo bajo su dirección. Ahora, en menos de tres meses, si todo iba bien, Su Excelencia el Virrey inauguraría el puente con gran pompa, un arzobispo lo bendeciría, el primer convoy de soldados pasaría sobre él y habría discursos.

Findlayson, Ingeniero Jefe, sentado en su vagoneta en una vía de construcción que recorría uno de los principales revestimientos –los enormes terraplenes recubiertos de piedra se extendían a lo largo de tres millas por el norte y por el sur a ambos lados del río–, se permitió pensar en el final. Con los accesos, su obra tenía una milla y tres cuartos de largo; un puente de vigas enrejadas, apuntaladas con el entramado Findlayson, erigido sobre veintisiete pilares. Cada pilar medía veinticuatro pies de diámetro, rematado con piedra roja de Agra, y se hundía ochenta pies bajo la cambiante arena del lecho del Ganges. Por encima corría una vía de quince pies de ancho y por encima de ésta, todavía, un camino de carros de dieciocho pies, flanqueado de pasarelas. En cada extremo se erguían torres fortificadas de ladrillo rojo, con troneras para mosquetería y para los grandes cañones; y la rampa del camino avanzaba hasta sus flancos. Centenares de burros que subían desde la cantera abismal, cargados con sacos de materiales, pululaban por los extremos de tierra cruda y el aire caluroso de la tarde estaba lleno del ruido de pezuñas, del golpeteo de los palos de los arrieros y del silbido de la tierra al caer. El río estaba muy bajo y sobre la arena blanca y resplandeciente, entre los tres pilares centrales, había pilastras rechonchas con traviesas entrecruzadas, llenas de barro por dentro y embadurnadas de barro por fuera, para sostener las últimas vigas mientras las iban remachando.
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31/08/2010 – El joven Goodman Brown

Un cuento de Nathaniel Hawthorne (1835).
Fuente : Wikisource. Ilustración : Wikimedia Commons.

Caía la tarde sobre el pueblo de Salem cuando el joven Goodman Brown salió a la calle; pero, una vez cruzado el zaguán, volvió la cabeza para intercambiar con su joven esposa un beso de despedida. Y Fe, pues éste era su nombre –por cierto que muy adecuado–, asomó su linda cabeza a la calle, dejando que el viento jugara con las cintas color rosa de su gorrito mientras llamaba a Goodman Brown.

–Corazón mío –murmuró ella con dulzura no exenta de tristeza, cuando sus labios hubieron rozado sus oídos–, te suplico que aplaces tu viaje hasta el amanecer y que duermas esta noche en tu cama. Una mujer sola se ve asaltada por tales sueños y pensamientos que a veces siente miedo de sí misma. Te ruego, querido esposo, que te quedes conmigo esta noche, tan sólo ésta entre todas las del año.

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30/08/10 – La Venus de Ille

Un cuento de Prosper Mérimée (1837)
Fuente :
Wikisource. Ilustración : Wikimedia Commons.

Que la estatua, decía, sea favorable
y benévola puesto que tanto se parece a un hombre.
Luciano, El hombre que ama las mentiras

 Bajaba la última ladera del Canigó y, aunque el sol ya se hubiera puesto, distinguía en la llanura las casas de la pequeña ciudad de Ille, hacia la que me dirigía.

–Seguramente sabrá usted –dije al catalán que me servía de guía desde la víspera– dónde vive el señor de Peyrehorade.

–¡Que si lo sé! –exclamó–. Conozco su casa como la mía, y si no hubiera oscurecido se la mostraría. Es la más bonita de Ille. Tiene dinero el señor de Peyrehorade, ya lo creo, y casa a su hijo con alguien más rico todavía.

–¿Será pronto la boda? –le pregunté.

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27/08/10 – Facundo

Un cuento de Ricardo Güiraldes (1912)
Fuente e ilustración : Wikisource

Traspuestas las penurias del viaje, cayó al campamento una noche de invierno agudo.

Era un inconsciente de veinte años, proyecto tal vez de caudillo; impetuoso, sin temores e insolente, ante toda autoridad. De esos hombres nacían a diario en aquella época, encargados luego de eliminarse entre ellos, limpiando el campo a la ambición del más fuerte.

Apersonado al jefe, mostró la carta de presentación. Cambiaron cordiales recuerdos de amistad familiar y Quiroga recibió a su nuevo ayudante con hospitalidad de verdadero gaucho.

Concluida la cena, al ir y venir del asistente cebador, el mocito recordó cosas de su vivir ciudadano. Atropellos y bufonadas sangrientas, que aplaudía con meneos de cabeza el patilludo Tigre.

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26/08/10 – En Busqueta

Un conte de Prudenci Bertrana (1920)
Font : Wikisource. Il·lustració: Associació d’escriptors en llengua catalana

En Busqueta era un pagès amb nervis i sang, sabia bellugar els ulls amb entusiasme, i feia encara una cosa. més extraordinària: es menjava les albergínies del seu hort. ¡Tants diners que valien, les albergínies!

Així que us hagi innovat que trafiquejava amb boscos i que era formal en els tractes, ja no trobareu pas gens estrany que mai de Déu pogués eixir de mals de cap.

Parlava amb el nas, i pel cim d’ell les celles se li ajuntaven esponeroses i ferestes. Era amic de fer l’ullet mentre enraonava: un ullet sense malícia. que res tenia que veure amb el què deia. Estava renyit amb el rector, i la seva dona era la més llardona del poble; però en canvi criava els nins mes grassos i més formosos del veïnat.
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25/08/10 – Los alambradores

Un cuento de Víctor Dotti (1929)
Fuente :
Wikisource. Ilustración : Wikimedia commons

—Chate los caballos
—Güeno —constestó Arturo. Luego agregó, al tiempo que miraba el cielo:
—Va’star clarita la noche ¿no hallás? Linda pa marchar.
—Talvé —asintió entre diente el Capincho, sin mirar a su compañero.

El sol se enterraba cuando cesaron de trabajar. ¡Al fin se podía respirar un poco! ¡Verano implacable, aquél! Las nubes no se ordeñaban desde setiembre y era a fines de enero. Los campos estaban en tierra: negreaba el bosterío sobre el fondo bayo de las cuchillas; y los ganados, tristes y esqueléticos, mugían de hambre. Arturo y el Capincho alambraban en el potrero de la costa y allí era un poco más llevadera la sequía. Las vacas, bambaleando de debilidad, pellizcaban algo en los grandes cañadones y en los árboles silvestres de la ribera izquierda el Pescado. Pero allí, si algunas salvaban la vida, muchas encontraban la muerte. Incontenibles ante una fugitiva matita de pasto, las vacas se metían en los sitios pantanosos y se quedaban clavadas para siempre. Otras veces, las bombas aspirantes de los templaderales les deparaban un descender terrible, espantosamente suave. En los arroyos, la muerte era menos trágica. El cadáver, gordo de agua, quedaba flotando en alguna laguna: piojo muerto en la calva del monte.

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24/08/10 – La novia del espectro

Un cuento de William H. Ainsworth (1821)
Fuente : Wikisource. Ilustración : Wikipedia

El Castillo de Hernswolf, a fines del año 1655, era el centro de la moda y la alegría. El barón del mismo nombre era el más poderoso noble en Alemania, e igualmente celebrado por los logros patrióticos de sus hijos, y la belleza de su única hija. El Estado de Hernswolf, que estaba situado en el centro de la Selva Negra, le había sido otorgado por la nación en reconocimiento a uno de sus ancestros, y pasado de mano en mano con otras posesiones hereditarias a la familia del dueño actual. Era una mansión almenada, de estilo gótico, construida acorde a la moda de la época, en el más grandioso estilo arquitectónico, y consistía principalmente de oscuros corredores ventosos, y habitaciones tapizadas en forma de bóveda, magníficas en su tamaño por cierto, pero que poco satisfacían las necesidades de confort, dada la circunstancia extrema de su lúgubre magnitud. Un oscuro bosquecillo de pinos y fresnos de montaña rodeaban el castillo por todos lados, y proyectaban un aspecto tenebroso alrededor de la escena, la que rara vez era animada por la alegre luz del sol.

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23/08/10 – La noche

Un cuento de Guy de Maupassant (1887)
Fuente : Wikisource. Ilustración : Wikimedia Commons.

(Pesadilla)
Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.
El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.
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20/08/10 – Josefina la cantora o el pueblo de los ratones

Un cuento de Franz Kafka (1924)
Fuente e ilustración : Wikisource

Nuestra cantora se llama Josefina. Quien no la ha oído, no conoce el poder del canto. No hay nadie a quien su canto no arrebate, prueba de su valor, ya que en general nuestra raza no aprecia la música. La quietud es nuestra música preferida; nuestra vida es dura, y aunque intentáramos olvidar las preocupaciones cotidianas no podríamos nunca elevarnos a cosas tan alejadas de nuestra vida habitual como la música. Pero no nos quejamos demasiado; ni siquiera nos quejamos: consideramos que nuestra máxima virtud es cierta astucia práctica, que en verdad nos es sumamente indispensable, y con esa sonriente astucia solemos consolarnos de todo, aun cuando alguna vez sintiéramos –lo que no ocurre nunca- la nostalgia de la felicidad que tal vez la música produce. Sólo Josefina es una excepción; le gusta la música, y además sabe comunicarla; es la única; con su desaparición desaparecerá también la música- quién sabe hasta cuando- de nuestras vidas.

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19/08/10 – Llanto por Ignacio Sánchez Mejías

Un poema de Federico García Lorca (1935)
Fuente e ilustración :
Wikisource
(15/06/1898 – 19/08/1936)

1 – La cogida y la muerte  
 
A las cinco de la tarde
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.
El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel
a las cinco de la tarde
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones de bordón
a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.
En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el toro solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde,
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.
Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco de la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay, qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

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18/08/10 – Magdalena

Un cuento de Bret Harte (1888)
Fuente : Project Gutenberg. Ilustración : Wikipedia

El coche se deslizaba penosamente por la estrecha carretera, dando frecuentes sacudidas. En su interior éramos siete personas que no habíamos despegado los labios desde que uno de aquellos saltos vino a dejar sin concluir la última cita poética del juez, mi honorable vecino.
El hombre alto sentado junto a éste, dormía con el brazo pasado por la colgante correa, y apoyada la cabeza en ella, formaba como un objeto fofo e indefinible, parecía que se hubiese ahorcado a sí propio, y le hubieran cortado la cuerda que le había servido de instrumento. En el asiento posterior, la señora francesa dormitaba también, conservando una actitud de estudiado recato, que se echaba de ver en la posición del pañuelo caído sobre la frente ocultando a medias su rubicunda cara. Otra señora de Virginia City, que viajaba en compañía de su esposo, yacía en un ángulo, arrebujada en un mar de cintas, pieles y abrigos que inundaban por completo su persona. No se percibía otro ruido que el chirriar de las ruedas y el de la lluvia batiendo el imperial, cuando de repente la diligencia se paró, y oímos unas voces que llegaban confusamente hasta nosotros. El conductor sostenía un vivo diálogo con alguien en el camino, diálogo que nos pareció debía ser poco halagüeño a
juzgar por las palabras que en medio del furioso viento que soplaba pudimos apreciar; «puente arrastrado», «camino inundado», «paso imposible» y otras por el estilo. El silencio más absoluto reinó un momento, y después una misteriosa voz lanzó desde el camino este consejo:
–Prueba en casa de Magdalena.
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