Máscara de teatro griega

Los occidentales, demasiado a menudo, creemos que somos el centro del mundo. Y, en este sentido, tratamos así a la historia, la filosofía o el arte. No es verdad que el teatro naciera en la Antigua Grecia puesto que antes había experiencias de representación simbólica, e interpretativa, en lugares como Japón, la India e, incluso, Egipto. Pero es cierto que la helénica fue la primera cultura que separó aquello representado de los dioses y que situó al héroe – al Hombre, por lo tanto – como el verdadero protagonista de la escena. Se pasa del ritual religioso, o mitológico, a la contemplación. Y es que el theatron (que significa « lugar dónde se ve »), tal y como lo conocemos hoy, nace cuando hay una separación clara entre quien actúa y quien hace de espectador. El « ditirambo » es, según Aristóteles, el origen de la tragedia. Se trataba de un coro cantado por cincuenta hombres (o niños) y que, a través de un contenido más lírico que dramático, iba dirigido al dios Dionisio, personificación de las fuerzas misteriosas, del vino y de la fecundidad agraria. El coro tenía un guía denominado « corifeo », con quien comienza el diálogo que, más tarde, dará pie al « primer actor », inventado por el mítico autor e intérprete Tespis. Cuando se separa de su coro, deja de cantar y recitar para « actuar ». Acaba de nacer el teatro moderno. La figura del héroe gana terreno al culto divino. Pero el sentido religioso tiene una importancia capital en el nacimiento del teatro. Como en otras culturas, todo comienza con la danza, ejecutada en torno a la « timele », un altar dónde se sitúa la estatua del dios a quien se quiere adorar. Es, por lo tanto, la reproducción de la histeria colectiva y la liberación de las pasiones. De aquí vienen conceptos como la mimesis, la purificación y la catarsis.

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