Etiquetas

,

Claude Monet - En la playa de Trouville (1870)

Claude Monet – En la playa de Trouville (1870)

Los pintores que se lanzan mundo adelante tienen una manera de mirar algo distinta a la de los viajeros escritores. Los Chatwin, Leigh Fermor, Colin Thubron… buscan el contacto con la gente para que la conversación y las vivencias que les transmitan les descubran los engranajes de los lugares que visitan. Los pintores, en cambio, dialogan con el paisaje. Suelen ser viajeros más solitarios, ensimismados en su propia lucha por atrapar las fuerzas de la naturaleza en los minúsculos márgenes de un lienzo. Cuando dejan testimonio escrito de sus vivencias, el relato suele ser de lo más seductor. En Occidente, la gran tradición pictórica fue durante siglos la de pintar en el taller, con un componente mayor de la técnica y el trabajo que del golpe de inspiración de la naturaleza. De hecho, los pintores viajeros eran considerados a menudo como documentalistas. Por eso los viajeros pintores son una raza menos abundante de lo que se piensa, y aún son menos los que nos han permitido asomarnos a sus impresiones en sus escritos, por lo que resultan piezas de singular interés. Pocos relatos más sugerentes de los Mares del Sur que el que realiza Gaugin en sus Escritos de un salvaje (Akal), una luminosa ensaladilla de reflexiones, fascinación, leyendas, especias de cosecha propia (la imaginación de Gauguin era tan colorida como sus pinturas), pero que resulta un viaje maravilloso a un mundo al que él mismo huyó en busca de una vida más intensa. De hecho, se quedó allí y murió murió en las Islas Marquesas. No siempre el relato del pintor de los lugares que visita tiene esa fogosidad multicolor de Gauguin. La reunión de las cartas de Claude Monet en Correspondencia (editorial Turner), nos ofrecía la posibilidad de viajar por la Francia profunda (o hasta Inglaterra) : El Havre, Ruán, Aix-en-Provence… pero siempre bajo la observación del cascarrabias genial que fue Monet. Aunque sus más famosos cuadros son los de su guarida de Giverny, Monet viajó mucho por el país. Con problemas de dinero, con problemas para excusar sus largas ausencias en busca de paisajes a su mujer, su peregrinaje por hoteles modestos tenía un solo objetivo que se convertía en obsesión : atrapar la luz. Aunque la pintura impresionista detiene un instante en el lienzo con toda su explosión sensorial, esa era una tarea que no tenía que ver con la velocidad del pintor sino precisamente con su perseverancia. Monet había localidades a la que volvía dos y tres años consecutivos en las mismas fechas para volver a tener el mismo paisaje con la misma luz y poder terminarlas a su satisfacción.

Noticia completa (Qué leer).

Ilustración : Wikimedia Commons.