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Giuseppe Verdi - Falstaff, ilustración de Adolfo Hohenstein (1887)

Giuseppe Verdi – Falstaff, ilustración de Adolfo Hohenstein (1887)

Verdi veneró a Shakespeare desde su juventud y se obsesionó por trasladar sus tragedias a la ópera con la mayor fidelidad posible. Cuando leía el libreto del Hamlet de Ambroise Thomas cabeceaba diciendo « ¡ Pobre papá, qué mal le han tratado ! » : aunque adoraba a Schiller y a Victor Hugo, solo a Shakespeare le llamaba « papá ». Se han llegado a contabilizar casi trescientas óperas basadas en piezas del Bardo, pero Verdi fue el único en lograr tres recreaciones del calibre de Macbeth, Otello y Falstaff. En el amenísimo Verdi’s Shakespeare : Men of Theater (Penguin, 2012), Garry Wills traza tres paralelismos esenciales entre ambos : fueron volcanes creativos (Shakespeare estrena 38 obras y Verdi, 27 óperas) al servicio de un público fiel que les reclamaba sin cesar nuevos trabajos y, sobre todo, fueron hombres de escena, siempre vinculados a sus compañías y escribiendo a la medida de sus intérpretes. Al principio, Verdi solo podía leer a Shakespeare en italiano. Luego, poco a poco, lo hizo en inglés, ayudado por su mujer, Giuseppina, pero buscó siempre las mejores traducciones de la época. William Weaver cuenta que utilizó y comparó seis versiones para mejorar el libreto de Macbeth, a cargo de Francesco Maria Piave, y al final se decantó por la de Carlo Rusconi. Compone la partitura en 1847, a los 34 años, por encargo del Teatro della Pergola, de Florencia. Fue su décima ópera y su primera adaptación shakespeariana, modelada para el barítono Felice Versari. Verdi no estaba contento del trabajo de Piave : le parecía que era poco fiel y demasiado verboso. « Poche parole ! », le insiste en varias cartas. Pide a su amigo y colaborador Andrea Maffei que le ayude a corregir diversos pasajes del libreto, como el coro de las brujas en el acto tercero y la escena del sonambulismo, y se ocupa personalmente de reescribir el aria La luce langue, de Lady Macbeth, releyendo verso a verso, de la mano de Giuseppina, el pasaje original. Y no solo eso. Como director, investiga la gestualidad de los sonámbulos y trabaja durante meses con la soprano Marianna Barbieri-Nini hasta extenuarla : quiere que cante en una tonalidad « dura, oscura, con algo diabólico » y que en esa escena mantenga el rostro inmóvil, los ojos fijos, sin apenas mover los labios.

Noticia completa (El País).

Ilustración : Gallica.