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Una página del manuscritos de Los Endemoniados, de Fiodor Dostoyevski

Una página del manuscritos de Los Endemoniados, de Fiodor Dostoyevski

En un perfecto día de verano en San Petersburgo, un guardia de seguridad se sacude el sueño del cuerpo a través de un bostezo. Con un movimiento seco, acomoda la gorra desproporcionadamente grande que pende sobre su cabeza mientras su mirada es arrastrada por la sombra de dos chicas que caminan agarradas de la mano, una señal de amistad femenina tan rusa, en el callejón Kuznechny. Sabe que sólo seis escalones lo separan de uno de los tesoros de esta ciudad injustamente reducida al eslogan de « la Venecia del norte ». Y aún así le da la espalda a la última casa donde vivió Fiodor Dostoyevski. Una orquesta silenciosa de gestos que envidiaría cualquier estudiante de mimo, los empleados de museo en Rusia hablan tanto inglés como los argentinos manejan el coreano, y 160 rublos funcionan como llave de entrada a estos seis cuartos congelados en el tiempo que transportan al visitante al 9 de febrero de 1881, el día en que una de las estrellas de la literatura rusa dejó físicamente de existir. Ahí, en el segundo piso, está el comedor familiar donde se reunían Fiodor, su esposa Anna Grigorievna y sus dos hijos. La mesa aún está servida (un mantel blanco, tasas y platos de porcelana). Un silencio estancado recorre los pasillos de paredes empapeladas con retratos y con cartelitos que recuerdan de mala gana « prohíbo tomar fotografías ». Hay mecedoras, mesitas, una biblioteca y el gran trono : el mismísimo escritorio donde, por las noches, Dostoyevski escribió Los Hermanos Karamazov. No importa que su cuerpo haya sido enterrado en el cementerio Tikhvinskoe, en las afueras de San Petersburgo. Dostoyevski aún habita su departamento : vive en la lapicera con la que escribía y en la última receta que le dio su médico que descansan sobre una mesa. Está en el reloj detenido en el minuto de su muerte, en sus cigarrillos, en un ejemplar de la novela Eugenio Oneguin de Aleksandr Pushkin abierto en el capítulo ocho. Y sobre todo a Dostoyevski (y la epilepsia que lo endemonió durante toda su vida) aún se lo encuentra en las notas, páginas garabateadas y manuscritos que acá se exhiben. Al igual que todo texto escrito a mano, estos papeles antiguos y los ríos de tinta que los bañan en las más curiosas formas transmiten una esencia. Algo que excede lo dicho. Ya sean documentos de escritores, políticos o de cualquier otra figura pública, sus cualidades rebasan las propiedades físicas de los átomos que los componen. Irradian un hálito vital, como lo llamaba Marco Aurelio, emanan ectoplasma. Hay en estas escrituras fantasmales un quantum de magia.

Noticia completa (Revista Ñ).

Ilustración : Wikimedia Commons.

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