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Jacques Tardi - Yo, René Tardi

Jacques Tardi – Yo, René Tardi

René Tardi fue durante cuatro años y ocho meses el número 16402 en el campo de prisioneros de guerra alemán Stalag 2B, en Pomerania (actual Polonia). Allí, tras caer, con 24 años, en manos del Ejército nazi el 22 de mayo de 1940, cuando iba a bordo de su carro de combate, que no un tanque, como se apresuraría a puntualizar él mismo, a pesar del hambre, el frío, las enfermedades, el hacinamiento y las balas de los guardias, construyó un pequeño pelícano de madera para poner cigarros. Ahora, ese objeto tiene un lugar especial en el estudio de su hijo, el venerado dibujante francés Jacques Tardi (Valence, 1946), que lo contempla mientras mantiene esta entrevista telefónica sobre su nuevo trabajo, Yo, René Tardi (Norma/Fanbooks), Premio del Público en Angulema y en el que recorre aquella negra experiencia paterna durante la segunda guerra mundial. Tardi, que ya llevó al cómic, en La guerra de las trincheras y ¡ Puta guerra !, las historias sobre su abuelo en la primera guerra mundial que le contaba su abuela siendo niño y tanto le « impresionaron », y cuyo suegro tuvo una vivencia muy similar a la del padre, asume « los traumas familiares » heredados y la influencia en su antibelicismo. « No salió nada bueno de esas dos guerras. Me indigna ese desperdicio de vidas, cómo se aplasta a los hombres, cómo se les utiliza a cambio de una medalla. La guerra es una « absurdidad » total, dice combativo. Te preguntas cómo te habrías comportado tú y no tienes respuesta. Es un misterio cómo pudieron aguantar todo aquello. ¿ Por patriotismo ? Creían que defendían la civilización frente a la barbarie pero pienso que lo soportaban por sus familias, no por unos ideales. » En los 80, Tardi pidió a su padre que escribiera sus recuerdos. Lo hizo en tres cuadernos. « Yo quería hacer algo con ellos pero el tiempo pasó y él murió. Cuando empecé a desarrollarlo me di cuenta de que me surgían muchas preguntas que ya no podía hacerle y que han quedado sin respuesta. ¡ Cuánto lamento no habérselas hecho ! », se castiga aún hoy. Para evocar esas zonas oscuras del relato el dibujante se autorretrata en las viñetas como un niño, que va interrogando al padre. Entre las incógnitas quedó cómo pudo pedir por carta a su mujer, sin que los alemanes se enteraran, una brújula o un mapa para fugarse y cómo ella las ocultó en los paquetes que recibían. « Un familiar de un preso me contó un truco que usaban. Escribían entre líneas con jabón, que al inclinar el papel brillaba y se podía leer », revela el autor de El grito del pueblo.

Noticia completa (El Periódico).

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