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Ekels de Jonge - Un escritor afilando su pluma (1784)

Ekels de Jonge – Un escritor afilando su pluma (1784)

Las musas son caprichosas. Algunos escritores, para propiciar la llegada de la inspiración, tienen sus rituales de invocación. Silencio absoluto, la oscuridad de la noche o las primeras luces del día, pluma estilográfica, lapicero o tinta verde, zapatos apretados, un baño relajante o una ducha de agua fría… Cada maestrillo tiene su librillo. Pero la « ceremonia » de la creación se convierte para algunos autores en un doloroso parto. Y muchos escritores acumulan manías, supersticiones y fobias. Rara entre las raras, la escritora chilena Isabel Allende siempre inicia sus novelas el 8 de enero. Además, empieza a escribir a las 8 de la mañana y se entrega a esta tarea 8 horas. La autora de La casa de los espíritus, que ha inmortalizado en sus obras a los miembros más excéntricos de su familia, comienza sus historias el 8 de enero tanto por superstición como por disciplina. La escritora ha confesado en alguna ocasión que ignora de dónde le viene la inspiración, pero considera que todos sus libros nacen de un interés profundo o una obsesión, de ahí que sus temas se repitan : mujeres fuertes, padres ausentes, solidaridad, redención, justicia, violencia, amor, muerte… Algunos escritores sienten ante el folio el blanco el mismo pánico escénico que los actores momentos antes de subir a un escenario. Otros, como Arturo Pérez-Reverte, se meten en la piel de sus protagonistas y se adentran en « territorio comanche », como en su nueva novela, El francotirador paciente. Y así se pasó meses, desde Madrid a Lisboa, Verona y Nápoles, persiguiendo a grafiteros. Un escritor de la « vieja escuela », como el premio Cervantes Antonio Gamoneda, perdió hace unos años unos poemas inéditos porque no los había « pasado » aún al ordenador. No es el único que sigue aferrado a la tinta y el papel. El británico Tom Sharpe, fallecido el pasado verano, también escribía a mano. Hay escritores que trabajan con un cuaderno de notas. Pablo Neruda transcribía siempre sus poemas en tinta verde, porque este es el color de la esperanza. Y algunos hasta los ilustraba. Lo mismo que Victoriano Crémer, quien sólo al final de su vida se atrevió a mostrar sus « garabatos » en una exposición. Crémer era un escritor metódico, que se refugiaba en un pequeño trastero al que llamaba su « palomar » y allí permanecía encerrado durante horas hasta que convocaba a las musas.

Noticia completa (Diario de León).

Ilustración : Wikimedia Commons.

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