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Elizabeth Bowen - El Último Septiembre

Elizabeth Bowen – El Último Septiembre

En un célebre relato de Borges, Tema del traidor y el héroe, un cabecilla irlandés es ejecutado por sus compañeros al revelarse, ineludiblemente, como traidor. Sin embargo, para que dicha ejecución sea fructífera, el cabecilla muere asesinado como un héroe de la patria irlandesa. Se solapan así, en un mismo acto, la eliminación del traidor y la espiritualización del héroe ; se conjugan, diríamos, el perdón del desafecto y la irrelevancia, la fractura, la imposibilidad del heroísmo. Algo de esto, sólo que al modo proustiano, encontramos en la novela de Elizabeth Bowen, El último septiembre : cierta heroicidad post mortem y la agitada pulsación de una Irlanda (la Irlanda de 1920, cuando se recrudecen los asesinatos del IRA con la llegada de los Blacks and Tans), que se encaminaba a la guerra civil tras la decisiva intervención de Michael Collins. Bowen, en un clarificador posfacio, señala que con esta novela había intentado transmitir no sólo el tono encantador y melancólico del mes de septiembre, sino la sensación de que el mundo contenido en ella, el mundo de la nobleza angloirlandesa en una Irlanda ocupada por guarniciones imperiales, se había disuelto para siempre. No en vano, la obra viene encabezada por una cita de Proust en El tiempo recobrado : « Tienen la insatisfacción de los vírgenes y los perezosos », cuyo significado y cuyo alcance se irá haciendo patente al avanzar en su lectura. No obstante, y a pesar de la mención proustiana, El último septiembre (1928) utiliza una estrategia muy diversa, quizá contraria, a la escogida por el escritor francés para fijar la indolencia, el frívolo estupor y la incomodidad de ese pequeño mundo provinciano amenazado por los rebeldes. Quiere decirse que donde Proust, partiendo de la libre asociación de recuerdos, acude a una minuciosa obra de saturación memorística, desde la que se alza el busto arenoso del ayer, Bowen se sirve de la insinuación, de la sugerencia, para captar de un modo sintético ese pasado deslumbrante y aciago que se resume eficazmente en la novela. En este sentido, no sabemos si la escritura de Bowen responde al ánimo evocativo de la novela victoriana y de la novela romántica en general, o a la moderna voluntad de concisión que hallará su expresión más depurada en los diálogos vivos y precisos, de extraordinaria economía, que logra la novela negra por aquellos días (recuerden el elogio de Cernuda a Dashiell Hammett en detrimento de Hemingway).

Noticia completa (Diario de Cádiz).

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