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Herman Melville - El estafador y sus disfraces

Herman Melville – El estafador y sus disfraces

Quien fue autor de algunas de las narraciones más logradas acerca de arriesgados viajes por alta mar nos relata en El estafador y sus disfraces, su última novela, escrita cuando aún no había cumplido cuarenta años, un pacífico y rutinario viaje por el Mississippi. De este modo se cumple la máxima según la cual todo aventurado navegante acaba convirtiéndose con el tiempo en marinero de agua dulce. A bordo de este vapor, el Fidèle, que navega rumbo a Nueva Orleans, embarcados en alguna de sus numerosas escalas, viajan Emerson y su discípulo Thoreau, el novelista Hawthorne y Edgar Allan Poe. Es un primer día de abril de mediados del siglo XIX, y los viajeros mencionados, junto a una multitud anónima, vienen a componer un muy abigarrado microcosmos en movimiento, una representación a pequeña escala de aquellos Estados Unidos previos a su guerra civil. En realidad, como ocurrió con otro barco famoso, el Cité de Montereau, que unos años después protagonizaría La educación sentimental de Flaubert, también aquí es todo un mundo el que se pone en marcha. La súbita muerte del padre, un comerciante arruinado, cuando nuestro autor contaba sólo doce años, había marcado el rumbo de la vida de Herman Melville, quien tras el desastre familiar se vio obligado a ejercer diversos oficios. La falta de expectativas le animó a seguir el ejemplo de muchos jóvenes de la época, embarcándose por primera vez en 1838. Más tarde, tras ser miembro de la tripulación de un ballenero, de la cual desertó, fue capturado por una tribu caníbal, vendido como esclavo y acusado de amotinamiento, por lo que fue recluido en una prisión de Tahití. Después vivió otras aventuras, hasta que en 1844 arribó a Boston. En total, Melville había pasado en alta mar algo menos de cuatro años, tiempo suficiente para que se formara su particular visión del mundo y de los hombres, y para que reuniera las experiencias con las que se hizo un sitio en la historia de la literatura. Su obra iba a orientarse en dos direcciones : una, destinada a satisfacer la sed del público de novelas de aventuras y fácilmente asimilables, que le dio a conocer y que le permitió frecuentar los círculos literarios de Nueva York ; y la otra, mucho más personal, que en vida del autor nunca fue bien recibida y que acabaría desterrándole del mundo literario.

Noticia completa (La República cultural).

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