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Miguel de Unamuno - Niebla

Miguel de Unamuno – Niebla

Las celebraciones nos sirven para rememorar, recordar y, en ocasiones, re-descubrir a autores. Aprovechando la ocasión del 150 aniversario del nacimiento de Miguel de Unamuno, este es el momento idóneo de leer (o releer) Niebla. Miguel de Unamuno es un autor incomprendido, estigmatizado sin ser leído. Poseedor de un sentido del humor cínico y mordaz poco reconocido, ya era criticado en su época por reírse de lo más sagrado : la Ciencia. Pero, en palabras suyas, « si ha habido quien se ha burlado de Dios, ¿ por qué no hemos de burlarnos de la Razón, de la Ciencia y hasta de la Verdad ? » Exacto. ¿ Por qué aquellos que se ríen despectivamente de las creencias religiosas de los demás no son capaces de aceptar que se puedan reír de su fe científica ? En un momento que el valor que se quiso conceder a un Dios ha pasado al Dios-conocimiento (especialmente el científico porque se ve que el ser humano es incapaz de vivir sin un dios) ¡ qué inmenso placer podernos reír de las ridículas pretensiones de conocimiento humanas ! Niebla es una nivola, un vocablo inventado salido de la boca de su protagonista para satirizar la obsesión de los críticos literarios con las etiquetas. Escrita en una época en la que se hablaba permanentemente sobre la muerte de la novela, sobre el fin de un estilo, Unamuno se mofa de ellos inventándose un nuevo género. « Invento el género, e inventar un género no es más que darle un nombre nuevo, y le doy las leyes que me place ». Igual que muchos años después haría Lars von Trier en el mundo cinematográfico sacándose de la manga el movimiento Dogma 95. Una broma con mucha razón de ser porque ponía en entredicho los innecesarios artificios de las superproducciones cinematográficas y volvía a los orígenes : las historias. Pero que, además, mostraba la importancia de hacer aquello que uno quiere, aunque no corresponda con lo que impera. El primer capítulo, sumamente divertido, nos presenta al protagonista de la nivola, que de protagonista no tiene nada porque no realiza ninguna acción, sino que las padece ; no es actor, sino recibidor : « Augusto no era un caminante sino un paseante de la vida ». No elige un camino, sino que vaga azarosamente. No sabe dónde va y deambula en actitud contemplativa : « la función más noble de los objetos es la de ser contemplados », piensa. Se trata de un espectador de la vida en el sentido más schopenhaueriano del término. O sea, alguien que no participa de la vida, sólo la observa y, por consiguiente, no debería padecer ninguno de sus dolores.

Noticia completa (Revista de letras).

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