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La cabaña de Jean-Jacques Rousseau (Ilustración de 1860)

La cabaña de Jean-Jacques Rousseau (Ilustración de 1860)

Cuando estaba en el colegio tenía envidia de casi todo el mundo. […] Con todo, lo que en realidad envidiaba, lo que activaba mi imposible codicia, eran sus cabañas en el árbol. Lo malo es que para tener cabaña en el árbol había que tener árbol y para tener árbol había que tener un patio donde plantarlo ; y claro, en nuestro piso de cincuenta metros cuadrados teníamos muchas plantas, pero aunque yo las llenase de clicks de famobil, pues no era lo mismo. Hasta que una noche miré dentro de mis sábanas. Metido en la cama, completamente cubierto y sujetando el centro de la manta con el codo, encontré un espacio único. Un espacio propio y ajeno al mundo. Un espacio para volar y para pensar. Había encontrado mi cabaña. […] Ya estaba bien entrado en la cuarentena y aún seguía fascinado por los símbolos cuando un día, inopinadamente, volví a pensar en el cuento de los tres cerditos, que, perseguidos por el lobo, se refugiaban en una cabaña de paja. Pudieron buscar un castillo, tan habitual en los relatos infantiles, pero se creyeron más invulnerables en una cabaña de paja. El lobo la derribó. Pero ellos huyeron en busca de otra cabaña. Esta vez, de madera. Tampoco resistió las embestidas del lobo. Obcecados, los cerditos buscaron una tercera cabaña. Esta vez de ladrillo. Y ahí, naturalmente, el lobo tuvo que rendirse. Me gusta pensar que los cerditos no buscaban tanto salvar su vida, como un sitio donde estar tranquilos y dedicarse a la reflexión. Eso es lo que iban buscando tipos como Rousseau, Wittgenstein o Heidegger, cuando se refugiaban en arquitecturas íntimas y esenciales, donde solo había sitio para sistemas filosóficos y una pequeña mesa de madera. Ser y tiempo comenzó a cobrar cuerpo en una cabaña. « En la empinada ladera de un extenso y alto valle de la Selva Negra meridional, a mil ciento cincuenta metros de altitud, se alza un pequeño refugio de esquiadores. Mide entre seis y siete metros de planta », describe Martin Heiddeger su cabaña. « Cuando, continúa, en la profunda noche de invierno, una agitada tormenta de nieve pasa rugiendo con sus sacudidas alrededor del refugio, cubriendo y tapándolo todo, entonces es la hora señalada de la filosofía. » La cabaña no es ningún estar solo, aunque sí soledad. « Ciertamente, en las grandes ciudades el hombre puede estar tan solo como apenas en ningún otro sitio. Pero en ellas no puede estar nunca en soledad. »

Noticia completa (Jot Down).

Ilustración : Wikimedia Commons.

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