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Javier Marías

Javier Marías

Algunas cosas son « así » desde hace tanto que casi nadie se para a pensar, ni se pregunta, quizá ni siquiera sabe por qué son de esa manera. Hace unas semanas hable aquí de la piratería de libros, que en nuestro país chorizo va en lógico aumento, y por lo menos hubo reacciones. Unas sensatas, otras peregrinas e incomprensibles; no faltaron las airadas (« La cultura ha de ser gratis ; dedíquese a otros menesteres para ganar dinero »), e incluso una compungida que se justificaba por su bajo nivel de ingresos y prometía abandonar la práctica en cuanto mejorara. Lo que pocos se plantean, me temo, es el motivo por el que las obras literarias, musicales, etc, pasan a ser del dominio público a los sesenta o setenta años, según los países, de la muerte de sus creadores. ¿ Por qué constituyen una excepción en un mundo y en un sistema en los que todo se lega y se va heredando indefinidamente, de generación en generación y sin límite temporal ninguno ? Las fortunas, el dinero, las tierras, las casas ; la panadería, la zapatería, la empresa, la fábrica ; el banco, los cuadros, el palacio y la modesta choza ; el apartamento en la playa, los muebles, el reloj del bisabuelo y las joyas de la tatarabuela ; el periódico familiar, la pastelería, el supermercado, las acciones…, todo se va dejando a los herederos ad aeternitatem. He hablado de ello en otras ocasiones, pero tanto da mientras ningún gobierno se detenga a pensar en la injusticia que esto supone. ¿ Por qué las obras artísticas, y por ende sus autores, sufren esta discriminación palmaria ? Esas obras ni siquiera son compradas o ganadas, como la mayor parte de lo que he enumerado. Son « propiedades » en cierto sentido, pero no algo preexistente que pueda « adquirirse », sino creado por quienes las conciben y realizan. Y, pese a eso, se ven castigadas, en comparación. Si la ley que las regula se aplicara a todo lo demás, no quedaría familia rica en el mundo, y la Duquesa de Alba carecería de patrimonio. Si las obras de arte pasan al dominio público (es decir, pueden editarse y reproducirse libremente transcurridos esos sesenta o setenta años, y ya nadie paga por disfrutarlas ni, ojo, por explotarlas, utilizarlas y manipularlas, o hacer criminales « versiones » o « adaptaciones » de ellas), es justamente porque se las considera un bien para la humanidad de tal calibre que no se puede restringir sine die el acceso a ellas. Tan sólo se ven emparejadas, si acaso, con los grandes descubrimientos científicos que benefician a toda la especie : las vacunas, la penicilina, la anestesia, cosas así. Hasta cierto punto es comprensible. Sería lamentable que no pudiéramos leer a Cervantes o a Shakespeare, ni oír a Beethoven o a Mozart, por las exigencias y cortapisas que impusieran sus más remotos descendientes, tal vez gente insensible y avariciosa y parásita. Pero también es una lástima que a nadie se le permita pasear por tal finca desde hace siglos porque pertenece a una familia que se la ha ido traspasando sin caducidad ni tope.

Noticia completa (El País).

Foto : Wikimedia Commons.

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