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Los falsos maestros de la felicidad, por Ivan Thays

Los falsos maestros de la felicidad, por Ivan Thays

Es un lugar común decir que los libros de autoayuda son malos porque entregan sus mensajes « masticados » y listos para digerir al lector. No hay ninguna exigencia, las frases están escritas de manera simple, directa, subrayables. La verdad es que no veo la necesidad de que los libros de autoayuda sean complejos. ¿ Por qué tendrían que serlo ? Salvo al desatinado y arrogante de Paulo Coelho, quien suele enfrentarse con James Joyce y William Faulkner y acusarlos de haber « corrompido » a los lectores con sus complejidades, dudo mucho que un autor de autoayuda desee compararse con ningún autor, y menos aún con una celebridad literaria muerta. Su público es otro, su razón de escribir es otra, sus editoriales son distintas. Y, claro, sus ventas también son otras, aunque eso no es lo importante en este post. Confieso que admiro mucho a los autores de autoayuda y su deseo de influir positivamente en la vida de las personas, a través de la lectura. No son los libros que compro ni leo, pero sí los mensajes que busco. Y lo más interesante es reconocer que esos mensajes de « autoayuda » (me permitirán las comillas, que no significan en este caso ironía ni burla) pueden estar dentro de obras de mayor calado literario. Hace unos años me encontré en un libro sobre la Enciclopedia francesa y los enciclopedistas (nadie puede considerar un libro así como autoayuda, supongo) con una anécdota sobre Diderot y un ciego. Había entrevistado a un ciego de nacimiento y la última pregunta fue si le pediría a Dios, en caso pudiese hablar con este, que le diera el don de la vista. El ciego, quien reconocía los objetos palpándolos y con los brazos extendidos, le dijo que no, de ninguna manera. Si pudiera hablar con Dios, aclaró con determinación, le pediría « brazos más largos ». Las consecuencias del bello mensaje de la respuesta del ciego de Diderot perduran hasta ahora en mí. Introduje el pasaje en mi novela Un lugar llamado Oreja de perro y empecé a aplicarlo a mi vida. Hay cosas que no nos pertenecen, cosas que creemos que son nuestras pero en realidad no lo son. Una pareja, un hijo, un inmueble, la familia, una joya, un premio, el éxito o el fracaso, el dinero, una bicicleta, un aparato electrónico. Cuando perdemos aquello que consideramos como nuestro, pensamos erróneamente que nos están arrebatando algo, sin deternernos a pensar que en realidad nunca nos perteneció. Si decidimos pedirle algo a Dios, o a cualquier ser superior en el que uno crea, no deberíamos pedirle que nos dé lo que no podrá ser nuestro, sino que nos ayude a comprender y disfrutar lo que sí nos pertenece.

Noticia completa (El País).

Foto : The Guardian.

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