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Herman Melville - Moby Dick, ilustración de A. Burnham Shute (1892)

Herman Melville – Moby Dick, ilustración de A. Burnham Shute (1892)

Ni los turistas ni los adoquines de las calles del puerto estaban aquí­ cuando Herman Melville llegó a esta ciudad del sur de Massachusetts en diciembre de 1840. Tampoco esta placa de bronce a la entrada de la iglesia de Bethel, que recuerda a « los hijos de New Bedford que arriesgaron sus vidas o perecieron en sus encuentros con los monstruos de las profundidades del mar ». Se podrí­a decir que Bethel es el lugar donde arranca la trama de Moby Dick. Aquí­ escucha el protagonista el sermón que sirve como prólogo de la novela y aquí se detiene en unos muros taladrados por 31 cenotafios con los nombres de balleneros que nunca regresaron de su expedición. Al igual que la inmensa mayorí­a de sus colegas, Melville participó en uno de los servicios ecuménicos que entonces se celebraban en Bethel. Una iglesia que acababa de construirla un grupo de moralistas espantados por las andanzas en tierra de los marineros y que aún no tení­a este púlpito con forma de proa que sus parroquianos construyeron hace unos años para complacer a los turistas, que preguntaban por el que aparece en la pelí­cula de John Huston y Gregory Peck. A mediados del siglo XIX, New Bedford era la ciudad con mayor renta per cápita de Estados Unidos gracias a la pujanza de la industria ballenera. También era uno de los pocos lugares del paí­s donde los afroamericanos podí­an tener empleados blancos y regentar su propio negocio. Un detalle sorprendente que los historiadores atribuyen al espí­ritu progresista de los fundadores cuáqueros de la ciudad. En los barcos se enrolaban esclavos huidos e indí­genas polinesios que en ocasiones se veí­an obligados a dormir a la intemperie entre misión y misión. Así­ fue como nació la Casa del Marinero : un edificio que donó la hija de un empresario ballenero en 1850 y que se levanta junto a la iglesia de Bethel. Allí­ atienden aún hoy a tripulantes de los buques que llegan a New Bedford, cuya lonja genera más ingresos que la de ningún otro puerto pesquero del país. Y, sin embargo, la ciudad ha perdido parte del esplendor que atrajo a jóvenes como Melville, que llegó aquí con apenas 21 años seducido por la promesa de aventuras en el hemisferio austral. Acababa de cruzar el Atlántico como grumete en un barco de la marina mercante y no le sobraba el dinero. Su padre habí­a muerto arruinado y él habí­a encadenado salarios mediocres como peletero, maestro y empleado de banca para sobrevivir. Ninguno otorgó al joven Melville una satisfacción similar a la que encontró durante sus meses como ballenero, que le ofrecieron el catálogo de vivencias excitantes que iluminarí­a luego sus primeros libros hasta Moby Dick.

Noticia completa (El Mundo).

Ilustración : Wikimedia Commons.

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