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Lafcadio Hearn

Lafcadio Hearn

La historia es bien conocida : Pinkerton, oficial de la Armada estadounidense, llega a Nagasaki para casarse con la joven e ingenua Cio-Cio-San. Lo que para ella es un amor de los de toda la vida no es para él más que una aventura exótica. Tras la noche de bodas él regresa a su país y la joven oculta a todo el mundo el producto de aquella única noche : un niño al que ha puesto el nombre de Dolor. Los años siguientes son de espera, ya que él prometió que volvería cuando florecieran las rosas. Enterado de la existencia de su hijo, él regresa, en efecto, en compañía de su flamante esposa americana, y decidido a llevarse al niño consigo. Burlada, desengañada de todas sus ilusiones, Cio-Cio-San se retira a su cuarto, se despide de su hijo y se suicida. El cuento, que tiene más de cien años, y cuyo autor, John Luther Long, nunca estuvo en Japón, fue un éxito, y todavía hoy el redomado Pinkerton sigue haciendo su abominable papel en los teatros de todo el mundo. La historia de Madama Butterfly pertenece al género universal que es propio de las islas y las ciudades portuarias : el marinero que tiene una amante en cada puerto y la mujer que espera. Los pensamientos y los anhelos de la joven burlada muy bien pudieran ser los mismos que expresaba cualquier mujer de cualquier siglo. Y no sólo ocurre cuando el otro es un desalmado, sino también cuando el mar, o el cielo, se convierten en espacio inabarcable que separa a los amantes, a veces a causa de una maldición dictada por los dioses. « Mi alegría entonces, cuando atravesaba el pequeño puente de tablas de la puerta trasera de la casa de mi patrón, era comparable a la de Tanabata cuando una vez al año podía reunirse con su amado », escribió Ihara Saikaku en su novela Vida de una mujer amorosa, de la que hemos hablado aquí no hace mucho. Esta leyenda a la que se refiere Saikaku cuenta la historia de los amores de Tanabata, la tejedora del cielo, y Jikoboshi, quienes, absorbidos por su pasión, descuidaron sus deberes con los Kami, los espíritus que representan las fuerzas de la naturaleza en la religión sintoísta. En castigo, los espíritus decidieron separarlos, concediéndoles encontrarse una vez al año : la séptima noche del séptimo mes. Entonces las aves crean un puente por el que Jikoboshi cruza en barca el Gran Río de los Cielos (la Vía Láctea) para reunirse con su amada. Todavía hoy los japoneses acuden esa noche a la orilla de los ríos para desear suerte a los amantes por medio de poemas que arrojan al agua. La leyenda anterior fue dada a conocer en Occidente por Lafcadio Hearn, quien la incluyó en una de sus colecciones de kwaidan, cuentos fantásticos japoneses tomados de la tradición y la cultura popular. En su tiempo, Hearn contribuyó más que nadie a disipar las nieblas que cubrían el archipiélago nipón, lo que no significa que ahuyentara la atmósfera de romanticismo que adornaba al lejano Oriente. De hecho, su divulgación de la mitología, las costumbres y las creencias del Japón no se contradecía con el íntimo deseo que él albergaba de preservar dichas tradiciones del amenazador industrialismo occidental. Como predestinado por alguna de las artes mágicas acerca de las que escribió, Hearn, que había nacido en Grecia en 1850, falleció en Tokio en 1904, el mismo año en que Madama Butterfly, la ópera de Puccini, se estrenó en la Scala. Hearn es de esos raros privilegiados a los que la vida ha dado una segunda oportunidad, de lo que se desprende que haya en él dos existencias.

Noticia completa (La República cultural).

Foto : Wikimedia Commons.

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