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Ferdinand Max Bredt - Sofá com dama reposando (1921)

Ferdinand Max Bredt – Sofá com dama reposando (1921)

Que otros se jacten de las páginas que han escrito ; a mí me enorgullecen las que he leído. Con esta cita Borges da comienzo a Un lector, poema que incluye Elogio de la sombra (su quinto libro de versos), publicado en 1969. Aunque se negase a decirlo expresamente, Borges contaba con miles de motivos por los que alardear de la multitud de páginas salidas de su puño y letra ; pero también es cierto que su voraz hábito lector, junto con su inagotable conocimiento literario, colocaba sus propios escritos, al menos cuantitativamente, en clara posición de inferioridad. De esta manera, la frase de Borges no entraña ninguna práctica de falsa humildad sino que ante todo parece ser producto de la lógica más rotunda. El escritor argentino, sin embargo, no hizo referencia a aquellas páginas que, habiendo podido leer, nunca leímos: es decir, los libros que nunca llegamos a terminar. Las razones de este fenómeno por lo general suelen ser muy variadas, yendo desde el agotamiento intelectual o el olvido hasta el odio hacia el mismísimo autor ; o, sencillamente, debido a mera pereza o indiferencia. No conviene, eso sí, que olvidemos la razón más decisiva de todas las que pueden darse, a saber, el hecho de que algunos libros son un soberano coñazo. Esto último es importante que nos atrevamos a decirlo bien alto, y a pleno pulmón, si es necesario, porque no hay nada de malo en admitirlo. En resumidas cuentas, hablo de aquellos libros que, tras ser abandonados a medio camino, pasan a mejor vida: a partir de entonces, desaparecen de nuestra rutina automáticamente y comienzan a hacerse hueco en una especie de limbo indefinido, perpetuamente pendientes, con la incertidumbre de si algún día volverán o no a ser leídos. Bien es cierto que el acto de abandonarlos es capaz de dejarnos con mal sabor de boca o con un resquicio de culpa; a veces puede, incluso, que nos hagan pensar que no somos dignos de ellos. Esta última actitud es cuando menos desacertada, pero la situación parece en ocasiones inevitable al enfrentarnos a clásicos reconocidos que se supone tenemos que, no ya leer, sino adorar a la fuerza. ¿ Que no te acabaste el Ulises de Joyce ? Lo siento de veras, pero no eres quién para hablar de literatura moderna (¡ y no digamos de la modernista !). ¿ En serio no llegaste al séptimo volumen de En busca del tiempo perdido ? Vergüenza debería darte. Con esa lucidez innata que tanto le caracterizaba, Joan Didion destacó, en su primera colección de ensayos, que a casi todos aquellos que escriben les golpea de vez en cuando la sospecha de que no hay nadie escuchando ahí fuera; yendo más allá, están también los que escuchan un poco y se niegan a escuchar en su totalidad, rompiendo todo vínculo que les ligase con el libro en cuestión como si de un coitus interruptus literario se tratase. Estos son los verdaderos rebeldes, para bien o para mal, y lo peor que pueden hacer tras semejante acto es sentir vergüenza o culpa alguna. Tampoco se trata de arremeter contra clásicos o contra el canon occidental de manera arbitraria o frívola, pero el hecho de tener el criterio y la libertad suficientes como para saber cuándo parar, al margen de que se trate de un libro que esté en la lista de Libros Importantes, es en sí un gesto valiente y, muchas veces, digno de elogio.

Noticia completa (Jot Down).

Ilustración : Wikimedia Commonc.

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