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Lucius Shepard

Lucius Shepard

Hay escritores que terminan siendo para sus lectores algo así como sus autores privados. Porque su nombre parece significar algo sólo para ellos. Con Lucius Shepard eso solía ser aún más frustrante, porque cuando se lo nombraba ante un interlocutor ocasional, la respuesta inevitablemente terminaba derivando de una u otra manera hacia Sam, el Shepard famoso. Por lo que su mención se terminaba convirtiendo casi inevitablemente en una contraseña sólo para entendidos. Los pocos que se hicieron entendidos de Lucius desde este lugar del mundo seguramente lo hicieron gracias a la revista Cuasar, que hacia fines de los 80 intentó llenar el vacío dejado por El Péndulo. En la corta época en que intentó ser una revista-libro, con apariciones cada vez más esforzadas y azarosas, alcanzaron a dedicarle un completo especial a este otro Shepard. Incluía un cuento apasionante, llamado Los confines de la Tierra, un par de notas y hasta una entrevista. Durante mucho tiempo, esa fue toda la información que pude conseguir sobre él. Pero me alcanzó. Porque el cuento era fascinante. Y su vida lo era aún más. Lucius sabía construir personajes y mundos, lograba que sus historias parecieran reales, ubicadas en el aquí y ahora, narradas por una voz personal, que demostraba tener una imaginación original, oscura, fantástica y, como si fuera poco, contestataria. Conocía el mundo más allá de las fronteras de los Estados Unidos, y había viajado mucho por Centroamérica. Era un ex rocker nunca hippy, reconvertido a escritor de ciencia ficción a los treinta años, cuando las otras rutas de su vida habían perdido sentido. Un tipo que había vivido lo suyo, a la manera de los beatniks, pero con rock en lugar de jazz, y que después se había puesto a escribir esa ciencia ficción que se preocupa más por la ficción que por la ciencia. Y sus cuentos eran hipnóticos. Aquel especial de Cuasar tiene fecha de septiembre de 1989, y desde entonces nunca he dejado de estar detrás de la pista de Lucius. Me acuerdo de que el periodista y escritor Charlie Feiling contó alguna vez que coincidió con él en Iowa, donde Shepard escribió parte de Dorada, una novela que, según aseguran los especialistas en vampiros, es uno de los mejores secretos del género. Una de las maravillas de la aparición de Internet es que permitió obtener nueva información de todas esas obsesiones que uno tenía perdidas y compartimentadas, y Lucius siempre fue una de ellas. Después de todo, pocos sabían de su existencia, así que era imposible conseguir novedades suyas por otra vía. Así fue como los iniciados pudimos enterarnos de las idas y vueltas de su carrera, que después de esa primera época, la única que fue generosamente traducida, incluyendo las novelas Ojos verdes y Vida en tiempo de guerra, por la editorial madrileña Jucar, cayó en un cierto ostracismo durante los 90, y a partir del cambio de siglo se multiplicó con nuevos bríos, aunque siempre en editoriales pequeñas y ediciones extrañas. El formato que siempre le calzó mejor a la escritura de Lucius fue el de la nouvelle, donde podía extender sus largos parlamentos y desarrollar generosamente ambientes y personajes, pero son trabajos que suelen ser difíciles de publicar. Muchas de esas nouvelles encontraron su lugar en esos libros fruto de la necesidad.

Noticia completa (Página 12).

Foto : Wikimedia Commons.

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