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James Joyce

James Joyce

Joyce siempre fue un músico aficionado, amante de la ópera y los grandes románticos de épocas anteriores a la suya. Un tenor brillante, al igual que su talentoso padre, quien nunca pudo explotar su afición como cantante y gran músico destacado de Irlanda. Desde muy pequeño, Joyce gozó de una refinada educación musical, la cual germinó una sensibilidad tal, que a la edad de seis años era capaz de escuchar con amor cualquier ópera. Para la adolescencia, su voz alcanzaba un sentimiento entrañable en cada tonalidad de sus cuerdas vocales. Incluso se propuso la meta de participar en el concurso de Feis Ceoil, un festival de talentos admirables de la época en el que también destacó el músico, influencia y amigo de James, John McCormarck. La música fue un elemento esencial y profundo en cada una de sus obras. Recordemos el laberinto de Ulysses y los episodios destacados como Sirens, un capítulo alucinante, refiriendo en todo momento la armonía musical. Joyce escribe algunas partituras también en su libro Finnegans Wake, como lo es la balada de Persse O’Reilly e incluso llegó a aventurarse en la contextura musical de la pieza Bid Adieu, del compositor Edmund Pendleton. Su gusto por la música era demasiado específico. Disfrutaba de la poesía isabelina y sus verdades dramáticas, aquella en la que encontraba grandes significados entre sus líneas cortas y sin embargo insondables. Es evidente que su estimulación musical se desarrolló por la esfera del canto y tal vez parte de esto fue lo que influenció su primer obra, Chamber Music, un compilado de 36 poemas sencillos pero claramente definidos por un ritmo y una armonía musical sensible por sí misma. Pero así como la musicalidad en el lenguaje de Joyce fue primordial, la influencia que sus textos evocaron a músicos de todas las épocas fue aún más sorpresiva. Compositores como Georges Antheil y Samuel Barber fueron los primeros en dedicarle canciones ópera, allá por 1932. Posteriormente, los músicos vanguardistas introdujeron pistas de sonidos ambientales a sus obras : John Cage, obsesivo y fiel compositor de Finnegans Wake, y Pierre Boulez, quien alguna vez escribió, como fruto de su intenso amor por Ulysses, un ensayo en el cual demandaba una « nueva poética », una forma diferente de escuchar, afirmando que los músicos de su generación podían lograr lo que Joyce en la literatura. Luciano Berio también tuvo una profunda lealtad joyceana en ese tiempo, y destacó Thema como una de sus composiciones experimentales más importantes en la llamada música concreta, un collage de sonidos improvisados jugando con la abrumadora inspiración lírica del poeta.

Noticia completa (Pijamasurf).

Foto : Wikimedia Commons.

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