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Gustavo Adolfo Bécquer - Les Morts pour rire (1870)

Gustavo Adolfo Bécquer – Les Morts pour rire (1870)

Cuando se habla del romanticismo, la asociación entre amor y muerte es tan espontánea, o tan tópica, que el propio Museo Romántico de Madrid organizó hace unos años una magna exposición aunando de modo natural esos dos conceptos. Para el romántico el amor, la pasión, nos aproxima a la tumba. Según Larra, penas y pasiones (de amor, claro) han llenado más cementerios que médicos y necios, pues el amor mata, como matan la ambición y la envidia. El amor es un desasosiego, ansiado y temido al mismo tiempo. El amor puede ser el ideal que paradójicamente nos conduce al sin-vivir. En esas condiciones, el ser amado genera sensaciones contradictorias : el enamorado no sabe si prefiere su presencia o su desaparición, pues en ambos casos le falta la plenitud a la que aspira. Las coordenadas son por tanto erotismo y necrofilia. Cuando no se llega a tanto se recala en la perversión : dolor y placer se confunden o son difícilmente disociables. En una obra clásica, El Romanticismo español, dice Vicente Lloréns que los románticos no inventan nada sino que recrean una concepción del amor vinculado al sufrimiento y la muerte que tuvo su momento de esplendor en el pasado. Esa especie de mal de amores tiene su claro precedente en el mundo medieval, con los trovadores. No son casuales tantas concomitancias entre el universo romántico y determinados elementos del Medievo : castillos, fortalezas, aldeas, guerreros, monjes, monasterios, templos góticos, tumbas recónditas, ruinas y otros elementos de una Edad Media que, sobre todo en el teatro decimonónico, conforman un escenario medieval estereotipado, de cartón piedra. La necrofilia romántica, escribe Lloréns, revela significativos rasgos del pasado, al tiempo que delata concomitancias con otros autores : « Tálamo y tumba al mismo tiempo. Amor y muerte, unidos como en la poesía de la Edad Media. Como en Leopardi ». Lejos de ser una broma macabra o una excesiva licencia poética, el epígrafe que antecede expresa una de las vertientes fundamentales de la necrofilia romántica. La acuñación está tomada casi literalmente de un verso de una famosa Rima de Bécquer : « ¡ Oh, qué amor tan callado, el de la muerte ! / ¡ Qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo ! ». La muerte es calma, silencio, relajación, mientras que la vida es lucha constante. « Cansado del combate / en que luchando vivo, / alguna vez me acuerdo con envidia / de aquel rincón oscuro y escondido », dice el poeta sevillano. La idea romántica de que la vida atribulada del hombre es el mal y la muerte el bien, la quietud ansiada, la expresa también con rotundidad el Duque de Rivas en una de las obras arquetípicas del romanticismo español, Don Álvaro o la fuerza del sino. El protagonista protesta, casi increpa a la Divinidad en su desesperación : « ¡ Dios eterno ! / Con salvarme de la muerte, / qué grande mal me habéis hecho ». Luego rebaja el tono y dirige la agresividad hacia sí mismo, sin variar un ápice el planteamiento central : « Muerte es mi destino, muerte / porque la muerte merezco, / porque es para mí la vida / aborrecible tormento ».

Noticia completa (El País).

Ilustración : Biblioteca Digital Hispánica.

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