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Henry David Thoreau

Henry David Thoreau

En De la composition des paysages (1777), uno de los textos fundacionales del paisajismo occidental, el creador del popular jardín de Ermenonville en Francia, René-Louis de Girardin, reflexiona sobre los dos modos de contemplar un paisaje. Por un lado, la lejanía, desde la que el recorrido de los ojos (la « promenade des yeux ») nos permite crear una visión unitaria y de conjunto de la naturaleza. Por otro lado, la cercanía, desde la que el recorrido de las piernas (la « promenade des jambes ») nos descubre aquellos pequeños y múltiples detalles que revelan de igual modo la belleza fragmentaria de un determinado territorio. En el intervalo entre estos dos extremos, lo lejano y lo cercano, no sólo se articula la mayor parte de la historia del paisaje occidental sino que, al mismo tiempo, encontramos dibujadas unas determinadas visiones del mundo: la trascendente y la científica. Precisamente, la publicación de Musketaquid de H. D. Thoreau, la tercera aproximación a la figura y al pensamiento del ensayista americano por parte de la editorial Errata Naturae después del mítico Walden y del estimulante Cartas a un buscador de sí mismo, nos permite situar y reivindicar la figura de Thoreau en este espacio fronterizo entre la mirada lejana y la mirada cercana al mundo ; entre la trascendencia y la ciencia. En muy pocos escritores/pensadores encontraremos la sorprendente habilidad de transitar de forma tan natural y complementaria entre estos dos polos a partir de los cuales se edifica la tradición (paisajística) americana : lo sublime y lo geológico. Alejémonos un poco, pues, para contemplar y comprender ese espacio dialéctico. Hacia 1840, época en la que Thoreau inicia su singladura trascendental junto a su amigo y filósofo Ralph Waldo Emerson, en el imaginario pictórico americano surge una traducción de dichas tesis mediante los paisajes de Thomas Cole y Asher Brown Durand, primeros representantes de la conocida Escuela del Río Hudson. En estas pinturas, de marcada influencia romántica, la lejanía se convierte en la vía de enaltecer el territorio americano, convertido en un santuario donde practicar la espiritualidad. El hecho de pintar aquellos paisajes no sólo respondía a una motivación espiritual y estética, también se trataba de registrar la propia historia del país, que de forma acelerada, estaba viviendo unas profundas transformaciones. La mirada lejana hacia el paisaje era una forma de recordar y sublimar (al mismo tiempo) un mundo arcaico que estaba iniciando su camino hacia la desaparición. La consolidación de las mitologías del tren, de los buscadores de oro y de la conquista del oeste, grandes fobias de Thoreau, eran las evidencias de este cambio progresivo.

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Foto : Wikimedia Commons.

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