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Marguerite Duras - Un barrage contre le Pacifique

Marguerite Duras – Un barrage contre le Pacifique

Quién hubiese pensado que en sus primeros libros, Los caballos de Tarquinia o Un dique contra el Pacífico y La vida tranquila, Marguerite Duras escribía bajo la influencia de Hemingway y de Faulkner, autores que formaban parte de las lecturas, ella, que leyó muchísimo, la que se había imaginado escribiendo, desde niña, frente a su madre, sentada a una mesa, sin hacer caso a su indiferencia. Que una niña de doce años dijese que iba a escribir no tendría mayor importancia, eso importaba para los hijos hombres, pero para ella será una manera de extraer cosas que se « quedan en el cuerpo sin enunciarse », una forma de nacer de nuevo al mundo, de emerger hasta parecerse a ese rostro destruido de sus últimos años. Conocemos esa frase que alguien le dice en un vestíbulo de su libro El amante : « Me dijeron que usted era bella, pero ahora me parece mucho más hermosa, con ese rostro devastado ». Nada más absurdo que intentar separar vida y ficción en Duras, que nació en Indochina y sitúa varias novelas en Saigón, Un dique contra el Pacífico, libro sobre esa madre obsesiva, pobre y decidida a luchar contra el mar de China, poniendo barreras para impedir su paso. Esa madre que aparece también en El amante como figura central, la que representaba para la autora « el sufrimiento, el amor, la ley y el dolor », sentimientos abismales donde la identidad se destruye y se atreve a mirar el vacío. Todos son de alguna forma libros fundamentales, de ese avance hacia la lo que se llama escritura, equilibrio absoluto entre el cuerpo y la cabeza, entre el movimiento del mundo y el interior, como ese instante en que alguien se suicida en el barco de Saigón y la joven Duras comprende que ha amado al hombre chino. Duras también reconoció en el cine, con Hiroshima mi amor o India Song, otras formas de poner en escena piezas que alimentarían su temperamento de autora, Los viaductos de Seine-et-Oise, Savannah Bay, espacios inmensos, concretos, que se unen a otras tantas novelas importantes, El arrebato de Lol. V Stein, Le navire night, El dolor, La impudicia. Diría que todos sus textos son partituras de una música mayor, de una música interior que se puso a sonar desde sus primeros libros casi enloquecida, con ganas de salir de aquella minúscula persona que era Marguerite Duras, nacida Marguerite Donadieu en el año de la I Guerra Mundial, la mujer que hablará de su madre, de sus hermanos, de sus amantes con ese tono sin moral, directo, personal. Sobre todo, desde el « rostro del goce » y en el terreno de la transgresión para un reordenamiento del mundo, de una mujer libre, al fin de cuentas.

Noticia completa (El País).

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