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Una clase en Estados Unidos en los años 1940

Una clase en Estados Unidos en los años 1940

En poesía contemporánea, como en otras facetas de la vida artística, existe una primera división de poetas, los publicados, reconocidos y estudiados, cuya función de dar visibilidad a lo que siempre está en peligro de volverse invisible del todo resulta imprescindible. Por debajo de ellos, sin embargo, hay otra clase socio-poética importantísima a la hora de conseguir que nuevos lectores se incorporen a la tribu, esto es, que conozcan la existencia de esa poesía viva que todavía no aparece en los manuales de literatura, y mucha de la cual, probablemente, no llegará a aparecer. A estos seres anónimos que responden a la figura profesional de profesores-poetas, sobre todo en la educación secundaria, va dedicado este artículo, con permiso de los poetas con nombre y apellido. Al fin y al cabo, el anonimato y la dimensión colectiva de la poesía fueron comunes entre autores y oyentes hasta hace apenas doscientos años, y no hay razón para que una parte de ello, significativamente mayor en número que la de las élites, no siga siendo así. Como ya han pasado los tiempos del mecenazgo y, además, en España la iniciativa privada jamás se ha caracterizado por apoyar la poesía, con felices excepciones como la de un célebre empresario que ha creado una editorial especializada en poesía y traducción, aquí la mayor parte de los poetas se convierten en profesores de Lengua y Literatura, previa oposición, para procurarse un medio de vida ; en Inglaterra, por ejemplo, es la BBC, en lugar de las Consejerías de Educación, la que emplea a un considerable número de poetas para sus programas culturales ; en Estados Unidos, muchos pasan a formar parte de los programas de escritura creativa de las universidades. El caso es que, en nuestro contexto, y en contra de lo que casi todo el mundo cree, la profesión docente no es, ni mucho menos, una actividad a tiempo parcial que deje suficiente espacio a la creación, menos que nunca en este tiempo de recortes y de abrumador trabajo burocrático. El profesor no muda su piel por la del poeta sino a costa de robarle horas al sueño, agotado tanto física como mentalmente por las exigencias del día a día. En los años setenta, cuando todavía parecía posible vivir de otra manera, algunos poetas se conformaban con un trabajo parcial y poco especializado que les permitiera vivir austeramente y tener la serenidad de espíritu necesaria para la creación. Algo parecido a lo que, quizá un tanto idílicamente, cuenta Stefan Zweig en sus memorias sobre los poetas parisienses de principios del siglo XX, apoyados por gobiernos con una mentalidad muy distinta de la nuestra hacia las artes : « En su mayoría, ocupaban un pequeño cargo oficial que les exigía muy poco trabajo ; la gran consideración hacia la labor intelectual […] había generado […] este sabio método de otorgar sinecuras discretas a poetas y escritores que no podían vivir de los beneficios de su trabajo. […] Ninguno de ellos tenía las pretensiones de sus sucesores […] de fundamentar rápidamente su existencia soberana sobre la base de una primera inclinación artística. Lo que los escritores querían de esas pequeñas ocupaciones, elegidas sin ambición alguna, no era sino ese mínimo de seguridad en la vida exterior que les garantizara la independencia necesaria para su obra interior. […] Vivir y trabajar tranquilamente para un círculo tranquilo […] era más valioso para ellos que darse importancia y no se avergonzaban de vivir como pequeños burgueses y con estrecheces a cambio de poder pensar con libertad y audacia en el campo artístico. »

Noticia completa (Jot Down).

Foto : Wikimedia Commons.

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