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Edgar Allan Poe - Berenice, ilustración de Harry Clarke (1923)

Edgar Allan Poe – Berenice, ilustración de Harry Clarke (1923)

Con menos imaginación de la que pudiera intuir el lector en un primer momento, el origen del cine y la esencia que subyace y transmite la mayoría de los relatos de Edgar Allan Poe están relacionados entre sí por una sensación : la de terror (o la de un misterioso terror). Estaremos de acuerdo en que el cine, como si fuese un moderno Prometeo, confiere a las cosas movimiento y vida. En las primeras proyecciones de los hermanos Lumière no sorprendió tanto la captación de aquellas imágenes en movimiento como el hecho de que para el público estuvieran atrapadas vivas, provocando que en aquellas improvisadas plateas, al verse cómo una locomotora entraba por la pared de enfrente, se abandonara el lugar con pánico, de un modo similar a la respiración de los cuentos de este escritor que « desciende a los infiernos sin fondo de su propio espíritu y allí encuentra un terror común a toda la humanidad ». En el fondo, es apenas diferente de lo que posteriormente se pretendiera con las adaptaciones cinematográficas de Poe, aunque no siempre se lograba. Tal vez, porque los miedos hondos del autor norteamericano presentan un carácter indefinido que navega más allá de cualquier realidad, en una especie de combate entre la razón y la imaginación (o alucinaciones y sueños), el cielo y la tierra, el amor y la imposibilidad de amar, lo mórbido y la belleza, la vida y la muerte, difíciles de mostrar en imágenes en movimiento, mucho más explícitas que las elusivas, sugerentes imágenes de las historias del autor nacido en Boston un 19 de enero de 1809 y fallecido en extrañas circunstancias cuarenta años después. Pero de lo que se trata en este artículo es de establecer el marco de análisis de lo que se ha venido definiendo el regreso de la amada, la bella difunta, de los confines de lo sobrenatural que, poco a poco, va generando la locura o la paranoia en el ánimo del hombre mediante un vampirismo espiritual-mental-obsesivo, que si bien no hinca sus colmillos en el cuello, sí clava los más perversos y perturbadores recuerdos de una felicidad y hermosura que fue y ya no será jamás. Aunque es cierto que de un modo directo Edgar Allan Poe no abordó el tema del vampiro y el vampirismo, al menos desde la perspectiva en la que el mito de Drácula lo ha proyectado, popularizado, mutado, en cambio, sí que lo sugiere en varios de sus cuentos. Sin duda alguna, Berenice se perfila como uno de los ejemplos más claros. Pero incluso en esta narración habrá autores que pongan sus reparos, pese a la alusión a los dientes blancos y a otras insinuaciones salpicadas por el relato. Por lo demás, junto a temas constantes en la obra de Poe como la necrofilia, el entierro prematuro y la compleja división entre lo racional e irracional, lo que termina abordando como eje central en Berenice es la atracción fatal de un vampirismo espiritual-mental-obsesivo, donde estas mujeres muertas perforan el ánimo de sus esposos con semejanza y lascivia vampírica hasta que los destruyen.

Noticia completa (Jot Down).

Ilustración : 50 Watts.

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