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Célestin Nanteuil - Don Quijote

Célestin Nanteuil – Ilustración para Don Quijote (1855)

In memoriam Gabriel García Márquez

Uno de los pasajes que prefiero de Don Quijote de la Mancha es el que tiene lugar en Sierra Morena. Don Quijote se pone en él a dar saltos y hacer todo tipo de disparates por las peñas, imitando a esos caballeros, como Amadís y Orlando, que enloquecidos por los celos dieron en las mayores locuras. Sancho le pregunta por la razón de tal proceder dado que él no tiene motivo alguno para sentirse desdeñado por su dama Dulcinea o para pensar que esta haya podido « hacer alguna niñería con moro o cristiano ». A lo que Don Quijote le responde : « Ahí está el punto y esa es la fineza de mi negocio, que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias: el toque está en desatinar sin ocasión ». Ese « desatinar sin ocasión » guarda la clave del libro de Cervantes. El diccionario de la RAE define desatino como « locura, despropósito o error ». Pero en Cervantes tiene una significación muy distinta. Como los gestos absurdos del maestro zen, las locuras de Don Quijote tienen el poder de suspender por un momento el principio de realidad. Su función es abrir una grieta, y, más allá de la lógica, llevarnos a la comprensión profunda e inmediata de una verdad nueva. Por eso entre los dos modelos que le salen al paso en Sierra Morena, el de Amadís y el de Orlando, Don Quijote elige sin dudarlo el ejemplo del primero. Orlando, trastornado por la traición de Angélica, revienta el curso de los torrentes, asola los bosques, aniquila el ganado ; mientras que Amadís no hace « locuras de daño sino de lloros y sentimientos ». Ese es el camino de don Quijote, para quien la aventura no supone nunca una quiebra de lo real, sino su exaltación. De ahí que sea indisociable de la alegría, que supone concebir las cosas no en función de verdadero o falso sino de epifanía. El desatino es una condición de lo paradisíaco ya que hace del mundo el lugar de la posibilidad. Nada que ver con la locura. La locura es no tener en cuenta a los otros y pocos héroes los han tenido tan en cuenta como el nuestro. La gran lección de sus aventuras es que un mundo sin justicia no merece la pena; pero que tampoco la merece sin misericordia, que no es sino esa segunda oportunidad que damos a las cosas para que sean al fin lo que pueden ser. Don Quijote es el caballero de esa segunda oportunidad y por eso hay pocos héroes más parlanchines que él, pues esa segunda oportunidad siempre se juega en el lenguaje. Hasta el punto de que bien podría decirse que todo lo hace animado por su deseo de no dejar de hablar y que es el hablar mismo, el seguir encontrando cosas que decir y a quién decírselas, su razón de ser como caballero. De forma que, al lado de esos nombres que tan merecidamente asume, el Caballero de la Triste Figura, el Caballero de los Leones, podría haberse llamado con más propiedad el Caballero de la Palabra.

Noticia completa (El País).

Ilustración : Gallica.

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