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Eugène Galien-Laloue - Les Bouquinistes (1908)

Eugène Galien-Laloue – Les Bouquinistes (1908)

Todavía no ha amanecido y el escritor aparece a lo lejos, tras una cortinilla de lluvia. Trae un paraguas azul que, en las siguientes dos horas de Rastro, le sujetaré unas cuantas veces : siempre, o casi siempre, que él se agache frente a un puesto. Al llegar saluda y nos vamos con prisa a la primera manta. Se abalanza sobre una carpeta de dibujos. Algunos son preciosos. El escritor murmura un « nada » y seguimos caminando. Me presenta : « Este es Antonio, un aficionado ». Antonio es alto y joven, moreno, de barba bien perfilada, y lleva una mochila donde irá guardando las adquisiciones del día. Metemos la cabeza en un maletero lleno de libros. « ¿ Qué hay aquí ? », se preguntan, el uno al otro. Ambos, Antonio y el escritor, miran los volúmenes, los manosean, se los pasan. El escritor que nos acompaña esta mañana de Rastro es Andrés Trapiello, que recientemente ha prologado un librito titulado Azorín. Libros, buquinistas y bibliotecas. Crónicas de un transeúnte : Madrid-París (Fórcola), una selección, a cargo de Francisco Fuster, de las crónicas librescas del ilustre autor de la Generación del 98. En ellas el de Monóvar dice cosas que se le van representando a uno cada poco esta mañana : « Leer y tornar a leer. No hay más remedio » ; o « los libros sustituyen a la vida » ; o « la lectura es un placer íntimo » ; o « el verdadero lector, el lector no profesional, leerá siempre en voz baja ». El prólogo del autor de Las armas y las letras es, como cada artículo de Azorín, una bella declaración de amor a la lectura y a los libros viejos : « Leer es vivir, escribe Trapiello, y no hay vida que se precie de verdadera y plena sin libros ». En este traficar tempranero de literatura, que, más que la lectura, se hace en voz baja y casi sin mover los labios, si algo hay es amor por el libro viejo y de papel. Antonio y Andrés, amigos del rastro, tocan sin cesar los libros. Uno le cuenta al otro la última hazaña. Una primera edición de El resplandor de la hoguera, de Valle-Inclán… una primera edición dedicada. « ¿ Dedicada por quién ? », pregunta uno. « Pues por Valle », replican. Por quién va a ser. « Es muy raro, me dice el escritor. Una edición anterior a 1910 es rarísima. Y además, dedicada. Muy raro. » La rareza conforma el valor aquí. Seguimos. Urge mirar, buscar, comprar. Avanzamos por la calle Mira el río baja. Una cuesta arriba infernal. Trapiello me habla mientras subimos la cuesta. Está en forma. Habla y anda a buen ritmo. Quizás sea porque está acostumbrado a la pendiente exacta de esta cuesta. Son treinta y cinco años viniendo, quizás alguno más. « ¿ Siempre solo ? », le pregunto, aunque sé que no, por los diarios. « No, con Juan Manuel Bonet. » Bonet es J.M. en los diarios. Trapiello hablará mucho de Bonet esta mañana. Bonet, de hecho, es el responsable de mi madrugón de hoy : « Juan Manuel y yo veníamos siempre a la misma hora que todo el mundo. Pero un día, él venía de una fiesta y decidió darse un paseo por el Rastro a estas horas. Me llamó entusiasmado y me dijo que a partir de entonces vendríamos temprano ». A Bonet, autor del imprescindible Diccionario de las Vanguardias en España, lo nombrará días después, al hablar de los « grandes aficionados », el librero Manolo Gulliver, de la calle León, quien parece no esperar nada (o casi nada) ya de su negocio : « Ha cambiado todo muchísimo. Tienes muy pocos clientes conocidos y ya la mayoría son turistas, gente de paso o gente que encarga directamente por Internet ».

Noticia completa (El Cultural).

Ilustración : Wikimedia Commons.

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