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Alberto Manguel

Alberto Manguel

Una semana antes de la Navidad pasada, a la tardecita, me senté frente a mi escritorio para contestar una carta. Pero justo cuando estaba por escribir las primeras palabras, sentí como si se me escaparan, se esfumaran en el aire antes de llegar al papel. Me sorprendí pero no me preocupé. Decidí que estaba muy cansado, y me prometí parar de trabajar después de terminar la nota. Tratando de concentrarme más, intenté formular en mi mente la frase que debía escribir. Sin embargo, aunque sabía la esencia de lo que quería decir, la frase no cobraba forma en mi mente. Las palabras se rebelaban, rechazaban hacer lo que yo les decía ; a diferencia de Humpty Dumpty, que le dice a Alicia que cuando se utilizan palabras « la cuestión es cuál de ellas va a ser la jefa, eso es todo », me sentía muy débil para darles a las palabras que me eludían órdenes que ellas estuvieran obligadas a seguir. Por último, después de mucho esfuerzo mental, me arreglé, dolorosamente, para hilvanar unas pocas palabras y ponerlas más o menos coherentemente en la página. Sentí como si hubiera estado hurgando en una sopa de letras, en busca de las palabras que necesitaba pero, apenas hundía mi cuchara para atrapar unas pocas, se disolvieran en fragmentos sin sentido. Volví a la casa y traté de decirle a mi compañero que algo andaba mal, pero descubrí que era incapaz de pronunciar las palabras, como no fuera en forma de un doloroso y lento tartamudeo. El llamó a una ambulancia y una hora más tarde yo estaba en la guardia de emergencias, atendido por una embolia cerebral. Para probarme que no había perdido la capacidad de recordar las palabras, sino sólo la de expresarlas en voz alta, empecé a recitar mentalmente fragmentos de literatura que conocía de memoria. Afortunadamente, el flujo fue sencillo : poemas de San Juan de la Cruz y Edgar Allan Poe, trozos de Dante y Victor Hugo, versos de Arturo Capdevila y Gustav Schwab reverberaban en la oscuridad de mi cuarto en el sanatorio. La capacidad de leer nunca me abandonó y, pocas horas más tarde, descubrí que otra vez podía escribir. No obstante, cuando trataba de hablar con las enfermeras, el tartamudeo persistía. Sólo después de cuatro o cinco semanas de lenguaje vacilante, desapareció gradualmente. La experiencia, aunque aterrorizadora, me hizo reflexionar sobre la relación entre pensamiento y lenguaje. Si el pensamiento, como creía yo, se forma en nuestra mente a través de palabras, entonces, en la primera fracción de segundo, cuando el pensamiento se genera, las palabras que instantáneamente se aglomeran a su alrededor, como percebes, no son claramente distinguibles para la imaginación : sólo constituyen el pensamiento in potentia, una forma bajo el agua, presente pero no con todos sus detalles. Cuando un pensamiento es impulsado a emerger en el idioma de la persona que habla (y cada idioma produce pensamientos particulares que sólo pueden ser traducidos de manera imperfecta a otro idioma), la mente selecciona las palabras más adecuadas de ese idioma específico, para permitir que el pensamiento se vuelva inteligible, como si las palabras fuesen virutas de metal que se reúnen en torno al imán del pensamiento.

Noticia completa (Revista Ñ).

Foto : Web de Alberto Manguel.

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