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Gregory Bateson - Steps into an ecology of mind

Gregory Bateson – Steps into an ecology of mind

Mencionar hoy en día el término cibernética acarrea una sensación cuanto menos paradójica. La de tratar con un objeto cuya imaginería futurista parece haber quedado algo obsoleta. Una especie de futuro steampunk, con esa venerable pátina que tienen las clarividencias ya envejecidas. Incluso en un terreno como el de la escritura (que por ser la matriz de la que proviene toda ilusión histórica parece ostentar el privilegio de vivir al margen de la propia historia) lo cibernético nos suena a preámbulo de desarrollos tecnológicos que ya están depositados en nuestras manos, listos para mostrarnos la fase siguiente a recorrer en el playgame del progreso. Lo ciber- suena a precedente de lo digital, a ancestro de la evanescencia y la liquidez de nuestras fantasías presentes, esas hipostasías desplegadas a través de cables de fibra óptica y expuestas tras las celdas sin barrotes de las pantallas de cristal líquido o de versiones mejoradas del mismo compuesto. Nos remite a los relatos de Stanislaw Lem, a las especulaciones de Philip K. Dick o a las exploraciones cada vez menos humanoides de todos esos profetas de la hibridación y las nuevas plataformas cárnicas, de Mark Dehry a David Cronenberg pasando por artistas circenses como Stelarc. El ciberespacio, el cibermundo, el cyborg. Qué doméstico y lejano al mismo tiempo parece todo esto. Y sin embargo, a estas alturas, poco o nada hemos realmente conocido y menos aún desarrollado acerca de una cibernética literaria. Ciertamente hemos emulsionado la materia del libro, destilado el suero textual y adaptado éste a la concupiscencia electrónica, tan elegante y portátil. Pero eso tiene que ver con otras cosas. Tiene que ver con la integración de la literatura (más que de la escritura en general) en el campo interconectado y sobreexpuesto de los media. Con la literatura como una forma de (ad)mirar el texto y de propagar la ductilidad de su contemplación y su almacenaje. La pantalla (sea del material que sea, incluso la pantalla global e imperceptible de ese espectáculo llamado sociedad) borra el rastro de cuanto ha llegado a ella hasta el punto de que, cuando uno se sumerge en el cerco de esa(s) pantalla(s) accede a una hipótesis inquietante: la de que no existe esa cosa llamada literatura. De que, en todo caso, hay gente que mira libros y gente que habla sobre los libros como si el hablar fuera una forma verbal del mirar. La literatura, que forjó en sus pliegues más adustos el relato histórico, ahora parece no tener ninguna historia que contar sobre sí misma. Insisto, no se trata de eso. Se trata de algo muy distinto y creo que mucho más apasionante. De la literatura como fenómeno interventor de la realidad, como acto performativo. Como algo que sucede en lugar de ser algo que simplemente se contempla o de lo que se habla. Fue Gregory Bateson (alguien cuya compleja personalidad intelectual podríamos intentar definir, quedándonos cortos, como la de un etno-psico-antropólogo) el que dio una carta de naturalidad más interesante al concepto de la cibernética, que por aquellos años 50 del pasado siglo empezaba su floreciente singladura como un campo de posibilidades abierto entre los cotos de la teoría de sistemas y la tecnología de la computación.

Noticia completa (Revista de letras).

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