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Enrique Murillo

Enrique Murillo

« — Somos eso, ¿ no ? Las historias que arrastramos, todo lo que no entendemos.
— Todo lo que no entendemos. » (Enrique Murillo, Qué nos pasa)
Si en España hay un humanista empedernido, un auténtico hombre orquesta dentro del mundo del libro, un interminable aglutinador de labores vinculadas, de una u otra forma, a las Letras, con mayúsculas, es sin duda Enrique Murillo. Cuando tuve mi primer contacto con él, hará cosa de seis meses, me recordó de inmediato al Señor Bubis, el editor de Archimboldi en 2666. En efecto, Enrique comparte con el personaje de Bolaño algo más que su pasión por la edición. Ambos son sabios desenfadados, espíritus preclaros y, por encima de todo, profesionales atrevidos y valientes. Al decirles que Enrique ha hecho de todo en el mundo del libro, no exagero ni un ápice, atiendan si no a este brevísimo currículum : doctor en Literatura por la Universidad de Londres, editor en Planeta, Alfaguara y Anagrama, director de Plaza & Janés, fundador de la editorial Los Libros del Lince, periodista, director de la revista El Europeo y de la versión española de Playboy, subdirector de Vogue, uno de los fundadores del suplemento Babelia, autor de tres novelas, un poemario y un libro de relatos, traductor de Nabokov, guionista de películas independientes y profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona. Cuando por fin me encuentro frente a frente con él, en una mesita coqueta del restaurante Igueldo de Barcelona, donde muy amablemente, por cierto, posponen ad eternum el cierre a causa de esta entrevista, la primera pregunta es inevitable :
– ¿ Quién es, en realidad, Enrique Murillo ?
– Hoy en día, soy por encima de todo un editor. Ser editor es una profesión preciosa. Uno, porque estás al lado del talento. Dos, porque ayudas a que ese talento sea conocido. Y tres, porque puedes contribuir en una medida pequeña a mejorar su obra. Toda obra realizada por alguien con talento tiene muchas cosas perfectas y algunas imperfectas. El trabajo del editor consiste en lograr que el libro sea lo más perfecto posible y que el autor consiga al menos un lector, es decir, que trabaja para hacer público ese libro. Ese es el sentido del término publicar cuando te tomas tu oficio en serio. El editor tiene la suerte de no dejar el mundo tal cual lo ha encontrado. Tiene la capacidad de contribuir a que el mundo cambie. El mundo es por naturaleza incomprensible y el ser humano está condenado a la situación patética de darse continuamente porrazos contra sus realidades. Se necesita alguien que arroje un poco de luz sobre esto tan oscuro y confuso, y eso es lo que hacen los escritores. Te pongo un ejemplo muy sencillo : hoy en día es un tópico decir que algo es borgiano o kafkiano. Antes de que leyéramos la obra de Kafka o de Borges había ángulos de la realidad que eran un punto ciego para nuestra pupila. Al hacer comprensible lo incomprensible, la literatura torna el mundo ligeramente más soportable. Cuando un editor recibe manuscritos que no vienen avalados por nadie, su trabajo es obedecer a su curiosidad y amar aquello que puede incluso producir rechazo en otras capas de la sociedad. Es el punto de partida de su trabajo: vencer la desidia y atreverse a entender eso que hay de nuevo y valioso en el manuscrito del autor todavía sin nombre.

Noticia completa (Jot Down).

Foto extraída del mismo artículo.

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