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La biblioteca Odenplan de Estocolmo

La biblioteca Odenplan de Estocolmo

Fue Borges quien un día imaginó el paraíso en forma de biblioteca. Y antes o después, eso no está cifrado, arrancó el Poema de los dones con estos versos votivos : « Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche./ De esta ciudad de libros hizo dueños/ a unos ojos sin luz… » Después vino Ray Bradbury y advirtió : « No puedes aprender a escribir en una universidad. Es un lugar muy malo para los escritores porque los docentes siempre piensan que saben más que uno, y no es cierto. Ellos tienen muchos prejuicios. Digamos : a ellos les gusta Henry James, pero ¿ qué pasa si no quieres escribir como Henry James ? […] La biblioteca, por otro lado, no tiene límites. La información está ahí para que la interpretes. No hay nadie que te diga qué pensar, que te diga si eres bueno o no. Lo descubres por ti mismo ». Sin bibliotecas no tendríamos ni pasado ni futuro. Los libros son la vida sin tiempo, pero ayudan a enclavijarse a la vida con una precisión extraordinaria. Los libros son la extremidad del escritor, su brazo largo, su proyecto inacabado, su entusiasmo inabarcable. Los libros de los otros, exactamente. Construir una biblioteca (física o mental) es levantar un territorio propio. Fingir una plaza llena de gente. Comprender mejor lo inabarcable. Añadir complejidad a lo elemental. No aceptar lo irremediable. Las bibliotecas son (y fueron) no sólo el cobijo contra la tormenta de algunos escritores esenciales, sino el apoyo de una parte de sus vidas. Su trabajo. Su almuerzo. Su salario. Su patrimonio. Ese es el rastro que persigue y pone en claro El escritor en su paraíso (Periférica), un intenso trabajo del profesor Ángel Esteban en el que recorre la biografía de 30 grandes autores en aquellos días en que fueron bibliotecarios. No es exactamente un capricho de extravagante, sino un excelente cabotaje por una pasión que trasciende el ejercicio de la escritura en favor de una espeleología mayor : vivir entre libros, vivir por los libros, vivir en los libros. […] Pero una biblioteca no sólo es una construcción íntima (siempre hay uno o varios individuos detrás dándole sentido y forma). Es también un signo de poder, un aval de distinción. Benito Arias Montano (1527-1598) organizó para Felipe II los fastuosos fondos de El Escorial durante 10 años de viajes y huroneo en bibliotecas privadas y conventuales de media Europa peleándose con vendedores, pícaros del oficio, monjes y funcionarios para arrancar libros por poco dinero. Y gozó, como privilegio extremo, de una licencia especial, concedida por el Gran Inquisidor, que le permitía eximirse de todas las normas oficiales del Index de libros prohibidos. Aquel monarca imperial lo tenía claro : « Para Felipe II, una de las mayores riquezas de la humanidad estriba en el conocimiento que nos llega a través de los libros. Ojalá todos los gobernantes de todos los tiempos lo hubieran tenido tan claro. Arias Montano tuvo carta blanca para comprar lo que quisiera, por muy cara que fuese la maravilla bibliográfica con la que se encontrara », sostiene Ángel Esteban.

Noticia completa (El Mundo).

Foto : Wikimedia Commons.

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