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Eduardo Zamacois

Eduardo Zamacois

En un reproche que le dirigió a Baroja está la raíz de lo que para Eduardo Zamacois (Pinar del Río, 1873-Buenos Aires, 1971) fue la literatura : « No conoce América, y yo, que le estimo, querría persuadirle de que hablar de América o de la misma Europa desde la Puerta del Sol es una temeridad ». Por eso Zamacois viajó. Casi cien años chisporroteando, que diría Unamuno. Apenas arrancaba el siglo XX y este escritor español, nacido en Cuba como un último fleco perdido de la Generación del 98, ya andaba empotrándose en cárceles para escribir de los presos (Los vivos muertos, 1929), viajando a guerras y describiendo, escribiendo su siglo, que fueron casi dos. Documentarse era para él, y así lo dijo, « un noble prurito para escribir mejor ». Murió a los 98 años y a los 70 tuvo su primer trabajo fijo, como funcionario. « De las cinco horas que estoy en la oficina, empleo tres o cuatro en escribir mis memorias », declaró. Esas memorias de un hombre que se va acaso sean su mejor y más reconocido legado literario. « Son de las pocas memorias escritas, de verdad, de memoria », dice Gonzalo Santonja, encargado de seleccionar, para la Fundación Banco Santander, parte de lo mejor del autor en un volumen titulado Eduardo Zamacois. Cortesanas, bohemios, asesinos y fantasmas. Santonja aprieta en estas páginas una obra monstruosa, inaprensible de cerca de 130 libros (y dejó de escribir novelas treinta años antes de morir), miles de artículos y cartas y conferencias. « He escrito un conato de libro », explica el antólogo, cuya introducción, de sesenta páginas, parecía lo menos que se podía decir de este torbellino lopesco, excesivo. Zamacois fue un hiperactivo. Hombre de letras e ideas. Escritor que, como dice Santonja, « encontró sosiego dentro de su atropellamiento ». Ruano escribió de él que « había recorrido el mundo y traído a la literatura española el naturalismo francés y la fórmula de la novela erótica ». Fue autor de novelas galantes y precursor de los culebrones, pero también cuentista, cronista y dilapidador mecenas. Desmedido, tuvo siempre una mujer y dos amantes. Mantuvo tres casas y en ninguna paraba demasiado. Umbral lo llamó por carta « querido maestro », y lo hizo después de que Zamacois volviera a España, ya con la apertura de Fraga, y con las mismas, sabiéndose olvidado, se volviera a ir. Su nombre había vuelto a sonar, por entonces, gracias a Federico Carlos Sainz de Robles, que lo reputó como uno de los escritores que « más ha influido, entre 1907 y 1936, sobre las generaciones siguientes ». « Fue un hombre de gran dignidad, comenta Santonja, un hombre que, cuando intuía que su tiempo en algún sitio se acababa, no dudaba en irse ». El autor de Mortal y rosa le dijo que en España no lo habían olvidado del todo ; pero Zamacois, republicano y liberal, que había salido de Barcelona a la vez que entraban los nacionales, no quiso quedarse.

Noticia completa (El Cultural).

Foto : Wikimedia Commons.

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