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Ilustración de Gustave Doré para la edición francesa del Quijote de 1863

Ilustración de Gustave Doré para la edición francesa del Quijote de 1863

En la primera entrega de la desigual trilogía de Matrix, nuestro Elegido despierta de su letargo y descubre pasmado que toda su realidad no es más que un conjunto de líneas de código que unas aviesas máquinas han diseñado para mantenerlo vivo junto al resto de la humanidad en su cometido de proporcionarles energía eléctrica. Pero a Neo le antecede Don Quijote. Cerca de cuatrocientos años antes de la genial idea de los hermanos Andy y Larry (ahora Lana) Wachowski, Cervantes presentaba a los lectores de la época un ingenioso hidalgo que, presa de cierta locura literaria, entremezclaba continuamente el mundo romanceril de la caballería con el mundo real, atacando a molinos convertidos en gigantes o destrozando teatrillos cuyos títeres se tornaban agresivos moriscos frente a su incrédula mirada. Aun con sus diferencias, tanto el futurista Neo como el medieval Quijote viven la ilusión de un mundo que simula ser real : el primero mediante complejos artilugios que podríamos definir como un sistema de realidad virtual completamente inmersivo ; el segundo, fruto de una visión trastornada producto del empacho de novelas de caballerías. Sus mentes han sido engañadas con distintos medios para distintos fines, pero ambos reflejan los mismos síntomas : un viaje mental al mundo creado para tales propósitos. ¿ Puede la tecnología actual o la literatura producir semejante efecto en nuestra mente ? Nuestra experiencia lectora tal vez responda a la segunda parte de la pregunta. A fin de cuentas, si comprendemos estos garabatos es gracias a que sabemos leer, y si es así es posible que recordemos haber viajado a bordo de barcos llenos de aterradores piratas, paseado en compañía de seres fantásticos de antiguas leyendas o volado a mundos del futuro sin habernos movido de nuestro sillón. En cuanto a las tecnologías de realidad virtual, cada vez son más las noticias en los medios de información que dan a conocer sus avances en el campo de la neurociencia. Veamos qué tienen en común estos alejados universos. Según Michel Foucault, en los primeros días de la novela del siglo XVII su lectura se percibía como una forma de desvarío, puesto que durante la misma uno se convertía en otra persona. Por suerte para nosotros, el conocimiento del cerebro ha crecido exponencialmente desde aquella época y Mario Vargas Llosa no sería ingresado en un manicomio por defender que la literatura sirve « para liberar al ser humano y permitirle vivir otras vidas distintas a la propia », ni Haruki Murakami tendría que esconderse al definir así el acto de lectura : « Vuelvo a la habitación de lectura, donde me sumerjo en el sofá y en el mundo de Las mil y una noches. Poco a poco, como en el fundido a negro de una película, el mundo real se evapora. Estoy solo, dentro del mundo de la historia. Mi sensación favorita en el mundo ».

Noticia completa (Jot Down).

Ilustración : Wikimedia Commons.