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Luis Sepúlveda

Luis Sepúlveda

A veces, motivado por amigos he hecho algunas confesiones referentes a cómo y por qué diablos decidí ser un escritor o, dicho de una manera más modesta, acercarme a la literatura. A veces envidio a los escritores y escritoras que confiesan haber vivido en compañía de vetustas y bien surtidas bibliotecas familiares, a las que con cierta coquetería culpan de « haber despertado la vocación ». No es mi caso. Crecí en un barrio proletario de Santiago de Chile y, aunque en mi casa había algunos libros, sobre todo literatura de aventuras, Jules Verne, Emilio Salgari, Jack London, Karl May, sería de una vanidad espantosa decir que se trataba de una biblioteca, y más todavía culpar a esos inocentes libros de lo que hago. No. Yo me hice escritor por el fútbol. Cuando era un niño, o un pre-adolescente de 13 años, mi gran sueño era destacar en el fútbol y llegar a ser un día profesional de ese gran deporte. Me veía con la camiseta del club de mis amores, el Magallanes, el decano del fútbol chileno y, si todo iba bien, algún día vestiría la roja camiseta de la selección chilena. No jugaba mal. Era delantero en el equipo infantil del Unidos Venceremos F.C., uno de los cuatro clubes de mi barrio Vivaceta, ilustre rincón de Santiago salpicado de fábricas textiles, burdeles, quilombos, boliches en los que servían vino recio, dos estadios y orgullosamente proleta. Además, el barrio era cuna del « Chamaco » Valdés, que por entonces jugaba en el Colo Colo, acababa de ficharlo La Juve en Italia y, desde luego, era delantero de la selección. Pedigrí no faltaba en el barrio. Así, mi acercamiento a la literatura empezó un domingo de verano y mientras, con mis botines de fútbol al hombro, caminaba hacia el estadio Lo Sáenz, propiedad del sindicato Santiago Watt, que aglutinaba a los obreros de la compañía chilena de electricidad, Chilectra, campo en el que se disputaba la copa del barrio. En esos años, uno cuidaba muy bien sus botines, los embadurnaba con grasa de caballo y, según las características del campo de fútbol en que se jugaba, se cambiaban los estoperoles ; blandos, de goma de viejos neumáticos cuando se jugaba en cancha de tierra, duros, generalmente de suela cuando el terreno estaba muy seco, y livianos, casi siempre de hueso, cuando teníamos el placer de jugar en un campo de césped. Nuestro « Mister Pipa », llamado así en homenaje el entrenador del cómic más leído en Chile, « Barrabases », que dibujado enteramente por Themo Lobos cada semana entregaba un partido de fútbol imaginario, nos aconsejaba en el camerino y explicaba su táctica. Jugábamos con la clásica formación 4-2-4 y yo solía jugar de 11 o de 10, cuando nuestro ariete, el Chico Valdés, por alguna razón faltaba. Además me correspondía tirar los penaltys y, modestamente, rara vez fallé. Por último, mi misión era defender la pelota casi en el ángulo de corner y desde ahí lanzar buenos centros a los muchachos que invadían el área enemiga.

Noticia completa (Revista Ñ).

Foto : Wikimedia Commons.

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