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John Singer Sargent - Ellen Terry en el papel de Lady Macbeth (1889)

John Singer Sargent – Ellen Terry en el papel de Lady Macbeth (1889)

Cuando Hamlet, el príncipe de Dinamarca, habla con los cómicos que van a representar delante del nuevo rey, su tío, el ignominioso asesinato de su padre que le ha permitido a éste llegar al trono, les comenta que el fin del arte dramático es presentarle un « espejo a la humanidad » : « Mostrar a la virtud sus propios rasgos, al vicio su verdadera imagen, y a cada edad y generación su fisonomía y sello característico ». Borges decía que Shakespeare « trabajaba para el presente, no para el tiempo », que no pretendía pasar a los anales de la literatura sino simplemente cumplir con su público, entretenerlo y emocionarlo. « Lo movía el estímulo de las tablas », escribe. « Inventó caracteres para que la gente aceptara argumentos que lo tenían sin cuidado ». Buena parte de esos argumentos tenían que ver con aquellos que habían convertido su afán de alcanzar el trono en un desafío que no aceptaba componendas. Si era necesario matar, se mataba; si no había más remedio que traicionar a los más próximos, se los traicionaba. No hay mucha variedad, por eso, en los argumentos, pero sí se imponen en su teatro los mayúsculos personajes que se miden con grandes poderes y con las inmensas turbulencias que agitan sus espíritus. Así Macbeth, cuando su mujer empieza ya a desvariar tras la orgía de sangre que lo ha conducido al trono y que ella ha propiciado, le ordena a un médico que la cure, que borre de una vez esas « turbias escrituras del cerebro » que la están consumiendo como si fueran el peor de los venenos. Ahí reside la maestría de Shakespeare, en saber atrapar esas turbias escrituras, en darles vida en el corazón de sus personajes. Unos personajes que, una y otra vez, se ven sacudidos por graves contradicciones, como aquella tan célebre entre ser y no ser, entre actuar y no actuar, que atenazaba a Hamlet y que lo hacía preguntarse : « ¿ Quién querría llevar tan duras cargas, gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, si no fuera por el temor de un algo después de la muerte, esa ignorada región cuyos confines no vuelve a traspasar viajero alguno, temor que confunde nuestra voluntad y nos impulsa a soportar aquellos males que nos afligen, antes que lanzarnos a otros que desconocemos ? »

Noticia completa (El País).

Ilustración : Wikimedia Commons.

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