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En esta semana de fiestas de San Pascual, les proponemos la lectura de un cuento del escritor italiano Giovanni Verga (1840-1922), en el que nuestro patrón ocupa, junto con San Roque, un protagonismo involuntario. Esta historia, en la que una epidemia de cólera traerá el desenlace, forma parte de nuestra entrega de Tesoros Digitales: Peste, cólera, lepra : grandes pandemias y epidemias de la literatura.

Pedro Salvador - San Roque, S. XVII

Pedro Salvador – San Roque, S. XVII

Publicado en el volumen Vita dei campi (La Vida en los campos, 1880), Guerra di santi (Guerra de santos) de Giovanni Verga (1840-1922, ver nuestra reseña más adelante) se ambienta en un pequeño pueblo de Italia, en el que los habitantes están divididos en dos bandos: los del barrio alto son devotos de San Roque y los del barrio bajo lo son de San Pascual. Cualquier ocasión es buena para echarse en cara los méritos de su patrón y para acabar las procesiones a golpes y patadas… Sarrida y su prometido Turi no pertenecen al mismo bando y sus relaciones son más que tormentosas, no queriendo ninguno de ellos renunciar a sus convicciones. Al final, serán necesarias una sequía y una epidemia de cólera para reconciliar a los enamorados… ¡Un cuento un poco irreverente lleno de humor mediterráneo!

Ilustración : Biblioteca Digital Hispánica.

Giovanni Battista Tiepolo - San Pascual (1767)

Giovanni Battista Tiepolo – San Pascual (1767)

« De pronto, según iba San Roque tan tranquilamente por la calle, bajo su dosel, con los perros alrededor, un gran número de velas encendidas en torno, la banda, la procesión y el cortejo de devotos, sucedió un tiberio, una escapada general, una de todos los diablos: curas que corrían con las sotanas remangadas, trombas y clarinetes por el aire, mujeres que chillaban, la sangre por los arroyos y una lluvia de palos, que caían como peras maduras en las propias barbas de San Roque bendito. Acudieron el pretor, el alcalde, las carabineros; lleváronse los huesos rotos al hospital, los más levantiscos fueron a dormir a la cárcel, el santo volvió a la iglesia a la carrera, más que a paso de procesión, y la fiesta terminó como las comedias de fantoches. Y todo por envidia de los del barrio de San Pascual, porque aquel año los devotos de San Roque se habían gastado un ojo de la cara para hacer las cosas en grande: fué la banda de la ciudad, se dispararon más de dos mil morteros, y había incluso un estandarte nuevo, todo recamado de oro, que pesaba más de un quintal, según decían, y que en medio de la muchedumbre parecía un ascua de oro mismamente. Todo lo cual atacábales los nervios de los devotos de San Pascual, hasta que a uno de ellos, al cabo, se le le acabó la paciencia y se dió a gritar, pálido de las bilis: «¡Viva San Pascual!». Entonces habían empezado los palos.»

Ilustración : Biblioteca Digital Hispánica.