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En breve publicaremos nuestra próxima entrega de Tesoros Digitales dedicada a los científicos locos de la literatura y, para hacerles más leve la espera, Los textos de Tesoros Digitales les ofrece hoy la traducción de un nuevo cuento: La Lente de diamante, de Fitz-James O’Brien. Como siempre, podrán leer este relato en este mismo espacio, o descargarlo en formato PDF o ePUB para leerlo más cómodamente en sus dispositivos móviles.

Fitz-James O'Brien

Fitz-James O’Brien

Nacido en Irlanda, Fitz-James O’Brien (1828-1862) emigró a Estados Unidos en 1852 donde empezó una carrera literaria, publicando en diversos periódicos y revistas. Sus relatos fantásticos se consideran como precursores de la ciencia-ficción moderna: es autor de la primera narración de rebelión de robots de la historia (The Wondersmith (El Forjador de milagros, 1859), en el que unos juguetes poseídos por el diablo, se convierten en autómatas y se rebelan contra sus dueños) y, antes de Le Horla de Maupassant y del Hombre invisible de Wells, de una historia sobre un hombre invisible (What was it? A mystery (¿Qué era? Un misterio, audiolibro en inglés, 1859). El protagonista de The Diamond Lens (La Lente de diamante, audiolibro en inglés, 1858), Linley, es un científico inventor de un poderoso microscopio. Este aparato le permite observar todo un mundo paradisíaco en miniatura dentro de una gota de agua, y sobre todo, a una hermosa joven, de la que se enamora perdidamente… La obsesión de Linley por la fabricación de su microscopio y luego por la joven microscópica le llevará a cometer actos criminales… Herido de gravedad durante la Guerra de Secesión en febrero de 1862, Fitz-James O’Brien murió de una infección por tétanos dos meses más tarde.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Así empieza:

Microscopio de Spencer

Microscopio de Spencer

«Desde una época muy temprana de mi vida, todas mis inclinaciones fueron para las investigaciones microscópicas. Cuando no tenía más de diez años, un pariente lejano de nuestra familia, esperando asombrar mi falta de experiencia, me fabricó un microscopio sencillo perforando, en un disco de cobre, un pequeño agujero en el que una gota de agua pura se sostenía por atracción capilar. Es cierto que este aparato muy rudimentario, que aumentaba unas cincuenta veces, solo presentaba unas formas indistintas e imperfectas, pero ya eran lo bastante maravillosas como para elevar mi imaginación a un grado de excitación preternatural. Al verme tan interesado por aquel instrumento basto, mi primo me explicó todo lo que sabía sobre los principios del microscopio, me contó algunas de las maravillas que se habían podido realizar con él, y finalmente me prometió que me enviaría uno correctamente construido, nada más volviera a su ciudad. Conté los días, las horas, los minutos que separaron esta promesa de su partida. Entretanto, no me quedé inactivo. Aproveché con entusiasmo cualquier sustancia trasparente que se parecía, aunque remotamente, a una lente, y la utilicé en vanos intentos de fabricar aquel instrumento de cuya construcción entendía por aquel entonces vagamente la teoría. Todos los paneles de cristal que llevaban aquellos nudos achatados y esferoides que se conocen familiarmente como «ojos de buey» eran despiadadamente destrozados con la esperanza de obtener unas lentes de maravillosa potencia.»

Ilustración: Wikimedia Commons.

Continúa aquí…

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