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Completamos hoy nuestros Tesoros Digitales dedicados a Londres con una nueva reseña.

Victor Hugo – L'Homme qui rit, ilustración de Georges Antoine Rochegrosse (1869)

Victor Hugo – L’Homme qui rit, ilustración de Georges Antoine Rochegrosse (1869)

Gran fresco histórico, político, filosófico y poético de la aristocracia británica de los siglos XVII y XVIII, L’Homme qui rit (El Hombre que ríe – a veces publicado con el título demasiado explícito de De orden del rey -, audiolibro en francés, 1869) es sin duda la novela más desconocida de Victor Hugo (1802-1885). Quizás se deba a que esta novela, su penúltima, publicada en cuatro volúmenes, no encontró el éxito esperado de público y quedó relegada en la sombra, eclipsada por best-sellers como Los Miserables o Notre-Dame de Paris. Es cierto que las largas digresiones del autor sobre la genealogía aristocrática de sus protagonistas o sus comentarios detallados sobre algunas leyes de Inglaterra pueden resultar algo hermético para el lector. No obstante, la narración de los destinos entrelazados de los diversos personajes, el misterio que planea sobre ellos y que se elucidará en la cárcel de Southwark en Londres, la hermosa historia de amor platónico que encontrará su desenlace en el Támesis, hacen de L’Homme qui rit una novela entrañable, y sus personajes, perdidos en el remolino de las calles de Londres, no se olvidarán fácilmente. Ursus es un vagabundo que recorre las carreteras de Inglaterra en compañía de Homo, un lobo domesticado. Sus pasos se cruzan con los de Gwynplaine, niño que acaba de ser abandonado en una playa desierta por un grupo de «Comprachicos», y de Dea, recién nacida recogida por Gwynplaine en los brazos de su madre moribunda. Ursus acoge a los niños en su roulotte y los adopta como si fueran sus propios hijos, a pesar de la deformidad de la cara de Gwynplaine, víctima de una salvaje operación para volverle irreconocible, y de la ceguera de Dea. Deformidad y discapacidad que, con los años, Ursus ha sabido aprovechar sabiamente montando una obra de teatro titulada Caos vencido que les permite ganarse la vida y les conduce al patio de un albergue en los suburbios de Londres. Y es en este patio que el éxito de Caos vencido, alegoría de la lucha por la democracia y resumen condensado de la novela, atraerá unos espectadores muy diferentes de los habituales habitantes de los bajos fondos de Londres que van a acelerar el destino de Gwynplaine, Dea, Ursus y Homo… L’Homme qui rit fue adaptada varias veces para el cine, el teatro, la comedia musical o el cómic; en la primera adaptación, película muda rodada por Paul Leni en 1928 y que podemos ver en Internet Archive), la cara mutilada de Gwynplaine sirvió de inspiración a los dibujantes Jerry Robinson y Bob Kane para el personaje del Joker en los cómics de Batman

Ilustración: Internet Archive.

Victor Hugo – L'Homme qui rit, ilustración de Georges Antoine Rochegrosse (1869)

Victor Hugo – L’Homme qui rit, ilustración de Georges Antoine Rochegrosse (1869)

«No necesitaba aquella callejuela que fuesen las doce de la noche para estar desierta, pero si de día inspiraba tristeza, por la noche infundía miedo. Nadie se aventuraba en ella pasada cierta hora; no parecía sino que era de temer que las dos tapias se acercasen una a otra, y que si ocurría el capricho a la cárcel y al cementerio de darse un abrazo, quedase uno cogido y aplastado en el apretón: ¡efectos nocturnos! Por instinto la gente de Southwark evitaba, como ya hemos dicho, aquella calle entre la cárcel y el cementerio, que antiguamente se cerraba por la noche con una cadena de hierro; precaución inútil, pues la mejor cadena para interceptar aquella calle era el miedo que inspiraba.
En ella penetró Ursus resueltamente.
¿Qué idea se llevaba? ninguna.
Iba a aquella calle a tomar informes. ¿Llamaría a la puerta de la cárcel? Seguramente, no; tan espantoso e inútil arbitrio no se le pasó siquiera por la imaginación. Tratar de introducirse allí para pedir alguna noticia, hubiera sido locura : las cárceles no se abren ni para el que quiere salir; sus goznes no giran más que sobre la ley. Ursus lo sabía. ¿Qué iba, pues, a hacer en aquella calle? A ver. ¿Ver qué? Nada: no sabe uno lo que puede suceder; todo es posible… Esto se decía sin duda a sí mismo. Volver a hallarse frente a la puerta por donde había desaparecido Gwynplaine , ya era algo; a veces la pared más negra y cerrada dice algo y de entre las piedras sale una luz : examinar los accidentes de un hecho y todo lo que le envuelve suele ser útil. Todos tenemos el instinto de no dejar entre el hecho que nos interesa, más que la menor distancia posible ; por eso Ursus había vuelto a la callejuela donde estaba la entrada baja de la cárcel.
En el momento en que entró en la callejuela oyó una campanada y luego otra.
—¡Calla! esclamó. ¿Serán ya las doce?»

Ilustración: Internet Archive.