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Completamos hoy nuestros Tesoros Digitales dedicados a los precursores de la ciencia-ficción con una nueva reseña.

José Moselli – La Fin d'Illa, ilustración de André Galland

José Moselli – La Fin d’Illa, ilustración de André Galland

Apodado «El escritor sin libros», José Moselli (1882-1941) fue un prolífico autor de relatos y novelas policíacas, pero sus obras fueron publicadas en diversas revistas de la época, y no se editaron en forma de libro hasta muchos años después de su muerte. Firmó, bajo diversos pseudónimos, numerosas historias destinadas a jóvenes y menos jóvenes: relatos de aventuras, de detectives o de ciencia-ficción, obras que quizás no bastarían para destacar a Moselli de la multitud de autores que se especializaron en estos géneros en el periodo comprendido entre las dos guerras. En efecto, a pesar de alguna idea original, los relatos de Moselli pecan por una falta de atrevimiento imaginativo, una voluntad de no sobrepasar los límites de lo conocido, de no «anticipar». No obstante, la lectura de La Fin d’Illa (El Fin de Illa, audiolibro en francés), novela publicada por entregas en 1925 en la revista Science et voyages (Ciencia y viajes), lleva a lamentar que su autor no haya dado libre curso a su imaginación más a menudo. Esta novela describe una extraordinaria civilización desaparecida. Dos ciudades se enfrentan: Nour, inmensa, e Illa, pequeña, pero rica por sus conocimientos científicos y poseedora de una arma fabulosa, la «piedra-cero», núcleos atómicos que en ciertas condiciones liberan la energía que contienen. Los habitantes de Illa, gracias a unas máquinas de sangre y un sistema de alimentación por osmosis, tienen una esperanza de vida de más de ciento cincuenta años. Pero el anciano dictador de Illa, Rair, descubre que para aumentar esta esperanza de vida, hay que cambiar la sangre animal que circula por las máquinas por sangre humana. Para conseguir esta sangre, emprende una guerra sorpresa contra Nour, con el fin de capturar prisioneros entre los vecinos… Si algunos artilugios imaginados por José Moselli nos recuerdan algunos clásicos de la ciencia-ficción moderna, como, por ejemplo, los «obuses-volantes», esos discos que permiten desplazarse a gran velocidad y no son más que platillos volantes; la «piedra-cero», que prefigura la bomba atómica, hay otros aspectos en La Fin d’Illa que no dejan de estremecer, empezando por las figuras de Rair, el dictador de Illa, ávido de poder y de aniquilar a sus opositores, y de Limh, el jefe de su policía secreta, propensa a la tortura y el suplicio, y terminando por la explosión final de los almacenes de «piedra-cero» que borran toda existencia de la humanidad, pasando por la dependencia absoluta de la tecnología a la que están sometidos los ciudadanos de Illa… Estamos en 1925, Adolf Hitler no es más que el líder de un ascendiente partido nazi, y acaba de confiar la dirección de la recién creada SS a su admirador incondicional Heinrich Himmler… Faltan veinte años para la destrucción de Hiroshima… Hecho raro en la historia de la novela de anticipación: José Moselli fue capaz con esta novela de imaginar no sólo los avances tecnológicos del futuro sino también la evolución moral y los acontecimientos políticos.

Illustración: Papy-Dulaut.

José Moselli – La Fin d'Illa, ilustración de André Galland

José Moselli – La Fin d’Illa, ilustración de André Galland

«– Sí, la guerra es inevitable. Los habitantes de Nour no nos amenazan. Pero los necesitamos. Y nunca no ofrecerán el servicio que esperamos de ellos. Servicio imprescindible. Las máquinas de sangre, que producen los efluvios psico-fisiológicos que permiten a nuestro pueblo alimentarse y alcanzar una edad media de ciento sesenta y siete años – según las estadísticas de los últimos veintiún años – ya no me satisfacen. Lo he pensado, calculado, meditado. Según mis cálculos, nuestros órganos pueden durar dos veces más. Pero hay que solicitarlos menos. Para absorber los efluvios de las máquinas de sangre, nuestro cuerpo está sometido a un trabajo intensivo. Es una consecuencia natural, ya que estos efluvios se producen a partir de sangre de cerdos y simios. Para aligerar este esfuerzo, para alcanzar la casi perfección, hay que emplear una sangre similar a la que corre por nuestras venas. Sangre humana. El resto es obvio. He calculado y establecido cuál era el cambio exacto necesario a mis nuevas fórmulas. Las vibraciones de las máquinas tienen que ser rebajadas. Conozco su número exacto. Siete mil simios y cuatro mil cerdos eran necesarios cada año. Ahora, para sustituirlos, necesitamos ocho mil cuatrocientos humanos, adultos. No se los podemos pedir a nuestro pueblo. Quedan los de Nour. Tendrán que entregarnos esta cantidad de hombres, bien constituidos, elegidos por nuestros fisiólogos; se les medirá la fuerza, además de su cantidad exacta de glóbulos en la sangre. De esta manera, la esperanza de vida en Illa alcanzará una media de trescientos cincuenta años. Con este supuesto, nada nos impide actuar, en el interés mismo de la civilización. Enviar un ultimátum a los habitantes de Nour sería estúpido. Pedirían explicaciones y, después de prepararse, decidirían entrar en guerra. Tenemos que sorprenderlos. Hacer la mayor cantidad de prisioneros. Ya les encontraremos una utilidad. ¿El Consejo tiene alguna observación que hacer sobre esta decisión?
Todos asintieron con la cabeza. El Consejo aprobaba. Siempre aprobaba.»

Illustración: Papy-Dulaut.