BLASCO IBÁÑEZ, Vicente – Dos Artículos de guerra

Vicente Blasco Ibáñez

Dos Artículos de guerra
Los Españoles en la guerra – Un héroe

(1914-1915)

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Los Españoles en la guerra
(La Esfera, 12/12/1914)

André Campos, tirailleur dans le 1er régiment de zouaves

André Campos, tirailleur dans le 1er régiment de zouaves

Ilustración : Europeana 14-18.

Las nueve de la noche, en el Bulevar de los Italianos, con una temperatura de tres bajo cero. Un frío seco congestiona las caras y hace ocultar las manos en lo más profundo de los bolsillos, mientras los pies golpean con fuerza el asfalto, que parece cristalizado. Un círculo de vaporosa respiración circunda las cabezas. Los caballos, extenuados, que tiran a estas horas trabajosamente de los coches de alquiler, lanzan por sus narices dos chorros de vapor con dirección al pavimento y todos sus pelos parecen respirar.

Poca gente: algunos grupos que por la fuerza de la costumbre han venido a saber noticias y las comentan inmóviles, sin sentir la temperatura; unas cuantas paseantes que ejercen su industria valerosamente, como rezagadas tenaces del gran ejército de otros tiempos que la guerra y la escasez de dinero han puesto en fuga. En los cafés amontonan los camareros sillas y mesas bajo las lámparas a media luz. En los restaurants los últimos parroquianos toman apresuradamente el café, mientras los domésticos hacen los preparativos del cierre.

La fila central de candelabros eléctricos es la única luz del bulevar; pero estos faros son rojizos, de vacilante resplandor. Parecen heridas luminosas que expelen sangre a borbotones; un verdadero alumbrado de guerra. Y a su luz dudosa, que deja las aceras en la penumbra, van desfilando grupos en los que son más abundantes los uniformes que los trajes civiles: ingleses secos y altos, vestidos de gris, jugueteando con un bastoncillo que representa la mayor elegancia de un guerrero británico; soldados belgas con gorra picuda de cuartel y una borla sobre la frente; militares franceses en cuyo equipo se han borrado las notas vivas de color que tan visible lo hacían a los tiros enemigos. Unos caminan con paso marcial, otros se apoyan en bastones o arrastran una pierna; algunos sobre el pecho grisáceo y polvoriento del viejo capote, lucen como una herida fresca la nota roja de la condecoración recién ganada.

En la acera de enfrente veo un grupo que camina, se detiene y vuelve a marchar, rodeado de curiosos. Son soldados que hablan a gritos, ríen, manotean y se empujan. Este alborozo contrasta con la discreción silenciosa y triste de los demás compañeros de armas. Llevan el gorro rojo y los amplios calzones de las tropas africanas.

– ¡Los turcos! ¡Los turcos!, dicen los curiosos, y atraviesan la calle para verlos de cerca, con el interés infantil que inspira a los parisienses todo lo exótico.

Estos turcos van vestidos de verano en pleno invierno. Sus calzones moriscos son de dril. Una capita de paño azul, corta como una esclavina, es la única prenda de abrigo de su uniforme. Pero ellos combaten el frio arrollándose al cuello varias prendas de procedencia civil que la distancia no me permite reconocer.

Sigo mi paseo, alejándome de este grupo que se agranda rápidamente con la afluencia de curiosos. El pelotón de alegres turcos parece una estudiantina en una noche de Carnaval.

Minutos después entro en una cigarrería, la única que a tales horas está abierta en el bulevar. Llego al mostrador abriéndome paso entre los numerosos parroquianos que hacen su provisión de tabaco antes que la tienda se cierre. De pronto una voz, unas palabras que me hacen volver la cabeza, como el que escucha inesperadamente una canción de la juventud.

– ¡Recontra! Cuida del saco; no lo sueltes… ¡No seas manazas!

Los tiradores argelinos, los llamados turcos, han invadido la cigarrería. Unos cuantos están a mi lado comprando tabaco; dos ocupan la puerta; el resto se mantiene en la acera, haciendo frente a la curiosidad pública y contestando a las preguntas de los grupos.

El que ha hablado es uno de los dos que están en la puerta. Me aproximo a él atraído por la sorpresa. Es un hombre joven, membrudo, quemado por el sol y el relente, con largos bigotes rubios. Su compañero, que no habla y sonríe, tiene la tez de color de chocolate y muestra entre los labios azulados una dentadura de lobo. El rubio adivina mi pregunta en mis ojos antes que en las palabras.

– Si, señor; español. Y todos los camaradas españoles también… Sólo vienen tres moros con nosotros.

Miro á los compañeros que compran tabaco: todos rubios igualmente, de ese rubio español tostado, metálico, que abunda en las costas de Levante.

– Pero ustedes son de Argel.

– Si, señor; somos de Argel… Pero somos españoles.

Y lo dice con orgullosa majestad, como si quisiera que todos los curiosos amasados en la puerta, y todos los bulevares, y París completo, se enterasen de su españolismo.

Le doy el tabaco que acabo de comprar, luego pido más y lo entrego a los otros tiradores.

El compañero que guarda el saco, al ver el reparto, extrema su sonrisa achocolatada y enseña aun más sus dientes luminosos.

– Yo morito, dice con voz gutural, golpeándose el pecho. Yo morito… amigo de Pepe y de españoles.

Pepe es su compañero, que lo corrige con un aire de superioridad, por la avidez que muestra ante el tabaco.

– Cállate, Mustafá, y no seas sinvergüenza. Más valdría que cuidases del saco y no lo dejaras en el suelo.

Después me dice guiñando un ojo, con expresión protectora:

– No le haga usted caso: es un infeliz… Es mi secretario.

Este Pepe figura indudablemente como el orador de la partida. En su conversación se columbran frases de periódico, cuidadosamente guardadas en la memoria, que refluyen con más o menos oportunidad. Los otros españoles son mocetones tímidos, que agradecen el obsequio con un rubor de labriegos, vacilantes al expresar su gratitud. Este sabio, enganchado en los tiradores de Argel, debe ser el que se encarga en los alojamientos de ablandar a la dueña de la casa con el relato de sus miserias, y conseguir la ayuda de las criadas con su chicoleos.

En un momento me cuenta la historia del grupo. Acaban de salir del hospital y van a pasar la noche en el cuartel. Al día siguiente partirán no saben para dónde. Y prolongan lo más posible las breves horas del tránsito por el centro de París, hablando con la gente, deteniéndose, gritando jugueteando como escolares en huelga. ¡La estancia en el hospital!… Un verdadero paraíso. Los cuidaban grandes señoras…

– Condesas y marquesas, ¿sabe usted?… y yo, como tengo mi poquito de educación, era el niño mimado… ¡Qué de regalos!

Pepe mira una vez más el saco que guarda Mustafá. Encierra el tesoro de la compañía; todo lo que las buenas damas les han dado: botes de conservas, chocolate, dulces, varias botellas entregadas ocultamente a espaldas de los médicos.

La munificencia caritativa se nota en las personas de estos heridos, que entraron en el hospital a fines del verano y salen en pleno invierno. El orador lleva arrollada al cuello una boa elegante de pieles: sus compañeros se abrigan igualmente con estolas femeniles. Mustafá ostenta una esclavina vieja de pellejos de gato, regalo de una venerable devota que se interesó por la salvación de su alma musulmana.

Hemos salido a la calle y hablamos rodeados del grupo de curiosos, cada vez más grande. La gente, al oírnos conversar en un idioma extraño, adivina nuestra nacionalidad con el seguro instinto que distingue a las muchedumbres.

– ¡Los turcos! ¡Los argelinos!… Están hablando en árabe con uno de su país.

Me siento acariciado por un ambiente de consideración y curiosidad. Se fijan en mi roseta de la Legión de Honor. Debo ser un personaje de los oasis argelinos, un jefe árabe que se ha despojado de su alquicel para venir a París a divertirse un poco.

Una muchacha del bulevar se lleva una mano a su boca pintada y envía un beso al tirador verboso. No entiende lo que habla, pero presume que estará contando hazañas sublimes. ¡Para ti, héroe!

– ¡Merci, madame!, dice Pepe.

Y luego añade para mi, como si fuese su confidente:

– ¡Lástima que yo vaya de prisa!…

Es inútil preguntarle en qué acción fue herido. Les han recomendado la más absoluta discreción sobre el lugar de las operaciones, y evitan los detalles en su relato. «Todos hemos sido heridos en la frontera de Bélgica.» Y no dice más.

Sólo se muestra expansivo al hablar de sus compatriotas que están en la guerra.

– ¿Que si somos muchos?… ¡Muchos! En los batallones de tiradores argelinos todo el que no es moro es español. Más de la mitad de mi compañía éramos de la tierra. Hablamos entre nosotros en castellano o en valenciano. Los moritos nos entienden y hablan también. Los oficiales son franceses, pero hace años que viven en Argel y conocen nuestra lengua. ¡Los coros de zarzuela que llevamos cantados por la noche, frente a los enemigos, que cantan algo así como música de iglesia!

Luego añade con orgullo:

– Usted de seguro que habrá oído hablar de nosotros: habrá leído algo sobre los «turcos» y su manera de reñir. Han caído muchos de los nuestros, ¡muchos!, pero no lo hemos hecho del todo mal. Los alemanes nos tienen un poquito de aprensión. Son gente valerosa y tozuda, ¡pero nosotros!… Nos llaman salvajes y critican nuestro modo de pelear. Cada uno pega como puede, ¿no le parece, caballero? Cuando el encuentro es en un bosque nos subimos a los árboles, y desde arriba ¡eche usted balas, que nadie sabe de dónde vienen!… Luego, en el momento oportuno, gente abajo y ¡á la bayoneta! Tuvimos que retirarnos cuando nos aplastaban tirando de lejos con sus cañones, ¿pero al arma blanca?… ¡Vamos, hombre!… Donde entren los «turcos» diga usted que abren agujero.

La masa de curiosos va aumentando. Un capitán herido que pasa apoyado en el brazo de su esposa, mira con severidad a estos soldados. Pepe da la orden de marcha.

– ¡Adelante los españoles! Tú, Mustafá, cuida del saco.

Mustafá da furiosas chupadas a un puro de quince céntimos y se echa el saco al hombro, violentamente, haciendo chocar las ocultas botellas.

– ¡Reconcho! ¡Que vas a romper algo!

Luego Pepe contiene su indignación contra el secretario, y se vuelve hacia mi para despedirse.

– Con Dios, caballero. Tal vez no nos veremos nunca; tal vez me maten cuando llegue allá. Pero crea usted que aquello es más divertido que esto. Se vive entre amigos, se canta, se dan golpes y se reciben… Cuando lea que los «turcos» han hecho esto o aquello, diga usted: «Son los paisanos que están haciendo una de las suyas…» Morito, ¡ojo con el saco!

Y el grupo de argelinos se aleja, seguido por los curiosos, hablando fuerte, manoteando, empujándose, como una alegre comparsa.

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Un héroe
(La Esfera, 02/01/1915)

Vicente_Blasco_Ibañez_-_Un_heroe

Vicente Blasco Ibáñez recibiendo la visita de un poilu valenciano

Ilustración : Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Un soldado francés desea hablarme.

Empuja la criada la puerta del estudio y entra un soldadito de infantería con aspecto de miseria y cansancio. El pantalón rojo ha tomado un color obscuro de ladrillo: en cambio el capote azul es casi blanco, por haber devorado su tinte las lluvias y el sol. El kepis, bajo su funda obscura, se revela blando y arrugado, lo mismo que un fuelle. Es un uniforme de guerra, de trinchera, que denuncia largas semanas sin despegarse del cuerpo, sirviendo a la vez de cama y de envoltura.

Su portador ofrece mejor aspecto. Va limpio, bien lavado y afeitado, con un ligero perfume en la cabeza, recién salida de manos del peluquero. En una muñeca, un reloj pulsera de oro. En la otra mano sortijas y un buen cigarro de marca cubana.

Creo reconocer este rostro pálido y sonriente; dudo, reconcentro la memoria, pero el soldadito me evita el trabajo mental hablándome en valenciano. Don Visent… Don Visent. ¿Es que no lo reconozco?

Me acuerdo de pronto de un muchacho de mi tierra, que vive en París, un correligionario de veintitantos años que hace memoria más que yo de los mitins ruidosos de propaganda y los artículos de polémica. Es Llopis, convertido en soldado francés; Llopis, perteneciente a una familia acomodada y que se dedica en Francia a la importación de frutas.

Este muchacho, que tiene dinero y vive con desahogo, me cuenta su vida heroica, aventurera y penosa, durante los últimos cuatro meses. Sale del hospital: su carrera militar ha terminado; ya no sirve para la guerra; no lo quieren.

– ¡Te has batido por Francia!, exclamo admirándole.

– Sí; me he batido por la República, contesta con sencillez.

Esta respuesta me descubre su pensamiento. Muchacho desinteresado y romántico. No se ha batido por Francia que es una nación, algo concreto que a él no le interesa directamente, pues pertenece a otro pueblo. Se ha batido por lo abstracto, por un ideal, lo mismo que los antiguos caballeros andantes, por la República, como dice con ingenua concisión.

Veo en él, mi propia juventud y la de muchos que luego han ido a parar a las playas más remotas y opuestas. Admiro la edad de los entusiasmos generosos. Este también se ha dormido por la noche con Los Girondinos, de Lamartine, entre las manos, y se ha desayunado al día siguiente con un capítulo lírico de Michelet, cantando las sublimidades de la Revolución. Además es un levantino de los que infunten a sus entusiasmos políticos un fervor de religiosidad artística, de los que ciñen el gorro rojo de la matrona ideal, con una corona de rosas. ¡Y pensar que en la fe inconmovible de este joven, que lo ha arrastrado a las aventuras heroicas, tal vez tengo mucha parte por mis palabras de ayer!…

En las noches anteriores a la guerra corrió el bulevar, detrás de una bandera española, con un grupo de compatriotas dando vivas a la República. Correó en los cafés La Marsellesa y El Canto de partida. Luego fue a la estación del Este para aclamar la salida de las primeras tropas. El entusiasmo del pueblo, los alistamientos, las mujeres enviando besos a los soldados y adornando con flores la artillería y los fusiles, caldearon su entusiasmo, poniendo en pie las antiguas lecturas. Era la Revolución, con sus escenas de lírica grandeza que volvían a encarnarse en la realidad. El Noventa y tres, de Víctor Hugo, se salía de las páginas de la novela para esparcirse por los bulevares. Los viejos, heroicos y desgraciados, de 1870, se exhibían entre la muchedumbre, luciendo en la solapa la cinta verde y negra. La Francia revolucionaria, elocuente y romántica, había resucitado. Sólo faltaba un Danton o un Gambetta que hablasen. La noche anterior había sido asesinado Jaurés en el café del Croissant.

El muchacho creyó que debía hacer algo más que cantar himnos y dar vivas. Se acordó de los voluntarios de 1792. Quería tomar un fusil, pero inmediatamente. No tuvo paciencia para esperar durante un mes a que el gobierno admitiese extranjeros en su ejército. Además, a su individualismo español, rebelde a toda agrupación, le repugnaba juntarse con los compatriotas. Deseaba presentarse solo, ingresando en uno de los regimientos que salían para la frontera. Se imaginaba que la guerra iba a ser corta y temía llegar tarde.

Contando con relaciones y dinero se dirigió á una plaza fronteriza, y después de muchas gestiones fue admitido en un batallón. En aquellos momentos aun creían todos que esta guerra por la libertad de las provincias cautivas iba a desarrollarse en Alsacia y Lorena.

El joven español fue el soldado de bolsa generosa que protege a los camaradas y los obsequia. Ofrecía su tabaco a los oficiales en las escaseces de la campaña: compraba víveres a cualquier precio, en los pueblos casi abandonados.

Su batallón penetró de los primeros en Alsacia. Los soldados se abrazaban a los postes fronterizos, arrancándolos con un tirón rabioso, sobrehumano. Cuarenta años de cólera nacional agigantaban sus fuerzas. ¡Al fin!… Y los postes pintados a fajas rojas y negras, con el águila bicéfala en el medallón de su remate, eran descuajados del suelo alsaciano.

Batiéndose incesantemente, unas veces tendido en el suelo al amparo de los repliegues del campo, otras cargando a la bayoneta a pecho descubierto, el español entró en Alkirtch, entró en Mulhouse.

La población los recibía del modo más diverso. Los alemanes establecidos en la tierra hacían fuego sobre sus espaldas desde las ventanas, o iban rematando a los extraviados y zagueros. Los hijos de Alsacia salían a su encuentro con víveres y bebidas. Miraban los niños con veneración y asombro los pantalones rojos, símbolo de la Patria perdida; lloraban las viejas al contemplarlos y tocaban su tela burda como una reliquia de los tiempos felices. Se incorporaban los ancianos en sus sillones de enfermo: «Al fin volvéis. ¡Cuánto habéis tardado!… Pero ya estáis aquí…» Los campanarios, con sus techos de pizarra, sus gallos de hierro en el remate y sus ventanales que sirven de refugio a los nidos de cigüeñas, soltaban al verles llegar el sonoro revuelo de sus pájaros de bronce. De pronto se abría el camino lo mismo que un cráter, enterrando entre fuego y metralla a un centenar de hombres. Eran las minas del enemigo.

Los contraataques de fuerzas superiores les hicieron retroceder. «¡Os vais! ¡Os vais!», clamaban las alsacianas viendo alejarse los soldaditos de piernas rojas… Se fueron, sí, pero prometiendo volver. Y volvieron al poco tiempo por distinta ruta, escalando las pendientes de los Vosgos detrás de los cazadores alpinos, soldados-cabras de boina azul y piernas gimnásticas, que aman el precipicio y vuelan de roca en roca.

Tres meses de combates. El español hizo proezas. Recogió compañeros caídos, desafiando el fuego de los contrarios; fue herido a su vez y se curó rápidamente, volviendo a los pocos días en busca de su batallón; los oficiales le prometieron que sería citado en la orden del día. ¡Quién sabe adonde .hubiera llegado en su entusiasmo juvenil! ¡Quién sabe si se repetiría en su persona la historia asombrosa de aquellos soldados de la primera República que conocieron la gloria a los veinte años! Hasta que un día…

El muchacho se interrumpe, calla, con aire de tristeza, y al fin dice resignadamente:

– Ahora no sirvo para nada. He recibido un golpe en el pecho y me ahogo al marchar. Mis jefes me envían a París. Van a «reformarme».

Su defecto es grave. Al soldado no le basta el corazón; necesita unas piernas férreas, un estómago firme, unos pulmones de fuelle. Batirse lo pueden hacer todos, por entusiasmo, por deber, por instinto de conservación. Marchar, correr, sufrir escaseces, sólo lo resisten los jóvenes.

El soldadito heroico vacila antes de revelar cómo terminó su carrera de peligros y aventuras. Le parece vergonzoso este final. Al fin su palidez se colorea con un ligero rubor y confiesa su desgracia.

Fue una coz, una coz de caballo recibida en mitad del pecho, cuando avanzaba al frente de un grupo de compañeros, con la bayoneta por delante. No sabe siquiera la procedencia del maligno bruto. ¿Era de un hulano? ¿Era de un francés?… En los tremendos choques de la guerra, en los mortales encontronazos de hombres y bestias, los caballos pacíficos, asustados por el estruendo, picados por el acero, heridos y con la piel sajada por extensos desgarrones, se enloquecen, muerden y cocean.

– Es triste, dice el muchacho melancólicamente.

Sí; es triste. Haber desafiado la fusilería, los grandes proyectiles que vienen de la linea del horizonte, los aeroplanos, las minas, la metralla que cae del cielo y la que surge del suelo, ¡para terminar la carrera de héroe bajo una coz traidora!…

Así es la guerra; así también la vida. Cuando creemos marchar camino de la gloria, la realidad nos detiene poniéndonos sus herraduras en mitad del pecho.

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Nota : Estos dos artículos, publicados en 1914 y 1915 en la revista La Esfera, fueron posteriormente publicados en el tomo tercero de Historia de la Guerra Europea de 1914.

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