DANVILA Y JALDERO, Augusto – El Primer Escultor español: leyenda prehistórica

Augusto Danvila y Jaldero (1853-1935)

El Primer Escultor español: leyenda prehistórica

(1907)

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Louis Figuier – Primitive Man, ilustración de Émile Bayard (1870)

Ilustración: Internet Archive.

Ningún ser humano había respirado aún las frescas brisas del Guadiana, cuando la tribu de Oreto, descendiendo de las agrestes cimas de la cordillera ibérica, fijó sus tiendas de piel de reno en las márgenes del mencionado río.

La multitud de animales silvestres, pobladores de los sombríos bosques que entonces cubrían aquella región de España, sedujo a la nómada caravana, que subsistía sólo del producto de la caza, y el consejo de ancianos presididos por el centenario Oreto decidió levantar sobre las limpias aguas de un remanso del Guadiana un pueblo lacustre.

El hacha de piedra de los calzadores trabajó sin descanso durante algunos días, y pronto pudieron las mujeres albergar sus hijuelos en rústicas cabañas de ramaje y pieles, construidas sobre elevados troncos de pino, enclavados profundamente en el agua del remanso.

Al anochecer del día en que la tribu de Oreto quedó instalada en sus extrañas viviendas, dos jóvenes de resuelto ademán y arrogante continente, vestidos tan solo con un sayo de piel de oso, cuya cabeza cubría en forma de casco la de sus portadores, descendieron de una de las cabañas, y entrando en una canoa construida de un tronco de árbol, navegaron en dirección de cierta morada que se distinguía de las demás por sus mayores proporciones.

Llegados ante la puerta, amarraron el barquichuelo a uno de los pilotes que sustentaban la cabaña sobre las aguas, y uno de los navegantes lanzó un agudo grito que resonó en las espesuras de la selva. Otro grito semejante contestó desde el interior, y los dos íberos ascendieron por una escala de cuerda, hasta el umbral de la morada. Allí los aguardaba Oreto, el anciano jefe de la tribu, envuelto en un grosero manto de fibras de cáñamo silvestre, teñidas de varios colores. Los visitantes, sin hablar palabra, penetraron en la cabaña, sentándose sobre unos trozos de pino, que servían de escabeles.

Una joven de agraciado semblante, ojos penetrantes y blanca tez, que contrastaba con la poblada y negra cabellera que en ondulantes rizos caía sobre su desnuda espalda, arrodillada delante de una gran piedra, que servía de hogar, vigilaba un trozo de carne de ciervo, que se asaba al calor de vivo fuego. Al apercibir a los silenciosos personajes, la muchacha volvió la vista, y ligera sonrisa animó su semblante.

Oreto sentóse también y dijo a la joven:

– ¡Ida! Los hijos de mi hermano están bajo nuestro techo.

La doncella se puso en pie, arreglándose los pliegues de su falda de blanca piel de cordero, y colocando en su sitio las piedrecillas de colores que formaban el collar que rodeaba su torneada garganta.

Los recién llegados fijaron en ella la mirada con marcado interés.

Ida desapareció tras una piel que dividía la choza, y pocos segundos después volvió a salir trayendo en cada mano rústica vasija llena de un líquido semejante a la cerveza.

– Bebed, dijo Oreto.

Los dos íberos tomaron cada uno el vaso que les tendía Ida y sorbieron su contenido lentamente. Cuando terminaron, Oreto dejó de acariciar su poblada barba y dijo con reposado ademán:

– Hablad, ¿qué deseáis de vuestro régulo?

– Yo, contestó uno de los interpelados, cuyo rostro denotaba cierta fiera arrogancia, vengo con mi hermano Berto a reclamarte el cumplimiento de una promesa que nos hiciste cuando movimos por última vez nuestras tiendas en busca de tierras mejores.

– Lo recuerdo; Oreto no olvida nunca…

– Pues bien, replicó Berto, cumple tu palabra.

– Dije que cuando construyéramos nuestras viviendas de un modo definitivo, mi hija sería la mujer de uno de los descendientes de mi hermano.

Los íberos hicieron una señal de asentimiento. Ida dio algunos pasos hacia el hogar, cuyos destellos iluminaban los troncos de las paredes y los despojos de fieras que los adornaban.

Reinó un momento de silencio, interrumpido solo por el chisporroteo del ramaje que ardía, y por los confusos rumores del río. Mientras Berto afectaba arreglar las correas de sus rústicas sandalias, Lauro fijó de nuevo su mirada en la hija de Oreto, cuya gallarda silueta se destacaba de perfil iluminada por la llama del hogar.

– Marchad al salir el sol, dijo el anciano jefe, marchad al bosque, permaneced en él tres días y volved a referirme cuanto os ocurra. La voluntad de los astros me será demostrada por vuestro relato. ¡Marchad!

Berto y Lauro se pusieron en pie, y tras de colocarse las manos del jefe sobre su frente, abandonaron la estancia.

En el lindar de la puerta, Berto, que marchaba detrás, volvió el rostro y dirigió una apasionada mirada a Ida, que seguía inmóvil y como abismada en profunda meditación.

♦♦♦

Tres días después, a la hora designada, Lauro y Berto se presentaron en la morada del jefe de su tribu.

Oreto se hallaba sentado sobre una mullida piel de oso, jugueteando con un lanudo mastín que le servía de apoyo.

Una astilla de tea iluminaba la estancia con rojizo resplandor. Los jóvenes penetraron en la vivienda, y obedeciendo una indicación de Oreto, tomaron asiento ante él.

Oreto fijó su mirada en Lauro y Berto, como queriendo adivinar por su fisionomía cuál de ellos iba a ser el esposo de su hija; pero los íberos, impasibles, no demostraban nada en su semblante.

– Hablad, dijo Oreto.

Lauro tomó la palabra y con pausado acento dijo:

– Ha dos días vagaba yo por la selva, cruzando ríos, subiendo montes y cazando cuantos animales se ponían al alcance de mi arco o de mi hacha, cuando rendido por la fatiga, me tendí a la sombra de una añosa encina. Ya el sueño iba apoderándose de mí, cuando el galopar de un caballo me hizo poner en pie empuñando la lanza, a tiempo que un guerrero, montado sobre un vigoroso corcel, se presentó a mi vista. Al momento le reconocí; era Remo, nuestro mortal enemigo, el régulo de los Wacos. Al notar mi presencia lanzó el grito de guerra de su tribu, y blandiendo el hacha se precipitó sobre mí. Los astros que nos protegen dispusieron que su caballo tropezara con un tronco y arrojase al jinete al suelo. Levantóse en seguida y comenzó una lucha cuerpo a cuerpo; varias veces su hacha rozó mi cabeza, pero al fin conseguí herirle en el pecho, y cayó lanzando un gemido de dolor. Esta es la diadema de oro que adornaba su frente. Sus armas están en mi choza y su caballo me ha traído hasta aquí. El régulo de los Wacos no insultará ya más a la tribu de Oreto.

– Has obrado como un íbero, dijo Oreto, tomando la sencilla diadema de oro, que le presentaba Lauro. No en vano eres el primer guerrero de la tribu. Habla, Berto, y cuenta lo que te haya sucedido en el bosque.

– Me hallaba lejos de aquí, a las márgenes de un riachuelo desconocido. Mi pensamiento había quedado en esta cabaña. Recordaba, como si la estuviera viendo, la figura de Ida iluminada por los brillantes reflejos del hogar. Insensiblemente y con una varita que llevaba en la mano, comencé a hacer rayas en la húmeda arcilla del río. No sé cómo fue, pero aquellas líneas parecían las que el rostro de Ida ofrecía la noche que partimos de aquí. Maravillado con tal prodigio, no acertaba a separarme del lugar donde estaba la imagen creada por mí. Lauro, pensé, es fuerte, valiente y audaz; él será el poseedor de la hija de Oreto; pero yo tendré otra Ida, que nadie podrá disputarme. Quise llevarme el barro: ¿mas cómo transportar la frágil arcilla? Una idea sorprendente me ocurrió: la de coger otro barro más consistente y reproducir la imagen. Así lo hice, y queriendo que se asemejara más, con una caña aguzada indiqué los cabellos, marqué los ojos, y poco a poco llegué a hacer una Ida de arcilla igual a tu hija. Mírala.

Y al decir esto, Berto sacó de un zurrón de piel un objeto envuelto en hojas de plantas acuáticas. Era un plano de barro en el que en bajo-relieve se veía modelada de perfil la cabeza de Ida. El trabajo dejaba mucho que desear bajo el punto de vista de la ejecución; pero tenía tal semejanza, que Oreto y Lauro, a pesar del carácter grave e impasible que distinguía a los hombres de su raza, no pudieron contener una exclamación de asombro.

En aquel momento, la piel que dividía la cabaña dejó paso a Ida, que corrió presurosa a ver su retrato. No debió disgustarle, porque mirando con cariñosa sonrisa a Berto, le dijo:

– ¿Me das esa figura?

– No puedo, respondió el escultor; es mi vanidad y mi gloria. Yo no he vencido a ningún caudillo enemigo. Y además, ¿qué me consolaría del dolor de no verte a mi lado?

– En vano disputáis, dijo Oreto, porque mañana a la luz de la luna, seréis unido por mí ante el dolmen sagrado.

– ¿Y yo, dijo Lauro; yo, que he dado muerte al más terrible de nuestros enemigos, soy postergado a Berto?

– Así lo disponen los astros; tú serás el jefe de la tribu por tu valor. Berto, por su cariño, será el esposo de Ida.

– Gracias, padre mío, dijo la doncella abrazando a Oreto; también mi corazón prefería a Berto.

– La ciencia celeste no miente jamás, hija mía, y no podía disponer que el águila se uniese con la tórtola.

– El águila, exclamó Lauro con arrogancia, velará por el nido de la tórtola, y ¡ay de quien se atreva atacarlo!

♦♦♦

Dos días después, tuvo lugar el matrimonio de Ida y la proclamación de Lauro.

Los ecos de los bosques resonaron con los gritos de los guerreros que celebraban la elección de su nuevo caudillo, y con las canciones de los bardos, que enaltecían la gloria del primer escultor español.

Augusto Danvila y Jaldero

Ilustración: Hemeroteca digital, Biblioteca Nacional de España.

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Transcripción realizada por Christine Sétrin, con la colaboración de Ángel Pozo.

Fuente: Biblioteca Valenciana Digital (BIVALDI).

Biblioteca Municipal de Vila-real. Marzo 2020.

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