KIPLING, Rudyard – Quíquern

Rudyard Kipling (1865-1936)

Quíquern

(1895)

Traducción española publicada en el diario El Sol (Madrid) en 1924

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Rudyard Kipling – Quiquern, ilustración de Maurice de Becque (1930)

Ilustración: Gallica.

La gente de los hielos orientales

es cual nieve que pronto se derrite:

danles azúcar y café los blancos,

y sin temor los siguen.

Los hombres de los hielos de Occidente

gustan más de robar y resistirse:

venden pieles en cada factoría…

y el alma, si es posible.

En los hielos del Sur, los balleneros

son sólo los que el tráfico persiguen:

muchos cintajos las mujeres llevan,

mas ¡qué miseria existe!

Pero en el hielo primitivo, al Norte,

donde no hay hombres blancos que dominen,

con dientes de narval se hacen las lanzas

y allí se ve del hombre el postrer límite.

♦♦♦

– Ha abierto los ojos. ¡Mira!

– Vuelve a meterlo en la piel. ¡Buen perro va a ser! Al cumplir los cuatro meses le pondremos nombre.

– ¿Y para quién será? – preguntó Amoraq.

Tendió la mirada Kadlu en torno de la choza de nieve forrada de pieles, y la posó sobre Kotuko, muchacho de catorce años, que estaba sentado sobre el banco que servía de cama, entreteniéndose en convertir en botón un diente de morsa.

– Para mí – contestó Kotuko, haciendo una mueca que quería ser una sonrisa. Algún día lo necesitaré.

Sonrió a su vez Kadlu, de tal modo, que sus ojos parecían enterrados en las gruesas mejillas, y asintió con una inclinación de cabeza, dirigiéndose a Amoraq, mientras la feroz madre del cachorro gruñía al ver al pequeñuelo agitarse fuera de su alcance en la bolsita de piel de foca que estaba colgada sobre la lámpara de grasa de ballena para que se calentara. Siguió Kotuko cortando el marfil, y Kadlu arrojó un montón de arreos para perros a un cuartito abierto en uno de los lados de la choza, quitóse el pesado traje de caza, hecho de piel de reno, lo metió en una red tejida con delgadas ballenas, que estaba colgada sobre otra lámpara, y se echó en el banco-cama para cortar un pedazo de carne de foca helada, mientras esperaba que Amoraq, su mujer, le trajera la acostumbrada comida, que se componía de carne hervida y de una sopa de sangre.

Había salido al rayar el alba, dirigiéndose a unos agujeros de los que forman las focas, situados a dos leguas de distancia, y al regresar a su choza llevaba tres de aquellas de gran tamaño. Hacia la mitad del largo y bajo pasadizo de nieve, semejante a un túnel, que conducía a la puerta interior de la choza, se oían ladridos y el rumor de una lucha a mordiscos, cuya causa era que los perros del trineo, libres ya de su cotidiana labor, se disputaban los sitios calientes.

Cuando los ladridos molestaron demasiado, Kotuko se deslizó perezosamente desde el banco-cama al suelo y cogió un látigo con elástico mango de ballena de medio metro de largo y con más de siete de cuerda, que por ser ésta de cuero trenzado pesaba bastante. Metióse entonces en el corredor, donde, por el ruido, parecía que los perros se lo comían vivo ; pero no era todo aquello más que su modo habitual de dar gracias a Dios por la comida que iban a recibir. Cuando llegó arrastrándose al otro extremo, media docena de peludas cabezas espiaban todos sus movimientos, mientras él se dirigía a una especie de horca hecha de quijadas de ballena, que servía para colgar la carne destinada a los perros ; arrancaba grandes pedazos helados, valiéndose de un arpón de ancha punta, y se quedaba luego de pie con el látigo en una mano y la carne en la otra. Llamó a cada animal por su nombre, empezando por los más débiles, y desdichado del perro que se hubiera movido antes de que le tocara el tumo, porque la deshilachada punta del látigo, restallando con la rapidez del rayo, le habría arrancado una pulgada o más de pelo y de piel. Cada animal gruñía primero, mordía después su ración correspondiente y se atragantaba al devorarla, apresurándose a guarecerse en el pasadizo, mientras el muchacho, de pie sobre la nieve e iluminado por la vivísima luz de la aurora boreal, distribuía a cada uno lo suyo con arreglo a estricta justicia. El último llamado fue un gran perro negro que dirigía a los demás en el tiro y mantenía el orden entre ellos cuando llevaban los arreos, y a éste dióle Kotuko doble ración acompañada de un golpe del látigo.

– ¡Ah!- exclamó el muchacho recogiendo la punta de aquél: tengo allá sobre la lámpara un pequeñuelo que también gruñirá de firme. ¡Sarpok! ¡Adentro!

Volvió atrás pasando a gatas por encima de los perros ; limpióse la nieve que tenia sobre el traje de pieles con un sacudidor de ballena que Amoraq guardaba detrás de la puerta ; golpeó ligeramente las pieles de que estaba forrado el techo de la choza para que se desprendieran los carámbanos que podían haber caído sobre ellas desde la bóveda de nieve que estaba encima ; y luego se acostó, hecho una bola, sobre el banco. Los perros que estaban en el pasadizo empezaron a roncar y a dar leves gemidos mientras dormían ; el niño menor de Amoraq, metido en la honda capucha de pieles de ésta, pateó y lloró hasta ahogarse casi, y la madre del cachorro, al que acababan de escogerle amo, permaneció echada al lado de Kotuko, fijos los ojos en la bolsa de piel de foca colocada en sitio seguro y tibio sobre la ancha y amarillenta llama de la lámpara.

Rudyard Kipling – Quiquern, ilustración de John Lockwood Kipling (1895)

Ilustración: Internet Archive.

Y todo esto sucedía muy lejos, hacia el Norte, más allá del Labrador y del Estrecho de Hudson, donde las grandes mareas levantan masas de hielo ; al norte de la península de Melville y hasta de los pequeños estrechos de Fury y de Hecla ; sobre la playa septentrional de la Tierra de Baffin ; donde la isla de Bylot se eleva por encima de los hielos del estrecho de Lancaster, como el molde de un pastel puesto boca abajo. Más allá de este último estrecho es muy poco lo que se conoce, excepción hecha de Devon del Norte y la Tierra de Ellesmere ; pero, aun allí, viven desparramadas algunas gentes, a las mismas puertas, por decirlo así, del Polo.

Kadlu era un inuit (lo que vosotros llamaríais un esquimal) y su tribu, de unas treinta personas en junto, pertenecía a los tununirmiut, o sea, traduciendo literalmente, que Kadlu era «del país que está situado detrás de algo». En los mapas, aquellas costas desiertas reciben el nombre de Ensenada del Consejo de Marina ; pero el nombre de inuit es preferible, porque, realmente, de aquella tierra puede decirse que está situada «detrás de todas las cosas de este mundo». Durante nueve meses no hay allí más que hielo y nieve, sucediéndose los huracanes casi sin interrupción, y siendo tan intenso el frío, que no puede formarse idea de él quien no haya visto et termómetro cuando menos a diez y ocho grados centígrados bajo cero1. De esos nueve meses, seis trascurren en la oscuridad, y esto es lo que hace ser más horrible aquel país. En los tres meses de verano, sólo hiela, de un modo constante todas las noches, y durante el día, de cada dos hay helada en uno. Entonces empieza a desaparecer la nieve en las pendientes expuestas al Sur ; algunos sauces enanos muestran sus lanosas yemas ; tal o cual diminuta piñuela2 parece que va a florecer ; playas enteras de arena fina y da guijarros descienden hasta el mar, y piedras bruñidas y veteadas rocas se levantan por encima de la granulada nieve. Pero todo esto desaparece en pocas semanas, y el fiero invierno vuelve a cerrar los claros que hay sobre la tierra, mientras en el mar el hielo suba o baja, roto en pedazos, a lo lejos, apretándose, chocando, rajándose, rozando unos con otros y, entre tanto, pulverizándose y, por decirlo así, varando, hasta que al fin se hiela todo junto, a una profundidad de tres metros, desde la tierra hasta donde más honda es el agua.

En la estación invernal, Kadlu perseguía a las focas, llegando a los últimos confines de aquellas tierras, o mejor de aquellos hielos, y clavándoles el arpón en cuanto salían a respirar en sus agujeros. Necesitan las focas agua en que puedan estar en libertad y alimentarse en ella de peces, y en el corazón del invierno ocurría allí a menudo que el hielo se corría, sin rajarse, en un espacio de veinte leguas a partir de la playa más próxima. En la primavera, él y los suyos se retiraban de los hielos amontonados en el mar y se dirigían a las rocas de la tierra firme, donde levantaban tiendas hechas de pieles y cazaban con lazo aves marinas, o lanzaban arpones a las focas jóvenes que tomaban el sol sobre las playas. Más tarde íbanse hacia el Sur, a la Tierra de Baffin, para dedicarse a la caza del reno y hacer su provisión anual de salmón en los centenares de pequeños ríos y de lagos que había en el interior, regresando al Norte en septiembre u octubre para cazar bueyes almizclados3 y para la acostumbrada matanza de focas del invierno. Todos estos viajes se hacían en trineos, que recorrían seis o siete leguas cada día, o bien, a veces, siguiendo la costa en grandes «barcos de mujeres», como les llaman, que están hechos de pieles, y en los cuales niños y perros se echan a los pies de los remeros, y las mujeres entonan canciones, mientras la embarcación se desliza de cabo en cabo por las frías y cristalinas aguas. Cuantos objetos algo refinados conocían los tununirmiut, provenían del Sur, como, por ejemplo: maderos acarreados por el agua y que servían para los trineos ; hierro en barras para la punta de los arpones ; cuchillos de acero ; calderos de hoja de lata, en los que se cocía la comida mucho mejor que en los antiguos utensilios de cocina hechos de esteatita ; pedernal, acero y hasta fósforos ; así como también cintas de colores para el cabello de las mujeres, espejillos baratos y paño rojo para orlas de chaquetas de piel de reno. Dedicábase Kadlu al valioso tráfico de blanquísimos y retorcidos dientes de narval y de buey almizclado (páganse éstos tanto como las perlas), que él vendía a los inuit del Sur, los cuales, a su vez, traficaban con los balleneros y con las factorías que los misioneros tienen en los estrechos de Exeter y de Cúmberland, y de tal modo se iban encadenando las cosas, que, al fin, la caldera comprada por el cocinero de algún barco en el bazar de Bendy bien podía ser que fuera a parar, cuando vieja, a recibir la llama de una lámpara de grasa de ballena en el sitio más fresco del Círculo Polar Ártico.

Como buen cazador, Kadlu poseía gran número de arpones de hierro, de cuchillos para cortar la nieve, de dardos para cazar pájaros y de cuantas cosas hacen fácil la vida en medio de los grandes fríos ; a lo que hay que añadir que era el jefe de su tribu, o, como ellos dicen, «el hombre que todo lo sabe por propia experiencia». Ninguna autoridad le daba esto, excepto el permitirle que, de cuan-do en cuando, aconsejara a sus amigos que cambiaran de cazadero ; mas Kotuko se aprovechaba de aquella circunstancia para mandar un poco, tal y como lo hacen los chavales perezosos y gordos, a los demás muchachos cuando salían por la noche para jugar a la pelota a la luz de la Luna o para cantar la «Canción del niño a la Aurora Boreal».

Pero a los catorce años un inuit se considera ya hombre, y Kotuko estaba aburrido de preparar lazos para coger gallos silvestres y raposos ferreros y más aún de tener que ayudar a las mujeres en la operación de mascar pieles de foca y de reno (procedimiento que las ablanda mejor que nada) durante todo el largo día, mientras los hombres están de caza. Quería ir al quaggi, la Casa del Canto, para ver cómo se reunían en ella los cazadores que celebraban allí sus misterios, y cómo el angekok, el hechicero, después de apagar las lámparas, les infundía un terror que hallaban delicioso, evocando el espíritu del reno y haciéndole patear sobre el techo de la casa o arrojando una lanza contra las sombras de la noche y viéndola volver atrás cubierta de sangre, caliente aún. Quería poder echar sus grandes botas, como hacía su padre, en la red, mostrando, al hacerlo, el cansado aspecto del jefe de la familia, y jugar con los cazadores cuando iban a verlos por la noche y se entretenían con una especie de ruleta improvisada por ellos mismos con un pote o caldero de hoja de lata y un clavo. A centenares eran las cosas que quería hacer ; pero los hombres se reían de él y le decían:

– Espera a que hayas tomado parte en la lucha. No todo se reduce en la caza a cobrar piezas.

Ahora que su padre acababa de destinarle a él un cachorro, las cosas se presentaban ya algo más risueñas. Un inuit no le regala un buen perro a su hijo hasta que el muchacho sabe algo respecto al modo de educarlo ; y Kotuko estaba firmemente convencido de que sabía mucho más de lo que era necesario. Si el cachorro no hubiera estado dotado de una naturaleza de hierro, se hubiera muerto por exceso de comida y de manoseo. Hízole Kotuko unos diminutos arreos con sus correspondientes tirantes y lo llevaba arrastrando por el suelo de la choza, gritándole:

– ¡Aua! ¡Ja aua! (¡Hacia la derecha!) ¡Choiachoi! ¡Ja choiachoi! (¡Hacia la izquierda!) ¡Ohaha! ¡Ohalia! (¡Párate!)

Al cachorro no le divertía esto lo más mínimo ; pero tales juegos no eran nada comparados con el susto que se llevó la primera vez que lo pusieron a tirar de un trineo. Lo primero que hizo fue sentarse sobre la nieve y ponerse a jugar con el tirante de piel de foca que iba desde sus arreos hasta el pitu, la gran correa de los arcos del trineo. Arrancó el tiro de los demás perros, y al cachorro le pasó por encima el vehículo de tres metros de largo, arrastrándolo por la nieve, mientras Kotuko reía hasta saltársele las lágrimas. Vinieron luego interminables días en que oía continuamente el chasquido del cruel látigo que silba como el viento cuando pasa sobre el hielo, y además sus compañeros le mordían porque no sabía trabajar como ellos, y el roce de los arreos lo desollaba vivo, y no se lo permitía ya dormir con Kotuko, sino que se veía obligado a quedarse en el sitio más frío del pasadizo. Eran aquellos, para el cachorro, tiempos durísimos.

Tan aprisa como el perrillo, aprendía, también, el muchacho, aunque un trineo tirado por perros es dificilísimo de manejar. Cada animal (y es de notar que los más débiles van más cerca de quien guía) lleva un tirante separado que pasa por debajo de la pata anterior izquierda y va a parar a la correa principal, donde se sujeta por medio de una especie de botón y de una presilla, que puede quitarse con un movimiento especial de la muñeca y dejar así en libertad a cada perro cuando se quiera. Es esto muy conveniente, porque con frecuencia ocurre a los más jóvenes que se les pone el tirante entre las patas posteriores, donde les causa cortaduras tales que llegan al hueso. Y todos, sin excepción, se empeñan, al correr, en meterse con los que tienen más cerca, saltando por entre los tirantes. Luego se pelean, y el resultado es que se arma allí un embrollo más difícil de desenredar que sedal de pescador que se dejara mojado y sin recoger hasta el día siguiente del de la pesca. Muchas de estas molestias puede evitarlas el diestro uso del látigo. Cada muchacho inuit se considera maestro en el manejo de aquél ; pero si es fácil darle un trallazo a cualquier objeto colocado en el suelo y quieto, resulta que no lo es, al inclinarse desde el trineo que corre a toda velocidad, el tocar precisamente detrás de una espaldilla con la punta del látigo, a un perro reacio. Si reñís a uno llamándolo por su nombre y el azote a él dirigido da por casualidad a otro, ambos riñen en el acto y obligan a pararse a todos los del tiro. Además, si viajando con un amigo empezáis a hablar con él o bien si, yendo solo, se os ocurre poneros a cantar, los perros se paran, vuélvense en redondo y se sientan para escucharos. A Kotuko se le escapó el trineo una o dos veces por haberse olvidado de poner un estorbo delante al pararlo, rompiendo muchos látigos y estropeando no pocas correas antes de que se le pudiera confiar un tiro completo de ocho perros y el trineo más rápido. Entonces consideróse persona importante, y sobre la lisa, oscura superficie del hielo, se deslizaba ligero y atrevido con la rapidez de una jauría lanzada en persecución de alguna pieza. Recorría hasta dos leguas y media para llegar a los agujeros donde salían a respirar las focas, y, una vez en el cazadero, soltaba una de las correas del pitu y dejaba libre al perrazo negro que dirigía el tiro, y que era el más listo de todos. Tan pronto como lo veía olfatear en alguna de aquellas aberturas, Kotuko volcaba el trineo y clavaba profundamente en la nieve el par de aserradas astas que se elevan del respaldo como los hierros del asidero en un cochecillo para niño, con lo cual lograba que todo el tiro de los perros no pudiera moverse. Entonces avanzaba arrastrándose, de pulgada en pulgada, y quedaba esperando que la foca se asomara para respirar. Luego lanzaba rápidamente hacia abajo el arpón con la cuerda a él atada, y tirando de ésta a poco rato, subía una foca herida, que cuando llegaba a la superficie del hielo era arrastrada, con ayuda del perrazo negro, hasta el trineo. Era aquél el momento crítico en que los demás perros del tiro aullaban rabiosos, presa de la mayor agitación ; pero Kotuko les daba de latigazos en la cara, con aquella tralla que parecía una barra de hierro candente, hasta que el cuerpo del cazado animal quedaba helado, rígido. Lo más duro era el regreso a casa. Había que arrastrar el trineo cargado por el áspero hielo, y en vez de ponerse a tirar sentábanse los perros y miraban hambrientos a la foca. Al fin partían, sin embargo, por el camino trillado de todos los trineos que iban a la aldea, trotando sobre el hielo, que resonaba como si fuera metálico, baja la cabeza, las colas en alto, mientras Kotuko rompía a cantar el An-gutivaun tai-na, tau-na-ne taina (la canción del cazador que regresa), y de todas las casas que hallaban al paso salían voces que le llamaban bajo aquel vasto cielo sombrío, sin más luz que la de las estrellas.

También Kotuko, el perro, se divirtió a su modo cuando hubo llegado a su completo desarrollo. Bravamente, lucha tras lucha, consiguió ir ascendiendo en importancia entre los otros perros que formaban parte del tiro, hasta que una tarde, por cuestión de comida, agarróse con el perrazo negro que hacía de director de los demás (mientras Kotuko, el muchacho, era testigo de que la pelea se verificaba con toda lealtad), y, como dicen allí, «lo convirtió en segundo», en vez de primero que era antes. Así, pues, fue elevado él al puesto de perro director, y, unido a la larga correa que le hacía correr a un metro y medio delante de los demás, tuvo desde entonces la obligación de poner término a toda pelea que se iniciara, ya llevando los arreos o sin ellos, y usó desde entonces un collar hecho de alambre de cobre, sumamente grueso y pesado. En ciertas ocasiones se le servían los alimentos cocidos y en el interior de la casa, permitiéndosele, además, algunas veces, dormir en el mismo banco de su amo Kotuko. Era un buen perro para cazar focas, y sabía acorralar a cualquier buey almizclado corriendo en torno de él y mordiscándole las patas. Era capaz (y para un perro de trineo es esto la mayor prueba de bravura que darse puede) hasta de desafiar al demacrado lobo del Polo Ártico, al que, por lo general, todos los perros del Norte temen más que a cualquier otro animal de cuantos viven entre las nieves. Él y su amo (pues no contaban ambos como compañía la vulgar traílla) cazaron juntos día tras día y noche tras noche, el muchacho envuelto completamente en pieles, y su feroz compañero con el pelo largo y amarillo, los ojos pequeños, blanquísimos los colmillos. Todo el trabajo de un inuit se reduce a procurarse comida y pieles para él y para su familia. Las mujeres cuidan de trasformar las pieles en trajes, y, si se ofrece, ayudan a poner trampas para coger piezas de caza menor ; pero la base de su alimentación (y comen de un modo enorme) deben proporcionársela los hombres. Si las provisiones faltan, no hay allí nadie a quien comprar o pedir prestado ; no hay más remedio que morirse de hambre. Un inuit no piensa en este riesgo hasta que se ve obligado a ello. Kadlu, Kotuko, Amoraq y el chiquitín que pateaba dentro de la capucha de pieles de aquella última, mascando durante todo el día pedazos de grasa de ballena, vivían juntos tan felices como cualquier otra familia puede serlo en este mundo. Procedían de una raza de carácter muy suave (raras veces se altera un inuit y casi nunca se le ve pegar a un chiquillo), raza de la que podía decirse que ignoraba realmente lo que era mentir, y más aún lo que era robar. Contentábase con arrancar a arponazos lo que constituía su vida, del corazón helado, sin esperanzas, de una tierra que era la misma frialdad ; con mostrar sus sonrisas oleosas ; con referir extrañas consejas de aparecidos y de hadas, por las noches: con comer hasta no poder más ; con cantar, en fin, la interminable canción de sus mujeres: «Am-na aya, aya amna, ¡ah! ¡ah!» durante todo el largo día, a la luz de la lámpara, mientras ellas les cosían la ropa y los arreos para la caza.

Pero un invierno, que fue terrible, pareció que todo se conjuraba contra ellos. Volvieron los tununírmiut de su pesca anual del salmón, y construyeron sus casas sobre los primeros hielos, al norte de la isla de Bylot, preparándose a salir en persecución de las focas en cuanto el mar estuviera helado. Mas el otoño, que había venido pronto, hubo de ser malísimo. Durante todo el mes de septiembre reinaron continuos vendavales, que rompieron la lisa superficie del hielo, caro a las focas, cuando no tenía más que un metro o metro y medio de espesor, y lanzándolo hacia tierra, lo amontonaron, formando una gran barrera de unas cinco leguas de ancho, llena de protuberancias, escabrosidades y carámbanos, que hacían imposible el pasar por allí con trineos. El borde del banco flotante desde el cual las focas salían para apoderarse de los peces en invierno quedaba, tal vez, a otras cinco leguas del lado de allá de la barrera, y fuera del alcance de los tununírmiut. Así y todo, acaso hubieran podido pasar el invierno con su provisión de salmón helado y de grasa en conserva, ayudándose con lo que las trampas que ponían les proporcionaban ; pero en diciembre uno de sus cazadores tropezó con una tupik (una tienda hecha con pieles), en que halló casi muertas a tres mujeres y a una niña, que habían venido acompañando a los hombres de su familia desde lo más remoto del Norte, viendo cómo aquellos morían aplastados en sus botes de pieles, pequeños y construidos expresamente para la caza, mientras iban en persecución del narval, el del larguísimo incisivo que parece un cuerno. Kadlu, por supuesto, no tuvo más remedio que distribuir las mujeres entre las chozas de aquella aldea de invierno, porque un inuit nunca se niega a partir su comida con un extranjero: no sabe cuándo le llegará a él el turno de tener que aceptarla. Amoraq quedóse con la niña, que tenía unos catorce años, en su casa, haciendo de ella una especie de criada. Juzgando por el corte de su puntiaguda capucha y por los dibujos en forma de diamante prolongado que tenían sus blancas polainas de piel de reno, supusieron que era originaria de la Tierra de Ellesmere. Jamás había visto cocinar en potes de hoja de lata, ni conocía trineos como aquellos en que se usa la madera para cortar el hielo ; pero a Kotuko, el muchacho, y a Kotuko, el perro, les cayó en gracia y le tenían bastante cariño.

Luego, todas las zorras fuéronse hacia el Sur, y hasta el «volverena»4, el gruñón y obtuso ladronzuelo de las nieves no quiso tomarse la molestia de pasar por donde estaba la hilera de trampas que Kotuko puso. La tribu perdió un par de sus mejores cazadores, que quedaron grandemente lastimados en una lucha con un buey almizclado, y esto acumuló más trabajo sobre los restantes. Kotuko salió uno y otro día con un trineo ligero y seis o siete de los perros más fuertes, mirando por todas partes hasta dolerle los ojos para ver si llegaba a descubrir alguna extensión de hielo limpio y claro en la cual alguna foca hubiera abierto acaso uno de sus acostumbrados agujeros para respirar. Kotuko, el perro, vagaba libremente por todos lados, y en medio de la mortal quietud de los hielos, Kotuko, el muchacho, oía su sordo y nervioso gemido sobre algún agujero de aquéllos, situado a más de media legua de distancia, tan claramente como si estuviera a su lado. Cuando el perro hallaba una de las tales aberturas en el hielo, solía el muchacho construirse un corto y bajo muro de nieve para resguardarse algo del fuerte viento, y allí esperaba diez, doce, veinte horas si era preciso, hasta que la foca salía a respirar, pegados materialmente los ojos del cazador a la diminuta señal que él había hecho sobre el hoyo para guiar la puntería cuando arrojara el arpón, y colocada bajo los pies una alfombrita de piel de foca, mientras tenía las piernas atadas con el tutareang (la hebilla de que hablaban los antiguos cazadores). Sirve ésta para evitar que sienta punzadas en las piernas el hombre que se pasa horas y horas esperando a que se asomen las focas de oído finísimo. Aunque el trabajo no exige esfuerzo, fácilmente se comprende que el estar sentado completamente inmóvil y metido en la hebilla, hallándose el termómetro tal vez a cuarenta grados bajo cero5, es la ocupación más pesada de cuantas conoce un inuit. Cuando se cogía una foca, Kotuko, el perro, se lanzaba hacia adelante, con la correa arrastrando detrás de él, y ayudaba a tirar del cuerpo hasta el trineo, junto al cual los otros perros, cansados y hambrientos, se tendían con aspecto sombrío, al abrigo del aire que llegaba desde los rotos pedazos del hielo.

Una foca no era comida que pudiera durar mucho tiempo, porque en la aldehuela cada boca tenía derecho a que le dieran su porción, y ni huesos, ni piel, ni tendones se desperdiciaban. La carne que debía ser destinada a los perros, se empleaba como alimento humano, y a aquéllos, Amoraq les hacía comer retazos viejos de las tiendas de pieles usadas en verano y arrancados del banco que servía para dormir, con lo cual aullaban, aullaban continuamente los animales, despertándose de noche para aullar de nuevo, siempre hambrientos. Con sólo ver las lámparas de esteatita en las chozas, no era difícil adivinar que el hambre se acercaba. En las buenas épocas, cuando la grasa era abundante, la luz de las lámparas en forma de bote tenía más de medio metro de alto, elevándose alegre, como untuosa, amarilla. Ahora apenas si medía unas seis pulgadas, pues Amoraq bajaba cuidadosamente la mecha de musgo cuando alguna llamarada se elevaba más de lo debido por un momento, y en esta operación seguían atentamente su mano los ojos de toda la familia.

Lo más horroroso del hambre allá en aquellos grandes fríos no es tanto la muerte considerada en sí misma como el morir en medio de la oscuridad. Todo inuit teme grandemente a esta última, que pesa sobre él, sin cesar, durante seis meses del año, y cuando las lámparas están bajas en las casas, la inteligencia de las personas comienza a estar algo turbia y confusa.

Pero peores cosas habían de ocurrir aún.

Los mal alimentados perros mordían con frecuencia y gruñían en los corredores, lanzando furiosas miradas a las frías e indiferentes estrellas y husmeando hacia el lado de donde soplaba el viento una y otra noche. Cuando el aullar paraba, el silencio descendía nuevamente tan sólido y pesado como una masa de nieve que la tormenta arroja contra una puerta, y los hombres oían entonces el latir de las venas en los estrechos conductos de la oreja y el golpear de sus propios corazones, que resonaba como el ruido del tambor que los hechiceros tocan sobre la nieve. Una noche, Kotuko, el perro, que había estado de un mal humor poco frecuente al llevar los arreos, saltó de pronto y apretó la cabeza contra la rodilla de Kotuto. Acariciólo éste, pero el perro siguió apretando ciegamente hacia adelante, muy manso y zalamero. Entonces despertóse Kadlu, cogióle la pesada cabeza, parecida a la de un lobo, y le clavó los ojos en los suyos, vidriosos. El perro gimió y se puso a temblar entre las rodillas da Kadlu. Erizósele el pelo en torno al cuello y gruñó como si algún forastero acabara de llegar a la puerta de la casa, después de lo cual ladró alegremente, arrastróse por el suelo y comenzó a morderle una bota a Kotuko, como suelen hacer los cachorros.

– ¿Qué le ocurre?, preguntó Kotuko, que comenzaba ya a sentir miedo.

– Tiene la enfermedad, contestó Kadlu ; la enfermedad de los perros.

Kotuko, el perro, levantó entonces el hocico y púsose a aullar.

– Nunca había visto esto. ¿Y qué hará ahora ?, dijo Kotuko.

Encogió un hombro Kadlu y atravesó la choza en busca de su arpón más corto y afilado. El enorme perro le miró, volvió a aullar, y se deslizó por el corredor hacia afuera, mientras sus otros compañeros se retiraban a derecha e izquierda para abrirle ancho paso. Al hallarse fuera, sobre la nieve, ladró furiosamente, como si le siguiera el rastro algún buey almizclado, y, ladrando, dando saltos y haciendo cabriolas, desapareció.

Lo que tenía no era hidrofobia, sino sencillamente locura. El frío, el hambre, y sobre todo la oscuridad, le habían atacado al cerebro, y cuando esa terrible enfermedad de los perros aparece entre los que constituyen el tiro de un trineo, se propaga como el fuego. Al siguiente día de caza, otro perro enfermó y fue muerto en seguida por Kotuko al ver que mordía y forcejeaba entre los arreos. Luego, el perro negro que hacía de segundo, y que había sido el que dirigía antiguamente, de pronto comenzó a ladrar como siguiendo la pista de un reno imaginario, y cuando lo hubieron soltado del pitu, se lanzó contra un gran montón de hielo, huyendo a poco, como había hecho el que dirigía el tiro, con los arreos coleando. Después de esto, nadie quiso ya volver a salir con los perros. Necesitábanlos para algo más, y bien lo comprendían ellos, por lo que, aunque estuvieran atados y recibieran los alimentos de mano de sus dueños, en los ojos se les veía la desesperación y el miedo de que estaban poseídos. Para acabar de empeorar las cosas, comenzaron las viejas a contar cuentos de aparecidos y a decir que ellas habían visto los espíritus de los cazadores, que desaparecieron durante aquel otoño, los cuales les habían profetizado horribles sucesos.

Sintió Kotuko, más que nada, la pérdida de su perro, porque aunque un inuit coma enormemente, también cuando conviene sabe ayunar. Pero el hambre, la oscuridad, el frío y las intemperies fueron minando su naturaleza, y empezó a oír voces interiores en su cerebro y a ver gente que no tenía delante, que estaba fuera del alcance de sus miradas. Una noche (en que acababa de quitarse la «hebilla», después de diez horas de estar esperando sobre uno de los agujeros de focas llamados «ciegos» y se encaminaba a la aldea con paso vacilante, muy débil, desvanecido casi), paróse para apoyarse de espaldas contra una peña que daba la casualidad de estar sostenida, como las rocas que se balancean, sobre un solo punto saliente del hielo. Su peso destruyó el equilibrio gracias al cual se sostenía la peña, ésta cayó rodando pesadamente, y mientras Kotuko saltaba hacia un lado para evitar que lo tocara, resbaló en dirección hacia él, con un chirrido primero y silbando luego, por el hielo, que tenía forma de talud.

Con esto le bastó a Kotuko. Había sido educado en la creencia de que cada roca o peña tenia su dueño (su inua), que era, generalmente, una cosa parecida a una mujer y con un solo ojo, la cual recibía el nombre de tornaq, y cuando una tornaq quería ayudar a un hombre, rodaba tras él dentro de su pétrea casa y le preguntaba si quería tomarla como a su espíritu protector. (En los deshielos del verano las rocas y las peñas que el hielo sostiene ruedan y resbalan por toda la superficie de terreno, por lo cual no es difícil comprender cómo nació la idea de piedras que viven.) Kotuko sintió que la sangre le latía en las orejas, cosa que había sentido ya durante todo el día, y pensó que aquello era la tornaq de la piedra que le estaba hablando. Aun antes de llegar a su casa, estaba ya convencido por completo de que había sostenido con aquélla una larga conversación, y como todos los suyos creían en la posibilidad de que tal cosa ocurriera, nadie le llevo la contraria.

– Díjome: «Me lanzo, me lanzo desde el sitio que ocupaba en la nieve», repetía Kotuko con los ojos hundidos e inclinándose hacia adelante en la mal alumbrada choza

– Dijo: «Yo seré tu guía ; yo te conduciré a los mejores agujeros de los que hacen las focas». Mañana salgo de caza, y la tornaq me guiará.

Luego vino el angekok, el hechicero de la aldea y Kotuko refirió el mismo cuento por segunda vez. No perdió en lo más mínimo al ser repetido.

– Sigue a los tornait (los espíritus de las piedras) y ellos volverán a darte comida, dijo el angekok.

Ahora bien: la muchacha procedente del Norte, que había sido recogida en la casa, solía estar echada junto a la lámpara, comiendo poco y hablando menos durante días enteros ; pero cuando Amoraq y Kadlu a la mañana siguiente, comenzaron a cargar (y a atar) un pequeño trineo de mano para Kotuko con todos los útiles de caza y cuanta grasa y carne de foca helada les fue posible, ella cogió la cuerda que servía para arrastrar el vehículo, y se colocó valientemente al lado del muchacho.

– Vuestra casa es la mía, dijo, mientras el trineo chirriaba vacilante al deslizarse detrás de ellos en la terrible noche ártica.

– Mi casa es tu casa, contestó Kotuko ; pero yo creo que adonde iremos ahora nosotros dos será a Sedna.

Sedna es la señora del «mundo inferior», y todo inuit cree que cada persona que muere ha de pasar un año en el horrible país de aquélla antes de ir a Quadliparmiut, el «lugar de la felicidad», donde no se conoce el hielo y donde los gordos renos se acercan a uno en cuanto los llama.

Allá en la aldea oíase a la gente gritar:

– Los tornait han hablado a Kotuko… Le enseñarán el hielo libre… Volverá trayéndonos focas…

Las voces se perdieron pronto en la fría e inmensa oscuridad, mientras Kotuko y la niña se acercaban, hombro contra hombro, al tirar de la cuerda o al empujar el trineo por el hielo en dirección al mar Polar. Kotuko se empeñó en que la tornaq de la piedra le había dicho que fuera hacia el Norte, y hacia el Norte fueron, caminando bajo la constelación de Tuktuodjung, el Reno, o sea, lo que nosotros llamamos la Osa Mayor.

Ningún europeo hubiera sido capaz de caminar más de una legua cada día sobre pedazos pequeños de hielo y sobre montones de afiladas aristas ; pero aquella pareja conocía con toda exactitud el movimiento especial de muñeca que obliga a un trineo a dar la vuelta en tomo de una de esas aglomeraciones de hielo ; el tirón repentino que casi lo levanta sobre una quebradura de la superficie ; la cantidad de esfuerzo que requieren los pocos y mesurados arponazos que abren un camino cuando toda esperanza de hallarlo parece ya perdida.

La muchacha no decía una palabra, pero bajaba la cabeza, y la orla de piel de «volverena» que adornaba su capucha de armiño, caía sobre su cara ancha y oscura. El cielo se extendía sobre la pareja, negro, con negrura intensa y aterciopelada, que se trasformaba en el horizonte en tiras de color rojo, y sobre el negro fondo brillaban grandes estrellas como si fueran faroles. De cuando en cuando, una oleada de luz verdosa de la aurora boreal se deslizaba por las profundidades del alto cielo, ondeaba como una bandera y desaparecía, o bien algún meteoro estallaba, hundiéndose en las tinieblas y esparciendo tras él lluvia de chispas. Entonces veían la ondulada superficie de los flotantes hielos del mar con ribetes y adornos de extraños colores: rojos, cobrizos y azulados ; pero a la ordinaria luz de las estrellas, todo adquiría un color gris mortecino. Ya recordaréis que los hielos del mar habían sido sacudidos y aglomerados por los vientos de otoño, y, gracias a ellos, parecía que hubiera pasado por allí un temblor de tierra, helándose, después, todo.

Veíanse canales, barrancos y hoyos, semejantes a cascajares abiertos en el hielo ; pedazos más o menos grandes de éste que se habían quedado sobre la primitiva superficie total ; otros negros comparables a pústulas, que habían sido arrojados bajo la gran masa de hielos flotantes por algún vendaval y vueltos a levantar después ; verdaderas piñas de hielo de forma redondeada ; crestas como dientes de sierra, que habían sido hechas por la nieve que va volando delante del viento ; y, en fin, verdaderos pozos de hundidas paredes en los cuales, lo menos en una extensión de hectárea o hectárea y media, el nivel del suelo estaba mucho más bajo que en el resto del terreno. A cierta distancia bien podían tomarse los pedazos de hielo por focas o morsas, por trineos puestos boca abajo, o por hombres ocupados en una expedición de caza, y aun podía imaginarse que eran el mismísimo gran fantasma blanco del Oso de diez patas ; pero a pesar de todas esas formas fantásticas, que se dijera que estaban a punto de adquirir vida, no se oía un solo ruido, ni siquiera el eco levísimo de lejano rumor. Y a través de este silencio y de esta soledad, donde repentinas luces se agitaban y desaparecían nuevamente, el trineo y los dos muchachos que lo empujaban iban arrastrándose como visiones de una pesadilla… una pesadilla sobre cosas del fin del mundo, que precisamente en el fin del mundo ocurría.

Cuando la pareja se sentía cansada, Kotuko construía lo que los cazadores llaman una «media casa», una pequeñísima choza hecha de nieve, en la cual se metían, muy apretados uno contra otro, con la lámpara de viaje, e intentaban deshelar la carne de foca que llevaban. Una vez habían dormido, comenzaba nuevamente la marcha… para andar unas siete leguas diarias y no acercarse al Norte más que dos leguas y media. La muchacha iba siempre silenciosa, pero Kotuko hablaba solo algunas veces, y a lo mejor, prorrumpía en canciones que había aprendido en la Casa de Canto (canciones sobre el verano, los renos y el salmón), todas ellas de horrible inoportunidad en aquella estación. Decía que había oído a la tornaq hablándole, malhumorada, y corría furioso contra un montón de hielo, retorciéndose los brazos y hablando a gritos y en tono amenazador. A decir verdad, Kotuko estaba casi loco en aquella época ; pero la muchacha se hallaba completamente segura de que un espíritu que lo guardaba le servía entonces de guía y de que todo iba a terminar felizmente. No sintió, pues, la menor sorpresa cuando, al fin de la cuarta jornada, Kotuko, cuyos ojos brillaban como dos bolas de fuego, le dijo que su tornaq los seguía a través de la nieve, en forma de un perro con dos cabezas. Miró la niña hacia el sitio que le señalaba Kotuko, y algo parecióle ver que se deslizaba hacia un barranco. La aparición no revestía, ciertamente, humana forma, pero bien sabían todos que los tornait preferían adoptar la apariencia de osos, focas y otros animales.

Podía ser aquello el mismo fantasma blanco del Oso de las diez patas, o cualquiera otra cosa, porque Kotuko y su compañera estaban tan hambrientos que no se podía ya prestar fe a lo que decían ver. Nada habían cazado con las trampas que ponían, ni descubrieron rastro alguno de caza desde que abandonaron la aldea ; además, su escasa comida apenas si les duraría otra semana, y una nueva borrasca se les venía encima. Una tempestad en el Polo puede durar diez días sin interrupción, y en todo ese tiempo es segura la muerte para aquel a quien coja fuera de casa. Kotuko construyó una casa de nieve de tamaño suficiente para contener el trineo de mano (porque nunca debe separarse uno de su comida), y, mientras estaba dando forma regular al pedazo de hielo que sirve de clave de la bóveda, vio «algo» que le estaba mirando desde un abrupto montón de hielo, a unos ochocientos metros de distancia. El aire era pesado, como neblina, y aquella cosa fantástica parecía tener doce metros de ancho por tres de alto, con seis metros de cola y una forma indecisa de contornos indefinidos, temblorosos. La muchacha vióla también, pero en vez de ponerse a gritar aterrorizada, dijo en voz baja:

– Esto es Quíquern. ¿Qué ocurrirá después?

– Que me hablará, contestó Kotuko.

Pero el cuchillo con que cortaba el hielo tembló en su mano mientras esto decía, porque, por mucho que un hombre crea que tiene amistad con raros y feos espíritus, pocas veces gusta de que sus palabras parezcan resultar verdad. Además, Quíquern es el fantasma de un perro gigantesco, sin dientes ni pelo, que se supone vive en el lejano Norte, y que vaga por el país aquél, precisamente poco antes de que algo vaya a acontecer. Lo mismo puede ser esto anuncio de cosas agradables que de otras desagradables ; pero ni a los hechiceros les gusta hablar de Quíquern. Él es quien da a los perros la locura. Como el Oso-Fantasma, tiene muchas patas (seis u ocho pares) y lo que es aquella cosa fantástica que se movía en la neblina, tenía, también, muchas más patas de las que necesita ningún perro de carne y hueso. Kotuko y la niña corrieron a refugiarse en su choza apretándose uno contra otro. Por supuesto que si Quíquern les hubiera necesitado para algo, no habría dejado de hacer que el techo se hundiera sobre su cabeza ; pero el saber que entre ellos y la malvada oscuridad se interponía un muro de nieve de palmo y medio de grueso, les servía de consuelo.

La tempestad estalló, al fin, con ruido estridente del viento, parecido al de un tren, y durante tres días y tres noches continuó sin variar ni un momento, sin atenuarse en lo más mínimo ni por un minuto. La pareja fue cuidando de mantener encendida la lámpara que sostenía entre sus rodillas, mascullando tibios pedacitos de carne de foca, y mirando cómo el negro hollín se acumulaba en el techo durante setenta y dos interminables horas. La muchacha hizo el recuento de la comida que les quedaba aún en el trineo: no había más que para dos días. Kotuko examinó las puntas de hierro y las ataduras, hechas de tendones de reno, de su arpón, de su lanza especial para focas y de su dardo para cazar pájaros. Nada más podía hacer.

– Pronto iremos a Sedna…, muy pronto, murmuró la niña. De aquí a tres días no nos quedará más que echarnos… y partir. ¿No hará algo por nosotros tu tornaq? Cántale una canción de angekok para hacerle venir.

Comenzó el muchacho a cantar en el tono altísimo de aullido que suelen tener las canciones mágicas, y al propio tiempo la furia de la tormenta empezó a ceder. En mitad de la canción estremecióse la niña, y en seguida colocó sobre el hielo que formaba el piso de la choza, primero la mano que cubría un mitón, y luego la cabeza. Siguió Kotuko su ejemplo, y los dos se arrodillaron, fija la mirada del uno en la del otro y escuchando con toda la tensión nerviosa de que eran capaces. Después arrancó él una delgada tira de ballena de un lazo para cazar pájaros, que tenía en el trineo, y enderezándola la colocó en un agujerito que hizo en el hielo, afirmándola con su mitón. Quedó casi tan delicadamente ajustada como la aguja de una brújula, y, una vez hecho esto, en lugar de seguir la pareja escuchando, miró atentamente. La delgada varilla tembló un poco…, vibró de modo casi imperceptible ; después la vibración se hizo ya más firme durante algunos segundos…, desapareció… y, al fin, volvió a aparecer ; pero esta vez señalando hacia otro punto de aquella especie de brújula.

– ¡Demasiado pronto!, exclamó Kotuko. Alguna gran porción de hielo flotante se ha resquebrajado, lejos, allá fuera.

La muchacha señaló hacia la varilla y sacudió la cabeza.

– Es que se quiebra todo, dijo. Escucha el ruido en el suelo. Suenan golpes.

Al arrodillarse esta vez oyeron extrañísimos y sordos rumores como frecuente golpear que resonara bajo sus mismos pies. Parecía ora que algún cachorrillo chillaba colocado sobre la luz de la lámpara, ya que alguien quebrantaba una piedra sobre el duro hielo, ora que tocaban un tambor tapado con algo ; pero todos estos rumores sonaban como muy prolongados y disminuidos, como si vibraran, pasando a través de un cuerno muy pequeño, durante larga y fatigosa distancia.

– No iremos a Sedna echados, observó Kouko. Esto es el gran deshielo. La tornaq nos ha engañado. Vamos a morir.

Todo esto podrá parecer absurdo, pero ello es que la pareja se hallaba frente a un peligro muy real. Los tres días de viento habían barrido hacia el Sur el agua de la bahía de Baffin, amontonándola contra el extremo de la gran extensión de hielo que iba desde la isla de Bylot hacia el Oeste. Además, la fuerte corriente que va hacia el Este desde el Estrecho de Láncaster, llevaba, durante algunas millas, lo que llaman «hielo en pacas» (hielo tosco y áspero que no se ha convertido aún en llana superficie), y estas «pacas» caían como bombas sobre la masa de hielos flotantes, al mismo tiempo que el flujo y reflujo del tempestuoso mar la minaba y la iba haciendo cada vez más débil. Lo que Kotuko y la niña habían oído eran los ecos lejanos de aquella lucha que se verificaba a ocho o diez leguas de distancia, y la reveladora varilla se estremecía al choque de aquel continuo batallar.

Ahora bien: como dicen los inuit, una vez el hielo se ha despertado de su largo sueño del invierno, no es ya posible saber lo que puede ocurrir, porque, aunque sólido, cambia de forma casi tan pronto como una nube. El vendaval era, sin duda, uno de los de primavera que había llegado fuera de tiempo, y cualquier cosa podía considerarse posible.

A pesar de todo, la pareja se sentía algo más animada que antes. Si el hielo se hendiera, no tendría ella que esperar y sufrir más. Los espíritus, duendes y demás habitantes del mundo de los encantamientos andaban sueltos por el movedizo conjunto, y acaso les ocurriese a los dos muchachos que, a la vez que ellos, entraran en el país de Sedna toda clase de extraordinarios seres llenos aún de loca exaltación. Cuando abandonaron la choza, después de pasada la tormenta, el ruido crecía más y más allá en el horizonte y la dura masa de hielo gemía y zumbaba en torno suyo.

– Aún está esperando, dijo Kotuko.

Sobre la cima de un gran montón de hielo, estaba sentada o acurrucada aquella «cosa» fantástica de ocho patas que habían visto tres días antes…, y entonces aullaba de un modo horrible.

– Sigamos, indicó la muchacha. Quizá conozca algún camino que no conduzca a Sedna.

Pero al coger la cuerda del trineo se sintió desfallecer. La «cosa» aquella se movía, alejándose despacio y torpemente por encima de los picos del hielo, dirigiéndose siempre hacia el Oeste y hacia la tierra, y ellos siguieron también el mismo rumbo, mientras el ruido atronador que se oía en el borde de la gran masa de hielo flotante allá en el mar se acercaba cada vez más. La masa estaba ya rajada en todos sentidos en el espacio de una legua en dirección a la tierra, y grandes capas como de tres metros de grueso y que ora medían unos pocos metros cuadrados, ora unas ocho hectáreas, saltaban, y se hundían, y chocaban unas con otras, o con la porción de masa total que aún no estaba rota, al ser cogidas y sacudidas por el revuelto oleaje que se agitaba entre ellas. Este ariete del hielo era, por decirlo así, la avanzada del ejército que el mar lanzaba contra sus mismos hielos flotantes. El continuo quebrarse y chocar de los pedazos ahogaba casi el chillido de la especie de láminas arrojadas enteras bajo la gran masa, como baraja escondida a toda prisa bajo el tapete de una mesa. Donde el agua era poco profunda, estas láminas se amontonaban una sobre otra hasta que las inferiores llegaban a tocar el fango, a quince metros de profundidad, y el mar descolorido hacía de dique tras el sucio hielo hasta que la presión creciente volvía a arrojarlo todo hacia adelante. Además de los hielos flotantes y del otro en bruto o «en pacas», el vendaval y las corrientes hacían descender verdaderos aludes, especie de montañas movibles arrancadas de las costas de Groenlandia o de la playa septentrional de la bahía de Melville.

Llegaban pesada y solemnemente, mientras las olas rompían en blanca espuma en torno suyo y avanzaban en dirección a la gran masa como una antigua flota navegando a toda vela. Tal o cual alud que parecía venir preparado para llevarse de calle el mundo entero, fondeaba como sin fuerzas en el agua, comenzaba a dar vueltas, y acababa revolcándose en la espuma y en el fango, envuelto en una nube de voladoras y heladas chispas, mientras otro mucho menor y más bajo rajaba la aplastada masa y se metía dentro de ella, arrojando a cada lado toneladas de hielo y abriendo una vía de más de ochocientos metros antes de que se parara. Caían unos como espadas, cortando canales de sinuosos bordes ; otros se rompían en una lluvia de pedazos que pesaban docenas de toneladas cada uno y se arremolinaban con estruendo ; otros, en fin, levantábanse, enteros, fuera del agua al juntarse, se retorcían como atormentados por el sufrimiento y caían pesadamente sobre uno de sus lados, mientras el mar pasaba azotando su espalda.

Toda esta labor continua de prensar, amontonar, doblar y retorcer el hielo en todas las formas posibles, se verificaba a tanta distancia como la vista podía alcanzar a lo largo de la línea septentrional de la masa flotante. Desde el sitio en que se hallaban Kotuko y la niña, aquel caos no parecía más que un movimiento de ondulación y de arrastre que se verificaba allá en el horizonte ; pero se acercaba a ellos por momentos, y lejos, hacia el lado de la tierra, oían como fuerte bramido, comparable a estruendo de artillería que resonara a través de la niebla. Indicaba esto que la gran mole de hielo flotante que había sobre el mar era empujada contra los férreos acantilados de la costa de la isla de Bylot, la tierra que se hallaba hacia el Sur, detrás de ellos.

– Esto no se ha visto nunca, exclamó Kotuko, mirando con aire estupefacto. No es ésta la época en que ocurre. ¿Cómo puede ser que el hielo se quiebre ahora?

– Ve siguiendo a aquéllo, gritó la muchacha señalando a la fantástica aparición que, medio cojeando y medio corriendo, se alejaba en insensata carrera delante de ellos.

Siguiéronla, en efecto, tirando con toda su fuerza del trineo, y al mismo tiempo oían cada vez más cerca el avance ruidoso del hielo. Al fin, los llanos que en torno suyo se extendían rajáronse en todas direcciones, y las hendeduras se abrían con estallidos semejantes al castañeteo de los dientes del lobo. Pero donde la «cosa fantástica» se apoyaba, sobre una especie de baluarte de pedazos de hielo esparcidos que medía una altura de unos quince metros, ningún movimiento se notaba. Kotuko saltó impetuosamente hacia adelante, llevando tras sí a su compañera, y subió arrastrándose hasta el pie del baluarte. La voz del hielo se hacía cada vez más potente en torno suyo, pero aquella fortaleza no se rendía, y como la joven mirara a su compañero, levantó éste el codo derecho, apartándolo del cuerpo al mismo tiempo de levantarlo y haciendo así la señal que usa todo inuit para indicar que ha descubierto tierra y que ésta tiene la forma de una isla. Y verdaderamente hacia la tierra los había llevado aquella fantástica aparición de las ocho patas que andaba cojeando: hacia un islote de granítica base y de arenosas playas, cubierto, enfundado y como enmascarado por el hielo, hasta el punto de no haber hombre capaz de distinguirlo de la helada e inmensa mole que flotaba sobre el mar ; pero, por debajo, tierra sólida era y no hielo movible. El romperse y rebotar de los pedazos flotantes al chocar con el islote marcaba las orillas del mismo, y un protector banco de arena arrancaba desde él en dirección al Norte, desviando la furia de los más pesados bloques de hielo, ni más ni menos que como la reja de un arado voltea trozos de marga. Por supuesto, que existía el peligro de que alguna gran extensión de hielo, obedeciendo a enorme presión, remontara la playa e hiciera desaparecer por completo la parte alta del islote ; pero la idea no preocupó a Kotuko ni a la muchacha mientras construían su casa de nieve y comenzaban a comer, oyendo cómo las congeladas moles golpeaban la playa y se arrastraban por ella. La «cosa fantástica» había desaparecido, y Kotuko hablaba, muy excitado, del poder que él tenía sobre los espíritus, mientras al propio tiempo se acurrucaba junto a la lámpara. Precisamente cuando se hallaba en lo mejor de sus insensatas afirmaciones soltó una carcajada la muchacha, balanceando el cuerpo hacia atrás y hacia adelante con el ímpetu de risa.

Rudyard Kipling – Quiquern, ilustración de Maurice de Becque (1930)
Rudyard Kipling – Quiquern, ilustración de Maurice de Becque (1930)

Ilustración: Gallica.

A su espalda, avanzando cautelosamente hacia el interior de la choza, veíanse dos cabezas, una amarilla y otra negra, pertenecientes a dos perros que ofrecían el aspecto más triste y avergonzado que imaginarse pueda: el uno era Kotuko, el perro, y el otro, el que había dirigido el trineo. Ambos estaban ahora gordos ; con buena salud y completamente curados de su locura ; pero iban unidos uno a otro del modo más extraño. Cuando el negro, que dirigía el trineo, se escapó, ya recordaréis que llevaba aún colgando los arreos. Debió de encontrar a Kotuko, el perro, y jugar con él o pelearse, porque el lazo que tenía pasado por las espaldillas se le enganchó en los alambres de cobre retorcido que llevaba Kotuko en el collar, y se había enredado de tal modo y tan fuertemente hubo de quedar sujeto, que ni uno ni otro podía coger la correa con los dientes para separarla, sino que cada uno resultaba atraillado por su vecino.

La muchacha empujó a los avergonzados animales hacia Kotuko, y muerta de risa gritó:

– Esto es Quíquern, el que nos ha conducido a la tierra firme. ¡Mira las ocho patas y las dos cabezas!

Cortó Kotuko la correa, devolviéndoles así la libertad, y ambos se precipitaron en sus brazos, el amarillo y el negro al mismo tiempo, como queriendo explicar de qué modo habían recobrado la razón. Kotuko les pasó la mano por los costados, que estaban bien llenos y con el pelo reluciente.

– Han encontrado comida, dijo sonriendo. No creo que vayamos tan pronto a Sedna. Mi tornaq los ha mandado. Ya se les ha curado la enfermedad.

En cuanto hubieran acariciado a Kotuko, los dos animales, que se habían visto obligados a dormir, comer y cazar juntos durante las últimas semanas, lanzáronse el uno contra el otro, y hubo entonces una gran batalla en el interior de la casa de nieve.

– Los perros no se pelean cuando tienen vacío el estómago, hizo notar Kotuko. Han encontrado alguna foca. Durmamos, que no nos faltará comida.

Cuando se despertaron, el agua del mar había quedado ya libre en la playa septentrional del islote, y todo el hielo suelto había sido lanzado hacia la tierra. Un inuit considera siempre como deliciosos los primeros rumores de la marea alta, puesto que le advierten que la primavera se acerca. Kotuko y la niña cogiéronse de las manos y sonrieron, porque el claro y fuerte ruido que producía el mar entre el hielo les recordaba el tiempo de la pesca del salmón, de la caza del reno y el olor de los sauces rastreros cuando están en flor. Hasta en aquel mismo momento el mar comenzó a espesarse, casi congelado, entre los flotantes témpanos de hielo: tan intenso era el frío ; pero en el horizonte se veía una ancha y roja claridad, que era la luz del hundido Sol. Parecía aquello más bien un bostezo en mitad del sueño que su verdadero despertar, para levantarse, y la claridad no duró más que algunos minutos ; pero ello es que marcaba la entrada de la mejor estación del año. Nada – pensaron ambos muchachos – podía cambiar el curso de las cosas. Halló Kotuko a los perros peleándose – sobre el cuerpo de una foca recién muerta, la cual había ido siguiendo a los peces que una tormenta hace siempre cambiar de lugar. Era la primera de unas veinte o treinta que llegaron al islote durante aquel día, y hasta que el mar se hubo helado fuertemente fueron a centenares las vivas cabezas negras que se veían, gozándose en disfrutar del agua libre, poco profunda, y flotando entre los témpanos del hielo.

Era un gusto para nuestra pareja el poder comer otra vez hígado de foca, el llenar las lámparas de grasa sin miedo a que escaseara y el ver cómo la llama se elevaba a un metro de altura ; pero tan pronto como apareció el hielo nuevo en el mar, Kotuko y su compañera cargaron el trineo de mano e hicieron tirar de él a los dos perros como nunca en la vida habían tirado, porque no estaban ellos muy tranquilos respecto a lo que hubiera podido ocurrir en su aldea.

El tiempo continuaba tan implacable como de costumbre ; pero es más fácil arrastrar un trineo cargado de víveres que cazar muriéndose de hambre. Dejaron los cuerpos de veinticinco focas enterrados en el hielo de la playa y prontos para ser aprovechados, después de lo cual se apresuraron a regresar al seno de su familia. Los perros les enseñaron el camino en cuanto Kotuko les indicó lo que deseaba que hicieran, y aunque ninguna señal hubiera para saber la ruta que debían seguir, en dos días se hallaban ya dando voces en la misma entrada de la casa de Kadlu. Sólo tres perros les contestaron. En cuanto a los otros, habían sido comidos, y las casas se hallaban sumidas en la oscuridad. Pero cuando Kotuko gritó: «¡Ojo!» (esto es, «carne hervida»), algunas voces débiles le respondieron, y al llamar a los habitantes de la aldea por sus nombres, con voz bien clara, no hubo nadie que faltase. Una hora después brillaban las lámparas en la casa de Kadlu ; el agua, de nieve derretida, se calentaba al fuego ; hervían los potes de hojalata, y del techo iba goteando el hielo, mientras Amoraq cocinaba una comida para toda la aldea ; el chiquitín, que estaba metido en la capucha de pieles, mascaba un pedazo de grasa que tenía gusto de nueces, y los cazadores iban atiborrándose metódica y pausadamente de carne de foca. Kotuko y la niña refirieron sus aventuras, Entre ellos se sentaron los dos perros, y cada vez que oían pronunciar su nombre en el relato, enderezaban una oreja y parecían lo más avergonzados de sí mismos que imaginarse pueda. El perro que haya enloquecido una vez y curádose luego, queda, en opinión de los inuit, inmune contra posteriores ataques.

– Ya veis, pues, que la tornaq no se ha olvidado de nosotros, dijo Kotuko. Sopló la tempestad, rompióse el hielo y las focas viniéronse detrás de los peces, asustados por el temporal. Ahora los nuevos agujeros que estas focas han hecho están a una distancia de aquí que no llega a dos días de viaje. Que vayan mañana los mejores cazadores y que traigan las focas que yo he muerto: veinti-cinco, que están enterradas en el hielo. Cuando las hayamos comido iremos todos a caza de otras.

– ¿Y vosotros qué es lo que vais a hacer ahora?, preguntó el hechicero a Kadlu en el tono que usaba para hablar con él, porque era el más rico de los tununírmiut.

Kadlu miró a la muchacha, a la hija del Norte, y dijo calmosamente:

– Nosotros vamos a construir una casa.

Al decir esto, señaló hacia el lado noroeste de la suya, porque en este lado es donde suelen vivir allí el hijo o la hija casados. La jovencilla levantó entonces las manos, vueltas las palmas hacia arriba, y sacudió ligeramente la cabeza como con aire incrédulo.

– Era ella una extranjera, dijo, que habían recogido hambrienta, y nada podía traer como dote a la casa.

Saltó entonces Amoraq del banco en que estaba sentada, y comenzó a arrojar multitud de cosas en la falda de la niña: lámparas de piedra, raspadores de hierro para las pieles, cafeteras de hojalata, pieles de reno con bordados hechos de dientes de buey almizclado, y verdaderas agujas capoteras como las que usan los marineros para coser las velas. Dote tan bueno como aquél jamás había sido entregado en los confines del Círculo Polar Ártico, y al recibirlo, la joven del Norte inclinó la cabeza hasta tocar al suelo.

– ¡También esto!, dijo Kotuko riendo y señalando a los perros, que acercaron sus fríos hocicos a la cara de la niña.

– ¡Ah!, exclamó el angekok, tosiendo con aire de suficiencia, como si todo aquello lo tuviera ya él previsto. En cuanto Kotuko abandonó la aldea fuíme yo a la Casa del Canto, entoné canciones de magia. Pasé las noches cantando e invoqué al espíritu del Reno. Mis cantos fueron los que hicieron soplar el vendaval que rompió el hielo, y los que atrajeron a los dos perros hacia el sitio en que se hallaba Kotuko cuando estuvo a punto de morir aplastado. Una de mis canciones fue la que hizo que la foca siguiera detrás del roto hielo. Mi cuerpo reposaba inmóvil en el quaggi, pero mi espíritu vagaba lejos de él y guiaba a Kotuko y a los perros en cuantas cosas hicieron. Yo lo hice todo.

Como cuantos se hallaban presentes estaban ya hartos de comida y soñolientos, nadie se tomó el trabajo de contradecir aquellas afirmaciones, y el angekok, en virtud del privilegio que le daba su oficio, se sirvió aún otro pedazo de carne hervida y se acostó luego con los demás en la tibia e iluminada casa que olía a aceite.

♦♦♦

Ahora bien: Kotuko, que dibujaba perfectamente a lo inuit, grabó, o, más bien, rasguñó ciertos cuadros, que representaban todas las anteriores aventuras, en un largo pedazo de marfil en forma de plancha y con un agujero en uno de los extremos. Cuando, en compañía de la muchacha, fue hacia el Norte, a la Tierra de Ellesmere, en el año llamado del «invierno maravilloso», dejó aquellos cuadros, que eran como una historia, a Kadlu, el cual los perdió entre los guijarros un verano en que se le rompió el trineo, allá en la orilla del lago Nétilling, en Nikosíring, y allí lo encontró uno de los habitantes del país a la primavera siguiente, vendiéndoselo en Imigen a un hombre que era intérprete de un ballenero del Estrecho de Cúmberland, y éste, a su vez, se lo vendió a Hans Olsen, que fue después contramaestre de un vapor que llevaba viajeros al Cabo Norte en Noruega. Cuando terminó la estación de moda para estos viajes, el vapor dedicóse a hacer la travesía entre Londres y Australia, con escala en Ceilán, y allí Olsen vendió la plancha de marfil a un joyero cingalés por dos zafiros falsos. Yo la encontré, finalmente, entre un montón de cosas inútiles en una casa de Colombo, y he ido descifrándola e interpretándola aquí de cabo a cabo.

♦♦♦

Transcripción realizada por Christine Sétrin, con la colaboración de Ángel Pozo.

Fuente: Biblioteca Nacional de España.

Biblioteca Municipal de Vila-real. Mayo 2021.

Este trabajo está bajo una licencia de Reconocimiento 3.0 España (CC BY 3.0 ES).

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1 Equivale a cero del termómetro Fahrenheit, que es el que cita el autor. (N. del T.)

2 Planta parecida a la siempreviva de la familia de las crasuláceas. (N. del T.)

3 Se llaman así ciertos mamíferos rumiantes propios de la región ártica, donde viven en manadas, y que los esquimales cazan para aprovechar su carne, a pesar del olor de almizcle que despide. (N. del T.)

4 El «wolverin» o «wolverene» (Gulo luscus), cuadrúpedo carnívoro de la América del Norte, llamado también «glotón» por su voracidad. (N. del T.)

5 El autor se refiere, como siempre, al termómetro Fahrenheit. (N. del T.)