LEVEL, Maurice – Un científico

Maurice Level (1875-1926)

Un científico

(1910)

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Un científico

Ilustración : Gallica, El Sr. Gabriel Lippmann en su laboratorio del Instituto (1908).

Nadal, el gran Nadal, profesor de la Facultad de Medicina, miembro del Instituto, Gran Oficial de la Legión de Honor, se estaba muriendo.

Hacía cuarenta años que era la gloria y el orgullo de su profesión. Hijo de obreros, se había elevado, gracias a su sola capacidad de trabajo, a las más altas dignidades. Los más severos se inclinaban delante de su probidad científica, los más pobres delante de su inagotable bondad. Podía haber sido millonario, pero a duras penas vivía cómodamente en un piso modesto de la orilla izquierda. Fuese cual fuese el tiempo, en verano, en invierno, se iba caminando a los barrios populosos, para cuidar a los más humildes.

Con él desaparecía una hermosa figura, una de estas escasas muestras de humanidad que, ella sola, consuela de todas las vilezas de la vida. Su existencia había sido la de un erudito y la de un sabio. Su fin tenía la armonía quieta de una hermosa tarde.

Cuando sintió que la muerte estaba a punto de llegar, mandó llamar a sus alumnos favoritos.

Una vez reunidos todos alrededor de su lecho, les hizo señas para que se acercaran, y, con el cuerpo doblado, los brazos delante de él, los dedos crispados en la manta, permaneció en silencio durante unos instantes.

Ya estaban bajando unas sombras grises desde su inmensa frente hasta las pálidas líneas de su cara.

En una esquina, un anciano lloraba en silencio. Los otros callaban, recogidos.

Abrió los ojos, y, con esa hermosa voz, generosa y grave, que tan bien conocían los pobres a los que había consolado y los discípulos cuyo cerebro había formado, habló:

– Mis queridos amigos, os agradezco profundamente el haber venido a escuchar las últimas recomendaciones del viejo maestro que se va.

Se detuvo, buscando sus palabras. Su voz, un momento viva y clara, se estaba ensordeciendo. Las frases que antaño llegaban numerosas a sus labios, ricas en imágenes, fuertes, precisas, parecían huir.

Uno de sus alumnos le dijo muy bajo:

– Maestro, no debe cansarse…

Levantó la cabeza, pasó sus dedos en las sienes, y volvió a hablar:

– No me estoy cansando… No es todavía la muerte la que acalla mi voz y entorpece mis palabras… ¡es el miedo!…

Todos, al oír esta palabra que nunca había pronunciado, se miraron, estupefactos. Añadió:

– Sí… el miedo… ¡el miedo de lo que os voy a contar, porque es una cosa tan espeluznante, que los pelos se me ponen de punta sólo de pensar que os la tengo que revelar, y que vosotros os quedaréis helados de pavor cuando la hayáis oído!…

Acercaos… lo que os voy a revelar es toda mi vida… es todo el crimen que tengo que expiar.

He visto asesinos… He visto parricidas… Temo encontrarme allá con cada uno de esos infames criminales…

Escuchadme…

Todos vosotros aquí presentes sabéis, por haber compartido a veces mis trabajos, cuál fue la investigación a la que dediqué mi vida. Conocéis la tenacidad salvaje con la que he querido descubrir la naturaleza del cáncer, su tratamiento, su curación… Pasé días y noches inclinado sobre mis cultivos, encerrado en mi laboratorio. He conocido todas las angustias de los inventores… vosotros las habéis vivido conmigo. Y, un día, cuando, después de tantos trabajos, de tantos cálculos, de tantos experimentos, llegamos a un resultado… acordaos… Apliqué mi suero por primera vez.

Os pediré que, por vuestro honor, me prometáis que no divulgaréis una palabra de esto a nadie. Dios me es testigo de que, entonces, no tenía ninguna mala intención. Sólo quería continuar con mis experimentos con tranquilidad y recogimiento. Vosotros mismos ignorabais la identidad del paciente sobre el cual hice mi experimentación, y ninguno de vosotros intentó saberlo…

Se puso la cabeza entre las manos, apoyando sobre sus ojos, como para aplastar una visión pasajera, y siguió con una voz fuerte:

– ¡Bueno! ¡La enferma a la que había tratado se curó!…

Creyendo en un primer momento que era una coincidencia, estuve dudando de si compartirlo con vosotros o no. Por lo tanto efectué un segundo experimento, un tercero… diez… veinte… ¡treinta!… ¡todos fueron concluyentes!

Como no les había dicho a los enfermos, y tampoco a sus familiares, cuál era la enfermedad que padecían, no pudieron divulgar estas curaciones milagrosas. ¡Fui el único en el mundo, el único, en conocer aquel descubrimiento fabuloso que había hecho!…

Calló por segunda vez, y suspiró:

– ¡Es horrible!

Cualquier otro, en mi lugar, hubiera estado exultante de alegría. Un orgullo sin límite hubiera inundado su corazón… ¡Yo no! Una cosa extraordinaria se produjo en mi interior… ¡Me pareció que se acababa de excavar un vacío inmenso en mi vida, y que, de repente, todo su objetivo, toda su razón de ser, había desaparecido!

¡Pensad que, durante treinta años, todos mis días, todas mis veladas, habían sido atormentados por este problema único: la curación del cáncer! ¡Y ahora, de un solo golpe, mi pensamiento ya no sabía donde cogerse, y tampoco mi actividad donde desplegarse!

Había seguido esta enfermedad espantosa como un jardinero paciente sigue el capullo cuyas hojas se entreabren insensiblemente. Por supuesto, me había compadecido de los sufrimientos de los hombres, pero – me daba cuenta de esto en ese momento – la enfermedad me interesaba más que el enfermo.

¡Cosa horrible! ¡Sentía más placer, más voluptuosidad, por estudiar la plaga que por combatirla!

Ahora se había acabado. Acabadas las largas y leves horas durante las cuales trabajaba de la misma manera que trabaja un poeta que persigue su sueño. En lugar del cuidado de cada día, de la angustia de cada segundo; en lugar de estas sensaciones del jugador que, desde lejos, acompaña con la vista, en el hipódromo, el galope del caballo que lleva su fortuna, en lugar de todo esto… algunos centímetros cúbicos de líquido inyectado bajo la piel, y la curación brutal… ¡estúpida!…

¡Ya no os atrevéis a mirarme! Apartáis la cara… Sin embargo, no lo sabéis todo aún, y quiero contároslo todo.

Su voz estaba más débil. Su frente se cubría de sudor. Pidió: «¡Algo de beber!» y, de un trago, vacío el vaso de agua que le dieron. Con el revés de la manga se secó los labios, y continuó, hablando rápido:

– Me doy prisas, porque tengo que llegar al final. Todos vosotros que estáis aquí, acordaos de ese día en el que os dije tristemente: nuestra experiencia no ha dado ningún resultado… ni una apariencia de resultado… Tenemos que empezar de cero otra vez.

Me creísteis. ¡Ay! ¡Os compadecisteis de mí, y os estaba mintiendo! Ahora llega el episodio más espantoso de mi espantoso crimen.

Volvió lentamente la cabeza hacia el anciano que, antes, lloraba en silencio:

– Escúchame, Dornoy, acércate… ponte muy cerca… Fue en aquella época que tu mujer se estaba muriendo de cáncer… tu mujer, la compañera adorada de toda tu vida… la que, sonriente, había cruzado a tu lado las más duras pruebas, y a la que querías encima de todo… Te he visto en mi casa, en esta misma habitación, una noche, llorando porque la sabías perdida, y decías:

– ¡Para qué he aprendido tantas cosas, si lo único que tengo, hoy en día, es la certeza de que no hay ningún poder en el mundo para salvarla!

Al escucharte, me invadieron pensamientos diabólicos. Lo tenía yo, ese poder sobrehumano, ¡lo tenía!… Pero la voz malvada, la voz horrenda de la implacable curiosidad científica, gritaba tan fuerte en mis oídos que ya no podía oír la voz de mi conciencia. Sin embargo, luché. Estuve a punto de gritar: «¡Toma! ¡Aquí está! ¡Coge! ¡Tu mujer está salvada!…» Murmuraste: «Dame tu suero… Que se pueda decir que lo he probado todo…» Y, de repente, me sentí de mármol. No se estremeció ni una fibra de mi corazón, y te contesté: «¿Para qué?… ¡Sólo serviría para aumentar sus sufrimientos!…»

Te fuiste, y cuando se cerró la puerta, me precipité en mi laboratorio, y, para estar seguro de no caer en la tentación, rompí mis tubos… aplasté mis cultivos… rompí todos mis papeles, para que, mientras viva yo, nadie pueda encontrar la huella de mi descubrimiento… y de mi crimen. Seguro por fin de que mi secreto estaba sepultado para siempre, que a partir de ahora podría perseguir de nuevo aquella enfermedad horrible y vigilar su desarrollo, reanudé con mis experimentos, partiendo de nuevas bases… ¡de nuevo separado del mundo por la embriaguez egoísta de la investigación!

Pero – ¡y fue el comienzo de mi expiación! – siempre volvía a mi punto de partida. Siempre veía delante de mis ojos lo que había creído romper, y de lo cual no había destruido nada, porque mi mente ya no podía separarse de ello. La investigación ya no tenía encanto para mí, ya que, apenas se planteaba el problema, encontraba la solución…

¡Por primera vez en mi vida, tuve que interrumpir todo trabajo!

Esperó un momento, intentando recuperar su respiración que se estaba volviendo silbante y corta:

– Ese es mi crimen, el más espantoso de los crímenes, porque es un crimen contra la humanidad entera.

Para que mi castigo sea completo, tenéis que saber cuál era el remedio. Lo publicaréis. Pero, os suplico, os ordeno, que no hagáis mención de mi nombre. No merezco esta gloria.

Estaba sofocado. Alguien quiso levantarlo en la cama. Rechazó la ayuda y, la cara torcida, los ojos fijos, jadeó con tanta autoridad que todos obedecieron:

– ¡Escribid! La fabricación de mi suero se basa en el hecho de que una solución…

Se echó bruscamente hacia atrás, la boca abierta, la cara lívida. Insensiblemente, se deslizó sobre sus almohadas; en un gesto lento, sus manos arrugaron la sábana, un estremecimiento lo sacudió…

… Entonces el hombre que antes había llorado, el hombre cuya esposa había dejado morir, se inclinó sobre él, colocó sus dedos encima de sus ojos apagados, cerró sus párpados, y, despacio, de una voz sin ira, pero que temblaba un poco, les dijo a los demás:

– Se acabó… marchaos… Yo me quedo a su lado…

—————————————

Traducido por Christine Sétrin, con la colaboración de Ángel Pozo Mendoza.

Marzo 2015.

88x31 Este trabajo está bajo una licencia de Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 Unported.

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