ROSNY aîné, J.H. – El Gran Enigma

J.-H. Rosny aîné (1856-1940)

El Gran Enigma

(1920)

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Faltaba poco para el crepúsculo cuando por fin alcanzamos las Colinas Azules, áridas y siniestras, hechas de un granito duro como el diamante. Hasta los líquenes habían renunciado a conquistarlas…

– ¡Por fin hemos llegado!, dijo mi compañero, con aire triunfal.

Lo miré, lleno de desconfianza. Después de tres días en el desierto, me parecía una espantosa mistificación.

– ¡La vida está detrás de las colinas!, afirmó.

– ¡Detrás!, dije con amargura. ¿Y cómo las vamos a escalar? ¡Son verdaderas murallas!

Inclinó la cabeza con su sonrisa enigmática.

– Hombre de poca fe, ¿no le dije que había un camino?

Caminó hacia la derecha. Después de diez minutos, me enseñó una fisura irregular que se hundía en la sombra:

– ¡Ya está!

Ya entraba en la estrecha caverna, armado de su linterna eléctrica. Los destellos violetas se esparcían en una noche silenciosa. Como la vía era estrecha, caminábamos con dificultad… ¡Y duró muchísimo! Cansado por lo largo que había sido el viaje y por las pruebas que habíamos sufrido, me estaba volviendo incrédulo.

Por fin, la fisura se ensanchó ; nos encontramos en una caverna espaciosa en la que, poco a poco, una luz tenue se mezclaba con los rayos eléctricos. Esta luz aumentó: era suficiente para guiarnos.

– ¡Nos estamos acercando!, dijo Daniel, casi con solemnidad.

La luz se volvió viva, aunque suave: era esta luz anaranjada que precede a la puesta del sol. No obstante, seguía sin ver nada… Involuntariamente, refunfuñé… Rodeamos una protuberancia, y solté una exclamación. ¡Aquí estaba la Tierra Prometida!

¡Qué hermosa era! Un sol inmenso, un brasero redondo y de color del cobre se reflejaba en las aguas del lago. Árboles muy altos, juncos enormes oscilaban lentamente en la brisa de la tarde… Y enseguida supe que se me estaba iniciando en un gran misterio. Jabalíes enormes, con el pelaje violeta y de apariencia fantástica, corrían hacia la orilla ; unos hipopótamos asomaban el morro en la superficie del lago, o escalaban la ribera, revelando torsos color de oro y ojos convexos.

– ¡Choeroterium… Sivalensis!, decía mi compañero.

Pero un rumor llenó el espacio. En la figura de los vagos caballos que huían delante de los sauces, reconocí las características del hipparion. Otros animales acudieron, todos galopando en la misma dirección, y, girándome, vi que se acercaba un rebaño, inmenso e irresistible.

Allá, en la soledad africana, en las orillas del río Níger, o también cerca del Ganges sagrado, había visto rebaños comparables… Sin embargo, no me equivocaba. Por sus dos sistemas de defensas, las inferiores casi rectas y las superiores levemente incurvadas, por no sé qué aspecto general, y guiado por mi intuición, por el lugar, por la presencia de los otros animales, reconocí a los formidables mastodontes… Venían como si fueran rocas vivas ; sus pies eran columnas ; sus cabezas, bloques de granito… Venían tranquilamente, soberanamente, en su fuerza pacífica.

– ¡Es grandioso!, exclamé, preso de un entusiasmo místico.

– Sí, afirmó Daniel, enternecido ; hemos atravesado dos mil siglos en la profundidad del tiempo.

Saboreaba una alegría de reinicio del mundo. Aquel gran amor del pasado que yace en el corazón de los hombres se confundía aquí con una inconcebible resurrección…

Un nuevo episodio me estremeció. Dos criaturas acababan de aparecer, dos criaturas verticales, palpitantes de juventud… Jugaban. Largas mechas oscuras caían sobre sus hombros ; los miembros y el torso estaban recubiertos de una piel sedosa, de color moreno, y, si sus mandíbulas parecían un poco espesas, los ojos muy grandes, muy dulces, muy luminosos, eran tan hermosos como los más hermosos ojos de mujer…

Los contemplé con una especie de temor, y murmuré:

– Daniel… ¿son?…

– ¡Son niños!, afirmó… cachorros de hombre… exactamente los hijos de nuestros antepasados de las edades terciarias, contemporáneos de los mastodontes que beben en el lago… ¡Y mire lo encantadores que son!

Una especie de rugido nos hizo levantar la cabeza. Una fiera había aparecido, un animal retaco, con dientes como puñales, de pelo naranja, ocelado de manchas moradas. Saltó… Los «cachorros de hombre», magnetizados, paralizados, se quedaban inmóviles… Unos brincos más y la bestia los alcanzaba… En un mismo ademán, Daniel y yo alzamos nuestras escopetas, una doble detonación retumbó sobre las aguas lacustres e hizo que los mastodontes levantaran la cabeza. Alcanzada en la cabeza y en el hombro, la fiera giraba sobre ella misma… Temiendo que en su agonía lograra vengar su muerte atacando a los niños, disparamos de nuevo y, precipitándome, clavé mi cuchillo entre las costillas de la bestia… Lanzó un suspiro ronco y rodó en el suelo…

Entonces me giré hacia los «cachorros de hombre» y les hablé, sonriendo. Es el privilegio de las jóvenes criaturas de poder pasar sin transición del miedo a la alegría. Aquellas reían, llenas de una confianza sin límites, como si nos hubieran conocido desde siempre… Ahora los niños estaban a mi lado, me observaban con curiosidad. Cogí el más joven en mis brazos ; me dejaba hacer, enseñando sus dientes que destellaban en la luz roja. El sol se hundía y, simultáneamente, una luna inmensa subía en el oriente. Los mastodontes habían cesado de beber ; habían reanudado su marcha ; la tierra temblaba…

En este momento, una voz se elevó, grave primero, y luego aguda. Nos giramos. De nuevo era una bestia vertical, esta vez adulta: un hombre de color moreno, el cabello en melena, la cara pesada pero iluminada, humanizada por los mismos ojos que los niños… Llevaba un pesado bastón en la mano, más bien una lanza. Un poco más lejos, menos grande, un poco delgada, una segunda criatura, que llevaba un niño pequeño en el hombro:

– ¡Nuestros antepasados!, dijo Daniel solemnemente.

Quizás se habían asustado en un primer momento. Pero, al ver la seguridad de sus niños, se tranquilizaron y rieron de una risa llena de confianza…

¿Cómo podría describir la poesía religiosa de esta escena? Despertaba todos los sueños profundos de la adolescencia, todas las aspiraciones que se agitaban en mi alma, debajo de las ramas de nuestros bosques natales, satisfacían esa necesidad ferviente que siempre he tenido de remontar el curso de los tiempos, de revivir un poco esa vida primitiva de la que conservamos el recuerdo apasionado en lo más remoto de nuestro instinto.

La tarde estaba cayendo, después de un rápido crepúsculo ; la Cruz del Cisne brillaba en el fondo del paisaje prehistórico, una luna de plata y de nácar surcaba suavemente entre las estrellas y trazaba una ancha calzada radiante en el lago.

Habíamos encendido el fuego de las noches ; comíamos juntos la carne seca que habíamos traído… Nuestros huéspedes estaban tan tranquilos como si siempre hubieran vivido con nosotros. Eran seres inocentes, a pesar de que el hombre tuviera la fuerza de los grandes antropoides y fuese capaz de luchar contra un machairodus… Al principio había creído que no tenían lenguaje. Me equivocaba. Ya se elevaban encima de los otros seres vivientes gracias al verbo. Intercambiaban signos y algunas interjecciones que se adaptaban a la simplicidad de sus actos y de sus impresiones… En aquella hermosa noche, en la que la claridad rojiza del fuego se mezclaba con la claridad plateada de la luna, estaban intensamente alegres, como niños, llenos de la deliciosa confianza que da un fácil olvido del porvenir. Y yo también estaba lleno de una suprema beatitud. Tenía el sentimiento de haber rejuvenecido de una manera inconcebible, rejuvenecido por mí mismo y por todos mis antepasados ; unía en mi pecho todo el presente y todo el pasado… Recuerdo que uno de los niños se quedó dormido en mis brazos ; el ruido ligero de su respiración se mezclaban con la voz encantada de la brisa y a la escorrentía fresca de un lejano manantial. Algunas fieras pasaban en la sombra ; aves nocturnas volaban en la cima de los árboles, el olor embriagador de las plantas nos llegaba a bocanadas, y sujetaba a aquel niño en mi pecho con una ternura infinita…

Esa fue la aventura más hermosa, más emocionante de mi vida. Y la más añorada… Quise revivirla. Volví cerca de las Colinas Azules, encontré la caverna… ¡Pero la tierra prehistórica ya no existía! ¡Había bastado un temblor, un leve estremecimiento de la corteza terrestre, para tragar los restos de un mundo viejo de dos cientos mil años!

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Texto original en francés e ilustraciones disponibles en Gallica.

Traducido por Christine Sétrin, con la colaboración de Ángel Pozo Mendoza.

Biblioteca Municipal de Vila-real. Noviembre 2017.

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