VALLOTTON, Félix – Arte y guerra

Félix Vallotton (1865-1925)
Arte y guerra
(1917)

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Félix Vallotton – C’est la guerre (La Tranchée – L’Orgie – Les Fils de fer – Dans les ténèbres – Le Guetteur – Les Civils, 1915)

▲ Ilustración : Gallica (La Tranchée ; L’Orgie ; Les Fils de fer ; Dans les ténèbres ; Le Guetteur ; Les Civils).

Se sabe que la autoridad militar, accediendo a las peticiones de la Administración de Bellas Artes, autoriza la estancia en los ejércitos de artistas designados, para que puedan observar a la vez la escena del drama y los figurantes en acción. La idea es excelente, como casi todas las ideas; permitir que unos pintores se impregnen de un ambiente como aquel, y noten en el sitio hechos tan considerables da la esperanza de que más adelante – en el caso de que el arte francés quiera interesarse por ello – se pueda disponer de una representación documentada, si no detallada, de los acontecimientos, y un aspecto plástico verosímil, tanto de la batalla moderna como de sus alrededores.

Es cierto que el valor de todo eso nunca alcanzará lo que valga el hombre, y se puede intuir que no brotarán más obras maestras después de esta medida que antes, pero las obras maestras no son asunto de la administración; su papel consiste más bien en presupuestar para el futuro un alimento apropiado para alentar el espíritu de las masas al mismo tiempo que prolongar los fastos famosos del Museo de Versalles, con el fin de que el público dominguero esté satisfecho y pueda vincular, a través de la imagen, 1914 con 1870, de la misma manera que 1870 se vinculaba con las guerras de Crimea o de África. Sean las que sean las objeciones que se podrían adelantar sobre el fondo – y las habría – siempre será preferible que los cuadros llamados de guerra – y los habrá – sean pintados desde puntos de vista posibles, que no choquen a los sentidos, y que recuerden a los que los vean lo que vieron cuando «estaban allá», y, a los que no estuvieron allá, lo que podrían haber visto. Desde el punto de vista educativo y civil, y mientras no se convierta en explotación, la medida es buena. Por una vez, la pesada máquina que son «las Bellas Artes» no se habrá puesto en marcha inútilmente.
Pero entre estas representaciones oficiales y «el Arte» y «la Guerra», ¡qué abismo!

¡La guerra!…

He pensado a menudo, atormentado como todos por la resonancia interior que despiertan estas sílabas, que era quizás la expresión más poderosa de esta cosa. La palabra es magnífica, es evocadora, y expresa claramente todos sus significados más temibles; ningún calificativo podría aumentarla o entibiarla, y el día en el que la vi aparecer en caracteres grandes por las paredes, creo que experimenté la emoción más fuerte de mi vida.

¡La guerra!

¿Qué comentario añadir a este estallido? A su alrededor todo se volvería pueril o vapor de explicaciones, y ¿qué imágenes le podríamos adjuntar sin forzar su expresión? Cuántas de esas pobres cosas hemos visto, carteles y postales delante de las cuales la gente con alguna sensibilidad huía, humillada de tanta banalidad, mientras en su mente resonaba la palabra, esta obra de arte en sí. Era el tumulto del principio, el tiempo del insulto y del dibujo lanzado como un escupitajo, pero que duró poco; Francia es país de gusto, y pronto aparecieron unas páginas más cuidadas, litografías en serie cuya boga se instauró y que aún perdura para algunas de ellas. Algunas fueron sensacionales, y unas leyendas intuidas se incrustaron en la opinión; a veces, incluso, no fueron inútiles. No obstante, sólo los procedimientos de reproducción rápida resultaron necesarios y los artistas parecían querer limitarse a la difusión de sus ideas; la hoja volandera es el vehículo ideal, se multiplica, se insinúa y llega a todos los sitios, mientras que el cuadro más solemne y pesado espera al aficionado en un lugar fijo y poco se mueve.

Pocos cuadros se vieron por lo tanto, y este poco aún fue demasiado; porque, concebidos en la vaguedad de los rumores, y según las fórmulas anticuadas de los años posteriores a 1870, aquellos pocos lienzos de artistas apurados no evocaron nada que pudiera satisfacer el sentimiento público; las imaginaciones más débiles se olvidaron de ellos, y si algunos listos creyeron modernizarse al aplicar a estos conceptos la nariz falsa de los sistemas más recientes, la cuerda fue visible, y nadie se lo tragó, excepto, por supuesto, los que se lo tragan todo siempre.

De hecho, ¡quién iba a preocuparse por ellos en aquellos tiempos trágicos! No obstante, con el paso del tiempo, una expresión más clara de los hechos empezó a ver la luz. Muchos artistas que habían visto aquello, volvieron del frente con los bolsillos llenos de bocetos tomados in situ, en la trinchera, durante el descanso, o, a la luz de la vela, en el oscuro aburrimiento de las tiendas; su éxito fue grande y justificado, pero por muy interesantes que fueron esos apuntes, y aunque su abundancia no fuera agotada aún, su significado no superó el que pudieran tener unas buenas ilustraciones. La gente se regodeó, a falta de algo mejor. Pero, para todos los que estaban obsesionados por «la palabra», la prebenda era escasa y «la guerra» seguía buscando su expresión plástica.

Ahora que han pasado los meses y los años, que innumerables testigos han ido allá, han vuelto, y luego han regresado y han vuelto de nuevo, ahora que se ha visto todo lo que humanamente se podía ver, dicho y escrito todo lo que se podía escribir o decir, ahora que se conoce el mecanismo, que ya no hay misterio y que los engranajes de la enorme máquina están al aire, ¿hemos progresado mucho?

Creo que se puede contestar audazmente que no, y aquí está la razón.

La «guerra» es un fenómeno estrictamente interior, sensible por dentro, y cuyas manifestaciones visibles, independientemente de lo grandiosas u horribles que puedan ser, son y serán meros episodios, algo pintoresco o documental.

Un obús que explota sobre un talud y cuya metralla trae la muerte a su alrededor no ostenta nada trágico. Dejando de lado el ruido, sólo se constata un gran hervor de humo y de polvos diversamente matizados cuyas volutas se entrelazan con gracia, se desenroscan y luego se disipan según las leyes habituales. Después como antes, el cielo está azul, y si el terreno sufre alguna modificación, se integra de inmediato al paisaje, que cambia pictóricamente, pero no siempre se degrada.

En efecto, por muy deformados que sean, los objetos alcanzados recaen en una nueva fijeza en el instante que sigue el choque. Lo que antes era una casa, ya no es más que una ruina tambaleante, pero sobre esta ruina el sol juega y distribuye sus rayos; los modelados son otros, la materia es diferente, las superficies y los ángulos han sido modificados; una piedra que no estaba antes está aquí ahora, una pared ha desaparecido, sustituida de repente por un balanceo de árboles; el panorama se ha transformado, pero sigue siendo un panorama.

Félix Vallotton – L’Église de Souain, 1917

▲ Ilustración : National Gallery of Art.

Interpretado de esta manera, y supongo que con fidelidad, el paisaje de guerra puede ocasionar obras útiles, incluso agradables, según los recursos del autor, pero, artísticamente, no valdrán por otra cosa que por sus cualidades usuales. Las piezas bien hechas se clasificarán como piezas bien hechas; el sólo y frágil interés del argumento no las llevaría muy lejos.

Se harán cuadros buenos, es cierto, pero de puro agrado, y fragmentarios.

No tendremos «La Guerra».

¡Bueno! ¿Y el hombre? dirán, ¿el hombre que está aquí, pegado al suelo y en los pensamientos que podemos adivinar?

El hombre, él, aporta un poco de azul con algunos destellos atenuados de su impedimenta, a menudo, desgraciadamente, algo de rojo, pero a simple vista, de pie o tumbado, vivo o muerto, ardiente o cansado, el soldado no añade nada más que lo pintoresco de su forma, y este pintoresco no es muy diferente del que tenía en los tiempos pacíficos de las grandes maniobras. Incluso sus movimientos, y el hecho de que su vida esté en juego, están conformes al reglamento; el tirador acostado poco se distingue del tirador muerto.

Por estas razones, creo que hay que atribuir esta inercia y esta falta de grandeza que hace que resulte casi indiferente a lo que ha producido hasta ahora la pintura militar. Una vista exacta del Monte Cornillet, un día de bombardeos intensos, da la impresión de un gran túmulo blanquinoso del que salen, por aquí, por allá, los humos algodonosos de los estallidos. Nada que se mueva, nada que viva, según parece; arriba, el mismo cielo banal de todos los días.

Aunque esté perfectamente pintado, este mismo motivo no emocionará más al espectador que la representación de cualquier duna barrida por el viento de oeste.

Y no obstante, en los repliegues de este montecillo bonachón, unos seres sufren, matan y mueren sin parar; allí, las acciones más nobles y más viles entrechocan y todas las demencias del crimen están desatadas. Sin embargo nada altera el equilibrio de los perfiles, nada, ni siquiera desde alguna distancia, es perceptible. Para el que está dentro, es otra cosa, por supuesto. Sus vistas se limitan a la espalda del compañero, al orificio de la almena, al rincón del cielo desde donde puede caer el torpedo, a su culata si es artillero. Para él, el espectáculo es localizado; salvo una clarividencia muy improbable en tales minutos, y, diría, algo de ocio, sus impresiones no tendrán mucha relación, serán entrecortadas, y, en caso de que este observador sea pintor, aportarán poca cosa.

Ya sé que pasándose de la raya se puede dramatizar, y seguro que algunos lo intentarán. Tenemos que prepararnos a ver tristes cosas para los próximos salones, pero ni los incendios horrorosos, ni la sangre vertida generosamente llegarán a nada. Sería como gritar fuerte un argumento sin peso; quizás resulten de ello sollozos fáciles y algo de asco, qué más da; estas representaciones no se elevarán nunca más allá de la vulgaridad baja de lo melodramático.

Félix Vallotton – Tir sur fils de fer allemands, région de Bolente, 1917

▲ Ilustración : Bibliothèque de Documentation Internationale Contemporaine.

¿Entonces?

Entonces hará falta tiempo, habrá que dejar apaciguarse la efervescencia y aclararse este embrollo de impresiones múltiples y tan diversas. Los hechos que estamos viviendo son excepcionales y fuera de toda medida, sería vano creer que se pueden inscribir día tras día y bajo dictado. Estamos en la época del trabajo colectivo; cada uno aporta su pequeña contribución, su pequeña nota; algunas facetas del bloque se inscriben con más o menos felicidad, pero por muy real que sea su interés, no constituyen más que cuestiones secundarias.

La guerra no es ese 210 que estalla, tampoco es ese árbol arrancado con el tronco inclinado, tampoco esos techos abiertos, y tampoco ese desgraciado que arrastra su muñón hacia el refugio ilusorio de una zanja, o más bien, la guerra es todo eso durante el segundo en el que el ojo lo constata, pero ¡cuánto mayores son sus repercusiones en el espacio! Podemos decir que oprime el pensamiento del mundo y que todos los actos humanos, en todos los órdenes, resultan alterados. Hasta el aire que se respira en las líneas no es igual que antes, hay imponderables, una suerte de enderezamiento del instinto que se libera de largas domesticaciones; el individuo ampliado en todas sus posibilidades aparece sin maquillaje, y según su exacto rasero; resultará de aquello adelantos admirables, que serán el orgullo de la especie, pero también decaimientos y quiebras.

Por supuesto, al estar inmersos en una atmósfera tal, el espíritu y el corazón se enriquecen, pero ¿cuál es el pintor que se atrevería a intentar expresarlo cuando nada o tan poco, aparece en el gesto? ¡Piensen en todo lo que se puede ver a lo largo de un día! Aquí tienen los pobres diablos desgastados esperando su tren en medio de la basura de las salas de espera; parecen harapos grises e insensibles, con las caras ariscas de grandes fieras domadas; su masa hace de ellos un amontonamiento de bultos, no reaccionan; pisamos grandes manos negras que ya no tienen ni forma. Ahora llegan unos aislados, éste es harapiento, aquel demasiado elegante, disparatado, y se abre paso con los codos, seguro de sus apoyos. Los hay que hablan, los hay que no dicen nunca nada, los hay que siempre comen; hay muchachos guapos y fuertes, y hay lamentables recuperados; hay caras claras y sanas, frentes enérgicas, bocas torvas de malos soldados, borrachos, toda una humanidad a fin de cuentas, amontonada, que se mueve fuera y al lado de la normalidad.

Luego, detrás del soldado, herramienta directa del combate, está la retaguardia, la fábrica, el ferrocarril, y estas ciudades fantásticas, surgidas en cualquier parte, y en las que se acumula el material; están los estados mayores en los que los oficiales delegados se cansan encima de las mesas de desembalaje. Está el observatorio, ojo del jefe, desde el que todo se desencadena; la fina rendija de luz que deja pasar la vista por debajo de las vigas del blindaje, los prismáticos de cobre reluciente, las manillas de mando y los telefonistas atados a su aparato.

Salimos y, en medio de las ortigas, tropezamos con una cruz; un muerto yace aquí, muy cerca de estos capitanes con guantes. Una paloma toma su vuelo de una rama y de repente brotan de la tierra unas fuertes y sanas risas; unos campesinos con cascos están enterrados, en reserva; para pasar el tiempo mientras esperan algo mejor, se pasan los bidones, dicen cosas simples y muerden con ganas en sus hogazas.
La «guerra», ¿está en eso, más o menos que en otra cosa? ¿Está en el tronido interminable de los transportes? ¿Está en estas hordas de prisioneros mugrientos? ¿Está en las tiendas de vinos llenas de hombres, en las ciudades de descanso? El mercachifle sórdido, ¿es más o menos «guerra» que el poilu mártir? ¿Y el gendarme, y las prostitutas, y los delincuentes que se dirigen, encadenados, hacia los consejos y el paredón?… «Venga a visitar mi huerto», me dijo un día un suboficial, «está a 600 metros de los Boches, no han conseguido localizarlo nunca.»

Y este hombre, en combate desde siempre, presumía sinceramente de enseñarme sus puerros, mientras el cielo temblaba bajo las deflagraciones de obuses de percusión. «¿Y usted?», le pregunté a un capitán observador que clavaba sus prismáticos en las líneas enemigas,  «le debe apasionar esto».

«Sin duda», me contestó, «pero hay muchos días en los que nos aburrimos…»

Luego vienen las escorias y los subproductos, las víctimas y los desarraigados cuya miseria llena las ciudades de la zona, las viudas, los huérfanos, y los que «hacen negocios» y los que no los hacen, y los que los hacen demasiado. Hay nuevos ricos y nuevos pobres, hay el póquer, hay las mujeres, hay el neutro sospechoso, hay los traidores y los espías.

Todo se mezcla y se codea en este pandemónium, los más bellos sentimientos están cerca de los peores; se ven las más nobles aceptaciones y sacrificios integrales; se ven dolores discretos y penas descorazonadoras. Se ven también los duelos consolables y los crespones provocadores, y los que sacan provecho y los que no se preocupan. ¿Dónde está la verdad en todo eso? ¿Cuál es la imagen-tipo? ¿Dónde está el acento para el pintor?

El pequeño cazador que de repente se desploma en un rincón perdido, una bala entre los dos ojos, ¿constituye plásticamente una expresión más fuerte de «la guerra» que ese montón de escombros humeantes desde los que emerge las patas tiesas de un caballo, o que ese roble estallado, o que esos heridos gimiendo en el fondo de una trinchera en el hedor de la sangre, del petróleo y del yodoformo?…
Y los osarios labrados de Somme, ¿son más o menos elocuentes que aquel terrible cementerio de Châlons, por ejemplo, tan correcto y aseado con el alineamiento impecable de sus siete mil quinientas cruces?

Félix Vallotton – Cementerio militar de Châlons-sur-Marne, junio 1917

▲ Ilustración : Musée d’Histoire contemporaine (Francia).

La imaginación se vuelve alocada al divagar con esto; ya no se sabe nada, todo pasa a otra dimensión, las proporciones se trastornan y ya nada está en su plano. Un proyectil estalla a cien metros y no tiene más efecto que ese reflejo físico que hace que hundamos la cabeza entre los hombros, mientras que una fresa crecida en un vano enternece y se llena de significados.

¿Qué representar de todo eso? No el objeto, por supuesto, sería primario, aunque algunos lo hagan, y no obstante, ¿es posible un Arte sin representación determinada de objeto? ¡Quién sabe!… ¿Quizás las teorías todavía embrionarias del cubismo podrían aplicarse con éxito? Dibujar o pintar «fuerzas» sería mucho más profundamente verdadero que reproducir los efectos materiales, pero estas «fuerzas» no tienen forma; y color, menos aún.

Aquí tienen un cielo de un azul delicado en el que vuelan algunos pájaros y unas nubes. Un silbido tan suave como un roce lo cruza, y a la otra punta es una casa destripada y miembros dispersos. ¿Se pintará el cielo? Por supuesto que no. El montón de piedras, si queremos; una naturaleza muerta, entonces, y nada más.

Habrá mucho que reflexionar y mucho que pensar durante la calma de después de la guerra, si es que hay calma. Desde ahora ya no creo en los bocetos sangrientos, en la pintura realista, en las cosas vistas, ni siquiera en las vividas. De la meditación sola podrá salir la síntesis imprescindible para tales evocaciones. Quizás el que la crea esté aún sentado en los bancos de la escuela de parvularios, o ni siquiera haya nacido; o quizás sea un hombre rancio, lúcido y frío, que no habrá visto nada pero cuyo cerebro sabrá deducir y cristalizar.

Sea quien sea, y venga de donde venga, estoy seguro de que no pintará cuadros de batalla, que decepcionará a la Administración, que provocará las risas del público, y que sus obras no obstruirán el paso en Versalles o en los museos de las subprefecturas.

La Némesis cuyos golpes actuales aterrorizan el género humano no puede satisfacerse con sus pintores ordinarios, un nuevo modelo, el más antiguo de todos, posa a sus ojos, «La Fatalidad».

Eso no se copia como una manzana.

Eso lo tienen que entender ellos.

Félix Vallotton – Verdun. Tableau de guerre interprêté, projections colorées noires bleues et rouges, terrains dévastés, nuées de gaz (1917)

▲ Ilustración : Wikimedia Commons

Fuente : Revista Les Écrits nouveaux, Gallica.

Traducido por Christine Sétrin con la colaboración de Ángel Pozo. Octubre 2014.

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Este trabajo está bajo una licencia de Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 Unported.

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