ZWEIG, Stefan – El Librero Mendel : un episodio de Viena antes y después de la Primera Guerra Mundial

Stefan Zweig (1881-1942)

El Librero Mendel : un episodio de Viena antes y después de la Primera Guerra Mundial

(1925)

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Reinhold Völkel - Café Griensteidl en Viena (1896)

Reinhold Völkel – Café Griensteidl en Viena (1896)

▲ Ilustración : Wikimedia Commons.

Mientras regresaba a Viena, después de una visita en las afueras, fui sorprendido por un chubasco. Azotados por la lluvia, los transeúntes huían debajo de los porches y las marquesinas, y yo también me puse a buscar un refugio. Afortunadamente, en Viena, una cafetería te espera en cada esquina. Me refugié, por lo tanto, en la que había enfrente, con el sombrero ya chorreando y los hombros empapados. Por dentro, era uno de esos cafés de barrio, típicos de la tradición vienesa. Nada esplendoroso, como en los cafés del centro, en los que se pretende imitar a Alemania; siguiendo la moda de la vieja Viena, estaba lleno de gente humilde que consumía más periódicos que pasteles. A estas horas de la tarde, el aire estaba cargado, jaspeado de volutas de humo azul. No obstante, el café tenía un aspecto limpio, con sus banquetas tapizadas de terciopelo y su caja reluciente de aluminio. Con las prisas, ni siquiera me había molestado en leer el rótulo antes de entrar. ¿Para qué, de todas maneras? Estaba sentado cómodamente. Miré impaciente por los cristales cubiertos de vaho, esperando que este chubasco fastidioso quisiera alejarse unos kilómetros.

En mi ociosidad, empecé a abandonarme a la blanda pasividad que emana subrepticiamente de cualquier auténtico café vienés. En este estado incierto, miré una por una a las personas cuyos ojos, en este ambiente lleno de humo y bajo esta luz artificial, se rodeaban de un halo gris enfermizo. Observé a la señorita de la caja, que repartía mecánicamente a los camareros el azúcar y las cucharas para cada taza de café. Somnoliento, medio consciente, leía los reclamos ineptos que cubrían las paredes, y este aturdimiento me procuraba un indefinido bienestar. Pero de repente, fui arrancado de mis ensoñaciones de la manera más extraña. Me invadió una vaga emoción, una cierta inquietud, como si fuera el inicio de un pequeño dolor de muelas, sin que sepamos realmente si viene de la mejilla derecha o de la izquierda, de arriba o de abajo. Sólo sentía una tensión sorda, una preocupación, porque me daba cuenta, sin adivinar por qué, que muchos años antes ya había estado una vez en este lugar, y que una reminiscencia oscura me vinculaba a estas paredes, a estas sillas, a estas mesas y a esta sala llena de humo.

Pero cuanto más me esforzaba para agarrar este recuerdo indefinido, más se zafaba y deslizaba malignamente, reluciendo indefinidamente como una medusa en lo más hondo de mi conciencia, y no obstante imposible de alcanzar o de agarrar. En vano intentaba mirar con detenimiento todos los objetos que me rodeaban. Sin duda alguna, no había visto nunca esta caja que tintineaba a cada pago, tampoco estas paredes de madera morena de falso palisandro, porque todo eso se debió instalar después. No obstante, había estado aquí, veinte años antes, quizás más. Aquí yacía, escondido e invisible como un clavo en la madera, un pedazo de mi alma de antaño, tapado desde hacía mucho tiempo. Mis sentidos hurgaron a mi alrededor y en mí mismo. Y sin embargo, ¡maldita sea!, este recuerdo desaparecido, sepultado dentro de mí, era imposible de alcanzar.

Estaba irritado, como siempre cuando cualquier fallo nos obliga a constatar una vez más lo insuficientes e imperfectas que son nuestras capacidades mentales. Pero no renuncié, a pesar de todo, a la esperanza de reconquistar este recuerdo. Sabía que un minúsculo anzuelo sería suficiente, porque mi memoria es tan extraña, buena y mala a la vez, caprichosa y traviesa, y sin embargo de una fidelidad increíble. A menudo sepulta en sus profundidades los acontecimientos o las caras, las lecturas o los momentos vividos, y no restituye nunca nada sin que se le obligue, con una simple orden de mi voluntad. Pero con el menor punto de referencia, con una postal ilustrada, algunas palabras escritas en un sobre o una página amarillenta de periódico, enseguida la cosa olvidada se pone a colear como un pez al otro extremo del sedal debajo de la misteriosa superficie y resurge, carnosa y concreta. Reconozco entonces cada peculiaridad de una persona, la boca, el diente que le falta a la izquierda cuando sonríe, el sonido trémulo de su risa e incluso el estremecimiento del bigote en la cara nueva que aparece en esta sonrisa. Todo esto, lo diviso en una visión instantánea perfecta, y, años después, me acuerdo de cada palabra que me haya dicho esta persona. Pero siempre necesito, para captar y ver el pasado, una excitación de los sentidos, un minúsculo hecho concreto. Cerré los ojos para pensar mejor, para formar y localizar este anzuelo mágico. ¡Pero nada! ¡Olvidado, sepultado! Me exasperé tanto contra este aparato defectuoso de mi memoria caprichosa, ubicado entre mis sienes, que hubiera querido golpearme la frente, como cuando sacudimos brutalmente un distribuidor automático averiado que no nos entrega el objeto al que tenemos derecho. Este fallo interno me disgustaba tanto que me era imposible quedarme sentado tranquilamente más tiempo, y por pura irritación me levanté para moverme un poco. ¡Cosa extraña! Apenas hice algunos pasos en el café cuando en mi interior empezó a parpadear y centellear una primera fosforescencia crepuscular. A la derecha de la caja, ahora me acordaba, una puerta llevaba a una habitación sin ventanas, alumbrada con luz artificial. En efecto, era eso: aquí estaba, esta habitación separada, esta sala de juegos. Con un tapizado diferente del de antaño, pero con las mismas proporciones, una sala trasera, de contornos borrosos. Instintivamente me puse a buscar los diferentes muebles. Mis nervios vibraban alegremente, intuía que iba a saberlo todo. Dos billares extendían sus tapizados verdes como charcos estancados y mudos. En las esquinas había mesas de juego, y, en una de ellas, dos funcionarios, o profesores, jugaban a ajedrez. En un ángulo, cerca de la estufa, a la puerta de la cabina de teléfono, había una mesa pequeña y cuadrada. De repente, fue como si un relámpago me atravesara de lado a lado. Me acordé inmediatamente, en el acto, en un único estremecimiento ardiente que me conmovió de felicidad: ¡Dios mío! ¡Éste era el sitio de Mendel, el librero Jakob Mendel! Después de veinte años había entrado, sin darme cuenta, en su sede, el café Gluck, en la parte de arriba de la Alserstrasse. ¡Jakob Mendel! ¡Cómo podía haber olvidado tanto tiempo a ese hombre extraordinario, ese fenómeno, ese prodigio increíble, ese hombre legendario, famoso en la Universidad y entre un pequeño círculo de personas que le respetaban altamente, ese mago, ese prestigioso librero de viejo que, sentado aquí incansablemente todos los días, de la mañana a la noche, había hecho la gloria y la fama del café Gluck!

Con un corto cerrar de ojos de un segundo para mirar en mi interior, apareció inmediatamente, alumbrado nítidamente en la pantalla rosa de mis párpados. Me apareció en el acto, de carne y hueso, sentado en su pequeña mesa cuadrada con el tablero de mármol gris sucio, en el que los libros y los papelotes se acumulaban. Ahí estaba sentado, majestuoso, inmutable, sus ojos rodeados de gafas fijados de forma hipnótica sobre un libro. Al mismo tiempo que leía, mascullaba y balanceaba de vez en cuando su busto y su cabeza calva, grasienta y mal afeitada, costumbre que había adquirido en el cheder, la escuela de los niños judíos, en el Este. Era en esta mesa, y sólo en este sitio, que leía sus catálogos y sus libros, tal y como le habían enseñado en la escuela talmúdica, canturreando suavemente y balanceándose como una oscilante cuna negra. Porque los israelitas piadosos saben que, gracias al suave balanceo del cuerpo inactivo, su espíritu, como el niño que se duerme y escapa del mundo, entra mejor, por el movimiento rítmico e hipnótico, en la gracia del éxtasis. Y en efecto, el tal Jakob Mendel no veía ni oía nada de lo que ocurría a su alrededor. Se jugaba al billar: los marcadores iban y venían, el teléfono sonaba, alguien fregaba el suelo o llenaba el horno. Todo eso pasaba desapercibido. Un día, un carbón encendido caído de la estufa había incendiado el suelo muy cerca de él, y empezó a salir humo. Un cliente fue alertado por el olor sofocante y se precipitó para apagar la hoguera incipiente. Pero él, Jakob Mendel, a dos pasos de aquello y rodeado de humo, no se había percatado de nada. Porque leía como otros rezan, como los jugadores que se apasionan por su partido, o como los borrachos cuando persiguen una obsesión; lo había visto leer con un recogimiento tan perfecto que, desde entonces, la manera de leer del resto de la gente siempre me ha parecido una cosa profana. Sin lugar a dudas, el pobre librero de Galitzia, Jakob Mendel, había revelado por primera vez al joven estudiante que yo era entonces, el gran secreto de la concentración perfecta, propia del artista y del erudito, del verdadero sabio o del loco integral, esta felicidad o esta desgracia trágica que hace del hombre un verdadero poseído.

Un compañero un poco más mayor que yo me había conducido ante él. En aquella época, investigaba sobre Mesmer, médico y magnetizador todavía mal reconocido de la escuela de Paracelso. Me costaba mucho lograr la documentación que necesitaba. Las obras de los especialistas eran insuficientes. El bibliotecario al que me había dirigido con una ingenua confianza, me había contestado con rudeza que no tenía por qué indicarme las fuentes bibliográficas. Fue entonces cuando el susodicho compañero me nombró, por primera vez, el apellido de Mendel: «Te acompañaré a hablar con él, me prometió. Lo sabe todo y te lo consigue todo. Dará con el libro más ilocalizable, escondido en la tienda del más oscuro anticuario alemán. En este asunto es el hombre mejor informado en toda Viena. Y, además, un personaje original, el último representante de la raza antediluviana de los libreros de viejo.»

Fuimos juntos al café Gluck. Y ahí estaba sentado el tal Mendel, vestido de negro, la nariz equipada con gafas, la cara enmarañada, y se balanceaba leyendo, como un matorral debajo del viento. Nos acercamos a él. No se percató de nuestra presencia. Estaba sentado, leía, su busto oscilaba como el de un bonzo. Y, arriba de la mesa, detrás de él, su abrigo negro muy cansado estada colgado de una percha que tambaleaba, los bolsillos llenos de fichas y de revistas. Mi amigo tosió muy fuerte para anunciar nuestra presencia. Pero Mendel, con sus gafas gruesas muy cerca del libro, no notó nada. Finalmente mi amigo golpeó la mesa, con la misma energía con la que se llama a una puerta. Entonces Mendel se puso derecho y alzó sus pesadas gafas de acero sobre su frente. Debajo de sus cejas tupidas y canosas, dos ojos extraños nos escudriñaron, dos ojos pequeños y vivos, móviles y puntiagudos como la lengua de una serpiente. Mi amigo me presentó y expliqué el motivo de mi visita, sin olvidar, con un enfado simulado, ardid que mi amigo me había recomendado expresamente, de echar pestes contra el bibliotecario que no me había querido informar. Mendel se apoyó sobre respaldo de su silla y, pausadamente, escupió. Luego tuvo una risita y me contestó en su jerga con un marcado acento del Este: «¿No quiso? ¡Vaya! Mejor diga que no pudo. ¡Es una mula, un burro de la mejor categoría, con sus canas! Lo conozco desde hace más de veinte años. Pero en todos estos años, no ha aprendido nada. ¡La única cosa que saben hacer es cobrar su sueldo! ¡Estos Señores Doctores serían más útiles empujando una carretilla, en lugar de ocuparse de libros!»

Gracias a aquel disparate enérgico, el hielo estaba roto y me invitó por primera vez a esta mesa cuadrada de mármol, completamente emborronada de pequeñas notas, a este misterioso altar de las revelaciones bibliográficas, que me era todavía desconocido. Le expuse pronto mis deseos: estaba buscando libros antiguos sobre el magnetismo, así como obras recientes, y panfletos a favor y en contra de Mesmer. Cuando acabé, Mendel guiñó el ojo izquierdo un segundo, como un tirador que está apuntando. Esta actitud de atención concentrada duró apenas un segundo. Inmediatamente, como si leyera un catálogo invisible, enumeró a toda velocidad dos o tres docenas de títulos con, para cada uno de ellos, el lugar y la fecha de edición, además de su precio aproximado. Estaba asombrado. Aunque me habían avisado, no me esperaba tal cosa. Pero mi asombro pareció gustarle. Porque enseguida empezó a tocar en el teclado de su memoria las variaciones bibliográficas más sorprendentes sobre el tema que le había propuesto. Me preguntó si deseaba que me informara también sobre los sonambulistas, los albores de la hipnosis, Gassner, el exorcismo, la Christian Science y la Señora Blavatsky. De nuevo, nombres, títulos y descripciones crepitaron. Ahora empezaba a entender que estaba delante de un prodigioso fenómeno de memoria: el tal Jakob Mendel era una verdadera enciclopedia, un catálogo universal ambulante. Admiraba, estupefacto, esta maravilla bibliográfica alojada en la persona insignificante e incluso un poco mugrienta del pequeño librero de Galitzia. Después de haberme citado, en un cañonazo ininterrumpido, cerca de ochenta títulos, como quien no quiere pero contento de haber mostrado lo que sabía, se puso tranquilamente a limpiar sus gafas con un pañuelo que, quizás algún día, había sido blanco. Para disimularle un poco mi asombro, le pregunté tímidamente cuáles de estas obras podría eventualmente conseguirme. «Hum! Veremos qué se puede hacer, masculló. Vuelva mañana: seguro que Mendel le encuentra alguna cosa. Y lo que no tengamos a mano, lo encontraremos en otro sitio. Cuando uno tiene olfato, también tiene suerte.» Se lo agradecí muy educadamente, y a continuación, por querer ser amable, cometí una enorme torpeza proponiéndole anotar en un papel los títulos que deseaba. Mi amigo me empujó con el codo. ¡Demasiado tarde! Mendel me había lanzado ya una mirada, ¡y qué mirada!, a la vez triunfante, ofendida, burlona y llena de superioridad, una mirada verdaderamente real, la misma mirada que el Macbeth de Shakespeare debió de lanzar a Macduff que invitaba este héroe invencible a entregar las armas sin combatir. Luego tuvo de nuevo una risita, su nuez de Adán se agitó de una manera extraña como si se acabara de tragar una palabrota. El bueno del librero Mendel habría tenido el derecho de echarme la peor grosería sobre mi cabeza. ¡Solo un extraño (un «amhorez» como decía), un hombre que no lo conocía, podía ofrecerse para, de una manera tan humillante, anotarle a Jakob Mendel el título de un libro como si fuera un aprendiz de librero o un empleado de biblioteca, como si este cerebro incomparable, límpido como un diamante, hubiera jamás echado en falta métodos tan burdos! No entendí hasta mucho más tarde hasta qué punto debí ofender a este asombroso genio de la memoria. En efecto, el pequeño judío de Galitzia, canijo, deforme e hirsuto era un titán de la memoria. Detrás de la frente pálida, sucia, que parecía recubierta de un musgo gris, se encontraba grabado a fuego, por la mano fantasmal e invisible de la memoria, la menor palabra, el menor título que se hubiera jamás impreso en la primera página de un libro. Para cada título, publicado ayer o hace doscientos años, podía citar, sin vacilar, el nombre del autor, el lugar de publicación, y el precio, nuevo o de segunda mano; para cada libro se acordaba, con una nitidez sorprendente, de la encuadernación, las ilustraciones y los facsímiles propuestos en anexo. Tenía una visión clara de todos los libros, que los hubiese cogido en mano o que los hubiese visto desde lejos en un escaparate o en una biblioteca, como el artista que contempla mentalmente la obra que va a crear, todavía invisible al mundo. Cuando por ejemplo una obra se ofrecía por seis marcos en el catálogo de un librero de Ratisbona, se acordaba enseguida que otro ejemplar se había vendido dos años antes en una subasta en Viena, por cuatro coronas, y conocía el nombre del comprador. En realidad, Jakob Mendel nunca olvidaba un título o una fecha. Conocía cada estrella, cada planta, cada infusorio del universo movedizo y cambiante de la bibliografía. Sabía más de cada materia que todos los especialistas. Conocía las bibliotecas mejor que los bibliotecarios; mejor que los coleccionistas armados de repertorios y ficheros, se sabía de memoria las existencias de los grandes marchantes. Y sin embargo, la única herramienta de la que disponía era la magia incomparable del recuerdo, esta memoria que sólo se podía concebir después de cien ejemplos diferentes. Evidentemente, esta memoria prodigiosa no habría podido formarse, ni volverse tan diabólicamente infalible sin el secreto eterno de toda perfección: la concentración. Fuera de los libros, este hombre extraño ignoraba todo del mundo que le rodeaba. Para él, las manifestaciones de la vida se hacían concretas sólo cuando habían sido convertidas en caracteres impresos, y que estaban reunidas y como puestas en conserva entre las páginas de un libro. Pero estos libros, no los leía por su sentido o por su contenido, intelectual o anecdótico. Sólo el título, el nombre del autor, el del editor, el precio, hablaban a su pasión. La memoria que, en el caso de Jakob Mendel, se había focalizado sobre los libros antiguos, era perfectamente improductiva y pasiva; no era otra cosa que un repertorio que contenía miles de entradas, títulos y nombres, impreso en la corteza de un mamífero en lugar de las páginas de un catálogo como suele ser usual. Pero, en su perfección única, igualaba la de Napoleón para las fisionomías, de Mezzofani para los idiomas, de Lasker para el ajedrez, de Busoni para la música. En un seminario o una clase pública, este cerebro habría informado y sorprendido a miles, cientos de miles de estudiantes y de investigadores, habría fecundado la ciencia y, colocado en uno de esos tesoros públicos llamados bibliotecas, habría sido de una inapreciable utilidad. Pero este mundo superior no era accesible a un pobre librero de Galitzia, inculto, que había, como mucho, asistido a la escuela talmúdica. Por lo tanto estos dones fantásticos sólo se revelaban secretamente en la mesa de mármol del café Gluck. Y si un día un gran psicólogo (esta obra todavía falta a nuestros conocimientos) intenta distinguir y clasificar, con la misma paciencia y la misma obstinación que Buffon para los animales, las diferentes formas, especies y matices de la memoria, deberá acordarse de Jakob Mendel, maestro del poder mágico que llamamos memoria, genio de los precios y los títulos, príncipe desconocido de la bibliografía.

Por su oficio, y según los no iniciados, Jakob Mendel no era otra cosa que un pequeño traficante de  libros. Cada domingo aparecía en el Neue Freie Presse y en el Neues Wiener Tagblatt este anuncio estereotipado: «Compro libros antiguos. Buenos precios. Retirada inmediata a domicilio. Mendel, Obere Alserstrasse». A continuación venía un número de teléfono que en realidad era el del café Gluck. Mendel hurgaba en todos los stocks de libros. Cada semana, con la ayuda de un viejo porteador con una barba imperial, traía su botín a su sede antes de deshacerse de él, porque no tenía patente. Por esta razón no había pasado del estado de pequeño chamarilero que tenía escasos beneficios. Los estudiantes le vendían sus manuales y los libros pasaban a la siguiente promoción por su mediación. Además Mendel se encargaba de conseguirles cualquier obra de segunda mano, a cambio de una módica comisión. Con él podíamos documentarnos de manera barata. El dinero no ocupaba ningún lugar en su vida. De hecho, se le veía siempre con la misma chaqueta raída, bebiendo, por la mañana, la tarde y por la noche, una taza de leche acompañada de dos panecillos, comiendo a mediodía cualquier cosa que le traían del restaurante de enfrente. No fumaba, no jugaba; podríamos incluso decir que no vivía. Sólo sus dos ojos vivían detrás de sus cristales ovales y se alimentaban de palabras, títulos y nombres su misteriosa y fértil sustancia cerebral. Y esta masa blanda y fecunda absorbía ávidamente esa abundante comida, de la misma manera que una pradera aspira millones de gotas de lluvia. Los hombres no le interesaban, y de todas las pasiones humanas, la única que le fuera quizás conocida, la más humana por cierto, era la vanidad. Cuando alguien le visitaba en busca de una información que había buscado sin éxito en cien lugares distintos y que se la podía proporcionar a la primera, sentía una gran satisfacción, como una gran bocanada de aire; quizás también era orgulloso por el hecho de que, en Viena y en otros sitios, unas cuantas docenas de personas apreciaban sus conocimientos y recurrían a su saber. En cada uno de esos vastos conglomerados de millones de hombres que llamamos ciudades, siempre hay, en alguna parte, pequeñas facetas que reflejan todo un mundo desde superficies minúsculas, invisibles para la mayoría, pero muy valiosas únicamente para los expertos, sus hermanos de pasión. Así los amantes de los libros conocían todos a Jakob Mendel. De la misma manera, para obtener una opinión sobre una partitura de música, había que consultar a Eusebius Mandyczewski, en la Gesellschaft der Musikfreunde: sentado tranquilamente, su pequeño prendedor gris sobre la cabeza, e inmerso en sus documentos o sus partituras, resolvía con una sonrisa los problemas más complejos en el momento en el que levantaba los ojos hacia su interlocutor. Todavía hoy en día, cuando alguien quiere informarse sobre el teatro y la cultura de la tradición vienesa, se dirige al viejo Glossy que lo sabe todo. Los muy ortodoxos bibliófilos vieneses peregrinaban con la misma evidencia y la misma confianza al café Gluck para visitar a Jakob Mendel cuando un problema les resultaba demasiado difícil de resolver. La asistencia a estas consultas era para mí, estudiante joven y curioso, una auténtica voluptuosidad.

Cuando se le presentaba a Mendel un libro de mediocre importancia, lo cerraba con rudeza al mismo tiempo que mascullaba con desprecio: «Dos coronas». En cambio, delante de un ejemplar único o raro, cejaba respetuosamente y lo colocaba con sumo cuidado encima de un folio blanco. Le daban vergüenza sus dedos sucios con las uñas negras, manchadas de tinta. Después hojeaba con delicadeza y prudencia el precioso volumen, hoja por hoja, lleno de una auténtica devoción. Nadie debía molestarle en ese momento, al igual que no se molesta a un verdadero creyente sumido en la oración. En efecto, esta forma de contemplar, de tocar, de oler y de sopesar el objeto se parecía en todos sus gestos a los ritos sagrados e inmutables de una ceremonia religiosa. Su espalda encorvada se balanceaba mientras emitía un gruñido sordo, se rascaba la cabeza y lanzaba extraños gritos arcaicos, a veces un ¡ah! prolongado y casi asustado, a veces un ¡oh! de admiración apasionada, otras veces un ¡oi! o un ¡oiweh! rápido y atemorizado, si faltaba una página o descubría una hoja roída por los gusanos. Finalmente sopesaba la encuadernación de piel con veneración, la olisqueaba, los ojos medio cerrados, y respiraba el olor del viejo en cuarto, feliz como una joven sentimental que admira un nardo. Obviamente, durante este proceso un poco lento y complicado, el dueño debía tomárselo con calma. Pero después de esta inspección, Mendel suministraba toda la información de la mejor gana, e incluso con entusiasmo. No dejaba de añadir anécdotas picantes y relatos extravagantes sobre la valoración que habían alcanzado ejemplares similares. En estos momentos parecía rejuvenecido, vigorizado. Una única cosa podía ponerle fuera de sí: el gesto generoso de algún novato de ofrecerle una recompensa por su peritaje. Se echaba atrás, ofendido, como un conservador de museos al que un americano de paso intenta sobornar. Hojear un libro raro significaba para Mendel lo mismo que un encuentro galante para otros. Estos momentos eran sus noches de amor platónico. Los libros eran los únicos que tenían un efecto sobre él, el dinero nunca. En vano grandes coleccionistas, entre ellos el fundador de la Universidad de Princeton, intentaron tomarlo como consejero o adquiridor, Jakob Mendel siempre los rechazó. No se le podía imaginar en ningún otro sitio que en el café Gluck. Pequeño, enclenque, con un ligero vello en la barbilla, el pelo con tirabuzones en la frente, había abandonado su provincia del Este hacía treinta y tres años, para estudiar en Viena con el objetivo de ser rabino. Pero muy pronto se había alejado de Jehová, el temible Dios único, para entregarse al atractivo politeísmo de los libros. Fue cuando se instaló en el café Gluck cuando se convirtió, poco a poco, en su oficina de correos, su sede, su universo. Como el astrónomo solitario contempla desde su observatorio, a través del minúsculo orificio del telescopio, miríadas de estrellas, y estudia cada noche sus desplazamientos misteriosos, las variaciones de sus posiciones respectivas, su resplandor alternativamente creciente o palideciendo, Jakob Mendel, sentado en su mesa del café Gluck, escudriñaba con sus gafas otro universo movedizo y cambiante, un mundo superior al nuestro, el mundo de los libros.

Le estimaban mucho en el café Gluck, cuya fama se debía mucho más a la cátedra invisible del pequeño librero que al hecho de llevar el apellido del genial compositor Christoph Willibald Gluck, creador de Alceste e Ifigenia. Mendel formaba parte del mobiliario, como la vieja barra de cerezo, los dos billares remendados y la máquina de café de cobre. Su mesa se vigilaba como un santuario. En efecto, el personal invitaba amablemente a sus numerosos clientes y a sus agentes de enlace a tomar una consumición, de manera que en realidad el principal beneficio de su trabajo iba a parar en la gran bolsa de cuero del camarero-jefe Deubler. A cambio, el librero Mendel gozaba de numerosos privilegios. Podía utilizar el teléfono gratuitamente, le guardaban su correo y se encargaban de sus recados. La buena anciana de los lavabos cepillaba su abrigo, cosía sus botones y llevaba todas las semanas su pequeño paquete de ropa sucia a la lavandería. Era el único cliente autorizado a hacerse traer la comida de mediodía del restaurante vecino; y, todas las semanas, el Sr Standhartner, el dueño, se acercaba en persona a su mesa para saludarle. (Es cierto que Mendel, inmerso en sus libros, le contestaba pocas veces.) A las siete y media en punto, por la mañana, entraba en el café que abandonaba por la noche, cuando apagaban las luces. No hablaba nunca con los otros clientes; no leía nunca los periódicos, tampoco notaba los cambios de su alrededor; un día, el Sr. Standhartner le preguntó educadamente si leía más cómodamente ahora que habían sustituido la luz vacilante de las farolas por lámparas eléctricas. Mendel alzó la cabeza, sorprendido, hacia las bombillas: a pesar de todo el jaleo y de los martillazos de una instalación que se había alargado varios días, no se había dado cuenta de nada. Era únicamente a través de los dos círculos de sus gafas, a través de esas lentes relucientes y absorbentes, que los billones de infusorios negros que son los caracteres de imprenta se infiltraban en su cerebro. Todo el resto no hacía otra cosa que pasar a su lado, como un jaleo intrascendente. De hecho había pasado más de treinta años aquí, en esta mesa, leyendo, comparando, calculando sin tregua, como en un sueño siempre reiniciado y sin otra interrupción que el sueño.

Es la razón por la que sentí que una especie de pavor me recorría cuando vi, reluciendo en la penumbra, y desnuda como una lápida, la mesa de mármol desde la que Jakob Mendel dispensaba sus oráculos. Fue sólo en ese momento, siendo más mayor, cuando entendí lo que significaba la desaparición de un hombre como él. Primero porque fenómenos como él se hacen cada día más escasos en nuestro mundo irremediablemente y cada vez más estandardizado. Después porque, cuando era muy joven, me había encariñado con una profunda intuición por el tal Jakob Mendel. Gracias a él, me había acercado por primera vez a un gran misterio: en la vida, todas nuestras creaciones originales y poderosas son el fruto de una concentración, de una monomanía sublime que un vínculo sagrado asemeja a la locura. Mejor que nuestros poetas contemporáneos, este pequeño librero totalmente desconocido había demostrado por su ejemplo al joven que yo era que una vida espiritual pura, el culto de una única idea, una contemplación tan profunda como la de un yogui hindú o de un monje de la Edad Media en su celda, podían todavía realizarse hoy en día, al lado de una cabina de teléfono y bajo la luz eléctrica de un café. ¡Y sin embargo, había sido capaz de olvidar a este hombre! Es cierto que la guerra había llegado, y que me había dedicado a mis propias obras con un ardor similar al suyo. Pero sentía hacia él, delante de esta mesa vacía, una especie de vergüenza, doblada de una fuerte curiosidad.

¿Qué había sido de él, por cierto? ¿Dónde podía estar? Llamé al camarero y le interrogué. No, lo sentía, no conocía al Sr. Mendel, no había nadie de este nombre entre los clientes del café. Pero quizás el camarero jefe sabía algo. Con la barriga echada hacia delante, y dándose aires de importancia, éste vaciló, reflexionó: no, él tampoco conocía a ningún Sr. Mendel, ¿pero igual quería hablar, por casualidad, del Sr. Mandel, que llevaba una mercería en la Florianigasse? Un sabor amargo me subió a los labios, el sabor de la vanidad de las cosas humanas. ¿Para qué vivir si el viento se lleva detrás de nosotros la última huella de nuestro paso? Durante más de treinta años, cuarenta quizás, un hombre había respirado, leído, pensado, hablado en estos pocos metros cuadrados, y luego tres o cuatro años o la llegada de un nuevo faraón habían bastado, para que nadie se acordara de José. ¡En el café Gluck ignoraban hasta el nombre de Jakob Mendel, del librero Mendel! Casi enfadado, pregunté al camarero jefe si podía hablar con el Sr. Standhartner, o si quedaba todavía alguien del antiguo personal de esa casa. ¡Oh! El Sr. Standhartner… Dios mío… hacia tiempo que había vendido el café, y había muerto. En cuanto al antiguo camarero jefe, se había retirado a una pequeña finca, cerca de Krems. ¡No, no quedaba nadie a quién pudiera preguntar! No obstante, sí… La Sra Sporschil estaba aquí todavía, la mujer de los lavabos… La Sra Chocolate, como decían vulgarmente. Pero, probablemente, no se acordaría de todos los antiguos clientes. Repliqué que no se puede olvidar a un Jakob Mendel y mandé que la hicieran venir.

Su pelo blanco desgreñado, frotando todavía sus manos rojas y húmedas con un trapo, la Sra Sporschil, manifiestamente hidrópica, salió con dificultad de su apartamento subterráneo. Sin duda acababa de fregar su oscuro antro o de limpiar las ventanas. A la vista de su apariencia poco segura, intuí que se sentía incómoda por haber sido convocada a la parte noble del café. La gente del pueblo, en Viena, piensa enseguida en la policía secreta cuando alguien desea interrogarles. Por lo tanto, me miró primero con desconfianza, de arriba abajo, de un ojo prudente y furtivo. No se esperaba nada bueno. Pero apenas hube preguntado por Jakob Mendel que se irguió bruscamente y me echo una mirada iluminada, casi resplandeciente.

«¡Dios mío! ¡El pobre Sr. Mendel! ¡Todavía existe alguien que se acuerde de él! ¡Sí, este pobre Sr. Mendel!» Casi lloraba de emoción, como las personas mayores, cuando se les recuerda su juventud y los buenos momentos que vivieron. Le pregunté si todavía vivía. «¡Dios mío, el pobre Sr. Mendel! ¡Hará cinco o seis años que murió, o más bien siete! ¡Y tan buena persona! Cuando pienso que le conocí durante tanto tiempo, más de veinticinco años, ya estaba aquí cuando llegué a esta casa. La manera en la que lo dejaron morir es una vergüenza.» Se animaba cada vez más y me preguntó si era un familiar suyo. Nunca nadie se había preocupado por él, nunca nadie había preguntado nada. De hecho, ¿cómo era que no supiera lo que le había pasado?

No, no sabía nada; se lo aseguré y le rogué que me lo contara todo. La buena mujer, tímida y avergonzada, seguía secando, de vez en cuando, sus manos húmedas. Me di cuenta de que le era incómodo quedarse aquí, de pie en medio del café, con su delantal sucio y su pelo desgreñado. De hecho se giraba de vez en cuando, a la derecha o a la izquierda, inquieta, para asegurarse de que algún camarero no la estaba escuchando. Le propuse que fuéramos a la sala de juegos, en el sitio que ocupaba Mendel antaño. Me lo contaría todo allá. Aceptó, agradecida, conmovida por mi comprensión, y se me adelantó. Seguí a esta anciana cuyo paso ya tambaleaba un poco. Los dos camareros, sorprendidos, adivinando entre nosotros alguna complicidad, nos siguieron con la mirada; algunos clientes también se asombraron a la vista de una pareja con tan poca armonía. Cuando nos sentamos a la mesa, me contó (y más tarde, otras informaciones completaron su relato) el triste final de Jakob Mendel, el librero de viejo.

– Bueno, pues, dijo, al principio de la guerra, e incluso más adelante, todavía venía aquí todos los días, a las siete y media de la mañana. Se sentaba aquí, en esta misma mesa, y durante todo el día, se sumergía en sus estudios, , como había hecho siempre. Todos tuvimos la misma sensación, lo comentábamos entre nosotros, que no se había dado cuenta para nada de que estábamos en guerra. Yo sabía, ¿verdad?, que nunca consultaba un periódico, y que no hablaba con nadie. Ni siquiera cuando los vendedores hacían un jaleo terrible gritando sus ediciones especiales y que todo el mundo se precipitaba, él se levantaba o prestaba atención. Tampoco se había dado cuenta de que Franz, el marcador, ya no estaba (había caído cerca de Gorlice), no sabía que el hijo del Sr. Standhartner había sido hecho prisionero en Przemysl. Nunca hizo la menor reclamación cuando el pan se volvió cada vez peor y que le tuvieron que servir un horrible brebaje de higos en lugar de su leche. Sólo una vez se sorprendió de que vinieran tan pocos estudiantes, fue todo. ¡Dios mío! El pobre hombre, nada le daba alegría o le preocupaba tanto como sus libros.

Pero un día llegó la desgracia. A las once de la mañana, en pleno día, un gendarme y un agente de la Secreta que enseñó la chapa que llevaba en la solapa, entraron y preguntaron si un tal Jakob Mendel frecuentaba este lugar. Les acompañó a la mesa del librero. Él creyó cándidamente que venían para venderle libros o en busca de información. Pero instaron a que se levantara y les siguiera. Fue una vergüenza para el café: todos los clientes rodearon al pobre Sr. Mendel. Plantado entre los dos tipos, sus gafas sobre la frente, miró alternativamente a uno y a otro, sin saber qué era lo que le querían. En cuanto a ella, le dijo al gendarme que probablemente se estaba equivocando, que un buen hombre como el Sr. Mendel no podía haber hecho nada malo, ni siquiera a una mosca. Pero el agente de la Secreta le gritó que no se entrometa en asuntos administrativos. Y se lo llevaron. No volvió en mucho tiempo, cerca de dos años. En ese mismo momento, no sabía, en realidad, qué le habían podido reprochar.
– Pero lo juro, dijo la buena anciana que se estaba acalorando, el Sr. Mendel no puede haber hecho nada malo. Los agentes se equivocaron, pondría la mano en el fuego. Cometieron un crimen al detener a un inocente, ¡un crimen!

Tenía razón, la buena señora Sporschil. Nuestro amigo Jakob Mendel, en realidad, no había cometido ningún crimen, sino, únicamente (supe el detalle mucho más tarde), una tontería inconcebible, conmovedora, inverosímil, en una época delirante, una tontería que sólo se puede explicar por su manera inaudita de vivir en otro planeta, ignorando todo el resto. Eso es lo que le pasó: en la oficina militar de la censura, encargada de vigilar la correspondencia de los países neutrales, habían interceptado un día una postal escrita, firmada y correctamente franqueada para el extranjero, por un tal Jakob Mendel. Pero, cosa increíble, estaba dirigida al país enemigo, a Jean Labourdaire, librero en París, quai de Grenelle. El tal Jakob Mendel se quejaba de no haber recibido los ocho últimos números mensuales del Bulletin Bibliographique de France, a pesar de haber pagado un año de suscripción por adelantado. El agente subalterno de la censura, un profesor de instituto cuya especialidad era los estudios romanos, y que habían disfrazado con el uniforme azul de los reservistas, no pudo creer a sus ojos al recorrer este documento. Vaya broma, pensó. Leía cada semana cerca de dos mil cartas para encontrar algún mensaje sospechoso o alguna huella de espionaje; pero nunca había tenido entre manos un hecho tan absurdo: una persona enviaba lisa y llanamente una carta de Austria a Francia, echaba tranquilamente una postal destinada a una país enemigo, como si las fronteras desde 1914 no estuvieran todas cosidas de alambre de espino y como si cada día Francia, Alemania, Austria y Rusia no se estuvieran suprimiendo mutuamente algunos miles de hombres. Es la razón por la cual colocó primero la tarjeta en un cajón, como una curiosidad, sin siquiera mencionarla. Pero, algunas semanas más tarde, otra carta llegó, dirigida esta vez al bookseller John Aldridge, London, Holborn Square, y de nuevo escrita por aquel extraño individuo llamado Jakob Mendel, que la había firmado por extenso y pedía que se le enviara los últimos números del Antiquarian. El profesor empezó a sentirse incómodo en su uniforme: ¿y si, al fin de cuentas, eso era un mensaje cifrado, escondido detrás de esta grosera broma? Se levantó, chasqueó los talones delante de su comandante y le puso las dos tarjetas encima de la mesa. Aquel hundió la cabeza entre los hombros y murmuró: ¡curioso, muy curioso! Primero mandó a la policía a investigar para establecer si el tal Jakob Mendel existía realmente. Una hora más tarde, Mendel era detenido y llevado titubeante de sorpresa delante del comandante. Irritado por el tono severo y sobre todo enfadado por haber sido molestado mientras leía un importante catálogo, Mendel contestó en tono casi grosero, que claro que había escrito estas tarjetas… que tenía derecho a reclamar una suscripción que ya estaba pagada. El comandante se giró hacia el subteniente sentado en la mesa vecina. Intercambiaron una mirada de complicidad: ¡este individuo estaba tocado! El comandante se preguntó a sí mismo si amonestaría simplemente al pobre tipo y lo mandaría a casa o si debía tomarse el caso en serio. Cuando un funcionario duda sobre una decisión que debe tomar, casi siempre redacta un acta. Un informe siempre viene bien. Si no sirve para nada, no perjudica. Es un trapo de papel cubierto de palabras que se junta con millones de otros trapos.

No obstante, en este caso, se perjudicó a un pobre diablo, porque al hacerle la tercera pregunta, un elemento fatídico fue destapado. Primero le preguntaron su nombre: Jakob, más exactamente Jainkeff, Mendel; su profesión: vendedor ambulante. (No tenía la licencia de librero, sino solo un permiso de venta ambulante.) La tercera pregunta trajo la catástrofe: ¿lugar de nacimiento? Jakob Mendel indicó una pequeña localidad cerca de Petrikau. El comandante frunció el ceño. Petrikau… ¿no estaba ubicado en la Polonia rusa, muy cerca de la frontera? ¡Sospechoso, muy sospechoso! Desde entonces, la investigación se hizo más severa: ¿cuándo había conseguido la nacionalidad austriaca? Mendel lo miraba fijamente, detrás de sus gafas, con parecido lúgubre y asombrado. No entendía bien. ¿Tenía papeles, certificados? Pero ¿dónde? ¡maldita sea!… No tenía otra cosa que su permiso de venta ambulante. La cara del comandante se arrugaba cada vez más: que diga por fin cuál era su nacionalidad. Su padre, ¿era austriaco o ruso? Y Mendel contestó con la mayor serenidad: – Ruso, por supuesto. ¿Y él?… Él, había cruzado la frontera de manera clandestina hacía treinta y tres años para escapar del servicio militar. Desde entonces, vivía en Viena. El comandante estaba cada vez más perplejo: ¿Cuándo había conseguido la nacionalidad austriaca? ¿Para qué? Nunca se había preocupado por estas cosas, respondió Mendel. – Entonces ¿todavía era ciudadano ruso? Y Mendel, al que el fastidioso interrogatorio aburría desde hacía rato, contestó con indiferencia: – Pues sí.

El comandante se echó atrás tan bruscamente que su sillón crujió. ¡Entonces era posible! ¡En 1915, después de Tarnow, después de la gran ofensiva, un ruso paseaba en plena guerra por Viena, capital de Austria, y además escribía cartas a Francia e Inglaterra sin que la policía se preocupara de él! ¡Y pensar que hay imbéciles para extrañarse en los periódicos de que Conrad von Hötzendorf no haya podido progresar de un golpe hasta Varsovia! ¡Y nuestro Estado Mayor se sorprende de que cada movimiento de tropas sea inmediatamente anunciado a los rusos por unos espías! El subteniente se había levantado también, se apostó delante del escritorio y la entrevista se convirtió en un interrogatorio riguroso: ¿Por qué no se había declarado inmediatamente como extranjero? Mendel, que no sospechaba nada todavía, contestó en su jerga judía un poco cantante: «¿Por qué de repente tendría que haberme declarado?» El comandante vio una provocación en esta repuesta interrogativa, y le preguntó en tono amenazante si había leído los bandos oficiales. ¿No? ¿Tampoco leía los periódicos? – No.

Los dos funcionarios quedaron estupefactos, como si un extraterrestre hubiera aterrizado en su despacho, y Jakob Mendel, perdiendo los estribos, empezaba a sudar. Entonces el teléfono sonó, las máquinas de escribir tintinearon, los plantones se precipitaron, y Jakob Mendel fue llevado a la cárcel de la guarnición en la que se quedaría hasta su transferencia, por el próximo convoy, a un campo de concentración. Cuando le intimaron a seguir a los dos soldados, los contempló atónito. No entendía lo que le querían, pero no estaba realmente preocupado. Después de todo, ¿por qué este hombre del cuello dorado, y voz tan dura, debería tener malas intenciones hacia él? En su mundo superior, el de los libros, en el que Mendel vivía, no había malentendido, no había guerra, sino un único deseo, siempre, el de conocer, de saber cada vez más palabras, más títulos y más nombres. Bajó por lo tanto la escalera muy tranquilamente, escoltado por dos soldados. En la comisaría de policía, sacaron todos los libros que llevaba en los bolsillos y confiscaron su cuaderno que contenía centenas de fichas y direcciones importantes. Fue solo en ese momento cuando se debatió furiosamente. Tuvieron que dominarle. Sus gafas, telescopio mágico que le vinculaba al mundo intelectual, cayeron y, desgraciadamente, se rompieron en mil pedazos. Dos días más tarde lo enviaron, vestido con su ligero abrigo de verano, al campo de concentración para civiles rusos cerca de Komárom.

No se conoce ningún testimonio sobre los sufrimientos morales que Mendel soportó en este campo durante dos años. Sin sus libros, sus queridos libros, sin dinero, rodeado en esta perrera para hombres de una multitud indiferente y grosera de analfabetos, era como un águila arrancada al éter, y al que le han cortado las alas. Pero poco a poco, el mundo, de vuelta de su locura, se da cuenta de que, de todos los actos criminales y crueles de la gran guerra, ninguno ha sido más insensato, más inútil, y por consiguiente, más inmoral que el hecho de reunir y hacinar, detrás de alambre de espino, a estos civiles extranjeros que habían sobrepasado la edad válida mucho tiempo atrás, y que, confiados con la hospitalidad, sagrada hasta para los Tunguses o los Mapuches, habían descuidado de huir a tiempo. Este crimen en contra de la civilización se había cometido, desgraciadamente, con la misma absurdidad en Francia, en Alemania, en Inglaterra, en cada pedazo de tierra de nuestra pobre Europa golpeada por la demencia. Como muchos otros inocentes en este parque humano, Jakob Mendel hubiera sin duda sido presa de la locura, o habría muerto miserablemente, llevado por la disentería, el agotamiento o la desesperanza, si un azar muy austriaco no le hubiera devuelto de improviso a su medio natural. Habían llegado a su dirección, en varias ocasiones desde su desaparición, cartas remitidas por altos personajes. El conde Schoenberg, antiguo gobernador de Estiria, coleccionista obstinado de obras de heráldica; el antiguo decano Siegenfeld de la Facultad de teología, que trabajaba sobre un comentario de San Agustín; el caballero de Pisek, almirante jubilado de ochenta años que no acababa de pulir sus Memorias, todos, sus fieles clientes, habían escrito varias veces a Jakob Mendel al café Gluck; y algunas de las cartas habían sido reenviadas al desaparecido en su campo de concentración. En aquel lugar, cayeron entre las manos de un capitán animado, por casualidad, por buenos sentimientos, que se sorprendió de las relaciones muy distinguidas de este pequeño judío sucio y medio ciego que, desde que le habían roto las gafas (y como no tenía dinero para comprarse otras), se quedaba en cuclillas en un rincón, mudo y gris como un topo. Un hombre que se relacionaba con tales personalidades no podía ser un hombre cualquiera. El capitán le permitió por lo tanto a Mendel a que respondiera a esas cartas y que pidiera a estos personajes que intercedieran en su favor. No le fallaron. Con la solidaridad apasionada de todo coleccionista, la Excelencia y el Decano jugaron de sus influencias y, gracias a sus avales reunidos, el librero Mendel pudo, después de una cautividad de dos años, volver a Viena en 1917, bajo la condición de que se presentaría todos los días a la policía. No obstante podía de nuevo moverse libremente, ocupar su pequeña buhardilla estrecha y vetusta, pasar delante de los escaparates de libros y, sobre todo, reinstalarse en el café Gluck.

La buena Sra Sporschil había asistido al regreso de Mendel al café, después de este infierno. Y me lo pudo contar fielmente: «Un día, ¡Jesús-María! No pude creer a mis ojos, se abrió apenas la puerta, se acuerda usted de como hacía siempre: lo justo para poder pasar. Y aquí estaba, todo tambaleante, el pobre Sr. Mendel. Llevaba un viejo abrigo militar zurcido, y, sobre la cabeza, algo que quizás había sido un sombrero, y que no habían tirado. Sin cuello, sin corbata, y una cara de desterrado, la tez gris, el pelo todo gris también, y tan flaco que daba pena verlo. Pero entra como si nada, no dice nada, no pide nada, se dirige hacia su mesa que está aquí, y quita su abrigo, pero no como antes rápidamente y con soltura, no, a grandes penas y resoplando mucho. Y no tiene, como siempre, los bolsillos llenos de libros; se sienta y mira recto delante, los ojos vacíos y con ojeras. Poco a poco, no obstante, cuando le trajimos un fajo de papeles que había llegado de Alemania para él, se puso de nuevo a leer. Pero ya no era el mismo hombre.

No, ya no era el mismo hombre. Había dejado de ser esta maravilla del mundo, este repertorio prodigioso de todos los libros. Todos los que le vieron en aquella época me lo dijeron con nostalgia. Algo en su mirada, antaño tan tranquila y segura, parecía estropeado; algo se había roto. La horrible cometa sangrienta había probablemente tropezado, en su carrera loca, con la estrella del alción apacible y tranquila de su universo libresco. Sus ojos acostumbrados durante decenas de años a los garabatos minúsculos de los caracteres de imprenta probablemente habían visto cosas aterradoras en el parque humano rodeado de alambre de espino. Sus párpados caían pesadamente sobre sus pupilas antaño tan móviles e irónicas; los ojos, tan vivos antes, dormitaban, cercados de rojo, detrás de unas gafas reparadas con hilo. Y más horrible todavía: en el edificio fantástico de su memoria un pilar había debido de ceder y toda la construcción se había hundido. Nuestro cerebro es en efecto tan sensible, estos engranajes, este aparato de precisión están hechos de una sustancia tan delicada, que una minúscula vena taponada, un nervio debilitado, una célula agotada, una molécula desplazada bastan para reducir al silencio la armonía universal de la mente más soberana. En la memoria de Mendel, las teclas de este teclado inigualable del saber ya no funcionaban. Cuando, de vez en cuando, una persona venía a pedirle un consejo, Mendel la miraba fijamente, y parecía perdido; ya no entendía bien y olvidaba rápidamente lo que le decían. Mendel ya no era Mendel, igual que el mundo ya no era el mundo. Ya no se mecía, cuando leía, en una concentración profunda. Se quedaba sentado, inmóvil, sus gafas maquinalmente clavadas en su libro. No se sabía exactamente si leía o dormitaba. A menudo, según contaba la Sra Sporschil, su cabeza se inclinaba pesadamente sobre el libro y se quedaba dormido en pleno día. A veces fijaba durante horas el pico maloliente de la lámpara de acetileno que habían puesto en su mesa, en la época en la que había carencia de carbón. No, Mendel ya no era Mendel. Ya no era una maravilla del mundo sino una miserable ruina, barba y ropa, que respiraba con dificultad, desparramada sobre su antiguamente pítico asiento. Ya no era la gloria del café Gluck. Ya no era más que un escándalo, un tipo mugriento, que apestaba, de aspecto asqueroso, un parásito molesto.

Esa era también la opinión del nuevo dueño, un tal Florian Gurtner, de Retz, que se había enriquecido durante la hambruna de 1919 especulando sobre la mantequilla y la harina, y luego había convencido al buen Sr. Standhartner para que le cediera el café Gluck por ochenta mil coronas-papel, cuyo valor se había derretido pronto. Como buen campesino enérgico, se puso manos a la obra y en poco tiempo hubo transformado el viejo café en un establecimiento elegante. Compró, en el mejor momento, con billetes malos, flamantes butacas, mandó hacer una entrada de mármol y ya estaba negociando para instalar una sala de baile en el local contiguo. Dado el rápido embellecimiento del sitio, obviamente le molestaba el parásito de Galitzia que ocupaba una mesa de la mañana a la noche sin consumir otra cosa que dos tazones de café y cinco panecillos. Es cierto no obstante que Standhartner le había especialmente recomendado su viejo cliente intentando explicarle qué tipo de personaje importante y singular era este Jakob Mendel: casi se lo había entregado junto con el inventario, como una servidumbre vinculada al establecimiento. Pero con los muebles nuevos y la caja de aluminio reluciente, Florian Gurtner había hecho suya la mentalidad basta de los generadores de ganancias, y sólo le faltaba un pretexto para limpiar su café, ahora selecto, de aquella última e inoportuna huella de la pobreza de los suburbios. La ocasión no tardó en presentarse, porque Jakob Mendel se encontraba en una muy mala situación: sus últimos billetes habían sido pulverizados por el molinillo de la inflación, sus clientes se habían dispersado. Ya no le quedaban fuerzas para subir las escaleras como un pequeño librero de viejo y comprar libros puerta a puerta. Ya no le quedaban recursos, lo cual se notaba por mil pequeños indicios. Pocas veces se hacía traer algo del restaurante de enfrente, tardaba más en pagar su café y su pan y, una vez, habían tenido que esperar tres semanas. El camarero-jefe había entonces querido echarle, pero la buena Sra Sporschil, compadeciéndose, había respondido por él.

Pero el mes siguiente, la desgracia se produjo. En varias ocasiones, el nuevo camarero-jefe había observado que sus cuentas de panadería no cuadraban. Cada vez más panecillos, pedidos y pagados por él, desaparecían. Por supuesto, sospechó inmediatamente de Mendel, porque el viejo y tambaleante repartidor se le había quejado varias veces de que hacía seis meses que Mendel no le pagaba y no conseguía sacarle un duro. El camarero-jefe redobló de vigilancia, y, dos días más tarde, lo pilló en el acto. Escondido detrás de la estufa, vio como Mendel se levantaba discretamente, iba a la sala de al lado, cogía rápidamente dos panecillos en la cesta y se los tragaba con glotonería. Cuando quiso que se los pagara, pretendió no haber comido ninguno. El misterio ya estaba aclarado. De inmediato, el camarero informó al Sr. Gurtner. Éste, encantado de tener por fin su pretexto, insultó al Sr. Mendel delante de todo el mundo, le llamó ladrón y, observando con ostentación que todavía no había llamado a la policía, le ordenó que se largase inmediatamente y para siempre. Jakob Mendel, temblando, no contestó, se levantó con dificultad y se marchó.

«Daba una pena, me dijo la Sra Sporschil recordando aquella partida. Nunca lo olvidaré. Las gafas sobre la frente, se levantó, blanco como un lienzo; ni siquiera tomó la pena de ponerse el abrigo, y estábamos en enero, ¿se acuerda?, aquel año de mucho frío. Con el miedo, olvidó su libro encima de la mesa; me di cuenta y quise correr detrás de él para dárselo; pero ya estaba fuera y no me habría atrevido a seguirle por la acera porque el Sr. Gurtner le estaba insultando y la gente se amontonaba. ¡Sí, era un escándalo! Me daba vergüenza hasta el fondo de mi alma. Nunca, en tiempos del viejo Sr. Standhartner, se habría producido una cosa parecida, nunca se habría echado a alguien sólo por haber robado unos panecillos. En su época, Mendel podría haber comido panecillos gratis hasta su último día. Pero ahí está, hoy en día, la gente ya no tiene corazón. ¡Echar a un cliente que ha venido aquí durante más de treinta años! ¡Era un auténtico escándalo! No quisiera tener que responder de eso delante del Señor, ¡eso no!»

La pobre mujer estaba toda agitada, y con la volubilidad apasionada de las personas mayores, no paraba de hablar de aquel escándalo, y de decir que con el Sr. Standhartner, eso no habría pasado. Le pregunté finalmente lo que había sido de nuestro Mendel, y si lo había vuelto a ver. Cada vez más emocionada, continuó de un tirón: «Me puede creer, cada día, cuando pasaba cerca de su mesa, se me partía el corazón. Siempre me preguntaba, a mi pesar, dónde estaba ahora, el pobre Sr. Mendel. Si hubiera sabido donde vivía, le hubiera traído algo caliente. Porque seguro que no tenía para calentarse ni para comer, y por lo que sabía, no tenía ninguna familia, a nadie en la tierra. Finalmente, como seguía sin tener noticias de él, pensé que nunca le volvería a ver, que ya debía de haber muerto. Ya me estaba preguntando si no debería encargar una misa para él: era tan bueno, y nos habíamos conocido durante más de veinticinco años.

«Pero una mañana temprano, a las siete y media, en febrero, estaba abrillantando la manilla de las ventanas, ¡se abre la puerta y entra Mendel! (¡Pensé que iba a caer tiesa!) Se acuerda usted, siempre entraba furtivamente, como incómodo. Pero esa vez era un poco diferente. Enseguida adivino que ya no tiene toda su razón. Tiene los ojos muy brillantes. ¡Dios mío, que aspecto miserable! ¡Sólo le quedaban la piel y los huesos! Enseguida me parece que algo no cuadra. Luego lo entiendo: el pobre hombre ya no se da cuenta de nada, pasea como un sonámbulo en pleno día, se ha olvidado de todo, el asunto de los panecillos y el escándalo cuando le echaron. Afortunadamente, el Sr. Gurtner no había llegado y el camarero-jefe estaba tomando su café. Me precipito, le explico que no debe quedarse aquí; de no ser así, el grosero personaje le volverá a echar.» Al decir esto, la Sr. Sporschil se giró, inquieta, y corrigió rápidamente. «Quiero decir el Sr. Gurtner. Entonces le llamo: «¡Señor Mendel!» Levanta los ojos hacia mí. Entonces, Dios mío, en ese momento fue horrible, todo debió de volverle a la memoria. Tiene un sobresalto y empieza a temblar, y no sólo de las manos: todo su cuerpo tiritaba, se veía en sus hombros. Luego vuelve hacia la puerta titubeando y cae sin conocimiento. Enseguida llamamos a los socorros que llegan sin tardar y se lo llevan, todo febril. La misma noche moría; una pulmonía de último grado, nos dijo el doctor, además de que ya no sabía muy bien qué hacía al volver una vez más al café. Algo le había empujado como un sonámbulo. Cuando uno se ha sentado cada día durante treinta y seis años a la misma mesa, vuelve a ella como al redil.»

Estuvimos aún mucho rato hablando de él, nosotros, los últimos que habíamos conocido a este hombre extraordinario: yo el joven al que había revelado, por primera vez, a pesar de la penosa existencia de pequeño microbio, la plenitud de una vida espiritual; ella, la buena señora de los lavabos que nunca había visto un libro, y cuyo único vínculo con aquel camarada del pobre mundo había sido de haber cepillado su abrigo y cosido sus botones durante veinticinco años. Y sin embargo nos entendíamos perfectamente delante de su vieja mesa abandonada, en comunión con su sombra que evocábamos juntos, porque el recuerdo une siempre, sobre todo si se trata de un recuerdo cariñoso. De repente, mientras estaba hablando, le vino una idea. «¡Jesús! ¡Qué mala memoria tengo! Todavía tengo el libro, el que se dejó antaño encima de la mesa. ¿Como podría habérselo devuelto? Y más tarde, como nadie lo reclamaba, pensé que me lo podía quedar de recuerdo. ¿No actué mal, verdad?» Fue rápidamente a buscarlo en su cuchitril. Me costó reprimir una sonrisa: porque el destino, siempre bromista, y a veces irónico, a menudo mezcla con malicia lo cómico a los acontecimientos más conmovedores. Era el segundo volumen de la Bibliotheca Germanorum erotica et curiosa de Hayn, este volumen de literatura galante que conocen bien todos los bibliófilos. ¡Había tenido que ser precisamente este catálogo escabroso, habent sua fata libelli, el que cayera entre estas manos arrugadas, enrojecidas y agrietadas, y estas manos ignorantes no habían cogido nunca otra cosa que libros de oraciones! Me costó reprimir la sonrisa que se me subía a los labios y esta indecisión turbó a la mujer que me preguntó si era una obra rara o si, a mi parecer, se lo podía quedar.

Le apreté la mano cariñosamente. «¡No se preocupe, quédeselo! Nuestro viejo amigo Mendel sería muy feliz de saber que al menos una entre las miles de personas a las que proporcionó un libro todavía se acuerda de él.» Y me fui, un poco avergonzado frente a esta buena anciana que había permanecido fiel a este muerto, de una manera tan sencilla y sin embargo tan humana. Porque ella, que no había estudiado, había conservado un libro por lo menos, para mejor acordarse de él. Mientras que yo, había olvidado a Mendel durante años, yo que debería no obstante saber que sólo se hacen libros para conservar un vínculo con los hombres más allá de la muerte y para defendernos de esta manera contra el enemigo más implacable de toda vida: el tiempo que pasa y el olvido.

Traducido por Christine Sétrin a partir de la traducción francesa de Manfred Schenker (1883-1929). Septiembre 2014.


Este trabajo está bajo una licencia de Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 Unported.

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