¡Preparados, listos,… ya! Antología de la literatura de deportes desde la Antigüedad hasta el siglo XX (2)

¡Preparados, listos,… ya! Antología de la literatura de deportes desde la Antigüedad hasta el siglo XX (2)

Dossier elaborado por Christine Sétrin, con la colaboración de Ángel Pozo.

Con ¡Preparados, listos,… ya!, Tesoros Digitales les invita a un ambicioso programa de puesta en forma deportivo-literaria. Desde los tiempos más antiguos hasta las primeras décadas del siglo XX, repasaremos la historia de la literatura deportiva a través de ensayos, poesías y, sobre todo, cuentos y novelas sobre las disciplinas más variadas, como, por ejemplo, el atletismo, el patinaje, la natación, el boxeo o, por supuesto, el ciclismo.

Como siempre en Tesoros Digitales, les ofreceremos una amplia selección de obras que podrán descargar libre, legal y gratuitamente o leer en línea.

Índice:

A pie, a caballo, con dos o cuatro ruedas… ¡Correr!

Joaquín Sorolla – El Maratón de Nueva York (1911)

Ilustración: The Athenaeum.

Jean de La Fontaine – Le Lièvre et la Tortue, ilustración de Laura Valentine (ca. 1870)

«De nada sirve, á veces, correr mucho, Si no se parte á tiempo. — Lo comprueban La Liebre y la Tortuga. — «¿Qué apostamos, (Ésta la dixo á la otra) que no llegas, Tan pronto como yo , que soy pesada, A tocar aquel árbol?» — «Usted sueña, (La respondió la Liebre corredora) Comadre, calle usted, y no sea necia.» «Necia, ó no (la responde) ya lo he dicho.» Últimamente, hicieron una apuesta. Poco importa saber lo que apostaron, Ni si asistió algun juez á su contienda. Eran, para la Liebre, quatro pasos No mas ; pero de aquellos pasos que ella Suele dar, quando Galgos la persiguen, Y los dexa burlados sin la presa. Teniendo tiempo, pues, para pasearse, Comer, beber, dormir, y otras haciendas, En práctica lo puso muy confiada, Y dexó a la Tortuga que anduviera Con su paso lentísimo. – No ostante, Sin cesar caminaba, aunque tan lenta. La Liebre despreciaba la victoria, Creyendo con orgullo, que no la era Decoroso correr hasta muy tarde. En fin, quando ya vió que estaba cerca Del árbol la Tortuga, como un rayo Tomó hacia el punto dicho la carrera ; Pero fueronla inútiles sus saltos. La Tortuga llegó primero que ella, Y la dixo: «¿Qué tal, señora Liebre? ¿De qué la sirve a usted su ligereza?» Jean de La Fontaine, La Liebre y la Tortuga (texto en francés, 1678)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Secuencia animada de la marcha, por Eadweard Muybridge (1887)

Capacidad adquirida por los Australopitecos hace unos cuantos millones de años, perfeccionada por el Homo para mejorar su rendimiento en la caza, la carrera a pie se convirtió en disciplina deportiva y competitiva en las fiestas religiosas de la Antigüedad. Desde entonces, el hombre no ha parado de inventar maneras de correr siempre más rápido, tanto para sus desplazamientos cotidianos como para competir con sus congéneres. Si las carreras de caballo y de carros arrastrados por animales han sido durante siglos las competiciones más comunes, el siglo XIX vio aparecer dos vehículos nuevos que revolucionaron tanto el transporte como el deporte: la bicicleta y el automóvil.

Pero, antes de adentrarnos en el mundo de las carreras deportivas vistas por los autores literarios, tenemos que dedicar unas líneas a una disciplina mucho más pacífica y filosófica: el arte de caminar.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Una actividad física saludable: el arte de caminar

Mayer – Retrato de Jean-Jacques Rousseau (S. XVIII)

Si Jean-Jacques Rousseau no fue el primero en vincular la marcha con el pensamiento, fue no obstante el primero en reflexionar, en escritos como Émile, ou De l’éducation (Emilio, o La Educación, audiolibro en francés, 1762) o Les Rêveries du promeneur solitaire (Las Ensoñaciones del paseante solitario, audiolibro en francés, 1782), sobre el significado de la marcha, dándole una dimensión que hará escuela entre los románticos: nos hace más cercanos a la naturaleza y a lo auténtico, nos hace libres, estimula nuestro pensamiento y mejora nuestra salud.

Ilustración: Gallica.

Jean-Jacques Rousseau – Émile, ou De l’éducation (1774)

«Un solo modo concibo de viajar más agradablemente que a caballo, que es andar a pie. Sale uno cuando quiere, se para cuando se le antoja, anda tan poco camino como le acomoda. Observa todo el país, se aparta a izquierda y a derecha, examina cuanto le interesa, se detiene en todos los puntos de vista. Si veo un río, sigo su corriente ; si un espeso bosque, voy gozando de su sombra, una cantera, examino los minerales. Donde me divierto me paro ; así que me aburro me voy. No dependo ni de caballos, ni de postillón: no necesito escoger caminos trillados, veredas cómodas ; por todas partes por donde puede pasar un hombre, paso yo ; todo cuanto puede ver un hombre, lo veo ; y pendiendo solo de mí propio, disfruto cuanta libertad puede uno disfrutar. Si me detiene el mal tiempo, y me aburro, tomo entonces caballos. Si estoy cansado. […] Viajar a pie, es viajar como Tales, Platon, Pitágoras. Apenas comprendo como se puede resolver un filósofo a viajar de otro modo, y estorbarse el examen de las riquezas que bajo sus plantas huella, y que a sus ojos pródiga la naturaleza ostenta.»

Ilustración: Internet Archive.

John Frederick Kensett – The Walking Tour (ca. 1847-1851)

Publicado por primera vez en 1862, Walking (Caminar, audiolibro en inglés) es una conferencia que pronunció su autor, el americano Henry David Thoreau (1817-1862), en 1851. Anterior a Walden; or, Life in the Woods (Walden, la vida en los bosques, 1854), Walking es una de las obras fundamentales del trascendentalismo. En este ensayo, Thoreau explica la importancia de la naturaleza para la humanidad, aunque cada vez más vivamos alejados de ella y atrincherados por la sociedad. En la opinión del filósofo estadounidense, la marcha es un acto espiritual auto-reflexivo que sólo puede producirse cuando uno está lejos de la sociedad: le permite conocerse a sí mismo y descubrir rasgos de su personalidad que han sido ocultados por la sociedad.

Ilustración: The Athenaeum.

«La verdad es que hoy en día no somos, incluidos los caminantes, sino cruzados de corazón débil que acometen sin perseverancia empresas inacabables. Nuestras expediciones consisten sólo en dar una vuelta, y al atardecer volvemos otra vez al lugar familiar del que salimos, donde tenemos el corazón. La mitad del camino no es otra cosa que desandar lo andado. Tal vez tuviéramos que prolongar el más breve de los paseos, con imperecedero espíritu de aventura, para no volver nunca, dispuestos a que sólo regresasen a nuestros afligidos reinos, como reliquias, nuestros corazones embalsamados. Si te sientes dispuesto a abandonar padre y madre, hermano y hermana, esposa, hijo y amigos, y a no volver a verlos nunca; si has pagado tus deudas, hecho testamento, puesto en orden todos tus asuntos y eres un hombre libre; si es así, estás listo para una caminata.»

Carl Spitzweg – El Paseo del domingo (S. XIX)

Ilustración: Wikimedia Commons.

John Muir en 1907

En el siglo XIX y a principios del XX, destacaron dos tipos de escritores-caminantes. Por una parte, tenemos a los viajeros que, siguiendo las filosofías de Rousseau o Thoreau, emprenden expediciones turísticas pedestres. Así, por ejemplo, Gustave Flaubert (1821-1880) y su amigo Maxime Du Camp (1822-1894), mochila al hombro, recorrieron Bretaña en verano de 1847 con la idea de compartir la redacción de sus impresiones de viaje que se publicarían en 1881, en un volumen titulado Par les champs et par les grèves (Por los campos y por las playas). Otro escritor famoso que recorrió a pie una región francesa fue el escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894) y relató sus aventuras en Travels with a Donkey in the Cévennes (Viajes con una burra por las Cevenas, audiolibro en inglés, 1879): doce días en otoño de 1878, cerca de doscientos kilómetros en compañía de la burra Modestine de la que, a pesar de unas relaciones difíciles los primeros días, acabará encariñándose. Emprendida para olvidar una ruptura amorosa, la expedición, además de ofrecerle un recorrido por las tierras en la que transcurrió la guerra de los camisardos a principios del siglo XVIII, fue para Stevenson un viaje iniciático y espiritual. Nacido en Escocia, emigrado a Estados Unidos, John Muir (1838-1914) fue uno de los primeros naturalistas modernos, un militante de la protección de la naturaleza cuyos escritos y filosofía influenciaron los inicios de la ecología. Publicó relatos de sus viajes y exploraciones, además de ensayos filosóficos. Publicado en 1916 de manera póstuma, A Thousand-Mile Walk to the Gulf (Una caminata de mil millas hacia el Golfo, audiolibro en inglés) es el relato del viaje de 1500 km, recorridos a pie en 1867, entre Indianápolis y la Florida, y que le sirvió para asentar las bases de su pensamiento ecologista.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Robert Louis Stevenson – Travels with a Donkey in the Cévennes, frontispicio de Walter Crane (1879)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Louis Adrien Huart – Physiologie du flâneur (1841)

Otros caminantes literarios son los flâneurs, paseantes callejeros indolentes que deambulan sin rumbo ni más objetivo que el de abrirse a las impresiones que se les presentan. Tipo literario ineludible del siglo XIX francés, testigo privilegiado de los grandes cambios urbanos modernos, fue disecado en tono humorístico por el periodista y escritor Louis Adrien Huart (1813-1865) en el volumen Physiologie du flâneur (Fisiología del flâneur, 1841), antes de ser retratado en 1863 por Charles Baudelaire (Le Peintre de la vie moderne) y de convertirse, a principios del siglo XX, en un concepto filosófico desarrollado por Georg Simmel (1858-1918) y Walter Benjamin (1892-1940) (Passagen-Werke, 1927-1940), en un contexto de modernidad, urbanismo y cosmopolitismo.

Ilustración: Gallica.

El escritor-flâneur no es un tipo específicamente parisino y varios grandes nombres de la literatura universal nos han legado el producto de sus flâneries.

Gustave Caillebotte – Una rotonda, bulevar Hausmann (ca. 1880)

Aquejado de insomnio, Charles Dickens (1812-1870) solía recorrer Londres a pie por las noches, deambulando por las calles y observando la vida nocturna de los barrios más humildes. Estas experiencias constituyeron una valiosa materia prima para la composición de sus novelas. Pero fueron también relatadas en los artículos de la sección The Uncommercial Traveller (El Viajante poco comercial, audiolibro en inglés, 1860-1861) de su revista All Year Around. Uno de estos artículos es Night Walks (Paseos nocturnos), evocador relato de un largo recorrido nocturno en solitario por las calles de Londres… Le Flâneur des deux rives (El Paseante de las dos orillas), es uno de los últimos escritos del francés Guillaume Apollinaire (1880-1918) y fue publicado pocos meses después de su muerte. Está compuesto de una serie de crónicas en las que el poeta evoca sus paseos por un París insólito, en busca de reminiscencias de lugares curiosos, de artistas – famosos u olivados -, y de personajes pintorescos. Escritor y traductor alemán, Franz Hessel (1880-1941) fue unos de los máximos exponentes en Alemania de la flânerie. Spazieren in Berlin (Paseos en Berlín, 1929) es una colección de ensayos en los que Hessel hace evolucionar el concepto filosófico en un auténtico género literario, ofreciendo un retrato en pinceladas de la ciudad en el que cada detalle arquitectónico, cada cartel o la cara de cada transeúnte constituye un símbolo o una alegoría. «Caminar sola por Londres es el mejor de los descansos.» Esta frase del diario de Virginia Woolf (1882-1941) sintetiza las impresiones recogidas en Street Haunting (Paseos por Londres, grabación radiofónica), un ensayo en el que la escritora imagina, al azar de sus flâneries por la ciudad, las vidas de las personas con las que se cruza… Este volumen se publicó en 1930, dos años antes de la novela Mrs Dalloway, en la que el recorrido de la protagonista por Londres efectuando diversos recados sirve para conectar entre ellos a los personajes. Poeta enamorado del alma parisina, flâneur capaz de descubrir tesoros escondidos en las calles anónimas, Léon-Paul Fargue (1876-1947) ha quedado para la posteridad «el peatón de París», según su obra publicada en 1939, Le Piéton de Paris. Toda la poesía del París de entre guerras, con sus bulevares, sus estaciones y sus music-halls…

Ilustración: The Athenaeum.

Robert Delaunay – Marcheurs (ca. 1920)

Ilustración: The Athenaeum.

Robert Walser – Der Spaziergang (1917)

Más lecturas (que no han entrado todavía en el Dominio Público)

  • Der Spaziergang (El Paseo, 1917), de Robert Walser (1878-1956)
  • The Athlete’s Conquest : The Romance of an Athlete (La Conquista del atleta: el romance de un atleta, 1901), de Bernarr Macfadden (pseudónimo de Bernard Adolphus McFadden, 1868-1955)
  • Sportive (Deportista, 1925), de Marthe Bertheaume
  • Las Calles siniestras y otros artículos y ensayos de Pío Baroja (1872-1956)
  • Tribulations d’une championne (Tribulaciones de una campeona, 1933), de Ernest Hartmann

Ilustración: Project Gutenberg.

La «más noble conquista del hombre», su vehículo de predilección

«No ha hecho el hombre más noble conquista que la de este fiero y fogoso animal con quien divide las fatigas de la guerra y la gloria de los combates.» Georges-Louis Leclerc, comte de Buffon (1707-1788)

Thomas Stringer – A Bay Horse, « Chance », and a Jockey (S. XVIII)

Ilustración: The Athenaeum.

Francesco Nenci – El Palio de Siena (1818)

Además de compañero de armas, el caballo ha sido durante siglos el vehículo de predilección del hombre. Y como quien dice vehículo, dice competición, desde tiempos inmemoriales el hombre ha organizado todo tipo de carreras de caballos. Ya hemos evocado, en el capítulo anterior, las carreras de carros en el circo romano o las justas medievales. En la Edad Media, se popularizaron las carreras de caballos en las calles de las ciudades, siendo el palio italiano una de estas prácticas más famosas.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Los orígenes del deporte hípico moderno se remontan al siglo XVII, convirtiéndose en una vieja disputa de los reyes de Francia y de Inglaterra el reivindicar la paternidad de esta disciplina. Los hipódromos se fueron multiplicando en los dos lados del Canal de la Mancha a partir del siglo XVIII y, a mediados del XIX, las carreras de caballos fueron uno de los espectáculos más populares, al mismo tiempo que las apuestas se iban extendiendo de manera exponencial. En literatura, ingleses y franceses son los que más novelas han producido sobre el oscuro mundo del turf, e incluso algunos autores se especializaron en este género tan particular.

George Whyte-Melville – Kate Coventry, an autobiography, ilustración de H.M. Brock (1901)

George Whyte-Melville (1812-1878) fue uno de ellos. Antiguo militar, este fecundo novelista escocés se convirtió en el retratista de la vida deportiva de la sociedad británica a mediados del siglo XIX. Sus novelas, protagonizadas por diversos personajes recurrentes, se ambientan esencialmente en el mundo so british de las cazas de montería. Kate Coventry, an autobiography (Kate Coventry, una autobiografía, 1856), por ejemplo, cuenta las aventuras de una joven demasiado intrépida, más adepta de las carreras con su caballo que de los hobbies propios de una señorita de la alta sociedad victoriana. Satanella: A Story of Punchestown (Satanella: una historia de Puncheston, 1873) es otra novela sobre carreras de caballos y cazas, protagonizada por dos heroínas que comparten el mismo nombre, además de trepidantes aventuras, antes de acabar juntas en un trágico desenlace : la joven Miss Douglas y su yegua pura sangre, favorita de los steeplechase.

Ilustración: Internet Archive.

Crafty – Sur le turf (1899)

Ilustrador y humorista, Crafty (pseudónimo de Victor Eugène Géruzez, 1840-1906) colaboró en diversos periódicos antes de publicar sus primeros álbumes de bocetos de la vida parisina. Su especialidad fueron los libros sobre caballos, tanto en el mundo del turf como en la caza de montería. Entre sus títulos, podemos citar: Paris à cheval (París a caballo, 1883), La Province à cheval (La Provincia a caballo, 1885), L’Équitation puérile et honnête, petit traité à la plume et au pinceau (La Equitación pueril y honrada, 1886), La Chasse à courre, notes et croquis (La Caza de montería, notas y bocetos, 1888), Paris sportif. Anciens et nouveaux sports (París deportivo. Antiguos y nuevos deportes, 1896) y Sur le Turf. Courses plates et steeple-chases (Sobre el turf. Carreras llanas y steeple-chases, 1899), completísimo tratado sobre las carreras hipicas en el que el autor intercala historietas ilustradas llenas de humor que contrastan con la seriedad del texto.

Ilustración: Internet Archive.

Craty – Paris, concours hyppique (1869)

Ilustración: Bibliothèques de Bordeaux, Gallica.

Giuseppe de Nittis – Las Carreras en Longchamp (1883)

Prolífico autor de más de sesenta novelas y folletines, Fortuné du Boisgobey (1821-1891) es recordado como uno de los precursores de la novela policíaca. Pero, más allá de las intrigas detectivescas, las novelas de este autor muy popular en su tiempo constituyen un documentado fresco de la sociedad francesa del último cuarto del siglo XIX. Las novelas Le Plongeur: scènes de la vie sportive (El «Plongeur»: escenas de la vida deportiva, 1889) y Le Fils du Plongeur: scènes de la vie sportive (El Hijo del «plongeur»: escenas de la vida deportiva, 1890) forman un díptico sentimental en el que hipódromos y cuadras sirven de telón de fondo, y las anécdotas y secretos sobre caballos, jockeys y apuestas dan al relato su toque exacto de autenticidad. Nota: en la jerga del turf, «plongeur» (literalmente, «buceador») es el que apuesta importantes cantidades de dinero, llegando a arriesgarse a la ruina para lograr mayores ganancias.

Ilustración: The Athenaeum.

Fred Archer

No hemos podido encontrar información sobre G. Saintyves (18?-19?), autor de À la cravache ! : roman de sport (Al crop !: novela de deportes, 1889). Existió, por la misma época, otro G. Saintyves, autor de varios tratados de descripciones geográficas, pero no hay ningún índice que nos permita establecer una relación entre los dos autores. À la cravache es una novela sobre las carreras hípicas, con un toque de intriga policíaca. A su publicación, en 1889, los críticos alabaron su actualidad, haciendo referencia a la trágica muerte del popular jockey inglés Fred Archer (1857-1886): conocido como «el mejor jinete que el césped haya conocido nunca», fue campeón de su disciplina durante trece años consecutivos, estableciendo récords que permanecieron inigualados durante décadas. Con apenas treinta años, desgastado por las severas dietas a las que estaba obligado y enfermo, se suicidó de un disparo, en el segundo aniversario de la muerte en parto de su esposa.

Ilustración: Internet Archive.

Arthur Conan Doyle – Silver Blaze, ilustración de Sidney Paget (1892)

Además de ser una de las aventuras más famosas de Sherlock Holmes, The Adventure of Silver Blaze (Estrella de plata, audiolibro en inglés, 1892) tiene dos características particulares: es la única historia en la que se menciona que Sherlock lleva una cervadora, aquella gorra inseparable de la figura del detective en el imaginario popular. Por otra parte, es en esta aventura que a Sherlock le parece extraño que el perro no haya ladrado durante la noche, recurso abundantemente reutilizado en la literatura policíaca… Sherlock Holmes y Watson investigan en Dartmoor sobre la desaparición de Estrella de plata, el caballo de carreras del coronel Ross, y sobre la muerte de su entrenador, John Straker…

Ilustración: The Arthur Conan Doyle Encyclopedia.

Arthur Conan Doyle – Silver Blaze, ilustración de Sidney Paget (1892)

«Silver Blaze es hijo de Jsonomy, y tiene, como su padre, una carrera brillantísima. Desde hace cinco años ha triunfado continuamente, y el coronel Ross, su afortunado propietario, se ha enriquecido a costa suya. Además era el favorito del público de las carreras, y, como siempre justificó en absoluto esta predilección, había apostadas sobre él grandes cantidades. Se comprende, pues, que haya bastantes personas que tengan interés en que no se presente Silver Blaze el martes próximo en el hipódromo.»

Ilustración: The Arthur Conan Doyle Encyclopedia.

Henry Hawley Smart – The Plunger (1891)

Oficial del ejército británico en Canadá, Henry Hawley Smart (1833–1893) renunció a las armas en 1864. Sus pérdidas en el turf fueron el desencadenante de su carrera como novelista, especializándose en historias militares, sobre la caza o las carreras de caballos. Criticadas por la pobreza de sus intrigas y por su estilo, las novelas de Smart destacaron no obstante por el realismo de las escenas inspiradas en sus propias vivencias en el ejército y en los hipódromos. Entre sus cerca de cuarenta obras publicadas, podemos citar: A Race for a Wife (Una carrera por una esposa, 1872), Bound to Win: A Tale of the Turf (Obligado a ganar: una historia del turf, 1877), From Post to Finish: a novel (Del poste al final, 1884), Hard Lines : a Novel (1884), The Outsider (1886), Cleverly Won. A Romance of the Grand National. A Novelette (Ganado con astucia, 1887), The Pride of the Paddock (El Orgullo del paddock, 1888), The Plunger: A Turf Tragedy of Five-and-Twenty Years Ago (El Buceador, una tragedia del turf de hace veinticinco años, 1891), A Racing Rubber (1895)…

Ilustración: Internet Archive.

Henry Hawley Smart – Hard Lines (1884)

Ilustración: Internet Archive.

Henry Hawley Smart – A Race for a Wife (1892)

Ilustración: Internet Archive.

Henry Hawley Smart – From Post to Finish (1885)

Ilustración: Internet Archive.

Nat Gould – The Roar of the Ring (1900)

Ilustración: Internet Archive.

Nat Gould – Bred in the Bush (1906)

Ilustración: Internet Archive.

Nat Gould – Jockey Jack (1896)

Ilustración: Internet Archive.

Nat Gould – The Famous Match (1898)

La muerte prematura del padre de Nat (Nathaniel) Gould (1857-1919) llevó al joven británico a ejercer diversos oficios antes de emigrar a Australia en 1884, donde trabajó como periodista para varios diarios. Además de sus artículos, empezó a publicar novelas por entregas en el diario Referee. La publicación en Inglaterra en 1891 de su primera novela fue un éxito de ventas. Volvió a su tierra natal en 1895 y se convirtió en un escritor muy popular y prolífico (se le atribuyen más de 130 novelas), llegando a publicar hasta cuatro libros cada año. A pesar de la poca originalidad de sus intrigas, sus historias estaban suficientemente bien construidas como para enganchar y fidelizar a sus lectores, además de interesar a productores y directores de cine, siendo adaptadas siete de sus títulos entre 1916 y 1920. Entre sus temas de predilección, las carreras de caballos constituyen el telón de fondo de numerosas novelas de Nat Gould, que también escribió un ensayo sobre el turf en Australia (On and Off the Turf in Australia, 1895) y una autobiografía en la que evoca su interés por los deportes, The Magic of Sport: mainly autobiographical (La Magia del deporte: esencialmente autobiográfica, 1909). Algunas de sus novelas hípicas: Jockey Jack (1892), Running it off; or Hard Hit: An Enthralling Story of Racing, Love and Intrigue (1892), Seeing Him Through: A Racing Story (1897), Golden Ruin (1898), The Famous Match (El Famoso Partido, 1898), A Gentleman Rider: A Tale of the Grand National Routledge (Un jinete gentleman, 1898), The Roar of the Ring (El Rugido de la pista, 1900), Settling Day (1900), Sporting sketches : being recollections and reflections on a variety of subjects connected with sport horses and horsemen, never before published (Bocetos deportivos: colección y reflexiones sobre temas diversos relacionados con deportes hípicos, 1900), Raymond’s Ride (La Carrera de Raymond, 1903), The Runaways: A New and Original Story (Los Fugitivos, 1903), Bred in the Bush (Criado en el bush, 1904), The Rajah’s Racer (El Corredor del rajah, 1905), Fast as the wind (Veloz como el viento, 1918), The Sweep Winner (1920, póstumo)…

Ilustración: Internet Archive.

Rey de los juegos y juego de los reyes: el polo

George Wesley Bellows – Crowd at the Polo Game (1910)

Ilustración: The Athenaeum.

El rey Alfonso XIII en un partido de polo en Deauville (1922)

Una inscripción persa grabada en una piedra encontrada cerca de un antiguo terreno de polo en el Gilgit (Pakistán) resume el sentimiento de los jugadores de este deporte: «Dejemos que los demás practiquen otros juegos ; el rey de los juegos es siempre el juego de los reyes». En efecto, desde su aparición en las estepas de Asia central hace más de 2500 años, el polo no ha dejado de ser un deporte reservado a cierta élite, simplemente por el hecho de que poseer un caballo nunca ha estado en las posibilidades económicas de cualquiera.

Ilustración: Gallica.

Juego de polo en Persia (S. XVII)

Evocado en textos de la literatura persa de la Edad Media (Shāhnāmé, o Libro de los Reyes, texto en inglés, S. IX), el polo es un deporte ecuestre que se practicó en distintas regiones de Asia antes de ser adoptado, a mediados del siglo XIX, por la aristocracia colonial británica y exportarse al resto del mundo, esencialmente en los antiguos territorios británicos, pero también en Estados Unidos o Argentina.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Rudyard Kipling – The Maltese Cat, ilustración de Stuart Tresilian (1932)

Y es precisamente del viejo imperio británico que nos llegaron los dos textos literarios sobre el polo: un poema del australiano Andrew Barton «Banjo» Paterson (1864-1941) y un cuento ambientado en la India sobre la que tanto ha escrito Rudyard Kipling (1865-1936). The Geebung Polo Club (El Club de polo de Geebung, audiolibro en inglés, 1893) es uno de los títulos más conocidos de Banjo Paterson, el poeta y retratista de la vida rural en el bush australiano. En esta obra, Paterson describe un épico partido de polo entre dos equipos locales, uno compuesto de hijos de las montañas, robustos hombres y ponis indígenas, y otro procedente de la ciudad, con uniformes y ponis elegantes… The Maltese Cat (El Gato maltés, 1893) es en realidad un pequeño caballo de Malta cuyo oficio consiste en arrastrar un carro, día tras día. Cuando un oficial del ejercito británico se lo lleva a la India y lo adiestra para el polo, el Gato maltés se convierte en el héroe de su equipo… Narrado en primera persona por el propio Gato maltés, un cuento de Rudyard Kipling lleno de humor con un toque de fantástico…

Ilustración: Internet Archive.

Hiroshige – Partido de polo (1877)

Ilustración: Wikimedia Commons.

The Riding Master (El Maestro de equitación, 1910) es una novela de la escritora inglesa Dolf Wyllarde (pseudónimo de Dorothy Margarette Selby Lowndes, 1871-1950), prolífica autora de novelas sentimentales y de aventuras. El protagonista de esta novela más psicológica que deportiva es el profesor de una escuela de equitación londinense a la que acude la alta sociedad. En sus clases se suceden los alumnos, cada uno con su carácter, sus preocupaciones, su vida, pero la misión del Riding Master no consiste en solucionar los problemas de sus alumnos, sino en enseñarles a montar correctamente a caballo y adiestrar a los animales…

Arthur Wright – A Colt from a country (1921)

A menudo comparado con Nat Gould, Arthur Wright (1870-1932) fue un escritor australiano, esencialmente recordado por sus novelas sobre carreras hípicas y, en general, sobre deportes. A pesar de su gran popularidad, nunca dejó de trabajar (después de ejercer diversos oficios, trabajó como estibador en el puerto de Sidney hasta su muerte) y de considerar la escritura como un hobby al que se dedicara en sus ratos libres. Su primera novela, Keane of Kalgoorlie, or a Story of the Sydney Cup (Keane de Kalgoorlie, o Una historia de la Copa de Sidney, 1911) es una historia de amor que se ambienta en las carreras hípicas de Sidney. Su éxito fue tal que fue adaptada al cine el mismo año de su publicación. Desgraciadamente, a pesar de ser un autor muy prolífico y muy popular, las obras de Arthur Wright son difíciles de encontrar en versión digital. Algunas de ellas están disponibles en las versiones por entregas que publicaron los periódicos australianos de la época. El artículo en inglés de Wikipedia sobre Arthur Wright y los artículos conexos sobre sus obras ofrecen los enlaces hacia estas páginas de periódicos digitalizados.

Ilustración: Trobe, National Library of Australia.

Henri de Toulouse-Lautrec – Le Jockey (1899)

Ilustración : Wikimedia Commons.

Mario Bravo – Hipódromo (1918)

Presentada en la colección La Novela semanal como un anticipo de una novela más larga, Hipódromo (1918) es un relato del político socialista argentino Mario Bravo (1882-1944). En ella, el que fue diputado y posteriormente senador entre 1913 y 1930 analiza los estragos – sociales, familiares, psicológicos – que causa la afición a las apuestas en las carreras de caballos.

«- Nosotros nos vamos al hipódromo… Los que quieran… – ¿Hay datos? – Algo – ¿Vienes? – No me gusta el hipódromo. – ¿Pero has estado alguna vez? – No, pero no me gustan las carreras. – ¿Pero has jugado, acaso? – No, no he jugado, pero no me gustan. – ¡Eh, santo varón! Pareces un chiquilín que tiene miedo de ir a las carreras para no «echarse a perder»! – A las carreras uno puede ir por paseo, por diversión, por entretenimiento, por pasión, por vicio. – Si quieres jugar, juegas ; si no quieres jugar, no juegas. Con dos pesos pasas toda la tarde viendo a la gente… – ¿Te conté lo que me hizo el gallego de la farmacia? Le mandé a jugar a «Pipiolo» cinco y cinco, el jueves, en la cuarta. El batacazo de la tarde. El gallego me entregó… setenta pesos y me caloteó doscientos diez!… – ¡Como si no lo conocieras! El se defiende diciendo: «la culpa no es mía, sino del redoblonero, yo no soy más que un agente diplomático». – ¿Andando? – Ahí viene un auto… che chaufer! Subí, hombre… claro… Al hipódromo, che rápido, por el bajo.»

Ilustración: Instituto Ibero-Americano.

Gladys Jennings y M. Angelo en la adaptación de «L’Écuyère» (1922), dirigida por Léonce Perret

Ambientada en un criadero de caballos parisino, L’Écuyère (La Amazona, 1921) de Paul Bourget (1852-1935) no es una novela de deportes, aunque presenta el interés de introducir a los lectores en el mundo de la cría y doma de caballos de carreras. Se trata de una novela psicológica, en la que el autor analiza los sentimientos de Hilda Campbell, joven inglesa romántica, que se enamora apasionadamente de Jules de Marigny, después de que la salvara de una agresión. Pero para Marigny, Hilda no es más que un flirteo más, sin demasiada importancia. Hasta que se da cuenta de la pasión que le inspira a la joven amazona… Publicada primero por entregas en el diario Le Gaulois en 1920, L’Écuyère salió en volumen el año siguiente y fue adaptada al cine en 1922…

Ilustración: Gallica.

Max Slevogt – Harness Racetrack in Ruhleben (1920-1921)

Ilustración: The Athenaeum.

Gerald Beaumont – The Money Rider (1924)

Nacido en Inglaterra, Gerald Beaumont (1880-1926) fue, en los años 1920 un prolífico autor de guiones para Hollywood, además de publicar cuentos. Dedicó numerosos relatos a los deportes, siendo la hípica, con el boxeo, uno de sus temas de predilección. El volumen Riders up ! (¡Jinetes arriba!, 1922) reúne diez de sus cuentos sobre carreras hípicas.

Ilustración: Internet Archive.

Edgar Wallace – The Flying Fifty-Five (1922)

La extraordinaria obra de Edgar Wallace (pseudónimo de Richard Horatio Edgar Wallace, 1875-1932) – más de 170 novelas, esencialmente de intriga detectivesca, de aventuras o de ciencia-ficción – se debe a su particular técnica de «escritura»: en vez de escribirlas, Wallace grababa sus historias en un dictáfono, dejando a un ejército de secretarios la ingrata tarea de mecanografiarlas. De esta manera, podía producir una novela en unos pocos días. Corresponsal de guerra durante la segunda guerra Bóer, compaginó el periodismo con la actividad literaria durante casi toda su vida. Una de sus grandes pasiones fueron las carreras de caballos: además de comprar caballos, y de perder mucho dinero en las apuestas, Wallace contribuyó con sus columnas en varios periódicos dedicados a este deporte. Nada sorprendente, pues, que el argumento de algunas de sus novelas de misterio se articule en torno a la actividad de los hipódromos. Este ambiente tan particular, con todas sus trampas e intrigas, da para muchas aventuras… Algunas de la novelas hípicas de Edgar Wallace: The Flying Fifty-Five (1922), Down under Donovan (1918), The Green Ribbon (1929), The Calendar (1930)…

Ilustración: Project Gutenberg Australia.

Edgar Degas – Jockeys devant les tribunes (1869-1872)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Eduardo Zamacois – Rick (1909)

Más lecturas (que no han entrado todavía en el Dominio Público)

  • Rallye-Dot (1888), de Mustel
  • For the honor of Old England and the glory of the game (1897), de William Henry Ogilvie (1869-1963)
  • La Carrera de «Alhamar» (1911), de Ismael Sánchez Estevan (1880-1962)
  • Garrison’s Finish: A Romance of the Race Course (1906), de William Blair Morton Ferguson (1882-1967)
  • Garryowen: The Romance of a Race-Horse (1909), de Henry De Vere Stacpoole (1863-1951)
  • Rick (1909), de Eduardo Zamacois (1873-1971)
  • Casaque mauve, toque orange (1928), de Roger Dorsel
  • National Velvet (1935), de Enid Bagnold (1889-1981)
  • Mr. Meek plays polo (1944), de Clifford D. Simak (1904-1988)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Carreras locas alrededor del mundo

Con el auge y la popularización de los medios de transporte modernos en el siglo XIX, las distancias se acortan y, gracias al ferrocarril, a los barcos de vapor o los globos aerostáticos, se puede emprender viajes a países lejanos sin que suponga una inversión de tiempo desmesurada. Estas circunstancias ofrecen a los escritores una nueva fuente de inspiración: empiezan a florecer los viajes de aventuras en los que los protagonistas recorren el mundo en un tiempo récord, usando diversos medios de transporte.

Jules Verne – Le Tour du monde en 80 jours, ilustración de Léon Benett (1903)

El maestro del género es, sin duda, Jules Verne (1828-1905) que, con Le Tour du monde en 80 jours (La Vuelta al mundo en ochenta días, audiolibro en francés, 1873) crea un precedente que inspirará a otros autores de la época, entre ellos al propio Verne… Quizás no sea necesario recordar a nuestros lectores cuál fue el desafío de Phileas Fogg, punto de partida de las trepidantes aventuras del flemático londinense y de su entrañable mayordomo Passepartout. Pero… ¿recuerdan todos los medios de transporte que les permitirán ganar su atrevida apuesta?«Así, pues, la apuesta estaba ganada, haciendo Phileas Fogg su viaje alrededor del mundo en ochenta días. Había empleado para ello todos los medios de transporte, vapores, ferrocarriles, coches, yatchs, buques mercantes, trineos, elefantes. El excéntrico caballero había desplegado en este negocio sus maravillosas cualidades de serenidad y exactitud. Pero, ¿qué había ganado con esa excursión? ¿Qué había traído de su viaje?»Ilustración: Gallica.

Jules Verne – Le Testament d’un excentrique, ilustración de Georges Roux (1899)

En 1899, Verne retoma la genial idea de La Vuelta al mundo en ochenta días, pero con un enfoque diferente: Le Testament d’un excentrique (Parte 1, Parte 2, El Testamento de un excéntrico) es el motivo por el cual los seis herederos potenciales del excéntrico William J. Hypperbone y un séptimo y misterioso competidor se lanzarán en una loca carrera a través Estados Unidos, siguiendo las reglas de un particular Juego de la Oca en el que a cada estado le corresponde una o varias casilla(s). El ganador heredará la fabulosa fortuna del difunto. Pero, a diferencia de Phileas Fogg, los protagonistas de Le Testament d’un excentrique, totalmente sometidos al azar y a los dados, no controlan el recorrido de su viaje…Ilustración: Gallica.

Le Petit parisien … organiza un gran concurso nacional y popular: el juego de la oca automóvil (192?)

Ilustración: Bibliothèques municipales spécialisées de la Ville de Paris.

Paul d’Ivoi, Henri Chabrillat – Les Cinq Sous de Lavarède, ilustración de Lucien Métivet (1894)

Anterior a Le Testament d’un excentrique, Les Cinq Sous de Lavarède (Los Veinticinco Céntimos de Lavarède, 1894) es una novela de aventuras de los franceses Paul d’Ivoi (1856-1915) y Henri Chabrillat (1841-1893) cuyo argumento bien podría haber inspirado a Verne: joven periodista acosado por sus acreedores, Armand Lavarède recibe una carta informándole de que es el único heredero de su rico primo Jean Richard, afincado en Inglaterra. Pero, para poder disfrutar de la herencia, deberá recorrer el mundo en un año exacto, con tan solo veinticinco céntimos en los bolsillos. Le acompañará Sir Murlyton, vecino del difunto, para asegurarse de que se cumplen las voluntades expuestas en el testamento. Si Lavarède fracasa, será Sir Murlyton el que heredará la fortuna. Empieza una alocada carrera, en la que nuestro héroe usará todo tipo de medios de transporte…Ilustración: Gallica.

Marie de Grandmaison – En voyage (1900)

Los lectores de Tesoros Digitales ya conocen a Gustave Le Rouge (1867-1938), precursor de la ciencia-ficción francesa y creador de unos de los científicos más locos de la literatura. Con L’Espionne du Grand Lama (La Espía del Gran Lama, audiolibro en francés, 1905) propone una novela de aventuras ambientada en China y Tibet, en la que los protagonistas deberán emprender una carrera contra el reloj a través del Himalaya, para salvar a una joven secuestrada…Ilustración: Gallica.Como vemos, los viajes alocados en los que los protagonistas utilizan todo tipo de medio de transporte han sido un recurso literario bastante utilizado por los autores de novelas de aventuras. Pero encontramos también objetos más curiosos como En voyage (De viaje) el cuento infantil ilustrado de Marie de Grandmaison (pseudónimo de Marie-Félicie Dufour, 1856-19?), en el que dos niños prueban diversos medios de locomoción… ¡en sus sueños! O el más curioso todavía Aventuras de Peret, campeón de «patinet», historieta parecida en los años 1920-1930 en la revista valenciana La Semana gráfica : revista ilustrada semanal de la región de Levante y creada por Antonio Vercher Coll (1900-1933): acompañado de su gatito negro (de extraño parecido con el gato Félix) y de su patinete, Peret recorre el mundo viviendo múltiples y extraordinarias aventuras.

Antonio Vercher Coll – Aventuras de Peret, campeón de «patinet» (1927)

Ilustración: Bivaldi, Biblioteca Valenciana Digital.

La bicicleta, «pequeña reina» revolucionaria

Henri Sandham – Bicycling (1887)

Ilustración: The Athenaeum.

Charles Barennes – Vélocipède de la Compagnie Parisienne (1869)

Nacida en 1817 de la imaginación del alemán Karl Drais von Sauerbronn, la bicicleta se convirtió en pocas décadas en un producto industrial llamado a revolucionar la vida cotidiana. Con este medio de transporte individual perfecto, por su rapidez, su comodidad y su autonomía, los ciudadanos podían desplazarse con toda libertad, únicamente limitados por sus propias fuerzas y por… alguna avería. Pronto la bicicleta se utilizó para viajar y, por supuesto, para competir en velocidad.

Ilustración: Réunion des Musées Nationaux.

S.M. el Rey Alfonso XIII, montando una bicicleta «Olympic», portada del primer numéro de El Deporte velocipédico (1895)

Pero el auge de la «pequeña reina», como la llaman los franceses, también supuso una auténtica revolución editorial. En la segunda mitad del siglo XIX, aparecen obras muy distintas dedicadas al culto de la bicicleta: revistas (El Deporte velocipédico (1895-1896) ; The Wheel and cycling trade review (1888-1912) ; La Bicyclette (1892-1895)), manuales técnicos y prácticos (Pleasure-cycling (audiolibro en inglés, 1895), de Henry Clyde ; La Bicyclette et le cyclisme : la bicyclette, sa composition, son montage, sa réparation, le cyclisme et sa technique, son entraînement, son hygiène, le tourisme (1924), de Luc Van Taecken) o de entrenamiento (Cycling ! (1894), de William Norrie Robertson), códigos legislativos (Code du cycle (1897), de Marcel Coulon), tratados médicos sobre los beneficios del ciclismo sobre la salud (El velocípedo: sus aplicaciones higiénicas y terapéuticas (1893), de José Codina Castellví (1867-1934) ; Bicyclette et organes génitaux (1900), de Ludovic O’Followell (1872-19?)), guías turísticas o descripciones de viajes a bicicleta (Les Pyrénées de Bayonne à Perpignan (1900), de Adrien de Baroncelli (1852-1926) ; Cycling In Bengal (1898), de W.S. Burke ; Cycling in Europe (1899), de F.A. Elwell ; À travers les cactus : traversée de l’Algérie à bicyclette (1896), de Édouard de Perrodil (1860-1931)). Al margen de estas obras prácticas, la literatura le abrió sus páginas con entusiasmo. Poesía, teatro, humor, novelas y cuentos sobre viajes o sobre competición, la bicicleta se convirtió en la protagonista estrella entre 1870 y 1930.

Ilustración: Hemeroteca Digital, Biblioteca Nacional de España.

Vive le vélocipède (Imagerie Pellerin, S. XIX)

Ilustración: Paris Musées.

Décadas antes de Pablo Neruda (Oda a la bicicleta) o Rafael Alberti (La Bicicleta con alas), numerosos fueron los poetas de todos horizontes que celebraron el carácter sensual de los paseos en aquella montura tan particular. Algunos ejemplos…

« Instrument raide En fer battu, Qui dépossède Le char tortu;

Vélocipède, Rail impromptu, Fils d’Àrchimède, D’où nous viens-tu? »

Poema atribuido a Charles Monselet (1825-1888)

En Brighton, un modelo antiguo de bicicleta y uno nuevo (1921)

Ilustración: Gallica.

S. Conant Foster – Wheel Songs: Poems of Bicycling (1884)

Ilustración: Internet Archive.

« Behold the earth enrobed as Winter’s bride, Her snowy mantle creaks beneath the heel, While passing sleighs with merry music hide The paths whereon we late did ply the wheel.

The frozen brook no longer gurgles by; No more the fragrant, blooming flower is seen ; The leafless tree stands naked on the sky, And only treasured memory is green.

No need for Milton’s silent hills to speak, Or written log to happy hours recall; With kindling eye and pleasure-burning cheek Full well, full well, we recollect them all.

Those trips a-wheel before the break of day, The pause to hear the morning songsters sing, The break of fast on berries by the way, The thirst assuaged by kneeling to the spring;

The drill, the race, that memorable run, Quixotic like, in search of conquests fair, — Each joyed event returns like Summer sun, To warm the chillness of the Winter air.

Roll on, ye frosts, and spend your rime and hoar ! O despot Winter, sway your substance through ! Full soon the hour when Summer reigns once more, And we enjoy her ecstasies anew. »

S. Conant FosterA Midwinter Reverie, del libro de poemas Wheel Songs: Poems of Bicycling (Canciones de ruedas: poemas sobre el ciclismo, 1884)

« On a soupé des chants naturalistes, Depuis cinq ans, on en mettait partout ; J’vais pour changer chanter les Bicyclistes, Afin d’prouver qu’on peut faire un peu d’tout.

Les Bicyclistes Sont des artistes Trempés du tendon, Cambrés su’ l’guidon, Courbant l’échine Sur leur machine, Les v’là là-bas qui fil’nt dessus V’là qu’on n’les voit plus guère, Les v’là là-bas qui fil’nt dessus, On n’les voit déjà plus !

Quand le coureur emballe sur la piste, Sur sa Whitworth il va comme le vent ; La main le pousse et rien ne lui résiste, Il est toujours le premier… en avant !…

Les Bicyclistes Sont des artistes Trempés du tendon, Cambrés su’ l’guidon, Courbant l’échine Sur leur machine, Les v’là là-bas qui fil’nt dessus V’là qu’on n’les voit plus guère, Les v’là là-bas qui fil’nt dessus, On n’les voit déjà plus !

Le Bicycliste est le roi de la route, Sur sa bécane il fuit comme l’éclair, Comme l’oiseau qui, sous l’immense voûte, S’élance au large et disparaît dans l’air.

Les Bicyclistes Sont des artistes Trempés du tendon, Cambrés su’ l’guidon, Courbant l’échine Sur leur machine, Les v’là là-bas qui fil’nt dessus V’là qu’on n’les voit plus guère, Les v’là là-bas qui fil’nt dessus, On n’les voit déjà plus !

Le Bicycliste a le cerveau tranquille, Bon estomac, excellent appétit, Loin des tracas et du monde imbécile, Il est toujours frais de corps et d’esprit.

Les Bicyclistes Sont des artistes Trempés du tendon, Cambrés su’ l’guidon, Courbant l’échine Sur leur machine, Les v’là là-bas qui fil’nt dessus V’là qu’on n’les voit plus guère, Les v’là là-bas qui fil’nt dessus, On n’les voit déjà plus !

Pédalons donc tous autant que nous sommes, Tournons, virons, courons dur et longtemps, La Bicyclette améliore les hommes Et l’on vivra bientôt jusqu’à cent ans.

Les Bicyclistes Sont des artistes Trempés du tendon, Cambrés su’ l’guidon, Courbant l’échine Sur leur machine, Les v’là là-bas qui fil’nt dessus V’là qu’on n’les voit plus guère, Les v’là là-bas qui fil’nt dessus, On n’les voit déjà plus ! »

Aristide Bruant (1851-1925) – Marche des bicyclistes, del libro de poemas y canciones Sur la route (1897)

Aristide Bruant – Marche des bicyclistes, ilustración de Borgex (1897)

Ilustración: Internet Archive.

Nicolás Pérez Jiménez (1854-1926) – La Bicicleta y el Caballo

Ilustración: Biblioteca Digital Hispánica.

«En una ciudad hermosa, de magníficos paseos y anchurosas carreteras de construcciones modelo, sucedió el caso siguiente entre un ciclista maestro y un jinete que montaba un potro de muchos fuegos. Dijo el ciclista al jinete: «-Escuche usted, caballero: ¿Quiere dar la vuelta al mundo? Pues si le place le apuesto mil onzas en contra de una á quien la dé en menos tiempo.» «-Prepare su bicicleta», replica el jinete luego. Y mis dos competidores escapan á un mismo tiempo. Recorrió no escasas leguas el ciclista en un momento, y después de haber cruzado cincuenta villas, lo menos, paróse unas cuantas horas para tomar nuevo aliento y proseguir el viaje, convencido desde luego que ganaría la apuesta al del caballo soberbio. Sin salir jamás de paso y cortando á lo derecho, alcance me dió al ciclista el jinete caballero. Firmes mis dos contrincantes en su marcha prosiguieron; pero de manos á boca se halla en gravísimo aprieto el ciclista, pues observa que no hay allí ya paseos ni espaciosas carreteras y sí sólo vericuetos por donde marchar no puede su bicicleta de acero. Siguió mi jinete andando tan gallardo y tan sereno, y al atascado ciclista dijo al punto sonriendo: «-Vengan acá esas mil onzas; pues, amigo, gané el pleito, y jamás ponga en olvido que del arte en todo tiempo triunfó la Naturaleza, inagotable venero de energías prodigiosas, bellezas y sentimientos.»»

Nicolás Pérez Jiménez (1854-1926) – La Bicicleta y el Caballo (1898)

«Si alguno de mis lectores tiene alguna bicicleta en buen uso, y le conviene enajenarla ó venderla al fiado, que lo diga y me quedaré con ella; porque hace días que tengo muy arraigada la idea de ser velocipedista y ya tiene poca espera mi afición: y la realizo, sí , la realizo. De veras. Porque tengo dos amigos íntimos, que la manejan con mucha desenvoltura y corren que se las pelan. Por eso y por otras causas quiero yo la bicicleta. Yo deseo que me aúpen y que empujando las ruedas me enseñen á hacer pinitos y á romperme la cabeza. Quiero ser veloz, é ir por calles y carreteras cual alma que lleva el diablo en tilburí ó en calesa, y tocar la trompetilla cuyo sonido semeja al pi pi pi de las grullas ó al canto de la cigüeña. Con que lo dicho. El aviso puede mandarse á la imprenta.»

Juan Ocaña Prados (1850-1928) – Sin bicicleta (1900)

Ciclista hacia 1896

Ilustración: Biblioteca Digital Hispánica.

A. Forchey – Sans moteur, sans ailes et… aussi vite avec ; la bicyclette « Presto » (1890)

Ilustración: Gallica.

« Sur les flancs du val les rocailles, Entre quoi le sentier descend, Miroitent comme les écailles D’une armure où pleure du sang.

Ainsi qu’une grand’porte ouverte Peur s’évader d’une prison, Le bout du val, c’est là mer verte Sans un nuage à l’horizon.

Elle semble un bloc. Rien n’y bouge. Presque au ras de l’eau, la touchant, Roue hallucinante en or rouge. Seul au ciel, le soleil couchant !

Et vers lui, sans savoir quand et Où, ni comment j’arriverai, Je pédale à toute vitesse, Fou, soûl, radieux, empourpré,

Et rêvant que je vais en fraude, Par ce flamboyant corridor, Au vélodrome d’émeraude Monter le monocycle d’or . »

Jean Richepin (1849-1926) – La Bicyclette emballée (1901)

« La petite reine aux grands yeux Qui sait tout bien, qui fait tout mieux Mauvaise tête et doux visage, Celle qui règle nos saisons Veut saluer les horizons, Puisque c’est la mode et l’usage : Et, bicycliste par devoir, Le torse en blanc, la jambe en noir, Elle va voir du paysage.

Ainsi parée et prête à tout, Reine du chic et, du bon goût, La petite reine hippogriffe Monte en selle et court dans le vent :

Le vent l’esbrouffe par devant, Et sa crinière s’ébouriffe, Toute d’or, comme la toison Du lion peint sur son blason, Qui tient le monde dans sa griffe.

Ainsi parée, elle apparaît Sur les routes de la forêt, La petite reine à deux roues, Cyclant sans bruit, cyclant, cyclant, Culotte noire et pourpoint blanc, Avec du rire, avec des moues, Selon qu’on monte ou qu’on descend, Et le vent qui chante en passant Lui met du printemps sur les joues.

Par les vallons, par les coteaux, Et sur la crête des plateaux, Près des étangs et sous les branches, Toujours sans but, toujours sans bruit, Elle file, glisse et s’enfuit, Et le vent fait battre ses manches : Si bien qu’elle a l’air, dans son vol, D’un grand cygne rasant le sol Du vol blanc de ses ailes blanches. »

Edmond Haraucourt (1856-1941) – Fleur de chic (1901)

Plouzeau – Cycles Terrot (S. XIX)

Ilustración: Bibliothèques Municipales spécialisées de Paris.

Eugène Grivaz – Central Park at night (1896)

Una curiosa selección de poemas viajeros y ciclistas: Nueva York, Moscú, Escocia, París, Egipto o Pompeya… en versos y a bici por diversos autores, The world awheel (1896) …

Ilustración: Internet Archive.

José Goterris – Llorens, pasodoble ciclista (1924)

Hasta los músicos se aficionaron al pedaleo, como por ejemplo el francés Ernest Chausson (1855-1899), que murió a los 44 años de las consecuencias de una caída en bicicleta, el inglés Edward Elgar (1857-1934) o el austriaco Gustav Malher (1860-1911), que también sufrió una caída muy grave en 1897 y estuvo a punto de perder la vida. Otros, más prudentes, se limitaron a componer piezas dedicadas al velocípedo: así, por ejemplo, podemos citar la Polka Schnell «Velocipede» Op. 259 (1869) de Joseph Strauss (1827-1870), el aria de la bicicleta en la ópera Fedora (1898) de Umberto Giordano (1867-1948) o, más cerca de nosotros, el «pasodoble ciclista» Llorens (1924) compuesto por José Goterris (1873-1930) en homenaje al ciclista vila-realense Juan Bautista Llorens (1897-1937).

Georges Lacombe – Paul Ranson y Georges Lacombe a bicicleta (ca. 1900)

Ilustración: The Athenaeum.

La sensualidad y la comunión con la naturaleza que con tanto lirismo han cantado los poetas no son las únicas características del ciclismo. También lo son las caídas, las averías y diversas catástrofes, más propicias de suscitar la risa, siendo el objeto de cuentos y novelas llenos de humor.

Una carrera de velocípedos en el Jardín del Luxembourg (1818)

La primera aparición literaria de una bicicleta – o más bien de su antepasada, la draisiana – se remonta a 1818, año en el que se presentó en París aquel invento de un barón alemán llamado Karl von Drais. Si el artilugio conoció cierto éxito antes de verse sustituido a partir de 1861 por los velocípedos de pedales, no dejó de suscitar los sarcasmos de los escépticos. En esta línea se sitúa Les Vélocipèdes, ou la Poste aux chevaux (Los Velocípedos, o La Casa de postas, 1818), vodevil compuesto por el francés Eugène Scribe (1791-1861) y estrenado en el Théâtre des variétés el 2 de mayo de 1818. Jobineau, el amo de la casa de postas, quiere casar a su hija con el alemán Fiacrenberg, inventor de una máquina que permite viajar sin caballos, y así beneficiarse de los grandes beneficios que espera obtener con la creación de su futuro yerno. No duda en deshacerse de sus caballos, vendiéndolos a Clic Clac, el postillón enamorado (y correspondido) de la hija. Obviamente, el invento alemán fracasará y el buen Jobineau aceptará sin dificultad que su hija se case con Clic Clac, recuperando de paso sus valiosos caballos…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Crafty – Le Prytanée des Vélocipèdes (1869)

Ilustración: Bibiothèques de Bordeaux, Gallica.

Jehan de la Pédale – Pédalons ! (1892)

Nacido en Burdeos, Pierre Lafitte (1872-1938) se apasionó, en sus años estudiantiles, por el velocípedo y desde muy joven se despertó su vocación para el periodismo deportivo. Trabajó como cronista en un diario de su ciudad natal, antes de «subir a París» en 1892 donde trabajó como vendedor de bicicletas al mismo tiempo que publicaba una columna en el diario L’Écho de Paris, titulada Cycling-Gazette y que firmaba con el pseudónimo de Jehan de la Pédale. Bajo este mismo nombre, publica el mismo año Pédalons ! (¡Pedaleemos!), una veintena de cuentos llenos de chispa en los que su majestad la bicicleta ocupa el papel central: el origen celeste de la bicicleta, la obsesión erótica de una mundana por los tobillos de un campeón, un ciclista improbable se apunta a la carrera Bordeaux-Paris para… sustraerse a la vigilancia de su esposa y pasar una semana de vacaciones con su amante… Más allá de las simples anécdotas humorísticas, estos cuentos nos ofrecen un interesante testimonio del ambiente de las carreras ciclistas a finales del siglo XIX. Innovador, Pierre Lafitte creó nuevos formatos de revistas ilustradas y se convirtió en un poderoso editor y empresario, sin nunca abandonar su pasión primera hacia los deportes. Creó los campeonatos femeninos Femina (de la revista Femina, que creó Lafitte en 1901) de golf (1908) y de aviación (1910) y fundó en 1920 el sindicato de directores de periódicos de deportes.

Ilustración: Gallica.

Théophile Alexandre Steinlen – Les Cyclistes (1889)

Entre columna de opinión y cuento satírico, Tous cyclistes ! (Todos ciclistas !, 1894) es un artículo del periodista y novelista Octave Mirbeau (1848-1917). En una sobremesa, un grupo de señores disertan sobre las ideologías destinadas a cambiar el mundo, individualismo, colectivismo, absolutismo, etc… cuando un joven, preguntado por su opinión, siembra la perplejidad anunciando que será el ciclismo el que hará evolucionar las cosas. En efecto, con el auge de esta disciplina, los ciclistas constituyen una fuerza electoral cada vez más potente y los gobiernos no tendrán más remedio que satisfacer sus exigencias (hacer buenas carreteras, etc…) si quieren conservar el poder. Un cuento que pudo arrancar sonrisas a los políticos de la época pero que tiene una especial resonancia en nuestra época con la lucha por el planeta…

Ilustración: Gallica.

H.G. Wells – The Whells of chance, ilustración de J. Ayton Symington (1913)

Herbert George Wells (1866-1946) no fue sólo el padre de la ciencia-ficción, autor de La Máquina del tiempo, La Guerra de los mundos o El Hombre invisible. En su extensa obra encontramos obras como The Wheels of Chance: A Bicycling Idyll (Las Ruedas de la suerte: Un idilio ciclista, audiolibro en inglés, 1895), novela cómica sin elementos fantásticos. Es la historia de Mr Hoopdriver, modesto vendedor empleado en una tienda de telas londinense. Torpe, tímido, Mr Hoopdriver escapa de las frustraciones de un trabajo mal pagado y sin oportunidades con sus ensoñaciones fantasiosas. Al llegar el verano y las vacaciones, planifica una larga excursión de dos semanas a bicicleta por el sur de Inglaterra. El primer día conoce a Jessie Milton, joven de diecisiete años que circula en bicicleta y con la que se cruzará continuamente. Fugada, huyendo de su madrastra, Jessie no tardar en caer entre las manos de un siniestro personaje que espera la primera ocasión para seducirla… Con el pretexto de unas aventuras cómicas y de un recorrido turístico, Wells aborda en esta novela un tema muy serio: el de la emancipación femenina, movimiento entonces en pleno auge en Inglaterra, que recibió un inesperado impulso con la popularización de la bicicleta y la libertad que supuso para muchas mujeres…

Ilustración: Internet Archive.

Una viñeta de la historieta «Un esposo vengativo» (1895)

Publicada por primera vez el 27 de febrero de 1895, la revista El Deporte velocipédico es una de las primeras, en España, en estar dedicada íntegramente al ciclismo, bajo sus múltiples facetas: la competición, por supuesto, el cicloturismo, el fomento del uso de la bicicleta como transporte individual, las novedades técnicas… También es de destacar que esta revista supo abordar la perspectiva de género con total igualdad, habiendo asumido sus directores y redactores que el uso de la bicicleta es cosa tanto de mujeres como de hombres. Desde sus primeras entregas, El Deporte velocipédico reservó espacio para la literatura y el humor gráfico, publicando cuentos e historietas. Algunas de estas historias que arrancarán más de una sonrisa a nuestros lectores: Un esposo vengativo (historieta, 1895), ¿Para qué montáis a bicicleta? (historieta, 1895), La Conversión de tía Juana (cuento anónimo, 1895), Por qué no venció Juanito (1895) de Luis Royo Villanova (1867-1900), La Conversión: casi cuento (1896) de A.B. Cilla…

Ilustración: Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España.

¿Para qué montáis a bicicleta? (1895)

Ilustración: Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España.

Los grandes hombres del ciclismo: José Echegaray (1895)

Cual debió de ser la sorpresa de los lectores de El Deporte velocipédido, al leer, en abril de 1895, que Don José Echegaray (1832-1916), el respetable dramaturgo y político, además de ingeniero matemático, futuro premio Nobel de literatura 1904, estaba aprendiendo a manejar la bicicleta. Tenía, en aquel entonces, 63 años y se convirtió en un apasionado ciclista, participando en sociedades ciclistas y apuntándose a excursiones por toda España. Le dedicó un largo artículo, La Bicicleta y su teoría (1895), que se publicó en la prensa antes de parecer en el volumen Vulgarización científica (1910).

Ilustración: Hemeroteca digital. Biblioteca Nacional de España.

Miguel Echegaray con su amigo el ciclista José Rubio (1895)

Su hermano pequeño, el dramaturgo Miguel Echegaray (1848-1927), también se apasionó por el ciclismo y, como José, participó en numerosas excursiones, de las que se hacía eco periódicamente El Deporte velocipédico. En 1896, Miguel plasma su entusiasmo en La Bicicleta, juguete cómico en un acto y en verso original, una pequeña comedia que, según la crítica de la época, atrajo a los espectadores velocipédicos de las ciudades en las que se estrenaba…

Ilustración: Hemeroteca digital. Biblioteca Nacional de España.

El Barón de Crac, ciclista (Aucas de Épinal, 1896)

Ilustración: Gallica.

Leímos en un capítulo anterior un artículo del humorista Luis Taboada (1848-1906) sobre la evolución del deporte durante veinte siglos. En ¡Viva la bicicleta! (1897) ironiza sobre el tópico de la bicicleta como deporte saludable…

Luis Taboada – ¡Viva la bicicleta!, ilustración de Ramón Cilla (1897)

«El ciclismo viene a ser como las perlas de salud o las gotas vitales que rejuvenecen á los ancianos, vigorizan á los débiles y hermosean á los feúchos de nacimiento. Se ha observado que el uso frecuente de la bicicleta convierte al hombre menos esbelto en gentil y elegante. Cerca de mi casa vive D. Úrsulo, que ha tenido hasta hace poco tiempo las piernas torcidas y una cadera desencuadernada, y algo de rubicundez en la nariz y un volumen abdominal irritante. Un médico le recomendó el uso del velocípedo, y las condiciones estéticas de D. Úrsulo han mejorado visiblemente. Ahora trata de iniciar en los secretos del velo­cipedismo a su señora, que es asmática y además padece de vértigos.»

… mientras que con El Marido cariñoso (1900) nos enseña a una pareja ciclista inseparable…

«El matrimonio se dedica en cuerpo y alma á la bicicleta, hasta que consigue dominarla por entero. Entonces Rudesindo y su esposa procuran marchar con las máquinas juntas para poder mirarse y para que ni aún en los ejercicios de velocidad dejen de estar unidos un solo momento. – Rudesindo – dice un día la esposa: – á mamá la hemos hecho un desaire y está resentida. – ¿Por qué? – No la hemos invitado á aprender la bicicleta. Ya sabes que se muere por el ejercicio agitado. – Sí, y por la comida y por la bebida, y por todo. No he visto señora más aficionada á divertirse.»

Ilustración: Biblioteca Digital Hispánica.

Henri de Toulouse-Lautrec – Tristan Bernard en el velódromo Buffalo (1895)

Poeta, novelista y dramaturgo, Georges Courteline (pseudónimo de Georges Moinaux, 1858-1929) es uno de los maestros del humor de la literatura francesa, que supo retratar en tono satírico las clases medias y bajas de la Belle Époque. Los dos cuentos que componen el díptico Quand je pédalais (Cuando pedaleaba, 1897) son dos hilarantes historias de tono autobiográfico, en las que Courteline cuenta su difícil iniciación a la bicicleta, primero con su amigo el escritor Tristan Bernard – volveremos a hablar de él -, y finalmente, en una clase para aprendices recalcitrantes incapaces de mantener su equilibrio…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Louis Valtat – Le Cycliste (ca. 1900)

Otro maestro del humor de aquel fin de siglo francés fue Alphonse Allais (1854-1905): mordacidad, absurdo, juegos de palabras, versos holorimas son algunas de las características más destacadas de su extensa obra. Su pluma sarcástica se ensañó despiadadamente con sus contemporáneos en sus defectos, modas y miserias. Como era de esperar, la boga de la bicicleta no iba a dejarle indiferente. Algunas de sus reflexiones entorno a la «pequeña reina»: Curieuse idée d’un cycliste anglais pris de boisson (La Curiosa Idea de un ciclista inglés sediento, 1897) – la espera interminable y alcoholizada de la reparación de una bicicleta -, Un cérémonial fixé (Un ceremonial reglado, 1897) – o cómo debe ser el atuendo de un ciclista en un funeral -, Utilisation de certains résidus industriels (Utilización de algunos residuos industriales, 1897) – el sillín sin pico y el reciclaje del pico en lámpara -, La Nouvelle Machine du Capitaine Cap (La Máquina nueva del Captain Cap, 1897) – o la sorprendente «nonuplette», para nueve ciclistas -, Sauvegarde des bicyclettes (Salvaguardia de las bicicletas, 1899) – un ingenioso antirrobo para bicicletas -, Un bizarre accident (Un accidente extraño, 1901) – o cómo veinte ciclistas víctimas de un pinchazo simultáneo casi fallecen por asfixia -.

Ilustración: The Athenaeum.

Ramon Casas – Ramon Casas i Pere Romeu en un tàndem (1897)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Nada hemos podido averiguar sobre el escritor Jean Soleil, y su novela cómica La Bicycliste récalcitrante (La Biciclista recalcitrante) publicada en 1899. Pero la lectura de los primeros capítulos nos da el tono: dos amigos aficionados al ciclismo, Robert y Gaston, coinciden un día con una mujer que está dando un paseo en bicicleta. Su velo no permite distinguir sus rasgos, pero su silueta atrae tanto a Robert que intenta alcanzarla para verla de más cerca. Pero ella desaparece misteriosamente de la carretera y Robert, desesperado y a pesar de los sarcasmos de su amigo, decide buscarla, encontrarla y ser amado por ella… Empieza una sucesión de situaciones rocambolescas y burlescas, en busca de la enigmática y recalcitrante biciclista…

Jerome K. Jerome – Three Men on wheels, ilustración de Harrison Fisher (1900)

Publicada en 1900, Three Men on the Bummel, or Three Men on Wheels (Tres Hombres sobre ruedas, audiolibro en inglés), es la continuación de Three Men in a Boat (To Say Nothing of the Dog) (Tres Hombres en un bote, 1889), el gran éxito del novelista y humorista inglés Jerome K. Jerome (1859-1927). En esta segunda aventura, los tres amigos George, Harris y Jerome emprenden un viaje en bicicleta por Alemania, sucesión de situaciones hilarantes, tanto desde el punto de vista velocipédico, como por las reflexiones de nuestros tres turistas británicos sobre las costumbres germanas…

Ilustración: Internet Archive.

Jerome K. Jerome – Three Men on the Bummel, ilustración de L. Raven Hill (1900)

«- Esta rueda delantera tiene juego. – No tiene, si no la mueve. No se movía en absoluto, o, en todo caso, no al punto de llamarlo tener juego. Afirmó entonces: – Esto es peligroso. ¿Tiene un destornillador? Tendría que haber sido enérgico, pero pensé que entendía realmente algo de bicicletas. Fui a la caja de herramientas a ver lo que encontraría. Cuando volví, estaba sentado en el suelo, la rueda delantera entre las piernas. Jugaba con ella, la hacía rodar entre sus dedos. El resto de la máquina estaba en la grava, al lado suyo. – Algo le pasó a su rueda delantera. – Eso parece ¿verdad?, contesté. (Pero era de estos hombres que no entienden la ironía.) – Me da la impresión de que la dirección está estropeada. – No se preocupe por eso, se va a cansar. Pongamos la rueda en su sitio y vámonos. – Veamos lo que le pasa, ahora que está desmontada. Hablaba de ella como si se hubiese desmontado por accidente. Y antes de que pudiera impedírselo, había desatornillado algo en algún sitio y ahora, unas bolitas rodaban en el camino. Había una docena, más o menos. – ¡Cójalas, gritó, cójalas! No debemos perder ninguna. (Parecía muy preocupado por ellas.) Reptamos durante aproximadamente media hora y encontramos dieciséis bolas. Esperaba que las tuviésemos todas, porque sino provocaría un grave disfuncionamiento de la máquina. Explicó que era el punto esencial, cuando se desmonta una bicicleta, de cuidar de no perder ninguna de estas bolitas y de ponerlas luego todas en su sitio. Le prometí que seguiría su consejo, si un día tuviese que desmontar una bicicleta. Puse las bolitas dentro de mi sombrero, y el sombrero sobre un escalón de la puerta de entrada. No fue razonable, lo admito. Fue incluso estúpido. No suelo ser descerebrado ; su influencia debió de actuar sobre mí. Dijo después que iba a comprobar la cadena, ya que estaba, y enseguida se puso manos a la obra. Intenté disuadirle. Le repetí el solemne consejo que me había dado un amigo experimentado: -Si un día tiene problemas con su engranaje, venda su máquina y compre una nueva. Le saldrá más barato. Contestó: – Son las personas que no tienen idea las que hablan así. No hay nada tan fácil como desmontar un engranaje. Tuve que admitir que tenía razón. En menos de cinco minutos, el engranaje yacía en el suelo a su lado, en dos pedazos, mientras que él reptaba buscando tornillos. – Los tornillos siempre desaparecen de manera misteriosa, gruñó.»

Ilustración: Internet Archive.

John Quinton Pringle – Repairing the bicycle (ca. 1889)

Ilustración: The Athenaeum.

John Kendrick Bangs – Bikey the Skicycle, ilustración de Peter Newell (1902)

Conocimos al el humorista y satirista estadounidense, maestro del pastiche, John Kendrick Bangs (1862-1922) en nuestra entrega de Tesoros Digitales dedicada a la «novela prehistórica». Tenía especial habilidad para ridiculizar las manías y debilidades de sus coetáneos, como por ejemplo en The Bicyclers (Los Ciclistas, audiolibro en inglés, 1901), farsa en un acto, en la que Bangs muestra a diversos novatos en su primera clase para aprender a manejar una bicicleta. Aunque pensado para lectores infantiles, Bikey the Skicycle, and Other Tales of Jimmieboy (Bikey el «cielociclo», y otros cuentos de Jimmieboy, 1902), encantará a lectores más mayores por su poesía y su sentido del humor. El padre de Jimmieboy – personaje recurrente en los cuentos de John Kendrick Bangs – le ha regalado una bicicleta, y su amiga Bikey le enseña a rellenar sus ruedas con un gas especial, en lugar de aire, lo cual les permite volar por el cielo hasta Saturno y vivir mil aventuras.

Ilustración: Internet Archive.

Joyeux Cyclistes (1890-1910)

Una curiosidad para hojear e imprimir: Joyeux Cyclistes es una colección de muñecos recortables de cartón compuesta de una bicicleta y seis figuras de ciclistas que las niñas y los niños de la Belle Époque podían intercambiar según sus gustos.

Ilustración: Biblioteca Digital Hispánica.

Einar Hein – Ciclistas en la playa (1894)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Édouard Manet – Le Vélocipédiste (1871)

La aparición, en los años 1860, de los velocípedos con pedales y las mejoras que les fueron aportadas durante las siguientes décadas, coincidiendo con la revolución industrial y por lo tanto el abaratamiento de la producción, llevó a una auténtica locura por la bicicleta. De objeto de ocio reservado a las clases adineradas, se convirtió en el vehículo utilitario que facilitaría la vida de los obreros, tanto para sus desplazamientos cotidianos como para viajar y hacer turismo en sus escasos días de vacaciones. Consecuencia de esta moda, como hemos mencionado más arriba, fue el florecimiento de las guías turísticas destinadas a los ciclistas. Pero también empezaron a publicarse relatos de viajes – reales o ficticios – realizados sobre dos ruedas.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Le Grand Jacques – Le Tour du monde en vélocipède (1870)

Publicado en 1870, Le Tour du monde en vélocipède es obra de Le Grand Jacques, pseudónimo de Richard Lesclide (1825-1892), escritor, dramaturgo, periodista, que fue secretario de Victor Hugo durante los últimos diez años de vida del poeta. Además de su labor literaria, Lesclide fue uno de los impulsores del velocípedo en Francia y creó en 1869 una de las primeras revistas de ciclismo, Le Vélocipède illustré (El Velocípedo ilustrado). Le Tour du monde en vélocipède, que se publicó primero por entregas en la revista de Lesclide, cuenta las aventuras de un americano llamado Jonathan Schopp en su viaje de París a Siberia en bicicleta. Más allá del interés puramente narrativo, este texto constituye un interesante documento sobre los adelantos logrados en 1869 en el diseño de las bicicletas para que permitieran emprender un viaje tan largo.

Ilustración: Gallica.

Jean Bertot – La France en bicyclette, ilustración de Gaston Bussière (1894)

Jean Bertot (1856-1934) fue un artista polifacético: arquitecto, escritor, poeta, periodista y autor de canciones, dibujante, se convirtió en un apasionado adepto de la bicicleta y escribió varias obras – manuales, guías turísticas – dedicadas a la «pequeña reina». La más conocida, La France en bicyclette : étapes d’un touriste, de Paris à Grenoble et à Marseille (Francia en bicicleta: etapas de un turista, de París a Grenoble y Marsella), es una referencia obligada de la literatura de viajes de la época y cuenta sus propias andanzas durante la expedición que realizó en 1893 con un amigo suyo de París a Grenoble y Marsella, regresando a la capital por el Loira.

Ilustración: Internet Archive.

Ramón Casas – Una ciclista (ca. 1899)

Ilustración: Institut National d’Histoire de l’Art.

Joseph Crawhall – Girl on bicycle (ca. 1896)

Hemos evocado rápidamente antes cómo la bicicleta se convirtió en un vehículo de la emancipación femenina y, llegados a este punto, debemos abordar este tema con más detenimiento. No se crean que las mujeres, a finales del siglo XIX, pudieron pasear con sus bicicletas tan fácilmente. Como cualquier progreso en la causa feminista, las mujeres tuvieron que sortear un sinfín de excusas y obstáculos para poder montar en bicicleta: razones médicas (algunos científicos aseguraban que el ciclismo era peligroso para la salud física y mental), morales (además de fomentar el exhibicionismo, la bicicleta – o mejor dicho el sillín – era acusada de propiciar prácticas masturbadoras…), la falta de adecuación de la ropa femenina (obviamente, el llevar los famosos bloomers que nos hacen tanta gracia hoy en día fue objeto de una nueva lucha)…

Ilustración: The Athenaeum.

Frances Willard – A Wheel within a Wheel (1895)

La educadora estadounidense Frances Willard (1839-1898), militante feminista y sufragista, fue una de las primeras en comprender la dimensión democrática de la bicicleta y en preconizar su uso por las mujeres. A los cincuenta y tres años, aprendió a montar a bicicleta. Durante tres meses, a razón de un cuarto de hora cada día, Frances Willard practicó en su jardín y describió su experiencia y reflexiones en un pequeño volumen titulado A Wheel Within a Wheel (Una rueda dentro de una rueda, audiolibro en inglés, 1895). Alejándose de los debates feministas, este texto es un puro elogio del pedaleo y de sus beneficios, físicos, mentales y sociales. Una frase, a modo de ejemplo: «Cuando la rueda de la mente iba bien, la rueda de goma zumbaba alegremente.» Acompañado por fotos de la autora y su querida bicicleta «Gladys» (que todavía se conserva en la Casa-museo Frances Willard de Evanston (Illinois)), este viaje por un jardín y los caminos de los alrededores merece salir del olvido…

Ilustración: Internet Archive.

Frances Willard – A Wheel within a Wheel (1895)

Ilustración: Internet Archive.

Jacques Wély – Assis dans un champ (ca. 1900)

Por no discutir con su esposa, Monsieur Renne se lleva su pelerina para su paseo en bicicleta, en un magnífico y caluroso día. A pesar de llevarla sujeta al manillar, el entusiasta ciclista disfruta tanto de su excursión que no se da cuenta de que la pelerina se está desatando y acaba cayendo al suelo. Cuando se percata de la pérdida del precioso abrigo, después de un copioso almuerzo, Monsieur Renne, incapaz de encontrarlo de nuevo, tendrá que inventarse una buena excusa para no ganarse la ira de su señora… La Pélerine (La Pelerina, 1895) es un simpático cuento del escritor naturalista Paul Margueritte (1860-1918), miembro de la Academia Goncourt.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Sebastián López Arrojo – El orgulloso vago Don Quijote de la Máquina (1897)

Pastiche velocipédico del Quijote, El Orgulloso vago Don Quijote de la Máquina : (aventuras de un ciclero) (1897) es una novela del escritor Sebastián López Arrojo (18?-19?). En el puro estilo picaresco, López Arrojo narra las aventuras de Chanito, Quijote moderno víctima de la fiebre del pedaleo dominguero, que emprende con su amigo Pancho Sanza y sus Rocinantes de ruedas, una ruta que les llevará hasta donde llegue su presupuesto. El resultado es un disparatado viaje por Madrid, Segovia, Toledo y alrededores, con descripciones turísticas, indicaciones de rutas y anécdotas de encuentros con los lugareños… Curiosidad: la muy seria Cartilla médico-velocipédica que cierra el volumen, redactada por el propio hermano del autor, el médico Lucio López Arrojo (18?-1903), ofrece una serie de remedios para curar diversos tipos de dolencias relacionadas con el uso de la bicicleta.

Ilustración: Biblioteca Digital Hispánica.

Ernest d’Hervilly – A Cocagne ! (1898)

Poeta, periodista, dramaturgo y novelista, Ernest d’Hervilly (1839-1911) se dedicó, en los últimos años de su vida, a escribir novelas juveniles, como por ejemplo Aventures d’un petit garçon préhistorique en France (1877) que descubrimos en los Tesoros Digitales sobre «novela prehistórica» o A Cocagne ! Aventures de MM. Gabriel et Fricotin (¡A Cucaña! Aventuras de los señores Gabriel y Fricotin, 1898), que cuenta las aventuras fantásticas de dos chavales ciclistas un poco gamberros en busca del País de Cucaña y sus promesas de buena y ociosa vida…

Ilustración: Gallica.

Maurice Leblanc – Voici des ailes, ilustración de Lucien Métivet (1898)

Famoso por su personaje Arsène Lupin, el ladrón de guantes blancos que protagonizó dieciocho novelas, treinta y nueve relatos y cinco obras de teatro, Maurice Leblanc (1864-1941) fue un ciclista entusiasta que recorrió los caminos de su Normandía natal inventariando aldeas, castillos e iglesias. Normandía es precisamente el rumbo de los protagonistas de su novela Voici des ailes (1898), dos parejas de parisinos cuya pasión por la bici les lleva a organizar una excursión en verano por las carreteras normandas. A pesar del calor (¡en tiempos de corsés y chalecos de franela!) y de las cuestas, poco a poco el estrés de la capital va dejando sitio al puro placer de pedalear al aire libre entre amigos. Una sensual y deliciosa oda a la «pequeña reina» y a las mujeres…

Ilustración: Ebay.

Erik Henningsen – El paseo matutino (1907)

Ilustración: Wikimedia Commons.

P. Vidal – La Vie des boulevards (1896)

Lleno de sensualidad también, À l’auberge (Hacia el albergue, 1901) narra la excursión de una pareja de amantes. Él hubiera preferido quedarse en la cama para practicar otro tipo de actividad física, pero su amiga Poupette decide que quiere ir a comer a un albergue en el campo. Con la esperanza de una siesta tierna, nuestro narrador acepta seguir las ruedas de Poupette, hipnotizado por las curvas… Olvidado hoy en día, el autor de este cuento, Richard O’Monroy (pseudónimo de Richard de L’Isle de Falcon de Saint-Geniès, 1849-1916) fue uno de los retratistas de la vida parisina de finales del siglo XIX, cuyo estilo alegre supo captar el interés de los lectores.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Emilio Salgari – Al Polo Australe in velocipede, ilustración de Giuseppe Garibaldi Bruno (1895)

Con las novelas del italiano Emilio Salgari (1862-1911), sabemos que nos exponemos a una serie de aventuras trepidantes y a viajar a cualquier parte del globo. Al Polo Australe in velocipede (Al Polo Austral en velocípedo, 1895) no defrauda la reputación del autor de Sandokan. Con un toque de anticipación científica, esta novela cuenta una carrera alocada a través de las tierras australes, para descubrir cuál es el modo más rápido de llegar al Polo Sur: el barco o… ¡el velocípedo! El intrépido americano Wilkye y sus amigos, a bordo de un artilugio compuesto de tres velocípedos reunidos entre ellos y movidos gracias a un pequeño motor (lo cual les permitirá separar las tres bicicletas cuando llegue a faltar el carburante y seguir pedaleando cada uno por su cuenta), desafían al armador inglés Linderman que no duda de que el único modo de llegar al polo es en barco.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Arthur Conan Doyle – The Adventure of the Solitary Cyclist (1911)

Miss Violet Smith, profesora de música en una famila acomodada de Charlington, vuelve los fines de semana a Londres para estar con su madre. Siempre recorre en bicicleta el trayecto entre la casa de sus amos y la estación de Charlington, hasta que un día observa que un hombre barbudo la sigue en sus trayectos. Más intrigada que asustada, le pide a Sherlock Holmes que investigue quién puede ser aquel hombre misterioso… Publicado en 1903, el cuento The Adventure of the Solitary Cyclist (La Aventura de la ciclista solitaria, audiolibro en inglés) presenta la curiosidad de que es el doctor Watson el que lleva la investigación solo, durante gran parte de la aventura.

Ilustración: The Arthur Conan Doyle Encyclopedia.

Cartel ruso de «El Maquinista de la general» (1927)

Terminamos este repaso del turismo ciclero con una pequeña joya del absurdo y el surrealismo. Publicado en la revista granadina en abril de 1928, el poema dramático titulado El Paseo de Buster Keaton es un homenaje de Federico García Lorca (1898-1936) al actor Buster Keaton (1895-1966), figura ineludible del cine mudo estadounidense. Después de matar a sus cuatro hijos con un puñal de madera, Buster Keaton monta en bicicleta para dar un paseo en el que se cruzará con varios personajes, a cada cual más extraño…

«Buster Keaton cruza inefable los juncos y el campillo de centeno. El paisaje se achica entre las ruedas de la máquina. La bicicleta tiene una sola dimensión. Puede entrar en los libros y tenderse en el horno del pan. La bicicleta de Buster Keaton no tiene el sillón de caramelo y los pedales de azúcar, como quisieran los hombres malos. Es una bicicleta como todas, pero la única empapada de inocencia. Adán y Eva correrían asustados si vieran un vaso lleno de agua, y acariciarían, en cambio, la bicicleta de Keaton.»

Ilustración: Internet Movie Data Base.

Paul Signac – El Velódromo (1899)

Ilustración: The Athenaeum.

Henri Desgrange hacia 1895

Por fin llegamos a la parte más competitiva de este capítulo dedicado a la literatura ciclista. Y lo hacemos en compañía de uno de los primeros campeones oficiales de la Historia. Henri Desgrange (1865-1940) descubre el ciclismo en 1891 con ocasión de la primera edición de la carrera Bordeaux-Paris y se apasiona rápidamente por esta disciplina, por la que renuncia a su trabajo como abogado. Su asiduidad le permite llegar al nivel de los mejores campeones profesionales, pero sin poder competir con ellos por ser aficionado (emprenderá una carrera como profesional a finales del año 1893). No obstante, llegó a establecer doce récords de ciclismo en pista, entre ellos, el récord de la hora, recorriendo, el 11 de mayo de 1893, 35,325 kilómetros. En el verano de 1895 abandona la carrera para dedicarse a una doble carrera de periodista y de director de velódromo. Impulsor, a principios del siglo XX de varias carreras importantes (Paris-Brest-Paris, Marseille-Paris…), fue uno de los fundadores del Tour de Francia. Además de contribuir en diversas revistas deportivas, Desgrange publicó dos libros La Tête et les Jambes (La Cabeza y las piernas, 1894) y Alphonse Marcaux (1899), novela ambientada en los círculos ciclistas, no disponible actualmente en formato digital. Bajo la forma de un intercambio epistolar entre el autor, campeón consagrado, y su alumno ciclista, La Tête et les Jambes es un tratado de entrenamiento para futuros corredores con todo tipo de consejos, tanto técnicos, como de salud, higiene de vida, o estrategia en las competiciones. Reeditado varias veces hasta 1930, este texto dedicado esencialmente a la competición en pista fue un manual de referencia durante décadas antes de volverse obsoleto por el auge de las carreras en carretera y el consiguiente abandono de las pruebas en pista.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Rémy Saint-Maurice – Le Recordman, ilustración de Georges Scott (1898)

Entonces conocido por su poesía y sus novelas de amor, Rémy Saint-Maurice (pseudónimo de Maurice Diard, 1864-1918) sorprendió en 1898 con la publicación de su nueva novela Le Recordman (El Poseedor del récord). Alejándose de las intrigas sentimentales de sus obras anteriores, Saint-Maurice elabora un pintoresco fresco de la vida de los velódromos, con su fauna – corredores y entrenadores, periodistas, fabricantes de bicicletas y accesorios… -, sus intrigas y sus secretos destinados a manipular el entusiasmo y la ingenuidad de los espectadores. Yves Le Gaillic, el protagonista, es un aprendiz panadero bretón cuya afición por la «pequeña reina» le lleva a correr en los velódromos parisinos, bajo la dirección de su entrenador Ladurelle y la supervisión de su novia Sybille, vendedora de «máquinas»… La crítica de la época fue unánime en su entusiasmo por esta novela, que, tanto en su publicación en la revista L’Illustration como en la edición en volumen, venía hermosamente ilustrada por los dibujos de Georges Scott (1873-1943).

Ilustración: Internet Archive.

Rémy Saint-Maurice – Le Recordman, ilustración de Georges Scott (1898)

Ilustración: Internet Archive.

Alfred Jarry – Le Surmâle (1902)

Así evocamos, en la entrega de Tesoros Digitales sobre científicos locos, la novela Le Surmâle (El Supermacho, 1902) del inclasificable Alfred Jarry (1873-1907). El profesor William Elson, químico famoso, imagina, después de una animada sobremesa sobre amor y sexo, una sustancia, llamada perpetual-motion food (alimento de moción perpetua), que permite la regeneración de los músculos durante el esfuerzo, y por lo tanto multiplicar al infinito el rendimiento muscular… de todo tipo de músculo. Para probar la eficacia de esta droga, se convoca una carrera ciclista entre París e Irkutsk en Rusia. Casi todos los corredores mueren en el intento, pero el objetivo es cumplido por una misteriosa sombra, que no ha absorbido el perpetual-motion food. Para más inri, se encuentran, por todo el recorrido, cadáveres de mujeres a las que se les ha hecho el amor de manera salvaje. Es el supermacho que todos buscan. Cuando logran identificar su identidad, le ponen a prueba para medir cuántas veces seguidas puede realizar el acto sexual. El resultado superará todas las expectativas: ¡89 veces! En su última novela, mezclando provocación, situaciones grotescas, e insinuaciones algo atrevidas, Alfred Jarry aborda a su manera temas filosóficos sobre erotismo: la relación entre acto sexual y muerte, o la eterna controversia sobre si el deseo sexual nace del amor o al revés…

Ilustración: Gallica.

«Horizontalmente recostados en el tándem de cinco plazas – modelo ordinario de carreras 1920, sin manillar, neumáticos de quince milímetros, desarrollo de cincuenta y siete metros treinta y cuatro – estando nuestras caras más bajo que nuestros sillines y dentro de máscaras pensadas para protegernos del viento y el polvo, nuestras diez piernas atadas, las derechas y las izquierdas, por tubos de aluminio, arrancamos sobre la pista interminable que habían preparado a lo largo de los diez mil miles, paralelamente al carril del gran tren rápido ; arrancamos, propulsados por un automóvil con forma de obús, a la velocidad provisional de ciento veinte kilómetros por hora.»

Tristan Bernard – Hardi, Poitevin !, ilustración de Louis Strimpl (1910)

Tristan Bernard (pseudónimo de Paul Bernard, 1866-1947), el amigo que inició Alphonse Allais a las delicias de la bicicleta, cursó estudios de derecho pero nunca llegó a ejercer como abogado. Muy pronto decidió dedicarse exclusivamente a sus dos pasiones: la escritura y el ciclismo. Empezó a colaborar en la Revue blanche a partir de 1891, adoptando el pseudónimo de Tristan, nombre de un caballo de carreras sobre el que había apostado con éxito en varias ocasiones. Fue un fecundo dramaturgo y novelista, además de publicar artículos de opinión y ensayos. Aunque su obra ha sido un poco olvidada hoy en día, su nombre permanece en la memoria colectiva por sus frases humorísticas y sus juegos de palabras. Director en 1895 del velódromo Buffalo de Neuilly-sur-Seine (ver cuadro de Toulouse-Lautrec más arriba), cerca de París, director de la revista Le Journal des vélocipédistes, fundador en 1931 de la Asociación de los escritores deportistas, el compromiso de Tristan Bernard por los deportes demuestra – si fuera necesario – que deportes y literatura no son incompatibles. En su obra encontramos varias figuras entrañables de deportistas. Las bicicletas aparecen, en sus cuentos, como un medio de transporte habitual y encontramos personajes tan pintorescos como el inventor del «Sillín Sibarita», en el que se está tan cómodo como en una mecedora (Le Prestige (El Prestigio, 1905)), pero Hardi, Poitevin ! (¡Ánimo, Poitevin!, 1905) nos sumerge de lleno en el ambiente de una carrera ciclista. De noche, durante una prueba por equipos en carretera, un grupo de ciclistas se equivoca de camino… Le Vent dans le dos (El Viento de espaldas, 1911) es un artículo en el que Bernard recoge diversas consideraciones en torno a la influencia del viento sobre el rendimiento de un equipo especializado en pruebas de Audax, en las que se mide tanto la regularidad como la resistencia física.

Illustración: Gallica.

Pierre Giffard – Microbe, champion des sports, ilustración de William-Adolphe Lambrecht (192?)

Dramaturgo, novelista, guionista, Pierre Giffard (1853-1922) fue también un precursor del periodismo moderno y un pionero de la prensa deportiva. Creador de carreras míticas como la ciclista París-Brest-París, la automovilística París-Rouen o el maratón de París, se le debe el apodo de «la pequeña reina»: publicó en 1891 un ensayo histórico sobre los orígenes de la bicicleta, titulado La Reine bicyclette (La Reina bicicleta), y de este título nació la famosa expresión. En 1906 publica una novela juvenil de aventuras, Microbe, le petit Breton (Microbio, el pequeño Bretón), protagonizado por un joven que, después de la muerte de su padre, ejerce diversos oficios para salir adelante: de cantante callejero, será sucesivamente artista acróbata en patines en la Ópera, repartidor en bicicleta, campeón ciclista, corredor en automóvil… La novela se reeditó después de la muerte de su autor bajo el título de Microbe, champion des sports (Microbio, campeón de deportes).

Ilustración: Gallica.

Alphonse Baugé – Le Tour de France, 1907 : lettres à mon directeur, ilustración de Pierre Gonzague-Privat (1908)

Ganador en 1896 del campeonato de Francia de ciclismo medio fondo y clasificado entre los tres primeros en diversas carreras entre 1897 y 1900, Alphonse Baugé (1873-1938) abandonó la competición a principios del siglo XX, pero sin alejarse de los círculos ciclistas. Siguió el Tour de Francia durante varios años como periodista y, de 1909 a 1914, fue el director deportivo de los equipos que ganaron el Tour. Publicó varias obras dedicadas a su deporte: Le Secret de Choppy, manuel d’entraînement (El Secreto de Choppy, manual de entrenamiento, 1908), Messieurs les coureurs. Vérités, Anecdotes et Réflexions sur les courses cyclistes et les coureurs (Señores corredores. Verdades, anécdotas y reflexiones sobre las carreras ciclistas y los corredores, 1925). Le Tour de France, 1907 : lettres à mon directeur (El Tour de Francia, 1907: cartas a mi director, 1908) es un documento curioso. Diario de a bordo de sus inicios como director deportivo del equipo Labor durante el Tour 1907, es uno de los primeros escritos en los que se describe el funcionamiento interno de un equipo ciclista. No desprovisto de humor, el libro viene ilustrado por fotos de los corredores del equipo y dibujos realizados por Pierre Gonzague-Privat (1880-19?), corredor del equipo Labor, que recrean diversas situaciones de la carrera.

Ilustración: Gallica.

El corredor Ernest Paul y Alphonse Baugé, durante el París-Brest de 1911

Ilustración: Gallica.

Cartel del espectáculo del acróbata ciclista Charles Kilpatrick (ca. 1900)

Con Un maniaque (Un maniático, audiolibro en francés, 1910), nos alejamos un momento de los velódromos para visitar… una pista de circo. Este cuento escalofriante de Maurice Level (1875-1926) está protagonizado por un hombre en busca de lo nunca visto durante los espectáculos: el incendio del escenario de un teatro, el león que devora a su domador… Cuando por fin presencia uno de estos trágicos sucesos, se desinteresa y busca otra sensación fuerte. Un día descubre un cartel de circo en el que se anuncia el número de un ciclista virtuoso que debe recorrer una pista en altura, desafiando la ley de la gravedad con su máquina. Más asiduo que nunca, asiste todas las noches a la función, esperando, deseando el fatal accidente…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Charles Demuth – In Vaudeville, the Bicycle Rider (1919)

Ilustración: The Athenaeum.

Vicente Blanco, ganador de la carrera Irún-Pamplona-Irún (1909)

La gesta del Tour de Francia está compuesta de figuras entrañables de campeones, pero hay uno muy especial cuya aventura llegó a ser novelada. Vicente Blanco Echevarría (1884-1957) fue el segundo español en participar en la vuelta gala. A pesar de tener dos muñones en lugar de dos pies (consecuencias de dos accidentes laborales), este bilbaíno apodado El Cojo se aficionó al ciclismo, montado en una bicicleta encontrada en la chatarra. Profesional entre 1909 y 1913, ganó los Campeonatos de España de ciclismo en ruta de 1908 y 1909 antes de empeñarse en correr en el Tour de Francia en 1910. Esperado con expectativas, viajó de Bilbao a París pedaleando y llegó pocos días antes de la salida de la carrera, completamente agotado. No obstante, se presentó a la prueba el día de la salida y empezó a correr. Pero no llegó a acabar la primera etapa. Bueno, él siempre dijo que sí que la acabó, pero no en el tiempo reglamentario… Los inicios como ciclista de aquel corredor cojo constituyen el objeto de una novela biográfica corta titulada El cojo «campeón» publicada en la colección El Cuento semanal en enero de 1911. Su autor, Manuel Aranaz Castellanos (1875-1925), nació en Cuba pero vivió casi siempre en Bilbao. Destacó como autor de novelas costumbristas vascas y sainetes. Gan aficionado a los deportes, presidió la Federación Atlética Vizcaína por la que corría Blanco.

Ilustración: Hemeroteca Digital, Biblioteca Nacional de España.

Vicente Blanco, segundo premio del campeonato de Castilla (1909)

«Por noticias particulares recibidas ayer en la Federación Atlética Vizcaína, a cuyo bando ciclista pertenece el discutido campeón de España Vicente Blanco (a) el cojo, puede juzgarse de la importancia del triunfo que el simpático corredor ha obtenido en la carrera Madrid-Toledo-Madrid, 131 kilómetros. El cojo, que se cayó en el momento de salir de la meta, que tuvo antes de llegar al viraje ocho pinchazos, despegándose del pelotón de cabeza, a pesar de llevar la máquina desinflada, y llegando a aquel jurado el primero con 600 metros de ventaja, tuvo también al regreso otros dos pinchazos y una fuerte caída en un paso a nivel, de la cual resultó con erosiones en una pierna y en un brazo. A pesar de tanto contratiempo, y esto es lo que acredita los arrestos y la firmísima voluntad de Vicente Blanco, el valiente carrerista llegó a la meta tan sólo dos minutos después del primero, siendo recibido con una ovación entusiasta y aclamado como si él hubiera sido el vencedor, cosa que tan al contrario ocurrió su tan discutida victoria del año pasado en Gijón. Lo ganado por el cojo en la carrera Madrid-Toledo-Madrid es lo siguiente: doscientas cincuenta pesetas del segundo premio ; una valiosa escribanía de plata, también de este premio, y un reloj de oro, valuado en trescientas pesetas, por haber llegado el primero al viraje. Durante su estancia en Madrid, ha ganado además el cojo, campeón chanelista de esta ría, una regata de botes en el estanque del Retiro, cuarenta pesetas en medio décimo que jugaba a la pasada lotería, y un corsé, para regalarlo a su señora, que le tocó en una rifa. […] Si este hombre extraordinario tuviera las dos bien, ni poco que se reiría de los automóviles… y hasta de los aeroplanos.»

Ilustración: Hemeroteca Digital, Biblioteca Nacional de España.

Alfred Capus en automóvil a principios del siglo XX

Periodista, novelista, dramaturgo, miembro de la seria y prestigiosa Académie français, Alfred Capus (1858-1922) fue también un adepto de la bicicleta y formó parte del comité organizador del Artistic Cycle Club, asociación par el fomento del ciclismo, en la que también participaron famosos que ya conocemos como Tristan Bernard, Pierre Lafitte, Maurice Leblanc, Octave Mirbeau o Alphonse Allais… Publicados en la prensa en la última década del siglo XIX y reunidos en 1913 en el volumen titulado Monsieur veut rire (El Señor se burla), L’Homme bicycle (El Hombre bicicleta) y Un record (Un récord) son dos cuentos en los que Capus se mofa de la locura por la bicicleta de su tiempo. L’Homme bicycle es la historia de Marius, cuya vocación innata por la bicicleta le llevará a fusionarse físicamente con ella. En cuanto a Un record, es la ocurrencia de un joven casado que siente una fuerte afición por la bicicleta al volver de su luna de miel: decide realizar todos sus actos cotidianos montado en la bicicleta estática que mandó construir para poder practicar en casa, comer, leer, y… ¡amar a su joven esposa!

Ilustración: Gallica.

Lucien Jonas – La Course cycliste (1905)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Los ganadores del Tour 1924: Ottavio Bottecchia (1º), Nicolas Frantz (2º), Omer Huysse (3º)

En 1924, el diario Le Petit Parisien encarga al periodista Albert Londres (1884-1932) la cobertura del Tour de Francia. Reportero comprometido que documentó las condiciones de vida de los presidiarios en la colonia penal de Guayana o las de los enfermos encerrados en hospitales psiquiátricos o la trata de las blancas en Argentina, Londres dio cuenta de la carrera desde un punto de vista humanista más que deportivo. Otorgando poca importancia a los resultados de la competición, se interesó por los hombres y denunció día tras día las duras exigencias físicas a las que se sometían los ciclistas, lo absurdo del reglamento, la dureza de los entrenadores (Alphonse Baugé, que ya conocemos, no está retratado bajo su mejor perfil…) pero también relató el entusiasmo de los espectadores a lo largo de las carreteras. Entre realismo y humor, estos artículos, reunidos posteriormente en volumen bajo el título Les Forçats de la route (Los Convictos de la carretera, audiolibro en francés, 1924) constituyen un vibrante homenaje a aquellos corredores, esclavos de la carretera, durante aquel «Tour de France, tour de souffrance» (Tour de Francia, tour de sufrimiento) al que se apuntaron ciento cincuenta corredores pero terminaron sólo sesenta.

Ilustración: Gallica.

El italiano Botecchia vencedor de la etapa del Tourmalet en 1924

«Un corredor está parado en la carretera: no repara su máquina, sino su cara. Sólo tiene un ojo vivo, el otro es de cristal. Se quita el ojo de cristal para secarlo: – Hace apenas cuatro meses que lo tengo, y no he me acostumbrado todavía. Es Barthélémy. – Lo perdí por culpa de un sílex mientras iba con la bici. Seca su órbita: – ¡Está supurando! – ¿Le duele? – ¡El cerebro va! Vuelve a montar en su bicicleta y acelera para alcanzar el pelotón.»

Ilustración: Gallica.

«El ataque de los Pirineos estaba previsto para el día siguiente. Cinco o seis corredores estaban bajos de ánimo. Entonces, Baugé, en el hall del hotel, entró en escena. – ¿Vas a abandonar, tú que tienes un sistema para los Pirineos? – ¡Pero no tengo sistema para los Pirineos, señor Baugé! – ¡Sí que tienes un sistema para los Pirineos! Y vas a abandonar, tú a quién todo el mundo espera en los puertos. – Pero no, señor Baugé, nadie me espera en los puertos. – Todo el mundo te espera, te lo digo. ¡Pero no lo puedes saber tanto como yo, tú a quién la ancianita pirenaica regalará flores en la cumbre del Tourmalet! – ¡Me la sudan las flores, señor Baugé! Le digo que ya no tengo tendones. – No es cuestión de tendones… – ¿Y con qué voy a empujar?… – Ve a ver a tu masajista y te hará tendones… Escucha hijo, ¿tienes corazón? – Sí, pero no tengo tendones… – No pienses en esto. Piensa en tu éxito, en tu nombre en los grandes periódicos de París, en la banda de tu pueblo que vendrá a recibirte cuando bajes del tren, si acabas el Tour. – Pero, señor Baugé, si le digo… – Sí, me dices que ya no tienes tendones.. Muy bien… Pues, ¡hazte enterrador en vez de corredor ciclista, me oyes, adiós!»

El pelotón relajado en la orilla del río Doubs (1924)

La lectura de este texto cobra toda su fuerza si se acompaña de los reportajes abundantemente ilustrados que publicó la revista Le Miroir des sports en junio y julio de 1924: el estado de las carreteras, los accidentes, el polvo provocado por los coches y las motos, los animales en la carretera, la multitud en las ciudades y en las cumbres de los puertos, pero también instantáneas de los corredores al descanso, tomándose una cerveza y siendo masajeados, o retratos del staff de la organización del Tour…

Ilustración: Gallica.

La multitud en la cumbre del puerto de Braus (1924)

Ilustración: Gallica.

Una yegua y su cachorro cruzando la carretera (1924)

Ilustración: Gallica.

El corredor Tiberghien ayudando a una ciclista (1924)

Ilustración: Gallica.

El polvo… (1924)

Ilustración: Gallica.

Descanso… (1924)

Ilustración: Gallica.

Los corredores cruzando un puente de madera en Nantes (1924)

Ilustración: Gallica.

Albert Londres (izq.) y André Reuze (der.) conversando con los corredores Henri, Francis y Maurice Ville (1924)

André Reuze (1885-1949), que entrará en el Dominio Público en 2020, fue un novelista, autor de novelas policíacas y de aventuras. Fue también periodista deportivo, y, de su experiencia como reportero en el Tour de Francia en 1924 y 1925 para la revista Le Miroir des sports, nacieron varios libros: Le Tour de souffrance (El Tour de sufrimiento, 1925), novela deportiva inspirada en el Tour 1924, Coude à coude (Codo a codo, 1932), ambientada en la carrera Bordeaux-Paris, y Le Champion fantôme (El Campeón fantasma, 1932), novela policíaco-deportiva que transcurre en la Vuelta a Marruecos, carrera que se corrió por primera vez en 1937, cinco años después de la publicación de esta novela. Queda por esperar que a lo largo de los próximos meses, estas novelas puedan ser digitalizadas… Mientras tanto, nos podemos hacer una idea de su estilo con la novela corta La Plus Belle (La Más Hermosa, 1930), publicada por entregas en Le Miroir des sports (Parte 1, Parte 2, Parte 3, Parte 4, Parte 5, Parte 6, Parte 7, Parte 8).

Ilustración: Gallica.

Umberto Boccioni – Dinámica de un ciclista (1913)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Reportero, Ranquet es el encargado de los deportes para un diario. Tiene mal carácter, se imagina que todo el mundo siempre está confabulando contra él, y tiene predilección por los velódromos… A través del divertido retrato de un personaje pintoresco, el escritor belga André Baillon (1875-1932) ofrece un fino análisis del oportunismo de cierta prensa, siempre en busca de sensacionalismo para vender más periódicos… Este cuento se publicó en el volumen Par fil spécial: carnet d’un secrétaire de rédaction (Por hilo especial: cuaderno de un secretario de redacción, 1924) en el que el autor elabora un fresco lleno de humor sobre los personajes que habitan las oficinas de un periódico.

Robert Dieudonné (izq) en 1932

Publicada en 1930, la novela Bébert ou La Vie ratée (Bébert, o La Vida fallida, 1930) bien podría haber visto la luz en el siglo XIX romántico, si no fuera porque los velódromos y la industria automóvil constituyen el telón de fondo de esta trágica historia sentimental. Aprendiz en la carnicería de una pequeña ciudad de provincias, Bébert se enamora locamente de Hélène, la hija de una rica familia. Como no puede pretender su mano debido a su situación modesta, Bébert «sube» a París a buscar fortuna. La cual conseguirá, primero como campeón ciclista, luego como director de una importante fábrica de coches. Pero cuando esté en condiciones de pedir la mano de Hélène, habrán pasado treinta años… Después de la edición en volumen de 1930, la novela se pudo leer por entregas en la revista L’Auto-vélo entre el 28 de abril y el 24 de agosto de 1940, unas pocas semanas antes de la muerte de su autor, Robert Dieudonné (1879-1940), novelista, dramaturgo, caricaturista y periodista francés. Colaborador habitual de L’Auto-Vélo, publicó numerosos cuentos – la mayoría dedicados al ciclismo -, crónicas y novelas por entregas en esta revista. Entre sus novelas sobre ciclismo:

También encontramos una novela sobre carreras de caballos, Le Pur Sang (Versión por entregas del 17 de octubre al 25 de noviembre de 1923, El Pura Sangre, 1923).

Ilustración: Gallica.

Felix Nussbaum – El ganador de la carrera de bicicletas (1930)

Ilustración: The Athenaeum.

Le Roi de la pédale (1925)

Más lecturas (que no han entrado todavía en el Dominio Público o no están disponibles online)

  • La Pelle (La Caída, 1902), de Paul Lacour (1861-1953)
  • Les Fêtes du muscle (1914), de Georges Rozet (1871-1962)
  • High Road and Lonning: The Rhymes of a Cyclist (1928), de John Helston (1877-1930)
  • Le Jeune Homme au cycle-car (19?), de Louis Léon Martin (1883-1944)
  • La Nuit des Six Jours (1922), de Paul Morand (1888-1976)
  • Les Mémoires d’une bicyclette (1924), de Henry Aurenche (1879-1971)
  • Le Roi de la pédale (1925), película de Maurice Champreux (1893-1976)
  • Bob, Homme de 6 jours (1926), de Jacques Chabannes (1900-1994)
  • Hardi les gars ! (1932), película de Maurice Champreux, adaptada a novela por Gaston Bénac (1881-1968)
  • Le Mystère du Tour de France (Extractos, 1939), de Henri Suquet (1902-1980)

Ilustración: Internet Movie Data Base.

Velocidad y espacio, nuevas sensaciones con el viaje en automóvil

Ramon Casas – Ramon Casas y Pere Romeu en un automóvil (1901)

Ilustración: Museu Nacional d’Art de Catalunya.

Automobiles, motocycles et cycles E. Paret (ca. 1900)

Como en el caso para la bicicleta, la aparición y la popularización de los primeros automóviles suscitó una explosión editorial, con la publicación de una infinidad de revistas (España automóvil (1907-1911) ; Le Chauffeur (1897-1907) ; The Automobile Magazine (1900-1902)), manuales prácticos (Tratado práctico de automóviles (1908), de Guillermo Ortega Agulla y Ricardo Goytre ; Manuel théorique et pratique de l’automobile sur route : vapeur, pétrole, électricité (1900), de Gérard Lavergne ; Lee’s American Automobile Manual (1902) ; Automobile driving self-taught (1914), de Thomas Herbert Russell) o legislativos (Automóviles: reglamento del 23 de julio de 1918, Instrucciones del Real Automóvil Club de España (1921) ; Le Code de la route. Décret du 27 mai 1921 suivi d’une circulaire concernant la réglementation de l’usage des voies ouvertes à la circulation publique (1921) ; Rules for driving and traffic regulations and extracts from the New Hampshire automobile laws (1914)) y de guías turísticas (Guía oficial de carreteras (1919), del Real Autómovil Club de España ; Guide du tourisme automobile et aérien au Sahara (1934-1937) ; The Automobile green book (1926) ; Quebec automobile tour book (1919)). ¡Hasta en la zarzuela vemos aparecer automóviles y automovilistas, como por ejemplo en la quijotesca El Carro de la muerte : zarzuela fantástica extravagante en un acto (1907), de Sinesio Delgado (1859-1928) y música de Tomás Barrera (1870-1938). Pero, a diferencia de la bicicleta, el automóvil, artículo de lujo por excelencia, quedó reservado a cierta élite adinerada y su expansión en la sociedad no tuvo la misma repercusión entusiasta. Consecuencia de esto, pensamos, fue que, muy rápidamente, la presencia de los automóviles en la narrativa se limita a menudo a la de accesorio de lujo, o, como mucho, de pretexto para ciertos subgéneros muy concretos: romances sentimentales con trasfondo viajero, novelas de intriga o misterio y novelas de aventuras destinadas a la juventud.

Ilustración: Bibliothèques municipales spécialisées de Paris.

Aunque estos subgéneros se alejan considerablemente de nuestro propósito deportivo, no podemos obviar completamente estas obras y les ofrecemos algunos de los títulos y autores más destacados.

Louis Tracy – Cynthia’s Chauffeur, ilustración de Howard Chandler Christy (1910)

En el romance sentimental y automóvil, los británicos Charles Norris Williamson (1859-1920) y Alice Muriel Williamson (1869-1933) fueron especialistas. El marido fue reportero de la sección de motorismo en periódicos ingleses y, junto a su esposa Alice, firmaron a cuatro manos una larga lista de novelas sentimentales. Entre las que se ambientan durante viajes en automóvil, podemos citar The Princess Passes: A Romance of a Motor-Car (La Princesa pasa: un romance de un automóvil, audiolibro en inglés, 1905), My Friend the Chauffeur (Mi amigo el chófer, 1905), The Chauffeur and the Chaperon (El Chófer y la Carabina, 1906), The Car of Destiny (El Coche del destino, 1907) – un romántico viaje de novios por España (ver nuestra entrega de Tesoros Digitales sobre España imaginada) -, The Motor Maid (La Chica del automóvil, 1910). A estas obras tenemos que sumar The Lightning Conductor: The Strange Adventures of a Motor-Car (El Conductor veloz: las extrañas aventuras de un automóvil, 1903) y The Lightning Conductor Discovers America (El Conductor veloz descubre América, 1916), dos volúmenes de anécdotas viajeras, en Europa y en Nueva Inglaterra. Otros títulos de este género serían Cendrillon en automobile (Cenicienta en automóvil, audiolibro en francés, 1909) del francés Émile Bergerat (1845-1923), fantasía onírica en la que el poeta transforma la calabaza de Cenicienta en un magnífico automóvil o Cynthia’s Chauffeur (El Chófer de Cynthia, 1910), del escritor y periodista británico Louis Tracy (1863-1928), romance en el que un vizconde británico arruinado es contratado por una rica americana para conducir su coche en un viaje por Inglaterra…

Ilustración: Project Gutenberg.

Eleanor M. Ingram – The Flying Mercury, ilustración de Edmund Frederick (1910)

Desaparecida prematuramente a los treinta y cinco años, la estadounidense Eleanor M. Ingram (1866-1921) nos ha legado un puñado de novelas sentimentales y una novela fantástica, The Thing from the lake (La Cosa del lago, audiolibro en inglés, 1921), a la que los expertos consideran como un intermediario entre el gótico de la época victoriana y el fantástico de H.P. Lovecraft. Entre las novelas sentimentales de Eleanor M. Ingram, encontramos The Flying Mercury (1910), una historia de amor, ambición y honor entre dos personas cuyas condiciones sociales deberían alejar, y From the Car Behind (Desde el coche de detrás, 1912), novela de amor y celos ambientada en el mundo de las carreras automovilísticas.

Ilustración: Project Gutenberg 

Stanley R. Matthews – Motor Matt, or The King of the Wheel (1909)

Aventuras, viajes, intrigas, misterios, tales eran los ingredientes de un sinfín de series narrativas juveniles editadas en Estados Unidos en las dos primeras décadas del siglo XX con el fin de inculcar los valores morales imprescindibles en la formación de los jóvenes. En general escritas bajo pseudónimo, masculino o femenino según se destinaran a chicos o chicas, protagonizadas por personajes o grupos de amigos recurrentes, algunas de estas colecciones tuvieron muchísimo éxito y alcanzaron cifras editoriales astronómicas para la época. Algunos títulos de series en las que los automóviles – y otros artilugios motorizados – tienen especial protagonismo:

Ilustración: Project Gutenberg.

Carolyn Wells – Rubáiyát of a Motor Car, ilustración de Frederick Strothmann (1906)

Una curiosidad literaria para toda la familia: Rubáiyát of a Motor Car (Rubaiyat de un automóvil, 1906) es un cuento en versos de la escritora y poeta estadounidense Carolyn Wells (1862-1942), famosa por sus novelas policíacas y sus series juveniles. La traducción en inglés en 1859 de los Rubaiyat (literalmente cuartetos), poemas del astrónomo, matemático y filósofo persa Omar Jayam (1048–1131) lanzó la moda, en el mundo anglófono, de los cuartetos paródicos al estilo de Jayam. Un ejemplo es este divertido Rubáiyát of a Motor Car, en el que la autora relata las aventuras alocadas de un automóvil y sus pasajeros. En 1911, Wells articula una de las aventuras de su heroína recurrente Patty Fairfield en torno a un coche : en la novela juvenil Patty’s Motor Car (El Automóvil de Patty) la joven protagonista gana un coche eléctrico en un concurso…

Ilustración: Internet Archive.

Julius LeBlanc Stewart – Las Señoras Goldsmith en el Bois de Boulogne en 1897 en un cochecito (1901)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Otto Julius Bierbaum – Das höllische Automobil (1905)

En la novela de intriga – fantástica o policíaca – los automóviles empiezan a cobrar protagonismo propio en los primeros años del siglo XX, en general como montura con ruedas para piratas y bandoleros modernos. Así, desde los cuatro puntos cardinales, nos llegaron historias como:

  • The Motor Pirate (El Pirata motorizado, 1903) y su secuela The Cruise of the Conquistador: Being the Further Adventures of the Motor Pirate (El Crucero del conquistador: nuevas aventuras del Pirata motorizado, 1905) del inglés G. Sidney Paternoster (1866-1925), aventuras de un bandolero enmascarado que perpetra sus crímenes haciendo uso de tecnologías avanzadas, llegando incluso a volar en una nave espacial. G. Sidney Paternoster es también el autor de The Lady of the blue motor (La Dama del coche azul, 1907), novela que mezcla misterio y romance, protagonizada por una atrevida heroína que, al volante de su coche azul, viaja a velocidades vertiginosas.
  • Das höllische Automobil (El Automóvil infernal, 1905), extraño cuento de hadas protagonizado por un gigante solitario, su asistente y el diablo en su infernal automóvil rojo, propulsado por la energía generada por las almas de las personas calumniadoras encerradas en el depósito y con neumáticos hechos de los cerebros elásticos de cortesanos y demagogos… El autor de este cuento, Otto Julius Bierbaum (1865-1910), fue un polifacético autor alemán.

Ilustración: Internet Archive.

  • Un assassinio in automobile (Un crimen en automóvil, 1905), de la autora italiana de novelas populares Carolina Invernizio (1851-1916), folletín trepidante de más de quinientas páginas ambientado en los círculos aristocráticos de Turín y que mezcla intrigas sentimentales y aventuras criminales…
  • The Count’s Chauffeur (El Chófer del conde, 1906), del inglés William Le Queux (1864-1927), periodista, corresponsal de guerra, viajero y prolífico autor de más de 170 obras (novelas policíacas, de espionaje, de ciencia-ficción, reportajes, relatos de viajes…). The Count’s Chauffeur se compone de varias historias cortas de atracos protagonizadas por un ladrón muy especial: el chófer de un conde británico…
  • Automobile Lillian, the girl bandit (1913)

    The Scarlet Car (El Coche rojo, 1906), de Richard Harding Davis (1864-1916), novelista y periodista estadounidense. El contable de un banco descubre que el director y su hijo han desviado fondos y les amenaza con denunciarlos. Los banqueros corruptos asesinan – o creen asesinar – a su empleado y encargan a un cómplice deshacerse del cuerpo…

  • L’Auto 493-N : mystérieuse histoire d’hier (El Auto 493-N: misteriosa historia de ayer, 1909), de Auguste Geoffroy (1856-1929), o las aventuras de un detective enmascarado a bordo de un vehículo especialmente diseñado para llevar a cabo investigaciones policíacas: de color oscuro y totalmente silencioso para pasar desapercibido, veloz y a prueba de averías, totalmente equipado con las herramientas que pueda necesitar un «MacGyver» de 1909, convertible en coche-cama… Autor prolífico de novelas populares que se publicaban por entregas en la prensa, Auguste Geoffroy publicó otro relato automovilístico: La Dame à l’automobile (del 27 de abril al 20 de junio de 1909, La Dama del automóvil).
  • The Man who drove the car (El Hombre que conducía el coche, 1910), de Max Pemberton (1863-1950). La figura central de esta curiosa novela es el chófer de un automóvil que se dedica a investigar situaciones enigmáticas involucrando a sus pasajeros. No hay robos ni asesinatos, sino viajeros preocupados por algo y es ese algo lo que el conductor intenta averiguar… Famoso por sus novelas de aventuras y de misterio, el inglés Max Pemberton también publicó en 1908 The Amateur Motorist (El Automovilista aficionado), un manual sobre automovilismo basado en artículos que había escrito para el periódico The Sphere.
  • Automobile Lillian, the girl bandit : Adventurous night of a tender-hearted girl in a stolen automobile : her experience with the sheriff, and her love for “Texas Joe,” the hardy plainsman : tragic death of heroine (Automobile Lillian, la bandolera, 1913). Aventuras y amores de una bandolera motorizada de Arizona, un volumen de una colección popular publicado en 1913 sin mención de autor.

Ilustración: Villanova Digital Library.

  • El Castigo (1914), de Louis Roubaud (1884-1941). Triangulo amoroso y crimen pasional en un automóvil circulando por una carretera de montaña…
  • Mors et Vita (audiolibro en francés), L’Homme qui tremblait (El Hombre que temblaba, audiolibro en francés) y Le Procès-verbal (El Acta, audiolibro en francés), tres de las Enquêtes du commissaire Jérôme (Investigaciones del comisario Jérôme), especie de Sherlock Holmes francés creado por Maurice Renard (1875-1939) cuyas veintiséis aventuras se publicaron en el diario Le Matin entre 1933 y 1939. En estas tres historias, un automóvil tiene un papel clave en la resolución del enigma…

Revolución mexicana, Ciudad Juárez (191?)

Mención aparte merece El automóvil del general (1921) de Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928). Manteniendo a los lectores en vilo durante los cuatro primeros capítulos de este relato sin revelar por qué el «automóvil del general» es la causa por la cual el narrador no puede volver a México, el autor valenciano propone un desenlace brutal y cruel a una historia de rivalidad – política y amorosa – entre generales de la revolución mexicana…

«La joya bella era el automóvil recién llegado: una máquina esbelta, ligera, incansable, como un corcel de ensueño. No quiero decir la marca. Creerían ustedes que estoy pagado por la casa constructora. Baste decir que era un gran automóvil, el mejor de los Estados Unidos, y no añado más. Yo lo admiraba tanto como mi general. Muchas noches, antes de dejarme en la redacción de su periódico para que escribiese el artículo, Castillejo me paseaba por las principales calles de Méjico, mejor dicho, por la única avenida que, con diversos nombres y variable anchura, se extiende varios kilómetros, desde la vieja plaza donde está el palacio del gobierno hasta el Parque de Chapultepec. Ustedes saben cómo son de noche las calles de Méjico: no hay ciudad en el mundo mejor alumbrada y con menos gente. Los focos eléctricos brillan formando racimos, para iluminar una soledad de desierto. Cree uno deslizarse por una de esas ciudades de Las mil y una noches, donde todo ha quedado inmóvil y dormido por obra de encantamiento. En los primeros años de la revolución este silencio era amenizado de vez en cuando con agradables diversiones. Los oficiales corrían las calles en automóviles de alquiler, disparando sus revólveres. Se tiroteaban de unos carruajes á otros. ¡Asunto de divertirse un poco!…»

Ilustración: University of North Texas Libraries.

Apel·les Mestres – Cromos para los Chocolates Amatller (principios S. XX)

Ilustración: Biblioteca Digital hispánica.

Apel·les Mestres – Cromos para los Chocolates Amatller (principios S. XX)

Ilustración: Biblioteca Digital hispánica.

Phil May – Mr Punch awheel (190?)

Como ya fue el caso con las bicicletas, los humoristas y satiristas también se apoderaron de las situaciones automovilísticas para reírse de las averías, los accidentes o los sustos sufridos por peatones (de dos o cuatro patas, con ruedas o con alas!). Por ejemplo, el caricaturista inglés Phil May (1861-1903) publicó una recopilación de sus viñetas sobre bicicletas y automóviles, Mr. Punch awheel : the humours of motoring and cycling (El Sr Punch sobre ruedas: el humor de la conducción y el ciclismo, 190?). También los cromos realizados por Apel·les Mestres (1854-1936) para la fábrica Chocolates Amatller de Barcelona ofrecen una serie de situaciones cómicas – ¡y catastróficas! – protagonizadas por un coche y sus ocupantes.

Ilustración: Internet Archive.

Marietta Holley – Samantha vs. Josiah: Being the Story of a Borrowed Automobile and What Came of It (1906)

Marietta Holley (1836-1926) fue una humorista estadounidense que, a través de la sátira, denunció los defectos de la sociedad y la política de su país. Feminista, publicó una serie de novelas protagonizada por Samantha Allen, una granjera que habla en un cómico dialecto campesino, de fuerte carácter y sin duda con más autoridad y cabeza que su esposo Josiah. Opuesta a la idea de que la mujer debe hacer los mayores esfuerzos en la intimidad del hogar pero no está legitimada para la vida pública, Samantha, alter ego de su creadora Marietta Holley, no cree que la mujer sea mejor o peor que el hombre: simplemente cree en la igualdad en todos los ámbitos de la vida. En Samantha vs. Josiah: Being the Story of a Borrowed Automobile and What Came of It (Samantha contra Josiah: historia de un automóvil tomado prestado y lo que fue de él, 1906), Josiah toma prestado un coche y, previsiblemente, la experiencia acaba en accidente…

Ilustración: Internet Archive.

Ellis Parker Butler – The Adventures of a Suburbanite (1911)

Con The Adventures of a Suburbanite (Las Aventuras de un suburbano, audiolibro en inglés, 1911), el prolífico autor estadounidense Ellis Parker Butler (1869-1937) narra las desventuras de una pareja que siempre ha vivido en la ciudad y se instala en una casa en los suburbios de Long Island. La falta de seguridad que se siente al tener vecinos sólo en los lados (sin nadie arriba y abajo como en los pisos urbanos), la cría de las gallinas, las alegrías del jardín, los placeres del golf, y sobre todo, la domesticación de un automóvil, todo esto bajo la supervisión de los vecinos, son los ingredientes que componen esta divertida novela ilustrada de fotografías que recrean las escenas más destacadas.

Ilustración: Internet Archive.

El novelista y dramaturgo austriaco Gustav Meyrink (1868-1932) es famoso por sus historias fantásticas y de terror, algunas de las cuales pueden descubrir en la entrega de Tesoros Digitales sobre los científicos locos. Con el cuento absurdo Das Automobil (El Automóvil, audiolibro en alemán) hace una incursión en el humor poniendo en escena a un eminente profesor de física empeñado en demostrar, a base de fórmulas matemáticas y leyes de la mecánica, que es imposible que un automóvil se pueda desplazar sólo con la energía de su motor. Estamos en 1913, los coches han florecido por todo el mundo, y su interlocutor desconcertado, un antiguo alumno ahora ingeniero en la industria automóvil, no logra hacerle entrar en razón…

Lucien Faure – Marcel Renault y René Vauthier en la carrera París-Viena (1902)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Salida de la carrera Nueva York-París (1908)

La competición es indisociable de la historia del automóvil: en julio de 1894 se corre la primera carrera automóvil de la historia, la París-Rouen organizada por Pierre Giffard, inaugurando una larga serie de competiciones, tanto en carretera como en pista, culminando con grandes eventos planetarios como la Beijing-París de 1907 o la Nueva York-París de 1908. Pero lo cierto es que el mero hecho de arrancar un coche con la manivela, controlar el sistema mecánico y viajar unos kilómetros sin más protección contra las proyecciones de la carretera que unas gafas y una gorra (¡o un sombrero con velo para las señoras!), ya era toda una aventura y los relatos de viajes en automóvil en la primera década del siglo XX nos dan una idea de lo deportivo que podía llegar a ser el turismo automóvil y sobre todo constituyen un valioso testimonio de las sensaciones nuevas que experimentaron aquellos viajeros modernos. Después de la Primera Guerra Mundial, con el desarrollo de la industria automóvil y las mejoras tecnológicas, los coches se convierten en un bien de consumo más corriente y su presencia en la literatura cambia de forma: los relatos de viajes se centran más en el turismo que en los incidentes técnicos, y los accidentes y atropellos, cada vez más fatales, ya no tienen tanta gracia…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Automóvil Panhard y Levassor en 1894

Aunque se publicó en volumen en 1926, Azurine, ou Le Nouveau Voyage (Azurine, o El Nuevo Viaje, audiolibro en francés) apareció por primera vez en la revista Le Monde moderne en 1895 y es posiblemente el primer relato conocido de un viaje en automóvil. En este cuento, el novelista René Boylesve (1867-1926) imagina la odisea de cuatro viajeros de París a Aix-les-Bains, en un automóvil de petróleo llamado Azurine. Nueve días a una velocidad de diecisiete kilómetros por hora, los frecuentes incidentes técnicos, la curiosidad de los transeúntes frente a aquel objeto, la sensación de libertad que no ofrece el tren, son los ingredientes de esta historia inspirada por el viaje de su autor – cuyo cuñado era constructor de automóviles – a bordo de un Panhard y Levassor en el verano de 1894. Entre las aventuras de Azurine en 1895, su primer cuento publicado, y J’ai écrit une petite histoire (He escrito una pequeña historia, 1925) – cuento en el que dos protagonistas intentan hablar mientras caminan por una calle invadida por coches temerarios – el automóvil volverá a ser protagonista en diversas obras de René Boylesve, como por ejemplo en Le Confort moderne (El Confort moderno, 1903) o Le Carrosse aux deux lézards verts (La Carroza de los dos lagartos verdes, audiolibro en francés, 1921).

Ilustración: Gallica.

Maurice Maeterlinck y su esposa, la actriz Georgette LeBlanc, en su automóvil a principios del siglo XX

Premio Nobel de literatura en 1911, poeta, dramaturgo, ensayista, además de deportista entusiasta, Maurice Maeterlinck (1862-1949) es la figura más destacada del simbolismo belga. Publicado en el diario Le Figaro en julio de 1901, Sensations d’automobile (Sensaciones de automóvil), posteriormente publicado en volumen bajo el título En automobile (En automóvil, audiolibro en francés, 1904) es una crónica de sus primeras impresiones al volante de un coche: la domesticación de la «bestia» y sus aspectos técnicos, el miedo de verse solo y lejos de todo en la carretera, las nuevas sensaciones que procura la velocidad y la relación al espacio… Combinando hábilmente lenguaje técnico y lirismo, el belga ofrece un magnífico texto, uno de los primeros sobre automovilismo… En 1927, Maeterlinck publicaría En Sicile et en Calabre (En Sicilia y en Calabria), relato de un viaje en automóvil a las islas italianas.

Ilustración: Gallica.


Cartel publicitario para los automóviles Morisse (1901)

«En el mar, los grandes barcos de vapor domestican el Espacio cada día ; pero el mar es tan grande que la velocidad extrema que podrían soportar nuestros frágiles pulmones sólo sería una especie de triunfo inmóvil. Por otra parte, en el ferrocarril, el espacio tutelado desfila delante de nuestros ojos ; pero se desarrolla lejos de nosotros, no lo tocamos ; es como el cautivo mostrado con ocasión del triunfo de un monarca extranjero, y nosotros somos los prisioneros débiles del que lo ha destronado. Pero aquí, en aquel pequeño carro de fuego, tan dócil, tan ligero y tan milagrosamente incansable, entre las alas plegadas de aquella ave de llama que vuela a ras de la tierra para enseñarnos las flores, que acaricia los trigos, respira los riachuelos, conoce la sombra de los árboles, entra en los pueblos, ve las puertas abiertas y las mesas puestas, cuenta los cosechadores agachados sobre los prados, da la vuelta a la iglesia coronada de tilos, descansa en el albergue sobre el mediodía, y luego vuelve a partir cantando para ir a ver de un salto lo que ocurre entre los otros hombres, a tres días de marcha, y sorprende la misma hora en un mundo nuevo, – aquí, el Espacio se vuelve verdaderamente humano, se ajusta a nuestro ojo, a las necesidades de nuestra alma a la vez veloz y lenta, estrecha y colosal, insaciable y meticulosa: es asimilable y nos ofrece sin cesar, en cada una de sus metas, cada una de las bellezas que ofrecía antaño después de llegadas penosas.»

Ilustración: Gallica.

Arthur Jerome Eddy – Two thousand miles on an automobile, ilustración de Frank Verbeck (1902)

El abogado, escritor, coleccionista y crítico de arte estadounidense Arthur Jerome Eddy (1859-1920) fue uno de aquellos primeros automovilistas entusiastas. En el verano de 1901, estableció uno de los primeros récords, viajando de Chicago a Boston y regreso a Chicago, o sea 2900 millas (4667 kilómetros), en dos meses. Two thousand miles on an automobile; being a desultory narrative of a trip through New England, New York, Canada, and the West (Dos Mil Millas en automóvil; el relato inconexo de un viaje por Nueva Inglaterra, Nueva York, Canadá y el Oeste, 1902) es el relato de aquella expedición. Asemejándose más a un tratado técnico que a una narración turística, el texto de Eddy recoge una multitud de consideraciones prácticas en torno al uso de los automóviles.

«Cualquier mujer puede conducir un vehículo eléctrico, cualquier hombre puede conducir uno de vapor, pero ningún hombre y ninguna mujer puede conducir uno de gasolina ; sigue su propia voluntad olorosa y va o no va a su antojo.»

Ilustración: Internet Archive.

Otto Julius Bierbaum y su esposa en el Adler descapotable (1902)

El autor del Automóvil infernal, el alemán Otto Julius Bierbaum (1865-1910), fue también un pionero del turismo automóvil, siendo el primero en cruzar en automóvil el Paso de San Gotardo en los Alpes. En 1902, acompañado por su esposa, efectúa un viaje con su descapotable Adler de Alemania a Italia, pasando por Praga y Viena y regresando por Suiza. El relato de este viaje, Eine empfindsame Reise im Automobil (Un viaje sentimental en automóvil, 1903) es la primera descripción de un viaje en automóvil escrito en lengua alemana.

Ilustración: Internet Archive.

Pierre Marge – Le Tour de l’Espagne en automobile : étude de tourisme (1909), las palmeras de Elche

Entre los primeros relatos de viajes por Europa en automóvil, encontramos L’Espagne en auto (España en auto, 1906), del escritor y crítico de arte belga Eugène Demolder (1862-1919). Del 12 de junio al 4 de julio de 1905, Eugène Demolder, el actor Lucien Guitry (1860-1925) – cuyo hijo Jean, también actor, moriría en 1920 en un accidente de coche – y el mecánico y chófer Marius efectuaron un viaje por España en el automóvil del comediante. En apenas tres semanas, recorrieron a buen ritmo las carreteras españolas y visitaron una veintena de ciudades. El resultado es un relato desenfrenado que algunos críticos de la época calificaron de «cinematográfico», añadiendo: « en fin, es una carrera en auto, y se le excusa un poco a causa de la moda, pero esperemos que los viajeros del futuro no tengan tantas prisas!» En todo caso, Demolder y Guitry parecen haber lanzado la moda, porque al poco tiempo, otros viajeros inveterados dejaron testimonios de sus aventuras automovilísticas por España: Pierre Marge, en Le Tour de l’Espagne en automobile : étude de tourisme (La Vuelta a España en automóvil : estudio de turismo) y la Condesa de La Morinière de La Rochecantin, con En Espagne : « du 30 à l’heure », d’Irun à Algésiras (En España «a 30 por hora», de Irun a Algesiras), ambos textos publicados en 1909.

Ilustración: Gallica.

«Auto precioso. Docilidad de perro maltratado, flexibilidad de culebra, velocidad de relámpago – y, además, silencioso y discreto. Treinta caballos. ¡El fabricante lo ha cuidado! ¡Vaya! ¡Para ir a España! ¿Las carreteras, allá? «¡Lo peor que hay!» ¡Tiene suerte el que vuelve entero! ¡Sevilla! ¡Granada! Pero no hay ni diez personas que hayan hecho esta vuelta. ¡Ya veremos! Mientras tanto, el constructor ha colocado amortiguadores para los choques. Nos exponemos, en la Mancha y Extremadura a sobresaltos espantosos. ¡Los adoquines del gran Rey en Francia, las carreteras irregulares de Flandes son caminos de paraíso, terciopelo y seda, comparado con esto! El coche es cómodo, alegre, claro, bien «acojinado»: un pequeño salón que circula. Cerrado, para abrigarnos de los chubascos de Castilla o de los rayos ardientes de Andalucía. Además, cuando subamos los cristales, nos protegerán del frío de las llanuras de Burgos, y, cuando los bajemos, tendremos corrientes de aire refrescante en tierra sevillana.» (Eugène Demolder)

Ernest Montaut – Vertige (1900)

Ilustración: Joconde.

Hubert Vaffier – Catedral de Lisieux (189?)

Publicado en un momento de plena efervescencia mediática en torno al automóvil (en particular con la organización en París de la Exposición Decenal del Automóvil), el artículo Impressions de route en automobile (Impresiones de viaje en automóvil, audiolibro en francés) de Marcel Proust (1871-1922) salió en Le Figaro el 19 de noviembre de 1907. En esta descripción de un viaje por Normandía en compañía de su secretario Alfred Agostinelli (1888-1914), Proust ofrece, alejándose del fenómeno de moda para acercarse a la poética de Maurice Maeterlinck, una mirada a las sensaciones producidas por la velocidad y la nueva percepción del espacio que produce. Un ejemplo, la llegada nocturna delante de la catedral de Lisieux, alumbrada por los faros del vehículo: «Me acerqué, queriendo por lo menos tocar con la mano el ilustre bosque de piedra que compone el porche […]. Pero, cuando me acerqué a tientas, una claridad súbita lo inundó ; uno detrás de otro, los pilares salieron de la noche, destacando vivamente en la luz el ancho modelado de sus hojas de piedra sobre un fondo de sombra. Era mi mecánico, el ingenioso Agostinelli, que, enviando a las viejas esculturas el saludo del presente cuya luz sólo servía para leer mejor las lecciones del pasado, dirigía sucesivamente sobre todas las partes del porche, a medida que las quería ver, las luces de su automóvil. Y cuando volví hacia el coche, vi un grupo de niños atraídos por la curiosidad y que, acercando a las luces sus cabezas cuyos mechones brillaban en aquella luz sobrenatural, componían aquí, como proyectada desde la catedral por un rayo, la representación angelical de la Natividad.»

Ilustración: Gallica.

Octave Mirbeau en el 628-E8 en 1907

En 1905, habiendo comprado recientemente un magnífico automóvil C-G-V (Charron – Girardot – Voigt, marca que desapareció en los años 1930) con matrícula 628-E8, Octave Mirbeau (1848-1917) emprende, junto con su chófer, un largo viaje por Bélgica, Holanda y Alemania. Esta odisea forma el hilo conductor de La 628-E8 (1907), objeto literario no identificado que Mirbeau dedica a Fernand Charron, el constructor de su coche, y en el que mezcla impresiones de viaje y capítulos polémicos (por ejemplo, sobre Bélgica y los belgas que pagan por el odio que le inspira a Mirbeau Leopoldo II y su política en Congo ; o los capítulos dedicados a la Mort de Balzac (La Muerte de Balzac, audiolibro en francés), poco halagadores por la Señora Hańska, viuda de Balzac, y que fueron eliminados de la primera edición del volumen). Pero más allá de la controversia, La 628-E8 no deja de ser un hermoso himno al automóvil y a la libertad que procura, además de un himno a la fraternidad franco-alemana.

«El automóvil es aterrador porque no sabemos nada de él, no podemos saber nada. El automóvil es el capricho, la fantasía, la incoherencia, el olvido de todo… Salimos hacia Burdeos y – ¿cómo? ¿por qué? – a la noche estamos en Lille. De hecho Lille o Burdeos, Florencia o Berlín, Budapest o Madrid, Montpellier o Pontarlier, ¿qué más da?… El automóvil es también la distorsión de la velocidad, el rebote constante de uno mismo, es el vértigo. Cuando, después de una carrera de doce horas, bajamos del auto, estamos como el enfermo que, después de sufrir un síncope, lentamente se reconecta con el mundo exterior. Lo objetos parecen animados de muecas extrañas y de movimientos desordenados…»

Ilustración: Gallica.

Octave Mirbeau – La 628-E8, ilustración de Pierre Bonnard (1908)

Ilustración: Gallica.

Un ómnibus automóvil Cases con motor de gas pobre de 40 HP (1909)

Publicado en Mi bastón y otras cosas por el estilo (1908) , el artículo El Ómnibus automóvil, del periodista, poeta, escritor y dramaturgo Antonio Palomero Dechado (1869-1914) trata de la aparición en Madrid de los primeros ómnibuses automóviles, consecuencia lógica de la popularización de los vehículos de petróleo. Un texto que resuena de manera muy especial con nuestra más reciente actualidad…

Ilustración: Hemeroteca Digital, Biblioteca Nacional de España.

La obstrucción de las grandes vías (1910)

«Y la transformación de la vida y del ambiente urbanos, ya comenzada con la invasión del automovilista y continuada por las aplicaciones del tranvía eléctrico, quedará definitivamente conquistada en cuanto los ómnibus y los coches de alquiler a la moderna se afiancen entre nosotros. ¿Dónde está el arte, dónde la poesía de la ciudad? ¿Han desaparecido, o se transforman, o vendrán más tarde? […] Aceptemos, en fin, estos progresos exigidos por las necesidades de los tiempos… ¿Y no sería mejor decir por el capricho que por la necesidad? Yo no encuentro absolutamente justificado el empleo del automóvil en el interior de las poblaciones, y menos ahora que la prudente autoridad ha limitado la velocidad de su marcha.»

Ilustración: Hemeroteca Digital, Biblioteca Nacional de España.

Corredores del Targa Florio (Giro de Sicilia, 1908)

Poca información hemos podido averiguar sobre el escritor, dramaturgo y periodista Miguel Álvarez Chape. Publicó en 1908 un volumen titulado Cuentos azules (1908) en el que aparece el cuento moral ¡A 100 kilómetros por hora!, historia de un joven médico de París que, al enterarse de que el Padre Laurent, un buen sacerdote que fue para él como un padre, se está muriendo en Marsella, coge su coche automóvil y, coincidiendo con la famosa carrera París-Marsella, se dirige a toda velocidad hacia el sur. Compite sin quererlo con los corredores y, protegido de la Providencia por tener un objetivo puro – al contrario de los competidores que sólo buscan la fama y el dinero -, llega a Marsella el primero, bate el récord de velocidad y gana el premio que tanto anhelaba… ¡llegar a tiempo para, con una simple inyección, curar al anciano!

Ilustración: Gallica.

Louis de Schryver – Premio de automóvil, la llegada del ganador (1906)

Ilustración: Joconde.

El príncipe Scipione Borghese y su mecánico Ettore Guizzardi, a bordo del Itala, vencedor del Pekín-París

Con Luigi Barzini (1874-1947), el viaje automóvil pasa, sino a velocidad superior, por lo menos a escala planetaria. En 1907, el diario francés Le Matin organiza una carrera inaudita: con más de 16.000 kilómetros, la Pekín-París es, para la época, la más grande epopeya automovilística jamás imaginada. El ganador de esta fantástica aventura sería un coche de marca Itala, conducido por el príncipe Scipione Borghese (1871-1927) y el mecánico Ettore Guizzardi (1874-1947), únicos participantes italianos. Les acompañaba el periodista del Corriere de la sera Luigi Barzini, excepcionalmente autorizado a viajar en el coche del príncipe para cubrir el acontecimiento. De los dos meses de odisea por regiones de China y Siberia en las que los autóctonos nunca habían visto un coche, antes de llegar a países de Europa, Barzini sacaría en 1908 un fabuloso testimonio titulado La Metà del mondo vista da un’automobile da Pechino a Parigi in sessanta giorni (La Mitad del mundo vista desde un automóvil: de Pekín a París en sesenta días). Las numerosas fotografías que ilustran el volumen nos llevan a pensar – con todo el respeto – que, quizás, los coolies que empujaron y arrastraron el coche en cada obstáculo eran más fuertes y eficientes que los coolies de los otros participantes…

Ilustración: Project Gutenberg.

Luigi Barzini – La metà del mondo vista da un’automobile da Pechino a Parigi in sessanta giorni (1908)

«El Itala pesaba 600 kilos de más que el más pesado de sus adversarios, el Spyker, que, completamente equipado para la carretera, llegaba justo a los 1400 kilos. En Francia, en cuanto se anunció la carrera, todas las personas competentes se pusieron de acuerdo para admitir que un modelo de coche ligero tenía más posibilidades de éxito. En una carretera buena, una máquina ligera desarrollaría una velocidad inferior a la de una máquina pesada y potente, pero, en los pasajes difíciles, podría salir de apuros con más comodidad y velocidad. Y, en el trayecto de Pekín a París, se preveía pasajes difíciles a cada paso. El príncipe Borghese, al contrario, sabía, por su experiencia de largos viajes en automóvil, que un coche fuerte era mejor que otro, por su solidez, capaz de soportar los inconvenientes de una carrera venturosa, y que la reducción de la fuerza no estaba compensada por la reducción del peso. Donde un coche de 1400 kilos puede salir de apuros, un coche de 2000 kilos lo puede también, y tiene la ventaja de disponer de una fuerza de veinte a treinta caballos adicionales.»

Ilustración: Internet Archive.

Luigi Barzini – La metà del mondo vista da un’automobile da Pechino a Parigi in sessanta giorni (1908) – Una tienda para el coche y para los hombres

Ilustración: Internet Archive.

Luigi Barzini – La metà del mondo vista da un’automobile da Pechino a Parigi in sessanta giorni (1908) – Un gobernador chino se da un paseo en el Itala

Ilustración: Internet Archive.

Luigi Barzini – La metà del mondo vista da un’automobile da Pechino a Parigi in sessanta giorni (1908) – La catástrofe al cruzar un puente de madera en Siberia

Ilustración: Internet Archive.

Luigi Barzini – La metà del mondo vista da un’automobile da Pechino a Parigi in sessanta giorni (1908) – El recorrido del Itala y sus pasajeros

Ilustración: Internet Archive.

Camille du Gast (1906)

Estos primeros testimonios llevan a pensar que el mundo del automóvil era un dominio exclusivamente masculino, y que las señoras sólo podían viajar como pasajeras en excursiones turísticas. No obstante, la historia del automóvil está marcada por varios nombres de pioneras, desde Bertha Benz (1849-1944), primera persona en conducir un coche sobre una larga distancia (1888) a Anita King (1884-1963), primera mujer en cruzar Estados Unidos en coche y sin acompañante masculino (1915), o Violette Cordery (1900-1983), récord de larga distancia (1926), pasando por el trío de corredoras de la Belle Époque compuesto por Camille du Gast (1868-1942), Hélène de Rothschild (1863-1947) y Anne de Rochechouart de Mortemart (1847-1933), sin hablar de ingenieras cuyos trabajos permitieron mejorar la tecnología automóvil (Sophie Marie Opel (1840-1913), que contribuyó en la transformación de una fábrica de máquinas de coser y de bicicletas en fábrica de coches, o Mary Elizabeth Anderson (1866-1953), inventora del limpiaparabrisas).

 Ilustración: Wikimedia Commons.

Léon Girardot – Paseo en automóvil, junio 1914

Ilustración: Gallica.

Dorothy Levitt (1909)

Dorothy Levitt (1882-1922) es una de esas automovilistas pioneras. Intrépida piloto de automovilismo deportivo, con cierto gusto por sobrepasar los límites de velocidad permitidos, esta inglesa fue una exitosa competidora, tanto en tierra con automóviles, como en el agua con barcos motorizados e incluso por el aire. Fue ganadora de dos récords del mundo de velocidad femeninos y fue la encargada de instruir en la conducción a la reina consorte Alejandra y a las princesas reales. En 1909 publicó The Woman and the Car: A chatty little handbook for all women who motor or who want to motor (La Mujer y el Automóvil: un manual amigable para todas las mujeres que compiten en automovilismo o desean hacerlo), manual de conducción destinado a mujeres en el que aparece por primera vez la idea del retrovisor: en efecto, Levitt recomienda a sus lectoras que lleven un pequeño espejo de mano en un lugar conveniente, para que puedan levantarlo de vez en cuando y ver hacia atrás cuando conduzcan en medio del tráfico. Además de nociones de mecánica y de conducción, Dorothy Levitt aborda en el libro temas como el civismo al volante y la actitud a adoptar cuando hay peatones o animales en la carretera, la seguridad y la auto-defensa (recomienda a las mujeres que viajan solas que lleven siempre una pequeña pistola), el atuendo más adecuado para las conductoras (no olvidarse de la práctica blusa larga que protegerá la ropa en caso de tener que efectuar una reparación…) y dedica un capítulo a las famosas mujeres automovilistas de la época.

Ilustración: Project Gutenberg.

Dorothy Levitt vestida de su práctica blusa efectuando una reparación (1909)

Ilustración: Project Gutenberg.

Michel Corday – Plaisirs d’auto (1909)

En 1909, síntoma sin duda de su éxito, se publicaron dos volúmenes de cuentos en los que el automóvil ocupa el centro del argumento: Plaisirs d’auto (Placeres de auto, 1909) del escritor y periodista Michel Corday (1869-1937) y Les Veillées du chauffeur (Las Veladas del chófer), de Tristan Bernard, al que no presentamos. Las de Michel Corday son, en su mayoría, historias llenas de humor de averías y atropellos, pero también encontramos historias trágicas : La Beauté (La Belleza) – historia de una mujer de una gran belleza que conduce su coche al azar de las carreteras, sembrando sin sospecharlo catástrofes detrás de ella – o La Petite Feuille Morte (La Pequeña Hoja muerta), nostálgico destino de una hoja de chopo desde su nacimiento a su caída y su atropello por un automóvil… Mucho humor también, como era de esperar, en el volumen de Tristan Bernard, dedicado al pintor Édouard Vuillard, su compañero de excursiones automovilísticas. Un ejemplo, Touristes (Turistas, audiolibro en francés) es el divertido cuento de dos ancianos muy ricos que no tienen ninguna curiosidad turística pero se dejan llevar por la curiosidad insaciable del chófer de su limusina, el cual decide las rutas e itinerarios…

Ilustración: Internet Archive.

Entrada en una aldea (Sicilia): no toquéis la bocina, rodad lentamente, y haced que el motor tenga el menos ruido posible (1910)

El cuento Una desgracia y una observación del escritor costumbrista Alfonso de Sawa (1875-1911) presenta el alboroto que se produce en un pueblo pequeño al sufrir una lugareña un atropello mortal por un automóvil. Vemos como, indignados y a punto de llegar a la violencia hacia los automovilistas, los vecinos del pueblo están manipulados por el alcalde que pronuncia un discurso echando la culpa a todo menos a los del automóvil, haciendo promesas que no cumplirá (por ejemplo la prohibición de circular en automóvil por el pueblo) y anunciando generosas ayudas prometidas por el señor conde para el viudo y los hijos de la fallecida… Una vez restablecido el orden, todo termina en un cordial apretón de manos entre el alcalde, el conde y los automovilistas criminales, los cuales abandonan el pueblo precipitadamente… Este cuento fue publicado en el volumen titulado A través de la vida: bocetos sociales (1910).

Ilustración: Hemeroteca Digital, Biblioteca Nacional de España.

Jean-François Matet – En allant au marché (1911)

Ilustración: Bibliothèques municipales spécialisées de la ville de Paris.

Automobiles Adler, cartel publicitario de Georges Meunier (1904)

Con En automóvil, Gabriel Miró (1879-1930) confiesa la agresividad y la prepotencia que adoptan demasiados automovilistas cuando están al volante. Aunque el autor alicantino describe escenas violentas entre sus compañeros de viaje en coche y carreteros con mulas, la situación no ha cambiado tanto en un siglo: el que tiene más potencia y puede correr más se siente invencible y se otorga el derecho de avasallar a los que no tienen tanta potencia… Pero, una vez bajados del automóvil, devueltos a la condición de peatones, recobran su humildad y ceden el paso a los carreteros y sus mulas… Este cuento de resonancia muy actual se publicó en el volumen Los amigos, los amantes y la muerte (1914) .

«Considerábamos ya el automóvil carne, ave, alma delirante, ebria de alegría. No hablábamos ; creíamos ser nosotros los que desgarrábamos espacio y distancias arrojándolo todo a nuestra espalda… ¡Éramos fuertes, grandes, heroicos, excelsos! Huyeron de nuestro ánimo pensamientos menudos y ruines de ciudad. ¡Cómo no alabar a nuestra máquina y no ver en ella virtud y eficacia ennoblecedoras que la colocaban por encima de la esclava condición de cosa! […] Nosotros pasamos veloces, dichosos y triunfales. Quisimos mirar al caído ; y carro y caballero quedaron sepultados en inmensa tormenta de polvo. Llamamos la piedad a nuestro corazón, y diciendo «¡Pobre hombre!» estalló indomablemente nuestra risa moza y sonora. Esto nos hizo mirar al automóvil un poco recelosos, pues nos sentíamos demasiado soberbios y egoístas.»

Ilustración: Gallica.

A. Blondeau – La Biciceta y el Auto: fábula de La Liebre y la Tortuga modernizada (1915)

Ilustración: Gallica.

Un evento automovilístico en Irlanda en 1920

Después de una carrera de coches, el joven irlandés Jimmy Doyle vuelve a Dublín en el automóvil de su rico amigo, el emprendedor francés Charles Ségouin, al que conoció en Cambridge. Les acompañan el primo canadiense de Ségouin y un pianista húngaro. Hijo de un carnicero próspero, Jimmy saborea el glamour de viajar en el lujoso vehículo y con tan prestigiosos amigos. Los cuatro jóvenes salen juntos esa noche, primero a una cena, para acabar en una fiesta en el yate de un americano, bailando, bebiendo y jugando a cartas. Jimmy, ebrio, no será capaz de abandonar el juego, perdiendo, a la vez que mucho dinero, sus esperanzas de mejorar su condición social… En After the Race (Después de la carrera), que se publicó en el volumen Dubliners (Dublineses, 1914), James Joyce (1882-1941) establece un paralelo entre las aspiraciones de Jimmy a igualar la posición social de sus amigos, con las del movimiento nacionalista irlandés… Más allá de la cuestión política, la visión del automóvil como objeto de lujo y de ascenso social resulta especialmente interesante en estas vísperas de la Primera Guerra Mundial que iba a cambiar el rumbo de la historia automovilística.

Ilustración: National Library of Ireland (Flickr).

El editor irlandés James Campbell Percy en su automóvil con tres amigos (1912)

«Recorrer rápido el espacio, alboroza; también la notoriedad; lo mismo la posesión de riquezas. He aquí tres buenas razones para la excitación de Jimmy. Ese día muchos de sus conocidos lo vieron en compañía de aquellos continentales. En el puesto de control, Ségouin lo presentó a uno de los competidores franceses y, en respuesta a su confuso murmullo de cumplido, la cara curtida del automovilista se abrió para revelar una fila de relucientes dientes blancos. Después de tamaño honor era grato regresar al mundo profano de los espectadores entre codazos y miradas significativas. Tocante al dinero: tenía de veras acceso a grandes sumas. Ségouin tal vez no pensaría que eran grandes sumas, pero Jimmy, quien a pesar de sus errores pasajeros era en su fuero interno heredero de sólidos instintos, sabía bien con cuánta dificultad se había amasado esa fortuna. Este conocimiento mantuvo antaño sus cuentas dentro de los límites de un derroche razonable, y si estuvo consciente del trabajo que hay detrás del dinero cuando se trataba nada más del engendro de una inteligencia superior, ¡cuánto no más ahora, que estaba a punto de poner en juego una mayor parte de su sustancia! Para él esto era cosa seria.»

Ilustración: National Library of Ireland (Flickr).

Le 31 du mois d’Août 1914
Je partis de Deauville un peu avant minuit
Dans la petite auto de Rouveyre

Avec son chauffeur nous étions trois

Nous dîmes adieu à toute une époque
Des géants furieux se dressaient sur l’Europe
Les aigles quittaient leur aire attendant le soleil
Les poissons voraces montaient des abîmes
Les peuples accouraient pour se connaître à fond
Les morts tremblaient de peur dans leurs sombres demeures

Les chiens aboyaient vers là-bas où étaient les frontières
Je m’en allais portant en moi toutes ces armées qui se battaient
Je les sentais monter en moi et s’étaler les contrées où elles serpentaient
Avec les forêts les villages heureux de la Belgique
Francorchamps avec l’Eau Rouge et les pouhons
Région par où se font toujours les invasions
Artères ferroviaires où ceux qui s’en allaient mourir
Saluaient encore une fois la vie colorée
Océans profonds où remuaient les monstres
Dans les vieilles carcasses naufragées
Hauteurs inimaginables où l’homme combat
Plus haut que l’aigle ne plane
L’homme y combat contre l’homme
Et descend tout à coup comme une étoile filante

Je sentais en moi des êtres neufs pleins de dextérité
Bâtir et aussi agencer un univers nouveau
Un marchand d’une opulence inouïe et d’une taille prodigieuse
Disposait un étalage extraordinaire
Et des bergers gigantesques menaient
De grands troupeaux muets qui broutaient les paroles
Et contre lesquels aboyaient tous les chiens sur la route
Et quand après avoir passé l’après-midi
Par Fontainebleau



Nous arrivâmes à Paris
Au moment où l’on affichait la mobilisation
Nous comprîmes mon camarade et moi
Que la petite auto nous avait conduits dans une époque
Nouvelle
Et bien qu’étant déjà tous deux des hommes mûrs
Nous venions cependant de naître

Este hermoso poema de Guillaume Apollinaire (1880-1918), La Petite Auto (El Pequeño Auto), publicado en Calligrammes : poèmes de la paix et de la guerre, 1913-1916 (Caligramas: poemas de la paz y de la guerra, 1913-1916) que presentamos en el capítulo de Tesoros Digitales dedicado a los poetas de la Gran Guerra, cuenta el viaje de Deauville a París en automóvil que hizo el poeta a finales de agosto de 1914 en vísperas de la primera guerra mundial. El poema termina así: «Llegamos a París En el momento en que colgaban la movilización Comprendimos mi camarada y yo Que el pequeño auto no había llegado a una época Nueva Y aunque éramos ambos hombres maduros Acabábamos de nacer.»

John Hodgson Lobley – Estación de Charing Cross (Londres) : evacuación en ambulancia de los heridos de la batalla del Somme, julio 1916 (1918)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Lo comentábamos anteriormente, como Apollinaire y su compañero, después de la Primera Guerra Mundial, la historia del automóvil también entra en una época nueva, que en literatura se traduce en una progresiva desaparición del coche como protagonista principal de la narración. Se convierte en un bien de consumo y, al igual que el teléfono fue un elemento escénico clave en muchas obras de teatro en los años 1920 para caer luego en un accesorio banal, el automóvil se ve ahora relegado a la condición de complemento. Sin embargo, aún conservará protagonismo en las novelas ambientadas en el mundo de las carreras automovilísticas, pero habrá que esperar los años 1950-1960 para que se convierta en un género popular.

Gaston de Pawlowski – Ma voiture de course, ilustración de Jean Routier (1923)

Los lectores asiduos de Tesoros Digitales recordarán sin duda la fantasía prehistórica en la que Gaston de Pawlowski (1874-1933) demuestra la autenticidad de los restos encontrados en Glozel gracias al hallazgo de… un 12 CV Hotchkiss! Este asiduo ciclista, director entre 1894 y 1904 de la Unión Velocipédica de Francia y presidente de la Comisión de Turismo, publicó numerosas historias humorísticas en diversos periódicos de deportes y es el autor de un volumen titulado Inventions nouvelles et dernières nouveautés (Inventos nuevos y últimas novedades) en el que presenta un catálogo de inventos disparatados que supuestamente contribuirán a mejorar la vida cotidiana: en el tema automovilístico, la ardilla para ayudar a montar neumáticos, las luces-proyectores de cine para distraer a los policías y evitar multas, auto-coartadas con averías programables, etc… La idea de las averías programadas vuelve a aparecer en el libro Ma voiture de course (Mi coche de carreras, 1923) en el que el imaginativo Pawlowski, ya poseedor de un automóvil más que modesto, describe cómo sería el coche de su sueños y nos divierte con una sucesión de aventuras automovilísticas hilarantes. La introducción nos da el tono…

Ilustración: Internet Archive.

Gaston de Pawlowski – Ma voiture de course, ilustración de Jean Routier (1923)

«Solo el coche de carreras puede seducir a un deportista porque solo el coche de carreras puede molestar y ofender a los otros. No es en absoluto necesario que un coche de carreras participe en carreras. Como mucho, se le puede inscribir una sola vez para que le pinten un número enorme sobre el capó. No, el coche de carreras está hecho esencialmente para el turista ; está pensado para adelantar a los otros turistas, para luego esperarles y volverles a adelantar. Os asegura una situación magnífica en los albergues, os permite sufrir una avería sin pasar vergüenza, sobre todo os permite contar todas las historias posibles sin temer que alguien os desmienta. Y quizás sea por eso que he titulado este libro: Mi coche de carreras. El coche de carreras es el sueño de cualquier deportista: no importa que sea solo en sueños, al contrario. Porque, entre nosotros, si es siempre delicioso hablar de un coche de carreras, a veces es menos agradable usarlo.»

Ilustración: Internet Archive.

Una roulotte automóvil (1921)

Terminamos este capítulo con la nota agridulce del humor visionario de Henri Roorda (1870-1925). Este escritor suizo, pedagogo libertario, matemático y humorista publicó, entre 1917 y 1925, una serie de crónicas en los diarios La Tribune de Genève y La Gazette de Lausanne. Cómicas o melancólicas y serias, pero siempre lúcidas, estas columnas analizan diversos aspectos de la vida cotidiana y de la sociedad. En Automobilisme et liberté (Automovilismo y libertad, audiolibro en francés, 1922), Roorda evoca la aparición de las primeras «roulottes automóviles», y de la libertad que ofrecerá a los privilegiados que podrán comprarse una y así viajar por el mundo. Pero… « – Lo has dicho: hay un «pero». Seré un hombre libre ; pero hará falta que cientos de millones de esclavos, laboriosos y disciplinados, estén constantemente ocupados en cultivar la tierra, reparar las carreteras, fabricar la bencina y los tanques, condensar la leche de las vacas y hacer todo el resto… Evidentemente, no resolveremos la cuestión social perfeccionando nuestros medios de locomoción. Habrá que encontrar otra cosa.» Una crónica de hace casi un siglo que tiene estremecedoras resonancias en estos tiempos de crisis climática…

Ilustración: Gallica.

Luigi Russolo – Dynamism of an automobile (1911)

Ilustración: The Athenaeum.

Paul-Adrien Schayé – Sainfoin (1923)

Más lecturas (que no han entrado todavía en el Dominio Público)

  • Prince or Chauffeur? A Story of Newport (¿Príncipe o Chófer? Una historia de Newport, audiolibro en inglés, 1911), de Lawrence Perry (1875-1954)
  • À l’étape (1912), Sainfoin (1923) y Les Bandits en auto (192?), de Paul-Adrien Schayé (1873-19?)
  • Uncle Wiggily’s Automobile (1913), cuento infantil de Howard Roger Garis (1873-1962)
  • Ma Kimbell (1925), de Luc Durtain (1881-1959)
  • Sport um Gagaly (1928), de Kasimir Edschmid (1890-1966)
  • The Sinister Sign Post (1936), de Leslie McFarlane (1902-1977)
  • Station am Horizont (1927), de Erich Maria Remarque (1898-1970)
  • Intermèdes exotiques (1938), de Pierre Benoit (1886-1962)

Ilustración: Librarie Motor Mania.

Oscar Ricciardi – Car Race on the Lake (191?)

Ilustración: The Athenaeum.

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Continuará…(¡en 2020!)

Referencias

James Lynwood Palmer – Polemarch, a Bay Racehorse on a Heath, with Jockey Up (1922)

Ilustración: The Athenaeum.

William Orpen – The Jockey (S. XX)

Ilustración: The Athenaeum.

Joseph Kutter – Le Champion (retrato del ganador del Tour de Francia Nicolas Frantz, 1932)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Ramón Casas – Una automobilista (ca. 1900)

Ilustración: The Athenaeum.

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Dossier elaborado por Christine Sétrin, con la colaboración de Ángel Pozo. Biblioteca Municipal de Vila-real. Diciembre 2019.

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