¡Preparados, listos,… ya! Antología de la literatura de deportes desde la Antigüedad hasta el siglo XX

¡Preparados, listos,… ya! Antología de la literatura de deportes desde la Antigüedad hasta el siglo XX

Dossier elaborado por Christine Sétrin, con la colaboración de Ángel Pozo.

Gustave Caillebotte – Remadores en el río Yerres (1877-1879)

Gustave Caillebotte – Remadores en el río Yerres (1877-1879)

En 2019, con ¡Preparados, listos,… ya!, Tesoros Digitales les invita a un ambicioso programa de puesta en forma deportivo-literaria. Desde los tiempos más antiguos hasta las primeras décadas del siglo XX, repasaremos la historia de la literatura deportiva a través de ensayos, poesías y, sobre todo, cuentos y novelas sobre las disciplinas más variadas, como, por ejemplo, el atletismo, el patinaje, la natación, el boxeo o, por supuesto, el ciclismo.

Como siempre en Tesoros Digitales, les ofreceremos una amplia selección de obras que podrán descargar libre, legal y gratuitamente o leer en línea.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Índice:

«Mens sana in corpore sano»

Con esta famosa frase del poeta romano Juvenal (47-128) (Sátiras, X), iniciamos, a modo de calentamiento, un recorrido filosófico-histórico por los grandes textos sobre los beneficios de la actividad física.

Discóbolo

 Ilustración: Wikimedia Commons.

Boxeador de Quirinal

La importancia de la actividad física, tanto desde el punto de vista médico como en el ámbito educativo, no es nueva y ya estaba asumida en la Grecia antigua. En su tratado De la dieta saludable, el padre de la Medicina, Hipócrates (ca. 450-377 a.C.), introdujo la idea según la cual el ejercicio tiene la doble utilidad de curar enfermedades y de prevenirlas:

«En el invierno se debe andar de prisa, y en el verano despacio, á no ser que se ande por donde da el sol. Los gordos deben andar todavía más aprisa, y los que son muy flacos todavía más despacio. En el verano es menester bañarse con frecuencia, y rara vez en invierno. Los flacos deben bañarse con más frecuencia que los gordos: en invierno no se deben usar más que telas naturales, y en verano las que están preparadas o fabricadas con aceite. Los gordos que desean disminuir algo su gordura deben hacer ejercicio en ayunas, y comer inmediatamente – aun antes de descansar y de enfriarse.»

Ilustración: Wikimedia Commons.

Discóforo

Por su parte, Platón (387-347 a.C.), en Πολιτεία (República, Tomo 1, Tomo 2), o Aristóteles (384-322 a.C.), en πολιτικά (Política), insisten sobre la necesidad de integrar la actividad física y la gimnasia en la educación de los jóvenes, no tanto para formar atletas y campeones sino para desarrollar su espíritu y su carácter:

«¿Pero qué educación conviene darles? Es difícil, creo yo, encontrar una mejor que aquella que de largo tiempo está en uso entre nosotros, y consiste en formar el cuerpo con la gymnástica, y el alma con la música. […] Y si [nuestra juventud] sigue las mismas huellas en la gymnástica, conseguirá si quiere, pasarse sin médicos, sino en caso de necesidad. […] En los ejercicios del cuerpo que ella emprenderá, se propondrá sobre todo aumentar y despertar el valor, más bien que acrecentar las fuerzas: como hacen los otros atletas, que no atienden sino a esto, y no guardan régimen, ni se ejercitan en los trabajos, sino para hacerse más robustos.» (Platón)

«De la utilidad de la gimnástica, excesos cometidos en este punto por algunos gobiernos, no debe intentarse hacer que los ciudadanos sean atletas ni guerreros feroces, sólo debe procurarse dar al cuerpo robustez y destreza y al espíritu valor generoso; la experiencia de diversos pueblos basta para fijar con certidumbre los límites en que conviene encerrar la gimnástica; edad en que debe el hombre dedicarse a ella.» (Resumen del capítulo 3, Libro V de Política de Aristóteles)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Atleta de Éfeso

Inventor de la palabra «Higiene», fundador – con Hipócrates – de los principios básicos sobre los cuales se apoya la medicina europea, médico de emperadores romanos, el griego Galeno (129-216) define la gimnasia como una ciencia que consiste en estudiar las consecuencias de cada tipo de ejercicio físico sobre el cuerpo y la salud. Su teoría viene desarrollada en los tratados Ad Thrasybulum, utrum medicinae sit an gymnasticae hygieine (Tratado sobre la influencia de la medicina y el ejercicio físico sobre la salud) y De sanitate tuenda (De la preservación de la salud). Por otro lado, condena, en Exhortación al aprendizaje de las artes (texto en francés), Galeno dedica varios capítulos a evocar la condición de los atletas profesionales y a exhortar a los jóvenes a no dejarse engañar por el prestigio del que gozan: seres sin virtudes morales, entregados a un modo de vida poco saludable, su fuerza y destreza sólo sirven para el ejercicio de su disciplina atlética y no son de utilidad para trabajar el campo, combatir en una guerra o cualquier otra actividad de la vida.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Antonio Canova – Estatua del boxeador Damoxenos (ca. 1800)

Γυμναστικός (Sobre la gimnasia) es un tratado dirigido a entrenadores compuesto por el sofista giego Filóstrato de Atenas (170-244/249). Después de un recorrido por el origen de los diferentes tipos de juevo, Filóstrato pasa a describir los diferentes ejercicios y a presentar el estilo de vida con el cual los atletas se preparan a las pruebas. En particular, analiza las razones por las cuales los atletas han llegado a odiar la gimnasia y por qué son peores que los del pasado.

Ilustración: Wikimedia Commons.

«Sea la de los púgiles una mano grande, hermosos los brazos, el hombro no turgente por arriba, hombro y brazo garboso y altanero. De los brazos, las muñecas gruesas son más pesadas en el golpear, las de menos grosor son blandas y pegan unidas a la soltura. Se apoye él con la cadera bien afirmada, porque el ariete de las manos suspendería al cuerpo si no se transportara sobre lo sólido de la cadera. Pero no estimo a los de piernas gordas en absoluta-mente ninguno de los certámenes, y menos en el pugilato, porque ciertamente también se sostiene en que las piernas de los adversarios sean ligeras y bien aferrables para el que ataca. En verdad tenga las piernas rectas desde los muslos liberados y separados, porque es más vehemente la figura del pugnante. En verdad si no se aprovechan los muslos, el mejor estómago es vulnerable, pues por cierto son ligeros y buenos los tales, con el ánimo. Igualmente para el pugnante hay una ventaja respecto del estómago, porque el estómago contiene los golpes del rostro, chocando primero con el impulso del que golpea.»

El auge del cristianismo al final de la Edad Antigua y el creciente poder de la Iglesia en la Edad Media propiciaron la desaparición del ejercicio físico de las teorías educativas, más dedicadas a la formación de las almas que en cultivar los cuerpos. No obstante, algún autor aislado, como por ejemplo el francés Eustache Deschamps (pseudónimo de Eustache Morel, 1340-1404), no deja de recomendar el deporte como actividad saludable (D’un notable enseignement pour continuer santé en corps d’homme):

«Exercitez-vous au matin,
Si l’air est clair et enterin,
Et soient vos mouvements trempés
Par les champs, ès bois et ès prés,
Et si le temps n’est de saison,
Prenez l’esbat en vos maisons,
Ou autre part en lieux plaisans.»
«Ejercítese por la mañana,
Si el tiempo es claro,
Y sean vuestros movimientos fortalecidos
Por los campos, los bosques y los prados,
Y si el tiempo no es bueno,
Haga el ejercicio en sus casas,
O en cualquier otro lugar agradable.»

Fiore Furlano de’i Liberi de Cividale d’Austria – Fior di Battaglia (ca. 1404)

De finales de la Edad Media, nos han llegado varios códices y manuscritos sobre el arte de cabalgar o del combate, con o sin armas, armaduras o caballo, muchos de ellos con abundantes miniaturas describiendo las distintas posturas y técnicas. Podemos citar por ejemplo, Fior di Battaglia (ca. 1404), del italiano Fiore Furlano de’i Liberi de Cividale d’Austria (ca. 1340-1420), el anónimo Gladiatora (ca. 1430), el Livro da enssynança de bem cavalgar toda sela (Libro de enseñanza del bien cabalgar con todo tipo de silla, 1438) dejado inacabado por su autor, el rey Eduardo I de Portugal (1391-1438), víctima de la peste negra, Alte Armatur und Ringkunst (1459) del maestro de armas y esgrima alemán Hans Talhoffer (ca. 1420-1490), Sumari de batalla ha ultransa (1470) de un caballero valenciano llamado Pedro Juan Ferrer, del que no se conoce nada, o Kunste Zu Ritterlicher Were (ca. 1495) de Peter Falkner (ca. 1460-después de 1506), también maestro de armas alemán.

Ilustración: Wiktenauer.

Gladiatora (ca. 1430)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Hans Talhoffer – Alte Armatur und Ringkunst (1459)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Peter Falkner – Kunste Zu Ritterlicher Were (ca. 1495)

Ilustración: Wikimedia Commons.

François Rabelais – Gargantua, ilustración de Gustave Doré (1854)

Habrá que esperar el Renacimiento y el Humanismo, con su extraordinario florecimiento científico y filosófico, para que, con el redescubrimiento de la cultura griega antigua, se volviese a considerar la influencia del ejercicio físico sobre la salud y que, de nuevo, se defendiese la necesidad de integrar el deporte y la higiene corporal a la educación de los jóvenes.
Detrás de los artífices de la farsa grotesca, las aventuras de los gigantes Pantagruel y Gargantua creados por el escritor humanista y médico francés François Rabelais (1483 o 1494-1553) constituyen un alegato por la ciencia y la cultura frente al oscurantismo medieval. En Gargantua (título completo La vie très horrifique du grand Gargantua, père de Pantagruel, jadis composée par M. Alcofribas abstracteur de quintessence. Livre plein de Pantagruélisme, texto en español, audiolibro en francés, 1534), Rabelais narra los años de aprendizaje y las hazañas de su protagonista y describe con detalle el completísimo programa educativo al que le somete el preceptor humanista Ponocrates: además de las disciplinas intelectuales, Gargantua deberá practicar una larga lista de actividades físicas…

Ilustración: Gallica.

François Rabelais – Gargantua, ilustración de Gustave Doré (1854)

«Cuando Ponócrates vio la viciosa manera de vivir de Gargantua, determinó educarlo bien: pero los primeros días fue tolerante, porque la Naturaleza no aguanta sin violencia los cambios repentinos. […] Después lo sometió a tal plan de estudio que no perdía una hora en todo el día y empleaba en educarse todo su tiempo. […] Otras veces se ejercitaba con el hacha, y tan bien la blandía en todos los sentidos, que fue reconocido como maestro en su manejo ; luego cogía la pica, la espada de dos manos, la bastarda, la española, la daga o el puñal ; y armado o desarmado, a cuerpo o con capa, la esgrimía divinamente.
Corría jabalíes, ciervos, lobos, corzos, gamos, liebres, perdices, faisanes y avutardas.
Jugaba al balón y le hacía dar vueltas en el aire tan pronto con el pie como con la mano.
Luchaba, corría, saltaba, no a tres pasos, ni a paticojuelo, ni en terreno llano, porque decía Gimnasta que tales saltos son inútiles y no tienen aplicación a la guerra, sino que salvaba fosos, subía a la copa de las hayas, montaba en una muralla y gateaba a una ventana a la altura de una lanza.
Nadaba en agua profunda, por derecho, contra corriente, de costado, boca arriba, con sólo los pies, con sólo las manos…»

Ilustración: Gallica.

Girolamo Mercuriale – De Arte gymnastica (1587)

Girolamo Mercuriale (también conocido como Geronimo Mercuriale, Hieronymus o Hieronymi Mercurialis, 1530-1606) fue un filólogo y médico italiano. Durante los siete años que permaneció en Roma, en la corte del papa Pío IV, compuso la que sería su obra más famosa, De Arte gymnastica (1569). Después de un estudio histórico sobre la gimnasia y los gimnasios de la Antigüedad, este tratado erudito en seis volúmenes presenta diversos ejercicios gímnicos, juegos, cuidados corporales y su efecto sobre la salud, en función de los individuos.

Ilustración: Internet Archive.

Everard Digby – De Arte natandi (1587)

Por otro lado, el siglo XVI fue el de la aparición de los primeros tratados deportivos especializados. Publicado en 1538, Colymbetes, sive de arte natandi : dialogus et festivus et iucundus lectu (Colymbetes, o La Habilidad de nadar) del pedagogo humanista suizo Nikolaus Wynmann (1510-1550) es el primer tratado de natación de la historia. Cuarenta años más tarde, en 1587, el teólogo y profesor inglés Everard Digby (ca. 1550-?) publica otro tratado de natación, De Arte natandi (Del arte de nadar, 1587), ilustrado de enigmáticas láminas. Estos dos manuales le servirán de inspiración al francés Melchisédech Thévenot (ca. 1620-1692) para componer su L’Art de nager démontré par figures, avec des avis pour se baigner utilement (El Arte de nadar demostrado por figuras, con consejos para bañarse útilmente, 1696), que popularizó el estilo pecho en Europa y fue leído por Benjamin Franklin, gran nadador e inventor de las aletas (además del pararrayos – entre otras cosas). De finales del siglo XVIII, también nos llegó L’uomo galleggiante, o sia, L’arte ragionata del nuoto (El Arte de nadar, 1794) del clérigo italiano Oronzio de Bernardi (1735-1806). En esta obra, el italiano explica que la clave para logar soltura es adoptar una postura cómoda, con la cabeza y el cuello fuera del agua, de manera que la respiración sea natural… En otra disciplina, Toxophilus (1545) fue primer manual escrito en inglés sobre el tiro con arco, del pedagogo y entusiasta arquero Roger Ascham (1515-1568).

Ilustración: Internet Archive.

Everard Digby – De Arte natandi (1587)

Ilustración: Internet Archive.

Everard Digby – De Arte natandi (1587)

Ilustración: Internet Archive.

Melchisédech Thévenot – L’Art de nager démontré par figures (1696)

Ilustración: Gallica.

Melchisédech Thévenot – L’Art de nager démontré par figures (1696)

Ilustración: Gallica.

Oronzio de Bernardi – El Arte de nadar (1803)

Ilustración: Biblioteca Digital del Real Jardín Botánico de Madrid.

Arcangelo Tuccaro – Trois Dialogues de l’exercice de sauter et voltiger en l’air (1599)

En 1599, también se publica en París los Trois Dialogues de l’exercice de sauter et voltiger en l’air (Tres Diálogos del ejercicio de saltar y revolotear en el aire) del italiano Arcangelo Tuccaro (1535-1602?). Equilibrista y acróbata, Tuccaro sirvió en grandes cortes europeas y fue nombrado saltarín del rey Carlos IX de Francia. Posiblemente compuestos para la instrucción del rey, e ilustrados con 88 grabados en color representando las figuras acrobáticas, sus Diálogos están considerados uno de los métodos más antiguos de gimnasia.

Ilustración: Gallica.

Arcangelo Tuccaro – Trois Dialogues de l’exercice de sauter et voltiger en l’air (1599)

Ilustración: Gallica.

Édouard Hamman – El Despertar de Montaigne (S. XIX)

En los siglos XVI y XVII, a pesar de la unánime condena de la Iglesia sobre todo tipo de juegos y actividades de ocio (por ejemplo, el clérigo Francisco de Alcocer con su Tratado del juego publicado en 1559, en el que detalla los excesos y pecados cometidos por culpa de la práctica de juegos, apuestas, torneos, justas, toros, etc…), varios pensadores insistieron sobre la necesidad de completar la educación de los jóvenes con el ejercicio físico:

  • el humanista Michel de Montaigne (Michel Eyquem de Montaigne, 1533-1592), en el capítulo 25 de sus Essais (Ensayos, audiolibro en francés, 1580-1588) : «fortalecer el alma no es suficiente, también hay que fortalecer los músculos» ; «la costumbre del trabajo corporal ayuda a soportar el dolor».

Ilustración: Gallica.

  • el checo Comenio (o Comenius, Jan Amos Komenský, 1592-1670), teólogo, filólogo y pedagogo, padre de la pedagogía moderna, autor de la Česká didaktika (Didáctica checa, más conocida bajo su título latín Didactica magna, texto en inglés, 1627-1632), en la que expone sus teorías educativas. El capítulo 15, Las bases de la prolongación de la vida, contiene una serie de recomendaciones de salud e higiene, entre las cuales figura la necesidad de hacer ejercicio: «el cuerpo debe ser protegido de las enfermedades y de los accidentes, primero porque es el lugar en el que vive el alma, la cual desaparecerá de este mundo si el cuerpo es destruido» ; «el cuerpo humano necesita movimiento, estimulación y ejercicio, y en la vida cotidiana, esto debe ser aportado o artificialmente o naturalmente».
  • el filósofo y médico inglés John Locke (1632-1704), en Some Thoughts Concerning Education (Algunos pensamientos sobre la educación, 1693), dedica varios capítulos al cuidado corporal, llegando a detalles como la forma de vestir de los niños, su alimentación… El ejercicio físico se presenta bajo dos enfoques: a fines recreativos, para descansar el espíritu del estudio intelectual, y a fines educativos – especialmente la equitación y la esgrima -, dado que estos deportes contribuyen a forjar el carácter de un cumplido gentleman. «Acaso no sería poco secreto en punto a educación, el saber obrar de manera que los ejercicios del alma y del cuerpo sirviesen mutuamente de descanso los unos a otros.»

Comenio – Opera didactica, frontispicio de la edición de 1657

Ilustración: Wikimedia Commons.

John Locke – Some Thoughts about Education, frontispicio de la edición holandesa de 1753

Ilustración: Internet Archive.

En 1757, la Encyclopédie, ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers (Enciclopedia, o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios) dedica una entrada a la gimnasia. Este artículo histórico, firmado por el médico Louis de Jaucourt (1704-1779) distingue tres categorías de gimnasias: la militar – el ejercicio practicado por los hombres con el fin de entrenarse para combatir -, la medicinal – el cuidado y fortalecimiento del cuerpo bajo supervisión médica – y la atlética, o sea el deporte competitivo y destinado a ser un espectáculo. Pero es sobre todo en artículos como Hygiène (Higiene) o Régime (Régimen), donde los colaboradores de la obra magna de la Ilustración abordan la influencia sobre la salud de la actividad física:

Una lámina de la Enciclopedia sobre las posturas de esgrima (S. XVIII)

«Para satisfacer a lo que exige la conservación de la salud, hay que proponerse tres objetivos: […] 3. hacer su vida duradera estableciendo todas las condiciones necesarias para mantener la salud. Estas condiciones radican en el buen uso de seis cosas, llamadas antiguamente «no-naturales», que se vuelven naturales cuando se usan para beneficiar la salud. […] Estas seis cosas son: […] 3. el movimiento y el descanso. […]» (Artículo Hygiène)

«Se previene las enfermedades […] atacando sus causas en cuanto aparecen los primeros efectos ; & los preservativos que hay que oponer son principalmente la abstinencia, el descanso, la abundante ingestión de agua caliente, un ejercicio moderado pero continuo hasta que se empieza a sudar ligeramente & por fin una buena dosis de sueño […].» (Artículo Régime)

«La verdadera medida del ejercicio que hay que hacer en beneficio de la salud, consiste en que no se produzca amontonamientos en el cuerpo, ni humores crudos mal trabajados.» (Artículo Choses non-naturelles)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Jean-Jacques Rousseau – Émile, ou De l’éducation (1774)

Entre los pensadores y pedagogos del siglo XVIII que abordaron el lugar de la actividad física en la educación, destaca el nombre de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), cuyas ideas, expuestas en su tratado sobre «el arte de formar a los hombres», Émile, ou De l’éducation (Emilio, o La Educación, audiolibro en francés, 1762), inspiraron a un ejército de pedagogos, padres de la enseñanza europea moderna. En este extenso ensayo, Rousseau insiste sobre la importancia del ejercicio del cuerpo en las distintas etapas de la formación intelectual y moral del niño:

«Algunas veces he preguntado por qué no ejercitaban a los niños en los mismos juegos e maña que a los hombres ; en la pala, el mallo, el billar, el arco, la pelota de viento, los instrumentos de música: siempre me han respondido que de estos juegos muchos excedían sus fuerzas, y que para los demás no estaban bastantemente formados sus miembros y órganos. Estas razones las hallo infundadas; pues aunque no tenga un niño la estatura de un hombre, no por eso deja de vestir un traje de la misma hechura. […] ¿Pero nosotros, destinados a ser vigorosos, creemos llegarlo hacer sin afán? ¿De qué defensa seremos capaces, si nunca somos acometidos? Siempre se juegan con descuido los juegos en que puede uno ser desmañado sin riesgo; pero ninguna cosa desentumece tanto los brazos como tener que cubrir la cabeza, ni aguza tanto la vista como el tener que guardar los ojos. Lanzarse de extremo de la sala a otro, juzgar del bote de una pelota todavía en el aire, volverla con una mano firme y vigorosa; estos juegos que tan bien sientan al hombre, todavía sirven más para formarle.»

Ilustración: Internet Archive.

Vista del Hôtel de Magny, que albergó la pensión Verdier en sus inicios, ilustración de Régnier y Jean-Jacques Champin (1831)

Con unos pocos meses de diferencia, dos pedagogos iniciaron proyectos educativos similares con el fin de poner en práctica las teorías de Locke y de Rousseau. En 1773, el médico y jurista francés, colaborador de la Encyclopédie, Jean Verdier (1735-1820) abre en París la pensión Verdier, a la vez escuela, pensión para estudiantes, y centro especializado para jóvenes con discapacidad física o mental, mientras que en 1774, el teólogo alemán Johann Bernhard Basedow (1724-1790) funda en Dessau el Philanthropinum, una escuela en la que se trabaja en cultivar los instintos e intereses naturales de los niños, inculcarles trabajos manuales y educación física (que, además del ejercicio físico propiamente dicho, abarca nociones de higiene y salud), e incluso darles nociones de educación sexual… Tanto Verdier como Basedow fomentaron la educación física como parte integrante de sus programas de estudio y plasmaron sus ideas en diversos tratados, como por ejemplo Das Basedowische Elementarwerk (El Libro elemental de Basedow, 1774) que, con las preciosas ilustraciones de Daniel Chodowiecki (1726-1801), se convirtió en un modelo del manual escolar ilustrado, o Cours d’éducation à l’usage des élèves destinés aux premières professions et aux grands emplois de l’État (Curso de educación para el uso de los alumnos destinados a las primeras profesiones y a los grandes empleos del Estado, 1777) de Verdier, detallado plan de estudios que se aplicaría en la pensión Verdier.

Ilustración: Muséum national d’histoire naturelle.

Johann Bernhard Basedow – Das Basedowische Elementarwerk, ilustración de Daniel Chodowiecki (1774)

«La Gimnástica se divide en dos: Gimnástica general, que se aplica a todo el cuerpo y Gimnástica particular, que se aplica a cada uno de los miembros.
La Gimnástica general comprende las actitudes del hombre, sentado, de pie o de rodillas; el paseo, la carrera, el salto, la natación, la esgrima, la equitación, la danza, e incluso la música, etc.
La Gimnástica particular es principalmente compuesta de las partes siguientes: la Gimnástica de los sentidos, la Gimnástica interior de la cabeza, la del pecho, la de los brazos, la de las manos y los dedos, y la de los pies.» (Jean Verdier)

«Renovemos por lo tanto en nuestros gimnasios los juegos olímpicos y los torneos. Y, para garantizar su uso eterno en la educación, volvamos a dar a las carreras su simplicidad natural. Estamos seguros de que los niños apoyarán nuestros deseos. Nuestros alumnos se entregan a esta disciplina en nuestros gimnasios con un placer inexpresable. Y con eso adquieren una salud vigorosa, un desarrollo maravilloso.» (Jean Verdier)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Johann Bernhard Basedow – Das Basedowische Elementarwerk, ilustración de Daniel Chodowiecki (1774)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Johann Bernhard Basedow – Das Basedowische Elementarwerk, ilustración de Daniel Chodowiecki (1774)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Publicado en 1803, pero probablemente escrito hacia 1780, Über Pädagogik (Tratados de pedagogía) reúne diversos escritos que Immanuel Kant (1724-1804) dedicó a la pedagogía. Lector de Rousseau y de Locke, el ilustrado alemán dio cursos sobre educación en la Universidad de Königsberg, apoyándose en las teorías de Basedow y publicó dos ensayos sobre el Philanthropinum. En el capítulo sobre educación física de Über Pädagogik, Kant desarrolla una serie de recomendaciones para el cuidado y la higiene de los niños, así como el ejercicio físico al que se les tiene que disciplinar, defendiendo siempre la adopción de lo natural frente a los usos artificiales que se estaban poniendo de moda (alimentación con leche materna frente a la leche de origen animal, por ejemplo…).

Johann Bernhard Basedow – Das Basedowische Elementarwerk, ilustración de Daniel Chodowiecki (1774)

«Lo que ha de observarse en la educación física y, por consiguiente, en lo referente al cuerpo, se reduce, o bien al movimiento voluntario, o bien a los órganos de los sentidos. Se trata, en el primer caso, de que el niño se baste siempre a sí mismo. Para ello necesita fuerza, habilidad, agilidad y seguridad; por ejemplo, que pueda andar por un sendero estrecho, por una altura escarpada, donde ante sí vea un abismo, o por un suelo vacilante. Cuando un hombre no pueda hacer estas cosas, no es todo lo que podría ser. Desde que dio el ejemplo el Philantropinum, de Dessau, se han hecho muchos ensayos de esta clase en otros Institutos. Es maravilloso leer cómo los suizos se acostumbran desde su juventud a ir por las montañas y la habilidad que esto les da; pudiendo pasar con la más completa seguridad por los más estrechos senderos y saltar sobre los abismos, habiendo previamente juzgado a simple vista que pueden salvarlos sin riesgo. […] Los mismos niños ensayan sus fuerzas. Así se les ve frecuentemente trepar sin propósito alguno. El correr es un movimiento saludable y que robustece al cuerpo. Son buenos ejercicios también, el saltar, levantar, llevar, lanzar, arrojar hacia un objeto, luchar, correr y todos los de esta clase. El baile artístico parece prematuro para los niños propiamente dichos. El juego de lanzar, ya a lo largo, ya para dar en el blanco, tiene también como fin el ejercicio de los sentidos, y en particular, el de la vista. El juego de la pelota es uno de los mejores juegos infantiles porque origina una carrera saludable. En general los mejores juegos son los que, a más de desenvolver la habilidad, ejercitan también los sentidos; por ejemplo, los ejercicios de cálculo a simple vista para juzgar exactamente sobre la lejanía, el tamaño y la proporción; para encontrar la situación de los lugares según las regiones, en lo cual tiene que ayudar el sol, etc… ; todos éstos son buenos ejercicios. […] La gimnasia sólo debe guiar a la Naturaleza; no debe producir una gracia forzada. Primeramente ha de venir la disciplina y no la instrucción. »

Ilustración: Wikimedia Commons.

Johann Heinrich Pestalozzi – Lienhard und Gertrud (1844)

Influenciado por Rousseau, el pedagogo suizo Johann Heinrich Pestalozzi (1746-1827) dedicó su vida a la educación de los niños pobres. Fundó varias escuelas que sirvieron de modelo por toda Europa y dejó plasmado su método educativo en varias obras, tanto narrativas (Lienhard und Gertrud (Leonardo y Gertrudis, 1781-1787)) como teóricas (Wie Gertrud ihre Kinder lehrt (Cómo Gertrudis educa a sus hijos, 1801)). Según Pestalozzi, la educación física tiene un papel preponderante en la emancipación del pueblo y la lucha contra la corrupción…

«Ocurre con las aptitudes físicas lo mismo que con los conocimientos esenciales: el Estado debería y podría sin dificultad hacer de ellas el objeto de una enseñanza para el pueblo. Pero esta enseñanza supone, como todas las enseñanzas, un mecanismo que vaya hasta el fondo de las cosas, un ABC técnico, es decir unas reglas técnicas generales. Gracias a la observación de estas reglas, la educación física podría darse a los niños siguiendo una serie de ejercicios que, progresando gradualmente, deberían producir resultados seguros, y desarrollar en los alumnos una facilidad creciente en apropiarse de las cualidades indispensables. […] Golpear, llevar, lanzar, empujar, tirar, girar, torcer, blandir, etc.: tales son las manifestaciones sencillas más importantes de nuestras fuerzas físicas. Esencialmente diferentes unas de otras, comprenden, en su conjunto, y cada una en particular, los elementos de todos los actos posibles, incluso los más complejos, sobre los cuales descansan las ocupaciones de los hombres. El ABC de aptitudes físicas deberá por lo tanto empezar por ejercicios instaurados muy temprano, dispuestos según un orden psicológico y aplicándose a todos estos actos en general y a cada uno en particular. […] Pero esta serie graduada de ejercicios […] no será otra cosa, en materia de educación popular, que pura ilusión. La razón es obvia: sólo tenemos escuelas de alfabeto, de escritura, de catequismo, y lo que necesitaríamos serían escuelas de hombres. Pero éstas no interesarían los principios de nepotismo e ilegalidad que constituyen la razón de ser del uso rutinario que se da a nuestras rentas públicas. Además cuadrarían difícilmente con las disposiciones nerviosas del personal que se lleva la parte más importante en los productos del nepotismo y la ilegalidad en Europa.»

Ilustración: E-Rara.

Johann Christoph Friedrich GutsMuths – Gymnastik für die Jugend (1793)

Docente en una escuela creada según el modelo del Philanthropinum de Basedow entre 1785 y 1839 y dirigida por Christian-Gotthilf Salzmann (1744-1811) – conocido como el «Jean-Jacques Rousseau alemán» -, Johann Christoph Friedrich GutsMuths (1759-1839) fue uno de los impulsores del movimiento gímnico alemán, que, nacido de las teorías de la Ilustración, se convirtió progresivamente en un instrumento de movilización por una Alemania unida y fuerte. GutsMuths tuvo un papel clave en el desarrollo de la educación física. Instauró ejercicios físicos sistemáticos en los programas escolares y estableció los principios básicos de la gimnasia artística. Publicado en 1793, Gymnastik für die Jugend (Gimnasia para los jóvenes) fue el primer manual sistemático de gimnasia e influenciará la gimnasia alemana durante cerca de un siglo.

Ilustración: Internet Archive.

Johann Christoph Friedrich GutsMuths – Gymnastik für die Jugend (1805)

Ilustración: Internet Archive.

Nacido en Boston en una familia de origen suizo, Phokion Heinrich Clias (1782-1854) vivió una juventud aventurera: se alistó en la marina holandesa y navegó varios años antes de casarse y establecerse como profesor de gimnasia en escuelas públicas de Berna, cerca del lugar de origen de sus antepasados. Apasionado por esta disciplina, ya había dado clases tanto en Alemania como en Holanda y promovió la gimnasia patriótica en Suiza. En la década de 1820, Clias volvió a viajar, siendo nombrado director de escuelas militares de la corte inglesa y se dedicó a fomentar la gimnasia en las escuelas públicas, tanto en Suiza como en Francia, defendiendo en particular, el derecho de las niñas a asistir a las clases de educación física. Se le considera como el padre de la gimnasia rítmica, por haber introducido modalidades nuevas como el aro o el salto a la cuerda. Es autor de varios tratados y manuales, a menudo enfocados a la componente ortopédica y médica de la gimnasia: Gymnastique élémentaire, ou Cours analytique et gradué d’exercices propres à développer et à fortifier l’organisation humaine (Gimnástica elemental, o Curso analítico y graduado de ejercicios propios a desarrollar y fortalecer la organización humana, 1819), Somascétique naturelle – ou Cours d’exercices propres à développer et fortifier l’organisation humaine (1842), Somascétique de la première enfance, ou moyens surs et faciles de rendre tous les enfants robustes et adroits (1842), Callisthénie, ou Somascétique naturelle, appropriée à l’éducation physique des jeunes filles, et exposé de moyens efficaces pour corriger en peu de temps les déviations de la colonne vertébrale (1843), Traité élémentaire de gymnastique rationnelle hygiénique et orthopédique, ou Cours analytique et gradué d’exercices propres à développer et à fortifier l’organisation humaine précédé de la gymnastique de la première enfance et des vieillards, suivie d’une esquisse de gymnastique militaire (1853).

Phokion Heinrich Clias – Gymnastique élémentaire, ou Cours analytique et gradué d’exercices propres à développer et à fortifier l’organisation humaine (1819)

Ilustración: Internet Archive.

Phokion Heinrich Clias – Callisthénie, ou Somascétique naturelle, appropriée à l’éducation physique des jeunes filles, et exposé de moyens efficaces pour corriger en peu de temps les déviations de la colonne vertébrale (1843)

Ilustración: Gallica.

Clément Joseph Tissot – Gymnastique médicinale et chirurgicale (1780)

Médico militar, Clément Joseph Tissot (1747-1826) no fue sin duda ni el primero, ni el más original autor en escribir sobre gimnasia médica. No obstante, su Gymnastique médicinale et chirurgicale : essai sur l’utilité du mouvement, ou des différens exercices du corps, & du repos sur la cure des maladies (Gimnasia medicinal y quirúrgica: ensayo sobre la utilidad del movimiento, o de los diferentes ejercicios del cuerpo, y del descanso sobre la cura de las enfermedades, 1780) tiene el mérito de abordar el tema desde un punto de vista esencialmente práctico y adaptado a los tiempos modernos. Después de una primera parte general sobre la gimnasia y el descanso (historia, ejercicios, reglas…), Tissot pasa a describir las enfermedades que se pueden curar prescribiendo el ejercicio físico o, al contrario, el descanso. El manual de Tissot tuvo mucho éxito y fue traducido en varios países de Europa. Clément Joseph Tissot era sobrino de Samuel Auguste Tissot (1728-1797), famosísimo médico suizo, autor de numerosos ensayos médicos entre los cuales encontramos De la santé des gens de lettres (Aviso a los literatos y a las personas de vida sedentaria, sobre su salud, 1768).

Ilustración: Internet Archive.

Antonio González Velázquez – Juegos de niños (S. XVIII)

Escritor, dramaturgo, jurista, político, el polifacético Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811) fue uno de los máximos exponentes de la Ilustración en España. La educación fue uno de sus temas de predilección al que dedicó numerosas publicaciones entre 1771 y 1809. Abogó por una enseñanza pública universal, además de preconizar un enfoque más práctico de la docencia, insistiendo en particular sobre la necesidad de impartir materias científicas y educación física. En las Bases para la formación de un Plan General de Instrucción Pública (1809), Jovellanos recoge y desarrolla las distintas disciplinas que se han de estudiar, dando especial protagonismo a la educación física:

«El objeto de la educación pública física se cifra en tres objetos ; esto es, en mejorar la fuerza, la agilidad y la destreza de los ciudadanos. Aunque la fuerza individual esté determinada por la naturaleza, a la educación pública pertenece desenvolverla en cada individuo hasta el más alto grado que quepa en su constitución física. La agilidad es un efecto natural del hábito de ejercitar y repetir las acciones y movimientos ; pero esta repetición así produce los buenos como los malos hábitos, según que es bien ó mal dirigida. La destreza en los movimientos y acciones perfecciona así la fuerza como la agilidad de los individuos, y es un efecto necesario de la buena dirección en el ejercicio de ellos. Esta buena dirección dada en la educación pública, no solo perfeccionará las facultades físicas en los ciudadanos, sino que corregirá los vicios y malos hábitos que hayan contraído en la educación privada.»

Ilustración: Biblioteca Digital Hispánica.

Antonio González Velázquez – Juegos de niños (S. XVIII)

En 1796, Jovellanos publicó una Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas y su origen en España (1796) en la que describe los juegos y deportes populares practicados en España desde la época de los romanos:

«Los juegos públicos de pelota son asimismo de grande utilidad, pues sobre ofrecer una honesta recreación a los que juegan y a los que miran, hacen en gran manera ágiles y robustos a los que los ejercitan, y mejoran por tanto la educación física de los jóvenes. Puede decirse lo mismo de los juegos de bolos, bochas, tejuelo y otros. Las corridas de caballos, gansos y gallos, las soldadescas y comparsas de moros y cristianos, y otras diversiones generales, son tanto más dignas de protección, cuanto más fáciles y menos exclusivas, y por lo mismo merecen ser arregladas y multiplicadas.»

Ilustración: Biblioteca Digital Hispánica.

Asumidas las teorías educativas nacidas de la Ilustración, el siglo XIX va a ser el del florecimiento de las sociedades de gimnasia y de la práctica del deporte. Cuatro métodos de educación basados en la enseñanza de la gimnasia y el deporte surgieron en Europa en la primera mitad del siglo – el método alemán de Friedrich Ludwig Jahn, el método francés propiciado por el español Francisco Amorós, el método nórdico de Pehr Henrik Ling y el método inglés atribuido a Thomas Arnold – cuatro escuelas que sentaron las bases de la gimnasia moderna.

Friedrich Ludwig Jahn – Die Deutsche Turnkunst, edición americana de 1828

Personaje polémico en su tiempo, la figura de Friedrich Ludwig Jahn (1778-1852) está rodeada de controversia. Llamado Turnvater Jahn, «Jahn el padre de la gimnasia», este educador alemán fue el principal impulsor del Turnverein, un movimiento patriótico alemán que conoció su auge durante la ocupación de Alemania por las tropas napoleónicas. Consistía en una red de sociedades de gimnasia en las que, bajo el inocente pretexto de practicar deporte, se fomentaba el patriotismo y exaltaba el sentimiento nacional. A pesar de que el antisemitismo que se le ha censurado a Jahn no esté claramente demostrado, los nazis se apoderaron de su figura, para hacer de él un precursor de sus doctrinas. Más allá de los debates ideológicos, la aportación de Jahn a la gimnasia fue muy importante: empezó a sistematizar la gimnasia artística y promovió modalidades como las barras paralelas, la barra fija o los anillos en la competición internacional. Considerado por los seguidores de Jahn como su Biblia, Die Deutsche Turnkunst (La Gimnasia alemana, texto en inglés, 1816) se divide en cuatro partes: descripción detallada de las diferentes disciplinas (marcha, salto, estiramientos, ejercicios de barra…), presentación de los juegos gimnásticos – es decir juegos colectivos para practicar ejercicios de gimnasia -, descripción y mantenimiento del gimnasio y del material de gimnasia y normas de la gimnasia, incluyendo temas como el comportamiento y el atuendo de los gimnastas y docentes.

Ilustración: Internet Archive.

Friedrich Ludwig Jahn – Die Deutsche Turnkunst, edición americana de 1828

Ilustración: Internet Archive.

Francisco Amorós – Nouveau manuel complet d’éducation physique, gymnastique et morale. Atlas (1848)

Es curioso que la vida novelesca de Francisco Amorós y Ondeano (1770-1848) y su contribución a la ciencia gimnástica no hayan dejado más huellas en la historia. Nacido en Valencia, Amorós fue destinado desde muy joven a la carrera militar. Sus éxitos en diversas campañas, en particular en la Guerra del Rosellón (1793), le permitieron alcanzar sucesivos puestos de responsabilidad: fue nombrado secretario del ministro de la guerra en 1796 antes de confiársele en 1803 la misión de crear en Madrid un instituto militar con el objetivo de reformar la educación en España y aplicar las teorías de Pestalozzi (el Real Instituto Militar Pestalozziano de Madrid que abrió sus puertas en 1806), y finalmente fue elegido en 1807 para presidir a la educación del infante Don Francisco de Paula. Su brillante carrera española se ve truncada en 1808, al elegir el bando de José Bonaparte y convertirse en un afrancesado obligado a exiliarse en 1814. Naturalizado francés en 1816, Amorós dejó de lado la política para volver a sus verdaderas pasiones, la enseñanza y la gimnasia. Con el apoyo de varias personalidades, recibió subvenciones para la creación en las afueras de París del Gymnase normal militaire et civil, en el que se fomentaba la gimnasia como herramienta educativa en una educación integral. En 1830, Francisco Amorós publica un tratado de educación física, destinado tanto a militares como civiles, el Manuel d’éducation physique, gymnastique et morale (Parte 1, Parte 2, Manual de educación física, gimnasia y moral) en el que destaca la complementariedad de la educación física con la educación moral. Amorós, en su manual, desarrolla tanto nociones teóricas de educación en gimnasios como su aplicación práctica en la vida real (el trabajo del campo, la guerra, cómo actuar en caso de peligro…) y la necesidad de conocer el carácter del alumno para poder formarle adecuadamente.
El Manuel d’éducation physique, gymnastique et morale de Amorós fue reeditado en 1848 (año de la muerte de su autor que pasó desapercibida al sobrevenir durante la Revolución de 1848), completado con un volumen de láminas representando los diferentes ejercicios. Después de la muerte de Amorós, sus antiguos alumnos y alumnas continuaron su labor y promovieron el uso de la gimnasia en todas las clases de la sociedad.

Ilustración: Gallica.

Francisco Amorós – Nouveau manuel complet d’éducation physique, gymnastique et morale. Atlas (1848)

«[La gimnasia] es la ciencia razonada de nuestros movimientos, de sus relaciones con nuestros sentidos, nuestra inteligencia, nuestros sentimientos, nuestras costumbres, y el desarrollo de todas nuestras facultades. La gimnasia abraza la práctica de todos los ejercicios que tienden a que el hombre sea más corajinoso, más intrépido, más inteligente, más sensible, más fuerte, más industrioso, más hábil, más veloz, más flexible y más ágil, y que nos dispone a resistir a todas las intemperies de las estaciones, a todas las variaciones climáticas; a soportar todas las privaciones y las contrariedades de la vida, a vencer todas las dificultades, a triunfar sobre todos los peligros y sobre todos los obstáculos, a rendir, en fin, servicios señalados al Estado y a la humanidad.»

Ilustración: Gallica.

Pehr Henrik Ling – Soldat-underwisning i gymnastik och bajonettfäktning (1838)

Después de cursar estudios de teología, el padre de la «gimnasia sueca», Pehr Henrik Ling (1776-1836), emprendió un largo viaje que le llevaría a Dinamarca, Alemania – donde descubrió la gimnasia alemana en su pleno auge -, Inglaterra y Francia. Debilitado por las privaciones y las duras condiciones de un periplo que duró varios años, Ling volvió a Suecia antes de establecerse de nuevo en Dinamarca, deseoso de seguir las clases de esgrima que impartían dos inmigrantes franceses en la universidad de Copenhague. Al mismo tiempo que se revelaba su talento para este deporte, Ling se dio cuenta de que su salud iba mejorando con la práctica regular de una actividad física. De nuevo en Suecia, fue nombrado profesor de esgrima y de idiomas en la universidad de Lund. Fue por esta época que empezó a germinar en él la idea de reforzar el sentimiento nacional de los suecos gracias a la gimnasia y la poesía a la vez que quiso compartir su experiencia de la gimnasia como herramienta preventiva y terapéutica. Fundó en 1813 su instituto de gimnasia en el que pondría en práctica los ejercicios de gimnasia que había concebido y su éxito fue tal que, en pocos meses, sus ideas se ponían en práctica tanto en las escuelas como en el ejército. La gimnasia de Ling se articula en cuatro ramas, cada una con sus características y ejercicios propios: la gimnasia médica, que tiene como objetivo reforzar el cuerpo debilitado de los pacientes ; la gimnasia pedagógica, en la que se forma a los jóvenes a la disciplina y la obediencia ; la gimnasia militar, para la preparación del ejército ; y finalmente la gimnasia estética, que buscaba proporcionar movimientos más elegantes. A su muerte en 1836, Pehr Henrik Ling sólo había publicado volúmenes de poesía y recopilaciones de cuentos tradicionales, en su afán de fomentar el patriotismo heroico. Sus manuales póstumos de gimnasia se publicaron gracias al empeño de sus alumnos y seguidores: Reglemente för gymnastik (Reglas de gimnástica, 1836), Soldat-underwisning i gymnastik och bajonettfäktning (Instrucciones de gimnasia y esgrima con baioneta para soldados, 1838), Gymnastikens allmänna grunder (Los terrenos generales de la gimnasia, 1840).

Ilustración: Umeå University Library.

Thomas Hughes – Tom Brown’s School Days, ilustración de Louis Rhead (1911)

Existe cierta controversia sobre la influencia real que haya podido tener el educador e historiador inglés Thomas Arnold (1795-1842) sobre la práctica del deporte en el Reino Unido. Director del colegio privado de la ciudad de Rugby entre 1828 y 1841, Arnold impuso reformas que tendrían una gran influencia en el sistema educativo inglés: introdujo materias como la historia, las matemáticas o los idiomas modernos, y desarrolló el sistema de prefectos (estudiantes cuidadosamente seleccionados por él para velar sobre la disciplina en el establecimiento). El barón Pierre de Coubertin (1863-1937), renovador de los Juegos Olímpicos, le atribuye, con mucho entusiasmo, la introducción de los juegos deportivos colectivos y competitivos en la escuela y lo erige en padre del deporte inglés. En realidad a Arnold no le interesaba demasiado el deporte, pero entendió que, para apaciguar las costumbres brutales de sus alumnos, inculcarles el gusto por el estudio y focalizar sus energías hacia las finalidades propias de una educación cristiana, el deporte podía ser un aliado valioso. Al incorporar a la lista de nuevas disciplinas docentes la práctica de deportes competitivos y colectivos, Arnold pretende desarrollar en los adolescentes el sentido de la auto-disciplina. A la diferencia de Jahn y su gimnasia patriótica, Arnold prefiere fomentar el deporte como medio para formar a los jóvenes a luchar, tanto para defenderse en un mundo dominado por la competencia, como para hacer triunfar causas justas y ayudar a la humanidad a luchar contra las desigualdades.
Se cree que parte de la leyenda en torno a Arnold y el fomento del deporte en Inglaterra viene de una novela juvenil titulada Tom Brown’s School Days (Los Días de escuela de Tom Brown, audiolibro en inglés), publicada en 1857 por un antiguo alumno de la escuela de Rugby, el abogado, político y escritor Thomas Hughes (1822-1896) que jugó a cricket en sus años universitarios. Precursora del género de las School Stories, tan popular en Reino Unido y Estados Unidos, esta novela se ambienta en la escuela de Rubgy y cuenta las aventuras de varios alumnos. En varios capítulos, vemos a los protagonistas jugar a fútbol-rugby o a cricket…

Ilustración: Project Gutenberg.

De Thomas Hughes a Lester Chadwick: fomentar el deporte entre los jóvenes con la literatura

Burt L. Standish – Frank Merriwell’s Endurance, or A Square Shooter (1905)

La novela de Thomas Hughes (1822-1896), Tom Brown’s School Days, fue precursora de un género literario típicamente anglosajón y muy popular en las primeras décadas del siglo XX y hasta la segunda guerra mundial: el de las School Stories, novelas ambientadas en escuelas inglesas o estadounidenses y protagonizadas por adolescentes y en las que se pretendía fomentar grandes valores morales como la amistad, la lealtad o el honor. Generalmente seriadas, y destinadas a un público juvenil exclusivamente masculino o femenino (según que los protagonistas fueran niños o niñas), estas novelas sirvieron también para promocionar la práctica deportiva entre los jóvenes, y algunas de estas series se especializaron en intrigas que mezclaban aventuras escolares y deportivas.

Ilustración: Project Gutenberg.

Burt L. Standish – Frank Merriwell’s Discovery, or The New London Boat Race (ca. 1900)

Eterno adolescente, Frank Merriwell fue uno de los personajes más longevos de la literatura juvenil. Protagonizó entre 1896 y 1930 cerca de doscientas dime novels (estas novelas baratas tan populares en Estados Unidos a finales del siglo XIX y principios del XX) e inspiró ficciones radiofónicas, cómics y películas. Estudiante en Yale, Merriwell es un deportista multidisciplinario que se dedica a resolver misterios y a reparar injusticias en novelas de aventuras llenas de peripecias. En realidad, Frank no protagonizó la serie durante cerca de cuarenta años: compartió protagonismo con su hermanastro Dick y, más adelante, su propio hijo Frank Jr. No obstante, esta popular serie sirvió para fomentar la práctica del deporte en varias generaciones de jóvenes americanos y sirvió de modelo para un sinfín de personajes de novelas, todos estudiantes y cumplidos deportistas. El creador de Frank Merriwell, el estadounidense Burt L. Standish (pseudónimo de Gilbert Patten, 1866-1945), fue un prolífico autor de numerosas series de dime novels. Empezó una carrera semi-profesional de jugador de baseball, pero al ganar más dinero con sus novelas, abandonó la competición para dedicarse a la escritura. Sería imposible enumerar aquí la lista completa de las aventuras de Frank Merriwell. Los lectores ávidos de conocer mejor este simpático deportista podrán visitar la página dedicada a Burt L. Standish en Project Gutenberg y en Internet Archive.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Burt L. Standish – Frank Merriwell’s Champions or All in the Game (1904)

Ilustración: Project Gutenberg.

Ralph Henry Barbour – For Yardley: A Story of Track (1911)

Como Burt L. Standish, Ralph Henry Barbour (1870-1944) fue un fecundo autor de novelas populares, romances, aventuras, pero sobre todo de novelas de universidad y deportes, publicadas entre 1899 y 1941. A diferencia de Standish, Barbour no tiene un personaje recurrente, sino que cada historia se ambienta en un centro escolar distinto y con nuevos protagonistas. Una generosa selección de las novelas de Ralph Henry Barbour se encuentra digitalizada en Project Gutenberg y en Internet Archive.

Ilustración: Project Gutenberg.

Harrie Irving Hancock – The Grammar School Boys in Summer Athletics : or, Dick & Co. Make Their Fame Secure (1911)

El estadounidense Harrie Irving Hancock (1868-1922) fue un químico y muy prolífico autor, esencialmente de numerosas series de novelas juveniles de aventuras. Entre sus obras destacan la presencia de personajes recurrentes, reclamo para enganchar a los lectores, un contexto patriótico-militar y alguna pizca de estereotipos racistas (en particular en las descripciones de su supervillano, el chino Li Shoon). Entre los personajes recurrentes de Hancock, encontramos a Dick Prescott, joven americano que los lectores siguieron a lo largo de su carrera escolar y militar, e incluso en algún episodio en la Primera Guerra Mundial. Entre sus aventuras, varias están dedicadas más particularmente a la práctica de deportes: The High School Left End : or Dick & Co. Grilling on the Football Gridiron (1910), The High School Captain of the Team; or, Dick & co. Leading The Athletic Vanguard (1910), The High School Freshmen; or, Dick & co.’s First Year Pranks and Sports (1910), The Grammar School Boys Snowbound : or, Dick & co. at Winter Sports (1911), The Grammar School Boys in Summer Athletics : or, Dick & Co. Make Their Fame Secure (1911), The High School Boys’ Canoe Club, or Dick & Co.’s Rivals on Pleasant Lake (1912). Harrie Irving Hancock también publicó varios manuales de puesta en forma y entrenamiento físico según métodos japoneses y de jiu-jitsu.

Ilustración: Internet Archive.

Allen Chapan – Fred Fenton on the Crew (1913)

Allen Chapman fue uno de los numerosos pseudónimos colectivos bajo los cuales la editorial fundada por Edward Stratemeyer, el Stratemeyer Syndicate publicaba novelas juveniles de aventuras y misterio. Entre estas novelas, encontramos la serie publicada entre 1913 y 1915 y protagonizada por Fred Fenton, un cumplido atleta de la Riverport School: Fred Fenton on the Track, or The Athletes of Riverport School (1913), Fred Fenton on the Crew, or The Young Oarsmen of Riverport School (1913), Fred Fenton the pitcher, or The Rivals of Riverport School (1913), Fred Fenton on the lines, or The Football boys of Riverport School (1913), Fred Fenton Marathon Runner, or The Great Race at Riverport School (1915).

Ilustración: Project Gutenberg.

Gertrude W. Morrison – The Girls of Central High (1914)

Si también existieron School Stories destinadas a jóvenes lectoras, hay que señalar que no se centraban demasiado en la práctica deportiva, o sino, como mera anécdota. En efecto, mientras estas novelas enseñaban a los chicos a ser fuertes y valientes, a las niñas se les inculcaba virtudes morales y espíritu de sacrificio, con el fin de formar las esposas y madres perfectas del futuro. Pocas escritoras se atrevieron a proponer novelas de escuela y deporte, siguiendo el modelo masculino, pero protagonizadas por chicas.

Ilustración: Project Gutenberg.

Angela Brazil – The Luckiest Girl in the School (1916)

La británica Angela Brazil (1868-1947) fue una de las primeras autoras de School Stories femeninas que hicieron prevalecer el entretenimiento sobre la instrucción moral. Sus novelas, que se publicaron durante cuarenta años, de 1904 a 1946, ponían en escena a adolescentes activas e independientes. Tuvieron mucho éxito entre las lectoras jóvenes hasta los años 1960, pero, demasiado modernas para los cánones sociales, llegaron a ser prohibidas en ciertas escuelas… Publicada en 1916, The Luckiest Girl in the School (La Chica con más suerte de la escuela) cuenta las aventuras de Winona Woodward que, para compensar sus malos resultados académicos, se entrega cuerpo y alma en los equipos de hockey y cricket de la escuela…

Ilustración: Project Gutenberg.

Gertrude W. Morrison – The Girls of Central High on Track and Field (1914)

Como Allen Chapman, Gertrude W. Morrison es uno de los pseudónimos colectivos del Stratemeyer Syndicate. Bajo este nombre femenino, la famosa editorial americana publicó entre 1914 y 1919 una serie de siete School Stories protagonizadas por chicas, The Girls of Central High, que suelen entregarse a diversas actividades escolares: teatro, remo, basketball, carreras…

Ilustración: Project Gutenberg.

Sport Story Magazine (1930)

A partir de los años 1930, el auge de las publicaciones pulp propiciará la aparición de revistas específicamente dedicadas a los deportes, alejando la narrativa deportiva de los criterios meramente educativos para ofrecer a los jóvenes de habla inglesa más aventura y entretenimiento. Algunas de estas revistas fueron: Sport Story Magazine (años 1930), Dime Sports, Sport Novels, Exciting Sports o Fight Stories (años 1940), Complete Sports (años 1950)…

Ilustración: Internet Archive.

Benjamin Rabier – Gédéon sportsman (1927)

Como hemos podido ver, este género nos ha llegado esencialmente de Gran Bretaña y Estados Unidos y no hemos encontrado su equivalente en la literatura de Europa continental.
A mil leguas de estas aventuras escolares de adolescentes y jóvenes adultos, las aventuras del simpático pato Gédéon, creación del dibujante francés Benjamin Rabier (1864-1939) (ver Tesoros Digitales dedicados a los precursores del cómic), eran destinados a niños pequeños en sus primeros pasos con la lectura. Gédéon sportsman (Gédéon deportista, 1927) y Gédéon fait du ski (Gédéon esquía, 1938) son dos álbumes ilustrados en los que se suceden gags destinados al puro entretenimiento de los más pequeños.

Ilustración: Gallica.

 

Benjamin Rabier – Gédéon fait du ski (1938)

Ilustración: Gallica.

P.G. Wodehouse – The Pothunters (1902)

Más lecturas (que no han entrado todavía en el Dominio Público):

  • The Pothunters (Los Cazadores de premios, 1902), The Gold Bat (El Bate de oro, 1904), The White Feather (La Pluma blanca, 1907), Mike (1909), de P.G. Wodehouse (Pelham Grenville Wodehouse, 1881-1975),
  • Las series juveniles de Lester Chadwick (pseudónimo de Howard Roger Garis, 1873-1962) publicadas en la década de 1910: The Baseball Joe Series, The College Sports Series.

Ilustración: Wikipedia.

El Deporte velocipédico (1896)

Durante la segunda mitad del siglo XIX, las cuatro grandes escuelas educativo-deportivas se entrecruzan para dar a luz a una profusión de nuevas corrientes y, sobre todo, para contribuir a una expansión generalizada de la práctica deportiva en todo el mundo occidental. Por otro lado, es la época en la que se da uniformidad y se escriben las reglas de juego de los deportes, además de organizarse campeonatos, tanto nacionales como internacionales, en distintas disciplinas. También empiezan a ver la luz numerosas revistas exclusivamente dedicadas a los deportes, como por ejemplo, en España, El Deporte velocipédico (1895), revista semanal dedicada al uso práctico, lúdico y deportivo de la bicicleta, Gran Vida (1903-1929) o Arte y Sport (1903-1905).

Ilustración: Hemeroteca digital, Biblioteca Nacional de España.

José Ferraz de Almeida Júnior – Portrait of Pierre de Frédy (Pierre de Coubertin), S. XIX

Después de varios intentos aislados (las Olimpiadas de la República, celebradas en el París revolucionario de 1796 a 1798, las olimpiadas de Zappas, organizadas cuatro veces en Atenas por un mecenas griego entre 1856 y 1888, o los Olympic Games organizados a partir de 1850 por William Penny Brookes en Much Wenlock, Inglaterra), los primeros Juegos Olímpicos de los tiempos modernos se celebraron en Atenas en 1896, inaugurando una larga serie de eventos multitudinarios que sólo fueron anulados tres veces, en 1916, 1940 y 1944, por causa de guerras mundiales. En el origen de esta celebración, encontramos a un personaje no exento de controversias, el barón Pierre de Coubertin (Charles Pierre Fredy de Coubertin, 1863-1937).

Ilustración: Wikimedia Commons.

Apasionado por el deporte y la pedagogía, luchó por la introducción de la actividad física en los programas escolares. Convencido de la necesidad de internacionalizar el deporte para hacerlo más popular, y deseoso de desarrollar las interacciones culturales y fomentar los valores educativos entre países, Coubertin inició en 1892 una serie de acciones que llevarían a la creación del Comité Olímpico Internacional y a la celebración de las primeras Olimpiadas. Las controversias póstumas sobre la figura de Pierre de Coubertin, generadas por investigadores que buscan en sus escritos indicios de posturas reaccionarias, imperialistas, racistas o misoginias (¿posturas propias de un políticamente correcto de otros tiempos?), han oscurecido su legendario humanismo. No obstante, Coubertin no deja de ser un personaje internacionalmente celebrado y homenajeado. Por otro lado, este autor prolífico dejó una importante colección de escritos en torno al deporte, tanto tratados sobre técnica deportiva como ensayos sobre pedagogía y deporte o psicología deportiva:

Charles de Coubertin – Alegoría de los deportes (1896)

manuales,

conferencias y artículos,

e incluso una oda al deporte, en alemán y francés: Ode au sport (1912), coronada con el oro en la modalidad de Literatura de los Juegos Olímpicos de Estocolmo en 1912.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Walter Van der Ven – Cartel de los Juegos olímpicos de Amberes (1920)

La vuelta a la actualidad de los Juegos olímpicos a lo largo del siglo XIX despertó el interés de varios autores literarios. Por ejemplo, en 1858, el escritor y periodista polifacético Émile Souvestre (1806-1854) analiza los Juegos olímpicos de la Antigüedad desde una perspectiva social y política en el artículo Les Jeux olympiques (Los Juegos olímpicos). Pierre Louÿs (1870-1925), autor sensual próximo al decadentismo, evoca en Sports antiques (Deportes antiguos, 1960), la estética de los juegos griegos que compara a la decadencia de las actividades circenses romanas. En cuanto a Bella aux jeux olympiques (Bella en los juegos olímpicos, 1926), es el relato colorido y detallista, entre narración y reportaje, de la presentación de las naciones participantes en unos Juegos olímpicos posteriores a la Primera Guerra Mundial. Este texto es obra de Jean Giraudoux (1882-1944).

Ilustración: Wikimedia Commons.

Jean-Louis Forain – Les Courses à Longchamp (ca. 1891)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Al ganar en popularidad en la última década del siglo XIX, el deporte hace su entrada en las letras, ya no tanto como disciplina de interés pedagógico, sino también como tema central de novelas – lo iremos desarrollando a lo largo de este trabajo – y como objeto de estudio social. Por toda Europa, los escritores se interesaron por este nuevo fenómeno: además – en el caso de algunos – de practicar ellos mismos algún deporte, observaron las costumbres que se estaban forjando en torno a los deportes y nos dejaron interesantes testimonios, en forma de artículos o ensayos.

Luis Taboada – Veinte Siglos de «sport», ilustración de Ángel Pons (1894)

En 1894, el periodista, escritor y humorista Luis Taboada (1848-1906) publica en el periódico El Imparcial Veinte Siglos de «sport», una columna humorística en la que recorre – en tono sarcástico – la evolución de la práctica deportiva desde la época prehistórica hacia :
«En la edad de piedra el hombre se entregaba al juego del cantazo, que consistía en arrojarse pedruscos unas familias a otras, con gran satisfacción de los niños respectivos. Cogía un jugador una piedra y la lanzaba contra un vecino; el vecino cogía otra y la arrojaba, a su vez, sobre el contrario, hasta que uno de los dos se quedaba en el sitio. La viuda del vencido, presa de la desesperación, arrancábase los pelos de la frente, y en seguida se casaba en segundas nupcias con el vencedor.
En la edad de hierro estuvo muy en boga el sport de la barra, una especie de juego de carambolas abreviadas. Sobre un plano de piedra granítica eran arrojados tres corderos; los jugadores les empujaban con las barras hasta hacerles chocar entre si; después se los comían apaciblemente, sin más aderezo que el de su propio jugo.»
«Por de pronto, la juventud puede lucir su gentileza, ora monte á caballo, ora en velocípedo, ya se dedique al juego de pelota, ya a la regata fluvial marítima. Nada más hermoso que un remero de buenas formas con el brazo desnudo, la camisa desabrochada hasta dejar entrever el seno, y el calzón corto, que permite enseriar la ebúrnea pantorrilla. Nada más encantador que un velocipedista flaco subido en su maquina á manera de saltamontes; nadie mas digno de estos tiempos y de esta raza que el jugador de volante, arrojando la pelota coronada de plumas á tres metros de distancia, con auxilio de la dorada raqueta. Pero no todo ha de ser sport inocente y cauteloso.»

Ilustración: Hemeroteca Digital, Biblioteca Nacional de España.

Nota: los lectores deseosos de profundizar el tema de la práctica deportiva en la época prehistórica podrán referirse al capítulo de Tesoros Digitales sobre la «narrativa prehistórica»…

Alberto Santos-Dumont en su globo en 1898

Por su parte, en el artículo titulado De deporte (1906), Rafael Barrett (1876-1910), figura destacada de la literatura paraguaya aunque de origen español (ver la entrega anterior de Tesoros Digitales sobre teatro), enumera diversas consideraciones relacionadas con el deporte:
«La belleza no ama al deporte. Hemos concentrado la poesía en el matiz y en la penumbra sugestiva. Preferimos la elocuencia de las frentes pálidas, de los ojos profundos y de las amargas sonrisas, a la gallardía vulgar de los clásicos bíceps helenos. Encontramos la inteligencia solitaria superior a los populares Juegos Olímpicos. Por eso el deporte reciente, a pesar suyo, empieza a penetrar en regiones vírgenes. Evoca la eterna obra de conquista sobre la naturaleza, y se vale de las admirables máquinas imaginadas por la ciencia actual. La bicicleta y el automóvil, dignificando al deporte por medio del riesgo, le proporcionan el dominio de la velocidad, elemento incomparablemente más espiritual que la potencia impulsiva. Colocado en la cúspide de los Juegos Olímpicos Modernos, Santos Dumont es un deportista sublime. »

Ilustración: Wikimedia Commons.

Una caricatura de Paul Adam y su lebrel por el ilustrador Zed (S. XX).

Paul Adam (1862-1920) fue un escritor y crítico de arte francés muy prolífico ; su trayectoria literaria inclasificable (del naturalismo al simbolismo, pasando por la novela intimista) se compone de ensayos, novelas, relatos, artículos o relatos de viaje. Vice-presidente en 1906 de la recién creada Academia de deportes, Adam publicó el año siguiente La Morale des sports (La Moral de los deportes, 1907), en el que reúne una serie de artículos relacionados con el deporte, anteriormente aparecidos en diversos periódicos. En algunos de estos textos, Adam, que militó en los movimientos nacionalistas y tradicionalistas, defiende la idea del deporte como medio de cohesión patriótica. Pero más allá de su contexto político, La Morale des sports es un alegato por la estética del deporte y sus virtudes formativas desde el punto de vista moral y espiritual, y un vibrante homenaje a deportes como la natación, la vela, la equitación o las carreras de lebreles.

Ilustración: Archives du Pas-de-Calais.

K.S. Ranjitsinhji, jugador de cricket (1897)

Publicado en el volumen All Things Considered en 1908 después de haber salido en la prensa inglesa, el artículo Patriotism and Sport (Patriotismo y Deportes) presenta un interesante análisis de Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) sobre el patriotismo – o más bien el chovinismo – y su relación con el deporte. Según Chesterton, los méritos deportivos de un país son en realidad los méritos de unos seres excepcionales, que no tienen por qué reflejar las capacidades del pueblo en su conjunto:
«Es uno de los casos más poderosos del daño que produce nuestro culto inglés del atletismo. Se concentra demasiado en el éxito de los individuos. Primero, queremos que gane Inglaterra. Luego, quisimos que ganaran los ingleses. La tercera etapa consistió (en el éxtasis y la agonía de una competición especial) en querer que ganara un inglés en particular. Y la cuarta etapa fue que cuando hubo ganado, se descubría que ni siquiera era inglés.»

Ilustración: Wikimedia Commons.

Jean Prévost

No podremos leer en línea el conjunto de ensayos titulado Plaisirs des sports, essais sur le corps humain (Placeres de los deportes, ensayos sobre el cuerpo humano, 1925). Su autor, Jean Prévost (1901-1944), uno de los más fecundos y polifacéticos de su generación, héroe de la Resistencia contra la ocupación nazi, murió en una emboscada en 1944 y, como «muerto por Francia», sus obras gozan de una prórroga de la protección de sus derechos de autor y por lo tanto no pueden ser digitalizadas. En los textos de Plaisirs des sports, Prévost describe cómo el placer que se siente al practicar deporte no radica únicamente en la gloria de los campeones o en el gusto por el riesgo, sino también en las sensaciones internas provocadas por el movimiento. De esta idea, e inspirándose en técnicas orientales, Prévost sugiere que el entrenamiento, la sobriedad, el esfuerzo no son duros para un cuerpo consciente de sí mismo, encontrando en la disciplina del deporte medios para conseguir la salud.

Ilustración: Le Maitron, dictionnaire biographique.

Jean Giraudoux corredor

Primer presidente de la Asociación de los escritores deportistas creada en 1931 por Tristan Bernard (del que volveremos a hablar a lo largo de este trabajo), Jean Giraudoux (1882-1944) tuvo el récord en Francia del 400m en línea recta. Más recordado por su obra literaria (novelas y obras de teatro esencialmente) que por sus hazañas deportivas, Giraudoux colaboró en la crónica de deportes de diversos periódicos y publicó en 1928 Le Sport : notes et maximes (El Deporte: notas y máximas, no disponible todavía en versión digitalizada), compendio de aforismos y reflexiones en torno a los deportes y la competición.
«La sensación más viva del corredor en medio de trescientos corredores que corren con él: el aislamiento.»
«Me gusta cortar con esprints mi marcha hacia la muerte.»
«Haga desfilar a los ancianos de un país y conocerá el estado de sus deportes.»

Sport e beneficenza della Societa Ginnastica Pavese nel Teatro Fraschini la sera di Mercoledi grasso, 8 febbraio 1893

Ilustración: Gallica.

Poco conocida del gran público, Amore e ginnastica (Amor y gimnasia, 1892) es una novela sentimental del italiano Edmondo de Amicis (1846-1908), autor de la famosísima Cuore (Corazón: diario de un niño, 1886). Ambientada en Turín, Amore e gimnastica cuenta las aventuras de Don Celzani, antiguo seminarista, y pequeño burgués que, perdidamente enamorado de la sensual Signorina Pedani, maestra de gimnasia, se entrega cuerpo y alma al deporte para seducirla. Más allá de la intriga sentimental, destaca en esta novela del moralista y pedagogo italiano el trafondo político de la unificación de una nación joven, la gimnasia siendo, según los preceptos de algunos de los pensadores evocados anteriormente, una herramienta ideal para forjar los espíritus de jóvenes patriotas…

Ilustración: Internet Culturale.

Cazadores, Atletas, Gladiadores y Caballeros: deportistas de anteayer para narradores de ayer y hoy

Paul-Henri Régereau – Le Chant de l’arène (ca. 1885)

Ilustración: Les Musées de la Ville de Paris.

El Canto de la arena

«Glorifica y respeta
La ciudad toda al vencedor atleta,
Y su nombre glorioso llena el mundo
Desde la playa do en oscura meta
El Invierno glacial duerme infecundo,
Hasta el país de luz y de alegría
Do, allá en la mar sonora,
Oyense lejos, al romper el día.
Relinchar los corceles de la Aurora.

¡Llegó la fiesta olímpica! El acanto
Tejed con el laurel eterno y santo:
¡Confundan las deidades fil impío!
Y con impulso fiero
Triunfal renazca el desmayado brío
En las duras entrañas del guerrero!
Venid, los que la gloria
En la ardua liza perseguís tan solo;
Los sacerdotes contemplad de Apolo
Que ya, para la próxima victoria.
Ramos enlazan en guirnalda noble
Del que venció á Milon excelso roble.

De Corinto venid, venid de Creta:
De Tiro, que sus púrpuras nos vende;
De Escila, en lucha con la mar inquieta;
De las cumbres del Athos do suspende
El águila su vuelo
Por ver mejor la inmensidad del cielo.
Venid de aquellas islas, cuyas lomas
Puebla el manso tropel de las palomas:
De la arenosa playa
Do el mar del Archipiélago desmaya:
De Rodas, cuyos hijos aguerridos,
Cuando la trompa bélica retumba.
La oyen estremecidos
Bajo la fría losa de la tumba;
De la ciudad de Cécrope querida,
Por su altanera torre aún defendida;
Venid de Esparta, buena entre los buenos;
Venid de Lemnos, que engendró los truenos:
Venid de Chipre, que al Amor dio vida.

Ya los templos, ceñidos de pomposas
Guirnaldas florecientes,
Cual jóvenes esposas
Coronadas de rosas.
Púdicos velan las marmóreas frentes.
Ya tomaron asiento
En medio del estadio turbulento
Los éforos y arcontes; y agrupadas
En torno del canéforo, las bellas
Ruborosas doncellas.
Purifican las ánforas sagradas.
Ya el augur á la incierta pitonisa
Consultó, y al sonámbulo agorero
De palabra indecisa;
Y cuando rompe el sol la parda bruma,
De un buitre de la Escitia carnicero
Arrojó al aire voladora pluma.

Premio del vencedor en la carrera
Dos trípodes serán, y una ligera
Copa de arcilla, de primor divino,
En la que Baco por la vez primera
Gustó con labio ansioso el dulce vino.

El que triunfe en los juegos pertinaces
Del disco, derribando los tres haces,
La urna de bronce ganará preciada.
Por Flegonte, el famoso, cincelada;
Y el mejor combatiente
En la atlética lid, aún más gloriosa.
Obtendrá rica túnica esplendente.
Tejida allá en Sidon, la poderosa,
La que une el caduceo y el tridente.

¡Discóbolos, atletas, luchadores!
Para el duro combate
Reparad en el baño el vigor vuestro.
Por honrar á los bravos triunfadores,
Ya las sonoras cuerdas pulsa el vate,
En la tebana cítara maestro.

Glorifica y respeta
La ciudad toda al vencedor atleta,
Y su nombre glorioso llena el mundo
Desde la playa do en oscura meta
El Invierno glacial duerme infecundo,
Hasta el país de luz y de alegría
Do, allá en la mar sonora,
Óyense lejos, al romper el día.
Relinchar los corceles de la Aurora.»

El Canto del circo

«- César, ¡Emperador augusto y fuerte!
Hoy para enaltecerte
Los pueblos todos a tus pies acudan.
Heredero feliz del gran Augusto,
¡Oh príncipe inmortal, príncipe justo!
Los que van a la muerte, te saludan.

Sangre humana a raudales
Tan solo el César, entre tantos reyes,
Brinda pió a los dioses inmortales.
La roja Muerte con sus duras leyes
Preside a los festines de su corte;
Y de sus monstruos despoblando al mundo,
Junta en combate inmundo
Tigres del Asia y bárbaros del Norte.
Los colosos de bronce y de granito.
Los vasos de alabastro, las banderas
Decoran el circuito
De la liza fatal. Nubes ligeras
Perfuman gratas el espacio inmenso
Con oriental aroma,
Y el olor de la sangre y del incienso
Aspira muelle la triunfante Roma.

Ved: de repente abiertas,
Sobre sus quicios resonantes crujen
Y giran las cien puertas;
Entra el pueblo en tropel. Los tigres rugen
En su jaula cerrada.
Cual desbordado rio va creciendo,
Así con sordo estruendo
Se esparce el pueblo-rey de grada en grada.
Siéntanse, en sillas de marfil y de oro
Los ediles; el fuego sacrosanto
Llevan las castas vírgenes y en coro
Preludian dulce canto:
Los pardos cocodrilos
En el ancho canal nadan tranquilos.
Llama la meretriz medio desnuda
Las miradas ardientes;
Cubierto de su augusta laticlava,
Alza la frente el senador ceñuda,
Y sentado entre reyes obedientes,
Allá en la turba esclava
Uno por uno cuenta sus clientes.
Las cándidas doncellas
Al lado están de las matronas bellas.
Ya cubre negro velo
El altar de las suplicas al cielo.

A la voz del tribuno, con sus lanzas
Van á guardar los pretorianos fieles
Del estrado imperial los escabeles;
Entonan alabanzas
Los sacerdotes salios a Cibeles;
Y al compás de satíricas canciones,
Mientras llegan las víctimas, con danzas
Divierten a la plebe los histriones.

¡Hedlas allí!… Y aplaude y amenaza
El pueblo sin piedad a esos vencidos.
Que la guerra conduce a la ancha plaza
De los mudos desiertos encendidos
De la Libia, o las selvas que en la sombra
De la Germania ocúltanse. Su raza
Dice el lictor y sus naciones nombra.

¡Pobre rebaño que guardó la suerte
Para el placer del pueblo y del monarca,
Y con el sello horrible de la muerte
La mano sin piedad del cónsul marca!
Abatida la frente, los judíos
Tristes van, y parece que les venza
Reprimida vergüenza;
A los galos bravíos
El horrendo espectáculo no abate;
Los infames cristianos.
Sin armas a su Dios alzan las manos,
Y mueren sin orgullo y sin combate.

Y el pueblo grita y anhelante espera,
¡Y ya las fieras tardan!
Del calor y la luz el trono guardan
De púrpura oriental doseles rojos,
Para que el sol no hiera
Del pió Emperador los santos ojos.

César, ¡Emperador glorioso y fuerte!
Hoy para enaltecerte
Los pueblos todos a tus pies acudan;
Heredero feliz del gran Augusto,
¡Oh príncipe inmortal, príncipe justo!
Los que van a la muerte, te saludan.»

El Canto del torneo

«¡Plaza á los caballeros!
Venid, venid, los que en las rudas lides
Y en los juegos guerreros
Lleváis en el broquel, cual adalides,
El manto de Agrá, con marcial decoro,
El dragón verde de extendidas garras,
Las que en Francia florecen lises de oro,
O del fuerte Aragón las rojas barras.

Abierta está la liza;
El notario sus límites recorre;
El pendón blanco y verde el viento riza
En la frente marcial de cada torre.
Inquiétase la gente,
Y brama y ruje, cual del mar las olas;
Al soplo del ambiente,
Mézclanse las pintadas banderolas;
Y el fiel heraldo, abriéndose camino,
Del pórtico en la entrada,
Cuelga el grifo argentino
Sobre la ancha dalmática bordada.
Trepa la muchedumbre
De las próximas casas á la cumbre;
Suena á lo lejos la campana augusta:
¡Digna de un rey será la noble justa!
La misma reina dio, de su tesoro.
Doce dineros de oro;
Y para más honrar la alegre fiesta.
Aunque mucho le cuesta,
Doce cautivos rescató del moro.

Antes que aguda suene
La vibradora voz de los clarines,
Escuchad todos, cual la ley previene,
El edicto real oh paladines!
Hierro maldito esgrimirá el que ansioso
Sin oírlo hasta el fin, tome la lanza.
Versículos cantad en alabanza
Del buen Jesús y San Dionís glorioso;
Escuchad los consejos
Que, dictados por Dios, os dan los viejos;
Jurad por él y su Evangelio santo,
Que si es débil la diestra y mal segura,
No hay en el corazón mengua o quebranto;
Y presentad, con decisión honrada,
A los ojos de Dios el alma pura,
A la vista del rey limpia la espada.

Jurad que nunca, con servil desdoro,
El miserable fango manchó el brillo
De vuestra espuela de oro;
Que mazmorra no fue vuestro castillo
Del infeliz villano;
Que siempre está desnuda
En defensa del huérfano y la viuda
La hoja de vuestro acero toledano.
Recordad el valor y la constancia
De aquellos, en la lid siempre primeros,
Doce Pares de Francia;
Y vuestra vida a la lección responda
De los glorificados caballeros
De la Tabla Redonda.

¡Maldición al infame combatiente
Que el triunfo compra al nigromante impuro!
Al que, huyendo la lucha frente a frente.
Armó la diestra de infernal conjuro!
Veréis, colgantes del siniestro muro
De su alcázar, sus restos malhadados:
Y los brujos, sus cómplices malvados.
Para que eterno sea su tormento.
Revolverán en el festín sangriento
Sus huesos descarnados!

¡Gloria al noble adalid que en el camino
Del bien marcó sus huellas!
Sin temor ni misterio las doncellas
Su nombre bordan en el blanco lino.
Consagran los alegres trovadores
A su inflexible espada
Sus cánticos mejores;
Vela en su tumba un hada;
Y porque sirvan de glorioso ejemplo,
Sobre el ara sagrada
Sus armas guarda el venerando templo!

Grabad, oh ricos hombres y donceles,
La justa ley de la cortés pelea
En vuestras almas fieles,
Y el traidor malandrín maldito sea!
Todos contra él se ligan;
Le condenan los jueces justicieros;
Las damas vengadoras le castigan.

¡Plaza, a los caballeros!
¡Venid, venid, los que en las rudas lides
Y en los juegos guerreros
Lleváis en el broquel, como adalides,
El manto de Agrá con marcial decoro.
El dragón verde de extendidas garras,
Las que en Francia florecen lises de oro,
O del fuerte Aragón las rojas barras!»

Paul-Henri Régereau – Le Chant du tournoi (ca. 1885)

Ilustración: Les Musées de la Ville de Paris.

Publicadas en 1824, estas tres odas de Victor Hugo (1802-1885) – aquí traducidas por Teodoro Llorente (1836-1911) en 1883 – conforman un hermoso tríptico lírico sobre los tres grandes acontecimientos deportivos de nuestra historia más antigua: los juegos de Grecia (Le Chant de l’arène), los sangrientos combates de gladiadores en Roma (Le Chant du cirque) y las deslumbrantes fiestas de los torneos medievales (Le Chant du tournoi). Tres ambientes diferentes que el poeta romántico ha sabido recrear con sus sonidos y colores propios, y que otros autores – tanto contemporáneos de estos eventos como posteriores – evocaron en sus escritos.

En efecto, de las escenas prehistóricas de caza a los torneos y justas medievales pasando por los juegos olímpicos, fúnebres o circenses de la Antigüedad, la descripción de la práctica deportiva nos ha llegado de sus épocas respectivas en forma de testimonio documental o evocación mitológica, más que como argumento de narrativa. Con alguna excepción, la utilización ficcional de los atletas olímpicos o de los caballeros medievales empezó a desarrollarse mucho más recientemente, en el siglo XIX, época de pleno auge de la práctica deportiva.

T.S. Sullivant – Our Prehistoric Games

Ilustración: HathiTrust.

Escena de cazadores en la Cova dels Cavalls (La Valltorta, Tirig, Castellón)

Sin entrar en el juego de Edward Tennyson Reed (1860-1933), T.S. Sullivant (1854–1926), Robert Portefin (1899-1958) o el español A.M., quienes, a finales del siglo XIX y principios del XX, divirtieron a los lectores con sus viñetas humorísticas sobre los deportes en la época prehistórica (ver en Rulaman, Vamireh, Odjigh, Poh-Hlaik, Oo-oo: miradas literarias sobre la humanidad (y la fauna!) primitiva), sí se puede afirmar que los primeros hombres, seguramente más por necesidad que por entretenimiento…, corrían, nadaban, utilizaban arcos para cazar, luchaban entre ellos y algunas escenas fueron inmortalizadas por el arte rupestre, como por ejemplo la vistosa escena de los cazadores en la Cova dels Cavall de La Valltorta (Tirig, Castellón).

Ilustración: Wikimedia Commons.

Nota: Además de las viñetas humorísticas evocadas anteriormente, el dossier Rulaman, Vamireh, Odjigh, Poh-Hlaik, Oo-oo: miradas literarias sobre la humanidad (y la fauna!) primitiva ofrece varias reseñas de novelas y cuentos en las que imaginativos autores relatan episodios de actividad física en la época prehistórica: carreras a lomo de dinosaurio, escenas de caza y de lucha…

El arte de las civilizaciones orientales antiguas nos brinda varios ejemplos de la práctica de diversos deportes. Además de estatuas que dan testimonio de la práctica de la lucha en la antigua Sumeria, la Epopeya de Gilgamesh (ca. 2100 a.C.) contiene uno de los primeros relatos de una escena deportiva: la amistad entre Gilgamesh y Enkidu nace de un combate cuerpo a cuerpo…

Gilgamesh venciendo al Toro de los Cielos

«Para la diosa de las bodas la cama estaba tendida
y a juntarse con la novia a la noche
Gilgamesh se dirigía
Pero Enkidu llegó antes y se paró en la calle
para bloquearle el paso a Gilgamesh

La tierra de Uruk lo rodeaba
Una multitud se congregó a su alrededor
Y la muchedumbre rodeándolo
como a un recién nacido le besaba los pies

Para la diosa de las bodas la cama estaba tendida
y como un dios le apareció a Gilgamesh un rival
Enkidu con su pie bloqueó la puerta
de la habitación marital
impidiéndole a Gilgamesh entrar

Ambos se trenzaron en combate
bajo la puerta del cuarto marital
El marco de la puerta se sacudió
y los muros se estremecieron

Ambos se trenzaron en combate
forcejeando como dos bueyes
hasta que Gilgamesh cayó rodilla en tierra
se apaciguó y abandonó la lucha

Tras dejar la pelea le dijo Enkidu a Gilgamesh:
«Como alguien único tu madre te ha criado
La vaca salvaje, la diosa Ninsun
Por sobre los demás tu cabeza se eleva
y para ser rey de tu pueblo
el dios Enlil te ha destinado»

Ambos se besaron
y formaron una amistad»
(Traducción de Santiago Romero Bourdieu)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Combate náutico en Egipto antiguo

El arte del Egipto de los faraones también nos ofrece una multitud de informaciones sobre la práctica de actividades deportivas: en varios monumentos y tumbas, se encontraron pinturas que representan escenas de lucha, salto, natación, remo, arco y jabalina, pesca, atletismo y juegos de pelota o combates náuticos.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Escena de lucha en Egipto antiguo

Ilustración: Wikimedia Commons.

Mosaico romano representando los doce trabajos de Hércules (Lliria)

El origen de los Juegos Olímpicos antiguos es el objeto de varias leyendas mitológicas. Una de ellas atribuye la creación de este evento al héroe Heracles (o Hércules) quien, después de realizar sus doce trabajos, construyó el estadio olímpico y sus dependencias en honor a Zeus, su padre. El imaginario colectivo guarda de Hércules la imagen de un héroe invencible con una fuerza descomunal, imagen forjada por siglos de representación iconográfica y literaria de los doce trabajos y por las adaptaciones a ópera (entre otros, Hercules (1745) de Georg Friedrich Händel (1685-1759) – partitura, libreto en inglés), cómic (por ejemplo esta joya publicada en 1847 por un joven prodigio llamado Gustave Doré (1832-1883), cine y animación de uno de los episodios más famosos de la mitología griega. Entre los autores antiguos que evocan las hazañas de Heracles, podemos citar a Homero (S. VIII a.C.) en Ἰλιάς (La Ilíada) y Ὀδύσσεια (Odisea), Hesíodo (S. VIII a.C.) con Θεογονία (Teogonía), Pisandro (645-590 a.C.) en Ἡράκλεια (La Heráclida), Virgilio (70-19 a.C.) en Aeneis (La Eneida), Ovidio (43 a.C.-17 d.C.) en Metamorphoseis (Las Metamorfosis), Diodoro Sículo (S. I a.C.) en Βιβλιοθήκη ἱστορική (Bibliotheca historica) o Pseudo-Apolodoro, en Βιβλιοθήκη (Biblioteca mitológica, S. I o II d.C.).

Ilustración: Wikimedia Commons.

Cornelis van Haarlem – Hércules y Aqueloo (1590)

«Vi después, al fornido Heracles o, por mejor decir, su imagen, pues él está con los inmortales dioses, se deleita en sus banquetes, y tiene por esposa a Hebe, la de los pies hermosos, hija de Zeus y de Hera, la de las áureas sandalias. En torno suyo dejábase oír la gritería de los muertos -cual si fueran aves-, que huían espantados a todas partes; y Heracles, semejante a tenebrosa noche, traía desnudo el arco con la flecha sobre la cuerda, y volvía los ojos atrozmente como si fuese a disparar. Llevaba alrededor del pecho un tahalí de oro, de horrenda vista, en el cual se habían labrado obras admirables: osos, agrestes jabalíes, leones de relucientes ojos, luchas, combates, matanzas y homicidios. Ni el mismo que con su arte construyó aquel tahalí hubiera podido hacer otro igual.» (Homero, La Odisea).

Ilustración: Wikimedia Commons.

Gustave Moreau – Hércules y la Hidra de Lerna (1876)

«Pues del que te jactas, de Alcmena el hijo, engendrado,
Júpiter, o falso padre es, o por delito el verdadero.
De una madre por el adulterio un padre pretendes: elige si fingido
que sea Júpiter prefieres, o que tú por desdoro hayas nacido».
A mí que tal decía ya hacía tiempo que con luz torva
él me contempla y, encendida, no es fuerte de imperar sobre su ira
y palabras tantas devuelve: «Mejor en mí la diestra que la lengua.
En tanto que luchando gane, tú vence hablando»,
y ataca feroz. Me dio vergüenza, recién esas grandes cosas dichas,
de ceder: rechacé de mi cuerpo su verde vestidura
y mis brazos le opuse y sostuve desde mi pecho zambas
en posta las manos y para la lucha mis miembros preparé.
Él, con sus huecas palmas recogido, me asperja de polvo,
y a su vez al contacto de la fulva arena amarillece él,
y ya el cuello, ya las piernas centelleantes intenta apresarme,
o que lo intentaba dirías, y por todos lados me acosa.
A mí mi pesadez me defendía y en vano se me buscaba,
no de otro modo que una mole a la que con gran murmullo los oleajes
combaten: resiste ella y por su peso está segura.
[…]
El cual, después que curvé mi cuerpo en retorcidos círculos
y cuando moví con fiera estridencia mi lengua bifurcada,
se rió, y burlándose el tirintio de mis artes:
«De mis cunas es tarea el superar serpientes»,
dijo, «y aunque venzas, Aqueloo, a otros dragones,
¿parte cuánta de la de Lerna hidra serás, una sola serpiente?
De sus propias heridas era ella fecunda y ni una cabeza,
de cien en número, fue cortada impunemente
sin que con un gemelo heredero su cerviz más fuerte se hiciera.
A ella yo, ramosa de las culebras nacidas de la matanza
y que crecía con su desgracia, la domé y domada la recluí.
¿Qué confías que ha de ser de ti, que convertido en una serpiente
falsa, armas ajenas mueves, a quien una forma precaria esconde?» (Ovidio, Las Metamorfosis)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Les Douze Travaux d’Hercule (Émile Cohl, 1910)

Willem van Herp – Atalanta e Hipómenes (ca. 1650)

La mitología griega ofrece numerosos relatos de ámbito deportivo: carreras de todo tipo, escenas de lucha, etc… Aunque existan dos versiones sobre la figura de Atalanta, ambas coinciden en que se trata de una mujer capaz de hazañas extraordinarias y sobre su rechazo del matrimonio, tanto por querer consagrarse a Artemisa, lo cual le obliga a mantenerse virgen, como para escapar de la predicción de un oráculo que le anunció que sería convertida en animal el día en el que se casase. Única mujer de la tripulación de los Argonautas, corredora veloz, anuncia que su esposo será el que logre vencerla en una carrera. Ningún candidato consigue la victoria, y Atalanta los mata a todos. Hasta que se presenta Hipómenes, con las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides que le ha regalado Afrodita… Este famoso episodio, relatado por varios autores, por ejemplo, Ovidio en Las Metamorfosis, también inspiró a numerosos artistas…

Ilustración: Wikimedia Commons.

«Quizás hayas oído de una mujer que en el certamen de la carrera
superó a los veloces hombres. No una habladuría el rumor
aquel fue, pues los superaba, y decir no podrías
si por la gloria de sus pies, o de su hermosura por el bien, más destacada fuera.
Al interrogarle ella sobre su esposo, el dios: «De esposo», dijo,
«no has menester, Atalanta, tú. Huye del uso de un esposo.
Y aun así no le huirás y de ti misma, viva tú, carecerás».
Aterrada por la ventura del dios, por los opacos bosques innúbil
vive y a la acuciante turba de sus pretendientes, violenta,
con una condición ahuyenta y: «Poseída no he de ser, salvo», dice,
«vencida primero en la carrera. Con los pies contended conmigo.
De premios al veloz esposa y tálamos se le darán;
la muerte el precio para los tardos. Tal la ley del certamen sea.»

Noel Hallé – La Carrera entre Atalanta e Hipómenes (ca. 1762-1765)

Ilustración: The Athenaeum.

Giulio Romano – Carrera de carros entre Pélope y Enómao (S. XVI, grabado de 1825)

En la misma línea, Pélope protagoniza una carrera de carros, compitiendo con Enómao, rey de Pisa o de Olimpia, para lograr la mano de su hija Hipodamía. Origen mítico de las carreras de caballos, la competición entre Pélope y Enómao ha sido relatada en la Biblioteca mitológica de Pseudo-Apolodoro.

Ilustración: New York Public Library Digital Gallery.

Giovanni Battista Cipriani – Cástor y Pólux (1783)

Evocados por Homero en la Ilíada y la Odisea, cantados por Píndaro en las Odas Nemeas o Teócrito (ca. 315-250 a.C.) en sus Εἰδύλλια (Idilios), los Dioscuros son otros campeones ineludibles de la mitología griega: los hermanos Cástor – el domador de caballos – y Pólux – el luchador cuerpo a cuerpo. Hermanos de Helena de Troya, compañeros de Jasón, viven mil aventuras antes de compartir su inmortalidad que les permite alternar como dioses en el Olimpo o como mortales fallecidos en el Hades.

Ilustración: The Athenaeum.

Cástor y Pólux (grabado de 1655)

«Allí hicieron grandes esfuerzos por quién volvería la espalda á la luz de Helios; pero ¡oh Pólux! tú fuiste más hábil que el hombre gigante, y los rayos dieron en la faz de Amico. Con el corazón lleno de cólera, se abalanzó aquél, procurando herir; pero el Tindarida estaba prevenido y le alcanzó en la parte baja del mentón. Amico, más furioso todavía, redobló su impulso, con la cabeza inclinada hacia el suelo. Y los bébrices lanzaban clamores, y los héroes alentaban al vigoroso Pólux, temiendo que en tan estrecho lugar le abrumase con su peso el hombre semejante á Ticio. Pero el hijo de Zeus, golpeando con las dos manos alternativamente, refrenó el ímpetu del hijo de Poseidaón, aunque era colosal su estatura.
Y se detuvo este último, como ebrio de dolor y vomitando sangre roja; y los jefes prorrumpieron en gritos de júbilo al ver erosiones tremendas en la boca y en las mejillas de aquel hombre. Y tenía los ojos y la cara hinchados. Entonces el rey Pólux le engañó amagando acá y allá con sus puños, y cuando le vió turbado, le hirió encima de la nariz, entre las cejas, y le arrancó la piel de la frente hasta dejar al descubierto el hueso.»

Ilustración: Gallica.

Más allá de las referencias mitológicas, la importancia del deporte en la sociedad griega antigua, plasmada en ritos como los juegos fúnebres que evolucionaron en eventos competitivos como los juegos olímpicos, nos llega atestiguada tanto por el arte (esculturas de atletas, pinturas y relieves de escenas deportivas…) como por la literatura. En esta disciplina, podemos destacar la narración por Homero en el canto XXIII de la Ilíada (Ἰλιάς, audiolibro en español) de las competiciones atléticas y de lucha en los juegos fúnebres organizados por Aquiles en honor de Patroclo: carreras de carros y a pie, diversos combates (pugilato, lucha), lanzamiento de peso o de jabalina, tiro con arco…

Carle Vernet – Juegos en honor de Patroclo durante su funeral (1790)

«Todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Y tan sólo se levantó para luchar con él Euríalo, varón igual a un dios, hijo del rey Mecisteo Talayónida; el cual fue a Tebas cuando murió Edipo y en los juegos fúnebres venció a todos los cadmeos. El Tidida, famoso por su lanza, animaba a Euríalo con razones, pues tenía un gran deseo de que alcanzara la victoria, y le ayudaba a disponerse para la lucha: atóle el cinturón y le dio unas bien cortadas correas de piel de buey salvaje. Ceñidos ambos contendientes, comparecieron en medio del circo, levantaron las robustas manos, acometiéronse y los fornidos brazos se entrelazaron. Crujían de un modo horrible las mandíbulas y el sudor brotaba de todos los miembros. El divino Epeo, arremetiendo, dio un golpe en la mejilla de su rival, que le espiaba; y Euríalo no siguió en pie largo tiempo, porque sus hermosos miembros desfallecieron. Como, encrespándose la mar al soplo del Bóreas, salta un pez en la orilla poblada de algas y las negras olas lo cubren en seguida; así Euríalo, al recibir el golpe, dio un salto hacia atrás. Pero el magnánimo Epeo, cogiéndole por las manos, lo levantó; rodeáronle los compañeros y se lo llevaron del circo – arrastraba los pies, escupía negra sangre y la cabeza se le inclinaba a un lado; – sentáronle entre ellos, desvanecido, y fueron a recoger la copa doble.»

Ilustración: Wikimedia Commons.

Francesco de Mura – Disciplinas de los Juegos Olímpicos en la Antigüedad (1741-1743)

En cuanto a los Juegos olímpicos, diversos testimonios de carácter histórico, geográfico o social nos han llegado de la mano de autores antiguos. Jenofonte (431-354 a.C.) explica cómo llegar a Olimpia (Ἀπομνημονευμάτων (Memorables, ca. 371 a.C.)) y describe el entrenamiento deportivo, para los hombres y las mujeres (Λακεδαιμονίων Πολιτεία (La República de los Lacedemonios, ca. 360 a.C.)). En Ἱστορία τοῦ Πελοποννησιακοῦ Πολέμου (Historia de la Guerra del Peloponeso), Tucídides (460-397 a.C.) narra diversos episodios de esta guerra relacionados con los Juegos. El arquitecto e ingeniero romano Vitruvio (ca. 80/70-15 a.C.), en su tratado De Architectura (De arquitectura) aborda el tema de la construcción de instalaciones deportivas como las palestras o los xystos, pórticos cubiertos de los gimnasios. A partir de las enseñanzas de Epicteto (55-135), sus discípulos han reunido varios compendios como Ἐγχειρίδιον (Enchiridion, o Manual) y sus Διατριβαί (Discursos), en los que encontramos detalles sobre el entrenamiento para los Juegos y sobre Olimpia. Por su parte, el geógrafo Pausanias, en su Ἑλλάδος περιήγησις (Descripción de Grecia), especie de guía turística escrita en el siglo II de nuestra era, evoca el origen de los Juegos, su desarrollo y organización, los principales monumentos de Olimpia, las figuras de atletas famosos o incluso disciplinas más específicas como las carreras de mujeres… Luciano de Samósata (125-181) evoca los atletas y los Juegos olímpicos en diversos textos: Diálogo de los muertos (diálogo entre Hermes y el atleta Damasias), Hermotimus, o Las Sectas (texto en francés, sobre el sistema de sorteo), No se debe creer en la delación demasiado ligeramente (texto en francés, sobre la diferencia de comportamiento entre un buen atleta y uno malo). En el diálogo Anacarsis, o Los Gimnasios (texto en francés), Luciano desarrolla su crítica del atletismo y describe el entrenamiento de los atletas, las diversas disciplinas, etc…

Ilustración: The Athenaeum.

Jean-Léon Gérôme – Circus Maximus (1876)

Otros pensadores trataron el tema deportivo desde un punto de vista moral y ético. Autólico, el drama satírico de Eurípides (ca. 484/480-406 a.C.) del que únicamente se conservan fragmentos, contiene una virulenta carga contra el deporte profesional (texto en francés). Aristóteles (384-322 a.C.), en Ἠθικὰ Νικομάχεια (Ética a Nicómaco), ilustra su pensamiento con ejemplos sacados del contexto olímpico. Plinio el Joven (61-112) expresa en una de sus Epistulae (Cartas) su desprecio por las carreras de caballo. En cuanto a Tertuliano (160-220), padre de la Iglesia, condena en De Spectaculis (De los espectáculos) todos los espectáculos y juegos profanos que pueden alejar al cristiano de lo esencial: todo lo que tiene delante de los ojos gracias a la fe, es mucho más hermoso que lo que puedan ofrecer los teatros, circos y estadios.

Ilustración: The Athenaeum.

Giuseppe Sciuti – Píndaro exaltando a un vencedor de los Juegos Olímpicos (1872)

De la oda triunfal a la fábula, la poesía es otro género literario que nos ha legado la Antigüedad para ofrecernos testimonios de la práctica deportiva. Sin duda, el máximo representante es Píndaro (ca. 518-438 a.C.) fecundo poeta lírico griego del que nos han llegado apenas quinientos versos dispersos de una obra monumental estimada a veinticuatro mil versos. Se han conservado de Píndaro cuatro libros de epinicios – odas triunfales en honor a los vencedores de los Juegos que se celebraban por toda Grecia -, que Aristóteles agrupó según los Juegos a los que se refería: las Odas Olímpicas, las Píticas, las Nemeas y las Ístmicas. Estas odas celebraban no tanto los resultados deportivos de los atletas sino sus cualidades personales y eran destinadas a ser ejecutadas, con acompañamiento musical y bailes, en ceremonias privadas (banquetes…) o en celebraciones multitudinarias como los cortejos que acompañaban a los atletas en su regreso a su país. Por ejemplo, esta oda A Jenofonte de Corinto, corredor en el estadio, vencedor en la carrera y en los cinco-juegos:

Ilustración: Wikimedia Commons.

«Al ensalzar la casa, que en Olimpia
Tres coronas ganó ; del peregrino
Asilo, y con el deudo complaciente,
De Corinto la fama clara y limpia
Canto también ; vestíbulo divino
Del ístmico Monarca del Tridente,
Y cuna floreciente
De graciolas doncellas ;
En donde Eunomia mora
Y sus hermanas bellas :
La Paz encantadora
Y la firme Justicia, que robusta
Los Estados sostiene.
Por ellas la riqueza al hombre viene
Y de Temis veraz son prole augusta.
Ellas de su pacífico recinto
Alejan la Insolencia deslenguada,
Madre de la Arrogancia. Ciento y ciento
Cantilenas en honra de Corinto
Quiere entonar mi cítara, impulsada
Por mi genial justísimo ardimiento.
¿Su natural talento
A quién ahogar es dado?
¡Hijos del noble Aleta!,
El lauro destinado
Al vencedor atleta,
Las Horas, ricas en preciosas flores
Os dieron,y la llama
Que vuestro corazón vivida inflama
Y os hace de mil artes inventores.
Gloria al descubridor atrae su invento.
La gran festividad de gracias llena
Y el Báquico cantar que premia el toro
¿Dónde nacieron?¿dónde el instrumento
Que al trágido corcel lanza y enfrena?
¿Quién á los templos añadió decoro
Con las águilas de oro?
En tus sagrados muros
Musa gentil florece,
Y sus perfumes puros
A tus hijos ofrece,
¡Feliz Corinto! y á su lado Marte
Pone en la fuerte diestra
De tu fiel juventud, ya en la palestra,
Ya en el sangriento campo, su estandarte.»

James Barry – Hierón de Siracusa y los vencedores (S. XVIII)

Se atribuye a Baquílides (ca. 516-451 a.C.), contemporáneo y rival de Píndaro, seis libros de himnos a los dioses, tres libros de elogios y un libro de epinicios. Su obra se consideró perdida durante siglos, hasta que en 1897 fueron descubiertos en Egipto dos rollos de papiro con una veintena de sus poemas, en su mayoría odas triunfales en honor a vencedores de los juegos helénicos. Una traducción en francés de estos poemas se puede leer en Internet Archive.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Jean Broc – La Muerte de Jacinto (1801)

No se sabe si las sesenta y cuatro Εἰκόνες (Imágenes, texto en francés) de Filóstrato de Lemnos (ca. 200-230) describen cuadros que existieron de verdad o si estos ejercicios de composición retórica son puro fruto de la imaginación de su autor. Entre estas escenas de temáticas diversas, Filóstrato recrea la muerte de Jacinto (texto en francés), herido por el disco lanzado por Apolo y desviado por el celoso Céfiro. Otro capítulo (texto en francés) evoca al pancraciasta Arriquión de Figalia, vencedor de tres olimpiadas, a quien se le reconoció su última victoria post mortem…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Esopo – El Fanfarrón, manuscrito iluminado de Gherardo di Giovanni del Fora (ca. 1480)

Con las fábulas dejamos el ámbito épico o lírico para escenificar una situación protagonizada por atletas con el fin de enunciar alguna moraleja. Esopo (620-564 a.C.), con El Fanfarrón, nos demuestra que «Si no puedes probar con los hechos lo que dices, no estás diciendo nada».

«Un atleta, que era muy conocido de sus conciudadanos por su debilidad, partió un día para tierras lejanas.
Volvió después de algún tiempo, anunciando que había llevado a cabo grandes proezas en distintos países; contaba con especial esmero haber hecho en Rodas un salto que nunca antes ninguno de los atletas coronados en los juegos olímpicos había sido capaz de realizar, agregando además que presentaría los testigos de su hazaña si algunos de los que allí se hallaban presentes venían alguna vez a su tierra.
Uno de los oyentes tomó la palabra y dijo:
-Oye, amigo: si eso es cierto, no necesitamos testigos; esto es Rodas, da el salto y muéstralo.
Moraleja: Si no puedes probar con los hechos lo que dices, no estás diciendo nada.»

Ilustración: New York Public Library Digital Gallery.

Esopo en persona interviene en la fábula de Fedro (ca. 14 a.C.-ca. 50 d.C.) Aesopus et victor gymnicus (Esopo y el ganador en los juegos de lucha, texto en francés) para poner en evidencia a un luchador fanfarrón:

«Como a veces se reprime la jactancia
Esopo oía un día a un vencedor de los juegos de lucha que se jactaba en exceso. Le preguntó si su contrincante había sido mucho más fuerte que él.
– ¿Qué dices?, contestó el atleta. Mis fuerzas eran muy superiores a las suyas.
– ¡Insensato! dijo Esopo. ¿Qué gloria has adquirido, si estabas más fuerte que el al que venciste? Se te podría aguantar si dijeras que triunfaste de un adversario más vigoroso que tú.»

Jean de La Fontaine – Simonide préservé par les dieux, ilustración de Gustave Doré (1868)

Otra fábula de Fedro, inspirada en una leyenda sobre el poeta lírico griego Simónides de Ceos (556-467 a.C.), nos sirve para dar un salto – ¡olímpico! – en el tiempo para llegar a la época moderna. Simónides de Ceos es recordado por ser uno de los primeros en cobrar por sus versos, especialmente por sus epinicios, pero sus odas homenajeaban más a los dioses que a los campeones. Cuenta la leyenda que Simónides compuso una oda para un famoso atleta, pero que los dos tercios de la obra alababan a Cástor y Pólux en lugar de al comanditario que decidió pagar únicamente un tercio de lo pactado con el poeta. A pesar de su desacuerdo, el atleta invita a Simónides a un banquete… Esta historia es recogida en dos fábulas de contenido y moraleja idénticos, Simónides preservado por los dioses, de Fedro, y, quince siglos más tarde, Simonide préservé par les dieux (Simónides preservado por los Dioses, 1668), de Jean de La Fontaine (1621-1695).

Ilustración: Gallica.

«El que sirve á dios, seguro tiene su premio.
Simónides preservado por los dioses.
Arriba dije cuanto valian entre los hombres las letras; ahora diré, cuanta honra les han hecho los dioses.

Simónides, aquel mismo de quien hablé poco há, se ajustó en cierta cantidad con un luchador, para escribir las glorias de su vencimiento. Retiróse á lugar apartado; y como lo estéril del asunto detuviese el ímpetu del númen, usó como se acostumbra, de la licencia poética; é introdujo en su panegírico los dos Astros de Leda, probando con su ejemplo las glorias del vencedor. Pareció bien el poema; pero no recibió más que la tercera parte del precio. Pidiendo lo demas, le respondió: aquellos te lo darán, que se llevan las dos partes de tus versos. Mas para que yo no tenga que sentir es despedirte enojado, vente á cenar conmigo, porque hoy quiero convidar á mis parientes, entre los cuales te cuento á tí. Simónides, aunque burlado y resentido de la injuria aceptó; por no romper del todo despreciando aquel favor. Volvió á la hora señalada y sentóse á la mesa. Brillaban en tan alegre convite las copas de vinos generosos: la casa adornada con magnífico aparato, resonaba en alegrías; cuando de repente dos jóvenes de presencia más que humana, cubiertos de polvo, y bañado todo su cuerpo en sudor copioso, llegan y mandan á un criado, que les llame á Simónides, que le importa el no detenerse. El hombre aturdido llama á Simónides. Apellas habia este sentado el pie fuera de la sala, cuando arruinada súbitamente la bóveda, oprimió á los demas, y aquellos jóvenes no parecieron mas á la puerta. Luego que se divulgó la serie de este suceso, entendieron todos, que la providencia de los dioses había conservado el poeta la vida en recompensa de sus alabanzas.» (Fedro)

«Jamas ha sido inútil la alabanza
Cuando fue dirigida
A los dioses, al rey, o a la querida.
Así Malherbe con razón lo avanza.
Los elogios halagan,
Cautivan los humanos corazones ;
Y en ciertas ocasiones
Ved cual los dioses el incienso pagan:
Emprendido Simónides había
De un Atleta el elogio, y su trabajo
Apenas comenzado, apercibía
Del sujeto lo bajo.
Eran los padres del Atleta oscuros,
Y su mérito propio consistía
Sólo en las fuerzas y en los miembros duros.
Habló de su héroe al comenzar el vate,
Y agotado el asunto,
Sobre Cástor y Pólux se debate,
Insistiendo en el punto
De su ejemplo glorioso
A todos los atletas provechoso.
Ensalza sus combates singulares,
Describe los lugares
En que los dos hermanos combatieron
Y más se distinguieron.
Con el elogio de los dioses llena
De su obra, en fin, las dos terceras partes;
El Atleta esas artes
Sin embozo condena,
Y aunque el precio ajustado era un talento,
Veinte minas dio al vate solamente,
Diciéndole zumbón y descontento
Que fuera incontinente
A que Cástor y Pólux le pagaran
El resto, y su exigencia contentaran.
Invitóle a cenar eso no obstante;
«- Venid, dijo galante,
Mis convidados son gente escogida;
Magníficos señores,
Y parientes y amigos los mejores:
Sed, pues, de la partida.»
Simónides acaso, me figuro,
Temió perder el precio de su culta rima
Sino también la estima,
Y al Atleta promete
Sin falta concurrir a su banquete.
Asiste pues; se come, se festeja,
Todos está de buen humor, y viene
A lo mejor un criado que a la oreja
De que alguno le busca le previene.

Jean de La Fontaine – Simonide préservé par les dieux, ilustración de Benjamin Rabier (1906)

Ilustración: Gallica.

La mesa al punto deja,
Sin que por ello un solo convidado
Pierda el menor bocado.
Cástor y Pólux eran
Que las gracias a darle allí venían,
Y en premio de sus versos le advertían,
Porque riesgo sus años no corrieran,
Que se alejara sin poner demora,
Pues iba a derrumbarse en el momento
La casa del festín abrigadora.
Así luego sucede:
Vacila de la fábrica el cimiento,
Una columna bajo el peso cede,
Y el techo sin apoyo se desploma;
Platos quiebra; de vinos y licores
No deja una redoma,
Y aplasta numerosos servidores.
Hubo más todavía:
Porque fuese completa
La tan justa venganza del poeta,
Una viga enormísima caía
Las piernas destrozando del Atleta,
Y muchos de los pobres convidados
Quedaban estropeados.
De publicar este hecho extraordinario
La fama se encargó. Todos gritaban
Que era un grande portento, y el salario
Que de hombre a quién los dioses tanto amaban
Los cantos merecían,
Fue doble desde entonces, y acudían
Todos los hijos buenos y excelentes
Al vate, y le encargaban
Verso que caros con placer pagaban,
Para honrar a sus viejos ascendentes.
Y por tales razones
Digo se ha de alabar sin restricciones
A los dioses y a todos los que iguales
Son a los inmortales.
Digo también que en ciertas ocasiones
La musa, sin que mengüe su decoro,
Sus versos puede enajenar por oro;
Que se debe tener en grande estima
El arte de la rima;
Que se honran los señores
Con ser de los poetas protectores,
Y que el Olimpo y el Parnaso ufanos
En tiempos anteriores
Eran no solo amigos, sino hermanos.»(Jean de la Fontaine)

Pietro Metastasio – L’Olimpiade, ilustración de Giuseppe Scolari (1747)

L’Olimpiade (La Olimpiada) es un libreto de ópera escrito por el italiano Pietro Metastasio (1698-1782), poeta imperial de la corte de Viena, con ocasión del cumpleaños de la emperatriz Isabel Cristina de Brunswick-Wolfenbüttel. El compositor de la corte Antonio Caldara estaba encargado de componer la música. No obstante, el libreto tuvo tanto éxito que se interpretó por toda Europa, con músicas distintas, escritas por diferentes compositores. Durante cerca de un siglo, más de sesenta compositores pusieron música a La Olimpiada de Metastasio: el primero, después de Caldara, fue Antonio Vivaldi en 1734, seguido de Giovanni Battista Pergolesi (1735) o Giovanni Paisiello (1786), hasta Gaetano Donizetti en 1817. Hasta Beethoven que, en 1795, compuso el lied O care selve inspirado en la letra de Metastasio… Ambientada en la Grecia antigua, L’Olimpiade es la historia de una rivalidad amorosa, durante la celebración de los Juegos Olímpicos, entre el atleta Megacles y su amigo Lícidas…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Pietro Metastasio – L’Olimpiade, atleta del coro en la versión de Johann Adolph Hasse ; traje de Giovanni Niccolo Servandoni (1756)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Pietro Metastasio – L’Olimpiade, atleta de la escena de lucha en la versión de Johann Adolph Hasse ; traje de Giovanni Niccolo Servandoni (1756)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Stephani Vignes – Milón de Crotona (ca. 1840)

El argumento de Milon de Crotone, ou Les Deux Athlètes (Milón de Crotona, o Los Dos Atletas), pantomima histórica creada en el teatro parisino de la Porte Saint-Martin, presenta grandes similitudes con el de L’Olimpiade: una rivalidad amorosa con trasfondo de Juegos Olímpicos, la mano de una princesa como premio para el vencedor… El protagonista es Milón de Crotona, famoso luchador griego del siglo VI a.C., vencedor de numerosas competiciones en los Juegos Panhelénicos. Su fuerza ha sido objeto de numerosas leyendas y hasta su muerte, probablemente ocurrida en el incendio criminal de su casa, está rodeada de un velo de misterio fantástico. En este ballet, Milón está enamorado, y su amor es correspondido, de la princesa cuya mano se ofrece como premio de los Juegos, y no hay duda de que vencerá a sus contrincantes y podrá casarse con su amada. Pero no cuenta con sus rivales… El final será trágico para Milón, vencido, obligado a renunciar a su amor, desterrado y finalmente, tal y como lo cuenta la leyenda, aplastado por un árbol que intentaba partir… Los autores de esta curiosidad son Frédéric-Auguste Blache (1790-1853), bailarín, coreógrafo, maestro de ballet, y Maurice Alhoy (1802-1856), periodista, escritor y dramaturgo.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Jean Bertheroy – La Beauté d’Alcias, ilustración de Henri Delavelle (1905)

Jean Bertheroy (pseudónimo de Berthe-Corinne Le Barillier (1868-1927)) fue una escritora muy popular en su tiempo, autora de numerosas novelas ambientadas en la antigüedad que destacan por su rigurosa documentación histórica y su estilo sobrio. Entre estas novelas, encontramos La Beauté d’Alcias, roman antique (La Belleza de Alcias, novela antigua, 1905). Publicada inicialmente por entregas en el Journal des débats politiques et littéraires en 1904, se ambienta en Egina y Olimpia y se articula en torno a la belleza de un joven atleta llamado Alcias, vencedor de los Juegos. El escultor Osthanes es el encargado de realizar una estatua en su honor y se dispone a grabar en el bronce cada músculo del atleta pero sin representar su rostro, tal y como lo exige la tradición, dado que el rostro del hombre es sagrado y no puede ser representado por los artistas. Pero Doris, la prometida de Alcias, y la sacerdotisa Zénophile, de la que el escultor está enamorado, le suplican que de a la estatua los rasgos de Alcias, para inmortalizar su extraordinaria belleza… Dos historias de amor – una feliz y la otra trágica – se entremezclan en esta novela sobre deporte y arte…

Ilustración: Gallica.

Concluimos esta evocación moderna de los Juegos Olímpicos antiguos y sus atletas con dos poemas: Le Coureur (El Corredor, 1893), de José Maria de Hérédia (1842-1905) y To an athlete dying young (A un atleta muerto joven, 1919) del británico Alfred Edward Housman (1859-1936).

 

« Tel que Delphes l’a vu quand, Thymos le suivant,
Il volait par le stade aux clameurs de la foule,
Tel Ladas court encor sur le socle qu’il foule
D’un pied de bronze, svelte et plus vif que le vent.
Le bras tendu, l’œil fixe et le torse en avant,
Une sueur d’airain à son front perle et coule ;
On dirait que l’athlète a jailli hors du moule,
Tandis que le sculpteur le fondait, tout vivant.
Il palpite, il frémit d’espérance et de fièvre,
Son flanc halète, l’air qu’il fend manque à sa lèvre
Et l’effort fait saillir ses muscles de métal ;
L’irrésistible élan de la course l’entraîne
Et passant par-dessus son propre piédestal,
Vers la palme et le but il va fuir dans l’arène. »
(Le Coureur)
« The time you won your town the race
We chaired you through the market-place;
Man and boy stood cheering by,
And home we brought you shoulder-high.
To-day, the road all runners come,
Shoulder-high we bring you home,
And set you at your threshold down,
Townsman of a stiller town.
Smart lad, to slip betimes away
From fields where glory does not stay
And early though the laurel grows
It withers quicker than the rose.
Eyes the shady night has shut
Cannot see the record cut,
And silence sounds no worse than cheers
After earth has stopped the ears:
Now you will not swell the rout
Of lads that wore their honours out,
Runners whom renown outran
And the name died before the man.
So set, before its echoes fade,
The fleet foot on the sill of shade,
And hold to the low lintel up
The still-defended challenge-cup.
And round that early-laurelled head
Will flock to gaze the strengthless dead,
And find unwithered on its curls
The garland briefer than a girl’s. »(To an athlete dying young, audiolibro en inglés)

Aniello Falcone – Atletas romanos (ca. 1640)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Más lecturas (que no han entrado todavía en el Dominio Público):

  • Ménétès-le-Thébain, roman des Olympiades antiques, 1920 ; La 111e Olympiade, 1925, de Maurice Huet
  • Les Olympiques, 1924, de Henry de Montherlant (1895-1972)
  • Euthymos, vainqueur olympique, 1924, de Maurice Genevoix (1890-1980)

Jean-Léon Gérôme – Pollice Verso (1872)

La extraordinaria popularidad de los juegos del circo y de los combates de gladiadores en Roma se manifiesta en la literatura de la época: todos los géneros, desde la sátira al teatro hasta el ensayo o la narrativa histórica, tienen referencias a estos espectáculos y su lugar en la sociedad y autores como Petronio, Juvenal, Marcial, Suetonio, Cicerón, Séneca o Marco Aurelio los mencionan en sus escritos. Por ejemplo, Marcial (40-104) ofrece, en su Liber spectaculorum (Libro de los espectáculos), compuesto con ocasión de la inauguración del Coliseo, un valioso testimonio sobre los diferentes espectáculos que se produjeron: combates de gladiadores, luchas contra animales, naumaquias…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Ben-Hur: A Tale of the Christ (Sidney Olcott, 1907)

Ben Hur: A Tale of the Christ (Fred Niblo, 1925)

Como antepasados del deporte-espectáculo, no podemos dejar de evocar brevemente las principales novelas históricas en las que los juegos del circo y los combates de gladiadores tienen cierto protagonismo, a pesar de que, por regla general, estas novelas se centren más en describir el morbo y la crueldad de este tipo de espectáculos que sus características deportivas.

Cartel de la adaptación teatral de Ben Hur en el Manhattan Theatre de Nueva York (1899)

Con el auge, en el siglo XIX, de las novelas sobre el mundo antiguo, los juegos del circo y los combates de gladiadores no pudieron faltar en los grandes frescos históricos ambientados en la Roma antigua. En The Last Days of Pompeii (Los Últimos Días de Pompeya, audiolibro en inglés), de Edward Bulwer-Lytton (1803-1873), la erupción de Vesuvio siembra el caos en el circo en el que toda la ciudad está reunida para asistir a los combates de gladiadores y a la ejecución de la condena del protagonista Glauco, acusado injustamente de asesinato y destinado a ser devorado por los leones. Lew Wallace (1827-1905) imagina en Ben Hur, a tale of the Christ (Ben Hur, un cuento de Cristo, audiolibro en inglés, 1880) una de las carreras de carros más famosas de la historia de la literatura y del cine. Más turbador es el capítulo de L’Agonie (La Agonía, audiolibro en francés, 1888) de Jean Lombard (1854-1891) en el que el propio emperador, Heliogábalo, medio desnudo, mide sus fuerzas con los luchadores y acaba en una frenética y obscena carrera, perseguido por los bufones enanos del circo…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Jean Lombard – L’Agonie, ilustración de Auguste Leroux (1902)

Ilustración: Internet Archive.

Para más detalles sobre estas novelas y sus autores, nuestros lectores pueden visitar el capítulo de Tesoros Digitales sobre el mundo antiguo en la narrativa occidental.

Fedor Bronnikov – La Muerte del gladiador (1856)

Los gladiadores, en particular, gozaron de especial prestigio entre los escritores a lo largo del siglo XIX y fueron los protagonistas de obras muy diferentes. The Gladiator (El Gladiador, 1831) es una obra de teatro, un drama compuesto por el estadounidense Robert Montgomery Bird (1806-1854) sobre la rebelión de los esclavos y gladiadores que encabezó Espartaco. The Gladiators, a tale of Rome and Judea (Los Gladiadores, un cuento de Roma y Judea, 1863) del novelista escocés George John Whyte-Melville (1821-1878) – volveremos a hablar de este escritor y deportista en los próximos capítulos – cuenta las aventuras de un joven bretón capturado por las legiones romanas y mandado a Roma, en tiempos de Vitelio y Vespasiano para servir como gladiador. Der Fechter von Ravenna (El Gladiador de Ravena, texto en inglés, 1854) es otro drama teatral basado en un personaje histórico: Tumélico, hijo del germano Arminio, que, nacido en cautiverio en Roma, fue destinado a una carrera de gladiador y murió muy joven en el circo durante un combate. Esta obra, una de las más famosas del dramaturgo austriaco Friedrich Halm (1806-1871), fue adaptada al español en 1877 por José Echegaray (1832-1916).
Quizás A Morte do Atleta (La Muerte del atleta, 1883), del poeta portugués António Duarte Gomes Leal (1848-1921) sea el texto más original entre los que hemos encontrado. Este largo poema narrativo, lleno de lirismo, cuenta como un famoso gladiador, para olvidar su amor por una mujer de la alta sociedad, inaccesible para él, recorre medio mundo, antes de volver a Roma para sucumbir bajo los golpes de un adversario en el circo…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Jean-Léon Gérôme – Ave Caesar ! Morituri te salutant (1859)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Organizados para celebrar diversos acontecimientos, desde la coronación de los reyes hasta las festividades religiosas pasando por las firmas de tratados de paz o conquistas, los torneos fueron, durante la Edad Media, la principal diversión, tanto de los nobles como del pueblo; los primeros, como participantes y espectadores, el resto, como simples espectadores. El imaginario popular ha conservado la idea – forjada por las novelas del siglo XIX y sus posteriores adaptaciones al cine – de que estos torneos se componían esencialmente de justas ecuestres y de competiciones de tiro al arco. No obstante, existían numerosas otras pruebas – combates cuerpo a cuerpo, juegos de destreza ecuestre… -, ocasiones todas ellas para que los caballeros participantes demostraran sus habilidades y su fuerza.

Frontispicio de la edición de 1835 de «Le Tournoy de Chauvency»

Las crónicas medievales – como por ejemplo El Victorial: Crónica de don Pedro Niño, Conde de Buelna (1378-1453), redactada por su alférez Gutierre Díez de Games (texto en francés) – contienen valiosos testimonios sobre la organización de estos juegos, su desarrollo, los participantes, las distintas pruebas, etc… Pero además de estos documentos históricos de ámbito general, nos han llegado varios manuscritos exclusivamente dedicados a describir determinados torneos y constituyen fantásticos retratos de la vida social y aristocrática de la época.

Uno de los más antiguos que se conocen es Le Tournoy de Chauvency (El Torneo de Chauvency), largo poema de cerca de 4500 versos redactado en 1285 por el trovero Jacques Bretel. Bretel – del que no se sabe absolutamente nada – relata en este detalladísimo reportaje poético el desarrollo de un torneo en el que, durante seis días, compitieron más de quinientos caballeros.

Ilustración: Bayesrische StaatsBibliothek Digital.

Libro del Paso honroso defendido por el excelente caballero Suero de Quiñones, copia de 1662

«El episodio caballeresco más importante de la Edad Media española» tuvo lugar en 1434 en el puente de la localidad de Hospital de Órbigo (León) y fue protagonizado por une noble leonés llamado Suero de Quiñones (1409-1456). Para ganarse la admiración de la dama de sus sueños, Don Suero desafió a todo caballero deseoso de cruzar el puente a competir con él en una justa, siendo el objetivo tronchar 300 lanzas… El acontecimiento fue relatado por Pedro Rodríguez de Lena, escribano del rey Juan II de Castilla en el Libro del Paso honroso defendido por el excelente caballero Suero de Quiñones y fue el objeto en 1812 de un poema épico titulado El Paso honroso, compuesto por Ángel Saavedra, Duque de Rivas (1791-1865)

Ilustración: Biblioteca Digital Hispánica.

René d’Anjou – Traicté de la forme et devis comme on fait un tournoi (1460)

Del siglo XV francés, nos han llegado varios tratados sobre la organización de los torneos, como por ejemplo los escritos de Olivier de la Marche (1426?-1502), Hardouin de la Jaille, Anthoine de la Sale (1385?-1461?), Jehan de Villiers de L’Isle-Adam (1384?-1437), reunidos en 1878 bajo el título genérico de Traicté de la forme et devis comme on faict les tournois. Pero el más impactante es sin duda el Traicté de la forme et devis comme on fait un tournoi (Tratado de la forma y consideraciones sobre cómo se hace un torneo, 1460) por el rey Renato I de Nápoles, conocido como René d’Anjou (1409-1480). Comúnmente titulado Livre des tournois, el tratado de René d’Anjou se compone de sesenta folios manuscritos sobre los usos de los torneos de caballería en Francia, Alemania, Flandes y Brabante. Fue el mayor éxito literario del rey de Nápoles, amante de las artes, poeta, y uno de los mecenas más influyentes de finales de la Edad Media. Los dibujos a tinta, que ocupan una tercera parte del manuscrito, se atribuyen al pintor e iluminador flamenco Barthélemy d’Eyck (S. XV).

Ilustración: Gallica.

René d’Anjou – Traicté de la forme et devis comme on fait un tournoi (1460)

Ilustración: Gallica.

René d’Anjou – Traicté de la forme et devis comme on fait un tournoi (1460)

Ilustración: Gallica.

The 1511 Westminster Tournament Roll (detalle, 1511)

The 1511 Westminster Tournament Roll (El Rollo de los torneos de Westminster de 1511) es un rollo pintado constituido por treinta y seis vitelas cosidas entre ellas custodiado en el Colegio de Armas de Londres. Auténtica novela gráfica medieval, este documento único describe una justa convocada por el rey Enrique VIII con motivo del nacimiento de Enrique, duque de Cornualles, su hijo primogénito con su primera esposa, Catalina de Aragón.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Georg Rüxner – ThurnierBuch (1579)

Publicado en 1530 y reimpreso en 1578 y 1579, ThurnierBuch. Von Anfang, Vrsachen, vrsprung, vnd herkommen der Thurnier im heyligen Römischen Reich Teutscher Nation (El Libro del torneo: sobre los inicios, las causas y el origen del torneo en el Sacro Imperio Romano Germánico) es un estudio histórico sobre la práctica del torneo en la Alemania medieval entre 938 y 1487. Poco se sabe de su autor, Georg Rüxner: se cree que era bávaro y que era un heraldo de armas. Aunque los torneos más antiguos descritos en ThurnierBuch pueden haber sido inventados por su autor, las descripciones de los torneos imperiales del siglo XV pueden ser consideradas como históricas y ofrecen una valiosa fuente de información sobre las reglas y prácticas del torneo a finales de la Edad media.

Ilustración: Münchener DigitalisierungsZentrum, Bayerischen Staatsbibliothek.

Hans von Francolin – Thurnierbuch : wahrhafftiger Ritterlicher Thaten (1560)

Ilustración: Deutsche Fotothek.

Walter Scott – Ivanhoe, ilustración de Maurice Greiffenhagen (1920)

La publicación de Ivanhoe en 1819 (texto en español Tomo 1, Tomo 2, audiolibro en inglés), en pleno auge del medievalismo, contribuyó a forjar la idea de la Edad Media que ha pervivido en el imaginario popular hasta nuestra época. Ambientada en la Inglaterra del siglo XII, esta novela es sin duda la más popular de toda la obra del escocés Walter Scott (1771-1832) y la que más influencia tendría en la posteridad, siendo adaptada un sinfín de veces tanto para la música lírica como al cine o la televisión. La primera de las tres partes se desarrolla durante un torneo en el que un misterioso caballero enmascarado y apodado «El Desdichado» gana todas las pruebas en las que participa, creando mucha expectación sobre su identidad… El Desdichado resultará ser Wilfred de Ivanhoe, regresado en secreto de las cruzadas, en la que combatió junto con el rey Ricardo Corazón de León, para ayudar a su rey a recuperar su trono, usurpado por el felón Juan sin tierra… En la última prueba del torneo, aparece otro personaje que triunfa en las pruebas de arco. Llamado Locksley, aunque tiene un papel secundario en la novela, este campeón no deja de ser una figura mítica del medievo inglés, dado que no es otro que… ¡Robin Hood!

Ilustración: Internet Archive.

Walter Scott – Ivanhoe, ilustración de Maurice Greiffenhagen (1920)

«Los arqueros, uno por uno, tensaron sus arcos y arrojaron sus flechas con decisión y campesina habilidad. De veinticuatro flechas disparadas, diez dieron en la diana y las otras tan cerca de ella que, dada la distancia a que estaba el blanco, podían ser considerados como buenos tiros. De los diez dardos que hicieron diana, dos habían salido del arco de Hubert, un guarda forestal de Malvoisin, que, en consecuencia, fue declarado vencedor.
—Y ahora, Locksley —le dijo el príncipe Juan al rudo campesino con una sonrisa intencionada—, ¿deseas competir con Hubert, o, por el contrario, prefieres dejar arco, flechas y carjaj a disposición del preboste de los juegos?
—Si no hay opción, me alegraré de probar suerte bajo la condición de que cuando haya disparado dos veces contra el mismo blanco de Hubert él se vea obligado a disparar contra el que yo proponga.
—Más que correcta es la proposición —contestó el príncipe—, y no puedo negártela. Si derrotas a este charlatán, llenaré el cuerno de monedas de plata —le dijo a Hubert.
—Uno hace lo que puede —contestó Hubert—, pero mi abuelo supo manejar el arco en la batalla de Hastings y yo trataré de no manchar su memoria.
El blanco fue reemplazado por otro nuevo e intacto. Hubert, que, como vencedor de la primera fase de la prueba tenía el derecho de disparar primero, hizo puntería con gran esmero, apreciando la distancia con la vista mientras el arco se doblaba en su mano y en la otra sostenía el cabo de la flecha contra la cuerda tensada. Al fin avanzó un paso y estirando por completo el brazo levantó el arco hasta que la empuñadura se encontró a la altura de su rostro; entonces tensó la cuerda hasta tocar su oreja. Silbó la flecha y dio en la diana, pero no en el justo centro de ella.
—De haber contado con el viento —dijo su antagonista—, hubiera resultado un tiro perfecto.
Apenas pronunciadas estas palabras, sin detenerse a considerar el blanco, Locksley ocupó su sitio y dejó escapar la flecha con tan poca preocupación que, aparentemente, dio la impresión de no haberlo ni siquiera mirado. De hecho todavía estaban hablando cuando la cuerda impulsó la flecha y fue a dar dos pulgadas más cerca de la diana que el dardo de Hubert.
—¡Por los rayos del cielo! —exclamó el príncipe Juan dirigiéndose a Hubert—. ¡Si consientes que este vagabundo bribón te supere, eres digno de llevar grilletes!»

Ilustración: Internet Archive.

Walter Scott – Ivanhoe, ilustración de Louis Charles Bombled (1907)

Ilustración: University of Edinburg.

Washington Irving – Legend of Prince Ahmed Al Kamel; Or, The Pilgrim Of Love, ilustración de George Hood (1909)

Con Washington Irving (1783-1859), autor de La Leyenda de Sleepy Hollow o La Novia cadáver, el componente fantástico nunca falta y sus Tales of the Alhambra (Cuentos de la Alhambra, audiolibro en inglés, 1832) no defraudarán a los amantes del género. Legend of Prince Ahmed Al Kamel; Or, The Pilgrim Of Love (Leyenda del príncipe Ahmed Al Kamel, o El Peregrino de amor) es uno de los cuentos más largos del volumen. El príncipe Ahemd Al Kamel ha crecido recluido en su palacio, con la sola compañía de su tutor, el sabio Bonabben, que le ha enseñado todas las ramas del conocimiento, hasta el lenguaje de las aves, pero procurando que el joven nunca sepa lo que es el amor porque un oráculo predijo cuando nació que el amor llevaría al príncipe a afrontar grandes peligros. El descubrimiento del amor le llegará a Ahmed Al Kamel de la mano – mejor dicho, del pico – de los ruiseñores y las palomas. Y es acompañado de un sabio y prudente búho y de un loro frívolo – dos consejeros tan opuestos como complementarios – que el príncipe escapará de su prisión dorada en busca de una princesa que vive recluida como él y de la que sólo ha visto un retrato, traído por su amiga la paloma… Cumpliendo con las predicciones del oráculo, Ahmed Al Kamel deberá afrontar grandes peligros, en particular, participar a un torneo de caballería cuyo premio es… ¡la mano de su princesa!

Ilustración: Internet Archive.

Washington Irving – Legend of Prince Ahmed Al Kamel; Or, The Pilgrim Of Love, ilustración de Charles Edmund Brock (1910)

«La fama de su hermosura, sin embargo, fue en aumento por su misma reclusión; varios príncipes poderosos la solicitaron en matrimonio, y su padre, que era un rey de extraordinaria prudencia, confió la elección a la destreza de las armas, evitando así el crearse enemigos si se mostraba parcial con alguno. Entre los candidatos rivales había algunos que se habían hecho célebres por su esfuerzo y valor. ¡Qué situación aquélla para el infortunado Ahmed, que ni se encontraba armado ni estaba acostumbrado a los ejercicios de la caballería! «¿Habrá príncipe más desgraciado que yo? -decía-. ¡Y para esto he vivido recluido bajo la vigilancia de un filósofo!… ¿De qué me sirven el álgebra y la filosofía en materias de amor? ¡Ay, Eben Bonabben!, ¿por qué no te has cuidado en instruirme en el manejo de las armas?» […] Ya los clarines iban a dar la señal del encuentro, cuando el heraldo anunció la llegada de un caballero, y Ahmed se presentó en la palestra. Un yelmo de acero cuajado de brillantes sobresalía por encima de su turbante; su coraza estaba recamada de oro; su cimitarra y su daga eran de las fábricas de Fez, ostentando piedras preciosas, y llevaba al brazo un escudo redondo, empuñando en su diestra la lanza de mágica virtud. La cubierta de su caballo árabe, ricamente bordada, llegaba hasta el suelo, y el impaciente corcel piafaba y relinchaba de alegría al ver de nuevo el brillo de las armas. La arrogante y graciosa figura del príncipe sorprendió a todo el mundo, y cuando le anunciaron con el sobrenombre de «el Peregrino de Amor», se sintió un rumor y una agitación general entre las hermosas damas de las galerías.»

Ilustración: Internet Archive.

Apollonio di Giovanni di Tommaso – Torneo en la plaza Santa Croce de Florencia (ca. 1440)

Ilustración: The Athenaeum.

 

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Continuará…

Gustave Caillebotte – Remadores en el río Yerres (1877)

Ilustración: The Athenaeum.

Referencias

J. Edmond Barre (1822‑1873), tenista francés, retratado por William Bromley (S. XIX)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Ivan Kulikov – Deportista (1929)

Ilustración: Wikimedia Commons.

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Dossier elaborado por Christine Sétrin, con la colaboración de Ángel Pozo. Biblioteca Municipal de Vila-real. Mayo 2019.

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