Jorobados, cojos, tuertos, mancos y sordos: héroes literarios con diversidad funcional (1)

Jorobados, cojos, tuertos, mancos y sordos: héroes literarios con diversidad funcional (1)

Pieter Bruegel el Viejo – La Parábola de los ciegos (1568)

Pieter Bruegel el Viejo – La Parábola de los ciegos (1568)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Desde 1992, el 3 de diciembre se celebra el Día Internacional de las Personas con Discapacidad. Marcamos esta efeméride que tiene como objetivo el fomento de la integración en la sociedad de las personas con discapacidad dedicando una nueva entrega de Tesoros Digitales a los Jorobados, cojos, tuertos, mancos y sordos: héroes literarios con diversidad funcional. Un título deliberadamente provocador para un largo recorrido histórico, que publicaremos en dos partes, en el que veremos que, desgraciadamente, los protagonistas literarios con diversidad funcional no gozaron de mejor suerte que las personas discapacitadas de la vida real, y no siempre tuvieron el mejor papel. Esta primera parte abarcará el periodo comprendido entre la Antigüedad y el siglo XVIII, mientras que el secundo capítulo de este trabajo, que se publicará en el primer semestre de 2016, evocará los siglos XIX y XX.

¿Castigo de los Dioses o criatura de Dios? : la Antigüedad

Una tablilla en escritura cuneiforme pone en evidencia una de las primeras clasificaciones de la «diferencia»: ¡en Mesopotamia, hacia 2800 a.C. se diferenciaban «monstruos» por defecto, por exceso o por duplicación!

Regreso de Hefesto al Olimpo, vasija griega antigua (S. V a.C.)

Regreso de Hefesto al Olimpo, vasija griega antigua (S. V a.C.)

Esta primera referencia histórica augura una triste percepción de la discapacidad y de la deformidad por parte de las deslumbrantes civilizaciones griegas y romanas, percepción alimentada por las creencias religiosas. Según la Ilíada de Homero, Hefesto, el dios del fuego y la forja, creador de las armas de Aquiles, era tan feo cuando nació que su madre, Hera, lo tiró del Olimpo, provocándole una cojera. Feo, lisiado y cojo, Hefesto suele ser representado en el arte griego acompañado de un palo o con los pies al revés. Pero más allá del mito, resulta interesante la interpretación de algunos comentaristas sobre la elección de un dios cojo: continuamente expuestos a metales pesados (plomo, arsénico, mercurio) era frecuente que los herreros de la época antigua fueran víctimas de neuropatías periféricas que provocaban el debilitamiento muscular y la parálisis.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Andrea Mantegna - El Parnaso (detalle: Hefesto), 1497

Andrea Mantegna – El Parnaso (detalle: Hefesto), 1497

«Respondió el ilustre Cojo de ambos pies: – Respetable y veneranda es la diosa que ha venido a este palacio. Fue mi salvadora cuando me tocó padecer, pues vine arrojado del cielo y caí a lo lejos por la voluntad de mi insolente madre, que me quería ocultar a causa de la cojera. Entonces mi corazón hubiera tenido que soportar terribles penas, si no me hubiesen acogido en el seno del mar Tetis y Eurínome, hija del refluente Océano. Nueve años viví con ellas fabricando muchas piezas de bronce – broches, redondos brazaletes, sortijas y collares – en una cueva profunda, rodeada por la inmensa murmurante y espumosa corriente del Océano. De todos los dioses y los mortales hombres sólo lo sabían Tetis y Eurínome, las mismas que antes me salvaron. Hoy que Tetis, la de hermosas trenzas, viene a mi casa, tengo que pagarle el beneficio de haberme conservado la vida. Sírvele hermosos presentes de hospitalidad, ínterin yo recojo los fuelles y demás herramientas.
Dijo; y levantóse de cabe al yunque el gigantesco e infatigable numen, que al andar cojeaba arrastrando sus gráciles piernas. Apartó de la llama los fuelles y puso en un arcón de plata las herramientas con que trabajaba; enjugóse con una esponja el sudor del rostro, de las manos, del vigoroso cuello y del velludo pecho; vistió la túnica, tomó el fornido cetro, y salió cojeando, apoyado en dos estatuas de oro que eran semejantes a vivientes jóvenes, pues tenían inteligencia, voz y fuerza, y hallábanse ejercitadas en las obras propias de los inmortales dioses.»

Ilustración: Wikimedia Commons.

Jean-François Millet – Edipo descolgado del árbol (1847)

Jean-François Millet – Edipo descolgado del árbol (1847)

A pesar de que nos hayan llegado testimonios según los cuales en algunos casos se cuidaba y se intentaba mejorar las condiciones de vida de los discapacitados, el hecho de presentar una malformación se consideraba como un signo de la ira de los dioses, y en las sociedades primitivas y de la Antigüedad se solía abandonar y dejar morir a los niños deformes o con discapacidad. En Grecia, por ejemplo, el niño era llevado fuera de la ciudad para ser expuesto a la voluntad de los dioses, es decir que se le abandonaba en pleno campo y se le dejaba morir…
Para evitar que se cumpliera la predicción del oráculo de Delfos que les había anunciado que su hijo varón mataría a su padre y se casaría con su madre, el supersticioso rey de Tebas, Layo, y su esposa Yocasta mandaron abandonar a su recién nacido en el monte Citerón, con los tobillos perforados con fíbulas para colgarlo de un árbol… Recogido por unos pastores, el pequeño es finalmente adoptado por Polibo, el rey de Corinto, y su esposa Mérope, que, después de bautizarlo Οἰδίπους (pies hinchados), lo criarán como si fuera su propio hijo… Todos conocemos lo que ocurrió después : Edipo, adulto, volvió a Tebas, mató a su padre y desposó a su madre antes de descubrir la verdad, quitarse los ojos con los broches del vestido de Yocasta y huir, desterrado, de Tebas, guiado por su hija Antígona… El mito de Edipo, uno de los mitos más universales, ha sido el origen de numerosas obras artísticas (literatura, música, pintura, cine…) y de una de las teorías más famosas del psicoanálisis que su trágico destino nos resulta familiar sin haber leído (o visto) Oι̉δίπoυς τύραννoς (Edipo rey) la obra maestra de Sófocles (496 a. C.-406 a. C.).

Ilustración: Wikiart.

Giovanni Boccaccio - De mulieribus claris: Yocasta y su hijo Edipo, grabado coloreado de un incunable de 1474

Giovanni Boccaccio – De mulieribus claris: Yocasta y su hijo Edipo, grabado coloreado de un incunable de 1474

« Yocasta.- Oyelo, Edipo : : y sírvante mis males de escarmiento, para aprender la fe que deba darse a engañosos oráculos. Inquietos, sin tener sucesión un año y otro, . nuestra dicha y placer no eran, completos ; que en medio de la pompa y la grandeza nos afligía el solitario aspecto de nuestro hogar, y desabrida el alma las caricias de un hijo echaba menos. Con súplicas, con votos, con ofrendas importunamos sin césar al cielo, hasta que al fin nos pareció propicio que iba ya a coronar nuestros deseos… Aun no era madre ; y la esperanza sola mi existencia doblaba y mi contento ; y un placer me inspiraba, una ternura, que solo siente el corazón materno. Por su parte mi esposo’ los instantes contaba con afán… pero el exceso de este afán nos perdió : quiso impaciente consultar un oráculo, que el pueblo desde remotos siglos reputaba guarda de los arcanos dé este reino ; le consultó ; y el Dios… o sus ministros estas solas palabras respondieron : «el hijo cuya vida anhelas tanto, la muerte te dará.» De terror lleno oyó mi esposo el formidable anuncio ; quiso ocultarme su dolor inmenso ; pero tan grave era, que no pudo con él su corazón… De aquel momento, perseguidos cual tú de un temor vano y acosados de míseros agüeros, ni una hora de paz ni de ventura pudimos disfrutar: el mismo objeto de tantas esperanzas convirtióse en objeto de horror ; y hasta en mi seno palpitar le sentía con espanto, cual un monstruo maldito de los cielos. En tan horrenda situación nos halla el fatal plazo ; se aproxima el riesgo ; redóblase el temor ; un dios contrario de libertarnos nos inspira el medio ; y en aquel trance de terror y asombro el atroz sacrificio resolvemos…
Un amigo de Layo al hijo mío arrancó de mis brazos ; y en secreto conduciéndole a un monte despoblado a su suerte cruel le dejó expuesto…
Edipo.- ¡ Infeliz ! »

Ilustración: Wikimedia Commons.

Anónimo – Du convoiteux et de l'envieux, ilustración de Albert Robida (1913)

Anónimo – Du convoiteux et de l’envieux, ilustración de Albert Robida (1913)

Se le considera como el padre la fábula pero ¿existió realmente? No hay nada claro, pero sus fábulas constituyen un compendio de la sabiduría popular de los Griegos de la Antigüedad, y sirvieron de inspiración a fabulistas diversos a lo largo de la historia: los romanos Fedro (S. I) y Aviano (S. IV), el persa Yalal ad-Din Muhammad Rumi (1207-1273), el francés Jean de La Fontaine (1621-1695) y el español Félix María Samaniego (1745-1801). Según su propia leyenda, Esopo (VII-VI a.C.) era feo y cojo; nada de extrañar, pues, que algunas de sus fábulas (audiolibro en español) aborden el tema de la invalidez. Podemos destacar por ejemplo La Liebre y la Tortuga (o «despacio se llega lejos»), La Zorra y la Cigüena (o «del error de engañar a los demás sobre nuestras debilidades»). Más en el espíritu de la época, El Avaro y el Envidioso se ven castigados por Júpiter por su avaricia y su envidia, quedando el uno tuerto y el otro ciego… De nuevo la invalidez como castigo divino en una fábula que fue retomada en la Edad Media por el trovador Jean Bodel (1165-1210), sustituyendo a Jupiter por San Martín: Du convoiteux et de l’envieux (audiolibro en francés)…

Ilustración: Internet Archive.

«Llegaron ante el asiento
De Júpiter poderoso,
Por un lado un Envidioso,
Y por otro un Avariento.

Él les dijo: «¿qué quereis?» –
Y ellos, con gran sumision,
Le contestaron: «un don
Que hacer á entrambos podeis.»

– «¿Qué don?» – «El de ver cumplido,
Bueno, malo, lindo ó feo,
Cada cuál nuestro deseo:
¿Habeis, Señor, comprendido?»

– «Comprendo hasta la intencion
Con que ese ruego me haceis,
Y otorgado lo teneis;
Mas con una condicion:

De los dos, pídame el uno
Lo que quiera para sí,
Y al punto obtendrá de mí
Lo que creyere oportuno.

El otro estará callado,
Y nada me pedirá;
Y en premio recibirá
Lo mismo, pero doblado.»

– «Es decir, que si soy yo,
Dijo el Avaro , el que pido,
Seré con uno servido, .
Y con dos el otro, no?»

– «Exactamente.» – «Es crüel
Entonces hablar primero.
Pues si yo un tesoro quiero,
Le regalo dos á él.»

– «Pues pide dos.» – «Tendrá él cuatro,
Y eso será en mi desdoro,
Pues Vos sabeis que es el oro
El solo bien que idolatro.»
– «Por eso mismo lo digo;
Mas pues elijes callar,
Sea el primero en hablar
Ese que viene contigo.»

– «¿Yo, Señor? ¡Antes me dome…
¿Queréis que asi como asi
Le haga mas bien que yo á mí,
Cuando la Envidia me come?»

– «Pues entonces id con Dios.»
– «Pero Señor… »- «Nada, nada:
O es mi propuesta aceptada.
Ú os vais sin oada los dos.»

– «¡Habrá cosa como ella!
Dijeron entonces ambos;
Pero veamos entrambos
Cómo arreglar tal querella.

La idea es original,
Y en trances que son tan fuertes,
No hay cosa como echar suertes:
Un dado, Jove inmortal!»

Jove, echándose á reir,
Volcó un dado presuroso,
Y tocóle al Envidioso
Lo consabido: pedir.

– «¡Qué gozo!» exclamó el Avaro:
-«¡Maldicion!» el otro dijo:
-«A pedir , á pedir, hijo,
Repuso aquel, y hable claro.»

– «¿Pedir yo? ¡Buena embajada!
Tan solo por que él no tenga
Nada que al fin bien le venga,
Me marcho sin pedir nada.»

– «Es que eso no es lo tratado,
Y yo reclamo de Vos…»
– «En efecto, dijo el Dios:
Pide, Envidioso menguado!»
-«Pues bien: ya que tan cruel
Conmigo la suerte advierto,
Sumo Jove, hacedme tuerto,
Y ciegue en el punto él.»

– «Ya me figuraba yo,
Exclamó Jove en el acto,
Que acabaría este pacto
Peor de lo que empezó.

Hola, Vulcano! Aunque cojo,
Lanza de aquí á puntapiés
A esos dos tunos que vés,
Y echa al Olimpo el cerrojo.» –

Y uno y otro ¡suerte perra!
A coces fueron lanzados,
Y en tuerto y ciego trocados,
Dieron de bruces en tierra.

Y el uno lloró sin freno,
Mas no el otro, voto á tal,
Pues gozó en su propio mal,
Al ver doblado el ageno.»

Esopo - El Avaro y el Envidioso, ilustración de Thomas Bewick (1818)

Esopo – El Avaro y el Envidioso, ilustración de Thomas Bewick (1818)

Ilustración: Internet Archive.

Rembrandt - Anna y el ciego Tobías (163?)

Rembrandt – Anna y el ciego Tobías (163?)

Las referencias a la discapacidad en el Antiguo Testamento no difieren mucho de lo que ya hemos visto: el tartamudeo de Moisés, la ceguera de Tobías o de Sansón, por ejemplo, son el resultado de accidentes o de castigos (divinos o impuestos por unos enemigos) y reflejan la misma percepción negativa de la diversidad funcional que en el resto del mundo antiguo. No obstante, estos protagonistas aquejados de algún tipo de invalidez, y precisamente por tener alguna discapacidad, son los que va a utilizar Dios para llevar a cabo su gran obra: los elige porque el resto de hombres no les hubiera creído capaces de grandes cosas…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Gustave Doré - La Muerte de Sansón (1891)

Gustave Doré – La Muerte de Sansón (1891)

«- ¡Samsón, los Filisteos sobre ti!
Y luego que despertó él de su sueño, se dijo: «Esta vez saldré como las otras, y me escaparé: no sabiendo que Jehová ya se había de él apartado». Mas los Filisteos echaron mano de él, y sacáronle los ojos, y le llevaron á Gaza; y le ataron con cadenas, para que moliese en la cárcel.
Y el cabello de su cabeza comenzó á crecer, después que fué rapado. Entonces los príncipes de los Filisteos se juntaron para ofrecer sacrificio á Dagón su dios, y para alegrarse; y dijeron: «Nuestro dios entregó en nuestras manos á Samsón nuestro enemigo».
Y viéndolo el pueblo, loaron á su dios, diciendo: «Nuestro dios entregó en nuestras manos á nuestro enemigo, y al destruidor de nuestra tierra, el cual había muerto á muchos de nosotros».
Y aconteció que, yéndose alegrando el corazón de ellos, dijeron: «Llamad á Samsón, para que divierta delante de nosotros».
Y llamaron á Samsón de la cárcel, y hacía de juguete delante de ellos; y pusiéronlo entre las columnas.
Y Samsón dijo al mozo que le guiaba de la mano: «Acércame, y hazme tentar las columnas sobre que se sustenta la casa, para que me apoye sobre ellas».
Y la casa estaba llena de hombres y mujeres: y todos los príncipes de los Filisteos estaban allí; y en el alto piso había como tres mil hombres y mujeres, que estaban mirando el escarnio de Samsón.
Entonces clamó Samsón á Jehová, y dijo: «Señor Jehová, acuérdate ahora de mí, y esfuérzame, te ruego, solamente esta vez, oh Dios, para que de una vez tome venganza de los Filisteos, por mis dos ojos».
Asió luego Samsón las dos columnas del medio sobre las cuales se sustentaba la casa, y estribó en ellas, la una con la mano derecha, y la otra con la izquierda.
Y dijo Samsón: «Muera yo con los Filisteos».
Y estribando con esfuerzo, cayó la casa sobre los príncipes, y sobre todo el pueblo que estaba en ella. Y fueron muchos más los que de ellos mató muriendo, que los que había muerto en su vida.»

Ilustración: Project Gutenberg.

Habrá que esperar el Cristianismo, y a la palabra de los evangelistas Juan o Lucas, para que los discapacitados dejen de ser considerados como castigados de los dioses para, al contrario, entrar a formar parte de las criaturas de Dios. No obstante, esta mejora, que por lo menos permite frenar los abandonos y otras «exposiciones», no va más allá de una actitud de auxilio, piedad y caridad hacia las personas con discapacidad y no se les llega a considerar como seres autónomos e iguales de derechos.

El Greco – La Curación del ciego (157?)

El Greco – La Curación del ciego (157?)

«Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento.
Y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?»
Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios.
Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar.
Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo.»
Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó y volvió ya viendo.» (Evangelio según San Juan, capítulo 9)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Gustave Doré – Curación de un paralítico (S. XIX)

Gustave Doré – Curación de un paralítico (S. XIX)

«Un día Jesús estaba enseñando, y había allí entre los asistentes unos fariseos y maestros de la Ley que habían venido de todas partes de Galilea, de Judea e incluso de Jerusalén. El poder del Señor se manifestaba ante ellos, realizando curaciones.
En ese momento llegaron unos hombres que traían a un paralítico en su camilla. Querían entrar en la casa para colocar al enfermo delante de Jesús, pero no lograron abrirse camino a través de aquel gentío. Entonces subieron al tejado, quitaron tejas y bajaron al enfermo en su camilla, poniéndolo en medio de la gente delante de Jesús.
Viendo Jesús la fe de estos hombres, dijo al paralítico: «Amigo, tus pecados quedan perdonados».
De inmediato los maestros de la Ley y los fariseos empezaron a pensar: «¿Cómo puede blasfemar de este modo? ¿Quién puede perdonar los pecados fuera de Dios?»
Jesús leyó sus pensamientos y les dijo:
«¿Por qué piensan ustedes así? ¿Qué es más fácil decir: «Tus pecados te quedan perdonados», o decir: «Levántate y anda»? Sepan, pues, que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados.» Entonces dijo al paralítico: «Yo te lo ordeno: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.»
Y al instante el hombre se levantó a la vista de todos, tomó la camilla en que estaba tendido y se fue a su casa dando gloria a Dios.» (Evangelio según San Lucas, capítulo 5)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Reyes, vagabundos y mendigos: la Edad Media y el Renacimiento

Criaturas de Dios, pero sin integración social, los discapacitados no sólo permanecerán marginados durante la Edad Media, quedando relegados a la mendicidad y el vagabundeo, sino que serán el objeto de bromas crueles por parte de la población.

Pieter Bruegel el Viejo – Los Mendigos (1568)

Ilustración : Wikimedia Commons.

La novela cortés, destinada a una aristocracia cada vez más refinada, sólo describe temas que los lectores puedan considerar como modélicos: en el amor cortés o en la épica caballeresca, parece que sólo hay sitio para mujeres y hombres de cuerpos y mentes perfectos, y no se encuentran apenas protagonistas discapacitados. No obstante, existen excepciones, como, por ejemplo, la figura del Rey Pescador, también conocido como Rey Tullido o Rey Herido, personaje de las leyendas artúricas, el último de una estirpe de protectores del Santo Grial.

Chrétien de Troyes - Perceval ou Le Conte du Graal, manuscrito del S. XIV

Chrétien de Troyes – Perceval ou Le Conte du Graal, manuscrito del S. XIV

Ilustración: Bibliothèque Nationale de France.

Lesionado en las piernas o en la ingle, es incapaz de moverse solo y su invalidez, compartida por todo el reino, parece provocar la esterilidad de la tierra y sólo le queda para sustentarse la pesca en el río vecino de su castillo. Los Caballeros acuden de todas partes para intentar curarlo, pero sólo «el elegido» podrá realizar ese milagro. Fuente de inspiración de numerosas obras de arte, de óperas, de novelas, de cómics o de películas, la leyenda del Rey Pescador tiene sus raíces en la mitología celta y tiene muchas variaciones según las versiones: en algunas historias, hay dos reyes heridos, el padre y el hijo; en otras cambia la parte del cuerpo lesionada. Aparece por primera vez en Perceval, ou Le Conte du Graal (Perceval, o El Cuento del Grial, S. XII), quinta novela del poeta francés Chrétien de Troyes (ca. 1135-ca. 1181/1191). Durante sus peripecias, Perceval es albergado en el castillo de este rey que parece víctima de un mal misterioso y presencia una extraña procesión en la que se muestran tres objetos cargados de simbolismo: una lanza (la Lanza Sagrada que fue clavada en el cuerpo de Cristo en la cruz), un grial (el Grial, la copa donde se recogió la sangre de Cristo crucificado) y un plato (alusión al que se utiliza para la eucaristía). Pero el ingenuo héroe, fiel a la promesa hecha a su tutor de no hacer muchas preguntas, permanece en silencio ante tal espectáculo. Silencio que tendrá terribles consecuencias para el Rey Pescador y para sí mismo, ya que de haber preguntado podría haber curado el rey inválido y devuelto su prosperidad a su tierra devastada…

Manuscrito medieval de Tristán e Isolda. Escenas con el enano Frocin

Manuscrito medieval de Tristán e Isolda. Escenas con el enano Frocin

No obstante, existe en la novela cortés y en la gesta medieval una figura recurrente de la diversidad funcional que es la del enano. Por ejemplo, es un enano el mago Frocin, el que anuncia y revela al rey Marcos la infidelidad de su esposa Isolde, que vive un idilio extraordinario, incontrolable, con Tristán, el propio sobrino del rey, en el famoso romance del ciclo arturiano (texto en catalán)… En la brutal y realista versión de la leyenda de Tristán e Isolda, Le Roman de Tristan, de Béroul, poeta normando del S. XII, Frocin evoca una anécdota «histórica» sobre otro enano: se trata de un episodio de la vida de Constantino en el que el emperador bizantino descubre a su esposa en los brazos del enano traidor Segoçon…

Ilustración: Universidad de Arizona.

Jacques Callot - Les Gobbi: Hombre de vientre caído y sombrero elevadísimo (162?)

Jacques Callot – Les Gobbi: Hombre de vientre caído y sombrero elevadísimo (162?)

El argumento de esta leyenda sobre la infidelidad de la emperatriz bizantina con el enano Segoçon tiene ecos en una gesta medieval conocida como Historia de la Reina Sevilla (versión francesa). Los recovecos de la tradición oral a lo largo de los siglos hacen que sea muy difícil de desenmarañar la realidad de la pura ficción en esta leyenda construida alrededor de una tal Reina Sevilla, o Sebilla, o Sibila, o Blancaflor…, que algunos reconocen como Zaida, princesa musulmana de Al-Andalús. Esta reina es, según la canción, esposa de un tal Carlomagno, o Carlos Maynes o Maynetes. El problema es que Carlomagno, que vivió en el siglo VIII, difícilmente pudo casarse con Zaida (1063-1101), concubina de Alfonso VI el Bravo… Pero dejemos las elucubraciones históricas a los estudiosos para centrarnos en la trama de esta leyenda. Un enano, al que la versión italiana bautizó como Macario, servidor en la corte del Rey Carlomagno, urde una cruel venganza contra la virtuosa Reina Sevilla, que rechazó sus ofrecimientos amorosos dándole un puñetazo en la boca: Macario imagina hacerle creer al rey que su esposa le engaña… Primeras apariciones del enano en la literatura que anticipan un perfil del que abusaron la tradición popular y los cuentos de hadas: un personaje feo, deforme, pero también traidor y vengativo…

Ilustración: Gallica.

Triboulet, del personaje histórico a las novelas de capa y espada

Triboulet, bufón del rey Francisco I, hacia 1530

Triboulet, bufón del rey Francisco I, hacia 1530

Nicolas Ferrial (1479-1536), más conocido bajo su apodo de Triboulet, fue el bufón de las cortes de los reyes franceses Luis XII y Francisco I. Famoso por sus juegos de palabras, es recordado por la frase que le soltó al rey cuando, condenado a muerte por mofarse de las cortesanas de la corte, Francisco I le otorgó el privilegio de elegir el modo en el que iba a morir. Triboulet, sin renunciar a su espíritu habitual, le contestó: «Majestad, por Santa Nitouche y por San Pansard, patronos de la locura, solicitó morir de vejez». El rey, obligado a reír a su pesar, conmutó la pena de muerte en destierro. La figura de Triboulet iba a inspirar diversos autores. En 1546, François Rabelais (1483 o 1494-1553) la utiliza en su obra Le Tiers livre des faits et dits héroïques du noble Pantagruel (El tercer libro de Pantagruel), obra humanista en la cual, a través del humor, Rabelais evoca los grandes debates médicos, jurídicos, morales y religiosos de su tiempo. En el capítulo dedicado al matrimonio, Triboulet le contesta a Pantagruel, el protagonista, de manera burlesca…

Ilustración: BIU Santé.

Victor Hugo - Le Roi s'amuse, ilustración de Camille Rogier (1832)

Victor Hugo – Le Roi s’amuse, ilustración de Camille Rogier (1832)

En su drama romántico Le Roi s’amuse (El Rey se divierte, 1832), Victor Hugo inmortaliza a Triboulet en un héroe trágico, a la vez grotesco y sublime. Ser deforme y cruel, patético y narcisista, manipula al rey como si fuera su títere, alentándolo a los peores libertinajes. No hay mujer, no hay doncella en la corte que no sea seducida por Francisco I, si así lo ha decidido su bufón. Así será deshonrada la joven Diane de Poitiers, provocando la ira de su padre, el cual lanzará sobre el bufón una terrible maldición. Esta maldición alcanzará a Triboulet en lo que más quiere en el mundo: su propia hija, que mantiene encerrada en una casa secreta, y que cría en un rígido espíritu de fe, de inocencia y de pudor para evitar que caiga en el vicio. El mismo rey que Triboulet alienta a secuestrar las mujeres de la corte, secuestrará la hija querida del bufón… El drama de Hugo fue prohibido la misma noche de su primera función: la imagen de un rey dominado por la lujuria no había sido del agrado de los gobernantes de la época… Años más tarde, Rigoletto, la ópera que Giuseppe Verdi compuso en 1850-1851 a partir de Le Roi s’amuse, fue también víctima de las tijeras de la censura…

Ilustración: Gallica.

Victor Hugo - Le Roi s'amuse, ilustración de J.P. Laurens (1832)

Victor Hugo – Le Roi s’amuse, ilustración de J.P. Laurens (1832)

«La maldición del anciano me persigue siempre!… Mientras él me hablaba y me maldecía, yo me burlaba de su dolor! Ah! Me burlaba… pero mi corazón estaba aterrado! Me maldijo! Ah! La naturaleza y los hombres me han hecho malo y cruel! Bufón de palacio!… obligado a reír el día entero!… miserable condición! Es posible que lo que tiene un triste soldado en su dura esclavitud, lo que tiene un mendigo en su zahúrda, un esclavo en Túnez, un forzado en galeras… lo que tiene toda criatura en este mundo, el derecho de llorar cuando quiere, no lo tenga yo! Si alguna vez, triste y pensativo, abrumado por la idea de mi deformidad, me escondo en un oscuro rincón de palacio, para calmar en la soledad los amargos sollozos que exhala mi alma, al verse encerrada en este cuerpo contrahecho, allí se me aparece mi amo de repente, mi amo, gozoso, omnipotente, robusto, joven, monarca, buen mozo, y dándome con el pie, me dice bostezando: «Bufón! Hazme reír!» Ah! Bufón de palacio! Todos me desprecian: todos me humillan!… pero algunas veces, cortesanos burlones, os hago pagar con usura los desprecios: mi amo, también lo es vuestro, y yo soy el genio infernal que le aconseja: vuestra hacienda, vuestra honra, vuestra cabeza está a veces en mis manos, y cuando la ocasión se me presenta, me gozo, me deleito en aniquilaros… Vosotros me habéis hecho malo!! Y es esto vivir!… ahogar en el pecho todo pensamiento generoso… aconsejar al Rey torpezas y crueldades, para vengarme de él y de ellos… no pensar, no inventar, no maquinar sino la ruina de alguno… oh! Infeliz de mí!! Olvidemos esto un instante: al entrar por esa puerta, mi corazón se purifica y se baña de amor y de ternura! El anciano me maldijo! Por qué me ha de perseguir este recuerdo, sin poderlo desechar?… Si será algún agüero!… Qué locura!»

Ilustración: Gallica.

Michel Zévaco - Triboulet (1935)

Michel Zévaco – Triboulet (1935)

En 1910, Michel Zévaco (1860-1918), autor de novelas populares y especialista en adaptar la historia de manera novelada, retomó el argumento de Victor Hugo en Triboulet y La Cour des miracles (La Corte de los milagros), díptico de capa y espada lleno de peripecias y de aventuras, con un toque de terror inquisitorial y de ilustración renacentista, cuyo personaje central es el famoso bufón: Francisco I, cansado de su actual amante, se ha encaprichado de la delicada Gilette, hija de su bufón Triboulet…

Ilustración: Gallica.

Para acabar con el personaje de Triboulet, no se pierdan estos dos tesoros audiovisuales rodados en 1907 por Georges Méliès (1861-1938), en los que él mismo interpreta al bufón de Francisco I, y nos revela su faceta más… ¡payasa!: François Ier et Triboulet y La Pyramide de Triboulet.

Les Jambes de bois, ilustración de Albert Robida (1913)

Les Jambes de bois, ilustración de Albert Robida (1913)

Numerosas leyendas, religiosas o paganas, de curaciones de enfermos e inválidos, se remontan a la Edad Media, pero en general, los discapacitados juegan un papel secundario, dejando todo el protagonismo al santo o al lugar mágico responsable de esos milagros. Un ejemplo entre muchos es el cuento copto Curación de un ciego por San Coluthus (texto en francés) en el que un ciego recobra la vista gracias a la leche materna de una generosa mujer y según la voluntad de este santo egipcio del siglo III… Hay que buscar a los discapacitados en las comedias y las farsas grotescas destinadas a un público más humilde, y lo que se puede leer nos da un triste reflejo del trato que recibían. Apenas tolerados por el resto de ciudadanos, los inválidos eran sobre todo ridiculizados y bromeados de manera cruel por las masas populares. Podemos hacernos una idea de estas bromas con los cuentos Les Trois Aveugles de Compiègne (Los Tres Ciegos de Compiègne, audiolibro en francés), en el que un joven travieso les juega una mala pasada a tres ciegos; o con Les Jambes de bois (Las Piernas de madera), cínica demostración de las ventajas de tener piernas de madera en lugar de piernas de verdad…

Les Jambes de bois, ilustración de Albert Robida (1913)

Les Jambes de bois, ilustración de Albert Robida (1913)

Ilustración: Gallica.

«Aunque el camino estuviera cubierto de espinas, podría caminar sin la menor preocupación. Si me cruzo con una serpiente, puedo aplastarla; si un perro quiere morderme, puedo darle un golpe; si mi mujer se porta mal, tengo para azotarla; por último, ¿me dan nueces? mi pie las rompe; ¿estoy cerca del fuego? mi pie lo aviva; y después de siete u ocho años, cuando mis piernas me habrán servido para todo esto, aún podré usarlas para calentarme.»

Ilustración: Gallica.

Don Juan Manuel - Íncipit del Conde Lucanor (Manuscristo, SS. XIV-XV)

Don Juan Manuel – Íncipit del Conde Lucanor (Manuscristo, SS. XIV-XV)

Al contrario del supuesto optimismo de este cojo, la desventura vivida por dos ciegos en el capítulo XXXIV (De lo que contesçió a un ciego que adestrava a otro) de Conde Lucanor (1330-1335), le sirve a Patronio como nuevo enxiemplo para aconsejar a su amo. En este capítulo de la obra de Don Juan Manuel (1282-1348), conjunto de 51 fábulas moralizantes inspiradas en diversas fuentes clásicas, el Conde Lucanor explica a su fiel Patronio que un amigo suyo le ha recomendado ir a un lugar poco seguro, asegurándole que antes moriría él si le tuviera que pasar algo a Lucanor.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Jacques Callot - Les Gueux: Un ciego y su compañero (1622)

Jacques Callot – Les Gueux: Un ciego y su compañero (1622)

«Señor conde – dixo Patronio -, un omne morava en una villa, et perdió la vista de los ojos et fue çiego. Et estando así çiego et pobre, vino a él otro çiego que morava en aquella villa, et díxole que fuessen amos a otra villa çerca daquella et que pidrían por Dios et que avrían de qué se mantener et governar. Et aquel çiego le dixo que él sabía aquel camino de aquella villa, que avía ý pozos et varrancos et muy fuertes passadas; et que se reçelava mucho daquella ida. Et el otro çiego le dixo que non oviesse reçelo, ca él se iría con él et lo pornía en salvo. Et tanto le asseguró et tantas proes le mostró en la ida, que el çiego creyó al otro çiego; et fuéronse. Et desque llegaron a los lugares fuertes et peligrosos, cayó el çiego que guiava al otro, et non dexó por esso de caer el çiego que reçelava el camino.»

Ilustración: Gallica.

Anónimo – Las Mil y una Noches, ilustración de Thomas Dalziel para la edición inglesa de 1865

Anónimo – Las Mil y una Noches, ilustración de Thomas Dalziel para la edición inglesa de 1865

La figura del mendigo ciego o inválido no es propia de la literatura medieval europea. Se encuentra también en cuentos de la tradición popular oriental, algunos de ellos recogidos en Las Mil y una Noches.
Harún al-Rashid (766-809) existió realmente : fue, desde el año 786 hasta su muerte, el quinto califa de la dinastía abasí de Bagdad. Su reinado es considerado como un modelo de buen gobierno que permitió al califato vivir un periodo de excepcional esplendor cultural, científico y económico. Según la leyenda, le gustaba disfrazarse con ropa de comerciante y recorrer las calles de Bagdad para estar a la escucha de los habitantes de su ciudad. Arquetipo del poderoso a la vez sabio y clemente, personaje recurrente de Las Mil y una Noches (audiolibro en español), protagoniza la historia comúnmente conocida como Encuentros en el puente de Bagdad: durante una de sus expediciones de incógnito por la ciudad, se cruza en un puente con cinco individuos de comportamiento extraños. Les invita a visitar el califa el día siguiente para contarle su historia. El más pobre de ellos es un «ciego que se hacía abofetear en el puente». Su invalidez es un castigo impuesto por un derviche por no haber sabido ponerle freno a su codicia delante de los montones de oro y pedrería que le había ofrecido. Otro de los mendigos es «el maestro de escuela lisiado y con la boca hendida»: víctima de la malicia de sus alumnos y de su propia pereza, el duro y severo maestro sufre dos percances que lo dejan desfigurado e inválido, lo cual le lleva a perder su empleo y a mendigar en la calle… En su gran clemencia, divertido y conmocionado por ambas historias, el califa le asigna a cada uno de ellos una pequeña suma diaria de dinero que les permitirá subsistir…

Ilustración: Internet Archive.

Anónimo – Las Mil y una Noches, ilustración de Thomas Dalziel para la edición inglesa de 1865

Anónimo – Las Mil y una Noches, ilustración de Thomas Dalziel para la edición inglesa de 1865

«Entonces el derviche se puso muy pálido y su rostro tomó un aire de dureza que no conocía yo en él, y me dijo: «Te vuelves ciego con tus propias manos». Y tomó un poco de pomada y me la aplicó alrededor del ojo derecho y en el párpado derecho. Y ya no vi más que tinieblas con mis dos ojos, y me convertí en el ciego que ves, ¡oh – Emir de los Creyentes! Y al sentirme en aquel estado lamentable, volví en mí de pronto y exclamé, tendiendo los brazos al derviche: «Sálvame de la ceguera, ¡oh hermano mío!» Pero no obtuve ninguna respuesta, y se mantuvo él sordo a mis súplicas y a mis gritos, y le oí poner en marcha los camellos y alejarse, llevándose lo que había sido mi parte y mi destino. Entonces me dejé caer al suelo, y estuve sin conocimiento un largo transcurso de tiempo. Y sin duda habría muerto de dolor y de confusión en aquel sitio, si al día siguiente no me hubiese recogido y traído a Bagdad una caravana que volvía de Bassra. Y desde entonces, tras de haber visto pasar al alcance de mi mano la fortuna y el poder, me vi reducido a este estado de mendigo por los caminos de la generosidad. Y en mi corazón entró el arrepentimiento por mi avaricia y por lo que abusé de los beneficios del Retribuidor, y para castigarme yo mismo, me impuse la penitencia de una bofetada de mano de toda persona que me diera limosna.» (Historia del ciego que se hacía abofetear en el puente)

Ilustración: Internet Archive.

El ciego recitador, poeta y músico: un arquetipo español

Valeriano Domínguez Bécquer - La Fiesta de los ciegos (1883)

Valeriano Domínguez Bécquer – La Fiesta de los ciegos (1883)

Curioso contraste entre las tinieblas que los rodean y la luz deslumbrante de su sol, los países de la cuenca mediterránea solían albergar una proporción aterradora de ciegos. El juglar ciego está presente en numerosas culturas de nuestro mar, en particular en la cultura magrebí, pero es sin duda en España donde asume toda su dimensión arquetípica. Acompañado de instrumentos varios, desde la vihuela hasta la guitarra, vendiendo al público copias impresas de las coplas que interpretaba, solo o reunido en una comparsa para amenizar las fiestas, el ciego recitaba, salmodiaba o cantaba temas de inspiración esencialmente piadosa, aunque también hicieron de los romances su especialidad. A partir del Siglo XVIII, aparecieron los relatos de crímenes, y, en el XIX, florecieron temas más políticos, desde odas a la libertad hasta himnos a favor del absolutismo e incluso canciones anticlericales…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Si el teatro – en el Siglo de Oro y el S. XVIII – nos brinda varios papeles más bien fugaces de estos ciegos recitadores (La Industria y la suerte, de Juan Ruiz de Alarcón (1580-1639) ; Los Peligros de la ausencia, de Lope de Vega (1562-1635) ; La Fiesta de la pólvora (p. 671 del documento), de Ramón de la Cruz (1731-1794)), el personaje coge toda su dimensión en la novela picaresca, con su protagonista estrella del Lazarillo de Tormes.

El Libro de buen amor (1330-1343) es una colección heteróclita de escritos (fábulas, apologías, alegorías, moralidades, sermones, cantigas, composiciones líricas profanas o religiosas…) a través de los cuales el autor, Juan Ruiz (1284-1351), conocido como el Arcipreste de Hita, pretende ofrecer una relación de sus asuntos amorosos. Entre las cantigas de esta obra, figura este Cantar de los ciegos, testimonio de las súplicas de los mendigos ciegos :

Jacques Callot - Les Gueux: El ciego y su perro (1622)

Jacques Callot – Les Gueux: El ciego y su perro (1622)

«Varones buenos e honrados querednos ya ayudar.
A estos çiegos lasrados la vuestra limosna dar,
somos pobres menguados, avemoslo a demandar,

de los bienes d’este siglo non tenemos nos pesar.
Vivimos en gran periglo en vida mucho penada,
ciegos bien como vestiglo, del mundo non vemos

Señora Santa María, tú le da la bendiçión
al que hoy en este día nos dier’ primero raçión,
dal’ al cuerpo alegría et al alma salvaçión.

Santa María Magdalena, ruega a Dios verdadero
de quien nos diere buena estrena de meaja o de dinero
para mejorar la çena a nos e a nuestro compañero.

Al que hoy nos estrenare con meaja o con pan,
dele en quanto començare buena estrena San Julián:
quanto a Dios demandare otórgueselo de plan.

Sus fijos et su compaña, Dios padre espiritual,
de çeguedat atamaña guarde et de coyta tal:
sus ganados et su cabaña Santo Antón guarde de mal.

A quien nos dio su meaja por amor del Salvador
Señor, dal’ tu gloria tu graçia et tu amor:
guárdalo de la baraja del pecador engañador.

Ca tú bienaventurado ángel Señor San Miguel,
tú seas su abogado de aquella et de aquel
que de su pan nos ha dado, ofreçémostelo por él.

Quando las almas pesares éstos ten con la tu diestra
que dan çenas e yantares a nos e a quien nos adiestra;
sus pecados et sus males échalos a la siniestra;

Señor, merçet te clamamos con nuestras manos amas,
las limosnas que te damos que las tomes en tus palmas;
a quien nos dio que comamos, da paraíso a sus almas.»

Ilustración: Gallica.

Francisco de Goya – Lazarillo de Tormes (1808-1812)

Francisco de Goya – Lazarillo de Tormes (1808-1812)

El ciego más famoso de todos es sin duda el personaje al que tiene que guiar el joven Lázaro, el protagonista de uno de nuestros clásicos más universales, La Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades (audiolibro en español), publicado de manera anónima en 1554 en Burgos, Amberes, Alcalá de Henares y Medina del Campo. A través de la picaresca y de situaciones cómicas, el autor entregó una mordaz y desencantada crítica social, llena de nihilismo y de anticlericalismo. En los siglos XVI y XVII, muchos niños de familias pobres eran mutilados por sus propios padres para luego mandarles a mendigar. No es el caso de Lázaro que, sin embargo, vivirá un periodo de duro aprendizaje al lado del ciego que le va a despertar a la maldad del mundo (¡empezando por la cornada del toro de piedra!) para iniciarle a la picardía del oficio. Poco a poco, la crueldad del ciego, desalmado y pérfido porque un destino funesto le obliga a sobrevivir de esta manera, irá rivalizando con la astucia del joven hasta la venganza final de este último…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Lazarillo de Tormes, ilustración de Maurice Leloir (1886)

Lazarillo de Tormes, ilustración de Maurice Leloir (1886)

«Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada della un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y allí puesto, me dijo:
– Lázaro, llega el oído a este toro, y oirás gran ruido dentro de él
Yo simplemente llegue, creyendo ser ansí; y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y dióme una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:
– Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber mas que el diablo
Y rió mucho la burla.
Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que como niño dormido estaba. Dije entre mí: «Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer».»

Ilustración: Internet Archive.

Anónimo del S. XVII - Ciego con bastón

Anónimo del S. XVII – Ciego con bastón

Avaricia y mezquindad son también las virtudes del ciego víctima de la astucia de un ladrón en la Patraña Docena contada por el valenciano Juan de Timoneda (1518 o 1520-1583) en su Patrañuelo (1567), colección de adaptaciones de novelle italianas al estilo de Boccaccio. En 1563, Timoneda ya había usado la figura del ciego en su Entremés de un ciego y un mozo y un pobre (p.189 del documento), en el que un ciego que de dispone a cantar sus coplas ve como un pobre le roba el protagonismo cantando plegarias. La discusión acabará a palos…

«Era un ciego tan avariento, que por su sobrada mezquindez iba solo por la ciudad, sin llevar mozo que le guiase, y al comer, comía donde le tomaba la hambre, por ahorrar de costa y no comer tanto; y para recogerse de noche, tenía alquilada una pobre casilla, en la cual a la noche, cuando se retraía, se encerraba en ella sin lumbre, como aquel que no la había menester; y cerradas las puertas, desenvainaba de una espadilla corta que tenía, y por reconocer si había alguno, daba cuchilladas y estocadas por los rincones y bajo de la cama, diciendo:
– ¡Ladrones, bellacos, esperad, aguardad! ¿Ahí estáis?
Y viendo que no había nadie, sacaba de una cajuela que tenía un talegón de reales, y hacía reseña por retozar y regocijarse con ellos, y ver si le faltaba alguno.»

Ilustración: Biblioteca Digital Hispánica.

Manuel de la Cruz - Ciego de la gayta y las furriñas (1777)

Manuel de la Cruz – Ciego de la gayta y las furriñas (1777)

Curiosidad literaria e histórica, una de las últimas novelas picarescas, La vida y hechos de Estebanillo González, hombre de buen humor, compuesta por él mismo (1646), nos informa sobre el presupuesto del ciego recitador al que Estebanillo ofrece sus servicios como lazarillo :

«Y, después de haber corrido a Hernán Núñez y otras dos villas, llegué a la de Montilla a tiempo que con un numeroso senado y un copioso auditorio estaba en su plaza, sobre una silla sin costillas y con sólo tres pies como banqueta, un ciego de nativitate con un cartapacio de coplas, harto mejores que las famosas del perro de Alba, por ser ejemplares y de mucha dotrina y ser él autor. […] Tuve propuesto de ser su Lazarillo de Tormes, mas por parecerme ser ya grande para mozo de ciego me aparté de la pretensión y, llegándome a él, le dije que, como me hiciera conveniencia en el precio de las coplas, que le compraría una gran cantidad, porque era un pobre mozo estranjero que andaba de tierra en tierra buscando dónde ganar un pedazo de pan. Enterneciose, y no de verme, y respondiome que la imprenta le llevaba un ochavo por cada una, demás de la costa que le tenían de traerlas desde Córdoba; y que, así, para que todos pudiésemos vivir, que se las pagara a tres maravedís. Yo le respondí que se había puesto en la razón y en lo que era justo, que fuésemos adonde su merced mandara, para que le contasen el dinero de cien pares dellas y para que me las entregasen con su cuenta y razón.» (Transcripción de Enrique Suárez Figaredo).

Francisco de Goya y Lucientes - El Cantor ciego (1820-1823)

Francisco de Goya y Lucientes – El Cantor ciego (1820-1823)

Ilustración: Biblioteca Digital Hispánica.

Transmisores de las coplas y tonadillas que interpretaban, introductores en los pueblos de un conjunto literario oral y de la música que lo solía acompañar, los ciegos poseían cierto monopolio sobre esta cultura popular, monopolio que les llevó a finales del S. XVIII a reivindicarse como autores y a exigir el derecho exclusivo de distribución y venta de las copias impresas de sus canciones. Las diferencias ocasionadas con libreros o autores por estas reivindicaciones fueron el punto de partida de un conflicto político y social, con pleitos y campañas difamatorias en contra de los ciegos, que tiene extraños ecos en nuestros tiempos de controversia sobre la protección del derecho de autor.

Ilustración: Red Digital de Colecciones de Museos en España.

Francisco de Goya y Lucientes - El Guitarrista ciego (1778)

Francisco de Goya y Lucientes – El Guitarrista ciego (1778)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Además de los ciegos, la literatura del Renacimiento europeo ofrece diversos ejemplos de protagonistas cojos o jorobados…

Alain-René Lesage - El Diablo cojuelo (1707)

Alain-René Lesage – El Diablo cojuelo (1707)

Publicada en 1641, El Diablo cojuelo (audiolibro en español) es la obra más conocida de Luis Vélez de Guevara (1579-1644), prolífico dramaturgo (llegó a componer más de cuatrocientas comedias, de las que pocas se conservaron) y novelista del Siglo de Oro. El protagonista de esta novela, Don Cleofás, huyendo de la justicia, se refugia en la buhardilla de un astrólogo y libera a un diablo encerrado en una redoma. El diablo, como agradecimiento, le va a ofrecer una panorámica de la sociedad a todos los niveles, desde la hipocresía de la nobleza hasta la miseria de las clases más humildes, entre ellas los mendigos ciegos, objeto del capítulo, o Tranco VI. Figura legendaria de la tradición castellana, el Diablo cojuelo fue uno de los primeros ángeles en rebelarse y el primero en caer en los infiernos, cayendo sus hermanos sobre él, y dejándole «estropeado». En 1707, el francés Alain-René Lesage (1668-1747) fue revelado como novelista con su novela Le Diable boîteux (El Diablo cojuelo, 1707), imitación de la novela española de Vélez de Guevara, adaptada a las costumbres galas y enriquecida e las propias observaciones del autor…

Ilustración: Gallica.

Alain-René Lesage - Le Diable boîteux, ilustración de Tony Johannot (1840)

Alain-René Lesage – Le Diable boîteux, ilustración de Tony Johannot (1840)

«Cuando iba el Cojuelo refiriendo esto, llegaron a la Plaza Mayor de Écija, que es la más insigne de Andalucía, y junto a una fuente que tiene en medio de jaspe, con cuatro ninfas gigantas de alabastro derramando lanzas de cristal, estaban unos ciegos sobre un banco, de pies, y mucha gente de capa parda de auditorio, cantando la relación muy verdadera que trataba de cómo una maldita dueña se había hecho preñada del diablo, y que por permisión de Dios había parido una manada de lechones, con un romance de don Álvaro de Luna y una letrilla contra los demonios, que decía:

Lucifer tiene muermo,
Satanás, sarna,
y el Diablo Cojuelo
tiene almorranas.
Almorranas y muermo,
sarna y ladillas,
su mujer se las quita
con tenacillas.

El Cojuelo le dijo a don Cleofás:
– ¿Qué te parece los testimonios que nos levantan estos ciegos y las sátiras que nos hacen?»

Ilustración: Gallica.

Hans Jakob Christoffel von Grimmelshausen - Der seltzame Springinsfeld (1670)

Hans Jakob Christoffel von Grimmelshausen – Der seltzame Springinsfeld (1670)

Hans Jakob Christoffel von Grimmelshausen (1621-1676) es el autor de Der Abenteuerliche Simplicissimus Teutsch, d.h. die Beschreibung des Lebens eines seltsamen Vaganten, genannt Melchior Sternfels von Fuchshei (El Aventurero Simplicius Simplicissimus, audiolibro en alemán, 1668), sin duda la obra más importante del siglo XVII alemán. Inspirada de la propia experiencia del autor, y adoptando la fórmula de las novelas picarescas españolas, esta obra cuenta las tribulaciones absurdas y cómicas de Simplicissimus durante la Guerra de los Treinta Años que devastó Alemania entre 1618 y 1648, destilando discursos morales sobre las contradicciones e hipocresías de la época barroca. Durante sus aventuras, Simplicissimus conoce a Springinsfeld, soldado como él, guapo, valiente y listo, aventurero sin rumbo, que se convertirá en su compañero de andanzas y será el objeto de lo que llamaríamos hoy en día una secuela. Der Seltzame Springinsfeld (El Curioso Saltamontes, 1670) nos muestra a un Springinsfeld desgastado y envejecido, con una sola pierna, convertido en vagabundo y mendigo, teniendo por únicas armas una muleta y un violín. Afortunadamente se vuelve a cruzar con Simplicissimos que le ayudará generosamente, evitándole acabar su existencia en el hospital…

Ilustración: Bayerische StaatsBibliothek.

Francesco Redi

Francesco Redi

Il Gobbo da Peretola (El Jorobado de Peretola, 1689) es un jorobado descontento de su condición. Su historia viene relatada en una carta escrita por el biólogo, médico, lexicógrafo y escritor italiano Francesco Redi (1626-1697), principalmente recordado por sus trabajos sobre los insectos y los parásitos. En esta carta dirigida a un famoso profesor de anatomía de Pisa, Redi pretende advertir contra el uso de remedios fantásticos para combatir enfermedades incurables, demostrando que las curas milagrosas suelen acabar en males peores. El jorobado de Peretola, deseoso de perder su defecto, recurre a unas brujas, pero en lugar de ser curado, será castigado con una segunda joroba…

Ilustración: Wellcome Images.

Bernard Van Orley – Mendigo lisiado (ca. 1520)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Los falsos inválidos: una plaga social

Hieronymus Bosch – La Nave de los locos (1494-1510)

Hieronymus Bosch – La Nave de los locos (1494-1510)

No podemos evocar la presencia de las personas con discapacidad en la literatura medieval sin mencionar un fenómeno bastante extendido a partir del siglo XIV: la aparición de falsos inválidos, personas totalmente válidas que simulaban alguna discapacidad para alentar la piedad y la caridad de los ciudadanos y obtener un mejor rendimiento en su oficio como mendigos. Esta invasión de falsos inválidos viene descrita en Das Narrenschiff (La Nave de los locos, 1494), del teólogo, jurista, humanista y poeta satírico alsaciano de lengua alemana Sebastian Brant (1457-1521). Esta obra pesimista, mezcla ironía y sermón, puritanismo y humor, en una sucesión de 112 cuadros críticos al estilo de la literatura popular y de los proverbios en los que el autor critica los vicios de su época y denuncia los distintos tipos de necedad o estupidez. Best-seller por toda Europa desde su primera publicación, Das Narrenschiff sirvió también de fuente de inspiración a los artistas más prestigiosos de la época: Albrecht Dürer, junto con otros grabadores basilienses, compuso una serie de grabados para ilustrar cada uno de los retratos del libro y, aunque este tema de la Nave de los locos fuera recogido en las tradiciones de Flandes del siglo XV, el cuadro homónimo de Hieronymus Bosch presenta similitudes con el texto de Brant.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Albrecht Dürer – La Nave de los locos, La Vanidad de los Mendigos (1494)

Albrecht Dürer – La Nave de los locos, La Vanidad de los Mendigos (1494)

«Los mendigos timan a todos los países. Pero tiene que tener un cáliz de plata, pues todos los días entran en él siete jarras. Éste anda con muletas cuando se le ve, y, cuando está solo, no las necesita. Ése puede caer como un epiléptico ante la gente, para que todos puedan prestarle atención. Aquél toma prestados a otros sus hijos, para tener un buen montón de dinero; carga un burro con alforjas como si quisiera ir a Santiago. Uno anda cojeando, otro cual jorobado, un tercero ata una pierna a una muleta o un hueso de muerto en los pliegues del faldón; si se le mirara bien la herida, se vería cómo estaba atado. Sobre la mendicidad voy a permitirme detenerme aún algún tiempo, pues, por desgracia, los mendigos son legión y siguen aumentando cada vez más, pues el mendigar a nadie hace sufrir, sólo al que por necesidad tiene que hacerlo.» (Traducción: Editorial Akal, edición de Antonio Regales Serna, 2011)

Ilustración: Universidad de Heidelberg.

Este fenómeno perduró durante siglos y fue un tema de inspiración de predilección para numerosos autores.

Giovanni Boccaccio - Decamerón: El Falso Paralítico, ilustración de la edición francesa de 1846

Giovanni Boccaccio – Decamerón: El Falso Paralítico, ilustración de la edición francesa de 1846

De tono erótico, cómico o trágico, narrados por un grupo de jóvenes ricos y cultos aislados en una casa de campo de los alrededores de Florencia para huir de uno epidemia de peste, los cien cuentos que componen el Decamerone (Decamerón, 1349-1353), de Giovanni Boccaccio (1313-1375), son pretextos para divertirse a costa de una pintoresca galería de bellacos, mujeres tramposas, ladrones, maridos consentidores, clérigos lujuriosos o sabios tontos. El primer cuento de la segunda jornada, conocida como El Falso Paralítico cuenta cómo «Martellino, fingiéndose tullido, simula curarse sobre la tumba de San Arrigo y, conocido su engaño, es apaleado; y después de ser apresado y estar en peligro de ser colgado, logra por fin escaparse». En cuanto a Masetto de Lamporecchio, El Jardinero del convento, que protagoniza el primer cuento de la tercera jornada, «se hace el mudo y entra como hortelano en un monasterio de mujeres, que porfían en acostarse con él»…

Ilustración: Gallica.

Giovanni Boccaccio - Decamerón: El Falso Paralítico, ilustración de la edición francesa de 1846

Giovanni Boccaccio – Decamerón: El Falso Paralítico, ilustración de la edición francesa de 1846

««El lugar es bastante alejado de aquí y nadie me conoce allí, si sé fingir que soy mudo, por cierto que me admitirán».
Y deteniéndose en aquel pensamiento, con una segur al hombro, sin decir a nadie adónde fuese, a guisa de un hombre pobre se fue al monasterio; donde, llegado, entró dentro y por ventura encontró al mayordomo en el patio, a quien, haciendo gestos como hacen los mudos, mostró que le pedía de comer por amor de Dios y que él, si lo necesitaba, le partiría la leña. El mayordomo le dio de comer de buena gana; y luego de ello le puso delante de algunos troncos que Nuto no había podido partir, los que éste, que era fortísimo, en un momento hizo pedazos. El mayordomo, que necesitaba ir al bosque, lo llevó consigo y allí le hizo cortar leña; después de lo que, poniéndole el asno delante, por señas le dio a entender que lo llevase a casa. Él lo hizo muy bien, por lo que el mayordomo, haciéndole hacer ciertos trabajos que le eran necesarios, más días quiso tenerlo; de los cuales sucedió que un día la abadesa lo vio, y preguntó al mayordomo quién era. El cual le dijo:
– Señora, es un pobre hombre mudo y sordo, que vino uno de estos días a por limosna, así que le he hecho un favor y le he hecho hacer bastantes cosas de que había necesidad. Si supiese labrar un huerto y quisiera quedarse, creo estaríamos bien servidos, porque él lo necesita y es fuerte y se podría hacer de él lo que se quisiera; y además de esto no tendríais que preocuparos de que gastase bromas a vuestras jóvenes. Al que dijo la abadesa:
– Por Dios que dices verdad: entérate si sabe labrar e ingéniate en retenerlo; dale unos pares de escarpines, algún capisayo viejo, y halágalo, hazle mimos, dale bien de comer.» (El Jardinero del convento)

Ilustración: Gallica.

Mateo Alemán - Vida y hechos del picaro Guzman de Alfarache (1681)

Mateo Alemán – Vida y hechos del picaro Guzman de Alfarache (1681)

Entre 1599 y 1604, el sevillano Mateo Alemán (1547-1614) publica las dos partes de Vida y hechos del pícaro Guzmán de Alfarache, a la vez novela de entretenimiento y discurso moral, en la que el protagonista, recordando sus andanzas de juventud, ofrece un sermón moralizador dirigido a una sociedad pecadora. Uno de los episodios vividos por Guzmán de Alfarache es su estancia en Roma como falso mendigo lisiado…

Ilustración: Biblioteca Digital Hispánica.

Francisco de Quevedo – El Buscón, ilustración de Daniel Vierge (1892)

Francisco de Quevedo – El Buscón, ilustración de Daniel Vierge (1892)

En 1626 se publicó en Zaragoza otra novela picaresca en la que el protagonista, Pablos, después de muchas peripecias, acaba, como Guzmán de Alfarache, ganándose la vida como mendigo, simulando ser lisiado. Única incursión de Francisco de Quevedo (1580-1645) en la novela, caricatura sangrienta y llena de humor de los bajos mundos de la época, La vida del Buscón, o Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos; ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños es el relato de los intentos fallidos de ascenso social de Pablos, y pretende demostrar que no se puede llegar a ser alguien en la sociedad si no se deja de tener una moralidad defectuosa…

Ilustración : Internet Archive.

Francisco de Quevedo – El Buscón, ilustración de Daniel Vierge (1892)

Francisco de Quevedo – El Buscón, ilustración de Daniel Vierge (1892)

«Halléme sin dinero, porque los cien reales se consumieron en la cura, comida y posada; y así, para no hacer más gasto no teniendo dinero, determiné de salirme con dos muletas de la casa, y vender mi vestido, cuellos y jubones, que era todo muy bueno. Hícelo y compré con lo que me dieron un coleto de cordobán viejo y un jubonazo de estopa famoso, mi gabán de pobre, remendado y largo, mis polainas y zapatos grandes, la capilla del gabán en la cabeza, un Cristo de bronce traía colgando del cuello, y un rosario. Impúsome en la voz y frases doloridas de pedir un pobre que entendía de la arte mucho, y así comencé luego a ejercitarlo por las calles. Cosíme sesenta reales que me sobraron en el jubón, y con eso me metí a pobre fiado en mi buena prosa. Anduve ocho días por las calles, aullando en esta forma, con voz dolorida y realzamiento de plegarias: «¡Dalde, buen cristiano, siervo del Señor, al pobre lisiado y llagado; que me veo y me deseo!» Esto decía los días de trabajo, pero los días de fiesta comenzaba con diferente voz, y decía: «¡Fieles cristianos y devotos del Señor! ¡Por tan alta princesa como la Reina de los Ángeles, Madre de Dios, dalde una limosna al pobre tullido y lastimado de la mano del Señor!» Y paraba un poco, que es de grande importancia, y luego añadía: «¡Un aire corrupto en hora menguada trabajando en una viña, me trabó mis miembros, que me vi sano y bueno como se ven y se vean, loado sea el Señor!»
Venían con esto los ochavos trompicando y ganaba mucho dinero. Y ganara más si no se me atravesara un mocetón mal encarado, manco de los brazos y con una pierna menos, que me rondaba las mismas calles en un carretón y cogía más limosna con pedir mal criado.»

Ilustración : Internet Archive.

Thomas Sully – George Frederick Cooke en el papel de Richard III (1811)

Thomas Sully – George Frederick Cooke en el papel de Richard III (1811)

Terminamos este capítulo sobre los discapacitados de la literatura medieval y renacentista como lo hemos empezado: por un rey. The Life and death of King Richard III (Ricardo III), obra de teatro escrita por William Shakespeare (1564-1616) entre 1591 y 1592, es la narración del ascenso y de la caída brutal del tirano Ricardo III, vencido por el que iba a ser el rey Enrique VII de Inglaterra en la batalla de Bosworth. Más allá del contexto histórico o literario (esta obra constituye la cuarta entrega de una tetralogía titulada Enrique VI), el interés de Ricardo III radica en el hecho de que Shakespeare fue uno de lo primeros autores en interesarse por las consecuencias psicológicas de la discapacidad sobre el carácter de una persona. El héroe de este drama histórico es descrito como «feo y cojo». Odiándose a sí mismo, apiadándose de su suerte, comete intrigas y traiciones para ser rey y tiraniza a los que le rodean, suscitando en ellos sentimientos de odio a la vez que de piedad…

Ilustración: Wikimedia Commons.

El actor Robert B. Mantell caracterizado como Ricardo III

El actor Robert B. Mantell caracterizado como Ricardo III

«No volverá á ostentar el ancho mundo.
¡Y á mi me mira ya, cuando he tronchado
A príncipe tan noble en sus primicias,
Y en triste lecho la arrojé vïuda!
¡A mí que á Eduardo en nada me aproximo!
¡A mí cojo y deforme! – Mi ducado
Contra ochavo rüin apostaría
A que ignoro el valor de mi persona.
¡Por mi vida! Verá lo que no veo:
¡Que soy maravillosamente hermoso!
Un espejo busquemos; y las modas,
Para realzar á mi persona, estudien
Veinte ó cuarenta sastres por mi cuenta.
Ya que pude alcanzar favor conmigo,
Rumboso debo ser para afianzarlo. –
Pero primero á sepultar á ese,
Y después á llorarle á mi adorada.
Para observar mi sombra en tu reflejo,
Alumbra, sol, hasta tener espejo.»

Ilustración: New York Public Library Digital Gallery.

Seguidor de Hyeronimus Bosch – Mendigos y cojos, estudios (1465-1569)

Seguidor de Hyeronimus Bosch – Mendigos y cojos, estudios (1465-1569)

Ilustración: Wikimedia Commons.

A finales de la Edad Media y durante el Renacimiento, varias voces en el ámbito filosófico se elevaron para sensibilizar las conciencias e intentar aliviar las condiciones de vida de las personas discapacitadas.

Teresa de Cartagena

Teresa de Cartagena

Teresa de Cartagena (1425-?) fue una religiosa y escritora mística española. Se cree que Teresa era una conversa de origen judío, perteneciente a una poderosa familia castellana. Entró en religión en 1440 y fue entre 1453 y 1459 que se vio aquejada de la sordera que iba a colocarla en el canon medieval de escritoras feministas, junto con Hildegarde de Bingen y Christine de Pisan. Verdadera rareza en la literatura medieval, sus dos obras, de tono semiautobiográfico, dan un testimonio auténtico de la situación social de la mujer en esta época. Su primer libro, Arboleda de los enfermos, fue escrito en reacción a la soledad a la que se vio reducida por la sordera. Tras ser devastada por el comienzo de la enfermedad, Teresa empieza a analizar y a aceptar su situación y llega a razonar que su alma hubiera sido más pura si ella nunca hubiera sido expuesta a la palabra, la cual nos hace recurrir al mundo exterior material y olvidar el mundo espiritual interior… Esta obra, típica del género de la Consolatio, género hasta entonces exclusivamente masculino, debió provocar las iras de algunos lectores que la acusarían de plagio, a pesar de la reivindicación de la autora de la debilidad de su intelecto y de «la baxeza e grosería de [su] mugeril yngenio». Admiraçión operum Dei fue concebido en respuesta a los ataques de los detractores de Arboleda de los enfermos. En esta nueva obra, Teresa argumenta que si Dios creó al hombre con la facultad de escribir, también pudo haber hecho a la mujer con esa facultad, y si se ve natural que los hombres escriban porque lo empezaron a hacer hace tiempo, también ella puede empezar a hacerlo, y concluye que la crítica de sus oponentes pondría en entredicho la autoridad de Dios para conceder dones y, por consiguiente, esto lo ofendería…

Ilustración: Sordos.wikia.com.

«Por çierto, grand prouecho deuen [hazer] estas palabras por las quales oyrán plaziendo a Dios de asý quitar todos los ynpedimientos y estoruos. Ya soy apartada de las bozes humanas, pues mis orejas non las pueden oýr; ya tiene silençio mi lengua plazera, pues por esta causa non puede fablar. Ya está apartado mi deseo en tanto grado que menor es mi deseo en las cosas tenporales que mi salut, e non me pesa tanto por lo que non puedo oýr como lo que he oýdo en ofensa de Dios. E por mi voluntat, desde la cuna me fuera dada aquesta pasyón, porque no pudiera pasar las claustras de mis orejas palabra en qu’ofendido o no seruido a Dios aya. iO Señor, escuchar e oýr deseo la duçedunbre de la tu boz! Ca syn dubda puedo dezir: «La boz tuya es dulçe e la tu cara fermosa».»

Juan Luis Vives

Juan Luis Vives

Considerado como el padre de la asistencia social europea, el humanista, filósofo y teólogo nacido en Valencia Ioannes Lodovicus Vives (Juan Luis Vives o Joan Lluís Vives, 1492-1540) redactó su tratado De subventione pauperum (Tratado del socorro de los pobres, Tomo 1, Tomo 2) en 1526, como propuesta destinada a los magistrados de Brujas, donde se estableció después de residir en diversos lugares de Europa, huyendo de la Inquisición española, para luchar contra la miseria y el paro generalizados que se habían apoderado de las calles de la ciudad flamenca. Considerando que la caridad alienta a los pobres a no buscar trabajo y a complacerse en la mendicidad, Vives propuso limitar las ayudas públicas a las personas enfermas o discapacidad y de mandar a trabajar al resto de inactivos que gozaban de buena salud, o de expulsarlos de la ciudad. Consciente de los riesgos que corre una sociedad si deja proliferar la pobreza, pero sin criminalizar la mendicidad a la que la desesperación puede reducir a los más desfavorecidos, el humanista basó su propuesta sobre dos pilares: la prevención, a través de una enseñanza adecuada, y la curación, gracias a una política de empleo eficiente. Hasta en hospitales y hospicios propone que se introduzcan trabajos poco agotadores acordes al tipo de discapacidad o de mutilación…

Brujas en el siglo XVII, ilustración de Simon Bening

Brujas en el siglo XVII, ilustración de Simon Bening

Ilustración: Biblioteca Valenciana Digital.

«Ni a los ciegos se les ha de permitir o estar o andar ociosos; hay muchas cosas en que pueden exercitarse; unos son a proposito para las letras haviendo quien les lea, estudien, que en algunos de ellos vemos progresos de erudicion nada despreciables: otros son aptos para la musica, canten, y toquen instrumentos de cuerda o de soplo: hagan otros andar tornos o ruedecillas: trabajen otros en los lagares ayudando a mover las prensas; den otros a los fuelles en las oficinas de los herreros: se sabe tambien que los ciegos hacen caxitas, cestillas, canastillos, y jaulas, y las ciegas hilan y debanan: en pocas palabras: como no quieran holgar, y huir del trabajo, facilmente hallaran en que ocuparse; la pereza y flojedad, y no el defecto del cuerpo, es el motivo para decir que nada pueden.»

Ilustración: Wikimedia Commons.

Michel de Montaigne, retrato de Thomas Addis Emmet (1880)

Michel de Montaigne, retrato de Thomas Addis Emmet (1880)

El capítulo 11 del Libro Tercero de Les Essais (Ensayos, audiolibro en francés) que Michel de Montaigne (1533-1592) redactó entre 1572 y 1592, titulado Des boyteux (De los cojos, audiolibro en francés), es un capítulo heteróclito, en los que el filósofo aborda diversos temas: desde el recuento de los días del año teniendo en cuenta los días adicionales de los años bisiestos hasta la crueldad y lo absurdo de los juicios por brujería… Los rumores que atribuyen a las mujeres cojas unas prestaciones sexuales más interesantes que las de las mujeres «normales», son el punto de partida de unas consideraciones que tienen a demostrar que el error y el prejuicio nos dominan tanto que puede ocurrir que nos beneficiemos de ello cuando la ilusión participa al acaloramiento de nuestros sentidos y que, en resumidas cuentas, la ignorancia no tiene límites, en comparación con el conocimiento…

Ilustración: New York Public Library Digital Gallery.

Cornelis Galle (grabador) - Una mujer con muletas (S. XV-XVI)

Cornelis Galle (grabador) – Una mujer con muletas (S. XV-XVI)

«A propósito, o fuera de propósito, poco importa: dícese en Italia, como común proverbio, que desconoce a Venus en su dulzura perfecta, quien no se acostó con una coja. La casualidad, o alguna circunstancia particular, pusieron hace largo tiempo esas palabras en boca del pueblo, y se aplican lo mismo a los machos que a las hembras, pues la reina de las amazonas contestó al escita que la invitaba al amor: «el cojo lo hace mejor». En esta república femenina, para escapar a la dominación de los varones, las mujeres les inutilizaban desde la infancia de brazos y piernas y otros miembros que los procuraban ventaja sobre ellas, y empleaban a los machos en lo que empleamos a las hembras por acá. Hubiera yo supuesto que el movimiento desconcertado de la coja proveía de algún nuevo placer a la tarea, y de alguna punzante dulzura a los que lo experimentan, pero acaban de decirme que la propia filosofía antigua decidió de la causa: las piernas y los muslos de las cojas, como no reciben, a causa de su imperfección, el alimento que les es debido, acontece que las partes genitales, que están por encima, se ven más llenas, nutridas y vigorosas; o bien que el defecto de la cojera, imposibilitando el ejercicio a los que la padecen, disipa menos sus fuerzas, las cuales llegan así más enteras a los juegos de Venus: precisamente la razón misma por donde los griegos desacreditaban a las tejedoras, diciendo que eran más ardorosas que las demás mujeres, a causa del oficio sedentario que ejercían, sin que dieran movimiento al cuerpo. ¿Y de dónde no podemos sacar razones que valgan tanto como las enunciadas? Por ejemplo, podría yo también decir que el zarandeo que su trabajo les imprime, así sentadas, las despierta y solicita, como a las damas el vaivén y temblequeteo de sus carrozas.
¿No justifican estos ejemplos lo que dije al comienzo de este capítulo, o sea que nuestras razones anticipan los efectos y que los límites de su jurisdicción son tan infinitos, que juzgan y se ejercen en la nada misma y en el no ser? A más de la flexibilidad de nuestra inventiva para forjar argumentos a toda suerte de ensoñaciones, nuestra fantasía es igualmente fácil en el recibir impresiones de las cosas falsas, merced a las apariencias más frívolas, pues por la sola autoridad del uso antiguo y público de aquel decir, antaño llegué yo a creer recibir placer mayor de una dama porque no andaba como las demás, e incluí esta imperfección en el número de sus gracias.
En la comparación que Torcuato Tasso establece entre Francia e Italia, dice haber advertido que nosotros tenemos las piernas más largas y delgadas que los caballeros italianos, y de ello atribuye la causa a nuestra costumbre de ir continuamente a caballo, que es precisamente la misma razón que Suetonio alega para deducir una conclusión contraria, pues dice que las de Germánico habían engordado por el mismo constante ejercicio. Nada hay tan flexible ni errático como nuestro entendimiento: es el coturno de Theramenes, adecuado a toda suerte de pies: es doble y diverso, lo mismo que los objetos en que se ejercita. »

Ilustración: Wellcome Library.

Eugène Delacroix - Milton dictando «El Paraíso perdido» a sus hijas (1826)

Eugène Delacroix – Milton dictando «El Paraíso perdido» a sus hijas (1826)

Si su educación fue, por sus constantes desacuerdos con su tutor docente, bastante tumultuosa, el poeta y ensayista inglés John Milton (1608-1674) nunca dejó de profundizar sus conocimientos en diversas disciplinas, lenguas antiguas y modernas, filosofía, literatura o teología. Esta cultura lograda de manera autodidacta le valió ser nombrado, en 1649, secretario de estado de lenguas extranjeras de la recién instaurada Mancomunidad de Inglaterra (1649-1653), después de ejercer como profesor privado en familias de la alta aristocracia, y de darse a conocer con sus virulentos panfletos defendiendo la legalización del divorcio o criticando la censura (¡que sufrió por culpa de las violentas reacciones de los opositores del divorcio!). No obstante, aquejado de una enfermedad ocular (probablemente un desprendimiento de retina o un glaucoma), empieza progresivamente a perder la vista, quedándose totalmente ciego en 1654. Su ceguera le obliga a reducir su actividad y las responsabilidades de su cargo se ven considerablemente disminuidas. Su participación en la efímera república de la Mancomunidad le valió en 1660, al restaurarse la monarquía, una reclusión de dos meses en la Torre de Londres. Arruinado, debilitado físicamente, aunque no intelectualmente, John Milton vivió los últimos años de su vida en unas condiciones precarias. No obstante, su situación económica y su enfermedad no impidieron que produjera una de las obras más importantes de la literatura inglesa: Paradise lost (El Paraíso perdido (Tomo 1, Tomo 2) audiolibro en inglés, 1667), largo poema épico sobre la visión cristiana del origen del Hombre. El trabajo de composición de sus obras posteriores a su ceguera fue muy duro: ayudado de sus asistentes, entre los cuales se contaba una de sus hijas, que le hacían la lectura en voz alta, Milton se obligaba a memorizar largos tramos de lo que componía, para poder dominar la articulación de las distintas partes y recitarlos. Lo cual, dada la complejidad de su obra, es una auténtica proeza… Además de Paradise lost, Milton, en sus años de ceguera, publicó varias obras entre las cuales podemos nombrar: Paradise Regained (El Paraíso recobrado, audiolibro en inglés, 1671) y Samson Agonistes (Sansón Agonista, un extracto en catalán, audiolibro en inglés, 1671).

Ilustración: Wikimedia Commons.

John Milton - Samson Agonistes, ilustración de R. Westall

John Milton – Samson Agonistes, ilustración de R. Westall

Esta última obra, que le inspirará al compositor Georg Friedrich Händel (1685-1759) para la letra de su oratorio Sansón (libreto, partitura) es una tragedia inspirada en la historia de Sansón en el Antiguo Testamento, y empieza cuando el superhéroe bíblico ya está en manos de los Filisteos, y le han cortado el pelo y sacado los ojos… Llena de violencia, alegato contra las mujeres y contra el amor y el deseo de los hombres por ellas, crítica de la actitud religiosa según la cual cada uno cree servir a Dios mejor que los otros, Samson Agonistes es también muy interesante por la forma simbólica en la que trata la ceguera de Sansón. En efecto, su ceguera es tan interna como física: más que sus ojos, es la razón de Sansón la que está cegada, lo cual le lleva a actuar de manera impulsiva, hipnotizado por las astucias femeninas de Dalila, o creyéndose guiado por una voz divina…

Ilustración: Wellcome Images.

Además del Samson Agonistes, la ceguera aparece de manera recurrente en la obra de Milton, como por ejemplo en Paradise Lost. Pero es probablemente con su soneto On his blindness (Sobre su ceguera (p. 203 del documento), audiolibro en inglés, 1655) donde nos ofrece su sentimiento más íntimo sobre su enfermedad…

John Milton

John Milton

«Cuando pienso en mi vista aniquilada
Que he de andar siempre en sombras por el mundo
Y que un talento vívido y fecundo
Se halla en mí inútil, aunque prosternada

Mi alma al Hacedor, gimo al hallarme
De hinojos ante Él: «¡Mírame a ciegas!
¿Cumplo con Ti y conmigo y Luz me niegas?»
Mas la paciencia acude a contestarme:

De Dios el Santo Amor jamás requiere
Ni el trabajo del hombre ni sus dones;
A aquél que más le ataca, a aquél más prefiere,

Sus órdenes se cumplen soportando
Con paciencia las grandes aflicciones;
Se le sirve sufriendo y esperando.»

Ilustración: BIU Santé.

El Siglo XVIII y la Ilustración: un giro hacia la emoción y la sensibilidad

William Redmore Bigg, según John Raphael Smith – Tres jóvenes dándole una limosna a un mendigo ciego (1784)

William Redmore Bigg, según John Raphael Smith – Tres jóvenes dándole una limosna a un mendigo ciego (1784)

Ilustración : Wellcome Images.

Madame d'Aulnoy – Gracieuse et Percinet (1872)

Madame d’Aulnoy – Gracieuse et Percinet (1872)

De finales del siglo XVII y principios del XVIII aún podemos encontrar obras en las que las personas inválidas protagonizan papeles negativos, de malos. En los cuentos de hadas de Madame d’Aulnoy (1651-1705), sabia mezcla de pastoral, novela sentimental, alegoría, preciosismo, realismo, sátira y crueldad, aparecen varios personajes que, amargados por sufrir un defecto físico, se dedican a hacerle la vida imposible a alguna princesa hermosa, inteligente, sensible y generosa… Por ejemplo, la malvada duquesa Grognon, solterona pelirroja, tuerta, coja y jorobada, madrastra de la delicada Gracieuse, en Gracieuse et Percinet (audiolibro en francés, 1698) o el antipático Nain jaune (El Enano amarillo, 1698) que exige la mano de la princesa Toute-Belle a cambio de salvar a su madre, la reina… Pero no se debe limitar la lectura de estos cuentos a un primer grado, son auténticas denuncias sociales, en una época en la que se solían casar a las jóvenes sin preocuparse demasiado de su consentimiento. Madame d’Aulnoy, que fue casada muy joven con un hombre que tenía treinta años más que ella, conservó toda su vida un espíritu rebelde y subversivo que se refleja en sus escritos…

Ilustración : Gallica.

No obstante, el siglo XVIII es la época en la que la percepción de los discapacitados en la sociedad y en la literatura va a cambiar radicalmente. La compasión y la piedad, los únicos sentimientos «positivos» que despertaban las personas inválidas entre sus conciudadanos hasta entonces, ceden el paso a la sensibilidad y la emoción, y se empieza a interesarse por sus sentimientos y las dificultades con las que tropiezan en su vida cotidiana.
En la poesía de este siglo encontramos diversos ejemplos de este giro en las formas de ver las cosas.

En 1784, el poeta, organista y compositor Friedrich Christian Daniel Schubart (1739-1791), recordado por ser el autor del poema Dir Forelle (La Trucha) que inspirará a Franz Schubert su famoso lied, evoca en Der Bettelsoldat (El Soldado mendigo) la añoranza de una vida perdida y los sentimientos melancólicos de un soldado lisiado, forzado a mendigar para subsistir, condenado a la soledad y la compasión… Un argumento muy parecido, aunque desarrollado en forma de cuento, o más bien de canto tradicional griego, se encuentra traducido en francés en Gallica, prueba de la universalidad y la atemporalidad de esta figura del soldado lisiado condenado a la mendicidad…

John Collier – Un soldado-mendigo lisiado conversando con un filósofo pluralista (1770)

John Collier – Un soldado-mendigo lisiado conversando con un filósofo pluralista (1770)

«Con una mirada lamentable,
Melancólica, llena de desesperanza,
Cojeo con mis muletas
Por todo el mundo,
Cubierto de trece heridas,
Me apoyo sobre mis muletas
Y hay momentos
En los que preferiría haber muerto,
Voy de una puerta a otra
Pidiendo limosna
Pero quién se conmueve
Quién puede ayudarme? »

Ilustración: Wellcome Images.

Mientras Félix María de Samaniego (1745-1801), con Un cojo y un picarón, adapta en tono cómico la fábula del autor romano Gayo Julio Fedro (14 a.C.-50 d.C.) Un cojo a un mal hombre, que nos enseña que «al hombre solo le afrenta lo que ha merecido padecer», Los Cuatro Lisiados (audiolibro en español, 1782), de Tomás de Iriarte (1750-1791), ilustra que «las obras que un particular puede desempeñar por sí solo no merecen se emplee en ellas el trabajo de muchos hombres», mostrándonos cómo un ciego y un mudo consiguen comunicar y escribir una carta gracias a la ayuda de un manco y de un paralítico. L’Aveugle et le paralytique (El Ciego y el paralítico, audiolibro en francés, 1792), del dramaturgo, poeta, novelista, traductor del Quijote (publicación póstuma en 1798), y sobre todo fabulista Jean-Pierre Claris de Florian (1755-1794) – que en el prólogo de sus fábulas reconoce su deuda al español Iriarte – cuenta cómo dos mendigos, uno ciego y el otro paralítico, unen sus fuerzas para defenderse por el mundo.

«Un coxo altercaba con cierto hombre ruin, que sobre haberle llenado de desvergüenzas, y haberle insultado, le zahirió por la imperfección de su cuerpo defectuoso. Eso es, respondió el coxo, lo que mas siento; porque no puedo seguirte, y tratarte como mereces. ¿Mas por qué, insensato, reprehendes en mí la desgracia de mi fortuna? Al hombre solo le afrenta lo que ha merecido padecer.»
(Un coxo á un mal hombre)

Félix María de Samaniego - Un cojo y un picarón (1781)

Félix María de Samaniego – Un cojo y un picarón (1781)

Ilustración: Google Libros.

 

A un buen Cojo un descortés
Insultó atrevidamente;
Oyólo pacientemente,
Continuando su carrera,
Cuando al son de la cojera
Dijo el otro: «Una, dos, tres,
Cojo es.»
Oyólo el Cojo: aquí fue
Donde el buen hombre perdió
Los estribos, pues le dio
Tanta cólera y tal ira,
Que la muleta le tira,
Quedándose, ya se ve,
Sobre un pie.
«Sólo el no poder correr,
Para darte el escarmiento
Dijo el Cojo, es lo que siento,
Que este mal no me atormenta;
Porque al hombre sólo afrenta
Lo que supo merecer,
Padecer.»
(Un cojo y un picarón)
«Las obras que un particular puede desempeñar
por sí solo no merecen se emplee en ellas
el trabajo de muchos hombres

Un mudo a nativitate,
y más sordo que una tapia,
vino a tratar con un ciego
cosas de poca importancia.
Hablaba el ciego por señas,
que para el mudo eran claras;
mas hízole otras el mudo,
y él a oscuras se quedaba.
En este apuro, trajeron,
para que los ayudara,
a un camarada de entrambos
que era manco, por desgracia.
Éste las señas del mudo
trasladaba con palabras,
y por aquel medio el ciego
del negocio se enteraba.
Por último resultó
de conferencia tan rara,
que era preciso escribir
sobre el asunto una carta.
«Compañeros -soltó el manco-,
mi auxilio a tanto no alcanza;
pero a escribirla vendrá
el dómine, si le llaman».
«¿Qué ha de venir -dijo el ciego-,
si es cojo, que apenas anda?
Vamos, será menester
ir a buscarle a su casa».
Así lo hicieron, y al fin
el cojo escribe la carta,
díctanla el ciego y el manco,
y el mudo parte a llevarla.
Para el consabido asunto,
con dos personas sobraba;
mas como eran ellas tales,
cuatro fueron necesarias.
Y a no ser porque ha tan poco
que en un lugar de la Alcarria
acaeció esta aventura
(testigos más de cien almas),
bien pudiera sospecharse
que estaba adrede inventada
por alguno que con ella
quiso pintar lo que pasa
cuando, juntándose muchos
en pandilla literaria,
tienen que trabajar todos
para una gran patarata.»
(Los Cuatro Lisiados)
Jean-Pierre Claris de Florian - L'Aveugle et le paralytique, ilustración de Benjamin Rabier (1936)

Jean-Pierre Claris de Florian – L’Aveugle et le paralytique, ilustración de Benjamin Rabier (1936)

Ilustración: Gallica.

«Habia en cierto pueblo
Dos míseros mendigos,
Uno ciego del todo,
Y el otro bien tullido.
Un dia se encontraron,
Y uno al otro, afligidos,
Contáronse sus cuitas,
Y luego el ciego dijo:
– Hermano: si quisieras,
Tendrian hoy alivio
Mis males y los tuyos.
– Pues dime con qué arbitrio,
Responde el compañero
Alegre y sorprendido.
-Mira, le dice el ciego:
Tú tienes, buen amigo,
Ojos que á mí me faltan;
Yo tengo, como has visto,
Piernas, que tú no tienes;
Con que si nos unimos,
Llevándote yo á cuestas,
Guiándome tú mismo,
Ni yo seré ya ciego,
Ni tu serás tullido.
¡O, cuán menores fueran
Los males que sufrimos,
Si, á imitacion del ciego,
Nos diéramos ausilio!»
(El Ciego y el paralítico)

Jonathan Swift – Gulliver’s Travels, ilustración de Arthur Rackham (1899)

Jonathan Swift – Gulliver’s Travels, ilustración de Arthur Rackham (1899)

Clásico de la literatura satírica universal, Gulliver’s Travels (Los Viajes de Gulliver, audiolibro en inglés, 1721) de Jonathan Swift (1667-1745) ofrece una visión refrescante, para la época, de la noción de diferencia. Los capítulos ambientados en Lilliput o en Brobdingnag, en los que Gulliver es o bien demasiado grande o bien demasiado pequeño en comparación con los habitantes de estos países imaginarios, tienden a demostrar que la diferencia es una simple cuestión de perspectiva y que cualquier persona, independientemente de su altura o de su forma, puede ser buena o mala.

Ilustración: Internet Archive.

Jonathan Swift – Gulliver’s Travels, ilustración de Arthur Rackham (1899)

Jonathan Swift – Gulliver’s Travels, ilustración de Arthur Rackham (1899)

«Recuerdo que una mañana en que Glumdalclitch me había puesto dentro de mi caja en una ventana, como tenía costumbre de hacer los días buenos, para que me diese el aire -pues yo no me atrevía a consentir que colgaran la caja en un clavo por fuera de la ventana, al modo en que nosotros colgamos las jaulas en Inglaterra-, cuando había corrido una de mis vidrieras y sentándome a mi mesa para comer un pedazo de bollo como desayuno, más de veinte avispas, atraídas por el olor, entraron en mi cuarto volando con zumbido más fuerte que el que hicieran los roncones de otras tantas gaitas. Algunas me cogieron el bollo y se lo llevaron a pedazos; otras me revoloteaban alrededor de la cabeza y la cara, aturdiéndome con sus ruidos y poniendo en mi ánimo el mayor espanto con sus aguijones. Sin embargo, tuve valor para levantarme y sacar el alfanje y atacarlas en su vuelo. Despaché cuatro; las demás huyeron y yo cerré en seguida la ventana. Estos insectos eran grandes como perdices; les arranqué los aguijones, que hallé ser de pulgada y media de largo y agudos como agujas. Los conservé cuidadosamente, y después de haberlos enseñado con algunas otras curiosidades en diferentes partes de Europa, cuando volví a Inglaterra hice donación de tres al Colegio de Gresham y guardé el cuarto para mí.»

Ilustración: Internet Archive.

Józef Boruwłaski

Józef Boruwłaski

En la corte de Brobdingnag, el país de los gigantes, el diminuto Gulliver se convierte en el favorito de la Reina, que manda construir una pequeña casa en la que puede ser transportado de un lugar a otro. Esta situación burlesca imaginada por Swift no está tan alejada de lo que fue la vida de las personas de talla baja, o enanos, como se decía en aquel entonces, en las cortes europeas del siglo XVIII en las que se les enseñaba como atracciones. Józef Boruwłaski (1739-1837) nació en una familia arruinada de la aristocracia polaca. Dotado de una gran inteligencia, culto, con talento artístico y musical, se vio obligado a renunciar a las carreras tradicionales de los aristócratas por culpa de su pequeña estatura : a los treinta años medía 99 centímetros. A la muerte de su padre, su madre, ante la imposibilidad de sustentar a sus cinco hijos, vende al joven Józef a una señora noble que lo exhibirá en sus fiestas, hasta que, embarazada, decidirá venderlo temiendo dar a luz a un enano por el simple contacto visual… A los quince años, Józef Boruwłaski, apodado Joujou, recorre las cortes de Europa en compañía de su nueva ama, la condesa Humiecka. A pesar de tratarlo con amistad, la condesa lo convierte en una atracción de moda, mandando construir en medio de su salón una casita adaptada a las dimensiones del joven… En 1760, su fama y la de su rival en el «oficio», Bébé, el enano de Estanislao Leszczynski, el ex-rey de Polonia en exilio, son tales que sus aún cortas biografías (Józef tiene entonces veintiocho años y Bébé, veinte) ilustran el artículo dedicado a la palabra «Nain» (Enano) en la famosa Enciclopedia impulsada por Diderot y D’Alembert.
El matrimonio de Józef con Isalina Barbutan, dama de compañía de la condesa Humiecka, le permite lograr su independencia, gracias a una pequeña asignación ofrecida por Leszczynski. Convertido en su propio mánager, Boruwłaski se instala en Londres y se ganará la vida dando conciertos. Sus memorias, Memoirs of Count Boruwlaski: containing a sketch of his travels, with an account of his reception at the different courts of Europe (Memorias del conde Boruwlaski: con un esbozo de sus viajes, y un relato de su recepción en las distintas cortes de Europa), publicadas en 1788 en versión bilingüe (inglés y francés), fueron reeditadas varias veces hasta su muerte a los 97 años para luego caer en el olvido. Más allá de las anécdotas y los chismes de la vida de corte, estas memorias trazan, en unos tiempos en los que los filósofos ilustrados abordaban una nueva concepción de la humanidad, el recorrido de un hombre diferente que aspiraba a vivir normalmente y no en la humillación, siendo el juguete de los demás…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Frontispicio de las memorias de Józef Boruwłaski (1788)

Frontispicio de las memorias de Józef Boruwłaski (1788)

«Tal es el retrato del pasado: se ve fácilmente que está mezclado de penas y de placeres, de miedo y de esperanza, pero ¿cómo serán los tiempos que me esperan? ¿Estoy condenado a ser para siempre el juguete de la necesidad y el esclavo del momento? ¿Qué digo? Aunque pudiera someterme a esta idea humillante, ¿se aliaría por lo menos a la esperanza de asegurar un día una suerte honrada para mi mujer y mis hijos? Mi salud fue débil, cada día el peso de los años se hace notar de manera más dolorosa ; si vengo a faltar a mi familia, ¿qué será de ella? ¿a quién podrá reclamar asistencia? ¿Estoy destinado a tener por única perspectiva, en mi último día, la miseria y la infelicidad de los que quiero? Éstas los las penas y las inquietudes que asaltan mi corazón, que llenan de amargura los momentos de felicidad que me da mi familia. Si hubiera sido formado como los otros mortales, podría, como tantos otros, subsistir por mi industria y por mi trabajo; pero mi estatura me ha excluido irrevocablemente del círculo habitual de la sociedad: incluso mucha gente parece no reconocer que soy un hombre, un hombre honrado, un hombre sensible. ¡Cuán dolorosas son estas reflexiones!»

Ilustración: Gallica.

El jorobado no ve su joroba, pero sí las dolencias de su compañero (Estampa del siglo XVII)

El jorobado no ve su joroba, pero sí las dolencias de su compañero (Estampa del siglo XVII)

Obra maestra del siglo XVIII editada entre 1751 y 1772 bajo la dirección de Denis Diderot (1713-1784) y Jean le Rond D’Alembert (1717-1783), L’Encyclopédie, ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers (La Enciclopedia o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios) fue la primera enciclopedia francesa y se convirtió en el símbolo de la obra filosófica de la Ilustración, ocasionando muchos conflictos entre sus editores y redactores y los poderes secular y eclesiástico. Fieles a su misión científica, los redactores que trataron los temas relacionados con la discapacidad (Sordera, Deformidad, Cojo, Parálisis, Invalidez, Jorobado) lo hacen de manera estrictamente científica y médica, explicando a qué se deben estas afecciones, evocando posibles tratamientos y curas y dando ejemplos prácticos. En el artículo dedicado a la palabra «Mendigo» se menciona brevemente el trato que recibían los mendigos inválidos en Grecia y Roma de la edad antigua. Dejando para la historia los castigos divinos, Louis de Jaucourt (1704-1779), médico y filósofo además de enciclopedista, termina su artículo sobre «Deformidad» con la frase siguiente: «El cuidado del cuerpo dentro de los límites que establezca la razón & más aún la preocupación de prevenir las deformidades corporales, es una parte muy importante de la educación de los niños, que debe ser acompañada principalmente de la formación de sus costumbres y de la cultura de su espíritu». Razón, educación, cultura… un paso nuevo en el reconocimiento social de las personas con discapacidad se había dado…

Ilustración: Gallica.

Louis-Michel van Loo – Retrato de Denis Diderot (1767)

Louis-Michel van Loo – Retrato de Denis Diderot (1767)

Un artículo, no obstante, extrapola el ámbito estrictamente científico para entrar en consideraciones más filosóficas. Dedicado a la palabra «Ciego» , este artículo, después de tratar los aspectos puramente médicos de la ceguera, hace referencia a un texto que había sido publicado pocos años antes y desarrolla las ideas en el contenido. Lettre sur les aveugles à l’usage de ceux qui voient (Carta sobre los ciegos destinada a los que ven, audiolibro en francés) es un ensayo publicado por Denis Diderot en Londres en junio de 1749. En una época en la que la cirugía ya había dado resultados para devolver la vista a unos ciegos de nacimiento, Diderot se interroga sobre la percepción visual: ¿la vista y el uso que una persona puede hacer de ella para orientarse en el espacio, identificar formas, apreciar distancias y volúmenes, deben más a la percepción o a la costumbre y la experiencia? Diderot explica que un ciego que recobra la vista de repente necesitará un tiempo de adaptación para relacionar su experiencia de las formas y las distancias, adquirida a través del contacto físico, y las imágenes que ahora perciben sus ojos. De estas observaciones tangibles, el filósofo, ateo y materialista, deriva hacia consideraciones de orden espiritual y moral: dado que ciertos argumentos religiosos no tienen peso para un ciego, la moral depende de la sensibilidad y está vinculada a la sensibilidad de cada uno. Con lo cual, la moral ya no puede considerarse como universal… Al mes de ser publicado el ensayo, el 24 de julio de 1749, Diderot fue detenido y encerrado en el Castillo de Vincennes: su ensayo no había sido del gusto de los influyentes círculos devotos… Afortunadamente, como el encarcelamiento de Diderot ponía en peligro el proyecto editorial de la Enciclopedia, fueron los libreros los que se movilizaron para que el filósofo, junto con otros redactores detenidos, fuera liberado, lo cual ocurrió en noviembre del mismo año.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Margaret M'Avoy, ciega, pero con extraordinaria percepción (1819)

Margaret M’Avoy, ciega, pero con extraordinaria percepción (1819)

«La dificultad que tienen los ciegos en encontrar las cosas extraviadas les hace amigos del orden; me he dado cuenta de que los que están en su círculo familiar comparten esta cualidad, ya sea por el buen ejemplo que dan, o por un sentimiento de humanidad hacia ellos. ¡Qué desgraciados serían los ciegos sin las pequeñas atenciones de quienes les rodean! ¡También nosotros seríamos objeto de lástima sin ellas! Los grandes servicios son como gruesas piedras de oro o de plata que rara vez se tiene ocasión de utilizar; pero las pequeñas atenciones son moneda corriente que siempre tenemos a mano.» (Traducción de Julia Escobar, Fundación ONCE y Pre-Textos, 2002).

Ilustración: Wellcome Images.

Franz Ertinger - Lunetes pour les Quinze-Vingts (S. XVIII)

Franz Ertinger – Lunetes pour les Quinze-Vingts (S. XVIII)

Otro filósofo insigne de la ilustración, Voltaire (1694-1778), destacó en el arte de denunciar los disfuncionamientos y las injusticias de la sociedad a través de sus cuentos filosóficos. Mescour, Le Crocheteur borgne (El Porteador tuerto, audiolibro en francés, 1774), tiene la facultad de ver únicamente las cosas buenas de la vida, ya que su ojo inválido era el que veía las negativas. Así, aunque su aventura con la princesa Mélinade, que rescata cuando está a punto de caer en un precipicio y le concede todo tipo de favores a modo de agradecimiento, sólo haya sido un sueño, Mescour es y seguirá siendo feliz… Un optimista cuento oriental que nos anima a dejar de lado las desgracias para lograr la felicidad… Otro cuento de Voltaire, Petite Digression (Pequeña Digresión, audiolibro en francés, 1766), se conoce también por un título lleno de cinismo: Les Aveugles juges des couleurs (Los Ciegos jueces de los colores). Publicada en una época en la que Voltaire se entrega en cuerpo y alma en su lucha contra el obscurantismo de la Iglesia y los poderes políticos, esta corta digresión es, tres años después de su Traité sur la tolérance (Tratado sobre la tolerancia, 1763), un alegato a favor de la tolerancia, la lucidez y la clarividencia. Voltaire imagina en este cuento que el hospital de los Quinze-Vingts, emblemático centro especializado desde el siglo XIII en la acogida de ciegos, está dirigido por un grupo de hombres iguales, dotados de razón y en total acuerdo entre ellos. Hasta que, un día, uno de ellos introduce la discordia argumentando que sabe más sobre la vista que sus compañeros – cuando se supone que ninguno de ellos puede ver – y pretende imponerse como dirigente del resto…

«Declaró éste que todos los trajes de los asilados eran blancos; los ciegos lo creyeron. A todas horas hablaban los ciegos de estos trajes blancos, que en realidad no existían. Los hombres con buena vista se reían de las afirmaciones de los ciegos crédulos. Éstos, al verse burlados, fueron a lamentarse ante el dictador, quien los recibió muy mal. Los llamó innovadores y rebeldes, y les afeó que se dejaran seducir por el parecer de los que tenían vista, poniendo en duda la infalibilidad de su jefe. La querella dividió a los ciegos en dos bandos. Para calmar los ánimos, dio el dictador un edicto declarando que todos los trajes eran rojos. No había en el asilo un solo traje rojo.» (Traducción: Margarita Julià Sotomayor y Manuel Gil de Oto, Barataria, 2005)

Ilustración: Gallica.

L’Aveugle (El Ciego) cantado por André Chénier (1762-1794) en un poema escrito durante la Revolución francesa pero publicado de manera póstuma en 1819 no es otro que Homero, cuya figura inspiró a numerosos artistas y poetas pre-románticos y románticos. Anciano ciego y desamparado, condenado a una vida errática y de mendicidad, el protagonista de este conmovedor Idilio evoca, para unos pastores, los paisajes y los personajes de la mitología… Este poema le inspirará al pintor Jean-Baptiste Camille Corot (1796-1875) su cuadro Homère et les bergers (Homero y los pastores, 1845), última entrega de una serie de obras sobre el aislamiento. Figura mayor del helenismo en Francia, André Chénier dejó una obra inacabada, truncada por la guillotina durante los años más sangrientos del Terror…

Jean-Baptiste Camille Corot - Homero y los pastores (1845)

Jean-Baptiste Camille Corot – Homero y los pastores (1845)

««Oye mis ruegos tú, deidad de Claros,
Apolo Smínteo, el de la alada flecha
Y arco de plata. Moriré sin duda,
Si tú no guías a este errante ciego.»
Tal pronunciaba con suspiro triste,
Penetrando en la selva, errante anciano,
Y en una piedra se sentó gimiendo.
Al ladrido tenaz de los molosos,
Custodios fieles de la grey balante,
Tras él corrían con veloces pasos,
Hijos de aquella tierra, tres pastores,
El furor deteniendo de sus canes,
Por amparar del viejo la flaqueza,
Y acercándose a él, así decían:
– «¿Quién es aqueste anciano, débil, ciego?
¿Será por dicha morador celeste?»»

Ilustración: Wikimedia Commons.

Comunicar con los sordos: el desafío

Considerada durante siglos como una invalidez, la sordera se entiende hoy en día, cada vez más, como la pertenencia a una minoría lingüística global. Y es cierto que lo que une a los sordos a lo largo de la historia, más que el aislamiento social, es probablemente su lengua propia, la lengua de señas, cuya elaboración, desde épocas muy remotas, preocupó a médicos y científicos con el objetivo de facilitar la comunicación con y entre sordos.

Una escuela para sordos en Grecia (1900)

Una escuela para sordos en Grecia (1900)

Ilustración: Anatolia College.

A. Casanova – Gastando bromas y gritando a un sordo (1877)

A. Casanova – Gastando bromas y gritando a un sordo (1877)

Si las personas oyentes asocian de manera innata el lenguaje a la palabra, los sordos de nacimiento no tienen esta facilidad y no pueden adquirir el uso de la palabra de manera automática. Las dificultades para comunicar que derivan de esta imposibilidad para aprender el lenguaje fueron el origen de crueles prejuicios negativos que durante siglos acompañaron a los sordomudos. Aristóteles, por ejemplo, pensaba que una persona que no puede hablar no está capacitada para pensar…

Ilustración: Wellcome Images.

No obstante, ya en la Antigüedad, existen referencias sobre comunicación por señas entre personas sordas. Platon (S. IV a.C.), en su diálogo titulado Crátilo (360 a.C.) pone en boca de Sócrates la siguientes palabras reveladoras: «Contéstame a esto: si no tuviéramos voz ni lengua y nos quisiéramos manifestar recíprocamente las cosas, ¿acaso no intentaríamos, como ahora los sordos, manifestarlas con las manos, la cabeza y el resto del cuerpo?».

Bedae tractatus de temporibus : accedunt complures tabulae ad computum ecclesiasticum pertinentes, manuscrito del S. XIV

Bedae tractatus de temporibus : accedunt complures tabulae ad computum ecclesiasticum pertinentes, manuscrito del S. XIV

No obstante, las primeras lenguas de señas que se conocen no se deben tanto a la voluntad de ayudar a las personas sordas y mudas, sino a contextos mucho más materiales y prácticos. Así, el capítulo De Computo vel loquela digitorum del tratado de cosmología y cronología De Temporum Ratione (Sobre el cómputo del tiempo, 725), en el que Beda el venerable (672-735), monje benedictino, erudito, lingüista y traductor, único Doctor de la Iglesia de Gran Bretaña, desglosa de manera detallada la manera de contar sobre los dedos. Este computo digital, uno de los primeros testimonios escritos de comunicación por señas, fue representado de manera gráfica en algunos manuscritos medievales, como por ejemplo el que reproducimos aquí, del Siglo XIV, que conserva la Biblioteca Nacional de Francia

Ilustración: Gallica.

Bedae tractatus de temporibus : accedunt complures tabulae ad computum ecclesiasticum pertinentes, manuscrito del S. XIV

Bedae tractatus de temporibus : accedunt complures tabulae ad computum ecclesiasticum pertinentes, manuscrito del S. XIV

Ilustración: Gallica.

Bedae tractatus de temporibus : accedunt complures tabulae ad computum ecclesiasticum pertinentes, manuscrito del S. XIV

Bedae tractatus de temporibus : accedunt complures tabulae ad computum ecclesiasticum pertinentes, manuscrito del S. XIV

Ilustración: Gallica.

Otras lenguas primitivas de señas fueron las que desarrollaron los monjes de las comunidades que imponían el silencio absoluto (como los cistercienses o los benedictinos, por ejemplo) para comunicarse entre sí sobre los asuntos prácticos de la vida cotidiana. El benedictino francés Odón de Cluny (882-942) fue quién popularizó esta manera de comunicarse, la cual se propagó por los monasterios clunienses diseminados por toda Europa…

Melchor Sánchez de Yebra - Libro llamado Refugium infirmorum... (1593)

Melchor Sánchez de Yebra – Libro llamado Refugium infirmorum… (1593)

Hay que buscar las primeras iniciativas de educación de sordos, con la aparición de las primeras descripciones de lenguas de señas, en la España del siglo XVI. El primer alfabeto manual, en el que cada letra del alfabeto se representa por una posición de la mano, se publicó en 1593, en la obra titulada Libro llamado Refugium infirmorum, muy útil y provechoso para todo genero de gente, en el qual se contienen muchos avisos espirituales para socorro de los afligidos enfermos, y ayudar a bien morir a los que están en lo ultimo de su vida; con un Alfabeto de S. Buenaventura para hablar por la mano (transcripción), del franciscano Melchor Sánchez de Yebra (1526-1586).

Ilustración: Universidad Complutense de Madrid, Google Books.

Licenciado Lasso – Tratado legal sobre los mudos, primera página del manuscrito (1550)

Licenciado Lasso – Tratado legal sobre los mudos, primera página del manuscrito (1550)

Nos han llegado, gracias a los documentos de archivo, varios testimonios de enseñanza de sordomudos en aquella época, siendo uno de ellos, el Tratado legal sobre los mudos (1550), un alegato jurídico en defensa del libre acceso de los sordos a las herencias de los mayorazgos en el que el autor, el Licenciado Tasso, describe la obra de fray Pedro Ponce de León (1520-1584), un monje benedictino encargado de la educación de varios niños sordos en el monasterio de San Salvador de Oña, que utilizaba un alfabeto manual, la escritura y la palabra, además de señas conceptuales.

Ilustración: Biblioteca Digital Hispánica.

Juan de Pablo Bonet - Reduction de las letras y arte de enseñar á ablar los mudos

Juan de Pablo Bonet – Reduction de las letras y arte de enseñar á ablar los mudos

También en España, en 1620, se publicó el primer tratado de fonética en lengua de señas, en el que se establece, además de un alfabeto manual muy inspirado en el de Sánchez de Yebra, un método de enseñanza oral para las personas sordas. Esta obra pionera, el primer tratado moderno sobre esta disciplina, se la debemos a Juan de Pablo Bonet (1573-1633) y se titula Reduction de las letras y arte de enseñar á ablar los mudos. Encargado de la educación del hijo del condestable de Castilla que era sordo de nacimiento, Juan de Pablo Bonet se dedicó a estudiar los mecanismos del habla y de los sonidos, las estructuras gramaticales y fonéticas, con el fin de desarrollar una pedagogía de la lengua que sirviera tanto para los hablantes como para los sordos y sordomudos, y lograr que los niños sordos consiguiesen leer y hablar con facilidad.

Ilustración: Biblioteca Digital Hispánica.

Juan de Pablo Bonet - Reduction de las letras y arte de enseñar á ablar los mudos

Juan de Pablo Bonet – Reduction de las letras y arte de enseñar á ablar los mudos

Ilustración: Biblioteca Digital Hispánica.

Juan de Pablo Bonet - Reduction de las letras y arte de enseñar á ablar los mudos

Juan de Pablo Bonet – Reduction de las letras y arte de enseñar á ablar los mudos

Ilustración: Biblioteca Digital Hispánica.

Durante los siglos XVII y XVIII, por toda Europa, numerosos científicos y médicos, partiendo de la obra fundadora de Bonet, van a interesarse por la educación de los sordos, plasmando sus teorías en diversos tratados. Podemos nombrar por ejemplo los siguientes títulos:

Ilustración: Bayersiche Staatsbibliothek.

Esta última obra, las Observaciones de un sordo-mudo de Pierre Desloges, reacciones de un sordo-mudo a las equivocadas enseñanzas prodigadas a los sordomudos, son el reflejo de las contradicciones que en el siglo XVIII opusieron a los diferentes impulsores de esta enseñanza especial: lengua de señas contra oralismo, lengua de señas natural contra lengua de señas metódica…

Charles-Michel de L'Épée

Charles-Michel de L’Épée

Un ejemplo de estas teorías equivocadas es el del abate Charles-Michel de L’Épée (1712-1789), conocido como L’Abbé de L’Épée, pedagogo y logopeda francés, una de las figuras más emblemáticas de la historia de los sordos. El famoso abate se empeñó en desarrollar una lengua de señas artificial y metódica que estuviera vinculada con la gramática del francés, sin darse cuenta de que la lengua de señas que gastaban y se transmitían los sordos era una lengua por sí sola, con su propia gramática, y totalmente diferente del francés hablado. L’Abbé de L’Épée plasmó sus trabajos en varias obras, entre las que podemos nombrar: Institution des sourds et muets par la voie des signes méthodiques (Institución de los sordos y mudos por medio de las señas metódicas, 1776), La Véritable Manière d’instruire les sourds et muets, confirmée par une longue expérience (La Verdadera Manera de instruir a los sordos y mudos, confirmada por una larga experiencia, 1784), L’Art d’enseigner à parler aux sourds et muets de naissance (El Arte de enseñar a hablar a los sordos y mudos de nacimiento, 1820)… A pesar de sus engañadas teorías, hay que reconocerle al abate el mérito de la creación de la primera institución gratuita para la educación de sordos. Más allá de la democratización que supuso la creación de tales instituciones, permitió, al agrupar a los jóvenes sordos, que se popularizara y desarrollara la verdadera lengua de señas natural.

Ilustración: BIU Santé.

Las mellizas sordas, el encuentro determinante de la vida del abate de L'Épée: según la leyenda, una noche de lluvia torrencial de 1760, el abate, buscando un refugio, vio como, detrás de una puerta, dos mellizas estaban conversando mediante señas. Intrigado, entró en la casa y le ofreció a la madre encargarse de la educación de sus hijas sordas...

Las mellizas sordas, el encuentro determinante de la vida del abate de L’Épée: según la leyenda, una noche de lluvia torrencial de 1760, el abate, buscando un refugio, vio como, detrás de una puerta, dos mellizas estaban conversando mediante señas. Intrigado, entró en la casa y le ofreció a la madre encargarse de la educación de sus hijas sordas…

El siglo XIX será el siglo de oro de la cultura sorda, con la creación de nuevas escuelas y la exportación del modelo creado por el Abate de L’Épée a otros países, en particular a Estados Unidos, y sobre todo la aparición de la lucha por el reconocimiento de la cultura sorda. Unos nombres propios ilustran esta cultura, empezando por el mito fundador, el Abate de L’Épée, cuyos sucesores erigieron en benefactor oyente que entendía a los sordos y quería educarlos gracias a los gestos. Entre estos nombres ilustres de la cultura sorda figuran educadores y/o sordos como el Abate Roch-Ambroise Cucurron Sicard (1742-1822), sucesor de De L’Épée, Laurent Clerc (1785-1869), sordo, introductor – junto con el pastor americano Thomas Hopkins Gallaudet (1787-1851) – de los métodos de enseñanza para sordos en Estados Unidos, Ferdinand Berthier (1803-1886), sordo, decano de los profesores sordos del Instituto de París, fundador de varios organismos de asistencia y educación para sordos, apodado por Victor Hugo «el Napoleón de los sordos», Jean Marc Gaspard Itard (1774-1838), pionero de la otorrinolaringología, creador de la primera escuela francesa de otología, recordado hoy por su papel en la educación de Victor, el niño salvaje de l’Aveyron, cuya historia fue inmortalizada por François Truffaut en su película El Pequeño Salvaje… Aunque los métodos de enseñanza seguían inspirando rivalidades, llegando a imponerse el oralismo y a prohibir la lengua de señas, lo cual provocó el rechazo de los intelectuales sordos que defendían un bilingüismo lengua de señas/lengua natural escrita, la cultura sorda ya estaba alzando sus primeros fundamentos, y poco a poco, gracias a su mediatización, aparecieron iniciativas protagonizadas por los sordos: desde congresos científicos hasta la constitución de federaciones deportivas que llevaron a la celebración en 1924 de las primeras olimpiadas para sordos, las Deaflympics, impulsadas por un ciclista sordo, Eugène Rubens-Alcais (1884-1963), y que todavía existen (las últimas se celebraron en Sofía en 2013).

Ilustración: Internet Archive.

Numerosos fueron los escritos publicados por las figuras emblemáticas de este siglo de oro de la cultura sorda. Citemos algunos títulos para profundizar con nuestra lectura:

Ilustración: Gallica.

Cartel del alfabeto manual del abate de L'Épée (1863)

Cartel del alfabeto manual del abate de L’Épée (1863)

Ilustración: Gallica.

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Además de estos manuales y tratados publicados a fines didácticos y teóricos, nos han llegado testimonios en primera persona sobre la biografía de algunos sordos famosos.

Laura Bridgman

Laura Bridgman

Laura Bridgman (1829-1889) fue la primera sordo-ciega estadounidense en lograr recibir una educación en inglés. Víctima a los dos años de la escarlatina, que mató a sus dos hermanas mayores y la dejó, además de sorda y ciega, sin olfato ni gusto, no recibió más atención durante su pequeña infancia que la de un criado de sus padres, disminuido psíquico, que fue la única persona en aportarle algo de felicidad. A los ocho años ingresó en la institución para ciegos más antigua de Estados Unidos, la Perkins Institution for the Blind de Boston. El Dr. Samuel Gridley Howe, el director del centro, basándose en las teorías de Denis Diderot, que afirmaba que el tacto permitía a los ciegos desarrollar su propio sistema de lenguaje, se dedicó en persona a la educación de la joven y elaboró un ingenioso método de enseñanza basado en el aprendizaje de las palabras antes que el de las letras individuales. Pegó unas etiquetas sobre objetos comunes (llave, cuchillo, cuchara…), con el nombre de cada objeto impreso en relieve. Poco a poco, ella aprendió a reconocer los objetos y a poder encontrar la etiqueta correspondiente entre todas las etiquetas. El paso siguiente consistió en aprender las letras de las palabras que ya conocía y poco a poco, Laura Bridgman aprendió el alfabeto y las cifras, hasta que logró, en 1839, con tan solo diez años, escribir sola su propio nombre.

Ilustración: Digital Public Library of America.

Samuel Gridley Howe

Samuel Gridley Howe

La fama le llegó en 1842 cuando la Perkins Institution for the Blind recibió una visita de prestigio: el exitoso escritor inglés Charles Dickens, intrigado por los artículos que el Dr. Howe publicaba en los periódicos europeos, quiso aprovechar su gira por Estados Unidos para visitar el centro y conocer en persona al maestro y su alumna. El relato de este viaje al Nuevo Mundo, American Notes for general circulation (Notas americanas, audiolibro en inglés, 1842), recoge la visita de Dickens a la institución para ciegos de Boston y su encuentro con el Dr. Howe y Laura Bridgman. La celebridad que alcanzó gracias a las entusiastas descripciones de Dickens, convirtiéndola en una atracción y en el punto de mira de los periódicos, no le aportó la felicidad a Laura Bridgman: su inseguridad afectiva, agudizada por varias separaciones dolorosas, le provocó problemas de anorexia que la persiguieron toda su vida… Charles Dickens no fue el único en escribir sobre Laura Bridgman: ella misma redactó sus propios diarios, mientras que sus sucesivos maestros documentaron esta apasionante experiencia docente a lo largo de numerosos Teacher Journals (Diarios de los profesores).

Ilustración: Digital Public Library of America.

«Sus sentimientos sociales, y sus afectos, son muy fuertes; y cuando está sentada trabajando o al lado de uno de sus pequeños amigos, interrumpe su tarea a cada momento, para abrazar y besarlos con una seriedad y calidez conmovedoras. Cuando se queda sola, se ocupa y al parecer se divierte a sí misma, y parece muy contenta; y la tendencia natural del pensamiento de expresarse mediante el lenguaje debe ser tan fuerte, que a menudo soliloquia en el lento y tedioso lenguaje de los dedos. Pero sólo está tranquila cuando está sola; porque si se percata de que hay alguien cerca de ella, se vuelve inquieta hasta poder sentarse al lado de la persona, coger sus manos, y conversar con ella por signos.»

Harriet Martineau

Harriet Martineau

Harriet Martineau (1802-1876) fue una escritora, periodista y socióloga inglesa de la época victoriana. Además de obras narrativas, publicó numerosos ensayos en los que desarrolla sus ideas sobre la sociedad, la religión o incluso sobre la vida doméstica, en los que expresó unas ideas progresistas que no fueron del agrado de todos. Impopular en Estados Unidos por defender el abolicionismo, fue también un personaje controvertido en su propio país por sus posturas feministas en temas de educación o de igualdad en el matrimonio. En particular, la familia Darwin no vio con muy buenos ojos la relación demasiado estrecha que mantuvo Erasmus Alvey, hermano mayor de Charles, con Harriet Martineau: ¡era inconcebible, para la familia del naturalista, que, en caso de matrimonio, la esposa de Erasmus se alzará en pie de igualdad con su marido!

Ilustración: Internet Archive.

Harriet Martineau

Harriet Martineau

Sorda desde los doce años, sin sentido del gusto o del olfato, la vida de Harriet Martineau estuvo marcada por las enfermedades. En 1839, se le diagnosticó en tumor uterino, que puso fin a su relación sentimental con Erasmus Alvey Darwin, y la dejó inválida y en cama durante cinco años. Estos años de invalidez le inspiraron Life in the sick-room (Vida en la habitación de enfermos, 1844), un polémico conjunto de ensayos en los que, además de reafirmar sus ideas sobre la condición femenina, defiende que el enfermo debe tomar el control sobre su enfermedad, lo cual provocó vivas reacciones por parte de los médicos y los críticos, que no dudaron en aseverar que su mente, igual que su cuerpo, estaba enferma e inválida… Lo que resulta sorprendente en esta obra es que Martineau vive su enfermedad como la ocasión de descansar de la estresante vida cotidiana y de aprovechar para meditar y ensimismarse, idea bastante extendida en la época victoriana… Autora de una Letter to the deaf (Carta a los sordos, 1834) en la que llama a los que sufren de la sordera a ser pacientes y a preocuparse por la felicidad de los que los rodean, Harriet Martineau escribió su autobiografía (Tomo 1, Tomo 2, Tomo 3) en tres meses, en 1855, pensando que le quedaban pocos meses de vida al empezar a tener problemas cardíacos. No obstante, esta autobiografía – en la que evoca más detalladamente el sufrimiento que le supuso la perdida progresiva del oído – no se publicó hasta 1877, unos meses después de su muerte, ya que esta mujer excepcional aún vivió un par de décadas…

Ilustración: Wikimedia Commons.

«En 1820, mi sordera aumentó de repente por lo que puede ser llamado un accidente, pero que no quiero describir. Debería sin duda haber utilizado una trompa desde entonces; pero nadie me lo impuso; y no sé si, si me lo hubiesen impuesto, habría cedido; porque poseo de sobra esta falsa vergüenza que impide a nueve de cada diez sordos hacer lo que debería en este aspecto. La cualidad redentora de una invalidez personal es que trae consigo sus propios deberes; pero este privilegio tarda mucho en ser reconocido. El deber propio de los sordos consiste, primero, en ahorrar a los otros todo el cansancio posible; y, en segundo lugar, en preservar todo el tiempo que sea posible su propia capacidad para los sonidos, la costumbre de recibirlos, así como la memoria de ellos. Tardé mucho en ver o más bien admitir eso; y no usé una trompa hasta diez años más tarde. »

John Kitto

John Kitto

Unos orígenes muy humildes en Plymouth, un padre cantero y alcohólico, apenas tres años de escuela, una salud delicada… nada parecía predestinar al pequeño John Kitto (1804-1854) un futuro esperanzador. Para más inri, un accidente (cayó de un tejado) lo dejó, a los doce años, definitivamente sordo y con problemas de equilibrio. Encontró consuelo en los escaparates de los libreros de viejo, leyendo todos los libros que le caían entre las manos… Después de trabajar en una biblioteca, fue contratado en 1824 como asistente por el dentista Anthony Norris Groves. Adoptado por la familia del dentista, el joven fue muy influenciado por su práctica de la fe cristiana: además de dentista, Anthony Norris Groves, miembro de los Hermanos de Plymouth, solía reunirse con otros creyentes cristianos en casas privadas para estudiar la Biblia y orar, a la manera de los primeros cristianos. En 1829, Kitto acompañó a su benefactor en una misión en Bagdad. Las observaciones que hizo durante su estancia fueron el punto de partida de una exitosa carrera de historiador de la Biblia, que se plasmó en la publicación de numerosos volumenes de divulgación sobre los lugares y paisajes bíblicos y convirtieron al pobre sordo de Plymouth en un autor famoso. The Lost Senses : Deafness (Los Sentidos perdidos : Sordera, 1845), a la vez autobiografía y ensayo, recoge la experiencia de John Kitto en torno a la sordera: cómo se quedó sordo, cómo llegó a aceptar su discapacidad, su experiencia de viajero sordo, y sobre todo cómo fue la sordera, al obligarle a leer y escribir, la que le permitió alejarse de su ambiente familiar y progresar en la vida… El mismo año, Kitto publicará un segundo volumen, The Lost Senses : Blindness (Los Sentidos perdidos : Ceguera), en el que reflexiona sobre diversos aspectos de la ceguera, dedicándole un amplio espacio a la sordo-ciega americana Laura Bridgman.

Ilustración: New York Public Library Digital Gallery.

«De esta manera, la timidez y la reserva que muestran usualmente los sordos, aumentaba el efecto de la descalificación física; me impedía buscar más allá de la estrecha esfera en la que me movía las simpatías que no encontraba en ella, y me excluía de encuentros accidentales. Cuando pasó el tiempo, mi mente se llenó de ideas y sentimientos, y de diversos conocimientos de cosas nuevas o antiguas, todas cosas de un mundo diferente del que mi suerte había sido echada. Esta convicción acentuó mi aislamiento; y finalmente todos mis intereses humanos se concentraron en estos puntos: conseguir libros, y, como me prestaban la mayoría de ellos, preservar sus contenidos más valiosos, o bien mediante extractos, o imprimiéndolos en mi memoria.»

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Lope de Rueda - Farsa llamada del sordo la qual es muy agradable (1616)

Lope de Rueda – Farsa llamada del sordo la qual es muy agradable (1616)

La literatura no ha reservado muchos papeles principales a los sordos, mudos y sordomudos. Desde la India nos ha llegado un cuento popular titulado Los Cuatro Sordos (texto en francés) en el que la incomprensión entre un pastor, un criado, un ladrón de caballos y un anciano brahmán, todos sordos, provoca un inextricable quid pro quo… Alguna farsa del siglo de oro español nos ofrece estereotipos cómicos, como por ejemplo la Farsa llamada del sordo la qual es muy agradable (1616), atribuida a Lope de Rueda o la comedia de Tirso de Molina (1579-1648) titulada No hay peor sordo que el que no quiere oír. También estereotípicos son muchos sordos de la narrativa del siglo XIX: ancianos que han perdido el oído con los años, indigentes o criados sordos, suelen ser personajes secundarios cuya actuación no influye demasiado sobre la intriga. O la sordera es más una excusa para atraer la piedad del lector sobre la situación desesperada de un pobre hombre víctima de la crueldad de los demás…

Ilustración: Biblioteca Digital Hispánica.

Cartel de la adaptación teatral de Notre-Dame de París (S. XIX)

Cartel de la adaptación teatral de Notre-Dame de París (S. XIX)

«¿Qué importa la sordera del oído cuando el espíritu oye? La única sordera, la verdadera sordera, la sordera incurable, es la de la inteligencia.» Esta frase, que simboliza todo el camino recorrido desde Aristóteles, fue escrita en 1845 por Victor Hugo (1802-1885) en una carta a Ferdinand Berthier, el «Napoleón de los sordos», según las palabras del escritor, que hemos evocado más arriba. Con estas predisposiciones, no es extraño que uno de los personajes emblemáticos de la obra del gran escritor sea un sordo, y no solo sordo, sino además tuerto, cojo y… jorobado. Quasimodo, el jorobado de Notre-Dame de Paris (Nuestra Señora de París, audiolibro en francés, 1831), que sus padres abandonaron a los cuatro años por su deformidad física, fue recogido por el padre Claude Frollo delante de la catedral del París de finales de Siglo XV. Las campanas de Notre-Dame le han vuelto sordo y vive recluido en el templo, por no aventurarse fuera y enfrentarse a la incomprensión y las miradas llenas de repulsión de la multitud. Su vida podría haber transcurrido serenamente en estas condiciones, si Quasimodo no se hubiera cruzado con Esmeralda, aquella gitana que baila en la plaza, despertando en él un amor desesperado…

Ilustración: Flora.

Victor Hugo – Notre-Dame de Paris, ilustración de Yon y Perrichon (1865)

Victor Hugo – Notre-Dame de Paris, ilustración de Yon y Perrichon (1865)

En parte gracias a cierto dibujo animado, versión muy edulcorada de la gran obra de Hugo, el personaje de Quasimodo se ha convertido en un mito universal. No obstante, si todos conocemos la deformidad del cuerpo de Quasimodo, pocos sabemos que también es un personaje sordo, y que su sordera, consecuencia indirecta de su deformidad física, es la causa de las desgracias en cadena que tendrá que soportar: el rechazo y el aislamiento de Quasimodo que lo vuelve misántropo, la crueldad de la población que no sólo rechaza al pobre jorobado por su aspecto físico, sino que también lo acusa de brujería por hablar con señas con su tutor Frollo y la inanidad de la justicia (simbolizada en particular por la mordaz escena del juicio de Quasimodo, juzgado por un juez sordo)…

Ilustración: Internet Archive.

Victor Hugo – Notre-Dame de Paris, ilustración de Gérard Seguin (1855)

Victor Hugo – Notre-Dame de Paris, ilustración de Gérard Seguin (1855)

«Además, no solo se había su cuerpo amoldado a la forma de la catedral, sino su alma también. ¿En qué estado se hallaba aquella alma? ¿qué pliegue había contraído, qué forma había tomado en aquella corteza nudosa, en aquella vida silvestre? Difícil seria determinarlo. Quasimodo habia nacido tuerto, jorobado, cojo, y solo á fuerza de mucho trabajo y paciencia había logrado Claudio Frollo enseñarle a hablar. Pero una fatalidad perseguía al pobre expósito. Campanero de Nuestra Señora a los catorce años, una nueva enfermedad había venido a completar su infortunio; las campanas le habían roto el tímpano, y quedó sordo. La única puerta que la naturaleza le había dejado abierta en este mundo, habíase cerrado de improviso para siempre. Cerrándose, interceptó el único rayo de alegría y de luz que penetraba aun en el alma de Quasimodo; aquella alma cayó en una noche profunda: la melancolía del miserable se hizo incurable y completa como su deformidad. Añádase a esto que su sordera le hizo mudo en cierto modo; porque, para no ser el hazme reír de los demás, desde el momento en que se vio sordo, determinóse a un silencio obstinado que casi no rompía sino cuando estaba solo : ató voluntariamente aquella lengua que con tanto trabajo había desatado Claudio Frollo. Y de aquí provenía que cuando la necesidad le precisaba a hablar, su lengua estaba embotada, torpe, como una puerta, cuyos goznes están cubiertos de orín.»

Ilustración: Gallica.

Charlotte Elizabeth – The Happy Mute (1842)

Charlotte Elizabeth – The Happy Mute (1842)

Charlotte Elizabeth Tonna (1790-1846) fue una escritora famosa de la época victoriana, conocida como Charlotte Elizabeth (Tonna era el apellido de su marido). Autora de novelas y de ensayos, se dedicó a luchar por los derechos de las mujeres y a difundir la palabra evangélica protestante. Sorda desde la edad de 10 años, se encargó de la educación de varios niños sordomudos, llegando a adoptar a uno de ellos, John Britt, que viviría con ella hasta su muerte de tisis a los dieciocho años, en 1831. The Happy Mute, or The Dumb Child’s Appeal (El Mudo feliz, o La Llamada del niño mudo, 1833) es la historia, narrada por su madre adoptiva, de este joven sordomudo…

Ilustración: Internet Archive.

Iván Turguénev – Mumu, ilustración de Vladimir Taburin (1890)

Iván Turguénev (1818-1883) esperó la muerte de su madre para ofrecer de ella un retrato sin concesión, novelando unos hechos reales en los que estaba implicada. Муму (Mumu, texto en francés) cuenta la historia de Gerosim, un siervo sordomudo al servicio de una anciana severa y caprichosa. Trasladado a la ciudad para servir a su barinia, el buen Gerosim se siente incómodo, más aislado aún que cuando estaba en el campo. Su única amiga es Mumu, una perrita que ha salvado de ser ahogada en el río… Esta trágica historia, escrita en 1852 y publicada en 1854, prohibida por la censura por alentar al lector a la «compasión hacia un siervo oprimido, sin haber cometido ninguna culpa, por la arbitrariedad feudal», impactó tanto al francés Guy de Maupassant que retomaría el argumento en dos ocasiones, pero sus protagonistas no tienen discapacidad: Histoire d’un chien (Historia de un perro, audiolibro en francés, 1881) y Mademoiselle Cocotte (La Señorita Cocotte, audiolibro en francés, 1883).

Ilustración: Wikimedia Commons.

Charles Dickens – Doctor Marigold, ilustración de Edward Dalziel (1877)

Charles Dickens – Doctor Marigold, ilustración de Edward Dalziel (1877)

El Doctor Marigold (audiolibro en inglés, 1865) no es más que un pobre chamarilero ambulante, así apodado en homenaje al médico que asistió a su madre cuando nació. Es un hombre bueno, pero no es capaz de proteger a su hija, maltratada por su propia madre. Después de perder a las dos, la niña a consecuencia de una mala fiebre y la madre por suicidio, roída de culpabilidad, el Doctor continúa su vida vagabunda solo. En su camino cruza un día una niña sordomuda, cuya madre ha muerto y que es víctima a su vez de malos tratos por parte de su padrastro, propietario de un circo itinerante. Marigold compra a la pequeña por un par de tirantes, y se la lleva, determinado a ofrecerle la oportunidad que no le dio a su propia hija. Para Sophy, el buen hombre inventará su propio sistema de lengua de señas para poder enseñarle a leer y conversar con ella. Al hacerse mayor la niña, Marigold se dará cuenta de que la educación que le está dando no es suficiente y la llevará a una institución para sordos y mudos de Londres, en la que Sophy se enamorará de otro estudiante. Se casarán y tendrán un hijo… oyente! Este bonito cuento de Navidad formaba parte de una obra colectiva más extensa titulada Dr. Marigold’s Prescriptions (Las Recetas del Doctor Marigold, 1866), de la que Charles Dickens sólo habría escrito la primera y la última parte. Estos dos capítulos se publicarían solos en 1894 bajo el título y la forma en la que se conoce este cuento hoy en día.

Ilustración: The Victorian Web.

Thérèse Bentzon

Thérèse Bentzon

Como los sordos y sordomudos, los personajes literarios mudos suelen ser relegados a papeles secundarios, salvo alguna excepción digna de interés, como por ejemplo Le Roman d’un muet (La Novela de un mudo, 1868), novela de análisis psicológico sobre la exclusión social vivida por un mudo, nacido no obstante en una familia acomodada y educado en una institución especializada. Olvidada hoy en día, la autora de esta novela, Marie-Thérèse de Solms-Blanc (1840-1907), que escribía bajo el pseudónimo de Th. de Bentzon, fue una periodista, ensayista, traductora (adoptó para el público francés Pepita Jiménez (1874) de Juan Valera) y novelista muy reconocida en su época. Feminista, abordó temas como la problemática del divorcio (Un divorce (Un divorcio, 1872)) o la condición social de la mujer en Estados Unidos (Femmes d’Amérique (Mujeres de América, 1900)). Le Roman d’un muet es su primera novela.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Félix Vallotton - La Loge de théâtre (1909)

Félix Vallotton – La Loge de théâtre (1909)

Criticado por la misoginia de su novela L’Ève future (La Eva futura, 1886, ver nuestra entrega de Tesoros Digitales sobre los científicos locos en la literatura), Auguste de Villiers de l’Isle-Adam (1838-1889), en L’Inconnue (La Desconocida), uno de sus Contes cruels (Cuentos crueles) publicados en 1883, retrata a una mujer sorda que renuncia al amor y al matrimonio para no imponer su discapacidad al hombre que la quiere, pero se considera superior a las otras mujeres… Un cuento cruel demasiado políticamente incorrecto para el siglo XXI…

Ilustración: The Athenaeum.

« «Amigo, déjeme enseñarle mi secreto. La fatalidad, en un principio tan dolorosa, que ha golpeado mi ser material, se ha convertido para mí en la emancipación de muchas servidumbres. Me ha liberado de esa sordera intelectual de la que son víctimas la mayor parte de las demás mujeres. Mi alma sensible ha vuelto a las vibraciones de las cosas eternas de las que los seres de mi sexo no conocen sino su parodia. Sus oídos están tapiados a tan maravillosos ecos, a esas sublimes prolongaciones. De tal manera que ellas deben únicamente a la agudeza de su oído la facultad de percibir lo que hay de instintivo y de exterior en las más puras y delicadas voluptuosidades. Son como las Hespérides, guardianas de esos encantados frutos cuyo mágico valor ignoran para siempre. ¡Ay!, yo soy sorda… ¡Pero ellas! ¡Qué oyen!… O, más bien, ¿qué escuchan en las palabras que les dirigen, sino un confuso tumor, en armonía con la fisonomía de quien les habla? De tal manera que, desatentas no al sentido aparente, sino a la calidad, reveladora y profunda, al verdadero sentido, finalmente, de cada palabra, ellas se contentan con distinguir una intención de halago, que les basta ampliamente. Es lo que ellas llaman lo «positivo de la vida» con una de sus sonrisas…» »

Octave Mirbeau – Le Pauvre Sourd (1891)

Octave Mirbeau – Le Pauvre Sourd (1891)

Le Pauvre Sourd (El Pobre Sordo, audiolibro en francés, 1887) era un joven pintor de talento, y su carrera se auguraba de manera prometedora. El futuro le parece sonreír cuando, a pesar de su sordera, de su salud delicada y de su físico ingrato, una hermosa joven de buena familia de la que está enamorado, lo acepta como esposo. Al desinteresarse de él los infieles e inconstantes críticos de arte, toda su vida bascula en una pesadilla cotidiana… En los cerca de ciento cincuenta cuentos que publicó en la prensa a finales del siglo XIX y principios del XX, Octave Mirbeau (1848-1917) nunca cedió a la facilidad de narrar historias entretenidas y divertidas. Esbozos de los personajes que habitarán sus novelas, los protagonistas de estos relatos sufren del «horror de ser un hombre» y de la deshumanización provocada por una sociedad opresiva y alienante: el sadismo, la dificultad de comunicación entre los sexos, los impulsos asesinos, el clericalismo, los nacionalismos, la exclusión social… son temas de predilección para un autor políticamente incorrecto que las clases dirigentes procuraron hacer olvidar durante medio siglo después de su muerte…

«Mi mujer se volvía cada vez más dura hacia mí: apenas si contestaba a las preguntas que le dirigía. Me hablaba en voz baja, obligándome a pedirle que repitiera las palabras, para que mi invalidez me fuese más dolorosa… Y cuanto más me trataba de aquella manera, más la quería… ¡Cuánto he hecho para enternecerla, cuántas humillaciones he aceptado, cuántas súplicas…! ¡Ah, nunca las sabrá usted!»

Ilustración: FNAC.

Alfred de Musset - Pierre et Camille, ilustración de François Flameng (1887)

Alfred de Musset – Pierre et Camille, ilustración de François Flameng (1887)

Alejándose de las novelas libertinas que consolidaron su fama, el autor romántico Alfred de Musset (1810-1857) publicó en 1888 una novela titulada Pierre et Camille (Pedro y Camila, audiolibro en francés). Ambientada a finales del siglo XVIII, es la historia de Camille, sordomuda de nacimiento, hija de la pequeña nobleza. Si la invalidez de la pequeña no supone ningún problema a su madre, que la mima con el amor y la ternura de cualquier madre, el padre de Camille no es capaz de aceptar haber dado a luz a semejante monstruo. A la muerte prematura de su madre, la joven, rechazada por su padre, se traslada a vivir a París con su tío, buen hombre empeñado en hacer todo lo posible para que su sobrina sea feliz… Una noche, en un teatro, Camille observa cómo otro espectador, un joven apuesto, comunica con su acompañante escribiendo en una pizarra: Pierre… Es el inicio de una deliciosa historia de amor entre dos sordomudos, que lograrán comunicarse entre ellos y llevar una vida normal, gracias a las enseñanzas del buen Abate de L’Épée…

Ilustración: Internet Archive.

«¡Oh, padre mío! Ya puedo hablar; no con la boca, pero sí con la pluma. Mis pobres labios siguen mudos como siempre, y, sin embargo, sé hablar. El que hoy es mi dueño me ha enseñado a escribiros. Me ha hecho educar como a él, y por la misma persona, pues ya sabéis que estuvo como yo durante largo tiempo. Me ha costado mucho trabajo aprender. Lo primero que nos enseñan es a hablar con los dedos; después, los signos escritos. Éstos son de todas clases y expresan el miedo, la cólera y todo, en general. Se tarda mucho en dominarlos, y más aún en formar palabras; pero, como veis, se consigue al fin. El abad de l’Epée es un hombre muy bueno y muy cariñoso, lo mismo que el padre Vanin, de la Doctrina Cristiana.»

Leopoldo Alas «Clarín» - Doña Berta, edición de 1943

Leopoldo Alas «Clarín» – Doña Berta, edición de 1943

Doña Berta (audiolibro en español), la protagonista de la nouvelle que publicó Leopoldo Alas «Clarín» (1852-1901) en 1892, es una anciana sorda que vive con su criada, tan anciana como ella, y su gato, en un pueblo aislado del Norte de España. Doña Berta ha envejecido con un triste secreto: cuando era muy joven, un soldado herido fue hospedado en su casa. Se enamoraron y Berta se quedó embarazada. El soldado volvió a la guerra y nunca se supo más de él. Los hermanos de Berta, para proteger a la familia de la deshonra, le arrebataron su hijo recién nacido y lo escondieron para que ella nunca pudiera encontrarlo. Ahora, sus hermanos han muerto, y llega al pueblo un pintor que le enseña el retrato reciente de un hombre que se parece tanto al soldado amado que Doña Berta no duda que no pueda ser su hijo tan añorado. Decide marchar a Madrid, acompañada de su gato, para, por fin, reunirse con él… Una resolución heroica que la llevará a una odisea llena de miedo y de tristeza a través del infierno urbano, con sus ruidos espantosos, los coches, los caballos, la multitud…

Ilustración: Mercadolibre.

«Mirando las tristes lontananzas, sentía la impresión de mascar polvo y manosear tierra seca, y se le crispaban las manos. Se sentía tan extraña a todo lo que la rodeaba, que a veces, en mitad del arroyo, tenía que contenerse para no pedir socorro, para no pedir que por caridad la llevasen a su Posadorio. A pesar de tales tristezas, andaba por la calle sonriendo, sonriendo de miedo a la multitud, de quien era cortesana, a la que quería halagar, adular, para que no le hiciesen daño. Dejaba la acera a todos. Como era sorda, quería adivinar con la mirada si los transeúntes con quienes tropezaba le decían algo; y por eso sonreía, y saludaba con cabezadas expresivas, y murmuraba excusas. La multitud debía de simpatizar con la pobre anciana, pulcra, vivaracha, vestida de seda de color de tabaco; muchos le sonreían también, le dejaban el paso franco; nadie la había robado ni pretendido estafar. Con todo, ella no perdía el miedo, y no se sospecharía, al verla detenerse y santiguarse antes de salir del portal de su casa, que en aquella anciana era un heroísmo cada día el echarse a la calle. Temía a la multitud…, pero sobre todo temía el ser atropellada, pisada, triturada por caballos, por ruedas. Cada coche, cada carro, era una fiera suelta que se le echaba encima. Se arrojaba a atravesar la Puerta del Sol como una mártir cristiana podía entrar en la arena del circo. El tranvía le parecía un monstruo cauteloso, una serpiente insidiosa. La guillotina se la figuraba como una cosa semejante a las ruedas escondidas resbalando como una cuchilla sobre las dos líneas de hierro. El rumor de ruedas, pasos, campanas, silbatos y trompetas llegaba a su cerebro confuso, formidable, en su misteriosa penumbra del sonido.»

La divinidad Mahamayuri, con su vehículo en forma de pavo real, protectora de los Buddhas de las cuevas de Beishan (China)

La divinidad Mahamayuri, con su vehículo en forma de pavo real, protectora de los Buddhas de las cuevas de Beishan (China)

Leímos, en nuestra entrega de Tesoros Digitales sobre los científicos locos de la literatura, varios cuentos fantásticos de Gustav Meyrink (1868-1932). Si aquellos relatos destilaban sus dosis de horror para conseguir un efecto escalofriante, con Der Violette Tod (La Muerte violeta, 1902) el autor austríaco nos introduce en un terreno más filosófico con  tintes de ciencia-ficción para cargar contra las enseñanzas de las hermandades tántricas de Tibet. Sir Roger Thornton es un aventurero inglés que desea penetrar los secretos mágicos de una misteriosa tribu tibetana. Aislados en una remota región del Himalaya, estos magos veneran a un ser cruel y diabólico que tiene el aspecto de un pavo real, símbolo, para los budistas tibetanos, de la inmunidad a los venenos.  Por culpa de Sir Roger, el terrible poder del mantra de la secta se va a activar, liberando un ejército de vocales mortíferas sobre la humanidad. Los sordos son los únicos en poder salvarse de «la muerte violeta», o sea de ser convertidos en una sustancia gelatinosa y violeta… A través de un cuento fantástico lleno de humor negro, Gustav Meyrink desarrolla la idea de que, para protegerse de los procesos de destrucción de identidad de las sectas degeneradas, los espiritualistas deben hacer oídos sordos a los discursos de sus gurús…

Ilustración: Wikimedia Commons.

«Sir Roger hizo una señal a su criado sordo, porque le pareció haber oído un ruido. Jaburek preparó el rifle. Al llegar a un extremo del bosque, una pradera se ofreció a su vista. Apenas a cuatrocientos metros, unos cien hombres, evidentemente tibetanos, tocados con gorros rojos, habían formado un semicírculo y esperaban a los intrusos. Sir Roger avanzó, seguido de su criado. Los tibetanos llevaban las habituales zamarras de piel de carnero; mas, a pesar de ello, casi no parecían seres humanos, tan espantosamente feos y deformes eran sus rostros. Dejaron que los dos hombres se acercasen más y, de pronto, a una orden de su jefe, levantaron todos a la vez las manos, se oprimieron con fuerza los oídos y gritaron algo. Jaburek miró interrogativamente a su amo y levantó el rifle, porque el extraño movimiento de los tibetanos le pareció una señal de ataque. Pero lo que sus ojos vieron le heló la sangre en las venas: en torno a su amo se había formado una masa gaseosa, agitada y remolineante, parecida a la que habían atravesado poco antes. La figura de Sir Roger perdió los contornos, como si hubiese sido devastada por el remolino; la cabeza se tomó puntiaguda; toda la masa se hundió en sí misma, como en fusión, y en el lugar donde hacía un instante se encontraba el audaz inglés había ahora un cono de color violeta claro del tamaño de un pilón de azúcar. El sordo Jaburek fue presa de la ira. Los tibetanos seguían gritando y él observaba con gran atención sus labios para descifrar lo que decían. Era siempre una y la misma palabra.»

Conclusión

John Everett Millais - La Joven Ciega (1856)

John Everett Millais – La Joven Ciega (1856)

Las obras narrativas del siglo XIX dedicadas a la sordera que acabamos de reseñar no son más que una pequeña muestra de la literatura decimonónica sobre diversidad funcional. Desde el más cruel realismo hasta el sentimentalismo exacerbado de los melodramas, pasando por la vertiente moralista de los cuentos infantiles, el siglo XIX nos brindará una amplía selección de títulos con protagonistas discapacitados o simplemente «diferentes». Luego llegará el siglo XX, en el que el trato de la diversidad funcional cobrará nuevas dimensiones. La Primera Guerra Mundial, por una parte, con el horror de sus técnicas de destrucción masiva inauditas, aportará a la literatura unos protagonistas mutilados como ninguna guerra lo había hecho antes. Por otra parte, algunos autores empezaron a plantear que las personas discapacitadas pueden tener no solo una vida sentimental, sino también una vida sexual… Un amplio programa que desarrollaremos en una próxima entrega de Tesoros Digitales

Ilustración: Wikimedia Commons.

Referencias

Las obras e ilustraciones presentadas en este trabajo proceden de los fondos digitales de : Europeana, Gallica, Wikisource, Wikipedia, Internet Archive, New York Public Library Digital Gallery, Wikimedia Commons, Wikiart, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Biblioteca Digital Hispánica, Project Gutenberg, Projekt Gutenberg DE, Littérature audio.com, Google books, Digital Public Lirary of America, Librivox, Ebooksgratuits, Hemeroteca Digital, El Espejo gótico, Bibliothèque Municipale de Lisieux, Ciudad Seva, BIU Santé, Universidad de Arizona, Bibliothèque Électronique du Québec, Red Digital de Colecciones de Museos en España, Bayerische StaatsBibliothek, Wellcome Images, Universidad de Heidelberg, Bibliografía de escritoras españolas, Sordos.Wikia.com, Biblioteca Complutense, Biblioteca Valenciana Digital, Darthmouth College, Càtedra Màrius Torres, Fundación Once, Anatolia College, Österreichische Nationalbibliothek, Biblioteca Digital de Castilla y León, Les Silos, maison du livre et de l’affiche (Flora), Maupassant par les textes. Agradecemos a todas estas instituciones su compromiso con la difusión de nuestro patrimonio cultural.

José de Ribera - El Pie varo (1642)

José de Ribera – El Pie varo (1642)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Diego Velázquez - El bufón don Sebastián de Morra (1645)

Diego Velázquez – El bufón don Sebastián de Morra (1645)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Dossier elaborado por Christine Sétrin, con la colaboración de Ángel Pozo. Biblioteca Municipal de Vila-real. Diciembre 2015.


Este trabajo está bajo una licencia de Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 Unported.

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