Jorobados, cojos, tuertos, mancos y sordos: héroes literarios con diversidad funcional (2)

Jorobados, cojos, tuertos, mancos y sordos: héroes literarios con diversidad funcional (2)

Dossier elaborado por Christine Sétrin, con la colaboración de Ángel Pozo.

Paul Gavarni - Un mendigo ciego (S. XIX)

Paul Gavarni – Un mendigo ciego (S. XIX)

Retomamos nuestro trabajo sobre la literatura de la diversidad funcional acercándonos, después de una primera parte que abarca el periodo comprendido entre la Antigüedad y el siglo XVIII, a los siglos XIX y XX. Síntoma anunciador quizás de un cambio social iniciado a finales del siglo XVIII, los personajes discapacitados son cada vez más numerosos y protagonizan obras muy variadas. Desde el más puro – ¡y duro! – realismo hasta obras más ligeras como novelas policíacas o de aventuras, pasando por la literatura infantil o la poesía, vamos, en esta nueva entrega de Tesoros Digitales, a conocer una larga galería de personajes inolvidables: víctimas, héroes, e incluso algunos villanos…

Ilustración: Joconde.

El Siglo XIX: el auge del realismo

Joaquín Sorolla – Triste Herencia (1899)

Joaquín Sorolla – Triste Herencia (1899)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Victor Hugo – Notre-Dame de París, ilustración de Gérard Seguin (1855)

Victor Hugo – Notre-Dame de París, ilustración de Gérard Seguin (1855)

Dos grandes épocas marcan la visión de la discapacidad en el siglo XIX. El Romanticismo, con su apogeo hacia 1820, en su exaltación de lo individual, lo original y de la belleza, se sirve de los protagonistas discapacitados para representar la propia situación artística y social de los autores, además de explorar técnicas literarias para exprimir la deformidad de un cuerpo humano. La descripción de Quasimodo es el ejemplo más representativo de esta búsqueda de estética literaria: « No nos empeñaremos en dar al lector una idea de aquella nariz tetraedra, de aquella boca en forma de herradura; de aquel ojillo izquierdo obstruido por una ceja roja a manera de matorral, mientras que el ojo derecho desaparecía enteramente debajo de una enorme verruga, de aquellos dientes desparramados sin orden como las almenas de una fortaleza; de aquel labio calloso sobre el cual se adelantaba un diente como el colmillo de un elefante: de aquella barba retorcida y, sobre todo, de la fisonomía derramada sobre toda aquella mezcla de malicia: de asombro y de tristeza. Imagínese el lector, si puede, este conjunto». Pero, por muy lograda que sea esta descripción desde el punto de vista poético y visual, le falta aquella naturalidad que llegaría con las corrientes realista y naturalista. Los representantes de estos movimientos describen lo que ven, poco importa que la persona sea guapa o fea, normal o singular, y por lo tanto, las personas con diversidad funcional tienen su sitio en esta literatura, como partes integrantes de la sociedad.

Ilustración: Gallica.

Charles Baudelaire – Les Aveugles, ilustración de Paul Balluriau (189?)

Charles Baudelaire – Les Aveugles, ilustración de Paul Balluriau (189?)

La destreza y la soledad de las personas discapacitadas, la compasión que inspiran, también van a ser fuentes de inspiración para numerosos poetas. Desde los primeros románticos de finales del siglo XVIII hasta los simbolistas o los artistas más cercanos al realismo, una pléyade de poetas han declinado en versos las diferentes diversidades funcionales: William Blake (Blind-Man’s Buff, 1783), Johann Wolfgang von Goethe (Blinde Kuh, 1789), William Wordsworth (The Prelude, audiolibro en inglés, 1798), John Keats (To Homer, 181?), Percy Bysshe Shelley (The Triumph of Life, audiolibro en inglés, 1822), Émile Souvestre (L’Aveugle et son chien, 1825), Charles Baudelaire (Les Aveugles, audiolibro en francés, 1861), Vicente Barrantes (Perico el ciego, 1865), Théodore de Banville (L’Aveugle, 1867), Tristan Corbière (Cris d’aveugle, Rapsodie du sourd, 1873), Emily Dickinson (Who saw no sunrise cannot say, 189?), Théophile Gautier (L’Aveugle, 1890), Maurice Rollinat (L’Aveugle, Le Sourd, Le Mutilé, 1899), Stephen Crane (I stood musing in a black world, publicación póstuma en 1905)…

Ilustración: Gallica.

Antonio Fabrés – La Ramilletera (1885)

Antonio Fabrés – La Ramilletera (1885)

«Caballeros, aquí vendo rosas;
frescas son y fragantes a fe:
oigo mucho alabarlas de hermosas,
eso yo, pobre ciega, no sé.
Para mí ni belleza ni gala
tiene el mundo, ni luz ni color;
mas la rosa del cáliz exhala,
dulce, un hálito, aroma de amor.
Cierra, cierra tu cerco oloroso,
tierna flor, y te duele de mí,
no en quitarme tasado reposo
seas cándida cómplice así
Me revelas el bien de quien ama,
otra dicha negada a mi ser;
debe el pecho apagar una llama
que no puede en los ojos arder.
Tú, que dicen la flor de las flores,
sin igual en fragancia y matiz,
tú la vida has vivido de amores,
de Favonio halagada feliz.
Caballeros, compradle a la ciega
esa flor que podéis admirad;
la infeliz con su llanto la riega;
ojos hay para sólo llorar.»
La Ramilletera ciega (p.26), Juan María Maury (1772-1845)

Ilustración: Hemeroteca Digital de España.

Ilya Repin – Jorobado (1880)

Ilya Repin – Jorobado (1880)

Para los grandes autores del siglo XIX, las personas discapacitadas son las víctimas de una sociedad estrecha, egoísta y codiciosa que obliga a los que no tienen los medios (sean económicos o físicos) a vivir una existencia reducida. En el caso de las personas con discapacidad, esto se traduce en varios factores: la posibilidad de compensar la invalidez con la inteligencia o el carácter, una voluntad de ocultar la discapacidad, un sentimiento de culpabilidad por depender de los otros, la piedad que frena la comprensión y la integración social. A través de sus personajes, principales o secundarios, autores de la talla de Charles Dickens, Fiódor Dostoyevski, León Tolstói, Gustave Flaubert o Émile Zola, en su voluntad de descripción literaria objetiva y sin piedad, propagan su sentimiento según el cual una vida con discapacidad no vale la pena ser vivida…

Ilustración: Wikiart.

La crueldad de la vida cotidiana

Charles Dickens: la literatura como arma contra la discriminación social

Charles Dickens, retratado por Antoine Claudet en 1852

Charles Dickens, retratado por Antoine Claudet en 1852

Rebosante de personajes afligidos por la miseria, la enfermedad o la injusticia, el conjunto narrativo de Charles Dickens (1812-1870) constituye un amplio abanico de denuncias sociales; el famoso autor inglés ha sabido, gracias a su gran popularidad, concienciar a sus conciudadanos sobre la marginación social y la falta de atención médica de la que eran víctimas las personas con diversidad funcional. A diferencia de sus contemporáneos, y aparte de alguna excepción, Dickens se alejó del arquetipo del monstruo y de la discapacidad como castigo divino y ofreció una mirada progresista y llena de empatía a través de unos hermosos retratos de estas víctimas tan vulnerables en su época. Su compromiso social, que aún tiene eco en nuestra sociedad, iba más allá de la literatura: Dickens no dudaba en socorrer a los más pobres, en visitar frecuentemente los hospitales y asilos, y estableció amistades muy estrechas con algunos de los reformadores y médicos de la época.

Dos grandes perfiles de protagonistas destacan: por una parte, las víctimas inocentes, en general niños, destinadas a atraer la simpatía del lector, y por otra, los personajes corruptos cuya malformación física no es más que una prolongación física de su depravación moral. De hecho, Dickens suele recurrir a menudo al accidente cerebro-vascular y a la parálisis para castigar a sus protagonistas por sus faltas morales, y la silla de ruedas se convierte en su obra en una metáfora potente del encarcelamiento como forma de justicia retributiva.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Los personajes de los libros de Charles Dickens, grabado anónimo del S.XIX

Los personajes de los libros de Charles Dickens, grabado anónimo del S.XIX

Ilustración: Wikimedia Commons.

Charles Dickens – Nicholas Nickleby, ilustración de Phiz (1839)

Charles Dickens – Nicholas Nickleby, ilustración de Phiz (1839)

The Life and adventures of Nicholas Nickleby, containing a faithful account of the fortunes, misfortunes, Uprisings, downfallings and complete career of the Nickleby Family (Vida y aventuras de Nicholas Nickleby, con un relato digno de fe de las buenas y malas fortunas, de los éxitos y fracasos y la completa carrera de la familia Nickleby, audiolibro en inglés, 1838-1839), tercera gran novela de Dickens, es considerada como el prototipo de la novela dickensiana. La intriga, enrevesada y llena de peripecias, se centra en el personaje de Nicholas, joven de carácter honrado e independiente, que hereda la responsabilidad de mantener a su madre y a su hermana pequeña, al morir su padre. Publicada por entregas entre 1838 y 1839, Nicholas Nickleby conoció de inmediato un éxito fulgurante. El entusiasmo del público se debió en gran parte a las descripciones de la escuela de Yorshire, en la que Nicholas es contratado como repetidor. El director de la escuela, Wackford Squeers, un siniestro tuerto, acoge en su institución a los hijos no deseados (por ser ilegítimos o discapacitados) a cambio de unas tasas exorbitantes. No contento con extorsionar a las familias, el cruel maestro, acompañado por su esposa y su obeso hijo malcriado, maltrata a los pequeños, pegándolos y haciéndoles pasar hambre. Las escenas y descripciones de la escuela de Squeers se inspiran en las visitas que efectuó Dickens a varias instituciones de la región de Yorkshire en compañía de su amigo e ilustrador Hablot Knight Browne (1815-1882), conocido bajo el pseudónimo de Phiz.

Ilustración: Internet Archive.

Charles Dickens – Wackford Squeers, en Nicholas Nickleby, ilustración de Phiz (1839)

Charles Dickens – Wackford Squeers, en Nicholas Nickleby, ilustración de Phiz (1839)

«El aspecto exterior del Sr. Squeers no decía mucho a su favor. Sólo tenía un ojo, y no sé si es un prejuicio, pero en general, la gente prefiere tener uno más. El ojo que poseía sin duda tenía su utilidad, pero no era para nada un ojo decorativo, porque era de un color verde gris y de una forma que recordaba aquellos montantes acristalados en forma de abanico que coronan la puerta de entrada de nuestras casas. La esquina arrugada del ojo le daba una fisionomía siniestra, sobre todo cuando quería sonreír, porque entonces su expresión se volvía traidora y falsa. Tenía el pelo liso y brillante, salvo en la frente, que tenía baja y protuberante, en la que el cabello se erguía tan tieso como un cepillo; el conjunto estaba en armonía con su voz áspera y sus maneras groseras. Podía tener entre cincuenta y cincuenta y tres años; era un poco más bajo que la media. Llevaba en el cuello una corbata blanca de largos extremos; su traje escolástico era completamente negro, pero las mangas de su hábito eran demasiado largas y las piernas de sus pantalones demasiado cortas. No se le veía cómodo en sus prendas, y parecía, más que nada, siempre sorprendido de verse tan bien arreglado.»

Ilustración: Wikimedia Commons.

Charles Dickens – The Old Curiosity Shop, ilustración de C. Green (1876)

Charles Dickens – The Old Curiosity Shop, ilustración de C. Green (1876)

Si la figura de Wackford Squeers anuncia otras figuras emblemáticas de crueles directores de escuela u orfanato (el Sr. Bumble en Oliver Twist, la Sra. Pipchin en Dombey and son, …), pocos de los malvados nacidos en la fecunda imaginación de Dickens son tan repugnantes como Daniel Quilp. La deformidad del cuerpo de Daniel Quilp, enano con una cara de gigante, no es nada en comparación con la deformidad de su carácter, con su crueldad y su maldad extremos, su sadismo sin límites, sin esperanza de redención. No contento por contribuir a la ruina del abuelo de la pequeña Nell, dueño de una tienda de antigüedades, de apropiarse de sus bienes y de perseguirlos a través de todo el país, este cruel usurero maltrata a todos los que lo rodean, empezando por su esposa, tímida y asustadiza mujer, y su suegra, una anciana arisca que se opone a sus decisiones… ¡en su ausencia! Entre road movie y novela picaresca, The Old Curiosity Shop (La Tienda del anticuario, adaptación española para la juventud, audiolibro en inglés, 1840-1841), es la trágica historia de la angelical Nell y de su abuelo, rodeados de misterio y arruinados, condenados a vagabundear por las carreteras de Inglaterra… En su camino cruzará toda una galería de personajes pintorescos o grotescos, los unos, buenos, que les ayudarán; los otros, malos, que dificultarán su huída, algunos con unas características físicas particulares como el generoso Sr. Garland con su pie zambo, un simpático titiritero de piernas cortas, un sepulturero sordo o The Marchioness (La Marquesa), una joven criada con aspecto de anciana marchitada. El terrible desenlace, con la muerte de la pequeña y de su abuelo, provocó unas reacciones muy vivas por parte de los lectores; ¡algunos llegaron a suplicar al autor de mantener a Nell en vida, otros guardaron el duelo por este personaje de novela!

Ilustración: Internet Archive.

Charles Dickens – The Old Curiosity Shop (1840)

Charles Dickens – The Old Curiosity Shop (1840)

«De nuevo, se puso a rascarse la cabeza y a roerse las uñas. Durante esta operación, sus rasgos cogieron lo que para él quería ser una sonrisa amistosa, pero que para cualquier otra persona era una mueca siniestra: la niña, levantando la mirada hacia él, se dio cuenta de que la observaba con un interés y complacencia muy especiales.
– Está usted preciosa hoy, Nelly, preciosa. ¿Se encuentra cansada, Nelly?
– No, señor. Tengo prisas de volver a casa; porque estará preocupado hasta mi regreso.
– No hay prisa, pequeña Nelly, no hay prisa. Nelly, ¿le gustaría ser mi número dos?
– ¿Ser qué, señor?
– Mi número dos, Nelly, mi «segunda mistress Quilp»?…
La niña tuvo un escalofrío, pero no pareció entender. Al darse cuenta, Quilp se apresuró a explicarle más detalladamente su idea: « Ser la segunda mistress Quilp, cuando la primera mistress Quilp haya muerto, mi dulce Nelly, dijo Quilp apuntando sus ojos sobre ella y atrayéndola hacia él, haciéndole señas con el dedo para que se acerque. Sí, ser mi esposa, mi pequeña esposa de mejillas rojas y de labios púrpuros. Supongamos que mistress Quilp viva cinco años más, o incluso solo cuatro, tendrá usted entonces, justo la edad que me convenga. ¡Ja! ¡Ja! Sea una niña buena, Nelly, sea una niña buena, y ya verá si un día de éstos, no será usted Mistress Quilp de Tower-Hill.»

Ilustración: Internet Archive.

Charles Dickens – A Christmas Carol, ilustración de Arthur Rackham (1915)

Charles Dickens – A Christmas Carol, ilustración de Arthur Rackham (1915)

Entre cuento de Navidad, cuento de terror y panfleto de crítica social, A Christmas Carol (El Cántico de Navidad, audiolibro en inglés, 1843) ha quedado como la obra más famosa de Dickens. Calificado como su obra más perfecta, este relato está protagonizado por el anciano avaro y egoísta, Ebenezer Scrooge. Una noche de Navidad, en la que se ha mostrado más tacaño que nunca, recibe la visita del fantasma de su antiguo socio Marley, condenado a vagar eternamente arrastrando una larga y pesada cadena que representa todos los actos de avaricia y egoísmo que cometió en vida. Marley le advierte a Scrooge que le espera el mismo tipo de condena eterna, a no ser que cambie pronto su comportamiento. Tres espíritus de Navidad le van a enseñar el camino a lo largo de la noche… Entre las escenas que le van a enseñar estos espíritus, la primera que va a emocionar a Scrooge será la visión su empleado Bob Cratchit que, junto con su familia, se prepara a celebrar la Navidad felizmente, a pesar de su extrema pobreza y de la enfermedad de su hijo Tiny Tim, pequeño santo discapacitado que la miseria condena a la muerte, y que sin embargo tiene bastante amor en el corazón para pedir la bendición de Dios para toda la familia. Tanto amor y tanta humanidad harán tambalear la determinación de Scrooge… Un cuento para adultos en el que será necesaria – síntoma de la poca confianza que tenía Dickens en la bondad del hombre – la intervención de lo sobrenatural para convertir el duro capitalista en un hombre bueno…

Ilustración: Internet Archive.

Charles Dickens – A Christmas Carol, ilustración de Hazel Frazee (1922)

Charles Dickens – A Christmas Carol, ilustración de Hazel Frazee (1922)

«A poco hicieron su entrada el pequeño Bob y el padre Bob; éste con un tapaboca que le colgaba lo menos tres pies por delante, sin contar la franja. Su traje aunque raído estaba perfectamente arreglado y cepillado para honrar la fiesta. Bob llevaba a Tiny Tim en los hombros, porque el pobre niño, como raquítico que era, tenía que usar una muleta y un aparato en las piernas para sostenerse.
– ¿Dónde está nuestra Marta? preguntó Bob mirando a todos lados.
– No viene, dijo Mrs. Cratchit.
– ¡Que no viene! exclamó Bob poseído de un abatimiento repentino, y perdiendo de un golpe todo el regocijo con que había traído a Tiny Tim de la iglesia como si hubiera sido su caballo. ¡No viene para celebrar la Navidad!
Marta no pudo resistir verlo contrariado de aquella manera, ni aun en chanza, y salió presurosa del escondite donde se hallaba detrás de la puerta del gabinete, para echarse en brazos de su padre, mientras que los dos pequeños se apoderaban de Tiny para llevarlo al cuarto de lavado, a fin de que oyese el hervor que hacía el pudding dentro del perol.
– ¿Qué tal se ha portado el pequeño Tiny? preguntó Mrs. Cratchit después de burlarse de la credulidad de su marido, y que éste hubo abrazado a su hija.
– Como una alhaja y más todavía. En la necesidad en que se encuentra de estar mucho tiempo sentado y solo, la reflexión madura mucho en él, y no puedes imaginarte los pensamientos que le ocurren. Me decía, al volver, que confiaba en haber sido notado por los asistentes a la iglesia, en atención a que es cojo y a que los cristianos deben tener gusto de recordar, en días como este, al que devolvía a los cojos las piernas y a los ciegos la vista.
La voz de Bob revelaba una intensa emoción al repetir estas palabras: aun fue mayor cuando añadió que Tiny se robustecía de cada vez más.»

Ilustración: Internet Archive.

Charles Dickens – Bleak House, ilustración de Phiz (1853)

Charles Dickens – Bleak House, ilustración de Phiz (1853)

Bleak House (Casa desolada, Tomo 1, Tomo 2, audiolibro en inglés, 1852-1853), una de las más importantes obras de Dickens, mordaz sátira del sistema judicial de Inglaterra, está protagonizada por una larga galería de personajes con algún tipo de enfermedad o de diversidad funcional: asma, gota, epilepsia, sordera, invalidez, parálisis, senilidad, desfiguración… Curiosamente, el tratamiento de la discapacidad en esta novela nunca es totalmente realista ni totalmente satírico. Phil Squod, leal y honrado criado es un anciano cojo y desfigurado a consecuencia de diversos accidentes. En cuanto a los miembros de la familia Smallweed, los dos abuelos y sus nietos, los mellizos Bart y Judy, presentan unas características físicas muy peculiares. El envejecimiento prematuro y la baja estatura de los dos nietos serían, según expertos en neurología, síntomas de progeria. Grandmother Smallweed, la anciana, sufre de demencia senil. Pero el personaje estrella de la familia es, sin duda, Grandfather Smallweed, sordo y de piernas cortas y atrofiadas que no aguantan el resto del cuerpo y probablemente víctima de distrofia muscular de cinturas – enfermedad provocada por una mutación del mismo gen que se encuentra involucrado en la progeria. Es incapaz de mantenerse recto en su silla y el menor esfuerzo físico (como por ejemplo tirarle un cojín a su esposa) lo deja sin fuerzas, como una marioneta desarticulada (el apellido Smallweed se podría traducir por «pequeño pelele»). No se separa de su sillón, no solo a causa de su invalidez (tiene dos portadores a su disposición para desplazarlos a él y al sillón), sino también porque esconde su tesoro en un cajón debajo del asiento, protegido por sus pequeñas piernas. Usurero cruel y sin piedad, Grandfather Smallweed es de estos personajes antipáticos y grotescos tan típicos de las novelas de Dickens, que amenaza o engatusa según la ocasión para llegar a sus fines, y siempre disfruta arruinando a los demás.

Ilustración: Internet Archive.

Charles Dickens – Bleak House, ilustración de Phiz (1853)

Charles Dickens – Bleak House, ilustración de Phiz (1853)

«El amo y el criado se ven interrumpidos al cabo de un rato por unos pasos en el corredor, pasos que suenan de forma rara y denotan la llegada de visitantes desusados. Esos pasos, que van acercándose cada vez más a la galería, introducen en ella a un grupo que a primera vista lo hacen irreconciliable con cualquier fecha que no sea la del 5 de noviembre. Está formado por una figura fláccida y fea transportada en una silla por dos personas, acompañada de una mujer flaca con una cara de máscara afilada, de la cual cabría esperar que se pusiera inmediatamente a recitar los versos populares conmemorativos de la época en que ayudaron a crear la explosión que haría despertar a la Vieja Inglaterra, salvo que mantiene la boca firme y desafiantemente cerrada cuando la silla queda en tierra, en cuyo momento la figura contenida en la silla jadea:
– ¡Ay, Dios mío! ¡Ay de mí!, y añade:
– ¿Cómo está usted, amigo mío? ¿Cómo está usted?
El señor George discierne entonces, en la procesión, al venerable señor Smallweed, que ha salido a tomar el aire, asistido por su nieta Judy como guardaespaldas.
– Señor George, mi querido amigo, aceza el Abuelo Smallweed, apartando el brazo derecho del cuello de uno de sus porteadores, a quien casi ha estrangulado por el camino, ¿cómo estamos? Veo que le sorprende verme, mi querido amigo.
– No me hubiera sorprendido más ver a su amigo de la City, replica el señor George.
– Salgo muy poco, jadea el señor Smallweed. Hace meses que no salía. Me resulta incómodo… y sale caro. Pero tenía muchas ganas de verle, mi querido señor George. ¿Cómo está usted, señor mío?»

Ilustración: Internet Archive.

Charles Dickens – Little Dorrit, ilustración de J. Mahoney (189?)

Charles Dickens – Little Dorrit, ilustración de J. Mahoney (189?)

La más política de las novelas de Dickens, Little Dorrit (La Niña Dorrit, audiolibro en inglés, 1855-1857), es también la que más se focaliza en torno a la discapacidad. Acerba crítica de las instituciones del reino y de la burocracia, dura denuncia de las condiciones laborales en la industria, Little Dorrit utiliza el tropo de la discapacidad para poner el acento sobre las dolencias sociales y económicas que amenazan Londres. Por una parte, Dickens juega con el lenguaje de la discapacidad – en principio reservado a las personas, o en todo caso, a los animales – para describir objetos inanimados: encontramos por ejemplo una «mesa mutilada» o un «armario lisiado», muebles de una casa destartalada que se apoya sobre «media-docena de gigantescas muletas». Como es habitual en la obra de Dickens, las páginas de Little Dorrit albergan personajes secundarios con características físicas fuera de lo «normal»: desde la obesa Flora Finching, hasta Maggy, la amiga disminuida mental de la pequeña Dorrit, «cerca de veintiocho años, de rasgos espesos, pies grandes y grandes manos, grandes ojos y sin pelo», pasando por el contrabandista John Baptist Cavalletto, herido en una pierna a consecuencia de un accidente. Pero el personaje discapacitado estrella de la novela es Mrs Clennam, mujer arisca que tiene relaciones tormentosas con su hijo Arthur. Aquejada de reuma y de trastornos nerviosos, no ha salido de su habitación en doce años, recluida al espacio que le permite recorrer la escasa movilidad de su silla de dos ruedas. Pero su discapacidad no es más que la vertiente física de un malestar religioso y moral, que condena a Mrs Clennam a la inmovilidad y la rigidez: no logra olvidar, y menos perdonar, el terrible y humillante secreto que le fue impuesto como condición a su matrimonio con el Sr. Clennam.

Ilustración: Internet Archive.

Charles Dickens – Little Dorrit, ilustración de Phiz (185?)

Charles Dickens – Little Dorrit, ilustración de Phiz (185?)

«Arthur le siguió por la escalera, cuya pared estaba cubierta de paneles semejantes a lápidas mortuorias, y llegó a un sombrío dormitorio, cuyo suelo se iba inclinando gradualmente hasta dejar la chimenea en el fondo. En ese fondo, sentada en un sofá negro, con la espalda apoyada en un almohadón, hallábase la madre de Arthur vestida como corresponde a una viuda. Los padres de Arthur habían vivido en común desacuerdo desde que el señor Clennam podía hacer memoria. Permanecer sentado entre los dos, silencioso, mirándoles atemorizado había sido la más apacible de las ocupaciones de su infancia. Al entrar su madre le dio un beso frío y le alargó cuatro dedos enguantados de estambre. Hecho esto, Arthur se sentó al lado de un velador colocado cerca de su madre. Había fuego en la chimenea, exactamente igual como lo había habido quince años atrás. También había un olor a tintes negros en el ambiente negro, esparcidos tal vez desde hacía quince años por el vestido de la viuda y por el sofá.
-Madre, esto no se parece a tus antiguos hábitos de actividad.
-El mundo se ha reducido a esta habitación, Arthur, replicó ella, mirando a su alrededor. Hice bien en no aficionarme a sus vanidades.
-¿No sales nunca, madre?
-Con mi reumatismo y mis nervios, he perdido el uso de las piernas. No salgo nunca de esta habitación. No he traspasado ese umbral desde… Dígale cuánto tiempo hace -ordenó a alguien por encima de su hombro.
-Doce años en la próxima Navidad – contestó una voz cascada desde el otro lado del canapé.»

Ilustración: Internet Archive.

Charles Dickens – Our mutual friend (1865)

Charles Dickens – Our mutual friend (1865)

Última novela acabada de Dickens, Our mutual friend (Nuestro común amigo, audiolibro en inglés, 1864-1865) ofrece, como Bleak House y Little Dorrit, una denuncia panorámica de la sociedad inglesa, fracturada por la división de clases, la codicia, la incompetencia del poder, el despilfarro de la vida urbana y materialista y las relaciones de depredación entre los humanos. Dos personajes entrañables completan la galería de lisiados dickensianos. Jenny Wren, que ha cambiado su verdadero nombre de Fanny Cleaver (cleaver significa cuchilla, mientras que wren es el reyezuelo), es una joven inválida que tiene la espalda rota pero que, lejos de convertirse en una persona lastimosa y a cargo de su familia, ha sabido, gracias a su carácter luminoso y soñador, hacer frente a la adversidad. Costurera, se gana la vida haciendo trajes para muñecas y cuida de su padre infantilizado por el alcohol. Gracias a su imaginación llena de poesía y a su sentido de lo artístico, Jenny enseñará a las personas que se le acercarán a ver más allá de lo estrictamente material para descubrirse a sí mismos y encontrar su lugar en la vida, un lugar en armonía, casi agradable, en aquella sociedad turbia. Este pequeño ángel de la guardia encontrará finalmente la felicidad y el amor en la persona de Sloppy, el ebanista deforme e inocente, fusionando sus discapacidades para iniciar una hermosa historia de amor…

Ilustración: Internet Archive.

Charles Dickens – Our mutual friend, ilustración de Marcus Stone (1865)

Charles Dickens – Our mutual friend, ilustración de Marcus Stone (1865)

« – Creo, prosiguió la pobre chica, que mis pájaros cantan mejor y que mis flores tienen mejor perfume que las de los otros, porque, cuando era pequeña (al oírla, parecía que hacía de eso más de un siglo), los niños que veía cuando me despertaba no se parecían a todos los que vi desde entonces. No eran como yo, no tenían frío, no eran harapientos, no eran maltratados, nunca enfermos. No me hacían temblar como los otros, chillando de manera aguda, y no se burlaban de la gente. Había muchos, muchos, todos con ropa blanca, con algo brillante en la cabeza y al final de su vestido ; nunca he podido imitarlo, aunque lo tenga todavía delante de los ojos. Bajaban en largas filas centelleantes que pasaban delante de mí como una guirnalda sesgada, y, todos a la vez, preguntaban: «¿Quién es esa que sufre?» Entonces les decía mi nombre. «Ven a jugar con nosotros», decían, y cuando les contestaba que nunca jugaba, se ponían a llorar y volvían a por mí, y tomaba mi vuelo junto con ellos. ¡Qué bien me encontraba! Y qué descanso más dulce hasta el momento en el que me acompañaban de vuelta hasta aquí, diciendo, todos a la vez: «Sé paciente, volveremos». Antes de verlos, sabía que habían vuelto, porque les oía repetir: «¿Quién es esa que sufre?» Y gritaba: «¡Niños benditos! Soy yo, venid pronto a recogerme para que vaya a volar con vosotros.»
Poco a poco la mano se había alzado, el éxtasis había vuelto, la pobre lisiada era de una belleza radiante. Así permaneció un momento, atenta, una sonrisa en los labios.»

Ilustración: Internet Archive.

Charles Dickens – Our mutual friend, ilustración de Marcus Stone (1865)

Charles Dickens – Our mutual friend, ilustración de Marcus Stone (1865)

Con su pata de palo, Silas Wegg, el charlatán callejero de Our mutual friend, bien podría ser un protagonista de novela picaresca del Siglo de Oro español. No contento con haber sido contratado por el nuevo rico y analfabeto Nicodemus Boffin para que le lea y le enseñe a leer y buenos modales para moverse en sociedad, Wegg intenta chantajearle… A pesar de su villanía y de sus intenciones maliciosas, este parásito social no deja de ser un personaje entrañable: si es a menudo el protagonista de escenas cómicas, cuando no ridículas, en ningún momento Dickens utiliza su invalidez como motivo de burla. Al contrario, el autor respeta el sufrimiento oculto de Silas Wegg y sabe suscitar en los sentimientos de sus lectores algo de compasión hacia este hombre cuya principal obsesión es poder recuperar su pierna amputada. Sus escasos recursos de cantante callejero no le permitieron antaño más que una prótesis barata. Pero al mejorar sus «esperanzas» gracias a su relación con Boffin, en vez de comprar una prótesis nueva, de corcho, más ligera y cómoda, prefiere aspirar a una promoción social y acceder al título de gentleman. Y el primer paso para eso es recuperar su pierna, adquirida por un taxidermista junto con un lote de diversos «materiales» humanos procedentes de un hospital… Esta pierna tiene tanta importancia para Wegg que se identifica con ella, hablando de ella en primera persona. Más allá de la interpretación psicoanálitica, la historia de la pierna de Wegg es un interesante testimonio de una tendencia muy en boga en el siglo XIX: la posibilidad de comercializar cualquier cosa e incluso de considerar el cuerpo humano como una cosa vendible…

Ilustración: Internet Archive.

♦♦♦♦♦

Charles Dickens – Dombey and son, ilustración de Fred Barnard (1883)

Charles Dickens – Dombey and son, ilustración de Fred Barnard (1883)

Aunque existen testimonios aislados de la existencia de sillas de ruedas en épocas remotas (en China antigua, o una silla con ruedas pequeñas diseñada para el rey Felipe II de España), es en la Inglaterra de finales del siglo XVIII que aparecieron las primeras sillas de ruedas destinadas al transporte de personas enfermas o inválidas. Artilugios pesados y difíciles de manejar, no gozaron de mucha popularidad pero, gracias a los avances tecnológicos, fueron mejorando su diseño y su ergonomía y se convirtieron en los sofisticados accesorios que conocemos hoy en día. Cuando Dickens escribió sus novelas más famosas, las sillas de ruedas ya llevaban circulando casi un siglo y su uso se había popularizado lo suficiente como para que el autor hiciera de ellas un objeto recurrente en su obra. La introducción de la silla de ruedas en diferentes contextos sociales, con usuarios muy distintos unos de otros, en circunstancias que evolucionan desde lo trágico hasta lo grotesco, fue para Dickens una manera de luchar contra los prejuicios que pesaban sobre las personas discapacitadas y de participar a su aceptación social.

Ilustración: Internet Archive.

Charles Dickens – Dombey and son, ilustración de Phiz (1896)

Charles Dickens – Dombey and son, ilustración de Phiz (1896)

Además de un garfio de metal, sustituto de la mano de un capitán de marina jubilado, dos sillas de ruedas circulan por las páginas de Dombey and Son (Dombey e hijo, audiolibro en inglés, 1846-1848), séptima novela y obra de la madurez de Dickens, novela sobre el orgullo desmesurado de un padre y sus altas ambiciones para su hijo, despreciando el amor incondicional de su hija mayor. El pequeño Paul (el hijo del orgulloso Sr. Dombey), muy delicado de salud, utiliza, cuando está enfermo y no tiene fuerzas para caminar, una silla de ruedas para acompañar a su hermana en sus paseos cerca del mar. A las antípodas del inocente y cándido Paul, el personaje de la Sra. Skewton utiliza para desplazarse una silla de ruedas como muestra de riqueza y de estatus social. Desde su peluca hasta su silla de ruedas, esta madre mercenaria se ha construido una imagen falsa y ha educado a su hija en el cálculo y la intriga con un único objetivo: encontrar un marido rico que asegure el futuro de su hija… ¡y el suyo propio!

Ilustración: Internet Archive.

Charles Dickens – Great Expectations, ilustración de Charles Green (1899)

Charles Dickens – Great Expectations, ilustración de Charles Green (1899)

La vida de Miss Havisham se detuvo el día previsto para su boda, en el momento en el que, vestida de novia y medio calzada, recibió una carta de su prometido anunciándole que rompía el compromiso… Miss Havisham ha envejecido recluida en su habitación, junto con su tarta nupcial que nunca fue retirada y sin siquiera quitarse el vestido y el único zapato blancos. Determinada a vengarse de todos los hombres, coge a su servicio el joven Pip, el protagonista principal de Great Expectations (Grandes Esperanzas, audiolibro en inglés, 1860-1861), como chico de compañía para ella y Estella, su hija adoptiva e instrumento de su venganza, de una gran belleza y desprovista de todo sentimiento, educada para destrozar el corazón de los hombres que se cruzan en su camino. Aunque Miss Havisham no es inválida, necesita apoyarse sobre Pip para caminar, hasta que se le ocurre utilizar una silla de jardín con ruedas, que el pequeño deberá empujar…

Ilustración: Internet Archive.

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Charles Dickens – Chops, en Going into society, ilustración de E.A. Abbey (1876)

Ilustración: The Victorian Web.

Además de todos estos personajes con papeles consistentes en sus novelas más famosas, Charles Dickens ha creado una infinita galería de protagonistas discapacitados, algunos secundarios o figurantes de sus grandes novelas, y otros de más peso en varios cuentos menos conocidos.

Charles Dickens - Memoirs of Joseph Grimaldi, ilustración de George Cruikshank (1853)

Charles Dickens – Memoirs of Joseph Grimaldi, ilustración de George Cruikshank (1853)

  • Thomas Burton, proveedor de la comida de los gatos de diversas autoridades municipales, cuya pata de palo se desgasta demasiado pronto al caminar por las calles, en The Posthumous Papers of the Pickwick Club (P, Tomo 1, Tomo 2, Tomo 3, audiolibro en inglés, 1836-1837). Una interesante reflexión acerca de los beneficios comparados de las pata de palo de segunda mano y de las nuevas, y del efecto del consumo de agua mezclada con ginebra sobre el desgaste prematuro de este accesorio…
  • Joseph Grimaldi, el famoso payaso inglés (1778-1837) cuya autobiografía, dictada poco tiempo antes de morirse, fue recuperada, transcrita y novelada por un joven Dickens. El resultado se publicaría en 1838, bajo el pseudónimo de Boz, Memoirs of Joseph Grimaldi (Memorias de Joseph Grimaldi). El payaso se retiró de los escenarios en 1823, a los 45 años, tan debilitado por una sucesión de enfermedades que debió dar su último espectáculo sentado en una silla. Terminó su vida inválido y arruinado.

Ilustración: Internet Archive.

Charles Dickens – Mugby Junction, edición francesa ilustrada por J. Aufray (1879)

Charles Dickens – Mugby Junction, edición francesa ilustrada por J. Aufray (1879)

Ilustración: Gallica.

  • Rosa Dartle, la solterona vengadora y sarcástica, excesivamente flaca y con una cicatriz en el labio, Miss Mowcher, la peluquera y manicura itinerante y enana, y Tungay, el encargado del mantenimiento de la escuela de Salem House, con su pata de palo, que se dedica a maltratar a los alumnos en David Copperfield (texto en español, audiolibro en inglés, 1850).
  • El Major Tpschoffki, o Chops, el ambicioso y misántropo enano deseoso de hacerse un lugar en la alta sociedad londinense, en el cuento Going into society (En sociedad, 1858).
  • Therese Ray, la angelical joven condenada a desplazarse con muletas, en el tercer cuento de Mrs Lirriper’s Legacy (La Herencia de la Sra Lirriper, 1864). Titulado Another part lodger relates his experience as a poor relation (Otro huésped relata su experiencia como pariente pobre), este cuento de Navidad es una versión dickensiana de Cenicienta
  • Phœbe, la paralítica hija de un trabajador de la compañía de ferrocarril en Mugby Junction (El Empalme ferroviario de Mugby, audiolibro en inglés, 1865), en el que el narrador deberá elegir entre siete destinos posibles o… ¡quedarse!
Charles Dickens – David Copperfiel, Miss Mowcher, ilustración de Frank Reynolds (1911)

Charles Dickens – David Copperfiel, Miss Mowcher, ilustración de Frank Reynolds (1911)

Ilustración: Internet Archive.

Charlotte Brontë – Jane Eyre, ilustración de F.H. Townsend (1847)

Charlotte Brontë – Jane Eyre, ilustración de F.H. Townsend (1847)

Charlotte Brontë (1816-1855) publicó su obra cumbre, Jane Eyre (Jane Eyre, audiolibro en inglés), en 1847 bajo el pseudónimo de Currer Bell. Novela compleja, presenta la trayectoria de una mujer que, después de ver cómo su vida es gobernada por distintos hombres, elige dirigir su propio destino y obedecer a sus propias decisiones. Una de ellas será la de volver al castillo de Thornfield-Hall, cerca de Edward Rochester, el hombre al que nunca dejó de amar, a pesar del terrible secreto que había intentado ocultarle para poder casarse con ella. Pero regresará para descubrir que el castillo ha sido destruido por un incendio y que Rochester ha perdido la vista y una mano en su lucha contra las llamas. Castigado por el destino, vive aislado, malhumorado, en la añoranza de Jane y cuidado por unos criados ancianos. Pero el amor de la joven es más fuerte y se casará con él, convirtiéndose en los ojos de Edward, lo cual les acercará aún más el uno al otro… Otros personajes discapacitados – con movilidad reducida – aparecen en la obra de Charlotte Brontë en papeles secundarios: Henry, el primo cojo de Shirley (audiolibro en inglés, 1849), y la reumática Miss Marchmont, ama de Lucy, la protagonista de Villette (audiolibro en inglés, 1853).

Ilustración: Project Gutenberg.

Elizabeth Gaskell – Mary Barton, ilustración de C. M. Relyea (1907)

Elizabeth Gaskell – Mary Barton, ilustración de C. M. Relyea (1907)

Mary Barton, a tale of Manchester life (Mary Barton, un relato de la vida de Manchester, audiolibro en inglés, 1848), primera novela de la escritora inglesa Elizabeth Gaskell (1810-1865), es una novela social en la que la autora evoca las consecuencias de la revolución industrial y las duras condiciones de vida de los obreros en la Manchester de los años 1830-1840. Alrededor de la trayectoria de Mary Barton, joven de origen humilde, que, despreciando el amor del hombre al que quiere, coquetea con el hijo de un rico propietario de molino, con la esperanza de un matrimonio que la sacará de la pobreza, Elizabeth Gaskell recrea todo el ambiente de pobreza, desempleo y de tensiones sociales de la época victoriana. Varios personajes con discapacidad aparecen como personajes secundarios : Margaret, vecina y amiga de Mary, aquejada de catarata que progresivamente le está produciendo ceguera, la anciana Alice Wilson, ciega, sorda y víctima de un ataque de parálisis, o el obrero desfigurado con vitriolo por un huelguista por haber aceptado trabajar por un salario menor. Pero es particularmente interesante la historia de Jane Wilson, mujer delicada y frágil que quedó coja después de ser lesionada a consecuencia de un accidente en la fábrica. Además de llamar la atención sobre el tema de los riesgos laborales y de la necesidad de adecuar las instalaciones industriales para garantizar la seguridad de los trabajadores, la cojera de la señora Wilson es el pretexto para abordar un tema clave del capitalismo: el interés común que vincula estrechamente a los patronos con sus obreros. Unas condiciones de trabajo adecuadas no solo son un beneficio para los propios trabajadores, sino también para el mismo propietario, y el sufrimiento de los obreros provocará tarde o temprano el sufrimiento de los amos.

Ilustración: Internet Archive.

Elizabeth Gaskell – Mary Barton, ilustración de C. M. Relyea (1907)

Elizabeth Gaskell – Mary Barton, ilustración de C. M. Relyea (1907)

«- Desde que tuvo el accidente, no. Antes era la mujer más fuerte y lozana de Manchester.
– ¿Qué acidente, padre?
– Se enganchó en la rueda de la máquina antes de que pusieran las protecciones. Ocurrió justo cuando iba a casarse y muchos pensaron que George se lo pensaría dos veces. Pero yo sabía que no haría una cosa así. El primer sitio donde fueron en cuanto pudo andar fue la catedral; la pobre chica iba pálida y coja, y George la sujetaba con tanto cariño como una madre, andando muy despacio, y eso que había muchos jóvenes rudos que les hacían bromas. Cuando entró en la iglesia ella estaba pálida como la pared, pero antes de llegar al altar se había ruborizado. Y, a pesar de todo, ha sido un matrimonio feliz, y tengo a George por un hermano. S pierde a Jane no podrá levantar cabeza.» (Traducción de Miguel Temprano García, Alba Editorial)

Ilustración: Internet Archive.


Dinah Maria Craik y Charlotte Mary Yonge, sensibilizadoras victorianas

Desde Charles Dickens hasta Rudyard Kipling, pocos son los autores británicos del S. XIX que no han introducido protagonistas discapacitados en alguna – o varias – de sus obras, a veces en papeles principales, otras como simples figurantes. Pero pocos de ellos se atrevieron a alejarse de los tópicos (los mendigos lisiados, el rechazo de uno mismo después de sufrir un accidente que provoca la discapacidad…). Dos escritoras supieron ir más allá de estos tópicos: Dinah Maria Craik (1826-1887) y Charlotte Mary Yonge (1823 – 1901) escribieron mucho sobre la discapacidad, dirigiéndose a veces a un público juvenil; otras, a un público adulto, y sus novelas tienen un lugar aparte en la literatura sobre la discapacidad. Educadas en familias muy religiosas, sus convicciones sobre el papel de la mujer en la sociedad – muy en el tono de la época – nos pueden resultar anticuadas. No obstante, sus novelas constituyen un interesante caleidoscopio sobre el lugar de los discapacitados en la sociedad victoriana.

Dinah Maria Craik – Olive, ilustración de G. Bowers (1875)

Dinah Maria Craik – Olive, ilustración de G. Bowers (1875)

Como Jane Eyre, Olive (audiolibro en inglés, 1850) es una novela de aprendizaje en femenino que narra la trayectoria de una mujer, destinada por sus circunstancias personales y sociales a permanecer sola, soltera, sin ninguna esperanza de poder contraer matrimonio y alcanzar una posición social clara. A diferencia de Jane Eyre, que, a pesar de un físico poco agraciado, es una mujer «normal», Olive ha nacido con una deformidad vertebral que la condena a la soledad e incluso al rechazo de su propia madre, joven y hermosa esposa de un militar. Pero la actitud religiosa de Olive le ayudará a aceptar su situación, mientras que su talento como pintora le traerá cierto éxito y le permitirá sustentarse y, cuando su madre pierde la vista, cuidar de ella, reforzando una relación casi inexistente desde el nacimiento de Olive. Y, a pesar de todo, el Amor estará al final del camino… Con Olive, una de sus novelas más conocidas, Dinah Maria Craik ofrece un interesante testimonio de la situación de una mujer discapacitada en la sociedad victoriana.

Ilustración: Project Gutenberg.

Dinah Maria Craik – John Halifax, gentleman, edición ilustrada de 1890

Dinah Maria Craik – John Halifax, gentleman, edición ilustrada de 1890

Seis años después, en 1856, escribió lo que llamaríamos hoy una success story, en la que relata la trayectoria de un pobre huérfano que, a fuerza de voluntad y de trabajo, se convierte en un hombre rico e influyente: John Halifax, Gentleman (El Caballero Don Juan Jalifax, audiolibro en inglés, 1856). El narrador de la novela, Phineas Fletcher, es el mejor amigo de John Halifax. Paralítico, Phineas tiene un aspecto físico muy delicado, casi femenino, que además de contrastar con la determinación y la fuerza masculina de John Halifax, alimenta la impresión ambigua que deja al lector la admiración de Phineas por su amigo y la ternura entre ambos hombres. Algunos críticos ven en esta relación una carga homo-erótica que tampoco pasó desapercibida a los contemporáneos de Craik y que, curiosamente, la traducción al español efectuada en Nueva York en 1890 obvió y edulcoró sin demasiados escrúpulos (véase a continuación cómo la escena clave de la novela ha desaparecido de la versión española…).

Ilustración: Internet Archive.

Dinah Maria Craik – John Halifax, gentleman, edición ilustrada de 1890

Dinah Maria Craik – John Halifax, gentleman, edición ilustrada de 1890

«Me levanté y empecé a buscar mis muletas. John las encontró y me las puso en las manos, con una mirada grave y lastimosa.
– Tú no necesitas ese tipo de cosas, dije, buscando un pretexto para reírnos, porque no estaba acostumbrado a usarlas, y me sentía a menudo avergonzado.
– Espero que no las necesites para siempre.
– Tal vez no. El Doctor Jessop no está seguro, pero no importa mucho. Lo más probable es que no viva mucho tiempo.
Pues, Dios me perdone, eso era siempre mi último y mayor consuelo.
John me miró, sorprendido, preocupado y compasivo, pero no dijo nada. Lo adelanté cojeando; y me siguió a través del largo pasillo hacia la puerta del jardín. Allí hice un descanso, cansado. John Halifax me cogió suavemente por el hombro.
– Creo que, si no te importa, te podría llevar a hombros. Una vez llevé un saco de harina que pesaba unos cincuenta kilos.
Me eché a reír – tal vez era lo que quería – y, en el acto, consentí en asumir el papel del saco de harina. Me llevó a hombros – ¡qué amigo más fuerte! – y echó a trotar conmigo por el sendero del jardín. Los dos estábamos muy alegres; y aunque yo era mayor que él, me sentía, en su compañía, casi como un niño, y olvidaba mi gran debilidad y mi invalidez.» (Traducción literal del inglés)

Ilustración: Internet Archive.

Dinah Maria Mulock Craik – El Caballero Don Juan Jalifax, 1890

Dinah Maria Mulock Craik – El Caballero Don Juan Jalifax, 1890

«Me levanté para buscar mis muletas y él se apresuró a alcanzármelas, echándome una mirada como de compasión.
– Tú no necesitas esto – le dije, procurando reírme, pero afligido en el fondo porque me costaba mucho trabajo acostumbrarme a tener que usarlas.
– Vd. tampoco las necesitará en breve.
– ¡Ojalá! El Doctor Jessop así me lo asegura, pero no me ocupo de eso, pues espero no vivir mucho. Este es mi único consuelo.
Juan no me contestó, pero comprendí en su mirada cuán sinceramente me compadecía.
Nos dirigimos al jardín y allí estuvimos en incesante y alegre conversación por espacio de más de una hora, hasta que vimos acercarse a mi padre mirándome con mezcla de sorpresa y complacencia.» (Traducción de F. Ramírez, 1890)

Ilustración: Internet Archive.

Dinah Maria Mulock Craik, retratada por Hubert von Herkomer (S. XIX)

Dinah Maria Mulock Craik, retratada por Hubert von Herkomer (S. XIX)

El destino del Conde (Earl) de Cairnforth constituye el argumento de otra novela de Dinah Maria Mulock Craik dedicada a la discapacidad: A noble life (Una vida noble, 1866). El protagonista, Charles Edward Stuart Montgomerie, último Conde de Cairnforth, heredero de una gran fortuna, ha nacido lisiado, inválido, apenas capaz de aguantar la cabeza, condenado a vivir en una silla de ruedas, a depender de los demás y a observar de lejos placeres que nunca podrá conocer. A pesar de todo, es un hombre dulce y paciente, y habilitado para administrar su fortuna y sus tierras. Su decisión de nombrar a su única amiga, Helen Cardross, heredera de su fortuna no será del agrado de algún familiar ambicioso… Una novela que puede resultar incómoda por la insistencia de la autora en querer mostrar lo inválido y lo dependiente que es su protagonista…

Además de sus novelas, Dinah Maria Mulock Craik escribió también un ensayo para promover el trabajo efectuado por la Association for Promoting the General Welfare of the Blind, para mejorar la calidad de vida de los ciegos y deficientes visuales y darles educación: Blind! (Ciego!, 1861).

Charlotte Mary Yonge

Charlotte Mary Yonge

Ilustración: Wikimedia Commons.

Muy olvidada hoy en día, la escritora inglesa Charlotte Mary Yonge (1823-1901) fue no obstante una autora respetada y reconocida en su tiempo. Lewis Carroll, Anthony Trollope o C.S. Lewis, por nombrar los más conocidos, se contaban entre sus admiradores. Criada en una familia muy religiosa, fue siempre una persona comprometida, llegando a dedicar parte de los ingresos recaudados por sus novelas a obras caritativas. La diversidad funcional es un tema recurrente en su obra, que aborda aspectos complejos de la psicología de las personas discapacitadas.

Ilustración : Wikimedia Commons.

Charlotte Mary Yonge - De erfgenaam van Redclyffe, edición ilustrada holandesa de 1913

Charlotte Mary Yonge – De erfgenaam van Redclyffe, edición ilustrada holandesa de 1913

The Heir of Redclyffe (El Heredero de Redclyffe, audiolibro en inglés, 1853), su primer best seller, tuvo tanto éxito entre el público juvenil femenino que en una escena de sus Mujercitas, Louisa May Alcott cuenta como Jo March llora leyendo The Heir of Redclyffe. En este relato de la rivalidad, entre dos primos, el héroe byroniano Guy de Morville y su primo Philip, hipócrita engreído dispuesto a todo para arruinar la vida de Guy, destaca un personaje secundario, Charles, el hermano de la prometida de Guy, condenado a permanecer acostado por una artrosis de la cadera. A la vez egoísta e impaciente, sarcástico y leal, estoico y generoso, Charles es un personaje entrañable no sólo por su lucha cotidiana para vivir con un impedimento físico, sino también por su análisis mordaz y lleno de sutileza de las pasiones que animan a los que lo rodean.

Ilustración: Internet Archive.

Charlotte Mary Yonge – The Daisy Chain, ilustración de J. Priestman Atkinson (1881)

Charlotte Mary Yonge – The Daisy Chain, ilustración de J. Priestman Atkinson (1881)

Publicada en 1856, la novela The Daisy Chain no sólo consolidó la fama de Charlotte Mary Yonge, sino que nos ofrece su protagonista discapacitada más arquetípica. Herida en el accidente de carruaje que le cuesta la vida a su madre, Margaret May pierde el uso de sus piernas y poco a poco su salud se irá debilitando hasta que sucumba por las consecuencias de una grave enfermedad. The Daisy Chain es la crónica de una familia dolida, la de Margaret, sus diez hermanos y su padre – médico, siempre fuera de casa. Desde su cama, con una paciencia y una resignación angelicales, Margaret tendrá que sustituir a su madre y dirigir los asuntos de la casa y la educación de sus hermanos, en particular de Ethel, su impulsiva hermana pequeña, hasta que ésta sea capaz, a su vez, de tomar las riendas de la familia cuando muera Margaret. Con este papel de mujer inválida que, desde su habitación, dirige a su familia con una paciente sabiduría y una abnegación propia de una santa, Charlotte Mary Yonge creó una figura que se convertiría en la protagonista favorita de las novelistas de la época.

Ilustración: Internet Archive.

Charlotte Mary Yonge – The Daisy Chain, ilustración de J. Priestman Atkinson (1881)

Charlotte Mary Yonge – The Daisy Chain, ilustración de J. Priestman Atkinson (1881)

«Harry parecía reticente y desconsolado, y su hermana no tenía dudas sobre cómo el Doctor May se tomaría una falta que no había sido premeditada.
– Harry, dijo, si se enfada, aunque no creo que se enfade, ¿crees que será tan terrible como este peso que tienes en el corazón? Además, si no tienes bastante valor para hablar con él, ¿crees que serás suficientemente valiente para ser marinero?

– Lo haré, dijo Harry, y sus palabras apenas se oyeron, antes de que la mano de su padre esté en la puerta. Cogido por sorpresa por el hecho de que la prueba llegara tan pronto, Harry pensó un momento retirarse por la otra puerta; pero desistió pensando que Margaret se imaginaría que era un cobarde, no apto para ser marinero, y se hizo a la idea de que debía aguantar lo que tenía que ocurrir.
– ¿Harry aquí? Es una compañía que no esperaba.
-Harry tiene algo que decirte, papá.
– Eh, hijo, ¿qué es?, preguntó amablemente.
– Papá, he matado una perdiz. Dos amigos me hicieron alquilar una escopeta y salir a cazar con ellos el sábado pasado, dijo Harry, hablando de manera firme y valiente, ahora que se había lanzado. Solo queríamos cazar avefrías, pero una perdiz despegó, y la maté.
Hubó un silencio. Harry paró, y el Doctor May esperó, medio esperando oír que el niño se había visto obligado a esta confesión porque se encontraba en un aprieto. Margaret habló: «Y no podía estar feliz mientras no te lo dijera.»»

Ilustración: Internet Archive.

Charlotte Mary Yonge - The Clever Woman of the family, ilustración de Adrian Stokes (1902)

Charlotte Mary Yonge – The Clever Woman of the family, ilustración de Adrian Stokes (1902)

Con The Clever Woman of the Family (La Lista de la familia, 1865), Charlotte Mary Yonge, dirigida a un público adulto, entrelaza los destinos de dos mujeres, la «lista» Rachel Curtis, con sus estudios y sus ansias de emancipación, y la sabia Ermine Williams, que usa una silla de ruedas desde que tiene veinte años, poniéndolas a pie de igualdad en la carrera hacia el matrimonio para desarrollar la idea de que la discapacidad femenina es una oportunidad para escapar de las limitaciones profesionales y sociales. Ambas protagonistas evolucionan en el mundo de las letras. Pero mientras Rachel, con sus ansias de comerse el mundo y de reformar la sociedad, y sobre cuyos hombros pesan las expectaciones de la familia, no logra ser editada y acumula los fracasos, Ermine, que escribe por gusto y tiene la sabiduría de aceptar su invalidez y su posición social, se gana la vida publicando sus ensayos. Yonge invierte los papeles tradicionalmente aceptados en una novela compleja en la que la enfermedad y la discapacidad no son presentados como obstáculos al cortejo, sino más bien como catalizadores de la pareja: el prometido de Ermine ha vuelto malherido de la rebelión de la India de 1857 y los cuidados mutuos, la interdependencia entre los dos jóvenes, introduce una dimensión sensual inesperada.

Ilustración : Internet Archive.

Charlotte Mary Yonge - The Pillars of the house, ilustración de Herbert Gandy (1889)

Charlotte Mary Yonge – The Pillars of the house, ilustración de Herbert Gandy (1889)

The Pillars of the house (Tomo 1, Tomo 2, Los Pilares de la casa, 1873), una de las últimas sagas familiares de Charlotte Mary Yonge, relata los destinos cruzados de los trece hermanos Underwood a partir de la muerte de sus padres. Varios de ellos tienen una salud delicada: Felix, el mayor, ha heredado de su padre – muerto de tuberculosis – una debilidad pulmonar ; Theodore, el más pequeño de los mellizos que causaron la muerte de la madre mientras daba a luz, resultará ser sordo y disminuido psíquico. Pero con el personaje de Geraldine, con trece años al empezar la novela, Yonge nos ofrece una nueva figura de discapacitada inolvidable. Aquejada de una artrosis de cadera que limita su movilidad y acabará provocándole la amputación de un pie, el carácter de la joven es – desde el punto de vista cristiano de la autora – una nueva prueba de que el sufrimiento físico es mentalmente beneficioso. No obstante, Geraldine no es una santa inmovilizada en cama como Margaret May. Alejándose de la clausura y de las ambiciones puramente domésticas, elige seguir su vena artística, marcha a Londres para estudiar arte y, a fuerza de trabajo, llegará a exponer sus cuadros en la capital. Una vez más, Charlotte Mary Yonge nos sorprende imaginando que un hombre pueda enamorarse de una mujer como la joven pintora lisiada y, además, que Geraldine pueda rechazar el casarse con él: el matrimonio no representa para ella la seguridad de una posición social – de hecho no le interesa – y prefiere seguir con la vida que ella misma ha elegido y lo que le aporta paz y felicidad, su doble papel de hermana y de artista.

Ilustración: Internet Archive.

Gustave Flaubert – Madame Bovary, ilustración de Charles Léandre (1931)

Gustave Flaubert – Madame Bovary, ilustración de Charles Léandre (1931)

Todos conocemos a Madame Bovary (Madame Bovary, audiolibro en francés y en español, 1857), la emblemática novela de Gustave Flaubert (1820-1881) y su heroína, Emma, que sólo vive por sus sueños de ascenso social y de vida de princesas, decepcionada por la monotonía de su existencia como esposa de un humilde médico de pueblo… Pero quizás no nos hayamos fijado en la galería de personajes secundarios, todos protagonistas de origen humilde, campesinos, criados, mendigos, y en el papel que desempeñan en contrapunto con los sueños de color rosa de Madame Bovary: ellos representan la vida real, en toda su crudeza, todo lo que ella no quiere ver ni conocer pero que siempre le aparece en los momentos determinantes de su vida. En esta galería figuran dos discapacitados, ambos víctimas de la ambición obstinada de dos pequeños burgueses: el criado del albergue Hippolyte, aquejado de un pie varo, y el mendigo ciego. Operado por un Doctor Bovary deseoso de dejar su apellido en los anales de la Medicina – y de satisfacer a su esposa -, Hippolyte se verá amputado de toda la pierna, después de propagarse la gangrena, amenazando sus órganos vitales… La pierna sacrificada de Hippolyte marcará el fracaso de las ambiciones sociales de Emma, al mismo tiempo que suscitará en ella un indeleble desprecio por su marido. Y el sonido de la pierna de madera que el matrimonio Bovary le regaló al pobre chaval a modo de compensación, sonará de manera siniestra en el entierro de Emma…

Ilustración: Wikimedia Commons.

«Emma tenía muchos [zapatos] en su armario y los iba gastando poco a poco, sin que nunca Carlos se permitiese hacerle la menor observación. Así es que él pagó trescientos francos por una pierna de madera que Emma creyó oportuno regalar a Hipólito. La pata de palo estaba rellena de corcho, y tenía articulaciones de muelle, una mecánica complicada cubierta de un pantalón negro, y terminaba en una bota brillante. Pero Hipólito, no atreviéndose a usar todos los días una pierna tan bonita, suplicó a la señora Bovary que le procurase otra más cómoda. El médico, desde luego, volvió a pagar los gastos de esta adquisición. Así pues, el mozo de cuadra poco a poco volvió a su oficio. Se le veía como antes recorrer el pueblo, y cuando Carlos oía de lejos, sobre los adoquines, el ruido seco de su palo, tomaba rápidamente otro camino.»

Gustave Flaubert – Madame Bovary, ilustración de Charles Léandre (1931)

Gustave Flaubert – Madame Bovary, ilustración de Charles Léandre (1931)

Otros pasos de madera puntúan el relato de manera recurrente: son los zuecos del mendigo ciego. Presente en el trayecto de la diligencia que lleva a Emma a la ciudad, donde se reúne con su amante, el Ciego llama la atención de los viajeros para lograr alguna moneda. Su aspecto, y, posteriormente, el solo sonido de sus zuecos, le inspiran a Madame Bovary una repulsión que solo iguala su miedo: siempre presente en los viajes adúlteros de Emma, el mendigo encarna para ella el peso de la culpa.
«Había en la cuesta un pobre diablo que vagabundeaba con su bastón por en medio de las diligencias. Un montón de harapos cubría sus hombros y un viejo sombrero desfondado que se había redondeado como una palangana le tapaba la cara; pero cuando se lo quitaba descubría, en lugar de párpados, dos órbitas abiertas todas ensangrentadas. La carne se deshilachaba en jirones rojos, y de allí corrían líquidos que se coagulaban en costras verdes hasta la nariz cuyas aletas negras sorbían convulsivamente. Para hablar echaba hacia atrás la cabeza con una risa idiota; entonces sus pupilas azuladas, girando con un movimiento continuo, iban a estrellarse hacia las sienes, al borde de la llaga viva.»
Como Hippolyte con Bovary, el «pobre diablo» será víctima de la ambición del farmacéutico del pueblo, Homais. Después de probar sin éxito en sus órbitas ensangrentadas una pomada de su invento, el poco escrupuloso boticario usará de todos los medios para lograr el internamiento perpetuo del Ciego, para evitar que arruine su buena reputación contando a quién quiera oírlo el desastre experimental de la pomada…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Anthony Trollope – Barchester Towers, ilustración de Hugh M. Eaton (1902)

Anthony Trollope – Barchester Towers, ilustración de Hugh M. Eaton (1902)

Anthony Trollope (1815-1882) fue uno de los escritores más prolíficos y estimados de la época victoriana. No obstante, su carrera fue más bien atípica: funcionario de Correos durante más de treinta años, quince de ellos en Irlanda, aprovechaba los largos trayectos que tenía que efectuar en tren por su trabajo para escribir, imponiéndose una disciplina muy estricta sobre el número de páginas que tenía que escribir cada día, y calculando meticulosamente los ingresos que cada libro le iba a traer. Sus primeras novelas tuvieron como fuente de inspiración las dead letters (cartas muertas), esas cartas nunca repartidas por defunción del destinatario o por cambios de dirección. Barchester Towers (Las Torres de Barchester, 1857) es el segundo título de una serie de seis novelas que conforman las Crónicas de Barsetshire, crónicas del ambiente clerical en un condado imaginario de la Inglaterra rural victoriana. Si las intrigas y rivalidades entre los representantes de las distintas confesiones (la Iglesia de Inglaterra, la Iglesia alta y la Iglesia evangélica) para apoderarse de la sede episcopal constituyen el argumento principal de la novela, la vida privada y la personalidad de los distintos protagonistas no deja de ser interesante. En particular, Trollope, con la figura de la Signora Madeline Neroni, ofrece el magnífico retrato de una mujer que cautiva a los hombres por su belleza y su sensualidad pero que ha perdido el uso de sus piernas por un castigo infligido por un marido violento, supuestamente por haber tenido relaciones sexuales pre-matrimoniales. A la vez objeto de deseo y de repulsión, desgarrada entre su voluntad de seducción y la necesidad de ocultar sus piernas, Madeline es un personaje complejo, prueba viva, por su cuerpo mutilado, de la violencia del hombre hacia la mujer…

Ilustración: Internet Archive.

Una caja de ojos de cristal (1890)

Una caja de ojos de cristal (1890)

Obra de la madurez de Trollope, muy lograda en cuanto a la intensidad dramática, The Bertrams (Los Bertram, audiolibro en inglés, 1859) es una historia de familia, amor, dinero y ambición, articulada en torno a los destinos de cuatro jóvenes, todos emparentados de alguna manera al Tío Bertram, un anciano millonario. Cada uno tiene su propio concepto de la felicidad, pero todos se alejan de este concepto, cometiendo errores debidos a sus pasiones o su falta de lucidez. Poco espacio parece reservar esta novela a la discapacidad; no obstante, Trollope introduce un personaje secundario casi único en la literatura del siglo XIX, Miss Ruff, una solterona tuerta, con un ojo de cristal. Si bien Miss Ruff, a diferencia de muchos tuertos masculinos literarios, no es una delincuente o una criminal, no deja de tener los atributos psicológicos propios de los protagonistas de ojo único: agresiva cuando no violenta, poco atractiva, Miss Ruff debe su celibato a la frialdad de su ojo de cristal y su figura es un prueba más de los prejuicios de la época sobre la diferencia física.

Ilustración: Wellcome Images.

George Eliot - The Mill on the Floss, ilustración de 1910

George Eliot – The Mill on the Floss, ilustración de 1910

The Mill on the Floss (El Molino del Floss, audiolibro en inglés, 1860), de la autora inglesa George Eliot (pseudónimo de Mary Ann Evans, 1819-1880), ofrece uno de los retratos de jorobados más hermosos y románticos de la literatura. Los Tulliver y sus dos hijos, Tom y Maggie, llevaron una existencia sencilla y feliz en su molino de Dorlcote hasta que una serie de desgracias – provocadas por el temperamento difícil del molinero – les llevó a la miseria. La novela se centra en el efecto de estas pruebas repetidas sobre Tom, muy vinculado a su hermanita, pero consciente de su superioridad masculina, y Maggie, niña inteligente y sensible, un poco indisciplinada e independiente. Tom obliga a Maggie a romper la relación de amistad amorosa que tiene con Philip Wakem, porque su padre es considerado como el responsable de la ruina de la familia Tulliver. Philip, víctima de acosos desde que es pequeño, porque es jorobado y huérfano de madre – aunque tiernamente amado por su padre -, es un joven inteligente y dotado de una gran sensibilidad. Su amor hacia Maggie, iniciado en la infancia, resistirá a la querella entre las dos familias y al paso del tiempo, y Philip será capaz de alejarse de Maggie para dejarle la libertad de vivir la pasión sensual que la atrae hacia otro…

Ilustración: Internet Archive.

Victor Hugo – L’Homme qui rit, ilustración de Georges Antoine Rochegrosse (1869)

Victor Hugo – L’Homme qui rit, ilustración de Georges Antoine Rochegrosse (1869)

Una noche de enero de 1690, durante una tormenta de nieve que asola las costas británicas, el vagabundo Ursus, al que siempre acompaña su lobo Homo, recoge a una extraña pareja: Gwynplaine, un niño harapiento de diez años que acaba de ser abandonado en una playa por un misterioso grupo de hombres ansiosos de embarcar y alejarse de las costas, y Dea, una niña de pocos meses. No son hermanos: Gwynplaine, mientras erraba buscando algún refugio, había tropezado con el cuerpo inerte de una mujer. En su pecho, yacía una niña, mantenida en vida por lo que quedaba de calor en el cadáver materno… Pero más extrañas aún son las características físicas de los dos niños: la boca de Gwynplaine, mutilada para que no se le pueda identificar, se abre de oreja a oreja, como si estuviera riendo permanentemente y la pequeña Dea es ciega… Adoptados por el viejo vagabundo, los dos niños crecerán felices, como dos hermanos y naturalmente, al hacerse adultos, su amor incondicional y recíproco les destina a vivir juntos… Pero no contaban con el destino, que sacará a la luz la verdadera identidad de Gwynplaine, propulsándolo a las más altas esferas de la corte británica y arruinando todos sus sueños de vida feliz con Dea… Poco conocida, L’Homme qui rit (El Hombre que ríe – a veces publicado con el título demasiado explícito de De orden del rey -, audiolibro en francés, 1869), además de un gran fresco histórico, político, filosófico y poético de la aristocracia británica de los siglos XVII y XVIII, es una novela apasionante, y el lector no olvidará los personajes entrañables creados por Victor Hugo

Ilustración: Internet Archive.

Victor Hugo – L’Homme qui rit, ilustración de Georges Antoine Rochegrosse (1869)

Victor Hugo – L’Homme qui rit, ilustración de Georges Antoine Rochegrosse (1869)

«Si la miseria humana pudiera resumirse, Gwynplaine y Dea la habrían resumido : no parecía sino que ambos habían nacido cada cual en un compartimiento del sepulcro; Gwynplaine en lo horrible, Dea en lo negro : sus existencias estaban formadas con tinieblas de diferente especie tomadas en los dos lados formidables de la noche. Dea tenía aquellas tinieblas dentro de sí y Gwynplaine las llevaba en el rostro. Había algo de fantasma en Dea y de espectro en Gwynplaine: Dea estaba en lo lúgubre y Gwynplaine en lo peor; para Gwynplaine con vista había una dolorosa posibilidad que no existía para Dea ciega, y era la de compararse con los otros hombres: ahora bien, en una situación como la de Gwyinplaine, admitiendo que tratase de explicársela, compararse valía tanto como no comprenderse. Tener, como Dea, una mirada vacía de la cual esta ausente el mundo, es una suprema amargura menor sin embargo que esta: ser uno su propio enigma; sentir también algo ausente que es uno mismo ; ver el universo y no verse. Dea tenía un velo, la noche, y Gwynplaine llevaba una mascara, su cara. ¡Cosa imposible de expresar! Gwynplaine estaba enmascarado con su propia carne ; ignoraba cual era su cara ; su verdadero rostro se había desvanecido : sobre él habían puesto un falso él; tenía por cara una desaparición. Su cabeza vivía y su cara había muerto, y no se acordaba de haberla visto jamás. […] Y a pesar de todo vivían en un paraíso. Se amaban. Gwynplaine adoraba a Dea : Dea idolatraba a Gwynplaine.»

Ilustración: Internet Archive.

Benito Pérez Galdós rodeado de los hermanos Álvarez Quintero y la tropa de «Marianela» (1916)

Benito Pérez Galdós rodeado de los hermanos Álvarez Quintero y la tropa de «Marianela» (1916)

Como Dea y Gwynplaine, Nela y Pablo forman una pareja inesperada que la ceguera ha vuelto posible: ciego de nacimiento, Pablo es el hijo de un rico terrateniente en el pueblo minero imaginario de Socartes, en el norte de España. Le sirve de lazarillo Nela, una chica huérfana, que ha crecido sola y ha sobrevivido de la caridad de las almas bondadosas del pueblo. Sin educación, mal alimentada, andrajosa, fea, Nela es no obstante el objeto del amor de Pablo que descubre el mundo a través de la voz de la joven. Gracias a una delicada operación realizada por un prestigioso especialista, Pablo recobrará la vista y su situación cambiará radicalmente: prometido a su hermosa y generosa prima Florentina, heredero de una gran fortuna, obsesionado por aprender a distinguir la belleza de la fealdad, Pablo no se da cuenta de que Nela, que era su única luz antes de la operación, se está manteniendo alejada de él… El trágico desenlace de Marianela (audiolibro en español, 1878), de Benito Pérez Galdós (1843-1920), a la vez novela psicológica y social, es una nueva confirmación de que a pesar de que lo importante de una persona sea su belleza interna, nuestro aspecto físico puede influir sobre la opinión que los demás tienen de nosotros y afectar nuestra vida de manera irremediable. Marianela fue adaptada en 1916 para el teatro por los hermanos Serafín (1871-1938) y Joaquín (1873-1944) Álvarez Quintero y el papel principal fue creado por la actriz catalana Margarita Xirgu.

Ilustración: Hemeroteca Digital de España.

Margarita Xirgú caracterizada como Marianela (1919)

Margarita Xirgú caracterizada como Marianela (1919)

«- María Nela me llaman y también La Hija de la Canela. Unos me dicen Marianela, y otros nada más que la Nela.
– ¿Y tu amo, te quiere mucho?
– Sí, señor, es muy bueno. Él dice que ve con mis ojos, porque como le llevo a todas partes y le digo cómo son todas las cosas…
– Todas las cosas que no puede ver.
El forastero parecía muy gustoso de aquel coloquio.
– Sí, señor; yo le digo todo. Él me pregunta cómo es una estrella, y yo se la pinto de tal modo hablando, que para él es lo mismito que si la viera. Yo le explico todo, cómo son las yerbas, las nubes, el cielo, el agua y los relámpagos, las veletas, las mariposas, el humo, los caracoles, el cuerpo y la cara de las personas y de los animales. Yo le digo lo que es feo y lo que es bonito, y así se va enterando de todo.
– Veo que no es flojo tu trabajo. ¡Lo feo y lo bonito! Ahí es nada… ¿Te ocupas de eso?… Dime, ¿sabes leer?
– No, señor. Si yo no sirvo para nada.
Decía esto en el tono más convincente, y el gesto de que acompañaba su firme protesta parecía añadir: «Es usted un majadero en suponer que yo sirvo para algo.»
– ¿No verías con gusto que tu amito recibía de Dios el don de la vista?»

Ilustración: Wikimedia Commons.

Llegada del emperador Napoleón el Grande a la basílica de Notre-Dame de París, el 15 de agosto de 1807

Llegada del emperador Napoleón el Grande a la basílica de Notre-Dame de París, el 15 de agosto de 1807

Descubrimos varios de los Contes cruels (Cuentos crueles, 1883) d’Auguste Villiers de l’Isle-Adam (1838-1889) en nuestra entrega de Tesoros Digitales sobre los científicos locos de la literatura. En una nueva historia demasiado real y cruel, mientras la voz de un mendigo anciano y ciego canta su eterno lamento, «Tenga piedad de un pobre ciego, por favor», delante de la puerta de Notre-Dame, se oyen los mismo rumores, los mismos ruidos de armas, los mismos relinchos, y la voz del pueblo, Vox Populi (texto en español, audiolibro en francés), aclama sucesivamente, a pocas lunas de distancia, el Emperador, la República y la Comuna… Pasa el tiempo, se suceden los gobiernos, pero el anciano sigue fiel a su puesto, mendigo y ciego, eterno olvidado de los cambios de rumbo de la política…

Ilustración: Gallica.

Émile Zola – Germinal, ilustración de Jules Férat (1885-1886)

Émile Zola – Germinal, ilustración de Jules Férat (1885-1886)

Editado por entregas en 1884 y 1885, Germinal (texto en español, audiolibro en francés) es la decimotercera entrega del gran fresco novelesco y social Les Rougon-Macquart que publicó Émile Zola entre 1871 y 1893. Esta novela recrea el ambiente de las minas de carbón del norte de Francia, las miserables condiciones laborales de los mineros y las primeras huelgas y acciones reivindicativas, anticipando un movimiento obrero que iba a generalizarse en distintas ramas de la industria. Protagonizada por una extensa galería de personajes, la novela evoca, entre tantos aspectos, el trabajo de los niños en la mina. Demasiado pequeña para bajar al fondo de las galerías, la pequeña Alzire, entrañable niña jorobada de nueve años, se queda en casa para asistir a su madre en las tareas domésticas y el cuidado de sus hermanos pequeños. Su carácter angelical, su espíritu de sacrificio, su dulzura, hacen de ella el único ser puro de la novela, un rayo de luz en la negrura de todo lo que le rodea, contrastando con los otros personajes, que, por tener un cuerpo «normal», no dejan de presentar, en un momento u otro, síntomas de bestialidad…

Ilustración: Gallica.

Guy de Maupassant – L'Aveugle (1900)

Guy de Maupassant – L’Aveugle (1900)

L’Aveugle (El Ciego, audiolibro en francés, 1885) cuyo trágico destino nos relata Guy de Maupassant (1850-1893) es el hijo de una familia de campesinos de Normandía. Mientras vivieron sus padres, había tenido una existencia decente, aunque sin cariño ; pero al faltar ellos, es acogido por una hermana y empieza para él una larga serie de vejaciones, bromas, humillaciones, que lo llevarán a mendigar por las carreteras para complacer a sus crueles familiares… Una triste evocación de las condiciones de vida que tuvieron que sufrir demasiados inválidos, acusados de ser bocas inútiles y de no aportar nada al patrimonio familiar, creando en ellos un sentimiento de culpabilidad por quedar a cargo de lo demás.
Ilustración: Internet Archive.

Léon Cladel - Madame la Générale à la jambe de bois, ilustración de Gambard (1885)

Léon Cladel – Madame la Générale à la jambe de bois, ilustración de Gambard (1885)

Léon Cladel (1835-1892) fue un novelista naturalista francés famoso en su tiempo, tanto en Francia como en Bélgica. Vivió de muy cerca los acontecimientos de la Comuna de París en 1871, escapando por poco de ser fusilado, considerado sospechoso por el gobierno. Esta época agitada le sirvió de telón de fondo para varios cuentos y novelas. Madame la générale à la jambe de bois (La Señora del General con una pata de palo, audiolibro en francés, 1885) es un relato corto en el que un antiguo polemista se reencuentra, quince años después, con una revolucionaria de la Comuna, antigua compañera de luchas, que le cuenta su terrible aventura. Dada por muerta en las barricadas parisinas, tuvo que ser amputada de una pierna y debió exiliarse para escapar de las represalias. En Estados Unidos conoció a un general americano que le ofreció el amor, y no la compasión que una mujer con una pata de palo podía esperar en aquellos tiempos… Siete años antes de Tristana, esta mujer con una sola pierna era una figura casi única de la literatura de la diversidad funcional…

Ilustración: Internet Archive.

Vladímir Korolenko – El Músico ciego, ilustración de Edmund H. Garrett (1891)

Vladímir Korolenko – El Músico ciego, ilustración de Edmund H. Garrett (1891)

Al contrario del pobre ciego de Maupassant, Piotrus, nacido ciego, es querido y mimado por su familia. Si es cierto que su madre no sabe cómo abordar su ceguera, su tío Maxim, que perdió el uso de ambas piernas en la guerra contra los austriacos a las órdenes de Garibaldi, está convencido de que el niño se merece una educación digna que le permitirá en el futuro valerse por sí mismo y llevar una vida normal. El despertar de la sensibilidad de Piotrus llegará gracias a los sonidos y a la música, que será para él una puerta de acceso al conocimiento de las cosas de la vida. Entregado a su vocación, sabrá olvidar su propio sufrimiento y hacer de la interpretación musical una forma de liberación… Слепой музыкант (El Músico ciego, audiolibro en francés, 1886) es una novela psicológica en la que el escritor ruso Vladímir Korolenko (1853-1921) ofrece un análisis lleno de sensibilidad y muy documentado de la vida interior de las víctimas de la ceguera.

Ilustración: Internet Archive.

Vladímir Korolenko – El Músico ciego, ilustración de la edición española de 1902

Vladímir Korolenko – El Músico ciego, ilustración de la edición española de 1902

«Apenas el sueño iba enturbiando cada vez más sus pensamientos, el ligero rumor de los árboles se apagaba y no oía ya los ladridos de los perros del pueblo y el canto del ruiseñor del bosque vecino, ni el melancólico sonido de los cencerros del ganado. Apenas todos estos rumores morían, le parecía al niño que se fundían todos en una sola armonía que giraba dulcemente por su habitación, llevando consigo imágenes indefinidas y hechiceras. Al día siguiente, despertaba como de un suelo encantado y pregunta a su madre:
– ¿Qué fue lo de ayer? ¿Qué fue?
La madre no comprendía la pregunta y creía que los sueños habían excitado a su hijo. Ella misma le metía en la cama, le daba un beso y no le dejaba hasta que se había dormido, sin observar nada de particular. Pero a la mañana siguiente, el niño hablaba de nuevo de aquellas imágenes magníficas e indefinidas que tanto le habían interesado.
. ¡Madre! ¡Fue hermoso, muy hermoso!
Una noche, la madre resolvió quedarse junto a la cama del niño, ansiando descifrar aquel enigma. […] Se levantó, le dio un beso, y sin hacer el más ligero ruido se fue, con la resolución de bajar al jardín y acercarse en silencio a la ventana de la habitación. Apenas salió al jardín, adivinó el enigma. Había oído las apagadas notas de una flauta, que venían del establo y se mezclaban con los ligeros rumores del exterior. Comprendió en seguida que las notas de aquella melodía eran las imágenes que impresionaban tanto a su hijo. Se mantuvo muy quietecita, escuchando las notas de una canción propia de la pequeña Rusia, que llegaban al corazón, y luego, tranquilizada por completo, fuese por el obscuro sendero a buscar al tío Max.
– Jochem toca bien – pensó. ¡Parece extraño que en un mozo sin instrucción quepa tanto sentimiento !.»

Ilustración: Google Libros.

El amor materno como sustituto de la vista…

Hans Christian Andersen - Historien om en Moder, ilustración de Fritz Syberg (1898)

Hans Christian Andersen – Historien om en Moder, ilustración de Fritz Syberg (1898)

Curiosamente, esta frase constituye el eje central de tres historias que, aunque hayan sido escritas en tres países europeos diferentes y no tengan el mismo argumento, presentan unos elementos de similitud muy turbadores. Tan turbadores, de hecho, que se llegó a sospechar de uno de los autores por plagio…

Entre las dolorosas pruebas que se le imponen para poder salvar a su hijo de la Muerte, una joven madre deberá arrancarse los ojos y echarlos a un lago para poder cruzarlo. Una vez en la otra orilla, penetra en el jardín de la Muerte, en el que cada planta viva tiene por flor un corazón que late hasta que se marchite la planta. Entre todas estas plantas, se encuentra el corazón del pequeño muerto y la pobre madre ciega deberá ser capaz de reconocerlo por sus latidos para poder salvarlo… Ésta es la Historien om en Moder (Historia de una madre, 1847), uno de los cuentos más tristes y crueles de Hans Christian Andersen.

Ilustración: Pinterest.

Timothée Trimm (Leo Lespès)

Timothée Trimm (Leo Lespès)

Antoine Joseph Napoléon Lespès (1815-1875), conocido como Leo Lespès, o bajo su pseudónimo literario de Timothée Trimm, fue un cronista, escritor y periodista francés. Personaje excéntrico que abandonó la carrera militar para trabajar como detective privado antes de dar un giro y dedicarse al periodismo, tenía un gran talento como observador que le permitió retratar a sus contemporáneos mezclando fantasía y temas serios y alcanzar cierto prestigio. Creador del famoso Petit Journal, era colaborador habitual de una publicación periódica femenina creada en 1847: Le Conseiller des dames et des demoiselles (El Consejero de las señoras y las señoritas). Entre los cuentos que Lespès ofreció a las lectoras de esta revista figura Le Miroir (El Espejo), publicado en febrero de 1850, relato epistolar de contenido moral que pretende inculcar a las lectoras más mayores que deben ser buenas esposas y a las más jóvenes, que deben permanecer virtuosas. El pretendiente de Anaïs, la narradora ciega, le ha hecho creer que era un hombre feo y viejo para callar sus complejos de mujer destinada a la soledad por la ceguera, convencerla de casarse con él y luego estudiar medicina con el fin de poder operarla de la catarata que le impiden ver. Recién operada, Anaïs no podrá resistir la tentación de levantar su vendaje, a pesar del peligro que podía suponer para el resultado de la operación, y ver la cara de su hija pequeña, y será la primera luz que ilumine sus tinieblas. Afortunadamente, la historia tendrá un final feliz…

Ilustración: Gallica.

Hall Caine – A Son of Hagar, ilustración de Albert Hencke (1894)

Hall Caine – A Son of Hagar, ilustración de Albert Hencke (1894)

La escena de la madre recién operada que no puede resistir a levantar su vendaje para ver a su hijo aparece en circunstancias mucho más trágicas en la obra de Hall Caine (1853-1931), novelista inglés muy popular de finales del siglo XIX. En su tercera novela, A son of Hagar (Tomo 1, Tomo 2, Tomo 3, Un hijo de Agar, 1886), una historia sentimental que aborda el tema de los hijos ilegítimos, Caine recrea una escena a la que asistió en un hospital durante su infancia: la de una madre, recién operada de cataratas, impaciente de poder quitarse el vendaje para poder conocer a su hijo, al que no ha visto nunca. En su novela, Caine imagina que la pobre madre operada e impaciente tiene a su hijo enfermo. Por miedo a que el pequeño muera antes de que ella pueda verlo, se arranca el vendaje… Unos años más tarde, en 1890, Caine retomará esta anécdota como argumento central de un relato dedicado a su amigo Bram Stoker: The Blind Mother (La Madre ciega).

Ilustración: Internet Archive.

Hall Caine

Hall Caine

En 1891, unas voces críticas se elevaron denunciando que Hall Caine había plagiado el relato de Leo Lespès. Pero Hall Caine siempre negó haberse inspirado del francés y contaba que esta escena le había sido inspirada por un recuerdo de infancia. Más de un siglo después, la duda sigue ahí… Pero, de la misma manera que Andersen imaginó que una madre sería capaz de sacrificar sus ojos para salvar a su hijo de la muerte, la situación descrita por Lespès y Caine es perfectamente comprensible a la luz del amor materno, y posiblemente esta anécdota no sea más que una coincidencia literaria curiosa…

Ilustración: New York Public Library Digital Gallery.

Guy de Maupassant - L'Infirme, illustración de 1891

Guy de Maupassant – L’Infirme, illustración de 1891

Con L’Infirme (El Tullido, audiolibro en francés, 1888) Guy de Maupassant (1850-1893) nos sorprende con una historia desprovista de crueldad sino, al contrario, llena de dignidad y de ternura. Amputado de las dos piernas, el teniente Revalière se ha visto obligado a renunciar a su carrera militar y ha preferido devolver su libertad a la joven con la que estaba comprometido antes de marchar al frente, prefiriendo no imponer a la mujer a la que quiere el sacrificio de compartir su vida con un «tullido». No obstante mantiene aún una estrecha y serena relación de amistad con ella y su marido y ha transferido todo su cariño sobre los tres hijos pequeños del matrimonio… En 1898, Emilia Pardo Bazán (1851-1921) publicó en sus Cuentos de amor el relato titulado Consuelo, de argumento muy similar al de El Tullido de Maupassant, pero con un final mucho más cínico, muy propio de la pluma mordaz de la autora gallega…

Ilustración: FNAC.

Paul Arène – Chien d'aveugle (1905)

Paul Arène – Chien d’aveugle (1905)

Cuando al narrador de Chien d’aveugle (El Perro del ciego (p. 9 del PDF), audiolibro en francés, 1891), un pobre ciego desamparado le pide que le acompañe a la perrera para averiguar si su fiel Bourriquet no estaría encerrado en aquel siniestro lugar, el lector no aguarda mucha esperanza de encontrar vivo a aquel lazarillo canino… Afortunadamente, Chien d’aveugle es un cuento de Navidad y el autor provenzal Paul Arène (1843-1896) nos reserva un final feliz en el que el ciego exhorta a Bourriquet a llevarle al campo, lejos de la ciudad en la que «hay hombres que se apoderan de los perros y les ahorcan»

Ilustración: Delcampe.

Pierre Loti – La Chanson des vieux époux, ilustración de Henry Somm (1899)

Pierre Loti – La Chanson des vieux époux, ilustración de Henry Somm (1899)

Le Livre de la pitié et de la mort (El Libro de la piedad y de la muerte, audiolibro en francés, 1891) es sin duda la obra más íntima de Pierre Loti (1850-1923). Los textos autobiográficos que componen este volumen tienen en común el tema de la muerte y de sus rituales. Pero el lector no encontrará nada macabro ni sórdido en estas delicadas historias de duelo y de recuerdos de seres queridos, sean humanos o animales. El último título de este conjunto nos recuerda que Loti, en su calidad de oficial de marina, viajó a Japón, desde el cual trajo una de sus obras más emblemáticas, Madame Chrysanthème (audiolibro en francés, 1888), que le inspirará a Giacomo Puccini su ópera no menos emblemática, Madame Butterfly (1904). La Chanson des vieux époux (La Canción de los viejos esposos, audiolibro en francés) es una a la vez triste y llena de esperanza historia de dos esposos ancianos que mendigan cerca de los lugares sagrados de Japón. Él es ciego y, guiado por la voz de su esposa paralítica que transporta en un carro, recorre el país en busca de algunas monedas para sobrevivir, hasta que la muerte los separe… Una conmovedora historia de amor eterno, llena de ternura y de dignidad…

Ilustración: Gallica.

Pierre Loti – La Chanson des vieux époux, ilustración de Henry Somm (1899)

Pierre Loti – La Chanson des vieux époux, ilustración de Henry Somm (1899)

«Una vez cada semana, Kaka-San era cuidadosamente peinada por su marido ciego. Los brazos de ella ya no podían alzarse bastante para construir su moño de japonesa, y Toto-San había aprendido. A tientas, con las manos temblorosas, acariciaba la pobre vieja cabeza que se dejaba manosear con un abandono cariñoso, y aquello recordaba, pero de manera más triste, las sesiones de aseo en pareja de los simios. El pelo era escaso y Toto-San ya no encontraba mucho para peinar en aquel pergamino amarillo, arrugado como la piel de las manzanas en invierno. Conseguía no obstante formar colmenas, que disponían con un gusto nipón; ella, muy interesada, seguía con la mirada gracias a un trozo de espejo: «¡Un poco más alto, Toto-San!… Un poco más a la derecha, un poco más a la izquierda…» Al final, cuando picaba en aquello dos largas agujas de cuerno, que acababan de darle estilo al peinado, Kaka-San aún posaba con una cara de abuela distinguida.»

Ilustración: Gallica.

Manuel Tovar - Caricatura de Benito Pérez Galdós (1902)

Manuel Tovar – Caricatura de Benito Pérez Galdós (1902)

El tema de la amputación de piernas es recurrente en la obra de Benito Pérez Galdós. En Ángel Guerra o en Fortunata y Jacinta, aparecen protagonistas mutilados, en general personajes masculinos secundarios. La amputación cobra una dimensión muy diferente cuando afecta a una mujer. Tristana (1892) es, al principio de la novela, una joven llena de vida y de proyectos que quizás se adelantan demasiado a su tiempo: desea emanciparse de las reglas de la sociedad y adquirir una autonomía propia gracias al arte y la instrucción. Al quedarse huérfana, es recogida por el anciano Don Lope, viejo Don Juan perverso que se convierte en su tutor e intenta seducirla. Su amor por un joven pintor de ideas tradicionales no le aportará a Tristana el consuelo de esta humillante situación y, finalmente, la amputación de su pierna, a consecuencia de una grave enfermedad, vencerá todas sus ambiciones. Condenada a depender de los otros, aceptará el matrimonio que le ofrece su anciano tutor y a llevar la existencia socialmente reglada de las mujeres del siglo XIX. La trágica mutilación de Tristana es, para el liberal y anticlerical Pérez Galdós, símbolo de la presión que se ejerce para aniquilar la imaginación y la voluntad de una joven demasiado adelantada sobre su tiempo para forzarla a entrar en los convencionalismos sociales.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Benito Pérez Galdós - Tristana (1892)

Benito Pérez Galdós – Tristana (1892)

«Por fin, la levantaron, y el estrecho gabinete en que la pobre inválida pasaba las horas, embutida en un sillón, fue convertido en taller de pintura. La paciencia y la solicitud con que Horacio hacía de maestro, no son para dichas. Mas sucedió una cosa muy rara, y fue que, no sólo mostraba la señorita poca afición al arte de Apeles, sino que sus aptitudes, claramente manifestadas meses antes, se obscurecían y eclipsaban, sin duda por falta de fe. No volvía el pintor de su asombro, recordando la facilidad con que su discípula entendía y manejaba el color, y asombrados los dos de semejante cambio, concluían por desmayar y aburrirse, difiriendo las lecciones o haciéndolas muy cortas. A los tres o cuatro días de estas tentativas, apenas pintaban ya; pasaban las horas charlando; y solía suceder que también la conversación languidecía, como entre personas que ya se han dicho todo lo que tienen que decirse, y sólo tratan de las cosas corrientes y regulares de la vida.
El primer día que probó Tristana las muletas, fueron ocasión de risa y chacota sus primeros ensayos en tan extraño sistema de locomoción. «No hay manera -decía con buena sombra-, de imprimir al paso de muletas un aire elegante. No, por mucho que yo discurra, no inventaré un bonito andar con estos palitroques. Siempre seré como las mujeres lisiadas que piden limosna a la puerta de las iglesias. No me importa. ¡Qué remedio tengo más que conformarme!».
Propúsole Horacio enviarle un carrito de mano para que paseara, y no acogió mal la niña este ofrecimiento, que se hizo efectivo dos días después, aunque no se utilizó sino a los tres o cuatro meses de regalado el vehículo. Lo más triste de todo cuanto allí ocurría era que Horacio dejó de ser asiduo en sus visitas. La retirada fue tan lenta y gradual que apenas se notaba.»

Léon Bloy, autorretrato a los 19 años

Léon Bloy, autorretrato a los 19 años

Ilustración: Wikimedia Commons.

En 1893, el francés Léon Bloy (1846-1917) publica en la revista Gil Blas una serie de cuentos inspirados en su experiencia de la guerra franco-prusiana de 1870. Reunidos en un volumen bajo el título de Sueur de Sang (Sudor de Sangre), los treinta relatos ofrecen un retrato crudo y picaresco de la guerra, una visión bárbara y fangosa a mil leguas del heroísmo místico celebrado por sus contemporáneos. Destacan entre estas historias A Terrible Night (Una noche terrible) – el relato de la noche de angustia vivida por una anciana paralítica abandonada en una casa cerca de la línea de frente y cuyo hijo está combatiendo – y La Salamandre Vampire (La Salamandra Vampiro), historia de un pobre hombre horriblemente desfigurado y mutilado después de haber sido quemado vivo por los prusianos y que se entrega a una extraña venganza…

Ilustración: Internet Archive.

Las hermanas Lilian y Dorothy Gish, en la adaptación de D.W. Griffith (1921)

Las hermanas Lilian y Dorothy Gish, en la adaptación de D.W. Griffith (1921)

Adolphe d’Ennery (1811-1899) habría caído en un olvido completo si no fuera por su novela Les Deux Orphelines (Tomo 1, Tomo 2, Las Dos Huérfanas, audiolibro en francés: tomo 1, tomo 2, 1895). Este novelista y prolífico dramaturgo fue un especialista en adaptar para el teatro grandes éxitos novelísticos: La Cabaña del tío Tom, La Vuelta al mundo en ochenta días, Fausto… son algunos de los clásicos que adaptó para los escenarios. De hecho, inicialmente, Les Deux Orphelines fue un drama en cinco actos, escrito a cuatro manos con Eugène Cormon (1810-1903), y que se estrenó en 1874. Adaptada en novela en 1877, la obra fue publicada por entregas en 1892 antes de ver la luz como volumen en 1894. Este melodrama lleno de peripecias conoció tanto éxito que llegó a ser adaptado como ópera y nada menos que quince veces para el cine. Una de las más conocidas de estas adaptaciones fue la que rodó D.W. Griffith en 1921, con Lilian y Dorothy Gish en los papeles de las huérfanas y puede verse aquí. En el siglo XVIII, poco antes de que estalle la Revolución francesa, la joven Henriette acompaña a su hermana adoptiva Louise, ciega, a París, con la esperanza de encontrar a un médico capaz de curar a Louise de su ceguera. Pero Henriette es secuestrada por el malvado marqués de Presles mientras que Louise cae en manos de La Frochard, horrible harapienta alcohólica que le obliga a mendigar…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Cartel de 1874 de la versión teatral de «Les Deux Orphelines»

Cartel de 1874 de la versión teatral de «Les Deux Orphelines»

Ilustración: Gallica.

Leopoldo Alas «Clarín»

Leopoldo Alas «Clarín»

En muchos de sus cuentos, Leopoldo Alas «Clarín» (1852-1901) demuestra su profunda humanidad y sus convicciones sociales poniendo en escena a personajes humildes, míseros oficinistas, criados, campesinos en sus relaciones con sus jefes o amos. Ramón fue el compañero de armas del duque de Candelario y, cuando terminaron las campañas, con una pierna amputada, permaneció a su servicio como mayordomo y jardinero. La familiaridad y la confianza recíproca con la que el duque trata a sus empleados en general, y a Ramón en particular, no es demasiado del gusto de la duquesa y de Diego, su hijo. A la muerte de sus padres, Diego impone su ley en el castillo y, creyéndose superior a la necesidad de la compañía de los otros hombres, marca las distancias con los criados y destierra a Ramón a un pabellón al fondo del parque… El Torso (1896) es la narración de la lección que recibirá el vanidoso Diego de la vida y que se resume en pocas palabras: el hombre que vive en la soledad es un hombre mutilado y sólo el amor, el respeto y la confianza en los otros le permitirán tener una vida íntegra, sacándolo de su aislamiento.

«El duque, muy postrado, decía:
-Él es mis pies y mis manos… y eso que no tiene ni manos, ni pies.
En efecto; el veterano, que había dejado una pierna en la guerra, había dejado después, poco hacía, en un tejado del palacio, un brazo, con ocasión de apagar un incendio. No importaba; con lo que le quedaba, Ramón lo dirigía todo, lo vigilaba todo. Diego, al verle de tal modo lisiado, le puso un mote que hizo sonreír a su esposa la duquesa, poco amiga también de aquellas confianzas de los criados; le llamó el Torso, porque apenas le quedaba más que el tronco, y ese, viejo y arrugado, aunque fuerte como una encina.»

Ilustración: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Kate Chopin

Kate Chopin

Nacida en San Luis, Kate Chopin (1850-1904) fue una escritora americana, criolla francesa de origen. Autora de numerosos relatos y de dos novelas reconocibles por su ambientación criolla, fue considerada una escritora regionalista y su talento tardó en ser reconocido. Su novela The Awakening (El Despertar, 1899), en la que evoca la sexualidad femenina de manera demasiado directa, le valió ser duramente criticada, pero es unánimemente aceptada, hoy en día, como una obra precursora de los grandes textos feministas del siglo XX. Con el cuento The Blind Man (El Ciego, audiolibro en inglés, 1897), Chopin ofrece un testimonio de sus inquietudes sociales. La vida del ciego de esta historia llena de ironía se repite todos los días: es muy pobre y todos los días sale a la calle para vender lápices, su único medio de subsistencia. No se nos describe sus sentimientos porque la sociedad egoísta en la que le ha tocado vivir poco se preocupa de los sentimientos de los pobres o de los inválidos. Solo sabemos que todos los días sale a la calle a vender sus lápices… E incluso cuando provoque – involuntariamente e inconscientemente – un accidente de tráfico en el que morirá un hombre rico, el ciego continuará su camino, impasible, para intentar vender sus lápices…

Ilustración: Missouri History Museum.

Jacob Riis – Mendigo ciego vendiendo lapices (1890)

Jacob Riis – Mendigo ciego vendiendo lapices (1890)

« Con una pequeña caja roja en una mano, un hombre caminaba lentamente por la calle. Su viejo sombrero de paja y su ropa descolorida daban la impresión de que la lluvia los había batido muchas veces, y las mismas veces el sol los había secado encima de él. No era mayor, pero parecía débil; y caminaba bajo el sol, por el pavimento asfaltado que abrasaba. Al otro lado de la calle había unos árboles que proyectaban una sombra espesa y agradable: toda la gente andaba por aquel lado. Pero el hombre no lo sabía, porque era ciego, y además era tonto. En la caja roja había uno lápices, que intentaba vender. No llevaba bastón, y se guiaba arrastrando los pies por los bordillos de piedra, o la mano por las verjas de hierro. En cuanto llegase a las escaleras de una casa, las subiría. A veces, una vez alcanzada la puerta con mucha dificultad, no lograría encontrar el botón eléctrico, con lo cual bajaría pacientemente y seguiría su camino. Algunas de las puertas de hierro estaban cerradas con llave, ya que los dueños estaban fuera durante el verano, y gastaría mucho tiempo esforzándose por abrirlas, pero daba igual, porque tenía todo el tiempo que había a su disposición. »

Ilustración: Museum Syndicate.

Gustave Doré – La Siesta, memoria de España (ca.1868)

Gustave Doré – La Siesta, memoria de España (ca.1868)

Más allá de las andanzas mendicantes de Benina, Misericordia (1897), de Benito Pérez Galdós, es sobre todo el retrato del Madrid humilde y de sus bajos fondos en las últimas décadas del siglo XIX. Allí sobreviven desde pequeños burgueses arruinados hasta los más miserables mendigos. Obligada a mendigar para ayudar económicamente a sus amos, Benina no pierde su dignidad ni su bondad en aquel entorno hostil poblado de una pintoresca galería de pordioseros y tullidos. Entre todos estos marginados de la sociedad destaca su acompañante, Almudena, el árabe ciego y leproso. La figura de Almudena es ambigua: se da a entender al principio que Almudena es árabe, pero más adelante Galdós nos dirá que era judío, finalmente bautizado bajo el nombre cristiano de José María de la Almudena. ¿Un símbolo de tolerancia religiosa y social, según la opinión de algunos especialistas de Galdós? En todo caso, Almudena no deja de ser un personaje extraño que practica ritos esotéricos y se expresa en una mezcla de árabe, hebreo, castellano antiguo y palabras incorrectas…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Gustave Doré – Caritas, joven y mendigo ciego, 186?

Gustave Doré – Caritas, joven y mendigo ciego, 186?

«El rostro de Almudena, de una fealdad expresiva, moreno cetrino, con barba rala, negra como el ala del cuervo, se caracterizaba principalmente por el desmedido grandor de la boca, que, cuando sonreía, afectaba una curva cuyos extremos, replegando la floja piel de los carrillos, se ponían muy cerca de las orejas. Los ojos eran como llagas ya secas e insensibles, rodeados de manchas sanguinosas; la talla mediana, torcidas las piernas. Su cuerpo había perdido la conformación airosa por la costumbre de andar a ciegas, y de pasar largas horas sentado en el suelo con las piernas dobladas a la morisca. Vestía con relativa decencia, pues su ropa, aunque vieja y llena de mugre, no tenía desgarrón ni avería que no estuvieran enmendados por un zurcido inteligente, o por aplicaciones de parches y retazos. Calzaba zapatones negros, muy rozados, pero perfectamente defendidos con costurones y remiendos habilísimos. El sombrero hongo revelaba servicios dilatados en diferentes cabezas, hasta venir a prestarlos en aquella, que quizás no sería la última, pues las abolladuras del fieltro no eran tales que impidieran la defensa material del cráneo que cubría. El palo era duro y lustroso; la mano con que lo empuñaba, nerviosa, por fuera de color morenísimo, tirando a etiópico, la palma blanquecina, con tono y blanduras que la asemejaban a una rueda de merluza cruda; las uñas bien cortadas; el cuello de la camisa lo menos sucio que es posible imaginar en la mísera condición y vida vagabunda del desgraciado hijo de Sus.»

Ilustración: Narthex.

Arthur Schnitzler

Arthur Schnitzler

Médico de formación, el austriaco Arthur Schnitzler (1862-1931) fue un prolífico escritor y dramaturgo. Su universo narrativo está muy impregnado de un onirismo que recuerda las tesis de Sigmund Freud, su contemporáneo, que consideraba a Schnitzler como su «doble literario». Su obra fue muy controvertida en su tiempo por sus tomas de posiciones contra el antisemitismo, y sobre todo por sus descripciones crudas de la sexualidad. Su obra más famosa, Reigen (La Ronda, 1897), le valió el atributo de «pornógrafo» y suscitó escándalos durante dos décadas, hasta 1920, año en el que esta obra de teatro pudo ser estrenada por primera vez en Berlín. El cuento Der Blinde Geronimo und sein bruder (El Ciego Geronimo y su hermano, 1900) es más bien un cuento moral, sobre las virtudes de la confianza recíproca. Cuando eran niños, Carlo provocó un accidente que le costó la vista a su hermano Geronimo. Desde entonces, Carlo se dedica a cuidar y proteger a su hermano ciego y se vuelven inseparables. Se ganan la vida cantando y tocando la mandolina en una posada. Un día, un viajero, con una broma de mal gusto, intenta sembrar la cizaña entre los dos hermanos: le dice a Geronimo que le ha dado una moneda de oro a su hermano y que éste se la ha quedado para él solo…

Ilustración: Kunst Historisches Museum Wien.

Literatura infantil y discapacidad: entre la fábula y el «happy end»

La aparición y el auge, en la Europa del siglo XIX y de principios del siglo XX, de las obras destinadas a un público infantil dieron lugar, en el ámbito de la literatura sobre diversidad funcional, a dos grandes corrientes. Por una parte, gracias a la labor de recopilación de autores como los Hermanos Grimm, Lev Tólstoi, o en España, Fernán Caballero, se pusieron de moda las adaptaciones infantiles de cuentos tradicionales y populares. Por otra, irrumpiendo con fuerza en el mercado editorial infantil, la moda de las novelas y cuentos sentimentales y melodramáticos originó la publicación de historias protagonizadas por pequeños discapacitados o de niños confrontados a la discapacidad, siendo Heidi, de la autora suiza Johanna Spyri, la más representativa del género.

Hermanos Grimm – El Sastrecillo valeroso, ilustración de Alexander Zick (S. XIX)

Hermanos Grimm – El Sastrecillo valeroso, ilustración de Alexander Zick (S. XIX)

En realidad, la representación de la diversidad funcional en los cuentos de hadas clásicos es más bien escasa. Parece que los cuentistas anónimos que han ido transmitiendo estas narraciones a lo largo de la historia hayan considerado que la narración de las desventuras de las personas aquejadas de una discapacidad resultaría de poco interés… ¿o quizás demasiado impúdica? En todo caso, como mucho encontraremos, en los cuentos (1812) de los hermanos Jacob (1785-1863) y Wilhelm (1786-1859) Grimm, algún personaje con una debilidad física no invalidante. La altura es un tema recurrente y abundan las historias protagonizadas por héroes demasiado pequeños o demasiado altos: Daumesdick (Pulgarcito, audiolibro en español), Der Junge Riese (El Joven Gigante), Rumpelstilzchen (El Enano saltarín), el gigante que vencerá Das Tapfere Schneiderlein (El Sastrecillo valeroso, audiolibro en español), los siete enanos de Schneewittchen (Blancanieves, audiolibro en español)…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Hermanos Grimm – Juan-mi-erizo, ilustración de Luise Staudt Zoerb (1944)

Hermanos Grimm – Juan-mi-erizo, ilustración de Luise Staudt Zoerb (1944)

La única excepción entre los más de doscientos cuentos recopilados por los hermanos alemanes es probablemente Hans mein igel (Juan-mi-erizo, también conocida como Juan Erizo), en el que se representa una situación de rechazo vivida por un protagonista diferente. Después de una invocación imprudente, una pareja de ricos campesinos desesperados por tener un hijo, ven como su recién nacido es mitad hombre y mitad erizo… Rechazado por sus propios padres, en particular por su padre, animado por una mezcla entre sentimiento de vergüenza, ansiedad y culpabilidad, Juan-mi-erizo será el objeto de constantes vejaciones por culpa de su diferencia…

Ilustración: Wikia.

«Una vez se puso muy furioso y cuando llegó a su casa dijo: «¡Yo quiero tener un hijo! ¡Aunque sea un erizo!» Su mujer entonces tuvo un hijo que era de mitad para arriba un erizo y de mitad para abajo un niño, y cuando vio a su hijo se asustó mucho y dijo: «¿Lo ves? ¡Nos has echado encima una maldición!» Entonces dijo el marido: «Ya no sirve de nada lamentarse, tenemos que bautizar al niño, pero no podemos darle ningún padrino». La mujer dijo: «Y tampoco podemos bautizarlo más que con el nombre de Juan-mi-erizo». Cuando estuvo bautizado dijo el cura: «A éste con sus púas no se le puede poner en una cama como es debido». Así que le prepararon un poco de paja detrás de la estufa y acostaron allí a Juan-mi-erizo. Tampoco podía alimentarse del pecho de la madre, pues la hubiera pinchado con sus púas. Así, se pasó ocho años tumbado detrás de la estufa, y su padre estaba ya harto de él y deseando que se muriera; pero no se moría, y allí seguía acostado.»

Hans Christian Andersen – El Soldadito de plomo, ilustración de Maxwell Armfielf (1910)

Hans Christian Andersen – El Soldadito de plomo, ilustración de Maxwell Armfielf (1910)

El tema de la diferencia y de la discapacidad ha sido tratado de manera más íntima por Hans Christian Andersen (1805-1875) a través de algunos de sus cuentos más famosos, como Den Lille Havfrue (La Sirenita, 1837), que nos invita a una reflexión sobre la aceptación de sí mismo y de su diferencia, o Den Standhaftige Tinsoldat (El Soldadito de plomo, 1838), que nos sugiere que el amor puede estar al final del camino, incluso para los que su diferencia física parece condenar a la soledad… Pero es sin duda con Den Grimme ælling (El Patito feo, 1842) donde Andersen expresa mejor la situación de exclusión social que sufren los que no se parecen a los demás. A través de las aventuras del patito negro, víctima de las burlas de sus «hermanos», el autor danés traza un itinerario iniciático en el que nos enseña que el niño debe aprender a conocerse a sí mismo y aceptarse, a pesar de sus diferencias, y aunque los que lo rodean no le ayuden a desarrollar su autoestima. En realidad, este cuento tiene una lectura biográfica: nacido en un barrio muy pobre de Odense, incomprendido por su madre en su pasión por el teatro, víctima de las burlas y del desprecio de sus maestros y compañeros de clase, por haber sido escolarizado muy tarde y por su vocación confesada de ser escritor, infeliz en el amor por su físico tan particular, Andersen se sintió rechazado e incomprendido durante muchos años. El fracaso de una de sus obras de teatro, silbada en su primera representación, fue el elemento desencadenante de la redacción del Patito feo, en el que Andersen quiso plasmar la revancha del cisne-poeta (él) sobre la multitud de patitos ordinarios (el público) cuando descubre un entorno que le reconoce su talento y su genio…

Ilustración: Internet Archive.

Hans Christian Andersen – El Patito feo, ilustración de John R. Neill (1908)

Hans Christian Andersen – El Patito feo, ilustración de John R. Neill (1908)

«Pero el pobre pato que había salido el último del huevo fue, por su fealdad, mordido, burlado y atropellado, no solo por los patos, sino por las gallinas.
– Es muy grande, decían todos, y el gallo de Indias que había venido al mundo con espolones y se creía emperador, se infló como se inflan todas las velas de un navío, y marchó derecho hacia él con gran furor y rojo hasta los ojos. El pobre pato no sabía si debía detenerse o marchar: tuvo pena por ser tan feo, y por las burlas que hacían de él todos los patos del corral.
El primer día sucedió todo esto, y después continuaron las cosas de mal en peor. El pobre pato fue hostigado en todas partes: hasta sus mismos hermanos eran malos con él y repetían continuamente: «Que bien estaría si te llevase el gato, horrible criatura», y la madre decía: «Quisiera que te fueses muy lejos». Los patos le mordían, las gallinas le picaban, y la mujer que daba de comer a los animales, le rechazaba con el pie.
Entonces se escapó y tomó vuelo por encima del seto. Los pajarillos que estaban en los brezos, volaron espantados. «Y todo porque soy feo», pensó el pato. Cerró los ojos y continuó su camino. Así llegó al gran pantano que habitaban los patos silvestres. Allí durmió durante la noche, muy triste y muy cansado.»

Ilustración: Internet Archive.

Hans Christian Andersen - Krøblingen, ilustración de Lorenz Frølich (1872)

Hans Christian Andersen – Krøblingen, ilustración de Lorenz Frølich (1872)

Krøblingen (El Tullido, 1872) es un cuento poco conocido de Andersen que merece ser rescatado del olvido. Es la historia de Hans, un niño al que de repente le entra una «debilidad en las piernas» y se ve obligado a permanecer en la cama. Es el hijo de los jardineros de una rica casa señorial y los amos, generosas personas compadecidas de la suerte del pequeño tullido, le regalan un día un libro de cuentos. Aunque no le va a engordar, según las palabras un poco amargas del padre de Hans, los cuentos van a traer, no solo al niño, sino a sus padres, la reflexión y la alegría. Y poco a poco, sin darse cuenta, Hans va a recobrar fuerzas que se le revelarán en una escena maravillosa en la que se levantará de su cama para salvar un pájaro regalado por el ama de la casa de las uñas de un pérfido gato. Una preciosa lección sobre el valor de los libros y de los animales para entender la vida y hacérnosla más asequible…

Ilustración: HCAndersen-Homepage.

Hans Christian Andersen - Krøblingen, ilustración de Lorenz Frølich (1872)

Hans Christian Andersen – Krøblingen, ilustración de Lorenz Frølich (1872)

«-¡Vuelve a leernos la historia del leñador!, dijo Garten-Ole.
-Hay otras que todavía no conoces, respondió Hans.
-No me importan dijo, Garten-Ole. Prefiero oír la que conozco.
Y el matrimonio volvió a escucharla; y más de una noche se la hicieron repetir.
-No acabo de entenderlo, dijo Garten-Ole. Con las personas ocurre lo que con la leche: que se cuaja y una parte se convierte en fino requesón, y la otra en suero aguado. Los hay que tienen suerte en todo, se pasan el día muy repantigados y no sufren cuidados ni privaciones.
El tullido oyó lo que decía. El chico era débil de piernas, pero despejado de cabeza, y les leyó de su libro un cuento titulado «El hombre sin necesidades ni preocupaciones». ¿Dónde estaría ese hombre? Había que dar con él.
El Rey estaba postrado en su cama de enfermo, y no se podía curar hasta que se pusiera la camisa de un hombre que en verdad pudiera afirmar que jamás había sabido lo que era una preocupación o una necesidad. Enviaron emisarios a todos los países del mundo, a castillos y palacios y a las casas de todos los hombres ricos y alegres; pero cuando se investigaba a fondo, todos habían vivido penas y desgracias.
«¡Yo no!, exclamó un porquerizo que, sentado al borde de la zanja, reía y cantaba. ¡Yo soy el más feliz de los hombres!». «Danos tu camisa, pues, dijeron los enviados. Te pagaremos con la mitad del reino».
Pero el hombre no tenía camisa; sin embargo, se consideraba el más feliz de los mortales.
-¡Qué tipo!, exclamó Garten-Ole, y él y su mujer se rieron como no lo habían hecho desde hacía mucho tiempo. »

Ilustración: HCAndersen-Homepage.

Aleksandr Afanásiev

Aleksandr Afanásiev

Nombrado en 1849 Conservador del Archivo moscovita del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia, Aleksandr Afanásiev (1826-1871) se descubre casi por la misma época una vocación por los estudios sobre el folclore de su país. Además de publicar artículos en revistas de prestigio, Afanásiev recopila cuentos tradicionales y el renombre que se forja en esta disciplina es tal que es requerido para publicar los cuentos almacenados en el archivo de la Sociedad rusa de geografía de San PetersburgoAfanásiev añade a este fondo su propia colección de cuentos procedentes de diversos fondos. En total , cerca de seiscientos cuentos publicados en ocho fascículos entre 1855 y 1863, y reeditados en 1871, componen un monumental testimonio de la cultura popular, tanto rural como urbana, de la Rusia de antes de 1855, titulado Cuentos populares rusos (podemos leer en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes una selección traducida al español en 1940). El éxito fue inmediato; las reediciones, múltiples;  y las ediciones para niños, innumerables, por no hablar de las traducciones a numerosos idiomas, contribuyendo a la difusión, la propagación y la legitimación de la cultura tradicional y las creencias populares rusas, y creando una fuente de inspiración inagotable para numerosos artistas, autores o compositores de la talla de Serguéi Prokófiev, Nikolái Rimski-Kórsakov o Ígor Stravinski. No obstante, la publicación de una recopilación de leyendas religiosas le valió a Afanásiev caer en desgracia por la mordaz sátira de la Iglesia ortodoxa que ofrecía. Despedido en 1862 de su trabajo en el Ministerio, censurado por las autoridades por sus contactos con el filósofo progresista Aleksandr Herzen, padre del socialismo ruso, Afanásiev fue hundiéndose poco a poco  en la miseria, llegando a vender sus libros para poder subsistir, hasta su muerte por tuberculosis en 1871. Entre los centenares de cuentos publicados por Aleksandr Afanásiev, no podían faltar personajes con discapacidad. Uno de ellos es El Bogatyr sin piernas y el bogatyr ciego (texto en inglés), versión caballeresca de la fábula del Ciego y el paralítico (ver nuestra entrega anterior) en la que dos bogatyr (caballeros), ambos cruelmente mutilados por una malvada princesa, unen sus fuerzas para vencerla y ayudar al zarevitch…

 Ilustración: Wikimedia Commons.

Viktor Mikhailovich Vasnetsov – Bogatyr (187?)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Fernán Caballero, retratada por Valeriano Domínguez Bécquer (1858)

Fernán Caballero, retratada por Valeriano Domínguez Bécquer (1858)

Cecilia Böhl de Faber, que conocemos mejor por su pseudónimo masculino, Fernán Caballero (1796-1877), en una época en la que la literatura infantil gozaba de poco prestigio en España, tenía la convicción de que este género, aparte de su valor poético, representaba una parte esencial de la cultura y el pensamiento de un país y constituía una herramienta fabulosa para la formación moral de los niños. De esta convicción nació su labor de recopilación de los cuentos, refranes, adivinanzas o canciones que formaban parte de la tradición oral española, procurando mantener la forma original de las historias que le contaba la gente de los pueblos. Al igual que los Hermanos Grimm o Andersen, sus predecesores, Fernán Caballero tiene el mérito de haber dado un impulso a un género menospreciado, y de haber permitido que todas estas historias que forman parte de nuestro patrimonio cultural hayan llegado hasta nosotros. Destinados a un público infantil, los treinta y seis Cuentos, oraciones, adivinanzas y refranes populares e infantiles (audiolibro en español) , publicados en 1874, están escritos en un lenguaje natural, sencillo y de fácil comprensión y tienen el objetivo de instruir, de formar el sentido moral de los pequeños lectores. La Joroba es la historia de una Princesa demasiado mimada que rechaza a todos los pretendientes que le propone el Rey, su padre. Hasta que sus estratagemas se vuelven en su contra y se ve obligada a casarse con un mendigo, «viejo, jorobado, feo y porfiado»… Y para más inri, la joroba del anciano es una joroba encantada y traviesa…

Ilustración: Wikimedia Commons.

«Fuese avergonzada y llorosa la Princesa con su jorobado, y andando y más andando llegaron a un río, que tenían que vadear.
– Tómame a cuestas y pásame el río, que para eso eres mi mujer – le dijo el viejo.
La Princesa hizo lo que le mandaba su marido; pero cuando estuvo en medio de la corriente, empezó a sacudirse para que se cayese el pordiosero al río, y este se fue cayendo a pedazos; primero la cabeza, después los brazos y piernas; en fin, todo menos la joroba, que se le quedó a la Princesa pegada a la espalda como con cola. Pasado que hubo el río, preguntó por su camino, y se encontró con que su joroba iba remedando su voz y repitiendo cuanto decía, como si en lugar de joroba hubiese llevado a la espalda una peña con un eco. Las gentes, unas se reían, y otras se enfadaban, pensando que hacía burla de ellas; de manera que no le quedó más remedio que fingirse muda; así, alargando la mano para pedir limosna, fue caminando hasta que llegó a una ciudad que acertó a ser la tierra de aquel Príncipe de quien ella se había prendado tanto.»

Los niños de Yásnaia Poliana en 1875

Los niños de Yásnaia Poliana en 1875

Al dimitir de la carrera militar en 1849, Lev Tolstói (1828-1910) quiso dedicarse a uno de sus temas de predilección, la enseñanza, convencido de que un niño que ha recibido una sólida cultura y al que se le ha inculcado el gusto por la lectura, será capaz de desarrollar el espíritu crítico que hará de él un ciudadano responsable y consciente. De regreso a la propiedad familiar de Yásnaia Poliana, abrió en 1859 una escuela para los hijos de los mujiks que trabajaban sus tierras, y se entregó con fervor a su labor docente, inspirada de las ideas de Montaigne y de Rousseau. Pero el viento de emancipación de los siervos que corría por las aulas de Yásnaia Poliana no fue del gusto de las autoridades y la escuela fue desmantelada en 1862 por la policía del zar. Tolstói no se desanimó y siguió trabajando y publicando sobre cuestiones de enseñanza hasta 1872. Además de tratados teóricos de pedagogía, la gran obra docente de Tolstói es su Abecedario, publicado en 1872, voluminoso manual de más de 700 páginas en el que el escritor reunió métodos de lectura y de cálculo, cuentos y fábulas, textos históricos, episodios de la Biblia… Este compendio monumental – fundador de la literatura infantil rusa – fue la obra de la que Tolstói se sintió más orgulloso y se convirtió en un referente constantemente reeditado. Entre estos cuentos, El Ciego y la leche (texto en francés) es una reflexión sobre las diferencias de percepción que pueden procurar la visión o el tacto, mientras que Sudoma (texto en francés) pone en escena a un pícaro cojo que encuentra el modo de engañar a sus acreedores…

Ilustración: Wikimedia Commons.

«Un ciego de nacimiento preguntaba a un hombre que veía:
– ¿Cómo es el color de la leche?
El vidente le contestó:
– El color de la leche es como el papel blanco.
– ¿Cómo?, preguntó el ciego, ¿Es este color tan sedoso al tocarlo como el papel?
El vidente contestó:
– No, es blanco, igual que la harina es blanca.
– ¿Cómo?, preguntó el ciego, ¿Será tan blando y pulverizado como la harina?
– No, contestó el vidente. Simplemente es blanco, como la liebre blanca.
– Entonces, continuó el ciego, ¿es tan peludo y tan suave como la piel de la liebre?
– No, contestó el vidente. El color blanco es como la nieve.
– Por consiguiente, prosiguió el ciego, ¿es tan frío como la nieve?
Y a pesar de todos los ejemplos que el vidente le enumeraba al ciego, éste no podía hacerse una idea del color blanco de la leche.»

Sergey Vasilyevich Ivanov – Ciegos (1883)

Sergey Vasilyevich Ivanov – Ciegos (1883)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Johanna Spyri – Heidi, ilustración de de la edición americana de 1899

Johanna Spyri – Heidi, ilustración de de la edición americana de 1899

La discapacidad literaria coge toda su dimensión trágica y sentimental en los cuentos y novelas destinados a pequeños lectores. Pero, a diferencia de los relatos demasiado realistas y crueles dirigidos a un público adulto, estas historias infantiles y juveniles suelen tener un final feliz: una curación milagrosa, un acto heroico, la reunión de una familia dispersada… Pero más allá de los tópicos del happy end, hay que reconocerles a estos autores el mérito de haber tratado con mucha sensibilidad un tema tan delicado como la discapacidad, abriendo la puerta a una mejor aceptación social en las generaciones futuras…

Ilustración: Internet Archive.

Poco se sabe sobre Henri Vierne (1828-1886), periodista de tendencia bonapartista, pero su cuento La Muette (La Muda, audiolibro en francés), publicado en 1862 en una revista de economía domestica destinada a las jóvenes, anticipa una escena que el cine y la televisión reutilizarán a menudo: un personaje mudo, ante un peligro inminente que amenaza a un ser querido, recupera el uso de su voz para gritar… Un niño gravemente enfermo, hijo de unos ricos ingleses, una dama de compañía arisca y envidiosa y su hermano, disipado joven de mala reputación, una campesina anciana y su nieta, encantadora niña muda, éstos son los personajes de este cuento en los que las oraciones y el amor vencerán milagrosamente a la enfermedad y al odio…

Comtesse de Ségur – François le bossu, ilustración de Émile Bayard (1879)

Comtesse de Ségur – François le bossu, ilustración de Émile Bayard (1879)

La vocación como escritora de Sophie Rostopchine, más conocida como la Comtesse de Ségur (1799-1874), se reveló de manera tardía, cuando tenía más de cincuenta años y empezó a poner por escrito los cuentos de hadas que solía contar a sus nietos. Se desconoce con exactitud cómo llegó a ser publicada, pero lo cierto es que sus Nouveaux Contes de fées (Nuevos Cuentos de hadas, audiolibro en francés, 1856) marcarán el inicio de una prolífica obra, en la que además de cuentos y novelas infantiles impregnados de enseñanza moral, destacan obras didácticas y una abundante correspondencia. François le bossu (Francisco el jorobado, audiolibro en francés, 1864) es probablemente la novela más dura de la condesa: a través de la historia de François, pequeño jorobado educado con ternura por su padre viudo, y de su amiguita Christine, mal querida por sus padres y martirizada por una horrible criada, Sophie Rostopchine elabora una severa crítica de la educación en la que opone por un lado a los niños malcriados, maltratados o descuidados y por otro a lo que crecen en un ambiente en el que ternura y firmeza se conjugan armoniosamente… El accidente mortal de Maurice, uno de los niños malcriados que acosan al buen François, resulta muy traumático, y los editores insistieron para que el capítulo fuera modificado, pero la condesa se mantuvo firme y la escena se conservó… El final feliz para François y Christine no logrará hacer olvidar al lector el mal rato que ha pasado con la muerte horrible de Maurice…

Ilustración: Gallica.

Comtesse de Ségur – François le bossu, ilustración de Émile Bayard (1879)

Comtesse de Ségur – François le bossu, ilustración de Émile Bayard (1879)

«La debilidad había aumentado insensiblemente, hasta tal punto que sus piernas aguantaban difícilmente su peso. Pero el médico no mostraba ninguna preocupación y esperaba una curación completa cuando volviera la primavera. Pocos días antes de su primera comunión, de nuevo se puso a vomitar sangre. […] El vómito no se pudo detener completamente, y en varias ocasiones a lo largo de la mañana, se repitió con violencia. La debilidad de Maurice aumentaba cada hora. Durante la tarde, preguntó por François y Christine: «François, buen y generoso François, dijo, no quiero morir sin pedirte perdón de nuevo por mi maldad pasada.»

Ilustración: Gallica.

George Sand

George Sand

La historia de Clopinet, el protagonista de Les Ailes de courage (Las Alas de valor, audiolibro en francés, 1873), es un hermoso relato iniciático de superación personal, en el que George Sand (1804-1876) despliega toda su sensibilidad naturalista. Clopinet es un chaval cojo y débil, de poca voluntad, que sueña con ser marinero pero que su padre destina al oficio de sastre, porque, según él, un cojo sólo puede ser sastre… El joven logra escaparse del taller del sastre jorobado, su patrón, y, como los marineros no le permiten embarcar con ellos, busca refugio en un acantilado. Durante seis meses, vivirá al aire libre, observando la naturaleza, el mar y las aves marinas… Poco a poco le irán creciendo alas de valor que le permitirá avanzar en la vida… George Sand era el pseudónimo literario de Amantine Aurore Lucile Dupin, prolífica autora de más de setenta novelas y cincuenta volúmenes de cuentos, obras de teatro o ensayos políticos. Les Ailes de courage forma parte de un conjunto conocido como Contes d’une grand’mère (Cuentos de una abuela, audiolibro en francés), que reúne los cuentos que Sand imaginó para distraer a sus nietas.

Ilustración: Gallica.

Dinah Maria Craik - The Little Lame Prince and his travelling cloak, ilustración de la edición de 1900

Dinah Maria Craik – The Little Lame Prince and his travelling cloak, ilustración de la edición de 1900

Ya hemos nombrado a Dinah Maria Craik (1826-1887), famosa novelista inglesa del siglo XIX, autora de Olive. Esta escritora empezó su carrera publicando obras para niños, antes de dedicarse a un público más amplio. En 1875 regresó al género de sus inicios con la novela The Little Lame Prince and his travelling cloak (El Pequeño Príncipe cojo y su capa de viaje, audiolibro en inglés, 1875). El joven Príncipe Dolor tiene una pierna paralizada a consecuencia de un traumatismo ocurrido en su infancia y vive exiliado en una torre aislada. Al hacerse mayor, su hada madrina le regala una capa mágica que le permite ver el mundo, pero sin tocarlo. Con esta capa va a vivir numerosas aventuras que le permitirán desarrollar una gran sabiduría y convertirse en un comprensivo gobernante… Un cuento moral en el que se anima a los pequeños lectores a actuar de manera correcta en cualquier circunstancia y a desarrollar su imaginación para alcanzar una moralidad ilustrada…

Ilustración: Internet Archive.

Hesba Stretton – Friends till death, fronstispicio de la edición de 1876

Hesba Stretton – Friends till death, fronstispicio de la edición de 1876

Sin su hermana Elizabeth, Sarah Smith (1832-1911) hubiera permanecido en el anonimato. En efecto esta joven escribía pequeños cuentos sin intención de publicarlos, hasta que Elizabeth decidió – sin decírselo a Sarah – mandar uno a Charles Dickens, para que lo publicara en una de las revistas que dirigía. Y no sólo Dickens publicó el cuento, sino que Sarah se convirtió, bajo el pseudónimo de Hesba Stretton, en colaboradora habitual de las revistas Household Words y All the Year Round, además de iniciar una relación de amistad con el famoso escritor. Autora de más de cincuenta novelas y volúmenes de cuentos, Stretton se convirtió en una autora infantil muy popular, siendo traducida en numerosos países. Si la palabra evangélica que intenta difundir a través de sus historias puede no ser del agrado de todos, las obras de Hesba Stretton no dejan de seducir por su sencillez y sus argumentos conmovedores. Friends Till Death (Amigos hasta la muerte, 1876) es precisamente una de estas historias conmovedoras: Andrew, el protagonista de este relato es un pastor viudo que vive solo con Bartle, su cuñado lisiado. Andrew vive enfadado con todo, por haber perdido a su mujer, y Bartle le irrita especialmente. Un día, buscando una oveja perdida, Andrew cae y se rompe la pierna en un lugar aislado. Cuando el perro vuelve solo a casa, Bartle entiende que algo ha pasado y moverá cielo y tierra para buscar ayuda e ir a socorrer a su cuñado…

Ilustración: Google Libros.

Hector Malot – Sans famille, ilustración de Émile Bayard (1883)

Hector Malot – Sans famille, ilustración de Émile Bayard (1883)

Los lectores aficionados a los dibujos animados recordarán sin duda una serie de anime emitida en televisión a principios de los años 1990 que se titulaba Remi, el niño de nadie, o simplemente Remi, que contaba las andanzas del pequeño Rémi, junto a un músico callejero, el Señor Vitalis, sus entrañables perros Capi, Servino y Dulce, y el mono Corazón Alegre. Pero quizás no sepan que esta serie es una adaptación de un clásico de la literatura francesa, una novela iniciática para niños titulada Sans famille (Sin familia, audiolibro en francés, 1878), publicada por Hector Malot, prolífico autor de más de sesenta novelas, recordado sobre todo por sus títulos infantiles. Novela de iniciación en la que el pequeño Rémi crece afrontando una sucesión de aventuras y de dramas, Sans famille es también una novela de viajes en la que Malot nos describe una multitud de lugares de toda Francia y un novela social con su evocación de los diversos oficios que tendrá que ejercer el niño a lo largo de sus aventuras… Entre los numerosos personajes que habitan las páginas de esta larga novela encontramos a Lise, una niña muda, a la que Rémi enseñará a leer y a tocar el arpa – y que recobrará la voz gracias a una emoción fuerte -, y sobretodo a Arthur, niño discapacitado, hijo de una rica inglesa que viaja en barco por los ríos de Francia, con la esperanza secreta de encontrar a su primer hijo, que le fue robado cuando aún era un bebé… El valor del pequeño Arthur, que lucha para sobrevivir a su terrible enfermedad, tendrá una gran influencia sobre Rémi…

Ilustración: Gallica.

Johanna Spyri – Heidi, ilustración de Jessie Willcox Smith (1922)

Johanna Spyri – Heidi, ilustración de Jessie Willcox Smith (1922)

Otra pequeña discapacitada entrañable y famosísima es Clara Seseman, la amiguita paralítica de Heidi, personaje creado por la autora suiza de lengua alemana Johanna Spyri (1827-1901) para sus dos novelas Heidis Lehr- und Wanderjahre (Años de aprendizaje y de viaje de Heidi, audiolibro en alemán, 1881) y Heidi kann brauchen, was es gelernt hat (Heidi hace uso de lo que ha aprendido, audiolibro en alemán, 1881). Clara, niña enferma, sufre de soledad: su madre ha muerto y su padre, siempre de viaje, ha delegado su educación a la severa Señorita Rottenmeier. La llegada de Heidi, venida de sus montañas para hacerle compañía, traerá un viento de alegría en la casa y le ayudará a Clara a disfrutar de la vida. Hasta que la pequeña discapacitada pueda viajar a los Alpes donde el buen aire y la comida sana le permitirán aprender a andar… Pero no olvidemos otro importante personaje, la abuela de Pedro, esta anciana ciega para la cual Heidi guardará – durante toda su estancia en la ciudad – panecillos tiernos… En una escena muy importante, Heidi, cuando comprende lo que representa la ceguera, rompe a llorar, descorazonada, en una toma de conciencia demasiado dolorosa para una niña tan pequeña…

Ilustración: Internet Archive.

Johanna Spyri – Heidi, ilustración de Jessie Willcox Smith (1922)

Johanna Spyri – Heidi, ilustración de Jessie Willcox Smith (1922)

« – No, hija mía, déjame, siempre será de noche para mí, incluso cuando haya nieve; la luz ya no llega a mis pobres ojos.
– Quizás veas más claro en verano, abuela, continuó Heidi, cada vez más incómoda y buscando algún remedio a aquella triste situación. ¡Sabes, cuando baja el sol y saluda a las montañas, es como si fuera fuego, y las florecillas amarillas brillan tanto! ¡Claro, ya verás claro en verano!
– ¡Ay! ¡Hija mía, ya no veré las montañas como fuego y las flores doradas; siempre será de noche para mí en esta tierra, siempre!
Heidi rompió a llorar. En su destreza, repetía, sollozando:
– ¿Pero, nadie te puede hacer ver? ¿Nadie?
La abuela intentó consolar a la pobre pequeña sin lograrlo durante mucho rato. Heidi no lloraba casi nunca, pero cuando empezada, le parecía que nunca podría consolarse. Después de intentarlo todo para tranquilizarla, la abuela le dijo por fin:
– Ven a mi lado, pequeña Heidi, acércate; quiero decirte una cosa. Cuando una persona ya no puede ver, se alegra más aún de poder oír buenas palabras, y me gusta mucho escucharte; ven, siéntate a mi lado, y cuéntame algo; dime lo que haces ahí arriba y lo que hace el abuelo. Lo conocí antaño; pero hace muchos años que no oigo nada de él, salvo por Pedro que tampoco habla mucho.»

Ilustración: Internet Archive.

Homer Greene – The Blind Brother (1887)

Homer Greene – The Blind Brother (1887)

The blind brother: a story of the Pennsylvania coal mines (El Hermano ciego: una historia de las minas de carbón de Pensilvania, audiolibro en inglés, 1887) es la historia de Tom, de catorce años, y de su hermano ciego de doce, Bennie. Ambos trabajan duro en una mina de carbón para ganar dinero con el fin de pagar la operación que devolverá la vista a Bennie. Entre huelgas y derrumbes de galerías, descubriremos las duras condiciones de trabajo de los mineros… Homer Greene (1853-1940), el autor estadounidense de esta novela juvenil llena de buenos sentimientos, era abogado, pero publicó poemas y varias novelas. The Blind Brother, su primera obra, recibió en 1886 el premio a la Mejor Novela Serializada de la revista The Youth’s Companion.

Ilustración: Project Gutenberg.

Laura Elizabeth Howe Richards – Melody, ilustración de Frank T. Merrill (1896)

Laura Elizabeth Howe Richards – Melody, ilustración de Frank T. Merrill (1896)

El padre de Laura Elizabeth Howe Richards (1850-1943) era el fundador de la más antigua escuela para ciegos de estados Unidos, la Perkins School for the Blind, y le puso a su hija el nombre de una de sus alumnas más famosas, Laura Bridgmann (1829-1889), primera sorda-ciega estadounidense en recibir una educación en inglés. De vocación temprana por la escritura, Laura Elizabeth Howe Richards es la autora de más de 90 obras, entre las cuales podemos encontrar poesía, biografías y sobre todo, numerosas novelas juveniles. La serie de los Melody, publicada entre 1893 y 1898, se encuentra entre éstas últimas. El primer título, Melody (1893) es la sentimental historia de una niña ciega que, después de salvar la vida de forma milagrosa en un incendio, cambiará el rumbo de las vidas de toda una comunidad. Las otras novelas de la serie, Marie (1894), The Troubling of Bethesda Pool (1895), y Rosin the Beau (1898), se articulan alrededor de personajes secundarios de la primera entrega y Melody no tiene tanto protagonismo.

Ilustración: Internet Archive.

Edith Nesbit – Harding's Luck, ilustración de H.R. Millar (1909)

Edith Nesbit – Harding’s Luck, ilustración de H.R. Millar (1909)

Militante socialista, la británica Edith Nesbit (1858-1924) es la autora de más de sesenta novelas y relatos infantiles. Se le considera una de las primeras autoras modernas para la juventud, y su mundo particular, que mezcla elementos mágicos con la realidad ordinaria, tuvo una gran influencia sobre autores como C.S. Lewis (Las Crónicas de Narnia) o J.K. Rowling (Harry Potter). Dickie Harding, el protagonista de Harding’s Luck (La Suerte de Harding, audiolibro en inglés, 1909), es un niño discapacitado. Un día descubre un hechizo antiguo que le permite viajar al pasado. Le permitirá reunirse con Elfrida and Edred Arden (que protagonizaban otra novela de Nesbit titulada The House of Arden (La Casa de Arden, audiolibro en inglés, 1908)), y, juntos emprenderán la búsqueda de un tesoro…

Ilustración: A Celebration of Women Writers.

Frances Hodgson Burnett – The Secret Garden (1910)

Frances Hodgson Burnett – The Secret Garden (1910)

The Secret Garden (El Jardín Secreto, audiolibro en inglés, 1910) es una novela marcada por la enfermedad y la diversidad funcional. Mary Lennox es una niña triste y arisca porque sus padres, demasiado preocupados por su carrera o su vida social, la descuidaron y no le enseñaron a amar. Al morir ambos en una epidemia de cólera en la India, Mary es recogida por su tío, un señor jorobado y misterioso, viudo, que vive con su hijo Colin y unos pocos criados en una casa aislada de Inglaterra. Desde su nacimiento, que provocó la muerte de su madre, el pequeño Colin yace en una cama, como « encogido » física y mentalmente. La amistad de Dickson, un joven criado amante de la naturaleza capaz de comunicarse con los animales, y el descubrimiento de un hermoso jardín secreto, cambiarán para siempre el carácter de Mary, que se abrirá al mundo y a la bondad. Con la ayuda de Dickson, se empeñará en ayudar a Colin a mejorar su salud… En esta novela adaptada varias veces para las pantallas, Frances Hodgson Burnett (1848-1924), exitosa escritora anglo-americana de Little Lord Fauntleroy (El Pequeño Lord, audiolibro en inglés, 1885) y A Little Princess (La Princesita, audiolibro en inglés, 1905), desarrolla los beneficios del pensamiento positivo y de la bondad como remedios tanto para la mente como para el cuerpo.

Ilustración: Internet Archive.

Frances Hodgson Burnett – The Secret Garden (1910)

Frances Hodgson Burnett – The Secret Garden (1910)

«Era una habitación grande, con muebles antiguos y elegantes. Un pequeño fuego brillaba débilmente en el hogar y una vela quemaba al lado de una cama con un dosel bordado, y encima de la cama, un niño lloraba nerviosamente. Mary se preguntó si estaba en un lugar real, o si se había vuelto a dormir sin darse cuenta. El niño tenía una cara estrecha y delicada, de color marfil, que parecía tener ojos demasiado grandes. Tenía además mucho pelo, que caía sobre su frente en mechones pesados que hacían que su delgada cara pareciera más pequeña. Tenía el aspecto de un niño que había estado enfermo, pero parecía llorar más de cansancio y malhumor que de dolor. Mary se quedó en la puerta con su vela en la mano, aguantando la respiración. Luego penetró en la habitación, y, al acercar la luz, llamó la atención del niño que giró la cabeza sobre la almohada y la miró fijamente, abriendo tanto sus ojos grises que parecían inmensos.»

Ilustración: Internet Archive.

Lucy Maud Montgomery – Kilmeny of the orchard, ilustración de George Gibbs (1910)

Lucy Maud Montgomery – Kilmeny of the orchard, ilustración de George Gibbs (1910)

Eric Marshall es un joven apuesto, ha acabado sus estudios y le espera un brillante futuro y un matrimonio acorde a su estatuto social. Para ayudar a un amigo enfermo, acepta sustituirlo en la escuela de la Isla del Príncipe Eduardo, una de las provincias marítimas de Canadá. Durante un paseo por la zona, conoce a Kilmeny, una joven muda, pero de oído perfecto, que toca el violín como nadie. Poco a poco, Eric va enamorándose de Kilmeny pero ella no acepta su propuesta de matrimonio, creyendo que su invalidez sería un estorbo para él cuando estuviesen casados. Un amigo de Eric, médico especializado en trastornos de la garganta, examina a Kilmeny y diagnostica que sólo una emoción fuerte podrá sacarla del silencio, provocando en ella una necesidad extrema de hablar. El hermano de Kilmeny, celoso de Eric, provocará aquella emoción fuerte… La canadiense Lucy Maud Montgomery (1874-1942), más conocida por su serie de novelas Anne of green gables (Ana, la de los tejados verdes, audiolibro en inglés, 1908) es la autora de Kilmeny of the orchard (Kilmeny de la huerta, audiolibro en inglés, 1910), novela sentimental cuyo final nos recuerda mucho el desenlace del pequeño cuento de Henri Vierne, leído al principio de esta sección…

Ilustración: Internet Archive.

Vasily Perov – Arrival schoolgirl to a blind father (1870)

Ilustración: Wikiart.

Aventura, Misterio, Fantástico: hacia la integración social

Robert Louis Stevenson – Treasure Island, ilustración de Louis Rhead (1915)

Robert Louis Stevenson – Treasure Island, ilustración de Louis Rhead (1915)

Si la novela realista del siglo XIX nos da una idea de las difíciles condiciones en las que vivían las personas discapacitadas, haciendo hincapié en el rechazo social del que eran víctimas, otros géneros nos brindan protagonistas cuya diversidad funcional es un atributo físico más que un obstáculo para llevar una existencia «normal». Tanto en novelas de aventuras como en relatos históricos o de misterio, encontramos a estos personajes ciegos, mudos, o con un garfio a modo de mano o una pata de palo, y su presencia es quizás un síntoma de que su aceptación en la sociedad era mejor de lo que nos llevaron a pensar las novelas realistas que acabamos de evocar. Aquí no sentiremos compasión por estos personajes: admiraremos a algunos por su heroísmo, odiaremos a otros por su deslealtad o su maldad, e incluso tendremos miedo por la locura o los poderes paranormales de los otros…

Ilustración: Internet Archive.

Edwin Henry Landseer - Sir Walter Scott in the Rhymer’s Glen (S. XIX)

Edwin Henry Landseer – Sir Walter Scott in the Rhymer’s Glen (S. XIX)

Amante de antigüedades, el abogado escocés Walter Scott (1771-1832) empezó su carrera literaria publicando textos medievales y canciones escocesas populares, además de sus propios poemas, antes de volcarse en un proyecto más ambicioso : la redacción de novelas escocesas y de novelas históricas, que le convirtió en uno de los autores escoceses más famosos y una de las figuras ilustres del romanticismo británico. Walter Scott no tenía ni dos años cuando sufrió un ataque de poliomielitis que le dejaría con una cojera de la pierna derecha y problemas de salud para el resto de su vida. Esta circunstancia explica, sin duda, que el famoso autor escocés estuviera muy comprometido con las personas discapacitadas, lo cual le llevaría  a escribir para su nieto discapacitado una recopilación de cuentos titulada Tales of a grandfather (Tomo 1, Tomo 2, Tomo 3, Cuentos de un abuelo, 1828-1831). Curiosamente, esta sensibilización hacia la discapacidad nunca se llegó a reflejar mucho en su obra narrativa, aunque hay que destacar algunos protagonistas con diversidad funcional con papeles más consistentes, aunque siempre secundarios, en sus obras tardías.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Walter Scott - The Black Dwarf, ilustración de W. Allan (1843)

Walter Scott – The Black Dwarf, ilustración de W. Allan (1843)

Primera entrega de las siete novelas que componen Tales of my Landlord (Tomo 1, Tomo 2, Tomo 3, Cuentos de mi arrendador, 1771-1832), The Black Dwarf (El Enano negro, 1816) es una corta novela histórica sobre la insurrección de los jacobitas a los pocos meses de ser firmado el Acta de Unión que en 1707 uniría Inglaterra y Escocia. Alejado de la agitación política, Elshie, el enano del título, es un misterioso personaje – inspirado de la vida de David Ritchie (1740-1811) que, víctima del rechazo de sus conciudadanos por su baja estatura, prefirió retirarse de la compañía de los hombres – que vive aislado en su castillo que todos creen encantado. Misántropo vehemente, el enano vive rodeado de cabras, las únicas en quererle sin preocuparse de su físico. Sin embargo, Elshie se dedica a aliviar las penas de los humanos, curando a los pastores, a los ladrones o a los animales con la misma dedicación. Un castillo misterioso rodeado de leyendas, un personaje atormentado por un horrible secreto, una evocación ricamente documentada de la vida rural y de las creencias populares, una sabia combinación de elementos góticos y de reconstitución histórica… The Black Dwarf es una novela que merecería ser redescubierta por su ambiente fantástico, a pesar de las pobres críticas que recibió en su tiempo.

Ilustración: Internet Archive.

Ancianos sordos o ciegos, enanos, mendigos cojos o ladrones tuertos… los personajes secundarios con diversidad funcional no faltan en la obra narrativa de Walter Scott:

  • Daniël Mitjens - Jeffrey Hudson in the woods (1628-1630)

    Daniël Mitjens – Jeffrey Hudson in the woods (1628-1630)

    Bessie McClure, viuda presbiteriana que se ha vuelto ciega al presenciar la ejecución de su segundo hijo, en Old Mortality (Eterna mortalidad, o Los Puritanos de Escocia, 1816), novela sobre las luchas religiosas en Escocia en el siglo XVII.

  • Elspeth of the Craigburnfoot, anciana sorda y senil que esperará su última hora para confesar un monstruoso secreto de familia, en The Antiquary (El Anticuario, audiolibro en inglés, 1816), novela de intrigas familiares con tintes de gótico.
  • Alice Grey, anciana inglesa, ciega y paralítica, criada al servicio de una familia escocesa durante toda su vida, con una fuerza mental que no han apagado las desgracias familiares y las enfermedades ; Annie Winnie, la mendiga anciana y coja, y Maggie, la paralítica, las asistentes de la siniestra sibila Ailsie Gourlay, en The Bride of Lammermoor (La Novia de Lammermoor, 1819), romance histórico ambientado en la Escocia de finales del s. XVII y principios del S. XVIII.
  • Nicholas Strumpfer, enano mudo apodado Pacolet, criado de la enigmática Norna, en la novela The Pirate (El Pirata, 1822), historia de costumbres y supersticiones de las islas Shetland.
  • Sir Mungo Malagrowther, anciano que en su infancia fue educado junto con el futuro Jacobo VI de Escocia para recibir los castigos corporales destinados al joven príncipe,  no posee más propiedades que su título. Es un personaje grotesco, misántropo, cínico, sarcástico, envidioso, cojo y aquejado de sordera… ¡selectiva! Aparece en la novela histórica ambientada en Londres en el siglo XVII, The Fortunes of Nigel (Las Aventuras de Nigel, 1822).
  • Fenella, joven sordomuda, acompañante de la Condesa de Derby, irascible, con bruscos cambios de humor, objeto de supersticiones de los habitantes de la isla de Man, en la que se ambienta parcialmente Peveril of the Peak (Peveril del Pico, 1823), una novela sobre un episodio de odio hacia los católicos provocado en 1679 por el rumor de un complot papista. Destaquemos en esta novela la aparición de un personaje histórico: Sir Geoffrey (o Jeffrey) Hudson, enano favorito de la reina Enriqueta María de Francia, que fue famoso en su tiempo por sus armoniosas proporciones corporales y su vida llena de peripecias (combatió en la Revolución inglesa, fue expulsado de la corte por matar a un hombre en un duelo, y pasó 25 años en cautividad, vendido como esclavo en África del Norte por los piratas berberiscos).
  • Wandering Willie es un músico ciego que aparece en la novela histórica Redgauntlet (1824), narrando una historia de fantasmas que se ha convertido en un clásico del género y fue publicada de manera independiente en antologías.
  • Dawfyd, un ladrón tuerto en The Betrothed (El Prometido, o El Condestable de Chester, 1825), primera entrega de Tales of the Crusaders (Cuentos de los cruzados), ambientada en los años previos a la Tercera Cruzada (1187-1190).
  • entre sus aventuras, será bajo el disfraz de Zohauk, esclavo nubio mudo, que Kenneth, el caballero del Leopardo yaciente, protagonista de The Talisman (El Talismán, audiolibro en inglés, 1825), segunda entrega de Tales of the Crusaders (Cuentos de los cruzados) ambientada durante la Tercera Cruzada (1189-1192), logrará salvar a Ricardo Corazón de León de un asesinato… En esta novela, también aparecen la pareja de enanos esclavos de la reina, Nectabanus y su mujer Guenevra.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Washington Irving

Washington Irving

Huésped privilegiado de la Alhambra en 1829, Washington Irving (1783-1859) se interesó por las leyendas tradicionales en las que el palacio granadino ocupa el lugar central con el fin de adaptarlas al gusto del público anglófono. De esta estancia y este trabajo de investigación folclórica, saldría Tales of the Alhambra (Cuentos de la Alhambra, audiolibro en inglés y en español, 1832), a la vez diario de viaje y recopilación de cuentos. El relato de la estancia de Irving en Granada y la Alhambra en una época en la que el palacio era guardado por un puñado de soldados veteranos e inválidos y habitado por las clases más humildes de la sociedad granadina, resulta un testimonio muy valioso. Su amistad con El Veterano, otro huésped de la Alhambra, anciano que perdió unos dedos y quedó cojo en combate, le ofrece a Irving la ocasión de narrar las aventuras llenas de picaresca del « gobernador manco ». Este antiguo gobernador de la Alhambra, un anciano astuto y orgulloso, siempre en conflicto con el gobernador de Granada por cuestiones de derecho de paso, sale victorioso de estas peleas vecinales en El Gobernador y el escribano. Sin embargo, en la Leyenda del gobernador manco y el soldado, su vanidad será cruelmente engañada por su amante y por un misterioso soldado…

Ilustración: New York Public Library Digital Gallery.

De Rotterdam a Londres, itinerario de una pata de palo alocada

The Cork Leg (1820-1830)

The Cork Leg (1820-1830)

Menos conocido que su poesía, el cuento La Pata de palo (p. 639 del PDF) de José de Espronceda (1808-1842) fue publicado en la revista El Artista en marzo de 1835. Introducido a la manera de los cuentos fantásticos, este relato lleno de humor cuenta la desventura de un comerciante inglés que, habiendo sido amputado de una pierna, se hace construir una de madera. Pero la prótesis resulta tan perfecta que el pobre hombre no puede dominarla y se ve arrastrado a una loca e infinita carrera que lo llevará desde las calles de Londres hasta los bosques de Canadá, último lugar dónde fue visto el desgraciado…

«Érase que en Londres vivían, no ha medio siglo, un comerciante y un artífice de piernas de palo, famosos ambos: el primero, por sus riquezas, y el segundo, por su rara habilidad en su oficio. Y basta decir que ésta era tal, que aun los de piernas más ágiles y ligeras envidiaban las que solía hacer de madera, hasta el punto de haberse hecho de moda las piernas de palo, con grave perjuicio de las naturales. Acertó en este tiempo nuestro comerciante a romperse una de las suyas, con tal perfección, que los cirujanos no hallaron otro remedio más que cortársela, y aunque el dolor de la operación le tuvo a pique de expirar, luego que se encontró sin pierna, no dejó de alegrarse pensando en el artífice, que con una de palo le habría de librar para siempre de semejantes percances. Mandó llamar a Mr Wood al momento (que éste era el nombre del estupendo maestro pernero), y como suele decirse, no se le cocía el pan, imaginándose ya con su bien arreglada y prodigiosa pierna que, aunque hombre grave, gordo y de más de cuarenta años, el deseo de experimentar en sí mismo la habilidad del artífice le tenía fuera de sus casillas.»

Ilustración: The British Museum.

Frances Parker Morley - The Flying Burgermaster (1832)

Frances Parker Morley – The Flying Burgermaster (1832)

No se sabe a ciencia cierta cuales fueron las fuentes que le inspiraron este cuento a Espronceda, pero es muy probable que el autor español tuviera conocimiento de alguna de las distintas versiones que llevaban circulando por el norte de Europa desde 1830. En abril de 1830, la revista británica The Polar Star of Entertainment publicó un relato fantástico del poeta e historiados escocés Henry Glassford Bell (1803-1874). Esta historia, titulada Mynheer of Wodenblock, a marvellous history (Mynheer of Wodenblock), había sido reproducida de manera anónima en diversos periódicos y revistas desde 1826 y, por fin, se atribuía a Henry Glassford Bell, ante intentos de apropiación indebida por otros autores. Traducido al francés y publicado en un sinfín de publicaciones periódicas galas en 1832-1833 (recordemos que Espronceda se exilió en París por razones políticas entre 1827 y 1833), este cuento fue finalmente publicado por Bell, bajo el título de The Marvellous History of Mynheer of Wodenblock (La Maravillosa Historia de Mynheer of Wodenblock) en un volumen de cuentos que vio la luz en 1832.

Ilustración: Internet Archive.

Frances Parker Morley - The Flying Burgermaster (1832)

Frances Parker Morley – The Flying Burgermaster (1832)

El mismo año 1832, la condesa Frances Parker Morley (1781-1857) publicó un precioso librito ilustrado por ella misma, The Flying Burgermaster: a legend of the Black Forrest (El Burgomaestre volante: una leyenda de la Selva Negra) en el que retoma el mismo argumento. Aunque difieran los paisajes (Rotterdam para Bell, la región alemana de Suabia para Morley, o Londres para Espronceda), el género (fantástico con tintes de gótico para Bell y Morley, paródico para Espronceda), y los puntos de vista (Bell se centra más en el artificio postizo mientras que Morley trabaja el personaje del burgomaestre), el argumento central no deja de ser el mismo y lleva a pensar que hay que buscar en la tradición folclórica los orígenes de esta historia curiosa que mezcla inquietudes propias del siglo XIX, como el robo de órganos, o el interés por los mecanismos de relojería y los autómatas, con referencias a figuras míticas como el Judío errante y el Holandés errante…

Ilustración: Internet Archive.

The cork leg, a celebrated comic song, sung with great applause, by Mr. Latham. At Niblo's Garden (1832)

The cork leg, a celebrated comic song, sung with great applause, by Mr. Latham. At Niblo’s Garden (1832)

No se sabe si este cuento fue una leyenda local más antigua de la ciudad holandesa de Rotterdam, punto de partida recurrente de varias versiones, leyenda local que se habría convertido en leyenda urbana al cruzar el Mar del Norte para instalarse en el Reino Unido, pero es quizás en la tradición popular donde encontramos el eslabón entre las versiones fantásticas de Bell y Morley y la parodia llena de humor picaresco de Espronceda: una canción irlandesa, balada callejera satírica y endiablada, de la cual se conocen referencias desde 1810, y que se hizo muy popular en los años 1830 y se titula The Cork Leg (La Pierna de corcho) y de la cual podemos escuchar una grabación de 1939 aquí

Ilustración: 19th Century American Sheet Music.

Edward Bulwer-Lytton – The last Days of Pompeii, ilustración de F.C. Yohn (1926)

Edward Bulwer-Lytton – The last Days of Pompeii, ilustración de F.C. Yohn (1926)

Como todo gran fresco histórico, The Last Days of Pompeii (Los Últimos Días de Pompeya, audiolibro en inglés, 1834), de Edward Bulwer-Lytton (1803-1873), está protagonizado por toda una galería de personajes que podrían haber vivido en las calles y las casas de Pompeya antes de que el Vesubio se pusiera a escupir lava y cenizas, aquel año 79 d.C.: buenos y malos, romanos y cristianos, griegos y egipcios, brujos y gladiadores… Y está Nydia. Nydia es una esclava ciega que vende flores por la calle. Cuando el griego Glauco, el héroe de la novela, la salva de sus brutales amos, Nydia se enamora perdidamente de él… sin esperanza, ya que Glauco ama a la hermosa Ione. A pesar de todo, Nydia, que conoce las calles de Pompeya mejor que nadie, ya que está acostumbrada a recorrerlas en la oscuridad de su ceguera, llevará a Glauco y Ione a salvo, durante la funesta noche de la erupción…

Ilustración: The Victorian Web.

Edward Bulwer-Lytton – The last Days of Pompeii, ilustración de F.C. Yohn (1926)

Edward Bulwer-Lytton – The last Days of Pompeii, ilustración de F.C. Yohn (1926)

«- Levántate, sígueme! Cógete de mi mano y te salvarás, Glauco!
Levantóse éste lleno de asombro y de repentina esperanza.
– Siempre Nydia! Ah! Con que estabas salva!
La ternura y alegría que respiraban estos acentos penetraron el corazón de la pobre Thesaliana y la bendijo, porque había pensado en ella. Siguió Glauco a su guía, llevando a Ione medio arrastrada. Evitó Nydia con admirable prudencia el sendero que dirigía a la multitud de quien se acababa de separar; y tiró hacia la playa por otro camino.
Después de haberse parado muchas veces, y a fuerza de increíble perseverancia, se vieron al cabo a la orilla del mar, y se incorporaron a un grupo de personas que, más resueltas que otras, habían decidido arriesgarlo todo antes que permanecer en medio de tal desastre. Se embarcaron en la oscuridad; y a medida que se alejaban de la ribera y veían la montaña bajo otros aspectos, sus torrentes de fuego líquido esparcían sobre las olas un color rojizo.»

Ilustración: The Victorian Web.

Honoré de Balzac – Facino Cane, ilustración de E. Lampsonius (1851-1853)

Honoré de Balzac – Facino Cane, ilustración de E. Lampsonius (1851-1853)

Facino Cane (audiolibro en francés, 1837) es un anciano ciego, que toca el clarinete en una pequeña orquesta, junto con otros dos músicos ciegos. Pero la ceguera no es el centro del argumento de este corto relato que forma parte de La Comédie Humaine (La Comedia humana, audiolibro en francés, 1829-1850), el conjunto monumental en el que Honoré de Balzac (1799-1850) retrató la sociedad de su tiempo. El relato cruza dos historias: la del narrador, anónimo personaje que algunos especialistas reconocen como el propio Balzac, que aspira a convertirse en otro gracias a la ebriedad de las facultades morales, y Facino Cane. Ambos se conocen en una boda y el anciano le cuenta al narrador su trepidante vida. Rico senador de Venecia, Facino Cane tiene el talento de poder oler el oro a distancia. Ve bascular su vida cuando, después de asesinar el marido de su amante, es encerrado en las mazmorras y condenado a ser decapitado. Logra escapar excavando un túnel y encuentra, en su fuga, el tesoro de la República de Venecia… En esta corta historia, Balzac explora temas como la monomanía y las facultades extrasensoriales…

Ilustración: Gallica.

Herman Melville – Moby Dick, ilustración de A. Burnham Shute (1892)

Herman Melville – Moby Dick, ilustración de A. Burnham Shute (1892)

Difícil de olvidar es el Capitán Ahab, el capitán del ballenero Pequod, víctima de su obsesiva y autodestructora persecución de la gran ballena blanca Moby Dick (texto en español, audiolibro en inglés, 1851). El personaje creado por el estadounidense Herman Melville (1819-1891) ha perdido una pierna, que le fue arrancada por la ballena, y desde entonces, firmemente apoyado sobre su pierna de marfil y animado por un inextinguible deseo de venganza, sigue el rastro del animal con el fin de matarlo con sus propias manos, arrastrando la tripulación y al barco en un viaje sin retorno. Dos grandes temas destacan en esta obra de Melville, reconocida hoy en día como una novela imprescindible de la literatura universal – a pesar de haber tenido poco éxito cuando se publicó por primera vez. Por una parte, Moby Dick es un fabuloso testimonio sobre la caza a la ballena a mitad del siglo XIX, industria entonces en pleno auge, por el aceite que se utilizaba en cosmética y perfumería, pero también por el marfil. Por otro lado, es una novela simbólica en la que, más allá de los nombres y apellidos bíblicos de los protagonistas, se describe, a través de la lucha entre el Capitán Ahab y la ballena, la lucha entre el Bien y el Mal, sin que se pueda determinar exactamente cual de los dos personajes encarna el Bien y cual el Mal. En efecto, las dos caras de la personalidad de Ahab hacen de él un personaje ambiguo: marinero excepcional, respetado por sus hombres, es no obstante corroído por el orgullo y el ansia de venganza, y su locura es quizás más peligrosa para la tripulación que la propia ballena…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Herman Melville – Moby Dick, ilustración de I. W. Taber (1902)

Herman Melville – Moby Dick, ilustración de I. W. Taber (1902)

«El aspecto de Ahab y aquella cicatriz me afectaron tan profundamente, que durante los primeros instantes en que lo vi no me di cuenta de que, en parte, mi horror se debía a la pata blanca en que se sostenía. Ya había yo oído decir que aquella pierna de marfil se le había improvisado en alta mar, con el hueso bruñido de un cachalote. Sí, se decía, lo desarbolaron en las costas del Japón, pero lo mismo que un buque desarbolado, se plantó otro mástil sin molestarse en esperar al regreso en tierra firme. Otra cosa llamó inmediatamente mi atención. A cada lado del alcázar de popa del Pequod, y junto a los obenques de mesana, había taladrados en las tablas unos agujeros de media pulgada de profundidad. Ahab metía en uno de ellos su pata de marfil y cogido a un obenque, se mantenía muy tieso, mirando fijamente por encima de la cabeceante proa del navío, imperturbable. No hablaba palabra, ni sus oficiales le decían nada tampoco. Producía una penosa impresión, la de que aquel hombre era el producto majestuoso de algún tremendo infortunio.»

Ilustración: Wikimedia Commons.

Jacques Arago

Jacques Arago

Tercero de una familia de cuatro hermanos, todos destacados miembros de la élite intelectual, científica, política o militar de principios de la primera mitad del siglo XIX, Jacques Arago (1790-1855) fue escritor y dramaturgo, pero es sobre todo recordado por los relatos de sus viajes alrededor del mundo como ilustrador científico en expediciones de exploración. Perdió la vista en 1837, a los cuarenta y siete años, pero la ceguera no le impidió seguir viajando. Al terminar la revolución de 1848, Francia empezó a interesarse por los descubrimientos auríferos de California y una compañía de cincuenta personas se organizó en París para viajar al otro lado del Atlántico y estudiar de más cerca las riquezas americanas… Arago, muy famoso entonces por sus relatos de viajes, fue solicitado para ayudar a organizar este viaje. Pero al conocerse que el capitán del barco en el que iban a viajar tenía un carácter extraño y caprichoso, Arago embarcó, se puso al frente de los viajeros, que bautizó sus Aragonautas, y guió a sus compañeros por el Atlántico y el Pacífico hasta las costas chilenas. Una vez llegados a Valparaíso, los Aragonautas abandonaron a su piloto con la excusa de que no querían hacerse responsables de los riesgos a los que un ciego podría ser expuesto en las orillas del río Sacramento… ! Solo, sin recursos, sin equipaje (lo desembarcaron sin dejarle tiempo de recuperar sus cosas personales), Arago no se dio por vencido. Aprovechó la estancia para visitar los desiertos y las montañas chilenas que quedaban por explorar, antes de embarcarse en un largo viaje que lo llevaría a Lima, San Francisco, Macao, las islas Marquesas, Tahití, Brasil, antes de volver a Francia. El relato de esta increíble y, no obstante, auténtica aventura de un ciego a través del mundo esta recogido en Les Deux Océans (Tomo 1, Tomo 2, Tomo 3, Los Dos Océanos), que Jacques Arago publicó en 1854 y dedicó al emperador de Brasil.

Ilustración: Gallica.

Paul Féval – Le Bossu (1877-1878)

Paul Féval – Le Bossu (1877-1878)

Le Bossu (El Jorobado, audiolibro en francés, 1858) creado por Paul Féval es en realidad un falso jorobado. Bajo el aspecto de este anciano jorobado, se disfraza el apuesto Caballero de Lagardère, experto esgrimista, con el fin de vengar a Philippe de Nevers, su adversario de esgrima y no obstante amigo, víctima de una trampa del malvado Philippe de Gonzague que quería apropiarse la fortuna y la esposa de Nevers… Esta novela de Paul Féval (1816-1887), considerada como un modelo del género de capa y espada, fue el objeto de una multitud de adaptaciones para el teatro (se puede leer en Internet Archive la traducción española de la primera adaptación teatral realizada por el propio Féval y por Anicet Bourgeois (1806-1871)) y las pantallas, además de ser seguida de otras siete novelas, todas escritas por… Paul Féval fils (1860-1933), el hijo de Paul Féval. En el duelo que opone Lagardère a Philippe de Gonzague, al principio de la novela, Lagardère marca con su espada la mano de su adversario pronunciando la frase: «Qui que tu sois, ta main gardera ma marque. Je te reconnaîtrai. Et si tu ne viens pas à Lagardère, Lagardère ira à toi.» («Seas quién seas, tu mano conservará mi marca. Te reconoceré. Y si no vienes a Lagardère, Lagardère irá a buscarte!»). Esta frase emblemática se convirtió en un proverbio muy usual para expresar una determinación firme.

Ilustración: Gallica.

Erckmann-Chatrian – La Reine des abeilles, ilustración de Émile Bayard (1867)

Erckmann-Chatrian – La Reine des abeilles, ilustración de Émile Bayard (1867)

Hennetius, el narrador de la novela La Reine des abeilles (La Reina de las abejas, audiolibro en francés, 1862), sorprendido por el mal tiempo durante una excursión botánica en las montañas suizas, se refugia durante varios días en la casa en la que viven Walter y Catherine Young con su hija Rœsel, una joven ciega. Su estancia le permitirá conocer mejor los maravillosos poderes de Rœsel. En efecto, parece tener un extraño vínculo de intimidad con las abejas: sabe cuando se aburren, cuando les apetece trabajar buscando la miel, o cuando tienen pereza. Más extraño aún, Rœsel parece ver a través de los miles de ojos de las abejas y conoce los bosques y los valles, es capaz de describir todas las plantas que conoce Hennetius, e incluso las que él ignora. Interrogada, Rœsel explica que las abejas son «los ojos del Señor». Un relato en el que Erckmann-Chatrian mezclan lo maravilloso de la situación, las descripciones románticas de paisaje, y el ambiente realista de la casa aislada en las montañas… Erckmann-Chatrian es el pseudónimo colectivo bajo el cual los escritores lorenos Émile Erckmann (1822-1899) y Alexandre Chatrian (1826-1890) publicaron una abundante colección de novelas y de cuentos, en los que destaca cierto realismo rústico influenciado por los cuentistas de la Selva Negra (ver nuestros Tesoros Digitales sobre los científicos locos de la literatura).

Ilustración: Gallica.

Wilkie Collins: los discapacitados al servicio de la novela de intriga victoriana

Wilkie Collins

Wilkie Collins

Amigo de Charles Dickens, el novelista inglés Wilkie Collins (1824-1889) fue muy famoso en la época victoriana por sus novelas sensacionalistas, precursoras de la novela policíaca y de suspense. Pero, además de su talento para articular intrigas misteriosas, Collins fue un fino observador de su tiempo y supo dar a su obra un contenido social, deteniéndose en temas delicados como la condición femenina y conyugal, el destino de los hijos tenidos fuera del matrimonio, o la adicción a las drogas. Collins fue él mismo adicto al opio, que empezó a consumir para aliviar los dolores que le provocaban sus ataques de gota, adicción que le provocaría crisis de paranoia. De baja estatura, con una cabeza muy grande para su corto cuerpo, muy miope, Wilkie Collins estaba muy sensibilizado por el aspecto físico de las personas, y esta preocupación se trasluce en las descripciones de sus protagonistas, hasta el punto de desarrollar lo que los especialistas de su obra llaman «crip theory», la teoría de la discapacidad, según la cual el cuerpo y las discapacidades pueden ser entendidos como formas de resistencia a la homogeneización cultural…

Ilustración: Europeana.

Wilkie Collins – The Moonstone, edición ilustrada (1900)

Wilkie Collins – The Moonstone, edición ilustrada (1900)

Su novela más emblemática, The Moonstone (La Piedra lunar, audiolibro en inglés, 1869), fue escrita bajo el efecto de la droga y Collins confesó, años más tarde, que no recordaba la fase de redacción de su novela. La Piedra lunar es un enorme diamante alrededor del que gravita toda una galería de personajes, todos sospechosos de haberlo robado. Entre ellos, la criada Rosanna Spearman, enigmática jorobada que ha tenido un pasado turbio, y su amiga Lucy Yolland, joven coja cuya discapacidad mantiene alejada de los hombres y de cualquier pretensión al matrimonio.

Ilustración: Internet Archive.

Wilkie Collins – The Moonstone, edición ilustrada (1900)

Wilkie Collins – The Moonstone, edición ilustrada (1900)

«Antes de que hubiera tenido yo tiempo de hallar una respuesta capaz de abarcar la inmensa vastedad de esta pregunta, vi avanzar hacia mí un fantasma que surgió de un oscuro rincón de la cocina. Una muchacha pálida, montaraz, extravagante, con una cabellera notablemente hermosa y unos ojos fieramente sagaces, se aproximó, cojeando y sosteniéndose en una muleta, a la mesa ante la cual me hallaba yo sentado y me miró como si estuviera observando un objeto interesante y a la vez horrendo, que la fascinaba totalmente.
– Mr. Betteredge – dijo, sin quitarme los ojos de encima -, le ruego tenga a bien repetirme su nombre.
-Este caballero se llama – replicó Betteredge (recalcando con énfasis la palabra caballero) – Mr. Franklin Blake.
La muchacha me volvió la espalda y abandonó súbitamente la habitación. La buena de Mrs. Yolland, creo, me dio algunas excusas por el extraño comportamiento de su hija, y Betteredge, probablemente, las tradujo a un inglés decoroso. Escribo de esto sin mayor certeza. Mi atención se hallaba absorbida en seguir el rumor de la muleta de la muchacha. ¡Pum!, ¡pum!, mientras subía por la escalera de madera; ¡pum!, ¡pum!, a través del cuarto, sobre nuestras cabezas; ¡pum!, ¡pum!, por la escalera nuevamente… ¡y he ahí, en el vano de la puerta, al fantasma, con una carta en la mano y haciéndome señas!
Yo dejé que las nuevas excusas siguieran su curso a mis espaldas y avancé en pos de esa extraña criatura – que cojeaba más y más rápidamente delante de mí – cuesta abajo, hacia la playa. Luego de conducirme hasta detrás de unos botes, fuera de la vista y del alcance del oído de las pocas gentes que se veían en la aldea de pescadores, se detuvo y me enfrentó por vez primera.
– No se mueva – me dijo – Necesito observarlo.
No había cómo engañarse respecto de la expresión de su cara. Yo le inspiraba las más hondas sensaciones de horror y repugnancia que sea posible inspirar. No seré tan vanidoso como para afirmar que ninguna mujer me había mirado anteriormente de esa manera. Solamente aventuraré la más modesta aserción de que ninguna me había hecho percibir tal cosa hasta ese instante. Hay un límite respecto de la longitud del examen que todo hombre es capaz de tolerar, bajo determinadas circunstancias. Yo traté de desviar la atención de la coja Lucy hacia otra cosa menos repulsiva que mi cara.»

Ilustración: Internet Archive.

Wilkie Collins – Hide and seek, edición ilustrada (1899)

Wilkie Collins – Hide and seek, edición ilustrada (1899)

Como ocurre en muchas de sus novelas, Hide and Seek (El Juego del escondite, audiolibro en inglés, 1854), es una historia en la que se mezclan varios relatos alrededor de un inconfesable secreto de familia. El pintor Valentin Blyth es un hombre muy generoso : cuida tiernamente a su esposa paralítica, adoptó hace diez años a Madonna, una niña sorda y muda, víctima de malos tratos en un circo, y ayuda a Zack, un joven que quiere ser artista, en contra de la voluntad de su tiránico padre. Temeroso de perder a Madonna si un día la joven se reencuentra con alguien de su familia biológica, Blyth ha mantenido en secreto lo poco que logró saber sobre los orígenes de su hija adoptiva. Pero un día, Zack entabla amistad con un misterioso extranjero, recién regresado de un exilio voluntario en América…

Ilustración: Internet Archive.

Wilkie Collins – Poor Miss Finch, edición ilustrada (1900)

Wilkie Collins – Poor Miss Finch, edición ilustrada (1900)

Lucilla Finch, la protagonista de Poor Miss Finch (Pobre Señorita Finch, audiolibro en inglés, 1872) es una joven ciega, tan guapa como intrépida, que ha asumido plenamente su ceguera y no se para a apiadarse de su suerte. Está enamorada de Oscar, un chico honrado y bueno, cuya belleza y virtudes se resumen para ella en una voz y unas caricias cariñosas. Operada de cataratas, recobra la vista para descubrir un mundo lleno de una luz cálida y de deliciosos colores, pero plagado de falsedades, mentiras, traiciones y engaños que practican sin escrúpulos los que tienen la suerte de poder ver… La usurpación de identidad de la que será víctima la pobre señorita Finch es el tema central de este melodrama victoriano que mezcla sensualidad y misterio.

Ilustración: Internet Archive.

Wilkie Collins – The Guilty River (1911)

Wilkie Collins – The Guilty River (1911)

Obra tardía en su bibliografía, la novela corta The Guilty River (El Río culpable, audiolibro en inglés, 1886) trata dos de los temas de predilección de Wilkie Collins: los efectos psicológicos de una discapacidad física – en este caso la sordera – y el amor entre un hombre de clase media y una mujer de clase inferior. De regreso de Alemania a la muerte de su padre, Gerard Roylake se reencuentra con su amiga de infancia Cristel Toller, la hija del molinero. También conoce a un extraño hombre sordo que vive en el molino, al que todos conocen como « El Huésped ». Poco a poco los dos jóvenes se enamoran, provocando los celos del Huésped, obsesionado por Cristel. El extraño hombre le entrega a Gerard un manuscrito en el que explica su miedo de padecer un mal hereditario (que también padecieron su padre y su abuelo) y describe sus estudios de medicina y la enfermedad que le provocó la sordera…

Ilustración: wilkie-collins.info.

Los protagonistas de las novelas que acabamos de presentar son sin duda los más interesantes, por que su diferencia física tiene un papel en el desarrollo de la intriga, pero la obra de Wilkie Collins rebosa de personajes secundarios con diversidad funcional:

Ilustración: Internet Archive.

Mary Elizabeth Braddon – The Trail of the serpent (1890)

Mary Elizabeth Braddon – The Trail of the serpent (1890)

Contemporánea de Wilkie Collins, Mary Elizabeth Braddon (1835-1915) no es tan famosa hoy en día. No obstante, esta prolífica autora fue una escritora de novelas sensacionalistas muy popular en la época victoriana. Creadora de unos hermosos retratos de criminales, fue una de las pioneras del género policíaco: fue la primera mujer en introducir la figura de un detective como personaje central de una novela, creó una de las primeras mujeres detectives literarias e innovó en la técnica literaria, siendo una de las primeras en practicar el «howcatchem», en el que se describe primero el crimen antes de proceder a la elucidación del misterio. Con trasfondo de intrigas familiares, muertes sospechosas, venganza y justicia, la primera novela de Mary Elizabeth Braddon, The Trail of the serpent (La Huella de la serpiente, 1860) mezcla hábilmente las peripecias palpitantes y los elementos melodramáticos con una ironía muy propia de Charles Dickens. El joven Richard Marwood es injustamente acusado de asesinar a su tío y es condenado a la reclusión perpetua en un manicomio. Cuando, ocho años más tarde, logra escapar, decidido a encontrar el verdadero culpable, su camino se cruzará con el de Jabez North, huérfano y manipulador entregado al crimen, de Valerie de Cevennes, rica heredera que ha caído en la diabólica trampa de North y del Sr. Peters, un detective sordomudo que traduce sus brillantes razonamientos en lengua de señas… Lord Hubert Lashmar, nacido con una malformación de la columna vertebral, es otro personaje «diferente» creado por Mary Elizabeth Braddon. Es uno de los protectores de la joven Stella Boldwood, dividida entre dos mundos antagónicos: la sociedad conservadora victoriana y el socialismo incipiente de los ámbitos populares e intelectuales. One Thing needful (Tomo 1, Tomo 2, Una cosa necesaria, 1886) es sin duda la novela más comprometida desde el punto de vista político de esta escritora.

Ilustración: Internet Archive.

Jules Verne – Michel Strogoff, ilustración de Jules Férat (1905)

Jules Verne – Michel Strogoff, ilustración de Jules Férat (1905)

Publicada para la ocasión de la visita del zar de Rusia a París, Michel Strogoff (Miguel Strogoff, adaptación teatral en español, audiolibro en francés, 1876) se sitúa a veinte mil leguas de las otras obras de Jules Verne. Novela de aventuras, western ruso, thriller literario, esta obra prescinde del tono académico y de los inventos futuristas tan propios de la imaginación del famoso escritor. Es el relato del periplo de tres meses de Michel Strogoff, correo del zar, obligado a cruzar toda Siberia, desde Moscú hasta Irkutsk, para avisar al hermano del zar de la llegada de hordas de tártaros encabezadas por el traidor Ivan Ogareff. Un peligroso periplo sembrado de obstáculos y de pruebas… Por ejemplo, capturado por sus enemigos, Strogoff, cuyas facultades mentales y musculares son más propias de un superhéroe moderno que de un simple correo del zar, tendrá los ojos quemados y deberá seguir con su misión a pesar de su ceguera…

Ilustración: Gallica.

Robert Louis Stevenson – Thrawn Janet, ilustración de William Strang (1899)

Robert Louis Stevenson – Thrawn Janet, ilustración de William Strang (1899)

Si el cuello torcido y la cabeza colgándole a un lado de Janet M’Clour, la misteriosa criada de un joven pastor en un pueblecito de Escocia, protagonistas del cuento de terror Thrawn Janet (Janet la Torcida, 1881), solo se pueden explicar por razones sobrenaturales, otros personajes lisiados nacidos bajo la pluma de Robert Louis Stevenson (1850-1894) parecen tan reales que sus figuras se han anclado profundamente en el imaginario colectivo, convirtiéndose en los arquetipos de la figura del pirata: con su loro en el hombro, su única pierna y su muleta, el ambiguo Long John Silver, que disimula sus oscuros objetivos bajo una camaradería campechana, y Blind Pew, su compañero de aventuras, que perdió la vista en el mismo abordaje que le costó la pierna a Silver. Dos protagonistas de Treasure Island (La Isla del tesoro, audiolibro en inglés y en español, 1883) cuya invalidez es más un atributo físico que un impedimento para llegar a sus fines…

Ilustración: British Museum.

Robert Louis Stevenson – Treasure Island, ilustración de N.C. Wyeth (1911)

Robert Louis Stevenson – Treasure Island, ilustración de N.C. Wyeth (1911)

«Así pasaron las cosas hasta el día siguiente del entierro de mi padre. Ese día, como a las tres de una tarde nebulosa, helada y desagradable, estaba yo parado hacía unos momentos en la puerta del establecimiento, lleno de tristes y desconsoladoras ideas acerca de mi pobre padre, cuando percibí a alguien que se acercaba por el camino lentamente. Era un hombre completamente ciego, porque tanteaba delante de sí con un palo y llevaba puesta sobre sus ojos y nariz una gran venda verde. Aparecía jorobado como bajo el peso de los años o de una enfermedad terrible, y vestía una vieja y andrajosa capa marina con capuchón, que le daba un aspecto positivamente deforme y horroroso. Yo nunca he visto en mi vida una figura más horripilante y espantable que aquella. Detúvose un instante cerca de la posada y levantando la voz en un tono de canturria extraña y gangosa lanzó al viento esta relación:
– ¿Querrá alguna alma caritativa informar a un pobrecito ciego que ha perdido el don preciosísimo de su vista en la defensa voluntaria de su patria Inglaterra—así bendiga Dios al Rey Jorge—en dónde o en qué parte de este país se encuentra ahora?
– Está Vd. en la posada del «Almirante Benbow», caleta del Black Hill, buen hombre, le dije yo.
– Oigo una voz, una voz de joven, me replicó él. ¿Quisiera Vd. darme su mano y guiarme adentro, mi bueno y amable niño?»

Ilustración: Internet Archive.

Robert Louis Stevenson – Treasure Island, ilustración de N.C. Wyeth (1911)

Robert Louis Stevenson – Treasure Island, ilustración de N.C. Wyeth (1911)

«Estaba yo en espera del patrón, cuando un hombre salió de un cuarto de al lado del salón, y a la primera ojeada tuve la seguridad de que aquel no era otro que John Silver. Su pierna izquierda había sido amputada desde la cadera, y bajo el brazo izquierdo se apoyaba en una muleta que manejaba con la más increíble destreza, saltando sobre ella con la agilidad de un pájaro. Era muy alto y fuerte, con una cara tan grande como un jamón, rasurada y pálida, pero inteligente y risueña. No cabía duda en que estaba, a la sazón, del mejor humor del mundo, silbando alegremente mientras pasaba por entre las mesas, y soltando, a cada paso, una broma graciosa o dando una palmadilla familiar sobre el hombro a cada uno de sus parroquianos favoritos.
Ahora bien, si he de decir la verdad, confesaré que, desde la primera mención que el Caballero hacía en su carta, de John Silver, comencé a temer interiormente que este no fuese otro que el «marinero de una sola pierna» por cuya temida aparición vigilé tanto tiempo en el «Almirante Benbow». Pero me bastó la primera ojeada que eché sobre él para desvanecer mis temores. Yo había visto bien al Capitán, y a Black Dog, y al ciego Pew, y creí que ya con eso me bastaba para saber lo que era o debía ser un filibustero, es decir una criatura, según yo, bien distinta de aquel aseado, sonriente y bien humorado amo de casa.»

Robert Louis Stevenson - Kidnapped (1922)

Robert Louis Stevenson – Kidnapped (1922)

Ilustración: Internet Archive.

En 1886, Stevenson introducirá otro ciego memorable en Kidnapped (Secuestrado, audiolibro en inglés) que, más que una novela de aventuras destinada a un público juvenil, es sobre todo una minuciosa reconstitución histórica de la vida en los Highlands escoceses en el siglo XVIII. Entre las peripecias que deberá vivir el joven David Balfour, después de ser secuestrado para ser vendido como esclavo en una plantación, encontramos su aventura en la isla de Mull, guiado por Duncan Mackiegh, un peligroso ciego que conoce cada roca y cada arbusto de la isla y, con su pistola, es capaz de disparar de oído…

 Ilustración: Internet Archive.

George de Forest Brush – Orfeo (1890)

 

Publicada por primera vez en La Libertad electoral de Santiago de Chile en 1888, antes de formar parte del volumen Azul (1890), El Sátiro sordo es una fábula en la que un joven Rubén Darío (1867-1916) plasma su desencanto juvenil frente a la actitud de los poderosos que, al no entenderlos, desprecian y persiguen a los intelectuales en lugar de apoyarles. Castigado de sordera por Apolo por sorprenderle mientras tañía la lira, el sátiro de Rubén Darío recibe la visita de Orfeo que deseoso de huir de la sociedad de los hombres, le dedica un canto tan maravilloso que conmueve a toda la naturaleza circundante. Pero el sátiro, que por supuesto no ha oído nada, requiere la opinión de sus dos consejeros, una alondra y un asno…

 Ilustración: Wikimedia Commons.

Rudyard Kipling – The Light that failed,ilustración de Reginald Bolles (1909)

Rudyard Kipling – The Light that failed,ilustración de Reginald Bolles (1909)

De inspiración autobiográfica, la primera novela de Rudyard Kipling (1865-1936), The Light that failed (La Luz que se apaga, audiolibro en inglés, 1890) es la historia del amor no correspondido de Dick Heldar, pintor e ilustrador famoso por sus dibujos de guerra realizados durante la guerra de Sudán en 1885, por Maisie, su amiga de infancia convertida en su rival en el ámbito artístico. Más allá de la hostilidad declarada hacia las mujeres y el matrimonio – hostilidad nacida del fracaso amoroso del joven Kipling con la artista Flo Garrard – y de la idealización de la guerra, del peligro y de la camaradería viril – única forma para el hombre de vivir plenamente y de ser libre, al contrario del matrimonio que ata al hombre e inhibe al artista -, hay que leer The Light that failed como una interesante reflexión sobre el arte y la relación entre el artista y su público : el verdadero artista debe ser el que obedece exclusivamente a su instinto sin prostituirse a las exigencias del público y de los galeristas. Los efectos retardados de una vieja herida de guerra harán que Dick Heldar pierda progresivamente la vista. Al no poder dedicarse a su arte, y antes que la ceguera le obligue a ser una carga para sus amigos, el independiente Dick preferirá volver a los campos de batalla de Sudán donde una bala perdida acabará con sus tormentos…

Rudyard Kipling - «They», ilustración de F.H. Townsend (1905)

Rudyard Kipling – «They», ilustración de F.H. Townsend (1905)

Ilustración: Internet Archive.

Varias obras de Rudyard Kipling introducen personajes ciegos, algunos protagonistas secundarios, como la bruja Haneefa que protege a Kim (audiolibro en inglés, 1900-1901) con sus drogas y hechizos mágicos. «They» («Ellos», audiolibro en inglés, 1904) es un cuento sin duda inspirado en la vida de su autor, cuya adorada hija pequeña había muerto pocos años antes, en el que un viajero perdido llega a una mansión habitada por una mujer ciega y un grupo de niños misteriosos… Ceguera, sueños, pérdida de seres queridos son los temas de este conmovedor relato. Más realista es la historia de Janki Meah, el minero ciego de At Twenty-Two (Pozo veintidós, 1888), que salva a sus compañeros guiándoles a través de una galería inundada pero es víctima de la perfidia de su joven y guapa esposa…

Ilustración: Internet Archive.

Arthur Conan Doyle - The Adventure of the crooked man, ilustración de Sidney Paget (1893)

Arthur Conan Doyle – The Adventure of the crooked man, ilustración de Sidney Paget (1893)

Cuando los criados del coronel James Barclay encuentran su cuerpo sin vida, junto con su esposa Nancy desmayada, justo después de haber oído una fuerte discusión entre ambos, todas las sospechas pesan sobre la dulce mujer, a pesar de que formaban un matrimonio feliz y unido. Afortunadamente, Sherlock Holmes sabrá reconocer en un extraño jorobado el elemento clave que le permitirá elucidar este misterio en el que el malo de la historia no es el que creemos… The Adventure of the crooked man (La Aventura del jorobado) de Arthur Conan Doyle fue publicada en 1893 en la revista Strand Magazine antes de formar parte del volumen titulado The Memoirs of Sherlock Holmes (Las Memorias de Sherlock Holmes, audiolibro en inglés, 1894).

Ilustración: Wikimedia Commons.

Arthur Conan Doyle - The Adventure of the crooked man, ilustración de Sidney Paget (1893)

Arthur Conan Doyle – The Adventure of the crooked man, ilustración de Sidney Paget (1893)

«–¡Muy bien, Simpson! –le dijo Holmes, dándole unas palmaditas en la cabeza–. Adelante Watson. La casa es ésta.
Holmes entregó su tarjeta, acompañándola de un mensaje en que le anunciaba que había venido para tratar de un asunto importante. Un momento después nos encontrábamos cara a cara con el hombre al que habíamos venido a visitar. A pesar de que el tiempo era muy caluroso, lo encontramos acurrucado junto al fuego, y el cuartito parecía un homo. El hombre se hallaba sentado en su silla, tan contraído y recogido sobre sí mismo que producía una impresión indescriptible de deformidad; sin embargo, la cara que volvía hacia nosotros, aunque ajada y atezada, debió de haber sido en un tiempo notable por su belleza. Nos miró receloso con sus ojos biliosos de ictérico y, sin hablar ni levantarse, nos señaló con un vaivén de la mano dos sillas.
–Estoy hablando con el señor Henry Wood, procedente de la India, ¿no es así? –le preguntó Holmes con afabilidad–. Vine para conversar sobre ese asuntillo de la muerte del coronel Barclay.»

Ilustración: Wikimedia Commons.

La educación de los ciegos: el gran paso hacia la ciudadanía

Un libro en escritura Braille

Ilustración: New York Public Library Digital Gallery.

Hasta el siglo XVIII, la historia de los ciegos se confunde con la de los otros excluidos de la sociedad. Pero la publicación en 1749 de la Lettre sur les aveugles à l’usage de ceux qui voient de Denis Diderot (ver nuestra entrega anterior) provocará un movimiento de concienciación, y los ciegos empezarán a gozar de más consideración. Pero habrá que esperar aún cerca de treinta años, concretamente en 1785, para ver la creación de la primera escuela para ciegos.

Valentin Haüy y el mendigo ciego, grabado de Léon Gaucherel, según la escultura de Badiou de la Tronchère (1866)

Valentin Haüy y el mendigo ciego, grabado de Léon Gaucherel, según la escultura de Badiou de la Tronchère (1866)

Erudito, conocedor del latín, del griego, del hebreo y de una decena de lenguas vivas, Valentin Haüy (1745-1822) fue nombrado en 1783 intérprete del rey Luis XVI para el español, el italiano y el portugués. Dos anécdotas cambiaron el rumbo de su vida. Contrariado por las reacciones irónicas del público mientras asistía a un espectáculo interpretado por un grupo de jóvenes actores ciegos en 1771, Haüy decidió crear una escuela para ciegos, siguiendo el ejemplo del Abbé de l’Épée con los sordos. Años más tarde, en mayo de 1784, un joven mendigo le hizo observar que la moneda que le estaba dando era una limosna demasiado importante. Este chaval ciego, François Lesueur, se convirtió en su primer alumno. El gran proyecto de Valentin Haüy era enseñar a leer a los ciegos. Para llegar a tal propósito, mando realizar unos caracteres especiales: las letras normales del alfabeto, pero de gran tamaño. Pegadas en unas hojas acartonadas, se lograba un efecto de relieve que permitía distinguir las letras de manera táctil. Así es como François Lesueur aprendió a leer, a componer frases y adquirió rudimentos de ortografía y de cálculo. Progresó tan rápidamente que a los pocos meses, en septiembre del mismo año, Valentin Haüy pudo anunciar el éxito de su proyecto en Le Journal de Paris y fue oficialmente felicitado por la Academia de las ciencias. Una sociedad filantrópica que acogía una docena de ciegos para enseñarles la hilatura, le confió la educación de sus protegidos. Fue el punto de partida de una institución pionera que bajo diversos nombres atravesaría los siglos, las revoluciones y las guerras y perduraría hasta hoy (hoy se llama L’Institut national des jeunes aveugles).

Ilustración: BIU Santé.

Francesco Lana de Terzi - Prodromo... : el sistema Lana de escritura para ciegos (1670)

Francesco Lana de Terzi – Prodromo… : el sistema Lana de escritura para ciegos (1670)

En realidad, antes de Valentin Haüy, existieron iniciativas aisladas de escritura en relieve o de instituciones de acogida de los ciegos.
El jurista árabe ciego Zayn Ud Dîn Al Âmidî ideó en el siglo XIV un sistema de lectura destinado a los ciegos basado en huesos de frutas. En el siglo XVII, el matemático jesuita italiano Francesco Lana de Terzi (1631-1687) diseñó un proceso de impresión en relieve sobre papel grueso y un sistema de escritura para ciegos completamente novedoso porque no utilizaba las letras latinas, sino que se componía de puntos y guiones. Prodromo, overo saggio di alcune inventioni nuove premesso all’arte maestro (1670), el tratado escrito por Lana de Terzi en el que explica su sistema de escritura para ciegos, también contiene un capítulo en el que el jesuita describe un invento que no llegaría a construirse nunca, pero que hace de él uno de los pioneros de la aeronáutica: un «barco volador» sostenido en el aire por unos globos más ligeros que el aire…

Ilustración: E-Rara.

Valentin Haüy - Essai sur l'éducation des aveugles... (1786)

Valentin Haüy – Essai sur l’éducation des aveugles… (1786)

La acogida de los ciegos en instituciones especializadas no llegó antes de mediados del siglo XVIII, pero las enseñanzas que se daban en estas escuelas estaban orientadas al aprendizaje de algún oficio manual, dejando de lado la formación intelectual. Valentin Haüy supo ofrecer este componente a sus alumnos, gracias a la enseñanza de la lectura. Sus avances en la educación de los ciegos quedan plasmados en el Essai sur l’éducation des aveugles, ou Exposé de différens moyens… pour les mettre en état de lire, à l’aide du tact, d’imprimer des livres dans lesquels ils puissent prendre des connaissances de langues, d’histoire, de géographie, de musique, etc.,… (Ensayo sobre la educación de los ciegos, o Exposición de diferentes métodos… para darles la posibilidad de leer, con el tacto, de imprimir libros gracias a los cuales puedan adquirir conocimientos de lenguas, historia, geografía, música, etc,…), impreso en 1786 por sus propios alumnos, y con la tipografía especial diseñada por él. Los años del Consulado (1799-1804) no le fueron favorables a Haüy, pues había participado activamente en la vida política revolucionaria desde los inicios de la Revolución francesa. Detenido varias veces, respondió en 1806 a la invitación del zar Alejandro I de Rusia de crear y dirigir en San Petersburgo una escuela para ciegos. Después de 11 años, regresó a París en 1817 para descubrir que lo habían olvidado y no se le permitió visitar la escuela que él mismo creara hasta unos pocos meses antes de morir, en marzo de 1822.

Ilustración: Gallica.

Charles Barbier - Petite typographie privée d’ambulance (1815)

Charles Barbier – Petite typographie privée d’ambulance (1815)

Oficial del ejército francés exiliado durante la Revolución francesa, Charles Barbier de la Serre (1767-1841) volvió a Francia al principio del Imperio Napoleónico. A petición de Napoleón, se interesó por diseñar un método que les permitiera a los soldados comunicarse de manera silenciosa por la noche. Este método, llamado «escritura nocturna» consistía en codificar las órdenes mediante puntos y guiones en relieve, lo cual se podía «leer» de manera táctil. Pero la lectura táctil no fue adoptada por el ejército: difícil de aprender, resultaba además incómoda para los dedos de los soldados de Napoleón, poco acostumbrados a tareas tan delicadas. Convencido de que su invento era bueno, Barbier no se dio por vencido y autoeditó varios panfletos divulgativos (por ejemplo, Petite typographie privée d’ambulance (Pequeña tipografía privada de ambulancia, 1815)) en el que sugería otras utilidades que las propiamente militares. Asistiendo a una demostración de lectura por ciegos en libros impresos según el método Haüy, al Capitán Barbier le impresionó la extrema lentitud de esta forma de leer e imaginó desarrollar su «escritura nocturna» para adaptarla a las necesidades de los ciegos y darle por fin el reconocimiento que se merecía. Así nació la «sonografía», procedimiento de transcripción de los sonidos en combinaciones de puntos y guiones en relieve, sistema revolucionario completado por un aparato de codificación diseñado por el propio Barbier. No obstante este sistema tenía sus limitaciones: al ser un sistema fonético, no se tomaba en cuenta la ortografía, no existían combinaciones para las cifras, las notas musicales o los símbolos matemáticos, y el tamaño de las rejillas era demasiado grande para poder leer de una sola vez, con un solo dedo.

Ilustración: Wellcome.

Louis Braille

Louis Braille

El Capitán Barbier presentó su método una primera vez en 1820 al director de la escuela creada por Valentin Haüy, ahora Institution royale des jeunes aveugles, recibiendo una respuesta reservada. Un año más tarde, el nuevo director de la institución decidió que el invento tenía que ser presentado directamente a los alumnos, ya que eran ellos los que podrían opinar objetivamente sobre el interés de este método. Entre los asistentes, un chaval de doce años, Louis Braille, se mostró muy interesado…
Hijo de un talabartero, Louis Braille (1809-1852) perdió la vista a los tres años a consecuencia de un accidente en el taller de su padre, mientras jugaba con las herramientas de trabajar el cuero. Sus padres, que ambos sabían leer y escribir, eran plenamente conscientes de la necesidad, para un niño discapacitado, de recibir una buena formación y le consiguieron, cuando Louis tenía diez años, una beca de estudios en la institución creada por Valentin Haüy. Louis demostró ser un alumno brillante, sacando resultados excelentes tanto en las disciplinas intelectuales como en las materias de aprendizaje manual. No tenía quince años cumplidos cuando le confiaron responsabilidades docentes en la misma institución en la que permaneció como profesor hasta que sus problemas de salud le alejaran definitivamente de la enseñanza en 1844.

Ilustración: Digital Commonwealth, Massachusetts Collections Online.

Louis Braille - Procédé pour écrire les paroles, la musique et le plain-chant au moyen de points, à l’usage des aveugles et disposés pour eux... (1829)

Louis Braille – Procédé pour écrire les paroles, la musique et le plain-chant au moyen de points, à l’usage des aveugles et disposés pour eux… (1829)

Seducido por la presentación de la sonografía de Charles Barbier en 1821, Braille se puso a profundizar en esta técnica y aportarle unas cuantas mejoras. Entre un viejo oficial, de carácter poco dispuesto a aceptar la crítica, y un adolescente al que, a pesar de sus buenas notas, nadie iba a hacer caso al principio, la relación no podía ser de otro modo que conflictiva. No obstante, Louis siguió con su objetivo, y en 1829 sale a la luz Procédé pour écrire les paroles, la musique et le plain-chant au moyen de points, à l’usage des aveugles et disposés pour eux, par Louis Braille, répétiteur à l’institution Royale des Jeunes Aveugles (Procedimiento para escribir las letras, la música y el canto llano mediante puntos, para el uso de los ciegos y dispuesto para ellos, por Louis Braille, repetidor en la Real Institución de los Jóvenes Ciegos), verdadero acta de nacimiento del sistema Braille. Aunque este sistema ha ido evolucionando y mejorando con el tiempo, esta primera versión de 1829 ya era mejor que la sonografía de Barbier: las combinaciones de puntos eran más pequeñas y por lo tanto se podían leer con un solo dedo, el método era más fácil de aprender para los pequeños ciegos, y, por otra parte, se trataba de un alfabeto, calcado sobre el alfabeto latino, lo cual significaba un acceso real y completo no sólo a la cultura sino también a la ciudadanía…

Ilustración: National Federation of the Blind.

Una carta escrita por Louis Braille en 1842 con un prototipo de «raphigraphe»

Una carta escrita por Louis Braille en 1842 con un prototipo de «raphigraphe»

Mundialmente conocido por el sistema de escritura en relieve que lleva su nombre, Louis Braille dedicó su vida y su inteligencia en mejorar la integración social de los ciegos. Consciente de que eran los ciegos los que debían hacer los esfuerzos necesarios para poder comunicarse con los videntes, elaboró otro método para diseñar las letras, cifras, y otros signos de los videntes, en forma de representación gráfica por puntos, que permitiera tanto su reconocimiento visual por parte de los videntes como su representación táctil por los ciegos. Este sistema, llamado «decapunto», se publicó en 1839 en Nouveau procédé pour représenter par des points la forme même des lettres, les cartes de géographie, les figures de géométrie, les caractères de musique, etc., à l’usage des aveugles (Nuevo procedimiento para representar con puntos la forma misma de las letras, los mapas de geografía, las figuras de geometría, los caracteres de música, etc, para el uso de los ciegos).

Ilustración: Braillenet.org.

El «Raphigraphe» diseñado por Louis Braille en 1839

El «Raphigraphe» diseñado por Louis Braille en 1839

Para mecanizar y simplificar la escritura en este sistema, Braille ayudó a su amigo Pierre-François-Victor Foucault a diseñar un aparato llamado el «Raphigraphe», invento precursor de la impresora de agujas, en el que las letras del alfabeto están representados mediante sus combinaciones de puntos en decapunto: de esta manera, el texto «tecleado» aparece escrito con tinta e impreso en relieve en la misma hoja de papel y tanto los ciegos como los videntes pueden leerlo. Esta primera máquina de escribir para ciegos se presentó al público en la Exposición Universal de París en 1855, tres años después de la muerte de Louis Braille.

Ilustración: Braillenet.org.

Alfabeto Moon para ciegos (1877)

Alfabeto Moon para ciegos (1877)

Durante el siglo XIX y hasta la Primera Guerra Mundial, aparecieron otros sistemas de escritura en relieve, como por ejemplo el estadounidense New York Point, inspirado en los puntos del Braille, o Moon type, que representa las letras latinas de manera estilizada y en relieve y que todavía se utiliza hoy en día – sobre todo por personas que perdieron la vista en la edad adulta y conocen la forma de las letras latinas o cuando no tienen suficiente sensibilidad táctil para poder distinguir los caracteres del Braille -, y variantes nacionales del Braille que provocarían rivalidades entre adeptos de un sistema u otro en una «guerra de los puntos» que concluiría con la adopción casi universal del Braille. La elección de un estándar único de lectura y escritura, de representación científica o musical, permitió concentrar los avances tecnológicos en una sola dirección: desarrollar las herramientas necesarias para mecanizar y automatizar la elaboración de productos intelectuales en Braille y de esta manera, promover aún más el acceso de los ciegos a la cultura y a la formación personal.

Ilustración: Wikimedia Commons.


Un ciego mecanografiando un texto en la Asociación Valentin Haüy (1908)

Ilustración: Gallica.

Nuevos tiempos, nuevas costumbres: el Siglo XX

Aunque la literatura de la discapacidad de los primeros años del siglo XX parece haberse escrito en la continuidad de los temas de las décadas anteriores, nuevos componentes empiezan a aparecer en este género literario tan particular, síntomas de una esperanza de cambio social o consecuencias de los grandes acontecimientos políticos y económicos del siglo…

Un grupo de veteranos británicos de la Primera Guerra Mundial

Ilustración: World War 1 Postcards.

Jan Ciągliński – Ciega (1899-1910)

Jan Ciągliński – Ciega (1899-1910)

La producción poética de estas primeras décadas del siglo XX es el reflejo de esta evolución literaria. Si poemas como Al Jorobado (S. XX), de Leopoldo Lugones (1874-1938), The Blind  (La Ciega, 1911), de Sara Teasdale (1884–1933), A los ojos de un ciego (1912), de Fernando de Arteaga y Pereira (1851-1934), o À une petite aveugle (A una pequeña ciega, 1920) de Henri Barbusse (1873-1935) siguen exaltando la destreza y la soledad tan cantadas ya por los poemas decimonónicos, otros artistas abordan temas más íntimos o modernos.

Ilustración: Wikimedia Commons.

En 1916, el poeta y escritor británico naturalista Thomas Hardy (1840-1928), que recordamos sobre todo por su novela Tess of the d’Urbervilles (Tess, la de los d’Urberville, audiolibro en inglés, 1891) se eleva contra una costumbre bárbara en un poema ecologista antes de hora, The Blinded Bird (El Pájaro cegado). En este poema, el poeta, miembro de una asociación de protección de animales y firme opositor de la vivisección, denuncia cómo, para impedir que se distraigan, se quitaba la vista a los pinzones elegidos para que canten mejor en los campeonatos de canto. Esta tradición no se abolió hasta 1920, después de que los veteranos ciegos de la primera guerra mundial hicieron campaña para que se abandonara esta práctica.

«So zestfully canst thou sing?
And all this indignity,
With God’s consent, on thee!
Blinded ere yet a-wing
By the red-hot needle thou,
I stand and wonder how
So zestfully thou canst sing!

John Gerrard Keulemans – Pinzón común (1869)

John Gerrard Keulemans – Pinzón común (1869)

Resenting not such wrong,
Thy grievous pain forgot,
Eternal dark thy lot,
Groping thy whole life long;
After that stab of fire;
Enjailed in pitiless wire;
Resenting not such wrong!

Who hath charity? This bird.
Who suffereth long and is kind,
Is not provoked, though blind
And alive ensepulchred?
Who hopeth, endureth all things?
Who thinketh no evil, but sings?
Who is divine? This bird.»

Ilustración: Wikimedia Commons.

Wilfred Owen

Wilfred Owen

La poesía de Wilfred Owen (1893-1918), poeta británico caído en el frente pocas semanas antes de firmarse el armisticio, nos hace entrar de lleno en los horrores de la guerra. Huyendo de los himnos patrióticos tan de moda por aquella época, Owen fue de los primeros en abordar con palabras crudas, realistas, el espanto vivido en las trincheras y en llorar la pérdida de toda una generación. Su poema Disabled (Discapacitado) evoca los amargos pensamientos de un soldado aún adolescente al que le han cortado las piernas: forzado no sólo a renunciar a la actividad física, sino también a la sensualidad, recuerda las circunstancias frívolas en las que partió por el frente y constata cómo la multitud que esperaba su regreso era mucho más reducida y menos entusiasta que la que celebró su salida…

Ilustración: Wikimedia Commons

«He sat in a wheeled chair, waiting for dark,
And shivered in his ghastly suit of grey,
Legless, sewn short at elbow. Through the park
Voices of boys rang saddening like a hymn,
Voices of play and pleasure after day,
Till gathering sleep had mothered them from him.

About this time Town used to swing so gay
When glow-lamps budded in the light blue trees,
And girls glanced lovelier as the air grew dim,
—In the old times, before he threw away his knees.
Now he will never feel again how slim
Girls’ waists are, or how warm their subtle hands.
All of them touch him like some queer disease.

Transporte de heridos en la batalla de Somme, 1916

Transporte de heridos en la batalla de Somme, 1916

There was an artist silly for his face,
For it was younger than his youth, last year.
Now, he is old; his back will never brace;
He’s lost his colour very far from here,
Poured it down shell-holes till the veins ran dry,
And half his lifetime lapsed in the hot race,
And leap of purple spurted from his thigh.
One time he liked a bloodsmear down his leg,
After the matches carried shoulder-high.
It was after football, when he’d drunk a peg,
He thought he’d better join. He wonders why . . .
Someone had said he’d look a god in kilts.

That’s why; and maybe, too, to please his Meg,
Aye, that was it, to please the giddy jilts,
He asked to join. He didn’t have to beg;
Smiling they wrote his lie; aged nineteen years.
Germans he scarcely thought of; and no fears
Of Fear came yet. He thought of jewelled hilts
For daggers in plaid socks; of smart salutes;
And care of arms; and leave; and pay arrears;
Esprit de corps; and hints for young recruits.
And soon, he was drafted out with drums and cheers.

Some cheered him home, but not as crowds cheer Goal.
Only a solemn man who brought him fruits
Thanked him; and then inquired about his soul.
Now, he will spend a few sick years in Institutes,
And do what things the rules consider wise,
And take whatever pity they may dole.
To-night he noticed how the women’s eyes
Passed from him to the strong men that were whole.
How cold and late it is! Why don’t they come
And put him into bed? Why don’t they come?»

Ilustración: Wikimedia Commons.

Paul Leroy – Le mendiant aveugle de l’oasis d’El Bordj (1890)

Ilustración: Images d’art.

Louis-Cyrus Macaire – Barco saliendo del puerto de Le Havre (1851)

Louis-Cyrus Macaire – Barco saliendo del puerto de Le Havre (1851)

Las personas con diversidad funcional parecen haber sido, a lo largo de la historia y según las obras literarias, excluidas de toda forma de sensualidad. Ha habido que esperar al siglo XX para que algunos autores se atrevan a imaginar las consecuencias físicas, psicológicas o sociales de una relación sentimental con una persona discapacitada. Jérôme, el protagonista de Humble (Humilde, audiolibro en francés, 1901), es efectivamente una persona llena de humildad y de honradez. Perdidamente enamorado de la hija de su patrón, un rico negociante de la ciudad portuaria de Le Havre, este empleado modelo no duda un solo instante en viajar a Brasil en plena epidemia para salvar la sucursal americana de la empresa. No tiene ninguna esperanza de seducir a Arlette, la joven y bonita hija, porque ella nunca se fijará en aquel jorobado tímido, por muchos sacrificios que Jérôme haga por su padre. Sin embargo, Arlette sí se fija y su corazón empieza a vacilar… Aunque su corazón es capaz de olvidar la «diferencia» del pobre jorobado, la razón de Arlette – y sus prudentes padres – le presenta las consecuencias sociales que tendría el casarse con Jérôme. El amor naciente de la joven no será bastante fuerte para ayudarla a afrontar las burlas y el rechazo… Este cuento cruel del notario normando Pierre-Paul Toutain (1848-1925), que firmaba sus obras literarias como Jean Revel, bien podría haber sido obra de su paisano Guy de Maupassant.

Ilustración: Gallica.

Lucas Malet - The History of Sir Richard Calmady (1901)

Lucas Malet – The History of Sir Richard Calmady (1901)

El éxito de The History of Sir Richard Calmady (La Historia de Sir Richard Calmady) se debe en gran parte al revuelo que causó su publicación en 1901: la búsqueda de realización sentimental y sexual por un hombre discapacitado resultó demasiado cruda para la época. Sir Richard Calmady – cuya figura está inspirada en un personaje real, el político irlandés Arthur MacMorrough Kavanagh (1831-1889), que a pesar de tener las piernas y los brazos atrofiados, tuvo una vida activa y logró ser miembro del parlamento – nació sin la parte inferior de las piernas, y tiene los pies en el lugar de las rodillas. Entre maldición hereditaria y creencias populares, la explicación de esta discapacidad puede no convencer al lector del siglo XXI: en el siglo XVII, otro Sir Calmady había dejado embarazada y abandonado a una campesina antes de atropellar con su carro al hijo de ambos, cortarle las piernas y matarlo. Esta villanía provocaría la maldición de la familia Calmady, maldición que se anularía al nacer un heredero discapacitado. Este heredero fue Sir Richard, nacido poco tiempo después de que su padre tuviera que ser amputado de las dos piernas a causa de un accidente de caballo, causándole una impresión tan fuerte a su esposa embarazada que la visión del marido amputado repercutió en el feto y el niño nació con las piernas atrofiadas. Más allá de estas leyendas familiares estrambóticas, resulta interesante la forma en la que Lucas Malet (pseudónimo de Mary St Leger Kingsley, 1852-1931), la autora, aborda el aprendizaje de la sensualidad por el joven Richard, sus aventuras amorosas en Europa y finalmente, cansado de su vida disoluta, su matrimonio con una prima suya feminista – seguidora del movimiento conocido como «Nueva Mujer» – y lesbiana, y su giro hacia el socialismo cristiano y las obras filantrópicas.

  Ilustración: Internet Archive.

James Matthew Barrie – Peter Pan, ilustración de Alice B. Woodward (1911)

James Matthew Barrie – Peter Pan, ilustración de Alice B. Woodward (1911)

Diametralmente opuesto a Jérôme, el jorobado humilde de Jean Revel, James Hook, el Capitán Garfio es sin duda uno de los personajes más antipáticos de la literatura. Perfecta encarnación del Mal, el cruel jefe de los piratas de Peter Pan, or The Boy who wouldn’t grow up (Peter Pan, el niño que no quería crecer, audiolibro en inglés, 1902) debe su nombre al famoso garfio que, además de sustituir su mano derecha, es el símbolo de su personalidad fría, dura y cortante. Arquetipo del adulto que lo quiere dominar todo en una novela sobre el rechazo de acceder al mundo adulto, el perfil psicológico de James Hook es uno de los más elaborados de la obra de James Matthew Barrie (1860-1937). Por haber aceptado envejecer, perversión suprema desde el punto de vista de Peter, Hook es y se sabe mortal, y vive en el temor permanente de la visión de su propia sangre. Es consciente de que el tiempo ha empezado a roerle y de que su esperanza de vida tiene cuenta atrás, cronometrada por el tic-tac inquietante y obsesionante emitido por el cocodrilo gigante que ya le ha comido la mano y le persigue desde entonces con la esperanza de algún bocado más. Hook sabe que el día en el que se detenga el cronómetro, ya no podrá oír el cocodrilo cuando se le acerque y ya no podrá salvarse de sus mandíbulas. Y efectivamente, Hook morirá el día en el que se detiene el cronómetro, pero en unas circunstancias inesperadas: es Peter el que, poniéndose a imitar el cocodrilo sin siquiera darse cuenta, tomará el relevo del animal y llevará al pirata anciano a la muerte, para, cual Edipo, construir su propio lugar en el mundo. ¿Peter Pan, una novela para niños?

Ilustración: Internet Archive.

Joseph Conrad

Joseph Conrad

Cuando el Capitán Whalley recibe una carta de su hija casada en el extranjero con un hombre inútil e incapaz de mantenerlos, a ella y a su hijo, el anciano acepta un último trabajo como capitán del Sofala, carguero propiedad de un hombre tan amargado por la vida que ha decidido amargar a los que tenga bajo sus órdenes. Para poder ayudar a su hija, el digno Capitán Whalley deberá lidiar con los intereses de los que lo rodean con el fin de conservar este empleo. Pero la vida también le va a imponer un supremo obstáculo: un problema que tiene que esconder a todos, para no perder el trabajo, el Capitán Whalley se está quedando ciego… Esta conmovedora historia titulada The End of the tether (Con la soga al cuello, audiolibro en inglés, 1902) es obra de un Joseph Conrad (1857-1924) arruinado que, obligado a abandonar la navegación, se vio presionado por su editor a escribir relatos cortos.

 Ilustración: New York Public Library Digital Gallery

Henry Clifford - Bow view of the steamship Great Eastern (188?)

Henry Clifford – Bow view of the steamship Great Eastern (188?)

«- ¡No siga! Basta.
El capitán Whalley no se movió ni alzó la voz.
– No diga una palabra más. No puedo retribuirle. Hasta para eso soy demasiado pobre. Su estima es demasiado valiosa. Usted no es la clase de hombre que se rebajaría a engañar a un pobre diablo o poner a un barco en peligro cada vez que lo saca al mar.
El señor Van Wik, con la cara sonrosada de asombro, la almidonada servilleta sobre las rodillas, se inclinó hacia adelante; desconfiaba de sus sentidos, de su entendimiento, de la cordura de su huésped.
– ¿Dónde? ¿Por qué? En nombre de Dios, ¿qué es esto? ¿Qué barco? No comprendo quién…
– En nombre de Dios, ¡se trata de mí! Un barco está en peligro cuando su capitán no puede ver. Me estoy quedando ciego.
El señor Van Wilk permaneció inmóvil durante unos segundos. Luego, mientras recordaba las palabras de Sterne («el juego se acabó»), se agachó bajo la mesa para recoger la servilleta que se le había caído.
– Los he engañado a todos. Nadie lo sabe, dijo allá arriba la voz apagada del capitán Whalley. »

Ilustración: National Maritime Museum

Nasreddine Dinet – Mendigo ciego cantando la epopeya del profeta (192?)

Nasreddine Dinet – Mendigo ciego cantando la epopeya del profeta (192?)

Nacida en Ginebra en un ambiente cosmopolita europeo, Isabelle Wilhelmine Marie Eberhardt (1877-1904) fue una exploradora y escritora suiza que vivió y viajó por el Norte de África. Atraída por la religión musulmana y la cultura argelina, se convirtió al Islam y adoptó las costumbres del país. Su producción literaria, entre relato de viaje y descripción costumbrista, es un valioso testimonio de la realidad de la sociedad argelina a principios del siglo XIX. Con su estilo lleno de poesía, Eberhardt evoca en Le Meddah (El Meddah, audiolibro en francés, 1903) el destino de un cuentacuentos itinerante desde sus primeros éxitos cuando, joven y apuesto meddah atraía a las multitudes con sus cantos tradicionales, hasta la vejez mendicante, oscurecida por la ceguera…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Leopold Carl Müller – El Mendigo ciego (1878)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Ramón María del Valle-Inclán – Flor de santidad (1904)

Ramón María del Valle-Inclán – Flor de santidad (1904)

Poema en prosa, leyenda milenaria, romance campesino, Flor de santidad (1904) es una de las obras más importantes de la prosa modernista en lengua española. En esta obra, Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936) recrea el ambiente de la Galicia de su infancia, rural, supersticiosa, milagrera para contar la historia de la cándida Ádega, joven pastora huérfana y visionaria. A su alrededor gravita un coro trágico de pastores y cazadores, ciegos y sus lazarillos, peregrinos y bandidos, personajes arquetípicos y anónimos. Entre los ciegos ladinos y chistosos, destaca un viejo ciego que narra sus historias a las mozas, cual fauno rodeado de ninfas, un «dios primitivo, aldeano y jovial».

Ilustración: Internet Archive.

Ramón María del Valle-Inclán – Flor de santidad (1904)

Ramón María del Valle-Inclán – Flor de santidad (1904)

«Un ciego mendicante y ladino que arrastra luenga capa y cubre su cabeza con parda y puntiaguda montera, refiere historias de divertimiento á las mozas sentadas en torno suyo. Aquel viejo prosero tiene un grave perfil monástico, pero el pico de su montera parda, y su boca rasurada y aldeana semejante á una gran sandía abierta, guardan todavía más malicia que sus decires, esos añejos decires de los jocundos arciprestes aficionados al vino y á las vaqueras y á rimar las coplas. Las aldeanas se alborozan y el ciego sonríe como un fauno viejo entre sus ninfas. Al oír los pasos de la ventera, interroga vagamente :
— ¿Quién es?
La ventera se vuelve desabrida :
— Una buena moza.
El ciego sonríe ladino :
— Para el señor abade.
— Para dormir contigo. El señor abade ya está muy acabado.
[…]
Sucede un largo silencio. El ciego alarga el brazo hacia la ventera y queriendo alcanzarla, vuelve á interrogar :
— ¿Quién es?
— Ya te dije que una buena moza.
— Y yo te dije que fueses adonde el abade.
— Déjame reposar primero.
— Vas á perder las colores.
Los aldeanos se alborozan de nuevo. El ciego permanece atento y malicioso, gustando el rumor de las risas como los ecos de un culto, con los ojos abiertos, inmóviles, semejante á un dios primitivo, aldeano y jovial. »

Ilustración: Internet Archive.

Francis Jammes – Pomme d'anis, ilustración de Henri Georget (1914)

Francis Jammes – Pomme d’anis, ilustración de Henri Georget (1914)

Poeta, novelista, dramaturgo y crítico francés, Francis Jammes (1868-1938) es poco recordado hoy en día en su país de origen, mientras que en países de lengua alemana (Alemania, Austria, Suiza), y también en Japón o Estados Unidos, su obra sigue estando viva. Natural de los Pirineos, pasó gran parte de su vida en el Béarn y en el País Vasco francés, que se convirtieron en sus principales fuentes de inspiración. Uno de sus temas de predilección, recurrente tanto en su poesía como en su narrativa, son las vírgenes, las doncellas inmaculadas de sentimientos virtuosos. Laure, la protagonista de Pomme d’anis, ou L’Histoire d’une jeune fille infirme (Manzana de anís, o La Historia de una doncella inválida, 1904), es una de estas jóvenes angelicales. Encantadora, deliciosa, pero inválida y delicada, protege del amor a su frágil y asustadizo corazón. Laure, no obstante, desearía amar al guapo Johannès Arnoustigny, pero él se casará con Luce, la amiga de Laure, porque la joven inválida, para no causarle pena a su amiga, favorecerá esta unión. Una historia un poco anticuada, pero entrañable y llena de poesía, que provoca en el lector unos sentimientos parecidos a los que se sienten al explorar una caja de fotografías antiguas…

Ilustración: Patrimoine des Bibliothèques d’Aquitaine.

Retrato de Santiago Rusiñol por Ramon Casas i Carbó (189?)

Retrato de Santiago Rusiñol por Ramon Casas i Carbó (189?)

L’Home dels gossos (El Hombre de los perros, 1905) es un anciano vagabundo, cojo, medio jorobado, casi ciego, enfermo, que logra subsistir gracias a los números de circo de sus tres perros. Cuando la pequeña tropa empieza a descomponerse (uno de los animales se fuga y otro es capturado y sacrificado), el anciano se queda solo con el fiel Colom, el más listo de los tres artistas caninos. Al volverse completamente ciego, el pobre vagabundo no se resuelve a abandonar el buen perro para entrar en un asilo y prefiere seguir su ruta errante, guiado por Colom, hasta que uno de los dos muera… Este trágico cuento sobre la fidelidad y amistad indefectible de los perros, y la soledad que conlleva la ceguera para una persona sin recursos y sin familia, es obra del artista polifacético Santiago Rusiñol (1861-1931), pintor además de escritor y dramaturgo en lengua catalana.

Ilustración: The Athenaeum.

Jean-François Raffaelli – Le Vieillard et son chien (S. XIX)

Jean-François Raffaelli – Le Vieillard et son chien (S. XIX)

« Se va fer acompanyar a un asil, però no havia pensat que pera’ls goços no n’hi ha d’asil: no havia pensat que havia de deixar an en Colom; i quan va esser al peu de la porta, abraçat amb el goçet i caient-li llagrimes de la fosca:
– No’t deixaré, li va dir. Anem tots dos sols. Porta-m allà on vulguis, Colom.
I en Colom, com si ho entengués, va bordad a davant del camí, com dient:
– Lliga-m una corda, que, encara que siga de broma, ja les conec les carreteres per lo molt que les he seguides, i et guiaré de poble en poble.
I l’amo, amb el seu company, les va ben tornar a seguir aquelles blanques carreteres, que s’havien tornat negres; les va anar seguint a les palpentes, i les va trobar molt més llargues i hermes i fosques, com un camí de tenebres, i va tornar a sentir el dringar d’encluses, i plorar totes les campanes, i a no veure un raig de sol, ni un pampol d’or sobre les feixes, ni’l gronxament de les espigues, ni la blavor de la plana; i aquest cordill que’l sostenia, anant d’ell a l’acompanyant, era l’unic nervi sensible que’l comunicava am la terra.
Un dia aquell cordill va aturar-se, i ell va sentir com un esglai.
– Qué tens, Colom? Per què t’atures? »

Ilustración: Versailles Enchères.

Joaquím Sorolla – El Ciego de Toledo (1906)

Ilustración: The Athenaeum.

Eliza Suggs

Eliza Suggs

Lo poco que se sabe de la vida de Eliza Suggs (1876-1908) nos ha llegado de su único libro publicado, un volumen de memorias y poesía titulado Shadow and sunshine (Sombra y sol, 1906). Desde muy pequeña, esta hija de antiguos esclavos estadounidenses sufría repetidas rupturas de huesos sin que los médicos pudieran averiguar las causas de sus dolencias y su familia no esperaba ver llegar a la edad adulta esta niña que no lograba crecer. Tuvo que esperar años para que los avances científicos permitieran que se la diagnosticara de osteogénesis imperfecta, o enfermedad de los huesos de cristal. La pequeña Eliza permaneció inmovilizada en su casa hasta que unos amigos de su familia le dejaron una silla de ruedas, permitiéndole asistir, junto con sus tres hermanas, a la escuela y recibir una educación, cosa aún muy excepcional para una mujer negra, cerca de dos décadas después de la Guerra de Secesión. Después de la muerte de su padre, que al convertirse en un hombre libre había abandonado el trabajo de la tierra para hacerse predicador de la Iglesia Metodista Libre y luchar contra el alcoholismo, Eliza siguió militando por la temperancia, dando conferencias y mítines en los que solía evocar su discapacidad y cómo su fe religiosa le había ayudado a seguir adelante…

Ilustración: Internet Archive.

1914-1918. Primera Guerra Mundial. Con la aparición de armas siempre más potentes, la que tenía que ser « la última de las últimas » se convierte en una inmensa carnicería sin sentido. El regreso a la vida civil de aquellos soldados supervivientes de las trincheras pero con el cuerpo o el alma destrozados no se hace sin dificultades y plantea nuevas incógnitas sociales: después de los horrores que han vivido, el regreso a la vida normal va a ser imposible. Mientras se esconden los desfigurados y se minimiza la existencia de grandes mutilados – testimonios demasiado dolorosos de la barbarie y la inutilidad de esta guerra -, los que sufren de trastornos psicológicos buscan el refugio en la adicción al alcohol o las drogas, o marginándose en la delincuencia, cuando no recurren al suicidio. Pero habrá que esperar varios años antes de que los destinos de estos hombres de la « generación perdida » salgan del ámbito puramente familiar y se conviertan en temas literarios.

Fotograma de «The Four Horsemen of the Apocalypse» (1921)

Fotograma de «The Four Horsemen of the Apocalypse» (1921)

En 1916, Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) evoca en El Monstruo (1916), cuento cruel publicado en la revista La Esfera, las distintas fases de la vida de una esposa de soldado: la necesidad de ser útil trabajando en los hospitales, la rivalidad con las amigas para saber cuál de los esposos es más valiente, y luego la angustia de no tener noticias, seguida de la esperanza, al saberle vivo, de que sus heridas no sean demasiado graves, hasta el brutal choque de encontrarse con un hombre atrozmente mutilado… Al contrario de la reacción egoísta de Odette, la protagonista de El Monstruo, tanto Margarita como Chichí en Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis (audiolibro en francés y en inglés) sabrán, a su manera, adaptarse a la invalidez de su soldado: Margarita sacrificará una relación adúltera para dedicarse a su marido que, antes de marchar al frente donde perdería los ojos, le había devuelto su libertad para que pueda ser feliz con su amante, y Chichí, fiel a su personaje de niña caprichosa que ha de ser la primera en todo, verá en la mutilación de una mano sufrida por su prometido una ocasión para demostrar a todos su propio heroísmo… (Ver nuestra entrega de Tesoros Digitales dedicada a la narrativa de la Primera Guerra Mundial para más información sobre esta novela.)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Vicente Blasco Ibáñez – El Monstruo (1916)

Vicente Blasco Ibáñez – El Monstruo (1916)

« La guerra ofrece sus satisfacciones y deleites. ¡Los tés entre mujeres, sin la presencia de hombres molestos que agobian con sus galanteos; vestidas todas ellas de blanco, como criadas de balneario, recibiendo las ojeadas envidiosas de las que no llevan uniforme, y fabricando géneros de punto para los soldados con la torpe suficiencia de una labor enseñada recientemente por la doncella!…
—Mi marido combate en Alsacia…. ¿Y el señor Delfour, dónde está?…
El señor Delfour andaba del lado de Bélgica; y su esposa, lanzando en torno una mirada de orgullo, hacía el relato de sus glorias. Dos citaciones en la orden del día: cruz, segundo galón. Pero llovían héroes, y Odette experimentaba cierto despecho al oír que todas las otras casi decían lo mismo de sus hombres.
¡No poder distinguirse!…
Un día el hotel del parque Monceau se conmovió con una terrible crisis de nervios y de lágrimas, acompañada de choque de puertas, llegada de automóviles, desfile de médicos. El teniente Delfour estaba herido de gravedad por la explosión de una granada. Odette quiso marchar al lado de su esposa inmediatamente…. ¡Imposible!
Luego quiso morir, mientras la madre permanecía erguida, silenciosa, pálida, con los ojos parpadeantes y secos, mordiéndose los labios.
Al volver Odette á las reuniones íntimas, experimentó cierta satisfacción. Ninguna amiga osaba ya compararse con ella.
—Mauricio está herido…gravemente herido.
Y todas se apiadaban del esposo seductor maltratado por la guerra. »

Ilustración: Biblioteca Digital Hispánica

Léon Bloy, por A. Delannoy (1910)

Léon Bloy, por A. Delannoy (1910)

Algunas voces, entre las de los intelectuales europeos más reconocidos, se elevaron para denunciar aquella locura, logrando a duras penas hacerse oír entre el tumulto de los himnos patrióticos y la manipulación mediática de la opinión pública. Fundamentalista religioso, místico, pero también instigador de rebeldías, Léon Bloy (1846-1917) es un de estos intelectuales profundamente marcados por la amplitud del conflicto bélico. En 1917, el año quizás más tenebroso de la guerra, Bloy establece en el ensayo Dans les ténèbres (En tinieblas), una brillante metáfora entre la ceguera y la falta de discernimiento de la población europea en general y de los intelectuales en particular.

«La muchedumbre infinita, la población toda del globo, todos ciegos. No sólo el mundo entero duerme, sino que a fuerza de dormir, el mundo entero se ha quedado ciego, incluso en los mismos sueños, de suerte que, de despertarse, lo hará a ciegas, acometido por el miedo horrible de caer en algún hoyo. Pero lo más chocante de esta universal ceguera, es que los más ciegos son precisamente los clarividentes, los que pasan por ver más allá que los demás, por ver antes que los demás.
Entre los antiguos judíos, o mejor entre los antiguos israelitas de la Biblia, anteriores a la fundación de Roma, se llamaba vidente al profeta. Cuando el peligro acechaba, se pedía consejo al Vidente y éste al Señor.
Hoy nada es igual. Los videntes modernos carecen de Dios al que consultar. No lo necesitan. Les está vedado, además, elevar su mirada, la Revelación democrática lo prohíbe taxativamente. Ha de bastarles con interrogar a la Opinión. Bajan los ojos, fijando la mirada en los puntos o en las tinieblas más densas. Pueden augurar con autoridad plena como aquel afamado novelista que dijo, poco antes de la guerra, que no había que temer más a la barbarie, pues el Estado Mayor alemán era un valladar infranqueable. »

Ilustración: Gallica.

Félix Vallotton – La Tranchée (C’est la guerre), 1916

Félix Vallotton – La Tranchée (C’est la guerre), 1916

Esta misma ceguera de la mayoría de los intelectuales y de una gran parte de la población, manipulados por la prensa al servicio de las ambiciones bélicas de los gobiernos, es la que no para de denunciar Clerambault (audiolibro en francés), el protagonista de la novela homónima de Romain Rolland (1866-1944), uno de los intelectuales pacifistas más activos durante toda la guerra (ver nuestra entrega sobre la narrativa de la Primera Guerra Mundial). Después de ver brutalmente apagados sus impulsos patrióticos por la muerte en combate de su hijo, Agénor Clerambault, poeta, escritor, toma conciencia poco a poco de la absurdidad y la inutilidad de la guerra. Pero sus artículos a favor de la paz y de la fraternidad entre los hombres no logran convencer más que a un puñado de pacifistas convencidos, entre ellos, algunos supervivientes de las trincheras, cruelmente mutilados… La lección de vida de Gilot, privado de una pierna y con el tímpano roto por la explosión de obús, es sobrecogedora.

Ilustración : Gallica.

Théophile-Alexandre Steinlen – Nid de blessés (1917)

Théophile-Alexandre Steinlen – Nid de blessés (1917)

«Mire, todavía me veo, cuando recobré mis sentidos, en medio de un campo destrozado, más destripado aún que los cuerpos que yacían, entremezclados, como las piezas de un juego de palillos; la tierra misma, que se había vuelto pegajosa, parecía sangrar. Noche completa. No noté nada al principio. Estaba helando. Estaba pegado… ¿Cuál era el trozo que me faltaba, en realidad? No tenía prisas en hacer el inventario, desconfiaba de lo que iba a llegar, no quería moverme. Lo cierto era que estaba vivo. Quizás más de un momento. ¡Cuidado con no perderlo!… Y vi en el cielo un pequeño cohete. Lo que significaba, ya no me preocupaba. Pero su curva, el tallo y la flor de fuego… No le puedo decir cuan hermoso me pareció aquello… La recogía con la mirada… Me acordé de mí, niño pequeño, cerca de la Samaritaine, una noche de fuegos artificiales sobre el Sena. Miraba aquel niño como si fuera otro, que me divertía y me daba lástima. Y después, pensé que no obstante era bueno estar plantado en la vida, y crecer, y tener algo, alguien, cualquier cosa, a quien querer… Mire, ¡simplemente aquel cohete!… Y entonces llegó el dolor, me puse a gritar. Y metí la cabeza en el fondo del agujero… Después, la ambulancia. Ya no era bueno vivir. El dolor era como un perro que me roía la médula… ¡Mejor quedarse en el agujero!… Y sin embargo, incluso en aquel momento, sobre todo en aquel momento, qué paraíso parecía el hecho de vivir como antaño, de vivir simplemente, de vivir sin dolor, como se vive todos los días… ¡Y no nos fijamos! Sin dolor… Sin dolor… ¡Y vivir!… ¡Pero es un sueño! Cuando paraba… Un minuto de paz, sintiendo únicamente el sabor del aire en la lengua y el cuerpo tan ligero después de haber sufrido… ¡Maldita sea!… ¡Y toda la vida, antes, era como esto! ¡Y no nos fijábamos!… Dios mío, que tontos somos de esperar a que nos la quiten para entenderla! Y cuando la amamos por fin y que le pedimos perdón por no haber sabido apreciarla, nos contesta: «¡Demasiado tarde!»
– Nunca es demasiado tarde, dijo Clerambault.»

Ilustración: Gallica.

Andreas Latzko - Menschen im Krieg (1918)

Andreas Latzko – Menschen im Krieg (1918)

Fue durante su convalescencia en Davos (Suiza) que el oficial del ejército austro-húngaro Andreas Latzko (1876-1943) empezó a escribir uno de los alegatos narrativos más vibrantes en contra de la guerra, Menschen im Krieg (Hombres en guerra, texto en inglés, audiolibro en alemán, 1917). Inspirado en sus recuerdos del frente, este conjunto de relatos sin concesiones suscitó mucho interés entre los miembros de la comunidad pacifista de Suiza liderada por Romain Rolland y fue difundido a gran escala, traducido a 19 idiomas a pesar de prohibirse su difusión en los países en guerra. La ambición despiadada de algunos oficiales, la hipocresía de los altos funcionarios o el impacto psicológico traumático sufrido por los soldados, son algunos de los temas tratados en estos relatos en los que no faltan veteranos mutilados o desfigurados. La última historia, titulada El Regreso (texto en francés), cuenta la dura vuelta a su pueblo de un campesino húngaro, después de ser desfigurado en el campo de batalla: su prometida se ha casado con un aristócrata enriquecido aprovechándose de la coyuntura bélica, y será víctima de los sarcasmos crueles de un jorobado exento del servicio militar…

Ilustración: Internet Archive.

Paul de Garros – Le Cœur incertain (1918)

Paul de Garros – Le Cœur incertain (1918)

Las obras editadas durante la Primera Guerra Mundial en las que aparecen protagonistas con diversidad funcional no son todas tan densas de contenido político o filosófico como Clerambault o Menschen im Krieg. En 1918 el popular autor de novelas sentimentales Paul de Garros (1867-1923) publica Le Cœur incertain (El Corazón indeciso, audiolibro en francés), historia llena de buenos sentimientos, con unos malvados que como mucho pueden resultar antipáticos, y el entrañable pequeño Lucien, niño paralítico cuyo carácter generoso tendrá un papel clave en el desenlace de la novela…

Ilustración: Gallica.

Maurice Leblanc – Le Triangle d'or, edición americana ilustrada de 1917

Maurice Leblanc – Le Triangle d’or, edición americana ilustrada de 1917

El mismo año, en Le Triangle d’or (El Triángulo de oro, audiolibro en francés, primera parte, segunda parte), Maurice Leblanc (1864-1941) resucita su personaje recurrente muerto al final de un episodio anterior, el famoso ladrón de guante blanco Arsène Lupin, y lo convierte en patriota, para ayudar al capitán Belval, que perdió una pierna en combate, a desenmarañar una oscura conjuración destinada a quitarle a Francia sus reservas de oro. Estamos en 1915, en pleno conflicto mundial…

Ilustración: Project Gutenberg.

Alejandro Sawa dictando a su esposa, una parisiense que le sirve de secretario, Caras y caretas (1908)

Alejandro Sawa dictando a su esposa, una parisiense que le sirve de secretario, Caras y caretas (1908)

Con la publicación de Luces de Bohemia en 1920, Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936) inauguró un nuevo género teatral, el «esperpento», que seguiría explorando en otras tres obras. Deformación grotesca de la realidad al servicio de una mordaz crítica social, el esperpentismo de Luces de Bohemia ofrece la visión de una España degradada, entregada a la corrupción, en la que los más humildes no tienen derecho a ninguna consideración. El protagonista de la obra, Max Estrella, inspirado de la figura de Alejandro Sawa (1862-1909), es un escritor bohemio. Ciego, miserable, indignado, digna y dolorosamente consciente de su mediocridad y su fracaso, recorre en su última noche las calles de Madrid, un Madrid decadente, «absurdo, brillante y hambriento», en compañía de Don Latino de Híspalis, anciano asmático, cínico y canalla, vendedor de mala literatura…

Ilustración: Hemeroteca Digital de España.

«¡Este hijo que nunca verá!», postal británica de recaudación de ayudas para los hijos de veteranos ciegos (191?)

«¡Este hijo que nunca verá!», postal británica de recaudación de ayudas para los hijos de veteranos ciegos (191?)

Publicado en 1920 en la revista English Review, el relato del británico David Herbert Lawrence (1885-1930) titulado The Blind Man (El Ciego) pone en escena un triángulo amoroso muy peculiar: Maurice Pervin es un veterano de la Primera Guerra Mundial. Ha perdido la vista y quedó desfigurado en la batalla de Flandes, pero a su regreso, su mujer Isabel se ha dedicado a cuidarle. Viven entregados el uno al otro, en una hermosa intimidad y están esperando un hijo. Pero el aislamiento social y las depresiones repetitivas de Maurice empiezan a ser una carga para Isabel cuando reciben la visita de Bertie Reid, amigo de Maurice desde hace muchos años… Empieza entonces una lucha de fuerzas entre estos dos hombres tan diferentes, pero atraídos por la misma mujer. Una hermosa historia sobre discapacidad, comunicación y conexión entre las personas con un final muy conmovedor y esta conclusión desgarradora de Bertie : « Supongo que todos tenemos alguna deficiencia en alguna parte ».

Ilustración: Europeana.

D.H. Lawrence

D.H. Lawrence

Lady Chatterley’s Lover (El Amante de Lady Chatterley, 1928), sin duda la obra más famosa de Lawrence, le da un vuelco radical al argumento de The Blind Man: si retoma el triangulo compuesto por un veterano lisiado, su esposa y un segundo hombre, ya no es para evocar el aislamiento intelectual y social  de la pareja, sino para observar como una mujer joven, casada con un hombre que la guerra ha dejado impotente, suplirá la privación de sensualidad conyugal… Publicada por primera vez en Florencia en 1928, esta novela no fue impresa en Reino Unido hasta 1960, provocando entonces un acalorado debate judicial sobre las publicaciones llamadas «obscenas». Una ley, promulgada en 1959, autorizaba la publicación de obras «obscenas» siempre y cuando los editores pudieran demostrar su valor literario. El pleito a Penguin Books, la editorial de Lady Chatterley’s Lover, pleito muy mediatizado que terminó por la absolución del editor, creó jurisprudencia y abrió la vía a una mayor libertad de expresión en Reino Unido. Pero más allá del escándalo y de los contenidos de alto voltaje sexual o del vocabulario excesivamente crudo, esta novela es un valioso testimonio de las inquietudes de la época sobre la intimidad de las personas discapacitadas, a menudo consideradas impotentes. Sir Clifford Chatterley quedó paralizado de cintura para abajo por una herida recibida en el frente. Su impotencia sexual y su indiferencia hacia Constance, su joven esposa, conducen a ésta a buscar su satisfacción sensual en los brazos de otro, en concreto del guardia del coto de caza… La figura de Sir Clifford Chatterley es un personaje muy complejo. Si los soldados que han perdido una o las dos piernas en la guerra aún tienen la esperanza de poder caminar gracias a una prótesis, Clifford, paralizado, no tiene esta esperanza y se ve condenado a una dependencia completa, tanto de otras personas – su mujer, los criados – como de su silla de ruedas motorizada. Lawrence sugiere una especie de hibridación entre el hombre y la máquina, haciendo olvidar las piernas inertes y creando un ser capaz en alguna manera de valerse por sí mismo en sus movimientos. Pero cuando la máquina falla por querer aventurarse en un terreno poco adecuado, la inercia progresa desde las piernas muertas hasta la voluntad de Clifford y se produce una dislocación de la hibridación hombre-máquina: desamparado, consciente de su total impotencia, a la merced de cualquiera, Sir Chatterley no es más que un hombre inerte sentado en una silla inservible…

 Ilustración: Picture the Past.

D.H. Lawrence – El Amante de Lady Chatterley, edición argentina de 1939

D.H. Lawrence – El Amante de Lady Chatterley, edición argentina de 1939

«- Sólo vas a conseguir estropearla del todo, Clifford, refunfuñó ella, además de malgastar tus nervios.
– ¡Si pudiera bajarme y echarle un vistazo a esta mierda!, dijo desesperado.
Y empezó a tocar estridentemente la bocina.
– Quizás Mellors sea capaz de encontrar la avería.
Esperaron entre las flores destrozadas, bajo un cielo que se iba cubriendo de nubes. En el silencio se empezó a oír el arrullo de una paloma torcaz. Clifford la hizo callar con un pitido de la bocina. El guarda apareció de forma directa, avanzando interrogante desde la curva. Hizo un saludo militar.
– ¿Entiende usted algo de motores?, preguntó Clifford abruptamente.
– Me temo que no. ¿Se ha estropeado?
– ¡Eso parece!, gruñó Clifford.
El hombre se agachó solícito junto a la rueda y observó el motorcito.
– Siento no entender nada de estas cosas mecánicas, Sir Clifford, dijo con calma. Si tiene bastante aceite y gasolina…
– Eche un vistazo con atención y mire si ve algo roto, dijo Clifford cortante.
El hombre dejó su escopeta contra un árbol, se quitó la chaqueta y la dejó al lado. La perra marrón hacía la guardia. Luego se acuclilló sobre los talones y miró bajo la silla metiendo el dedo entre las piezas del motor grasiento y fastidiado por las manchas de aceite que le caían sobre la camisa limpia de los domingos.
– No parece que haya nada roto, dijo.
Y se levantó echándose el sombrero hacia atrás y rascándose la frente, meditando en apariencia.
– ¿Ha mirado las varillas de abajo?, preguntó Clifford. Mire a ver si están bien.
El hombre se tumbó en tierra sobre el estómago, con la cabeza en alto, arrastrándose bajo el motor y tanteando con el dedo. Connie pensó que un hombre era una especie de cosa patética, débil e insignificante, tumbado así boca abajo sobre la faz de la tierra.
– Por lo que se ve no parece que le pase nada, dijo su voz sofocada.
-Supongo que no va a poder hacer usted nada, dijo Clifford.
– ¡Parece que no!, y se arrastró hacia afuera y se quedó en cuclillas sobre los talones a la manera de los mineros. Desde luego no hay nada que parezca roto.
Clifford puso en marcha el motor, luego le dio al acelerador. La máquina seguía inmóvil.
– Déle a fondo, aconsejó el guarda.
A Clifford no le gustó la intromisión, pero hizo zumbar al motor como un moscardón. La máquina tosió, gruñó y pareció empezar a funcionar.
– Parece como si ya quisiera, dijo Mellors.
Pero Clifford ya había metido la marcha; la silla pegó una leve sacudida enfermiza y avanzó un poquito, perdiendo impulso.
– La empujaré a ver si va, dijo el guarda colocándose detrás.
– ¡Déjela!, gruñó Clifford. Lo hará sola.
– ¡Pero Clifford!, intervino Connie desde más arriba, sabes que es demasiado para ese motor. ¿Por qué eres tan testarudo?
Clifford estaba ciego de ira, daba golpes en el manillar. La silla pegó una especie de brinco, avanzó algunas yardas más y se paró definitivamente entre un montón precioso de campanillas.
– ¡Se acabó!, dijo el guarda. Le falta fuerza.
– Ya ha subido otras veces hasta aquí, dijo Clifford fríamente.
– Esta vez no, dijo el guarda.
Clifford no contestó. Empezó a jugar con el motor, a hacerlo marchar rápido y lento, como si quisiera sacarle una melodía. El bosque repetía los ruidos en un extraño eco. Luego metió la marcha de repente, tras haber soltado el freno.
– La va a destrozar, dijo el guarda.
La silla pegó un brinco enfermizo hacia la zanja que había a un lado.
– ¡Clifford!, gritó Connie, corriendo hacia él. Pero el guarda agarró la silla por la barra.
Sin embargo, Clifford, utilizando toda su fuerza, consiguió hacerla volver al camino, y con un extraño ruido la silla comenzó a luchar con la pendiente. Mellors empujaba firmemente por detrás y por fin el aparato se puso en marcha como para desquitarse.
– ¡Lo ve, puede!, dijo Clifford victorioso, mirando hacia atrás por encima del hombro.
Entonces vio allí la cara del guarda.
– ¿Está usted empujando?
– Si no, no podrá.
– Suéltela. Yo no le he dicho que empuje.
– No podrá sola.
– ¡Deje que lo intente!, gruñó Clifford con todas sus fuerzas.»

Ilustración: Caustic Cover Critic

Édouard Manet – La rue Mosnier aux drapeaux (1878)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Albert Anker - Die Andacht des Grossvaters (detalle, 1893)

Albert Anker – Die Andacht des Grossvaters (detalle, 1893)

Poeta, dramaturgo, biógrafo aclamado, el austriaco Stefan Zweig (1881-1942) es sobre todo conocido por su obra narrativa, en su mayoría historias breves de pasiones intensas, minuciosamente analizadas, que pueden llevar a sus protagonistas a la locura o a la autodestrucción. El protagonista de Die unsichtbare Sammlung (La Colección invisible, 1927) tiene una única pasión: su magnífica colección de grabados firmados por los más grandes maestros, y que ha ido componiendo a lo largo de los años. Ciego desde hace muchos años, este anciano se deleita hojeando, acariciando, las láminas de su tesoro y enseñándolas a sus visitantes. Cual no será la sorpresa del narrador de este conmovedor relato, un anticuario interesado por la colección, al descubrir que estas láminas que tanto cuida el pobre ciego no son más que copias: acorralada por la inflación galopante de los años de la posguerra en Alemania, la familia del coleccionista ha ido vendiendo en secreto los originales para poder subsistir…

Ilustración: Wikimedia Commons.

Émile Cardinaux – Cartel de 1936 para el Palace Hotel de St. Moritz (Valle de Engadina, Suiza)

Émile Cardinaux – Cartel de 1936 para el Palace Hotel de St. Moritz (Valle de Engadina, Suiza)

Redactada entre 1931 y 1942, abandonada y retomada varias veces, inacabada, Rausch der Verwandlung (La Embriaguez de la metamorfosis) no se publicó hasta varias décadas después de la muerte de Zweig, en los años 1980. Es la amarga historia de Christine Hoflehner, funcionaria de la administración de correos de un pueblo austríaco, resignada a una vida más pobre que modesta. Invitada por una familiar rica a pasar una temporada con ella en un hotel del valle de Engadina (Suiza), Christine, deslumbrada por la vida mundana y lujosa, empieza poco a poco a cambiar su personalidad, convirtiéndose en una persona ligera y frívola… La vuelta a la realidad de su pueblo la llenará de amargura y de ira. En esta disposición de espíritu, conocerá a Ferdinand, veterano inválido de la Primera Guerra Mundial que también ha perdido sus ilusiones de juventud. Juntos, encontrando cada uno en el otro un poco de la comprensión que necesita, intentarán avanzar en el camino de la vida. Pero la pobreza, la vergüenza, el odio hacia la sociedad burguesa que los rodea, los hundirán en una desesperación mórbida. Retrato satírico de una Europa que intenta curar sus heridas de la Primera Guerra Mundial, reflejo de las inquietudes de su autor frente al nacimiento de los nazismos, Rausch der Verwandlung no se puede encontrar en línea por ser su publicación demasiado reciente.

Ilustración: Wikimedia Commons.

La actriz Lilli Palmer en un fotograma de la película dirigida por Maurice Elvey (1946)

La actriz Lilli Palmer en un fotograma de la película dirigida por Maurice Elvey (1946)

Con Ungeduld des Herzens (La Piedad peligrosa o La Impaciencia del corazón, 1939), su única novela acabada, Stefan Zweig da toda la medida de su talento para describir, analizar, diseccionar, los sentimientos de sus personajes. Recién llegado a la pequeña ciudad de guarnición austríaca en la que ha sido destinado, el teniente Anton Hofmiller, invitado a una recepción en casa de unos ricos propietarios, los Kekesfalva, comete una irreparable torpeza: invita a la hija de los huéspedes a bailar, sin darse cuenta de que la joven es paralítica. Roído por la culpabilidad, empieza a visitar a Edith periódicamente, y poco a poco se instala entre ellos una relación ambigua: Anton, inmaduro, movido por la compasión y la piedad, multiplica los pasos en falso, mientras que Edith se enamora perdidamente de él, atribuyendo su torpeza a un sentimiento recíproco. Recluida en sus apartamentos y clavada a una silla de ruedas cuando, por su riqueza y su belleza, debería haber atraído a todo un ejército de pretendientes, y alcanzado una brillante posición social, Edith pone todas sus esperanzas en este amor: esperanza de ser amada, de contraer matrimonio e incluso, esperanza de mejorar su salud y recuperar el uso de sus piernas… En cuanto a Anton, es preso de la situación: no quiere a Edith pero no se atreve a quitarle sus ilusiones por miedo a hundirla en la depresión y que su salud periclite. Por otra parte, Anton teme las reacciones sarcásticas de sus compañeros del regimiento si se llega a conocer su cada vez más estrecho vínculo con la joven paralítica: en efecto, de clase social inferior a Edith, le acusarán de prostituir su honor a cambio del ascenso social que supondría el casarse con Edith… Stefan Zweig, con su deslumbrante fuerza evocadora, narra en esta novela el trágico destino de estos dos seres arrastrados en una espiral de perdición, oprimidos por las normas de una sociedad agonizante, en vísperas de la Primera Guerra Mundial.

Ilustración: Cinema.de.

Lilli Palmer y Albert Lieven en un fotograma de la película dirigida por Maurice Elvey (1946)

Lilli Palmer y Albert Lieven en un fotograma de la película dirigida por Maurice Elvey (1946)

«Finalmente entro en la tercera habitación, donde toca el cuarteto escondido tras un biombo chino, y respiro aliviado, porque ahí está – seguro que es ella – , delicada, grácil, con su vestido azul pálido, sentada entre dos señoras ancianas en el rincón del boudoir, tras una mesa verde malaquita con un jarrón de flores encima. Tiene su cabecita un poco inclinada, como si escuchara sumergida en la música, y el intenso encarnado de las rosas hace aparecer todavía más pálida y traslúcida su frente bajo el espeso pelo pardo rojizo. Pero no me concedo tiempo para observaciones ociosas. Gracias a Dios que la he encontrado.
Suspiro aliviado, todavía puedo reparar a tiempo mi descuido.
Me dirijo a la mesa – a su lado suena la música – y me inclino en señal de cortés invitación. Dos ojos extrañados me miran con rígida estupefacción, unos labios se quedan entreabiertos en mitad de una palabra. Pero la muchacha no hace movimiento alguno para seguirme. ¿No me ha entendido? Me inclino, pues, de nuevo y mis espuelas tintinean ligeramente cuando digo:
– ¿Me concede el honor, señorita?
Lo que ocurre ahora es terrible. El busto inclinado hacia delante retrocede bruscamente como para evitar un golpe; al mismo tiempo, una oleada de sangre inunda las pálidas mejillas, los labios todavía abiertos se aprietan con fuerza y sólo los ojos me miran fijos e inmóviles con tal expresión de espanto como nunca he visto en mi vida. Acto seguido, una sacudida recorre todo su cuerpo crispado. Se incorpora, se apoya c on ambas manos en la mesa de tal modo que el jarrón de flores tintinea y cruje, al tiempo que algo cae de su sillón al suelo, madera o metal. Sigue agarrada a la mesa vacilante con ambas manos, y su cuerpo de niña sigue estremeciéndose. Sin embargo, no huye, sigue aferrada con desesperación al pesado tablero. Y los estremecimientos no paran, esos temblores que la recorren desde los puños crispados hasta los cabellos. Y de repente estalla: un sollozo, indómito, elemental como un grito ahogado.
Las dos ancianas situadas a derecha e izquierda ya se apresuran a rodear a la temblorosa joven, la cogen, la acarician, la miman, la tranquilizan y separan suavemente sus manos crispadas de la mesa, y ella se desploma de nuevo en el sillón. Pero los lloros no cesan, incluso se vuelven más vehementes, estallan cada vez más espasmódicos como una hemorragia, como un vómito, a empellones. Cuando la música de detrás del biombo (que se sobrepone con su ruido a todos los demás) cesa por un instante, los sollozos se tienen que oír hasta en la sala de baile.
Yo me he quedado pasmado, asustado. Pero… ¿qué ha pasado? Observo desconcertado cómo las dos señoras intentan calmar a la sollozante muchacha que ahora, en un súbito arrebato de pudor, ha dejado caer la cabeza sobre la mesa. Pero nuevos accesos de llanto recorren su flaco cuerpo hasta los hombros y con cada una de estas bruscas oleadas tintinean las tazas. Yo sigo ahí perplejo, helado hasta los tuétanos, estrangulado por el cuello de la guerrera como por una soga de fuego.
– Perdone, balbuceo finalmente a media voz al vacío y (puesto que las dos damas están ocupadas con la sollozante, no me dedican ni una sola mirada) regreso al salón tambaleándome. Al parecer aquí todavía nadie se ha dado cuenta de nada, las parejas siguen dando vueltas vertiginosamente y siento que tengo que apoyarme en una columna porque la habitación da vueltas a mi alrededor. ¿Qué ha pasado? ¿He hecho algún disparate? ¡Dios mío, al final resultará que he bebido demasiado y demasiado deprisa y en medio de l a modorra he cometido una estupidez!
En este momento cesa la música y las parejas se separan. El jefe de distrito deja libre a Ilona con una reverencia y yo me precipito enseguida hacia ella y la arrastro, estupefacta, a un rincón casi con violencia:
– Por favor, ayúdeme. ¡Por el amor de Dios, ayúdeme, explíqueme! Evidentemente Ilona había esperado que la llevase a la ventana para susurrarle algo divertido, pues de pronto sus ojos se endurecen: al parecer mi excitación debe de resultar digna de compasión o alarmante. Se lo cuento todo con el pulso acelerado. Y, cosa extraña, me increpa con el mismo intenso espanto en la mirada que la joven del boudoir.
– ¿Se ha vuelto loco…? ¿Es que no sabe…? ¿No ha visto…?
– No, balbuceo, abrumado por este nuevo e igualmente incomprensible espanto
– ¿Si he visto qué ? Yo no sé nada. Es la primera vez que vengo a esta casa.
– ¿No se ha dado cuenta de que Edith… es inválida? ¿No ha visto sus pobres piernas atrofiadas? No puede dar ni dos pasos sin muletas… y usted… desconsiderado – reprime con rapidez una palabra de cólera – usted invita a la pobre a bailar… Qué atrocidad, debo ir a verla enseguida.» (Traducción: Joan Fontcuberta, Acantilado)

Ilustración: Cinema.de.

Roberto Arlt - El Jorobadito (1933)

Roberto Arlt – El Jorobadito (1933)

Nacido en Buenos Aires, Roberto Arlt (1900-1942) fue un novelista, cuentista, dramaturgo, periodista e inventor. Considerado el primer autor moderno de la República Argentina, supo crear un estilo propio entre naturalismo y humor para elaborar el retrato de de la sociedad  argentina. El Jorobadito (1933) es unos de sus cuentos más emblemáticos. El narrador de esta historia se encuentra en la cárcel por haber matado a un hombre jorobado, al que llama Rigoletto. Progresivamente, se adentra en sus recuerdos y acaba contando cómo, para escapar de las ambiciones matrimoniales que una madre tiene para su hija, tuvo que recurrir a la ayuda de Rigoletto, personaje perverso y cruel… La marginación y la humillación en una sociedad burguesa e hipócrita, el aburrimiento y el cansancio como desencadenantes de conductas sociales negativas, la mujer como objeto de perversión, son temas de predilección de su universo narrativo que Arlt despliega aquí con una maestría deslumbrante. La repulsión que siente el narrador en presencia de «contrahechos» es escalofriante…

Ilustración: Centro Virtual Cervantes.

«Pero estaba escrito que de un deforme debían provenirme tantas dificultades. Recuerdo (y esto a vía de información para los aficionados a la teosofía y la metafísica) que desde mi tierna infancia me llamaron la atención los contrahechos. Los odiaba al tiempo que me atraían, como detesto y me llama la profundidad abierta bajo la balconada de un noveno piso, a cuyo barandal me he aproximado más de una vez con el corazón temblando de cautela y delicioso pavor. Y así como frente al vacío no puedo sustraerme al terror de imaginarme cayendo en el aire con el estómago contraído en la asfixia del desmoronamiento, en presencia de un deforme no puedo escapar al nauseoso pensamiento de imaginarme corcoveado, grotesco, espantoso, abandonado de todos, hospedado en una perrera, perseguido por traíllas de chicos feroces que me clavarían agujas en la giba… Es terrible…, sin contar que todos los contrahechos son seres perversos, endemoniados, protervos…, de manera que al estrangularlo a Rigoletto me creo con derecho a afirmar que le hice un inmenso favor a la sociedad, pues he librado a todos los corazones sensibles como el mío de un espectáculo pavoroso y repugnante.»

Eugène Laermans – L’Aveugle (1898)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Conclusión

André Sureda - El Ciego de Marruecos (1918)

André Sureda – El Ciego de Marruecos (1918)

Marginados, indefensos, sin derechos y sin dignidad durante siglos, los héroes literarios con discapacidad funcional han ido evolucionando a medida que iban cambiando las actitudes sociales. No obstante, si hoy en día nadie cuestiona ya su derecho a ser considerados como «unos más», aún queda mucho camino por recorrer para que las cosas les sean más fáciles aún… ¡Quizás la literatura, como ya lo hizo en los siglos anteriores, sea una herramienta valiosa para progresar aún más!

Ilustración: Joconde.

Nos ha faltado, para completar este panorama literario, evocar una serie de obras emblemáticas que aún no pertenecen al Dominio Público. Las dejaremos para una tercera entrega… ¡que se publicará el siglo que viene!

Helen Keller (1880-1968), ciega, sorda y muda, fue la primera persona discapacitada en conseguir un título universitario. Aquí retratada en 1904 por Charles Whitman

Helen Keller (1880-1968), ciega, sorda y muda, fue la primera persona discapacitada en conseguir un título universitario. Aquí retratada en 1904 por Charles Whitman

Der Kleine Herr Friedemann (El Pequeño Señor Friedemann, 1897) de Thomas Mann, The Story of my life (La Historia de mi vida, 1904) y otras obras de Helen Keller, The Country of the Blind (El País de los ciegos, 1904) de H. G. Wells, Gertrud (1910) de Hermann Hesse, Of Human Bondage (Servidumbre humana, 1915) de Somerset Maugham, L’Apprentissage de la vie (El Aprendizaje de la vida, 1915) de Georges Scapini, La Symphonie pastorale (La Sinfonía pastoral, 1919) de André Gide, Soldiers’ Pay (La Paga del soldado, 1926) de William Faulkner, El Cojo (1938) de Max Aub, Johnny Got His Gun (1939) de Dalton Trumbo, el Profesor Tornasol en las aventuras de Tintín (1944) de Hergé, La Main coupée (La Mano cortada, 1944) de Blaise Cendrars, Lève-toi et marche (Levántate y anda, 1952) de Hervé Bazin, Il visconte dimezzato (El Vizconde desmediado, 1952) de Italo Calvino, Informe sobre ciegos (de Sobre héroes y tumbas, 1961) de Ernesto Sabato, El Concierto de San Ovidio (1962) de Antonio Buero Vallejo, L’Homme qui marchait dans sa tête (El Hombre que caminaba en su cabeza, 1976) de Patrick Segal, A la pata de palo (1988) de Camilo José Cela, La Lunga Vita di Marianna Ucrìa (La Larga Vida de Marianna Ucría, 1990) de Dacia Maraini, Le Premier Homme (El Primer Hombre, publicación póstuma en 1994) de Albert Camus, Ensaio sobre a cegueira (Ensayo sobre la ceguera, 1995) de José Saramago, Le Scaphandre et le papillon (La Escafandra y la mariposa, 1997) de Jean-Dominique Bauby

Ilustración: Wikimedia Commons

Referencias

Las obras e ilustraciones presentadas en este trabajo proceden de los fondos digitales de : Europeana, Gallica, Wikisource, Wikipedia, Internet Archive, New York Public Library Digital Gallery, Wikimedia Commons, Wikiart, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Biblioteca Digital Hispánica, Biblioteca Virtual del Patrimonio Bibliográficos, Dominio Público, Project Gutenberg, Projekt Gutenberg DE, Littérature audio.com, Google books, The Victorian Web, Biblioteca Virtual Universal, Digital Public Lirary of America, Joconde, Librivox, Ebooksgratuits, Hemeroteca Digital, Ciudad Seva, BIU SantéRed Digital de Colecciones de Museos en EspañaWellcome ImagesBiblioteca Valenciana Digital, Biblioteca Digital de Castilla y León, Bibliothèque Électronique de Lisieux, Memoria de Madrid, Missouri History Museum, Museum Syndicate, A Celebration of women writers, Lectura solidaria, Fundación Once, Biblioteca Digital de Castilla y León, Biblioteca Digital de Tamaulipas, Wilkie-Collins.info, British Museum, e-rara.ch, Digital Commonwealth, National Federation of the Blind, BrailleNet, Picture Postcards from the Great War 1914-1918, Images d’art, Anagma, Royal Museums Greenwich, Patrimoine des Bibliothèques d’Aquitaine, The Athenaeum, Picture the Past, Caustic Cover Critic, Cinema.de, Les Silos, maison du livre et de l’affiche (Flora), Kunst Historischen Museum Wien, Andersen Stories, HC Andersen Homepage19th Century American Sheet Music, Centro Virtual Cervantes. Agradecemos a todas estas instituciones su compromiso con la difusión de nuestro patrimonio cultural.

Ilustración: Klimt Museum.

Ilustración: Wikiart.

Ilustración: Wikimedia Commons.

Egon Schiele – La Madre ciega (1914)

Ilustración: Wikimedia Commons.

Dossier elaborado por Christine Sétrin, con la colaboración de Ángel Pozo. Biblioteca Municipal de Vila-real. Julio 2016.


Este trabajo está bajo una licencia de Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 Unported.

 

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