BARRIE, James Matthew – La Señora Dowey saca sus medallas

James Matthew Barrie (1860-1937)

La Señora Dowey saca sus medallas

(1918)

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La Señora Dowey

Ilustración : Europeana, Conjunto de documentos de guerra de William Boon Emsley.

Tres ancianitas buenas y una ancianita criminal, que es más buena aún que las otras, están conversando sobre la guerra alrededor de una taza de té. La criminal, que es la anfitriona, llama a eso un plato de té, lo cual muestra que viene de Caledonia; pero ése no es su crimen.

Todas son mujeres de la limpieza en Londres, pero tres de ellas, incluida la anfitriona, son lo que llaman en la profesión «mujeres de la limpieza y», o simplemente «y». Una «y» hace también de conserje, en caso de necesidad; su nombre es inscrito como tal con tinta en un libro de registro, las transacciones financieras entre ella y el secretario se hacen mediante un ábaco, y en general, tiene un estatuto social muy diferente del de una mujer que, como la Mujer Haggerty, es una mujer de la limpieza sin más. La Mujer Haggerty, aunque esté presente, no ha sido invitada a la reunión; se ha cruzado con la Sra. Dowey cuando ésta compraba bígaros, la ha seguido hasta abajo y así es como se ha metido arrastrando los pies en el escenario y se ha sentado en contra de nuestra voluntad. Podríamos echarla a la fuerza, o por lo menos imprimir su nombre en letras pequeñas, si no se diera la circunstancia de que se ofende muy fácilmente y dice que nadie la respeta. Bien, como ha entrado desapercibida, Mujer Haggerty, se puede sentar aquí; pero quédese quieta.

La Sra. Dowey, nuestra anfitriona, no tiene nada que hacer de momento en su trabajo de conserje; pero eso no la desanima, ya que las guardias son, para una persona como ella, un suplemento desde el punto de vista financiero, y un halo desde el punto de vista social. Si hubiera tenido el honor de recibir un formulario de declaración de impuestos, probablemente habría rellenado una de las desagradables pequeñas casillas con estas palabras «Negocio: Limpiar; Profesión (si la hay): Hacer guardias». Esta casa suya (de la que, de vez en cuando, sale un momento para ocuparse de la tuya, majestuosamente escoltada por una escoba) está en una de esas calles en las que nadie se fija y que descubres únicamente cuando te pierdes; al descubrirlas, tu deber es el de informar a las autoridades, que en el acto las añaden al mapa de Londres. Por esta razón estamos informando en este momento de la existencia de la Calle del Viernes. La deberíamos llamar, en el plano rudimentario que se publicará en los periódicos de mañana, «Calle en la que vivía la criminal»; y podrás ver la casa de la Sra. Dowey marcada con una X.

Su domicilio consiste en realidad en una habitación, pero ella sostiene que son dos; por lo tanto, en vez de discutir, digamos que son dos. La otra no tiene ventana, y no podría hacer frufrú con sus viejas faldas sin golpear alguna cosa; su estante más ancho es el de las cacerolas de estaño y de la vajilla, encima de un aparador con una tapa; no tiene otro remedio que apartar los utensilios para poder levantar la tapa, y, atención, aparece una bañera con agua caliente y fría. La Sra. Dowey es muy orgullosa de tenerla, y cuando la enseña, lo cual quizás hace demasiado a menudo, primero te hace señas con el puño cerrado (¡qué vieja graciosa!) para que te acerques sin hacer ruido. Luego se dirige de puntillas hacia el aparador y hace saltar la tapa como si fuera a coger la bañera por sorpresa. Entonces se lame los labios y se muestra modesta si tienes la cortesía de mostrar admiración.

En la habitación propiamente dicha hay una cama, aunque eso sea exponer el asunto de manera demasiado escueta. La mejor forma de empezar, si quieres a la Sra. Dowey, es diciendo que es una pena que no tenga cama. Si ella está en su mejor forma, soltará una risita, y reconocerá que la necesidad de tener una cama es para ella una gran molestia; te mantendrá en ascuas, por decirlo de alguna manera, tanto tiempo como pueda; y luego, de nuevo con ese gesto parecido al de un ratón, de repente te soltará la cama encima. Hubieras pensado que aquello era un armario, pero lo descuelga de la pared, y ahí tienes una cama. Nada más en su casa (ahora sabemos que tiene cuatro habitaciones: cocina, despensa, habitación de dormir y cuarto de baño) que sea absolutamente sorprendente; pero está llena de «bocados»; cada uno de ellos ha sido pagado en efectivo, y luego contemplado con regocijo y cuidado hasta formar parte de su dueña. Auténticos Doweys, como los deben de llamar los chamarileros, aunque no haya probablemente nada en este lugar, salvo la cama, que valga más de media corona.

Su casa está en el sótano, por lo cual la vista se limita a la mitad inferior de las personas que pasan arriba en la calle, más allá de las escaleras. Aquí, en la ventana, la Sra. Dowey se sienta a veces por las tardes de verano a mirar; no mira sentimentalmente a una maceta de flores con un pobre bulbo; tampoco mira con anhelo un diminuto trozo de cielo; pero sí mira con un tremendo entusiasmo los agujeros de las medias y de otras cosas por el estilo, que se le revelan desde ese lugar estratégico. Tú, querido lector, puedes pavonearte al pensar que tu esplendor impresiona a la gente por la calle, pero la Sra. Dowey puede afirmar (y lo hace) que tus suelas necesitan una buena reparación.

Además, como las partes inferiores son tan expresivas como la cara para los que tienen una vista tan limitada, podría prestar juramento en un tribunal sobre decenas de transeúntes.

Estas cuatro ancianitas alegres se lo están pasando bien en la mesa del té, y el humor discurre libremente. Como puedes ver por su ropa de todos los días, y por sus cubos y sus fregonas (los cuales están teniendo una pequeña merienda por su cuenta en una esquina), no se trata de una reunión convocada hace tiempo por invitación, se trata de un asunto puramente informal; mucho más atractivo que los banquetes minuciosamente planificados ¿no te parece?. Sabes cómo ocurre eso, sobretodo en tiempos de guerra: muy probablemente, la Sra. Dowey se ha encontrado por casualidad con la Sra. Twymley y la Sra. Mickleham en la calle, y ha dicho que no tenía otra cosa que hacer para pasar el día; luego, como es natural, la palabra enchufe ha sido mencionada, y se han acalorado, pero al final la Sra. Twymley ha pedido disculpas; luego, según la extraña manera que tiene una cosa de llevar a la otra, el vendedor de bígaros ha aparecido, y la Sra. Dowey se acordó de que tenía aquel bote de mermelada al que la Sra. Mickleham les había invitado la última vez; y ya se fueron las tres escaleras abajo, seguidas servilmente por la Mujer Haggerty.

Han estado sumamente alegres, y nunca hubo cuatro venerables trabajadoras que se lo merecieran más. Todo lo que una mujer puede hacer en tiempos de guerra, lo hacen cada día y con alegría, de la misma manera que sus hombres lo hacen en el frente; y ahora, habiendo dejado de lado las escobas y los cubos, se han dejado caer con dignidad y están a gusto. No tienen ninguna intención de pensar en acuerdos de paz a no ser que se gane una victoria decisiva en el campo de batalla (Sarah Ann Dowey), o que se obligue al Kaiser a dar media vuelta (Emma Mickleham), y a cantar muy bajo (Amelia Twymley).

Para esta merienda, la señora que interprete el papel de la Sra. Dowey debe sugerir que nuestra heroína esconde un doloroso secreto, o sea, el crimen; ¡pero deberías vernos intentando sacarle esta idea de la cabeza! La Sra. Dowey sabe que es una criminal, pero, a diferencia de la actriz, no sabe que está a punto de ser descubierta; y es, para explicarlo a su manera de escocesa, la más alegre de toda la compañía. Insiste para que sus invitadas tomen más té, pero ellas guardan sus distancias de la manera elegante de las señoras que saben que ya han tenido más que de sobra.

Sra. Dowey. – ¿Un bígaro más, Sra. Mickleham, sólo uno?

De hecho sólo queda uno.

Pero la Sra. Mickleham explica de manera educada que para que se lo tomara, el bígaro tendría que echarse al agua. (La Mujer Haggerty lo coge mucho rato después cuando cree, erróneamente, que nadie la está mirando.)

La Sra. Twymley está enfurruñada. Obviamente, alguien la ha contrariado. Probablemente la Mujer. Haggerty.

Sra. Twymley. – Digo que es así.

La Mujer Haggerty. – Digo que puede ser así.

Sra. Twymley. – Me parece que soy yo quien mejor debería saberlo, ya que tengo un hijo prisionero en Alemania.

Lo ha remarcado de manera tan seca que todo el buen humor parece haber chocado contra ella para acabar aquí. Pero continúa vilmente: «Y soy la única señora aquí presente que tiene esta gloriosa desgracia».

Las otras están picadas.

Sra. Dowey. – Mi hijo está combatiendo en Francia.

Sra. Mickleham. – El mío ha sido herido en dos lugares.

La Mujer Haggerty. – El mío está en Salonaica.

La pronunciación absurda de esta persona inculta llena las otras de júbilo.

Sra. Dowey. – Disculpe, Señora Haggerty, pero la pronunciación correcta es Saloniquia.

La Mujer Haggerty, para disimular su confusión. – No creo.

Intuye que tampoco aquello que sigue aporta una prueba a su favor. «Y lo digo como una mujer que tiene Bonos de Guerra.»

Sra. Twymley. – Todas tenemos.

La Mujer Haggerty gime, y las otras invitadas la consideran con un desprecio insensible.

Sra. Dowey, para restaurar el buen humor. – Oh, es una guerra terrible.

Todas, animándose. – Sí que lo es. Ya lo puede decir.

Sra. Dowey, alentada. – Lo que quiero decir es que los hombres son magníficos, pero no podría decir lo mismo del estado mayor. Eso es su punto débil, Sra. Mickleham.

Sra. Mickleham, a la defensiva, pero determinada a no revelar ningún dato que pudiera ser de interés para el enemigo. – Háganme caso, el estado mayor lo hace a la perfección.

Sra. Dowey. – Y yo estoy muy aliviada de oírselo.

Es en este momento cuando la Mujer Haggerty coge el bígaro sobrante.

Sra. Mickleham. – Ustedes no entienden bien lo que es una guerra de trincheras. Si tuviera un mapa…

Sra. Dowey, mojando sus dedos para dibujar las líneas del frente en la mesa. – Esto es el río Somme. Bueno, si tuviéramos cortinas de fuego en este sitio…

Sra. Twymley. – Le enfilarían enseguida. ¿Dónde están sus apoyos, Señora?

La Sra. Dowey se lleva un chasco.

Sra. Mickleham. – Lo que ninguna de ustedes entiende, es que esto es una guerra de artillería…

La Mujer Haggerty, fortalecida por el bígaro. – Digo que la palabra es Salonaica.

Las otras fruncen los labios.

Sra. Twymley, con terrible intención. – Cambiemos de tema. ¿Han visto el Hablando de moda de esta semana?

Obviamente, ella lo ha devorado e incluso ha lamido hasta las migas.

Sra. Twymley. – La gabardina con pliegues de acordeón está bastante pasada de moda.

Sra. Dowey, su vieja cara se pone a relucir. – ¡Por Dios! ¿Qué me dice?

Sra. Twymley, con ese toque de altanería que dan los grandes asuntos. El fruncido sencillo vuelve a estar de moda, con encaje de seda, lo que le da aquel delicioso toque de elegancia.

Sra. Dowey. – ¡Oh oh!

Sra. Mickleham, considerando con aire pensativo la falta de línea en la persona de la Sra. Twymley. – Tengo que decir que siempre he tenido una debilidad por la línea recta, aunque es aburrida para ellos, puesto que tiene un aspecto muy agradable.

Es en este momento que los dedos de la Mujer Haggerty se cierran disimuladamente sobre un trozo de azúcar.

Sra. Twymley, navegando por el Empíreo. – La Sra. Dolly Kanister ha sido vista en un elegante de jou (1), conversando a través de una verja.

Sra. Dowey. – Bien me habría gustado verla.

Sra. Twymley. – Tiene tanta fama de criada como de esposa u obrera en la fábrica de municiones. Sus dos hijos son para enmarcar. Lady Pops Babington se ha casado con un vestido de tul ceñido.

Sra. Mickleham. – ¿Cómo era su vestido de despedida?

Sra. Twymley. – Un terciopelo de color crema de champán con una blusa de ensueño. Se ha casado con el honorable Coronel Chingford, «El Chato», como le llamaban en Eton.

La Mujer Haggerty, habiendo despachado el azúcar. – Muy probablemente, lo habrán enviado a Salonaica.

Sra. Mickleham. – Donde sea que haya sido enviado, ella tendrá los mismos estremecimientos que nosotras. Se pondrá igual de contenta que usted o yo cuando reciba las cartas escritas a lápiz.

Sra. Twymley. – ¡Esas cartas escritas a lápiz!

Sra. Dowey, con su suave voz de escocesa, tímidamente, temiendo pasarse. – Y las mujeres en los países enemigos reciben esas cartas escritas a lápiz y un día dejan de recibirlas, igual que nosotras. Pensemos en eso de vez en cuando.

Se ha pasado. Se echan atrás las sillas.

La Mujer Haggerty. – ¿Se lo pueden creer?

Sra. Mickleham. – ¿Qué manera de hablar es esa, Sra. Dowey?

Sra. Dowey, asustada. – Disculpen, por favor. Juro por la muerte que no soy ninguna pacifistas de ésas.

Sra. Mickleham. – Se lo concedemos, con mucho gusto.

Sra. Twymley. – He oído que hay mujeres que no tienen parientes masculinos, y por lo tanto, no tienen meriendas para hablar de sus hombres en la guerra. He oído hablar de ellas, pero no me junto con ellas.

Sra. Mickleham. – ¿Qué podrían decirles unas mujeres como nosotras? No es su guerra.

Sra. Dowey, tristemente. – Dan lástima.

Sra. Mickleham. – Pero el lugar de estas mujeres, Sra. Dowey, es dentro de casa, con las persianas bajadas.

Sra. Dowey, apresuradamente. – Ese es su lugar.

Sra. Mickleham. – He visto a una hoy que compraba una bandera. Me pareció muy descarado de su parte.

Sra. Dowey, dócilmente. – Sí que lo era.

Sra. Mickleham, simulando modestia e indiferencia en su éxito. – Ayer recibí una carta de Percy, mi hijo.

Sra. Twymley. – Alfred me ha enviado su foto.

La Mujer Haggerty. – Menos comunes son las cartas que llegan de Salonaica.

Tres corazones palpitan, pero no lo hace, desgraciadamente, el de la Sra. Dowey. No obstante, aprieta tenazmente los labios.

Sra. Dowey, la criminal. – Kenneth me escribe todas las semanas.

Hay exclamaciones. La intrépida ancianita esgrime un paquete de cartas. «Miren esto. Todas de él.» La Mujer Haggerty gime.

Sra. Twymley. – Alfred no tiene mucho tiempo para escribir, es bombardero.

Sra. Dowey, despiadadamente. – ¿Empiezan sus cartas por «Querida madre»?

Sra. Twymley. – En general.

Sra. Mickleham. – Invariablemente.

La Mujer Haggerty. – Siempre.

Sra. Dowey, dando la estocada. – Las de Kenneth empiezan por «Queridísima madre».

Nadie encuentra la respuesta adecuada.

Sra. Twymley, haciendo lo posible. – Un hombre bajo, diría yo, mirándola a Usted.

Debería haberlo dejado estar.

Sra. Dowey. – 1 metro y 88 centímetros… y medio.

El desastre se intensifica.

Sra. Mickleham, muy a su pesar. – ¿Uno de los de la falda, según me dijo?

Sra. Dowey. – Por supuesto. Está en la famosa Guardia Negra (2).

La Mujer Haggerty, sacando su pañuelo. – Los Fusileros del Surrey son los más famosos.

Sra. Mickleham.No coincide con el Rey, Sra. Haggerty. Él ha elegido a los Buffs, justo donde está mi Percy.

Sra. Twymley, magnánima. – Déjenme el R.H.A. (3) y se pueden quedar con el resto.

Sra. Dowey. – Por supuesto, no tengo nada que decir en contra del Surrey, del R.H.A. o de los Buffs, sino, que yo sepa, que son regimientos de calzones.

La Mujer Haggerty. – Todos no podemos llevar faldas.

Sra. Dowey, de manera aplastante. – Esa es la pura verdad.

Sra. Twymley. Es una insensatez, pero no puede evitar decirla. ¿Tiene su Kenneth unas piernas largas y peludas?

Sra. Dowey. – Extraordinarias.

Vaya mujer malvada. Pero déjenos decir también «Pobre Sarah Ann Dowey». En este momento entra Némesis. O sea, la parte menos importante de un pastor aparece arriba de las escaleras.

Sra. Mickleham.¡Es el señor reverendo!

Sra. Dowey, que no sabe lo que le trae al reverendo. – Veo que ya le han puesto tacones a sus botas.

Podemos decir que el Sr. Willings siempre anda por el mundo precedido de una feliz sonrisa en la cara. Esta sonrisa hace que su vida transcurra entre música, significa que ha sido elegido una vez más, en su opinión, como el protagonista principal de la historia. Nadie habrá llevado una existencia más monótona, pero él nunca lo sabrá; siempre se verá, humildemente pero con entusiasmo, como el elegido de los dioses. Sobre él se podría haber escrito esta frase original: las aventuras pertenecen a los aventureros. Se las encuentra en cada esquina. Por ejemplo, ayuda a una señora a bajar del bus, y le pregunta si le puede ayudar en algo más. Ella le pregunta cual es el camino para ir a la carnicería Maddox. Entonces surge la sonrisa feliz y triunfante; siempre llega la primera, esa sonrisa viene seguida de la explicación: «¡Estuve allí ayer!». Ésa es una simple muestra de las aventuras que mantienen al Sr. Willings a la altura de las circunstancias.

Desde que estalló la guerra, su entusiasmo por la vida se ha vuelto prácticamente insufrible. Difícilmente puede abrir un periódico y leer la historia de un héroe sin recordar que conoce a alguien con el mismo apellido. El Albergue para Soldados en el que colabora era, en el pasado, unos almacenes chinos, y (subrayen mis palabras), en estos almacenes había comprado su juego de té. Así es la vida cuando estás metido en sus meollos. A veces cree que forma parte de un gigantesco drama de espías. En sus extraordinarias idas y venidas, conoce a Grandes Personajes, por supuesto, y es el recipiente confidencial de sus noticias secretas. Antes de transmitir esas noticias no suele, como se podría esperar, empezar por su sonrisa expansiva. Al contrario, su cara reviste un aspecto de solemnidad terrible que, no obstante, viene a tener el mismo significado. Cuando divulga los nombres de los personajes, primero mira a su alrededor para asegurarse de que no hay nadie sospechoso cerca y, bajando la voz, te dice: «Lo he oído del propio Sr. Farthing, que es secretario de la sucursal de Bethnal Green, ¡ssshhh!»

Se produce cierta conmoción para encontrar una silla digna del reverendo, e incluso se puede notar algún despliegue furtivo de mangas, pero él se queda contemplando a las señoras con su sonrisa triunfante. Este hombre extraordinario sabe que va, de nuevo, a marcar puntos.

Sr. Willings, apartando las sillas. – Gracias. Pero no hay de qué. Amigas, traigo noticias.

Sra. Mickleham.¿Noticias?

La Mujer Haggerty. – ¿Del Frente?

Sra. Twymley. – ¿Mi Alfred, señor?

De repente, todas se han vuelto ansiosas; todas, excepto la anfitriona, que sabe que nunca podrá haber noticias del Frente para ella.

Sr. Willings. – Os digo ahora mismo que todo va bien. Las noticias son para la Sra. Dowey.

La Sra. Dowey le mira fijamente.

Sra. Dowey.¿Noticias para mí?

Sr. Willings. – Su hijo, Sra. Dowey, ha conseguido cinco días de permiso.

La Sra. Dowey sacude ligeramente la cabeza, a no ser que sea su cabeza que tiembla un poco sobre su soporte.

Sr. Willings. – ¡Venga! Las buenas noticias no matan.

Sra. Twymley. – Nos alegramos, Sra. Dowey.

Sra. Dowey.¿Está seguro?

Sr. Willings. – Completamente. Ha llegado.

Sra. Dowey.¿Está en Londres?

Sr. Willings. – Sí. He hablado con él.

Sra. Mickleham.Qué mujer más afortunada.

Deben darse cuenta de que no parece feliz. Pero la experiencia les ha enseñado que estas cosas no afectan de la misma manera a todo el mundo.

Sr. Willings, entusiasmándose cada vez más mientras revela su historia. – Señoras, es casi una novela. Estaba en los – mira a su alrededor cuidadosamente, aunque sepa que todas son de fiar – en los barracones del Ejército de la Iglesia, en Central Street, intentando localizar la pista de un par de nuestros hombres desaparecidos. De repente mis ojos – no me lo puedo creer – de repente, mi ojos se pusieron en un Highlander sentado en un banco, con pinta de estar bastante aburrido y con el equipaje en sus pies.

La Mujer Haggerty. – ¿Un hombre grande?

Sr. Willings. – Un mozo grande y musculoso.

La Mujer Haggerty gime.

Sr. Willings. – «Amigo mío», le digo de repente, «bienvenido de regreso a Blighty (4)». Me empeño en decir Blighty. «Me pregunto», le digo, «si puedo hacer algo por usted.» Sacude la cabeza. «¿Qué regimiento?», pregunto.

Aquí, el Sr. Willings baja literalmente su voz hasta convertirla en un susurro. ««Guardia Negra, 5º Batallón», dice. «¿Nombre?», pregunto. «Dowey», dice.»

Sra. Mickleham.¡Vaya por Dios! ¡Vaya por Dios!

Sr. Willings, mostrando cómo se ha desarrollado la escena, ayudándose de una silla. – Pongo mi mano en su hombro, como si fuera de esta manera. «Kenneth Dowey», digo, «conozco a su madre».

Sra. Dowey, humedeciendo sus labios. – ¿Qué contestó a eso?

Sr. Willings. – Estaba incrédulo. De hecho, pareció pensar que estaba loco. Pero me ofrecí para acompañarle en seguida a su casa. Le conté cuánto nos había hablado usted de él.

Sra. Dowey.¡Tráigalo aquí!

Sra. Mickleham.Me extraña que tuviera que ser acompañado.

Sr. Willings. – Acababa de llegar, y estaba desconcertado por la gran ciudad. Me escuchó de esta manera taciturna que tienen los escoceses y luego me soltó una risa curiosa.

Sra. Twymley. – ¿Una risa?

Sr. Willings, acostumbrado por su vida salvaje a estar en contacto con la gente más extraña. – Los escoceses, Sra. Twymley, expresan sus emociones de una manera diferente a la nuestra. Con ellos, las lágrimas expresan un humor alegre, mientras que el regocijo delata que están hundidos en la melancolía. Cuando terminé, de pronto dijo: «Vayamos a ver a la anciana».

Sra. Dowey, dándose la vuelta, primer movimiento que hace desde que el reverendo ha empezado su historia. – ¿Está… llegando?

Sr. Willings, gloriosamente. – Está aquí. Está aquí arriba. Le dije que pensaba que era mejor darle primero la alegre noticia.

Tres mujeres se precipitan a la ventana. La Sra. Dowey mira la puerta de su despensa, pero quizás se acuerda de que no se puede cerrar desde dentro. Se queda rígida, aunque su cara se ha vuelto muy gris.

Sra. Dowey.Haga el favor de pedirles que se vayan.

Sr. Willings. – Señoras, me temo que este feliz encuentro no requiere de su presencia.

El Sr. Willings no es hombre de pedir un sacrificio a una mujer a no ser que esté dispuesto a sacrificarse él mismo.

Sr. Willings. – Yo también me voy en seguida.

Todos contemplan a la Sra. Dowey, y entienden – o creen entender.

Sra. Twymley, cubo y fregona en la mano. – No me privaría de la compañía de nadie, si mi Alfred estuviera en la puerta.

Sra. Mickleham, igualmente cargada.Lo mismo pienso yo. ¿Se lo mando aquí abajo, Sra. Dowey?

La anciana no la oye. Escucha, aterrada, atenta al ruido de pasos en la escalera.

Sra. Mickleham.Miren a esta pobre cosita alegre, señor. Lleva sus cartas en la mano.

Las tres mujeres se van. El Sr. Willings pone una mano cariñosa en el hombro de la Sra. Dowey. Cree entender plenamente la situación.

Sr. Willings. – Un buen hijo, Sra. Dowey, por haberle escrito tan a menudo.

Nuestra vieja criminal se estremece pero aprieta las cartas con más fuerza. El soldado Dowey baja las escaleras.

Sr. Willings. – Dowey, amigo mío, aquí está, esperándole, con sus cartas en la mano.

Dowey, gravemente.Eso es estupendo.

Kenneth Dowey

Ilustración : Imperial War Museum, Private of the 10th Argyll and Sutherland Highlanders in his full kit. Cologne, 12 April 1919.

El Sr. Willings sube las escaleras sin echar la mirada atrás, como buen caballero que es; y los Dowey se quedan a solas, casi toda la habitación separándolos. Él es un buen pedazo rudo de Escocia, extraído de ella con más generosidad que cuidado. Y con su uniforme de la Guardia Negra, todo embarrado de lodo, su equipaje, y llevando encima probablemente todas sus pertenencias, es una aparición apenas menos temible (pero cuánto más harapienta) que aquellos antepasados suyos que trotaban hacia Derby junto al Príncipe Charlie (5). Se queda silencioso, mirando a la anciana con el ceño fruncido, retándola a levantar la cabeza; y a ella le gustaría muchísimo hacerlo, porque desea echarle un primer vistazo a su hijo. Cuando por fin habla, es para burlarse de ella.

– ¿Reconoce a su querido hijo, señora?

– (Oh, qué deje escocés tiene, piensa ella.)

– Me alegro de haberle escrito tan a menudo.

– (Oh, pero si está furioso, piensa ella.)

El soldado se acerca a grandes zancadas hacia ella, y agarra bruscamente las cartas.

– Veámoslas.

Hay un hilo alrededor del paquete y lo desata, examina las cartas detenidamente con mucha curiosidad. Los sobres están ordenados, todos escritos a lápiz y dirigidos a la Sra. Dowey, y con las soberbias palabras «Abierto por la Censura». Pero el papel de las cartas, dentro de los sobres, no lleva ni una sola palabra escrita.

– ¡Nada más que papel en blanco! ¿Esa es su letra, escrita a lápiz en el sobre?

Ella asiente con la cabeza y el soldado profundiza en el asunto.

– La pandilla me dijo que usted es una limpiadora; por lo tanto supongo que recogió los sobres de las cestas de papel usado, o algo así, y que luego cambió las direcciones.

La señora Dowey vuelve a asentir con la cabeza; no se atreve todavía a levantar la mirada, pero admira sus piernas. Sin embargo, cuando el soldado arroja las cartas al fuego, ella se enciende con una energía repentina y las agarra.

– No queme estas cartas, señor.

– No son cartas auténticas.

– Son todo lo que tengo.

El soldado vuelve a ser irónico.

– Creía que tenía un hijo.

– Nunca he tenido un hombre, ni hijo, ni nada. Solo me hago llamar Señora para darme un rango social.

– Bueno, ya lo había advertido.

Se gira para buscar alguna explicación en las paredes. La Sra. Dowey, por fin, le echa una mirada furtiva. Vaya, ¡qué hombre más apuesto! ¡Y su zancada! ¡Y su noble furia! ¡Sansón debió de haber tenido la misma reacción cuando aquella mujer le impuso su disciplina!

El soldado gira a su alrededor.

– ¿Qué le ha llevado a hacer esto?

– Era la guerra de todo el mundo, señor, excepto mía.

La anciana sacude los brazos. «Quería que fuera también mi guerra.»

– Tendrá que ser más clara. Aunque si me paro a escucharla, vieja embustera, seré un hombre muerto.

Las palabras no son otras que las que eran de esperar, y por eso la anciana las aguanta; pero el soldado se mueve hacia la puerta.

– ¿No se irá todavía, señor?

– Sí, sólo he venido para darle mi desaprobación.

La Sra. Dowey levanta los brazos con ansia: «Pero si todavía no me la ha dado.»

– ¡Qué descaro!

La Sra. Dowey le da una nueva prueba de su descaro: «¿No tomaría un poco de té?»

– ¡Yo! Le estoy diciendo que he venido aquí con el único propósito de regañarla.

La negativa es tan tremenda que tumba a la Sra. Dowey en una silla. Pero la enérgica anciana se vuelve a levantar enseguida: «Podría beber el té mientras me regaña. Hay bígaros.»

– ¿Aquí?

El soldado se gira con interés hacia la mesa, pero lo detiene su orgulloso carácter escocés, el cual es también justamente el motivo por el que la Sra. Dowey ha dicho que había bígaros.

– No quiero. Usted no es más que una canalla.

Se sienta lejos de la mesa.

– Ahora, venga, suéltelo todo ya. ¡Siéntese!

La Sra. Dowey se sienta dócilmente; no hay nada que no haría por él.

– Como usted es limpiadora, me imagino que está de pie todo el día.

– Estoy más bien de rodillas.

– Así tendría que estar delante de mí.

– Oh, Señor, lo deseo.

– Basta ya. Continúe, mentirosa consumada.

– Es cierto que mi apellido es Dowey.

– Eso es suficiente para hacerme cambiar el mío.

– He estado limpiando y limpiando y limpiando durante tanto tiempo que ni me acuerdo. He estado en Londres estos últimos veinte años.

– Saltemos sus días de juventud. Tengo una cita.

– Y cuando estaba mayor ya, estalló la guerra.

– ¿Cómo le iba a afectar?

– Oh, señor, ese es el problema. No me afectó. Afectó a todo el mundo menos a mí. Los vecinos me miraban desde lo alto. Hasta los carteles en las paredes, esos carteles de la mujer que decía «Marcha, hijo mío», me miraban de reojo. A veces lloraba sobre mí misma en la oscuridad. ¿No querrá tomar una taza de té?

– No.

– Un día, me surgió la idea de fingir que tenía un hijo.

– ¡Vieja ramera depravada! Pero ¿qué demonios le llevó a elegirme a mí, en todo el ejército británico?

La Sra. Dowey suelta una risita. Poca duda queda de que en su juventud debió de ser una coqueta experta.

– Quizás, señor, porque usted fue el que más me gustó.

– Venga, mujer.

– Un día leí en el periódico: «En cuya operación fue asistido por el soldado K. Dowey, 5º Batallón, Guardia Negra.»

El soldado K. Dowey se siente halagado.

– ¿De verdad? Bueno, supongo que fue la única vez que he aparecido en el periódico.

La Sra. Dowey lo intenta de nuevo.

– No le elegí a usted sólo por eso. Primero leí una historia de la Guardia Negra, para asegurarme de que es el mejor regimiento del mundo.

– Cualquiera se lo podría haber dicho.

El humor del soldado está mejorando ahora, y, topándose con el pan mientras deambula, se corta una rebanada. Apenas es consciente de su gesto, pero la Sra. Dowey se da cuenta.

– Me gusta su acento escocés, mujer. Es igual de terroso que un arroyo en el cerro.

– El río Prosen (6) corre por la zona en la que nací.

Coqueteando de nuevo:

– Quizás fue él el que me enseñó a hablar, señor.

– Gracioso, mujer, muy gracioso.

– He leído sobre el gaitero espectral de la Guardia Negra, que toca con orgullo cuando los hombres de la Guardia Negra lo hacen bien; y con esplendor, cuando caen.

– Existen historias tontas como esa.

Sin pensarlo, coge otra rebanada de pan.

– Pero no puede haber vivido aquí todo este tiempo, o la habrían descubierto. Supongo que habrá estado navegando de un sitio a otro.

– Sí, me costó once chelines y seis peniques.

– ¿Cómo adivinó que la K de mi nombre era de Kenneth?

– ¿Lo es?

Bingo

– Un ángel me lo susurró mientras dormía.

– Bueno, será el único ángel en todo este asunto nefasto.

El soldado se ríe entre los dientes.

– No se imaginó que iba a aparecer un día.

Se gira de repente hacia ella. «¿O sí que se lo imaginó?

– Estaba empezando a estar impaciente de verle, Kenneth.

– ¿Qué confianzas son esas?

– Señor.

Se sirve mantequilla, y ella le pasa el tarro de mermelada, pero el soldado lo rechaza altaneramente. ¿Cree que la Sra. Dowey se da por vencida, ahora? De ningún modo.

El soldado reitera su tono sarcástico.

– Espero que esté contenta de mi aspecto, ahora que me ve.

– Estoy muy contenta. ¿Sus padres viven en Escocia?

– Glasgow.

– ¿Ambos viven?

– Ay.

– ¿Es su madre terriblemente orgullosa de usted?

– Naturalmente.

– ¿Irá a verles?

– Después de salir de fiesta en Londres.

La anciana sorbe por la nariz.

– ¡Así que ella está en Londres!

– ¿Quién?

– Su novia.

– ¿Es usted celosa?

– Yo no.

– Mejor que no lo sea. Ella es joven.

– Vaya sorpresa. ¿Una belleza, sin duda?

– Puede estar segura.

Prueba la mermelada.

– Tiene título de nobleza. Tiene tanta fama de criada, como de esposa y de obrera en la fábrica de municiones.

La Sra. Dowey se acuerda de Lady Dolly Kanister, tan conocida de los lectores de cotilleos de moda, y, de verdad, una expresión muy recelosa aparece en su cara.

– Cuénteme más cosas sobre ella, soldado.

– Ella me ha mandado un montón de cosas, sobre todo pasteles, y un chaleco de estambre, acompañados de una carta con un delicioso mensaje.

La anciana se estremece de emoción. Pierde el control de sus brazos, que saltan con excitación por aquí y por allá.

– ¿Probará uno de mis pasteles, señor?

– No quiero.

– Los he hecho yo.

– No, gracias.

Pero, corriendo de una manera graciosa, ella va y vuelve de la despensa. Le pone delante un pastel, que el soldado mira boquiabierto.

– ¿Qué pasa? Dígame, oh, dígame, señor.

– Es exactamente este tipo de pastel que la Lady me envía.

La Sra. Dowey es ahora una muy brillante vieja actriz, de verdad.

– ¿Le está bien el chaleco, señor? Espero que los colores de la Guardia Negra le gustaran.

– ¡Qu…qué! ¿Era usted?

– No me atreví a dar mi propio nombre, ¿sabe? y siempre leía noticias suyas en el periódico.

El hombre atormentado se echa amenazante sobre ella, terrible, por última vez.

– ¡No hay manera de deshacerse de usted, mujer!

– ¿Está enfadado?

Se sienta con un gruñido.

– ¡Caray! Deme algo de té.

La Sra. Dowey se precipita para prepararle una comida, cada parcela de ella quiere gritarle a las otras parcelas «¡Oh, gloria, gloria, gloria!». Durante un momento, merodea detrás de su silla. «¡Kenneth!» susurra.

– ¿Qué?, pregunta el soldado, sin preocuparse más de que ella se tome libertades.

– Nada, solo Kenneth.

Y sale con júbilo a por la caja de té.

Pero cuando el té estaba servido y el soldado hubo bebido una taza, el instinto de conservación volvió, entre dos bocados, a su mente.

– No vaya a creer ni un minuto, señora, que ha logrado engatusarme.

– No, no.

Frente a esta respuesta comprensiva, el soldado se relaja.

– Voy al teatro esta noche, y después a un guateque (7).

– ¡Oh! Kenneth, eso es un entretenido primer encuentro.

– Lo es, mujer, oh, lo es, dice el soldado cautelosamente, y también es un último encuentro.

– Sí, sí.

– Entonces, a su salud, vieja fregona y cubo. Ave atque vale.

– ¿Qué es eso?

– Quiere decir Saludo y Adiós.

– ¿Tiene usted estudios?

– Siendo escocés, no hay casi nada que yo no sepa.

– ¿Cuál era su oficio?

– Carretero, vidriero, manitas, cualquier trabajo duro.

– Es usted un hombre digno de ser mirado.

– En general me admiran.

– Es ella una mujer envidiable.

– ¿Quién?

– Su madre.

– ¿Qué? Oh, era sólo para protegerme de usted. No tengo ni padre, ni madre, ni mujer, ni abuela.

Añade con amargura:

El interesado nunca supo quienes eran sus orgullosos padres.

– ¿Es eso…?, la Sra. Dowey lanza destellos, ¿Es eso cierto?

Palabra de evangelio.

– ¡Alabado sea el cielo!

– ¿Qué? ¡Nada de eso! He sido un idiota diciéndoselo. Pero no creo que le pueda sacar ningún provecho. Páseme el pastel.

– Me atrevo a decir que es cierto que nunca nos volveremos a ver, Kenneth, pero si lo hiciéramos, me pregunto dónde será.

– En este mundo no será.

– No se puede saber, dice la Sra. Dowey con una mirada obsequiosa. Quizás sea en Berlín.

– ¡Dios, si llego un día a Berlín, creo que la encontraré allá esperándome!

– Con una taza de té en la mano para usted.

– Sí, y añade de buena gana, y un muy buen té, además.

Ha comido en exceso, está ahora de muy buen humor.

– ¡Kenneth, podríamos volver por París!

Kenneth se palmotea las rodillas.

– Todas la señoras quieren ir a París.

– ¡Oh, Kenneth, Kenneth, si sólo pudiera, sólo una vez antes de morir, llevar un vestido parisino con una blusa de ensueño!

– Son todas iguales, vieja pandilla. Tenemos una canción sobre eso.

Canta:

«La Sra. Gill está muy enferma,
Nada la hace mejorar,
Sino ver las Tullerías
Y caminar por el Louvre.»

Nunca una canción tuvo tanto éxito. La Sra. Dowey está partida de risa. Cuando recobra sus sentidos, cuando ambos los recobran, ya que los dos están partidos de risa, ella se exclama:

– Me la tiene que enseñar.

Y se lanza a cantar de esta manera:

«La Sra. Dowey está muy enferma,
Nada la hace mejorar.»

– ¡Pare!, exclama el astuto Kenneth, que acaba el verso.

«Sino llevar un vestido parisino
Para caminar por el Louvre.»

Echan la cabeza hacia atrás, ella lo señala con el dedo, él la señala a ella con el dedo. La Sra. Dowey dice eufóricamente:

– ¡Piernas peludas!

Una observación loca, que devuelve al soldado a sus sentidos. Se acuerda de qué y quién es ella.

– ¡Cuidado con sus maneras!

Se levanta.

– Bueno, gracias por el té. Tengo que marcharme.

Pobre Sra. Dowey, él ya está recogiendo su equipaje.

– ¿Adónde va?

El soldado suspira.

– Ese es el problema. Hay un sitio llamado La Cabaña, en el que algunos del 2º Batallón se quedan. Me acogerán.

Añade con amargura: «Los mendigos no pueden ser difíciles» (8).

– ¿Los mendigos?

– Nunca he estado aquí antes. Si supiera – una sombra oscurece su cara – lo que es estar en un sitio como aquel sin tener a un amigo. Estaba loco de alegría cuando me dieron el permiso, al pensar que por fin iba a ver Londres, pero después de haber estado deambulando por sus calles durante cuatro horas, casi me alegraría estar de vuelta en las trincheras.

«Si supiera», ha dicho el soldado, pero de hecho, la anciana sabe.

– Ese es mi dilema también, Kenneth.

Kenneth asiente con compasión.

– Lo siento por usted, pobre viejecita – dice, poniéndose el petate al hombro.- Pero no veo ninguna salida para ninguno de nosotros.

Una voz arrulladora dice: «¿De verdad?»

– ¡Ya está otra vez con eso!

La Sra. Dowey sabe que tiene que ser ahora o nunca. Ha guardado sus municiones más potentes para el final. En su excitación, no para de alzarse sobre la punta de los pies.

– Kenneth, he oído que lo que más desea un hombre que está de permiso es una cama con sábanas, y un baño.

– Nunca ha oído nada más cierto.

– Entre en la despensa, Kenneth Dowey, levante la tapa del aparador, y dígame qué es lo que ve.

El soldado sale. Hay un silencio terrible. Cuando vuelve, está impresionado.

– ¡Hay como una bañera!

– Aquí dentro se podría poner guapo, por partes.

– ¿Yo?

– Hay una señora al otro lado de esta pared que estará encantada de prestarme una cama hasta que acabe su permiso.

El soldado bufa.

¡Oh, alli dentro!

La anciana no lo tiene cogido todavía, pero aún le queda una munición.

– ¡Kenneth, mire!

Con estas pocas palabras, deja caer la cama. No dice nada más; las palabras estropearían un efecto como ese. Afortunadamente, Kenneth no está hecho de piedra; se entusiasma.

– ¡Caramba! Ese es el artilugio que necesitamos en las trincheras.

– Es su cama, Kenneth.

– ¿Mía? Kenneth le dirige una gran sonrisa. Vieja graciosa. ¿Por qué tiene tanto interés en cargar con un bulto como yo?

– ¡Jejejeje!

– Le advierto, soy un hombre de lo más común.

– Y yo soy justamente una mujercita de lo más común.

– He sido un vagabundo toda mi vida, y no soy ningún héroe de guerra.

– Sí que lo es. ¿A cuántos alemanes ha matado?

– Sólo dos de los que esté seguro, y no hubo ninguna gloria en aquello. Sólo fue porque querían mi camisa.

– ¿Su camisa?

– Bueno, ellos decían que era su camisa.

– ¿Ha hecho prisioneros?

– Una vez cogí media docena, pero tampoco fue un asunto muy glorioso.

– ¿Cómo puede un hombre solo capturar a media docena?

– De la manera habitual. Los rodeé.

– Kenneth, es usted exactamente mi ideal.

– Usted se satisface con poca cosa.

Kenneth se gira de nuevo hacia la cama.

– Veamos como funciona esto.

Da golpecitos con el puño en el colchón, y el resultado es tan satisfactorio que deja caer su petate.

– Señora, si realmente me quiere, me aguantaré.

– ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!

Su alegría es tan comunicativa que el soldado se ve obligado a avisarla.

– Pero le advierto de que no la acepto como pariente. Puede seguir presumiendo de ello delante de los vecinos, por su gloria personal; pero lo mejor que le puedo decir es que está en libertad condicional. Soy una persona prudente, y tenemos que ver cómo evoluciona usted.

– Sí, Kenneth.

– Y ahora, me parece, a por el baño. Mi obra de teatro empieza a las seis y media. Un tío al que he conocido en el bus viene conmigo.

La Sra. Dowey está un poco asustada.

– ¿Está seguro de que volverá?

– Sí, sí, dice generosamente. Dejo mi petate en garantía.

– ¿No beberá demasiado, Kenneth?

Kenneth ríe.

– Es usted la primera en preocuparse por lo que hago o no hago.

Nada de todo lo que ha dicho la Sra. Dowey le ha gustado tanto al solitario hombre como esta pregunta.

– Se le prometo. Dios, estoy empezando a tener ganas de ser despertado por la mañana oyéndola gritar : «Levántate, canalla, perezoso.» Casi envidiaba a los hombres que tenían mujeres que le podían decir eso.

Está entrando en el cuarto de baño cuando tropieza con una idea divertida.

– ¿Qué pasa, Kenneth?

– El teatro. Sería más llamativo si llevase a una señora.

La Sra. Dowey siente como un puñetazo en el pecho.

– Kenneth, dígame ahora mismo en qué está pensando. No me deje en ascuas.

Kenneth gira alrededor de la Sra. Dowey.

– No, no se puede hacer.

– ¿Estaba pensando en mí?

Kenneth añade con pesar.

– Sólo por un momento. Pero usted no tiene estilo.

La Sra. Dowey lo agarra por la manga.

– Con esto que llevo, por supuesto que no. Pero, Kenneth, ¡si me viera con mi merino! Se ata por detrás, a la última moda.

Kenneth no está convencido.

– Hum… bueno, veámoslo.

Se saca el merino de un cajón, sobre el cual la anciana se precipita con una prisa poco decorosa. El entendido lo examina con ojo crítico.

– No parece nada mal. ¿Tiene un trozo de gasa para el cuello? Los hombres en las trincheras no piensan en las bombas, ni en el Kaiser, ni en Tipperary, no, piensan en gasas.

– Claro que tengo, Kenneth. Y tengo una pulsera, y un manguito, y guantes.

Kenneth la examina.

– Caramba. ¿Cree que podrá quitarle a su cara un poco de esa pinta de ir por casa?

– Claro que puedo.

– Pues, puede intentarlo. Pero, ojo, no le prometo nada. Todo dependerá del efecto.

Kenneth entra en la despensa, y la anciana se queda sola. Sola, no, porque está rodeada de esperanzas fascinantes y de espantosos temores. Irradian sobre ella y la abuchean, la empujan por aquí y por allá; se abre paso con dificultad entre ellas y corre hacia su cubo, agua caliente, jabón, y un espejo. El último vistazo que le echaremos esta noche nos la enseñará mirando fijamente (sin descontento) su blanda y vieja cara, lamiéndose la palma de las manos para pasarlas sobre su pelo. Sus ojos echan chispas.

Una tarde, pocos días después, la Sra. Twymley y la Sra. Mickleham están en casa de la Sra. Dowey, esperando el regreso de la anciana de su escapada en algún lugar de moda. Sin duda han estado debatiendo sobre la guerra, porque las primeras palabras que nos llegan son las siguientes:

Sra. Mickleham.Se lo digo rotundamente, Amelia, no doblo ni una rodilla más delante de un junker (9).

Sra. Twymley.Sentadas aquí cerca del fuego, entre usted y yo, ¿qué cree que pasará después de la guerra? ¿Volveremos a estar como antes?

Sra. Mickleham.Por mi parte, Amelia, yo no. La guerra me ha abierto los ojos y me ha hecho comprender mi propia importancia de una manera realmente sorprendente.

Sra. Twymley.Yo pienso lo mismo. En vez de ser los pobres gusanos que la gente como usted y yo pensábamos que éramos, nos hemos convertido en secciones visibles de un gran y altivo imperio.

Están acercándose y, con un poco de suerte, ahora podremos oír sus opiniones sobre varios asuntos efímeros del día, como por ejemplo, el abandono de las ciencias en nuestros colegios. Pero entra la mujer Haggerty, y lo estropea todo. Está vestida, como ellas, de lo mejor que puede, pero el efecto sobre ella es que su ropa ha salido a dar un paseo, dejándola a ella en casa.

Sra. Mickleham, con gran repugnancia. – Aquí está este submarino otra vez.

La Mujer Haggerty se inclina delante de ellas, pero no recibe ninguna muestra de simpatía.

La Mujer Haggerty.Es una guerra terrible.

Sra. Twymley.¿De verdad?

La Mujer Haggerty.Me pregunto qué pasará cuando acabe…

Sra. Mickleham.No tengo ni idea.

La intrusa saca su pañuelo pero no lo utiliza. Después de todo, está en plena forma.

La Mujer Haggerty.¿No han vuelto todavía?

Las señoras bien educadas deben contestar a una pregunta directa.

Sra. Mickleham, con mucha frialdad.No. Llevamos esperando aquí media hora. Todavía están en el teatro.

La Mujer Haggerty.¡No me diga! Sólo he dado un salto hasta aquí a traer un pequeño regalo para él, ahora que acaba su permiso.

Sra. Twymley.Lo mismo nos ha traído a nosotras.

La Mujer Haggerty.Le voy a regalar cigarrillos.

No tienen ninguna intención de decirle cuáles son sus regalos, pero el secreto se les escapa.

Sra. Mickleham.Lo mismo que yo.

Sra. Twymley.Y yo.

Triunfo de la Mujer Haggerty. Pero es de corta duración.

Sra. Mickleham.Los míos tienen la punta dorada.

Sra. Twymley.Los míos también.

La Mujer Haggerty no necesita añadir nada. Sólo hay que verla para saber que sus cigarrillos no llevan la punta dorada. Intenta plantarle cara a la situación, lo cual, muy frecuentemente, es un error.

La Mujer Haggerty.¿Qué me importa? Los míos son Exquisytos.

No nos extrañemos de que se rían.

Sra. Mickleham.Disculpe, Sra. Haggerty (si ese es su apellido), pero la palabra es Exquiseetos.

La Mujer Haggerty.Muy agradecida.

Echa a llorar.

Sra. Mickleham.Me parece haber oído un taxi.

Sra. Twymley.Habrá sido la tercera vez esta semana.

Miran a través de la persiana. Están tan nerviosas que se olvidan de su rango.

La Mujer Haggerty.¿Qué es lo que lleva puesto?

Sra. Mickleham.Una chaqueta nueva de astracán, con mangas cortas, que le ha regalado él.

La Mujer Haggerty.¿Ha vendido su gabardina?

Sra. Mickleham.¡Ella no! Se lleva las dos al teatro, por muy calurosa que sea la noche. Se pone el astracán, y lleva la gabardina, tirada como con descuido, en el brazo.

La Mujer Haggerty.La vi ayer, pavoneándose con él, con la mirada de la que se cree que está en un desfile.

Sra. Twymley, mirando furtivamente.¡Shh! ¡Que me maten si no está bajando las escaleras remilgando, colgada de su brazo!

Efectivamente, el caso es que la Sra. Dowey entra. Quizás ha visto unas sombras merodeando detrás de la persiana, y de pronto se ha colgado del brazo de Kenneth, para impresionar a sus visitas. Es bastante capaz de hacer eso.

Ahora vemos lo que Kenneth vio aquella tarde, cinco días antes, cuando surgió del cuarto de baño y se encontró con la anciana temblorosa, esperando su inspección. Ahí están el manguito y los guantes y la gasa, y una especie de viejo tocado que le entraría la risa a cualquiera al verlo; no sé cómo describirlo, pero está adornado de unos lazos para atar debajo de la barbilla, como llevan los tocados las personas mayores y delicadas. Tendremos que dar por sentado que lleva el merino puesto hasta que se quite el astracán. Va de punta en blanco, no hay ninguna duda. Sí, pero ¿tiene su cara menos pinta de ir por casa? Y, sobre todo, ¿tiene estilo? La respuesta es una contundente afirmativa. Pregúnteselo a Kenneth. Él sabe. Más de una vez ha tenido que esconderse detrás de una puerta para reírse a carcajadas de la anciana. Había pensado hacerse acompañar por ella para divertirse y tener algo que contar luego a sus colegas; pero por alguna razón que no logra explicarse, sabe ahora que nunca podrá hacerlo.

Sra. Dowey, afectando sorpresa.¡Kenneth, tenemos visita!

Dowey. – Servidor, Señoras.

Ya no está arisco y cubierto de barro. Un tipo muy elegante, este Soldado Dowey, que les guiña el ojo a las señoras de manera seductora, como uno que sabe que, en cuestión de alegre compañía, no es fácil ganarles a las limpiadoras. ¡Cuántas bromas ha intercambiado con ellas a lo largo de la semana! Y el descaro con el que las ha tratado. Y el humor de las réplicas de la Sra. Mickleham. Y las chanzas de la Sra. Twymley. Y las risillas pulcras de la Mujer Haggerty. No ha habido nada como esto desde que sacaste a la condesa a cenar.

Sra. Twymley.Deberíamos disculparnos. No pensamos quedarnos.

Sra. Dowey. – Son bienvenidas. Esperen sólo – ¡la ostentación de esta frase! – que me quite mi astracán y mi manguito y mis guantes y (le toca al tocado ahora) «mi Excelsior».

Por fin la vemos con el merino (un triunfo).

Sra. Mickleham.Le ha ofrecido unos días de gloria, Sr. Dowey.

Dowey. – Ella me los dado a mí, señora.

Sra. Dowey, agitando sus puños. – ¡Oye! ¡Oye! ¡Oye! Me está mimando él a mí. El Señor nos perdone, pero para nuestra última noche, hemos cenado en un restaurante en el que sirven en la mesa.

Añade, vehementemente: «Juro por Dios que hemos bebido vino de champán».

Hay un silencio de muerte, y ella sabe muy bien lo que significa, e incluso ha preparado esto: «Y como sabía que iban a poner mis palabras en duda, aquí tienen el corcho.»

Coloca el corcho, todavía con su precioso envoltorio dorado, encima de la mesa.

Sra. Mickleham.¡No hay ninguna duda!

Sra. Twymley.Quería agradecerle, Sra. Dowey, por no haber dicho nada en contra de mi Alfred.

Sra. Dowey. – ¡Yo!

Dowey, en este tono imperioso al que las mujeres se resisten tan difícilmente – Venga, venga, señoras; si añaden otra palabra, les besaré a todas.

Hay un momento de confusión llena de satisfacción.

Sra. Mickleham.¡Pero bueno! ¡Estos soldados!

La Mujer Haggerty.¡Los de la falda son los peores!

Sra. Twymley, efusivamente.Estoy segura de que no le guardaremos rencor por su trato, Sr. Dowey; y sentimos mucho que se acabe su permiso.

Dowey, con una mirada preocupada hacia su anciana. – Sí, se acaba; tendré que irme dentro de diez minutos.

La pobre alma es demasiado valiente para romper a llorar en público. Se precipita en la despensa y cierra la puerta.

Sra. Mickleham.¡Pobrecita! Pero tenemos que marcharnos, para que pueda despedirse de ella.

Dowey. – Me la llevé fuera hasta tan tarde para que no tenga que estar mucho rato aquí dentro hablando con quien sea.

Tiene más que ganas de echar a correr y meterse en una taberna.

Sra. Twymley.Es lo mejor.

En los asuntos importantes de la vida, nadie sabe más que una señora de la limpieza.

Sra. Twymley.Sólo es una bagatela, para desearle lo mejor, Sr. Dowey.

Las tres le regalan los cigarrillos.

Sra. Mickleham.Un detalle, diríamos.

La Mujer Haggerty, enigmáticamente.El corazón es cálido, aunque no lleve puntas doradas.

Dowey. – ¡Son muy majas!

Las Señoras. – Suerte, gallito.

Dowey. – Lo mismo para ustedes. Y si ven a un soldado con falda ahí arriba, es uno que regresa conmigo. Díganle que no baje, pero… pero que me deje hasta el último minuto, y luego que silbe.

Es un hombre bastante serio el que se queda solo, pensando en lo que tiene que hacer ahora. Prueba con una risa de caballo, pero no le ayuda mucho. Dice «¡Mierda!» para sí mismo, pero es igual de ineficaz. Entonces abre la puerta de la despensa y llama.

– Señora.

La Sra. Dowey se acerca tímidamente a la puerta, la mano en alto, como para protegerse de un golpe.

– ¿Es la hora?

Una voz alentadora le contesta.

– No, no, todavía no. Le he pasado el recado a Dixon para que silbe cuando me tenga que ir.

– Se acabó todo.

– Ahora, pues, me va a prometer que estará alegre. Teníamos que ayudarnos el uno al otro.

– Sí, Kenneth.

– Es malo para mí, pero es peor para usted.

– Los hombres tienen medallas que ganar, sabe.

– Las mujeres también tienen sus medallas.

Kenneth sabe que a ella le gusta que le de órdenes, así que lo intenta de nuevo.

– Venga aquí. No, yo iré hacia usted.

Se queda mirándola boquiabierto. No tiene palabras, ni siquiera sabe lo que le gustaría decir.

– ¡Dios mío!

– ¿Qué pasa Kenneth?

– Es usted una mujer.

– Casi se me había olvidado.

Kenneth quisiera estar ya en la estación con Dixon. Seguro que Dixon tiene una botella en su bolsillo. Dentro de poco estarán vociferando alguna canción. Pero mientras tanto… está este asunto familiar. Un disparate, toda esta historia, claro… o casi un disparate. Pero es la manera de complacerla.

– ¿Se ha dado cuenta de que nunca me ha llamado hijo?

– ¡Si lo he notado! Estaba asustaba, Kenneth. Dijo que estaba a prueba.

– Y lo estaba. Bueno se acabó la prueba.

Ríe, incómodo.

– ¡Igual que para mí! Pero si me quiere, puede tenerme.

– Kenneth, ¿puedo?

Kenneth, falsamente alegre, dice:

– Mujer, no sea tan atrevida. Espere que le haga una proposición.

– ¿Una proposición para una madre?

– ¿Por qué no?

Añade, a lo grande:

– Sra. Dowey, mujer rara, de buen aspecto y con carácter, ¿me da usted su permiso para hacerle la pregunta más importante que un huérfano abandonado le puede hacer a una señora mayor?

La Sra. Dowey burbujea de alegría. Por mucho que lo quiera evitar, este hombre tiene maneras.

– ¡Es usted un fresco, Kenneth!

– Durante todo este tiempo, Sra. Dowey, no puede haber ignorado mis sentimientos filiales hacia usted.

– ¡Espere que coja mi fregona y le daré!

– Y si usted no quiere ser mi madre, juro que nunca se lo pediré a otra.

La anciana divertida le obliga a sentarse en el suelo cerca de ella y acaricia su pelo.

– Madre, ¿me portaba bien cuando era pequeño?

– No, hijito, fuiste un granuja turbulento.

– ¿Fui lento en aprender a andar?

– Fuiste el más rápido de nuestra calle. ¡Jejeje!

La Sra. Dowey se sobresalta.

– ¿Fue eso un silbido?

– No, no. Mire aquí. Al hacerse cargo de mí, usted se ha, por así decirlo, alistado en la Guardia Negra.

– Me gusta pensar eso, Kenneth.

– Así que tiene que portarse bien para que el gaitero fantasma esté orgulloso de usted. ¡Atención!

Bravamente, la anciana se pone firme.

– Ese es el estilo. Ahora escuche. He puesto su nombre como el de mi familiar más cercano, así la pensión le llegará semanalmente de manera habitual.

– ¡Oye! ¡Oye! ¡Oye! Eso está mal, Kenneth.

– Ya me hago yo responsable en ambos mundos. Verá, quiero que esté amparada en caso de que algo pa…

– ¡Kenneth!

– ¡Atención! No tenga miedo. Volveré, cubierto de lodo y de medallas. Procure tener preparada una taza de té esperándome.

Kenneth oye el silbido. La atrae en su rodilla.

– ¡Oye! ¡Oye! ¡Oye!

– ¡Qué bien nos lo vamos a pasar escribiéndonos! ¡Esta vez serán cartas auténticas!

– Sí.

– No sería mala idea que empezase la primera carta tan pronto como me marche.

– Lo haré.

– Espero que Lady Dolly me siga mandando pasteles.

– Puede estar seguro.

Kenneth ata su bufanda en el cuello de la anciana.

– Tiene que haber sido una cosa preciosa cuando era jovencita.

– ¡Fuera de aquí!

– Esta bufanda le sienta bien.

– El azul siempre ha sido mi color.

Suena el silbido.

– Señora, usted es ahora para mí lo que representaba Blighty.

La Sra. Dowey vuelve a esconderse en la despensa. No la podemos ver pero hace algo que lleva al Soldado Dowey a quitarse la gorra. Luego se pone el equipaje en el hombro y se marcha. Ahora está riéndose groseramente en compañía de Dixon.

Echemos un último vistazo a la anciana, un mes o dos después de que Kenneth muriera en combate. Sería un bálsamo para nosotros verla con su vestido negro, del que es tan orgullosa; pero mirémosla más bien en su ropa de todos los días, que compone un trío con su fregona y su cubo. Es de madrugada, y está mirando sus medallas antes de ponerse en marcha para su ronda diaria. Están en un cajón, cubiertas por la bufanda, y encima de la bufanda, una rama de lavanda. Primero, el vestido negro, que lleva en sus brazos como a un bebé. Luego sus Bonos de Guerra, la gorra de Kenneth, un pequeño paquete de cartas auténticas, y el famoso corcho de champán. Besa las cartas pero no lloriquea encima de ellas. Acaricia el vestido, y menea la cabeza encima de los bonos y aprieta la gorra en sus mejillas, y, cuidadosamente, saca brillo al oropel del corcho con su delantal. Es una ancianita temblorosa; sin embargo está exultante, porque posee todas estas cosas, además de la banderita a un centavo que lleva en el pecho. Las devuelve al cajón, la bufanda encima, la lavanda encima de la bufanda. Su aire de triunfo le sienta bien. Carga con la fregona y el cubo, y sale valientemente hacia su trabajo cotidiano.

Las medallas de Kenneth

Ilustración : Europeana, Conjunto de documentos de guerra de William Boon Emsley.

Notas:

(1) De jou: probablemente, deformación de De Dion, marca de automóviles de la época.
(2) Black Watch: 3rd Battalion, Royal Regiment of Scotland, batallón de infantería escocesa.
(3) R.H.A.: Royal Horse Artillery.
(4) Blighty: En argot militar, Inglaterra.
(5) Bonnie Prince Charlie: Carlos Eduardo Estuarto (1720-1788).
(6) Prosen Water: río de los montes Grampianos, en el centro de Escocia.(7) A randy-dandy: Según el Dictionary of the Scots Languages, randy puede significar un festejo ruidoso (definición 4). Las otras definiciones de esta palabra, tanto en inglés como en escocés no concuerdan con el contexto de la obra. No obstante, si algún lector tiene una interpretación más exacta para esta frase, gracias por comunicárnoslo.
(8) Beggars can’t be choosers: Frase hecha que se podría traducir por «A buen hambre no hay pan duro».
(9) Junkerdom, junker: miembro de la nobleza terrateniente de Prusia y del Este de Alemania que dominó Alemania a lo largo del siglo XIX y principios del siglo XX (Wikipedia).

 

——————————————

Traducido por Christine Sétrin, con la colaboración de Ángel Pozo Mendoza. Febrero 2015.

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Este trabajo está bajo una licencia de Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 Unported.

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